Capítulo X. La penitencia
Odiaba a Naruto.
Y el odio de Sasuke Uchiha jamás conoció límites.
Nuevamente se había interpuesto entre él y su destino. Su tozudez y su inquebrantable voluntad impidieron que consumara su venganza contra quienes destrozaron la vida de Itachi; eso podía comprenderlo hasta cierto punto. Sin embargo, en esta ocasión, lo había traicionado al truncar el reencuentro con su hermano y destruir la diminuta esperanza que lo mantuvo cuerdo desde que pisó la Ciudad. Naruto tomó la decisión unilateral de salvar a Sasuke sin tener en cuenta sus sentimientos.
El héroe de la Cuarta Guerra Ninja creía con fervor que toda persona merecía ser rescatada, de otros o de sí misma, y eso englobaba a quienes no perseguían redención, sino justicia o venganza. Pero Sasuke no deseaba ser salvado: el dolor era su carne y sus huesos, un ladrillo más en sus paredes. Formaba parte de sus cimientos y si se lo quitaran se derrumbaría su interior. Lo precisaba para seguir adelante, igual que a Itachi.
El pequeño y aterrado Sasuke de una noche de luna blanca y sangre roja necesitaba oír que su hermano mayor lo había perdonado, pese a todo; pero Naruto no lo consentiría y siempre fue demasiado poderoso para enfrentarse a él, física o emocionalmente, y salir airoso. El moreno reconocía su tremendo valor y su capacidad de renuncia. Naruto no temía a lo desconocido, ni a la magnitud de su enemigo; lo que le espantaba era presenciar el sufrimiento de sus seres queridos y no vería una segunda muerte de Sasuke en sus brazos. Su desespero por protegerlo suponía un lastre, un peso muerto a las espaldas del Uchiha más joven.
Si del rubio dependía, volverían a arrebatarle a Itachi.
Pero no iba a permitírselo. Ni al Infierno, ni a Naruto.
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Al anochecer del sexto día, llegaron a La Torre.
Tras el incidente en el bosque, el viaje se había transformado en un suplicio. Sasuke rechazó toda tentativa de explicación o disculpa, y no soportaba la proximidad del otro. Dormían en el mismo cuarto, pero en futones separados. Aunque al poco dejó de insistir, el rubio continuaba mirándolo de una forma triste y anhelante que el Uchiha aborrecía.
La Torre despertó a Naruto de un largo estado depresivo. Parpadeó mucho antes de pasear dos ojos de asombro por la gigantesca construcción que resplandecía en la oscuridad y cuya cima resultaba invisible entre las nubes nocturnas. Era una fortaleza de recios muros con contrafuertes, estrechas saeteras y pretiles con almenas. El mármol de un rosa vivo y recubierto por una perpetua capa de hielo la hacía desprender aquel brillo, visible a gran distancia.
No detectaron vigías y cruzaron las tinieblas bajo el dintel de la entrada desierta, sin que los interceptase ningún guarda. Tampoco apareció nadie en el patio interior, alumbrado por lámparas de aceite y alfombrado de nieve; sólo al fondo del vestíbulo del pabellón principal, un Número con un manojo de llaves tintineando en la mano los esperaba.
—Uzumaki-san, Uchiha-san, sean bienvenidos. Síganme.
Fueron conducidos por los sombríos pasillos del piso inferior hasta el sector de las dependencias reservadas a los visitantes. Era tarde y ya les habían preparado una habitación. Al día siguiente, despacharían con los jefes de Sasuke y podrían regresar a casa.
El cuarto era austero, lucía una chimenea encendida y gruesas pieles encima de los colchones como únicas concesiones a la comodidad.
Los ojos del moreno se detuvieron sobre las camas gemelas.
—¿Sería posible proporcionarle a Naruto otra habitación?
—Por supuesto.
El Número prometió que les traerían la cena en cuanto estuviese lista y fue a atender la petición del Uchiha.
Sasuke aguardaba una respuesta, si bien no tan rápida y feroz. Un parpadeo y se halló empotrado contra el muro de piedra, sujeto por la ropa y con los pies colgando. Naruto lo había subido a su altura para pegar la cara a su nariz.
—¡Y una mierda me voy a ir! —bramó—. ¡Prueba a echarme tú y tienta a la suerte que tienes! ¡No me has dado ni una oportunidad! ¡Sabes por qué lo hice! ¿Es que lo que ha pasado entre nosotros no significa nada? —terminó con voz dolida, volcando su aliento caliente sobre los labios del moreno—. ¿Es que yo no te importo… nada?
—Desde que tengo memoria, Itachi es lo único que me importa.
El Uzumaki lo miró con incredulidad dolida y lo apretó aún más contra la pared. Su boca furiosa invadió la suya, pero Sasuke mordió los labios que buscaban dominarlo, al tiempo que propinaba al rubio un golpe experto y contundente en el pecho. El rubio trastabilló al retroceder sobre sus talones, tras recibir el impacto. La sangre comenzaba a manar por su barbilla.
Sasuke se limpió el beso de un tirón con el dorso de la mano.
—¡Si vuelves a hacer algo así, te reviento la cabeza! ¡Te dije que te mantuvieras lejos de mí!
—Ejem…
El funcionario de las gafas había contemplado la escena de pie en el umbral. No la interrumpió con su carraspeo hasta que los gritos del moreno cesaron, dirigiéndose a ambos:
—Uzumaki-san, por favor, acompáñeme. Enseguida estoy con usted, Uchiha-san.
Naruto accedió en silencio y pescó su mochila del suelo. No se molestó en limpiar el reguero rojo que ahora le goteaba mentón abajo, y siguió al Número sin mirar atrás.
Sasuke, recostado contra la pared, temblaba de rabia. En la trayectoria vital de los dos ninjas del antiguo equipo Siete, la violencia siempre constituyó el método más eficaz para solucionar sus problemas. Ojalá el Uzumaki hubiese intentado estrangularlo o golpearlo para descargar su frustración, eso el moreno lo entendería, eso lo respetaría. Por el contario, consideraba el beso como un ultraje, un acto de profundo desprecio a su sufrimiento y a su sensación de haber sido traicionado por la persona en quien más confiaba.
Naruto.
El mordisco no era grave, al rubio no le quedaría cicatriz; pero así aprendería que no era posible adaptar el mundo a sus caprichos a base de terquedad. Si se entrometía de nuevo entre Itachi y él, iba a lamentarlo. Porque esa reunión se produciría, Sasuke haría cuanto estuviese en su mano y el precio a pagar era secundario. Los hermanos del Sharingan saldarían sus cuentas. Eso, si Naruto no lo estropeaba una vez más.
Impondría al rubio una severa penitencia para disuadirlo. Toparse con su cara cada mañana le iba a inspirar más ganas de rompérsela. Iba a solicitar que le buscasen otro sitio donde vivir y, de persistir en su egoísta actitud sobreprotectora, exigiría que lo devolviesen a Konoha. Un Uchiha no amenazaba en vano. Se negaba a someterse más a la obstinación de Naruto, a partir de ese momento las reglas las pondría él.
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Excluido el requisito de tener que morirse previamente, habitar en una Ciudad congelada sobre lava, soportar atroces pesadillas, y que a veces desapareciesen de modo misterioso unas cuantas almas, el Infierno solía ser pura rutina. Los acontecimientos estaban previstos al milímetro, porque a los Números no les agradaban las sorpresas. Esa era la razón por la que la variación más nimia del usual devenir de las cosas alarmaba bastante a Sasuke.
Habían transcurrido más de tres horas desde su pelea con Naruto, y ni rastro de la cena.
Su preocupación real no era el hambre, sino el motivo de la alteración de una secuencia tan repetida que su cuerpo se había amoldado a ella. Entraba en la Torre al anochecer, se acomodaba en un cuarto, le traían algo de comer y se acostaba. A la mañana siguiente, subía a explicar a sus jefes lo que había averiguado y les entregaba el mapa de los "escenarios de los crímenes", bajaba, almorzaba y se plantaba la mochila a cuestas. El retorno a casa, sin Narutos de por medio, acostumbraba a durar unos cuatro días. Aquel retraso era raro y Sasuke se estaba impacientando. Las situaciones anormales lo perturbaban, más en el caso de que el Uzumaki se hallara implicado. Seguro que había estado intentando persuadirlos de que lo autorizasen a compartir su cuarto otra vez, y de ahí la demora. Pero su decisión era inflexible: no dormiría más con él y era su última palabra.
Los suaves toques en la puerta lo apaciguaron, las aguas regresaban a su cauce. Cenaría, se enroscaría bajo las pieles y borraría a Naruto de su pensamiento, al menos hasta el amanecer.
—Adelante.
En ceremoniosa procesión, tres Números desfilaron hacia el interior del cuarto. Los primeros eran quienes le habían encargado investigar los asesinatos; el tercero transportaba un maletín de grandes dimensiones y era el que antes se había llevado al rubio con él.
—¿Le importaría ampliarnos ahora la información de las notas que nos envió, Uchiha-san?
Sasuke sospechó que la novedosa visita nocturna se debía al episodio del burdel y a la persecución por el bosque. Le gustó la idea, si resolvían el asunto esa noche, al día siguiente podrían salir temprano hacia su casa. Se encogió de hombros y permaneció de pie, mientras los tres Números tomaban asiento frente a él. Sus conclusiones eran escasas: el asesino actuaba al anochecer y procuraba que su objetivo se encontrase solo. El chico del prostíbulo había sido el primer testigo directo que había encontrado. Casi con certeza se trataba de una sola persona, de sexo masculino, que abandonaba las corazas en el lugar del crimen, intactas salvo la última. Sasuke sacó de su mochila el mapa y el peto agujereado para que los Números lo examinaran, y finalizó con los sucesos más recientes, cuidándose mucho de eludir cualquier mención a su encuentro fallido con Itachi.
Las reacciones de los hombres le resultaron extrañas por su ausencia. No hubo sorpresa, ni curiosidad, ni le instaron a que repitiese datos o descripciones. El plano y la coraza desaparecieron dentro del voluminoso maletín y ellos se retiraron a un rincón para cuchichear.
—Gracias, Uchiha-san. No tardaremos en designar a otro policía para que colabore con usted, pero preferimos que eviten el enfrentamiento directo. Limítense a seguir al individuo, no traten de atraparlo. Si averiguan dónde se esconde, nos será de mayor utilidad, y no deseamos que corran riesgos innecesarios.
Sasuke no daba crédito a sus oídos. ¿Riesgos? Él había sido seleccionado para la policía por sus impresionantes cualidades como guerrero. En cuanto al "delicado" rubio, Naruto podría fabricarse un collar con las pelotas de cualquier ninja del Infierno. De hecho, le constaba que un cabreo del Uzumaki había arrastrado a la Ciudad a más de uno de sus actuales habitantes. En igualdad de condiciones, dentro de aquel entorno sin chakra, pocos lograrían hacer frente al futuro Hokage de Konoha. Si Sasuke había podido pararlo, fue porque Naruto nunca se empleaba a fondo con él. Accidentes como el del tropezón con una raíz, que le impidió seguirlo en el bosque, fueron debidos a que todavía no se sentía cómodo con un cuerpo que no producía chakra. Habituado a su nueva condición, el rubio sobrepasaría con creces a los más duros mercenarios del Averno.
—Hay otra cuestión que queremos plantearle.
—Son las tres de la madrugada, ¿podríamos esperar a mañana?
—No. Y yo, de usted, me sentaría.
Sasuke anduvo hacia la cama para obedecerles con cara inexpresiva, pero su cerebro funcionaba a pleno ritmo. La petición le había devuelto redoblada la sensación de inquietud que tenía antes de que llegasen.
—Lleva varios años trabajando para nosotros, y como una deferencia a los excelentes servicios que nos ha prestado vamos a hacerle un regalo.
El moreno, para esconder su confusión, frunció el ceño.
—¿Ah, sí?
El Número del maletín, erigido en portavoz, asintió.
—Eso es. Debe hacer una elección: su hermano o su amigo.
El corazón de Sasuke se puso a bombear igual que un tambor enloquecido, pero su exterior mantuvo la compostura de forma defensiva.
—No les comprendo.
—Escoja si desea volver a ver a su hermano, con el que se le prohibió contactar por cualquier medio, o a Uzumaki-san. Entonces recibirá su regalo.
—Si quiero ver a Naruto, no tengo más que gritar su nombre. Duerme ahí al lado, en una de las...
—Ya no.
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Sasuke jadeaba. De pie, con los puños apretados y las piernas separadas, se había colocado por instinto en postura de combate.
—Al amanecer, se encontrará en Konoha. Cogió el transporte que usted utilizó para ir a recibirlo el día que subió a la pasarela. Ya sabe que el subterráneo que parte del sótano multiplica por cincuenta la velocidad de los otros trenes y no hace paradas de camino a la muralla. Sus deseos de perder de vista a su amigo se harán realidad en dos… no… una hora y cuarenta y seis minutos, para ser precisos.
—¡Yo no les dije nada de eso! —se rebeló Sasuke—. ¡No a ustedes! No nos conocen, nosotros siempre… nosotros siempre somos así. ¡Sólo estábamos discutiendo! Él… él… Él no se iría sin decírmelo —musitó al final.
—No fue "exactamente" voluntario —aclaró el Número—. Uzumaki-san es difícil de doblegar, aunque…
Sasuke se convirtió en un rayo negro e inmovilizó al Número contra una pared, como Naruto había hecho con él. Los Números restantes emitieron un ruidito de preocupación a sus espaldas.
—¡¿Qué le hicieron?! Si le han hecho daño…
—No, no —se apresuró a remarcar el Número, que sudaba copiosamente y al que el agarre había hecho enrojecer—. Sólo le hemos administrado un tranquilizante inofensivo. Tuvimos que dejarlo inconsciente para poder bajarlo al sótano e introducirlo en el tren. —Al oír eso, Sasuke continuó sujetándolo, pero la fuerza de su apretón se suavizó y le permitió bajar los pies al suelo—. Tranquilo, Uchiha-san, su amigo se encuentra perfectamente. Estará acompañado por uno de nosotros hasta que salga de aquí. Sin embargo, lo desengañaré: si piensa que al despertar no aceptará marcharse por su propio pie, se equivoca. Por motivos que no nos son tan desconocidos como cree, Uzumaki-san ansía su felicidad por encima de todas las cosas. Pensando que es lo que usted desea de corazón, se irá.
—Ha dicho…. Ha dicho que me iban a hacer un regalo y que debía elegir entre mi hermano y Naruto —susurró el moreno.
—¿Ya ha…?
—Naruto, escojo a Naruto —se apresuró a decir, cortando al Número—. Tráiganlo de vuelta.
En la más minúscula unidad de tiempo que pudiese ser medida, el Uchiha decidió su futuro. Optar por el rubio equivalía a no ver nunca más a Itachi, pero su cuerpo había pensado por él, igual que durante su lucha contra Haku en el País de las Olas.
Y su determinación era firme, no habría arrepentimiento. Sasuke quería a Naruto de vuelta en ese mismo instante. Para odiarlo, para aborrecerlo.
Para volver a besarlo.
El Número que hablaba suspiró.
—Qué complejas son las emociones humanas. Ha gozado de muchas oportunidades y las ha ido desaprovechando una a una. Usted no sabe tropezar, Sasuke Uchiha. Sólo se cae.
—Drogaron a Naruto para secuestrarlo, e iban a mentirle sobre mí para que se marchara. ¿Se creen con derecho a hacerme reproches?
—No es un reproche. Es su regalo.
No.
No.
No.
—¡Dígame que va a volver…! ¡Dígamelo, hijo de puta! —gritó Sasuke fuera de sí en la cara del otro.
—No puedo decirle tal cosa, porque no es cierto. Naruto no regresará.
Todo se paró.
El tiempo. El sonido de la madera de la chimenea crepitando entre las llamas. El viento que soplaba fuera de las ventanas.
El corazón de Sasuke.
Abrió la mano que aún sujetaba la corbata del Número, y éste se puso fuera de su alcance con suma diligencia.
—Descubrir cuál sería su elección es el regalo que le ofrecíamos —completó, arreglándose el nudo—. El auténtico conocimiento acerca de uno mismo es un obsequio valioso. No obstante, tengo la impresión de que va a rechazarlo, lo mismo que hizo con la entrega incondicional de su amigo. Una lástima, una verdadera lástima...
El moreno había enmudecido. Su cabeza se venció hacia adelante y su frente presionó contra las rugosas piedras del muro. Cerró los ojos.
—Tampoco sueñe con ir tras él. Con tantas horas de ventaja, ya estará al final de la pasarela. Y al atravesar la entrada que separa a los vivos de los muertos, se encontrará más allá de su alcance para siempre.
La puerta de la habitación se abrió. Se escucharon nuevos cuchicheos.
—La agresión a uno de nosotros se castiga con la muerte, Uchiha-san. Debería ser usted ejecutado de inmediato. Pero en sus circunstancias, consideramos que un castigo más no será necesario.
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A Naruto le latía la parte posterior del cráneo. Despegó la lengua del paladar y un sabor muy desagradable a medicamentos le inundó la boca. También le escocía el labio inferior. Los demás estímulos eran contradictorios. El ambiente estaba saturado de un olor acre y un calorcito agradable; y su cuerpo se balanceaba, tumbado boca abajo, sobre una superficie dura e incómoda.
Error, el que se movía era el suelo, no él.
Había conseguido abrir los párpados, pero no logró asimilar lo que distinguía bajo su nariz. Gris. Marrón. Un color feo. Y tenía vetas. Madera vieja.
La pasarela.
Con una agilidad digna del más bravo guerrero de su generación se incorporó en décimas de segundo y, resistiendo las náuseas y el agudo mareo, miró pasmado a lo lejos. El perfil de la Ciudad en el horizonte le hizo sacudir la cabeza.
Ay. Despacio. Despacio, que dolía…
—Pero ¿qué coño hago aquí? —se preguntó atónito, llevando la mano hacia arriba con dolorida precaución para palparse.
—Le he traído yo.
Al lado de su pie izquierdo, estaba sentado un Número.
Ya se acordaba. Había entrado en la habitación que aquel tipo señalaba, una punzada agudísima le perforó la nuca, y lo siguiente era la nada. La información navegó por su sistema nervioso y su memoria hasta confluir en una única deducción lógica y la adrenalina terminó de espabilarlo. Lo habían secuestrado para sacarlo de la Ciudad.
El Número hizo ademán de querer levantarse, y el rubio retrocedió encolerizado.
—Una me has pillado, pero dos no. ¡Devuélveme a la Torre con Sasuke o te hago un nudo en el pescuezo! Y si después sigues vivo… o muerto, o lo que cojones estés, ¡pues peor para ti! Seguiré haciéndote nudos en otras cosas que se me ocurran —terminó con firmeza.
—Uzumaki-san, comprendo su enfado, pero la culpa no es nuestra —respondió el Número en tono sereno—. Ahora debe marcharse.
Naruto torció el cuello hacia atrás, y se dio cuenta de que a poca distancia se alzaban las puertas de Bronce por las que accedió a la pasarela tras su llegada.
—No sé de quién es la culpa, pero mía no. Me niego a irme a donde sea sin Sasuke.
—Uchiha-san quiere que se vaya. Nos lo pidió. ¿Va a obligarlo a permanecer con usted en contra de su voluntad?
—Te quiero lejos de mí.
Naruto nunca fue una persona de palabras complicadas. Tampoco sus pensamientos lo eran. Ni sus emociones.
—Quiero que te vayas.
Sasuke quería que se fuera.
—Siempre desea lo que más sufrimiento le causa —murmuró el rubio, con la vista posada en la lava hirviente.
—Lo sabemos, Uzumaki-san. Pero ni siquiera en el Infierno hemos podido hacer nada.
El rubio devolvió la mirada al Número. El impasible funcionario del Tártaro con cuarenta y seis mil quinientos doce años de experiencia en luchar contra esa molesta emoción llamada compasión humana, sintió una novedosa sensación. El dolor y la pena que desvaían unos ojos antes tan azules, lo abrumó.
—Dígales que abran.
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—¿Cuánto se tarda en llegar?
—¿Y qué importancia tiene eso? Tiempo es lo único que nos sobra.
—¿Nunca es bastante cuando se trata de mí?
—¿Sinceramente? No.
Sasuke pasó el resto de esa noche tendido sobre la piedra del suelo, encogido en posición fetal.
Junto a él se hallaba la mochila de Naruto. Los Números la guardaban dentro de su maletín y la habían abandonado delante de la chimenea del cuarto, antes de marcharse.
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—¿Sasuke-kun?
El Uchiha se giró hacia la voz que lo llamaba. Pertenecía a Siete, la andrógina dueña del primer prostíbulo que Naruto y él habían visitado juntos. La propietaria pelirroja de la casa de aguas termales que había insultado la inteligencia del rubio al alabar el tamaño de otras partes de su cuerpo, estaba con ella.
Los tres se encontraban bajo una de las arcadas del patio de acceso a los pabellones de la Torre. Esa mañana el moreno había recibido permiso para abandonarla y regresar a su casa.
—Cuatro y yo vinimos a hacer unos encargos. Estábamos hablando con 01854618748919501 y te vimos pasar por el vestíbulo —explicó la morena—. Tienes un aspecto espantoso, como si estuvieses enfermo. Es por Naruto, ¿verdad? Ya me dijeron que se marchó ayer, no sabes cuánto lo siento. Era guapísimo y realmente encantador.
—No se fue. Se lo llevaron.
—Estoy muerto, dobe. Te lo he repetido cientos de…
—Eso no me importa. Estás aquí conmigo. No quiero más.
Siete pestañeó. Minúsculas motitas de polvillo de oro se dispersaron por el aire en una nube.
—Sasuke-kun, a estas alturas estará en Konoha, o muy cerca —contribuyó la pelirroja—. Atormentarte es inútil. Viviste bien sin él muchos años. Tienes que olvidarlo.
—¿Olvidarlo? Claro… ¿por qué no? —Sasuke sonrió. La oscuridad de su antigua sonrisa hizo que sus oyentes respingasen—. Voy a olvidarlo. Olvidaré a Naruto y después me olvidaré a mí mismo.
El Uchiha caminó con pasos pesados por delante de las paralizadas mujeres y se fundió con las sombras del pasadizo de entrada.
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Sasuke apenas descansó o comió, durante su trayecto a casa. Sólo se detenía a dormitar algunas horas en los lugares donde había estado con Naruto.
—Oh… Sasuke… no tan fuerte… Si me exprimes tanto… me voy a correr antes que tú. Y no quiero… no… yo no…
—¿Hablabas con mi tumba todos los días?
—Soy patético. Llevo años contándole idioteces a una piedra, pensando que podrías escucharme. Me avergüenzo de ser tan imbécil.
Su cerebro vomitaba recuerdos. Asaltaban su mente sin darle tregua. Y las pesadillas eran todavía más pavorosas que antes.
—Tú eres el que no entiende nada, Sasuke. Pero con que yo lo entienda es suficiente.
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La noche antes de llegar a casa, se encontró sentado sobre el tatami, desnudo en medio de la habitación donde el rubio y él se habían besado por primera y única vez. Sobre su regazo y esparcidas por el suelo, rodeándolo, estaban las pertenencias de su amigo.
Sasuke extrajo las cuchillas de sus protectores.
Naruto adoraba sus patines y no los vería más.
Ese pequeño detalle, sin aparente importancia, quebró del todo el escudo agrietado del Uchiha. Se abrazó a los patines, meciéndose en la oscuridad. Sin cubrirse, sin moverse. Helado y tembloroso hasta que llegó el día.
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Cuando Sasuke llegó por fin a su apartamento, faltaba poco para que anocheciese. No encendió las luces, para recorrer el salón y el pasillo hasta llegar a la habitación de Naruto.
Al entrar, el tenue olor que todavía flotaba en el aire le hizo jadear. La cama seguía hecha, esperando a alguien que no volvería a ocuparla. Sasuke se despojó de la capa y de la coraza, y se lanzó sobre los cobertores como solía hacer el rubio, hundiendo la nariz en la almohada para intentar atrapar algún vestigio de su aroma impregnado en las sábanas. Se abrazó a ella e inspiró hondo.
No lavaría más esa ropa de cama.
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Esa mañana, descubrió que se había quedado dormido en la habitación de Naruto, sin desvestirse y tumbado encima de su cama. Estaba helado, no había encendido la calefacción al llegar, como solía hacer el friolero Uzumaki refunfuñando, y la casa estaba congelada. Necesitaba una ducha caliente y comer algo consistente. Su cuerpo estaba destemplado: llevaba tres días alimentándose de líquidos.
Arrastrando los pies, se dirigió a su cuarto. Caminó en la oscuridad hacia el baño y allí se desnudó. Una ducha ardiente le devolvió parte del calor perdido, pero sólo el de fuera. En su interior, continuaba haciendo mucho frío.
Él no quería oportunidades, sólo sabía arruinarlas. Los Números eran sofisticados torturadores que no empleaban tenazas ni hierros al rojo, usaban esperanzas. Las esperanzas, para él, eran armas con más filo que cualquier espada.
Sus jefes le habían asegurado que en dos o tres días conocería a su nuevo compañero. El Uchiha no necesitaba un nuevo compañero: quería estar solo, como siempre había estado. Ya no le importaba encontrar al asesino y recuperar el honor de su familia, ya no le interesaba lavar su nombre y purgar sus pecados. Ni siquiera la idea de encontrar a Itachi otra vez le insuflaba fuerzas.
Se envolvió en una toalla y salió del baño. Desnudo, se agachó para manotear por el suelo de su habitación en busca de una vela. Iba a ponerse un pijama y a acostarse otra vez. Quería dormir.
Al fin y al cabo, en sus pesadillas Naruto e Itachi siempre le estaban esperando.
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Delante de él, oculto hasta ahora por las sombras del cuarto, pero descubierto a la pálida luz de la vela, real y sólido frente a sus ojos, estaba el Uzumaki. Acostado en su cama, acurrucado contra su almohada, cubierto por aquella fina manta que Sasuke se empeñaba en utilizar.
Respirando silencioso.
Maravillosamente dormido.
Sasuke perdió el equilibrio. Las piernas se le doblaron. Se tambaleó hacia atrás hasta chocar duramente contra la pared. Fue resbalando con la piel desnuda pegada al muro y no sintió los desgarros provocados por la piedra rasposa o la sangre de los arañazos corriendo por su espalda.
Miraba conmocionado a la figura que dormía en su cama.
Tirado en el suelo, empezó a estremecerse. No podía detenerse, el cuerpo entero le vibraba, los dientes le castañeteaban, las sacudidas de su cuerpo eran propias del ataque de un poderoso Chidori. Usó las manos para cubrirse la cara y resoplar desesperadamente en ellas, intentando calmarse y refrenar el ritmo encabritado de su corazón. Si no paraba de hiperventilar, se desmayaría.
Naruto estaba allí. No se había ido, no se lo habían quitado, nadie se lo había llevado.
Dormía delante de él, con aspecto angelical, y completamente ignorante de la travesía de penitencia extrema que había tenido que recorrer Sasuke para encontrarse con él de nuevo.
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Pero había alguien más en la habitación. Una figura esbelta y majestuosa se irguió al otro extremo de la cama desde la oscuridad y lo miró con ojos llameantes.
—Estúpido otouto.
