Capítulo XI. La pérdida.

—Estúpido otouto.

Sasuke creyó haber perdido el juicio. Derrumbado en el suelo contra la pared, el cuerpo surcado por violentos escalofríos, echó los brazos atrás para intentar recobrar el equilibrio y la cordura. Su corazón latía a un ritmo tan acelerado que si estuviese vivo, habría caído fulminado. El tacto de una sustancia pegajosa lo desconcertó y levantó las palmas hacia su cara. Un picante olor a óxido agredió su nariz: la sangre goteaba desde su espalda, formando un charco sobre las baldosas.

¿Otra pesadilla? Imposible, no llegó a hundir un dedo en el colchón. Tras salir de la ducha, posó la palmatoria en su rincón para alumbrar la habitación, y en un cuadro pavoroso se apareció ese claroscuro ante sus ojos incrédulos.

Los hermanos Uchiha frente a frente; idénticos, ya adultos: perfectos, hermosos y oscuros. Sólo Naruto, siempre Naruto, dormido y dorado entre las sábanas blancas, parecía resplandecer en las tinieblas.

88888888888888888888

La sombra del mayor se cernió sobre el menor. Itachi se acuclilló delante de él, escrutando su interior, como si conservase el Sharingan.

—¿Qué haces aquí?

Un susurro ronco, Sasuke no se atrevió a más. Elevar el volumen y que la voz le fallase, sería una muestra de debilidad añadida.

—Eres tú quien no debería estar aquí.

La pronunciación grave y reposada, cuyos ecos resonaban en su memoria, revelaba una decepción amarga que lo hizo sentir insignificante. De regreso a la niñez, recibía otra severa reprimenda por molestar a su hermano, insistiendo en adiestrarse con él después de la Academia. Al instante, el joven ninja se enfureció por atraer aquel recuerdo a su pensamiento; los días de su infancia no eran sino cenizas resecas con las que ensuciar sus manos.

—Aun muerto, sigues sin aprender nada —remató Itachi, trasladando la vista hacia el tercer ocupante de la habitación.

—¿Naruto…? —El durmiente no dio indicios de haber oído la llamada y la extrañeza de Sasuke se tornó alarma—. ¡Naruto, despierta!

Se impulsó de un salto, esquivando al otro, para llegar a la cama y arrodillarse junto al Uzumaki. Yacía de costado, con los bruñidos mechones esparcidos sobre la almohada; las pestañas, brillantes como minúsculos puntitos de luz, apenas se movían. En paz, pero demasiado tranquilo. Demasiado silencioso.

Cuatro agitadas noches juntos, entre amagos de estrangulamiento, rodillazos de infalible puntería (supuestamente involuntarios) y robos giratorios de edredón que lo dejaban con el culo al viento, habían enseñado a Sasuke que el sueño de su amigo era igual de alborotado que su vigilia. Algo le ocurría.

—¡Naruto! —repitió, atrapando por los hombros y zarandeando a la figura inerte sobre la cama—. ¡¿Qué le pasa?! ¡¿Qué le han hecho?! —vociferó con un renovado matiz de histeria en su tono.

—Sedarlo —repuso Itachi, enderezándose con impasible lentitud—. Imagino que, como está vivo, no calcularon bien la dosis.

Sasuke liberó a su presa sin disimular su alivio, mientras se ponía de pie.

—Eso fue hace días. Lo creía ya en Konoha. ¿Cómo… os habéis…? ¿Por qué estáis…? —Hizo varias tentativas hasta ubicar el ángulo a partir del cual enfocar la pregunta—: ¿Qué hacéis aquí? —concluyó.

—Prefiero que te lo cuente Naruto. Llegamos hace una hora, se desmayó y fui a tumbarlo, pero dormías en esa cama y lo traje a su habitación. Al cabo de un rato, entraste y cruzaste hacia el baño a oscuras sin notar nuestra presencia. Saliste, prendiste la vela, gritaste y lo demás… —Itachi hizo una pausa significativa clavando su mirada en la de Sasuke— ya lo sabes.

—Esta no es la habitación de Naruto, sino la mía —explicó el menor, fastidiado por el recordatorio innecesario de su vergonzoso momento de debilidad—. El dobe detesta el frío, no está habituado y en su estado le hará daño. Hay que devolverlo a su cuarto.

Itachi anduvo hacia la cama, agarró al sensible rubio y se lo colgó al hombro, cual saco de piedras. Por fortuna, continuaba sin reaccionar a los estímulos. Cabeza abajo, seguía durmiendo, inmune a cualquier sobresalto.

Sasuke se interpuso.

—Dámelo. Yo lo llevaré.

Se limpió las manos con la manta arrojada al suelo y le hizo un ademán autoritario para que le transmitiera su carga. Gradualmente iba reconquistando su confianza en sí mismo, a pesar de seguir desnudo y con el pelo lacio pegado a la cara.

Itachi deslizó tres milímetros rumbo norte su ceja izquierda y cedió a la enérgica demanda, depositando al Uzumaki en sus brazos. Naruto era ahora el más alto de los tres, pero su cuerpo resultaba ligero para Sasuke, tan musculoso y atlético como él. En lugar de echárselo a cuestas, recurrió al famoso "estilo princesa" para sostenerlo. Menos mal que está inconsciente, se dijo. Despierto, el muy cabroncete habría adornado la escena con labios de corazón, pestañeos coquetos y suspiros azucarados, destinados a convertir en un tomate despeinado al vengador.

Como si hubiese notado en sueños su proximidad, la bella durmiente de bigotes zorrunos emitió un ronquido poco femenino y se recogió más contra su pecho. Llevaba la camiseta y los pantalones térmicos con los que salían a la calle, y de su piel emanaba un aroma delicioso a té verde y a carne caliente.

El Uchiha estaba sumergido en una especie de nirvana personal con Naruto en los brazos. No quería soltarlo, sin importarle la gélida temperatura de la casa que erizaba el vello de su cuerpo o el agudo dolor de su espalda.

—¿A qué esperas? Llévatelo y acuéstalo —le espetó secamente su hermano, al pasar—. Estaré en la cocina.

Itachi le había devuelto a la cruda realidad de una patada en los huevos. Sasuke rechinó los dientes; su comportamiento estaba siendo ridículo. Lo más indigno para un Uchiha era perder su templanza de carácter y el control sobre sus actos. Su orgullo de clan ya estaba empezando a cerrar de manera espontánea aquel paréntesis de flaquezas, doloroso y humillante, en el que se hallaba sumido desde la supuesta partida de Naruto. Se tragó el frustrante nudo que bloqueaba su garganta y giró sobre sus talones hacia la puerta.

Ya dentro del cuarto del Uzumaki, advirtió que el rabioso ardor de su espalda disminuía rápidamente; también la hemorragia daba la impresión de haber cesado. Abrió la cama con un pie descalzo, bajó a Naruto para acomodarlo y lo cubrió con el edredón de plumas. El Uzumaki encogió las piernas de inmediato para hacerse bola, con intención de continuar su plácido y comatoso sueño.

Sasuke lo contempló desde arriba. Naruto transformaba su cabeza y su corazón en remolinos que entrechocaban y salían despedidos en direcciones contrarias, imanes que se atraían y se repelían, impulsados por fuerzas inmensas e irresistibles. El curso de sus pensamientos, sinuoso incluso para el propio Uchiha, derrapó de pronto hacia la persona que lo aguardaba en su cocina. Antes de cuestionarse acerca de lo que haría cuando el rubio se despertase, debía ir al encuentro de Itachi.

88888888888888888888888888

Fue a su habitación, se puso un pantalón y usó una toalla humedecida para restañar la sangre de su espalda; por lo demás, se despreocupó del estado de sus heridas. Si años atrás había soportado un trasplante de ojos con la pura ayuda anestésica del chakra, ahora no precisaba tratamiento especial para una espalda en carne viva. Además, aquellos cuerpos se recuperaban con facilidad; sólo las lesiones mortales requerían la intervención de los Números. Seco, decente de cintura para abajo, su flequillo ahuecado y cada pelo de la nuca en su puntiagudo sitio, se sintió otra vez Sasuke Uchiha: el auténtico, no uno reconstruido uniendo fragmentos del antiguo que se ha roto. El que, teniendo a Naruto y a Itachi bajo su techo, se sentía capaz de afrontar cualquier cosa.

Hacía mucho calor allí, y eso que su cuarto era el más frío de la casa. ¿Tan trastornada estaba su percepción de la temperatura después de estrechar al rubio contra él? No, qué tontería, lo más plausible era que su hermano hubiese subido la calefacción al máximo para acelerar la recuperación de Naruto.

Su hermano mayor lo esperaba sentado a la mesa. Sasuke reparó en un plato y un par de cuencos vacíos en una esquina, y llegó a la conclusión de que Itachi había aprovechado su retraso para preparase el desayuno. Se mordió el interior de la mejilla; las palabras "alimentos" e "Itachi" no ligaban en su razonamiento. Llevaba siglos sin ver comer a su hermano, la última vez fue durante el almuerzo anterior a la masacre. Las ocasiones posteriores nunca fueron propicias para celebrar una comida familiar.

El menor resopló, un poco irritado y perplejo por tan incoherentes divagaciones. ¿Quién le iba a decir que se preocuparía por lo que Itachi comía o dejaba de comer, el día que volviese a verlo? La pésima influencia de Naruto: era evidente la causa del desgobierno que sufría su cerebro. Los sesos del dobe estaban llenos de burbujas; seguro que su cráneo era capaz, no ya de flotar sino de levitar sobre las aguas, con independencia de su cuello.

Maldición. ¿Pero qué clase de gilipolleces encadenadas se le estaban ocurriendo? Por cuarta o quinta ocasión en esa mañana, le dieron ganas de tirarse de los pelos; por supuesto, se contuvo porque acababa de peinarse. Dichoso Uzumaki, ¿por qué no conseguía arrancarlo de su cabeza, aunque fuese para ofenderlo?

—¿A qué viniste, Itachi? —inquirió, centrándose en quien tenía delante—. Los Números me han prohibido que te vea. Y fuiste testigo de honor del escándalo que Naruto montó en el bosque para evitarlo.

Sasuke se reservó el hecho de que el único que había derramado lágrimas melodramáticas sobre la nieve había sido él. Desde la honrosa lejanía de unos cuantos días, el moreno se sentía tan estúpido como su hermano consideraba que era, pero resultaba más sencillo echarle la culpa de todo a Naruto. Total… normalmente la tenía.

De improviso, se le presentó otra duda, ésta más peliaguda. ¿Sabría su avispado hermano más de lo que le convenía saber? Digamos, un suponer, ¿le habría comentado el Uzumaki hasta qué tórrido extremo había llegado la intimidad entre Sasuke y él?

—¿Números?

Itachi, entre tanto, se interesaba por el menos trascendente de todos los misterios por resolver.

—Así los llama él. —Sasuke balanceó su impecable flequillo, para apartar ese tema y reconducir la conversación—: No has contestado a ninguna de mis preguntas. ¿Por qué huiste de nosotros en el bosque y ahora estás aquí sentado, comiéndote mi sopa de miso?

—Ya no te va a suceder nada, Naruto se ha encargado de eso. Fue él quien me hizo llamar. Y no se marchó, porque…

—Yo se lo explicaré, Itachi-san —le interrumpió la voz rasposa, pero inconfundible del futuro Hokage de Konoha.

Naruto estaba de pie, aferrado al marco de la puerta con ambas manos, los nudillos descoloridos, procurando que el mundo no hiciese espirales en torno a él. Su vistoso colorido general había sido sustituido por una tez pálida y ojerosa. No obstante, su mirada mantenía intacto el fulgor de la audacia que caracterizaba todo lo que hacía y sus negativas a hacer lo que no quería.

Por ejemplo, abandonar a Sasuke.

—¿Te ha hecho mimitos en la espalda un tigre, teme?

Sasuke arrugó los labios, pero no se defendió de la pulla. El rubio rodeó el respaldo de su silla, los ojos acariciando los desgarrones y heridas en la piel del Uchiha, y se derrumbó en el asiento sobrante. No perdió su sonrisa burlona, al dirigirse al hermano más viejo:

—Huele bien. ¿Hay más para mí de lo que te acabas de comer, Itachi-san?

Sasuke se levantó veloz como una flecha, dispuesto a ser él quien preparase el desayuno del Uzumaki. Llevaba días cocinando para él; al fin y al cabo, esa era su casa. Y Naruto era su…

—Siéntate, Sasuke —ordenó Itachi, sin permitir que completase la oración en su cabeza—. Escucha a Naruto. Y trata de ponerte en el lugar de alguien que no seas tú, por una vez en tu vida.

888888888888888888888888

Le dolía.

Joder, cómo le dolía. Echaría en falta a Sasuke durante el resto de su vida.

Naruto se paró ante el umbral de la antesala del Infierno, alargó el cuello y se topó con el Número guardián, que instaba a un nebuloso espectro a firmar el registro de entrada. Las almas accedían allí por riguroso orden, a través de una red de túneles laberínticos que comunicaban con el vestíbulo del Averno. Días antes, durante su propio viaje, Naruto había sido pavorosamente importunado por innumerables espíritus, confundidos por su saludable aspecto. El rubio había irrumpido en el vestíbulo a una velocidad que desconocía poseer. Sólo el estricto custodio del Infierno pudo convencer a sus horripilantes acosadores de que esperasen fuera, mientras aclaraban la situación. Al Uzumaki aún le bailoteaban las muelas del susto, rememorando el episodio, aunque su tolerancia a lo sobrenatural se había incrementado desde ese día.

El alma en cuestión liquidó sus trámites, recibió unas mínimas instrucciones, planeó hacia Naruto y cruzó a su lado, desvaneciéndose en su trayecto hacia la Ciudad. El Número del vestíbulo hizo un cortés cabeceo de saludo y el rubio, inmóvil bajo el dintel y con las manos en los bolsillos, lo devolvió. Estaba decidido. Iba a salir. Un pasito adelante, dos, tres… Tan simple, sólo había que…

Hacerlo.

Miró hacia abajo. Sus pies no se habían deslizado un milímetro, aunque estaba seguro de que había enviado la orden. Quizá eran más inteligentes que él.

Entonces se percató de que en el suelo había una inscripción. Separó los tobillos y guiñó los ojos, para leerla con claridad. Dos signos toscos y dos palabras en una lengua misteriosa, grabadas en una placa de metal gastado:

Una flecha trazada hacia el vestíbulo.

"Fuera".

Y una orientada hacia la pasarela.

"Dentro".

Los escritores tienden a figurarse el Infierno de una forma absurdamente poética. —El portero facilitaba a otro espíritu un formulario rosa—. No sospecharía cuántas almas se agachan ahí, a la captura de revelaciones místicas o versos grandilocuentes. Ya sabe… "Perded toda esperanza, vosotros los que…"

¿Eh?

El Número ante la expresión de desconcierto total, lo dejó correr.

Nada, no se preocupe, usted a lo suyo. Confío en que la información que ha leído ahí le haya sido de utilidad, y no le haya resultado muy densa.

¿Eh?

Uzumaki-san, salga ya —lo conminó el otro Número, el que permanecía en la pasarela—. Vaya delante, yo lo sigo.

¿Vendrá conmigo?

Sí.

¿Para qué?

Lo preferimos así.

Puede que Naruto no fuese muy instruido y que jamás hubiese oído el nombre de Dante Alighieri, quien había morado o existiría en un universo paralelo al suyo, pero sí acumulaba una amplia experiencia a la hora de desenmascarar a quienes perseguían algo de él y usaban subterfugios para no explicarle lo que era.

No me voy a perder —le susurró al Número, de manera confidencial—. Mi amigo Gaara veía un lugar en sus sueños y descubrió que no era imaginario, sino real: el que une el mundo de los vivos con los corredores de ahí atrás. También memorizó el camino y me lo enseñó todo. Gaara obtuvo el puesto de Kazekage muy joven por ser un genio, ¿sabe? Yo tuve que hacer un millón y medio de dibujos hasta lograr aprenderme la ruta completa.

El guardián de las puertas y su fina oreja se acordaban de Gaara de Suna. Uno de los pocos privilegiados que había pisado aquel recibidor sin perder su apariencia mortal y había revivido antes de que se abrieran para él las puertas de bronce. Otro hueso duro de roer, el pelirrojo de cejas inexistentes. Su mirada impresionaba como si las tuviera. Y un caso muy singular; estaba delante de él y su nombre se borró de la lista. Desde el interior, La Voz que varios años después autorizaría el ingreso de Naruto, anunció que Gaara debía irse por donde había venido. El recién llegado partió con la misma serenidad fría con la que había entrado allí. Extraordinario, el tipo.

El Uzumaki estaba rememorando las palabras finales del pelirrojo: "Sé que aquellas puertas me habrían conducido al Infierno, que es donde Sasuke Uchiha debe de estar. Te contaré mi gran secreto y te ayudaré a encontrarlo. También te proporcionaré un par de consejos más…".

Su amigo Gaara estaba allí, incluso si no estaba. Sin ir más lejos, gracias a él, acababa de tomar la gran decisión.

Lo siento, Número-san. Ya no me marcho.

¡¿Qué?!

El rostro del funcionario de la pasarela estaba desfigurado por la estupefacción. A Naruto lo asaltó la poderosa sensación de que un detalle fundamental se le escapaba. ¿Por qué la insistencia en ir con él? No le habría sorprendido tanto, si la propuesta proviniese del irónico portero amante de la poesía que trabajaba fuera. Pero dejar la entrada del Infierno sin vigilancia tampoco parecía aconsejable; la marabunta de almas de los túneles se desmadraría y se atropellaría para colarse sin respetar sus turnos, con esa ambición tan inherente a la naturaleza humana de querer colocarse a toda costa por delante de los demás, incluso si tu meta es el Infierno.

Naruto retrocedió un poco más.

Hay otra cosa. Conozco a Sasuke. Lo de que me odia y que me aleje es una cantinela repetitiva, ya estuvimos años con el mismo cuento. Pero también es enormemente orgulloso, emplear drogas para debilitarme no es un método que aprobaría. ¿Cuándo y por qué motivo les dijo que me drogaran?

No… no nos lo dijo. Únicamente quiere que se vaya.

Allí había Kyubi encerrado, sin embargo, él no era suficientemente espabilado para detectar dónde radicaba el problema.

Pero sabía de alguien que sí.

No me voy. Intentaré llegar por mis medios a la Ciudad; si me abren, bien, y si no, aporrearé las puertas hasta echarlas abajo. No tengo prisa.

No puede hacer eso.

Puedo, vaya si puedo. Si desean que me largue —Naruto iba avanzando de brazos cruzados—, tendrán que obligarme por las malas. No soy muy listo, ya se habrán dado cuenta. Pero si hay una cosa en la que soy un jodido maestro es en patear culos. Así que…

Es… espere… —dijo el funcionario, tartamudeando—. Yo… esto… he de formular una consulta.

Se evaporó y reapareció, transcurrido un minuto, junto a otros diez Números más.

Ohhhh… Hasta va a ser divertido y todo —sonrió el rubio, comenzando a remangarse—. Venga, ¿quién será el primero? Los que empiecen por uno que levanten la mano.

Uzumaki-san —se adelantó uno de ellos—. No lucharemos con usted. Le proponemos un trato.

Si van a amenazarme con hacerle daño a Sasuke, ni lo sueñen. Volveré con él y como le vea un pelo engominado fuera de su sitio, no voy a dejar hielo sin derretir. Ni gafas sin romper… —Se estaba remangando el otro brazo.

Lo hemos entendido, lo hemos entendido... —Cada Número daba un paso hacia atrás en coordinación perfecta con los que daba Naruto hacia delante—. Sólo indíquenos dónde se halla el túnel y la puerta por los que entró. Si lo hace, le permitiremos recuperar a su amigo. Tiene nuestra palabra.

Ah, eso era. El funcionario no había hablado de acompañarlo, sino de seguirlo. No tenían ni puta idea de por dónde había llegado. ¿Y para qué querrían saber dónde estaba la puerta? ¿Para cerrarla?

El asunto no le gustaba nada de nada.

No me fío. Es de mala educación drogar a la gente sin su consentimiento y mentir tampoco es bonito. Se supone que son los carceleros de los malos, han de ser honestos, como mínimo. ¿Cómo sé que luego no me echarán?

Uchiha-san no nos pidió expresamente que nos lo llevásemos, pero dedujimos que era su deseo. Hicimos mal. Nuestro error fue mentirle y le pedimos disculpas. Escoja usted la garantía: ¿quiere que traigamos a Sasuke? Reclame lo que quiera y se lo concederemos.

El moreno representaría más un rehén que una garantía. En cambio…

Dos condiciones. Una, su juramento (sobre lo que sea que ustedes juren) de que no le sucederá nada a Sasuke, aunque se encuentre con su hermano .Y dos, que me traigan aquí a Itachi Uchiha ahora mismo. Tres… dos… uno… ¡Ya! —exclamó, dando una palmada que provocó un respingo generalizado.

Itachi constituía su último recurso para proteger a Sasuke. Naruto estaba en situación de inferioridad, sus bravuconadas no detendrían mucho tiempo a los Números. Si derrotaba a aquellos, aparecerían más. No era cuestión de fuerza bruta, en la pasarela los estirados funcionarios podían servirse de sus poderes, pero él no podía echar mano del chakra.

Necesitaba un aliado, una persona que pensase por él. Que quisiese a Sasuke tanto como él.

De acuerdo.

La pasarela quedó vacía.

Naruto escuchó un rumor de aprobación y notó las miradas punzando en su nuca. Asomados hacia el interior, vio al portero y a un montón de almas que retrasaban su no muy ansiada entrada en el Hades, al estar más interesadas en el desarrollo de los acontecimientos. La fanfarronería del rubio era una buena manera de pasar el rato.

El Número guardián alzó las cejas por encima de las gafas y sus ojos se encontraron.

Sonrió.

Es increíble su desparpajo. Y no hablemos de esa facilidad para pasearse por la frontera entre los vivos y los muertos, como por el baño de su casa…

Ya. Iba a irme, ¿sabe? De verdad que sí. Pero me lo he pensado mejor.

¿Quieren echarlo? No me extraña. Es usted sumamente irritante, pero también una buena persona. Me pasmó que se empeñase tanto en entrar, y ahora que le permiten salir... En fin, usted verá. Debo reanudar mi labor. Venga… circulen… circulen… —Meneó las manos para dispersar a las almas fisgonas de su alrededor—. Buena suerte, Naruto-kun. Ojalá logre lo que se propone, sea lo que sea.

Naruto le guiñó un ojo muy azul.

Gracias por la suerte, portero-san. La voy a necesitar.

8888888888888888888888888

Itachi Uchiha recorrió los últimos tramos de madera, acompañado por cinco Números. Naruto no había conocido persona que desprendiese mayor aura de calma y autocontrol, incluso en las ocasiones en las que ambos se habían enfrentado. Ahora que Sasuke había crecido y sus ojeras eran similares, los dos Uchiha se asemejaban tanto que le impresionó.

—¿Te han herido? —le preguntó el mayor al aproximarse, los ojos enfocados un instante en la herida de su labio.

Bueno, existían diferencias. Sasuke parpadeaba.

—¿Estos? No me hagas reír. —El rubio hizo un gesto desdeñoso que abarcaba a los escoltas del otro—. No, fue el regalito de despedida de tu adorable hermano.

La boca de Itachi pudo haber sonreído. Tal vez lo hizo, pero ¿quién lo supo?

—¿Él se encuentra bien?

—Teniendo en cuenta que lleva cinco años muerto, como una rosa. Y con su flamante mala hostia intacta.

—¿Tú estás vivo?

—Sí.

—Entiendo.

Pues eres el único, pensó Naruto.

¿Para qué me has llamado?

Itachi se había amoldado a la situación con una soltura envidiable y el rubio se felicitó interiormente por su idea de traerlo. Le describió de forma sucinta el pacto concertado con los Números, y terminó pidiéndole al Uchiha que protegiese a Sasuke en caso de que no saliese todo según lo planeado.

—Cumpliremos nuestra promesa, Uzumaki-san. No suponga lo contrario. ¿Nos vamos ya?

—Naruto se quedará aquí —intervino Itachi, sorprendiéndolos a todos—. Me dará las instrucciones y seré yo el que los conduzca a esa salida. Él aguardará en la Ciudad, custodiado por ustedes. Si sus indicaciones son correctas, nos reuniremos en la muralla.

Los Números se agruparon como una marea de hormigas. Itachi, mientras, miró a Naruto.

—¿Confías en mí?

—Confío en lo mucho que ansías salvar a tu hermano. Es suficiente.

Los funcionarios, mediante un furioso cuchicheo, habían alcanzado un acuerdo.

—Uchiha-san nos guiará, pero si nos engaña, su hermano sufrirá las consecuencias.

Los ojos de Itachi se afilaron.

—Denme papel y lápiz —solicitó Naruto—. Voy a intentar explicarte el camino lo mejor que sepa, Itachi, pero es complicado. Yo necesité varios meses para aprendérmelo.

El mayor de los Uchiha tardó una hora.

8888888888888888888888888

¡Qué calor!

Naruto bufó, disparó de una patada el edredón hacia un lugar ignoto y se extendió con las manos cruzadas sobre sus espléndidos pectorales desnudos.

Era de noche. La mañana y la tarde habían volado, a medida que iba contando los pormenores de su historia. Cuando calló, le tocó al Uchiha mayor relatar la reacción de los Números ante el hallazgo de la puerta por la que había llegado el héroe de Konoha. Un nexo entre el mundo real y el Infierno; cada puerta de esos interminables corredores lo era, pero ésta también podía ser atravesada por los vivos.

Itachi fue apremiado a retirarse para que tres funcionarios saliesen y entrasen acto seguido, con caras de honda satisfacción, luego contagiada a los demás. Dando por bueno el resultado de la excursión, aseguraron al Uchiha que respetarían lo convenido. Naruto y él podrían irse juntos a casa de Sasuke.

No obstante, existían piezas sin encaje, en opinión del rubio. Estuvo aguardando a Itachi mucho tiempo, tendido sobre una cama en una de las galerías de la muralla. Al traspasar los portones de entrada, le habían flojeado las piernas y su estómago se puso a funcionar marcha atrás. Menos mal que tenía a su disposición abundantes líquidos y un cuarto de baño a un metro aproximado en línea recta. Lo curioso era que a tan repentino malestar se contraponía la milagrosa cicatrización de su labio inferior. Literalmente la herida se había esfumado.

Otro misterio. Bueno, mañana se haría las mil y una preguntas procedentes, hoy en teoría debía guardar reposo. No tenía sueño, se había largado a su cuarto en cuanto Itachi concluyó su parte, porque ese era el día de los Uchiha: el acontecimiento por el que Sasuke suspiró durante años. Estar presente en la Gran Conversación entre hermanos sería inmiscuirse en asuntos que ya no le concernían.

Resoplido. Los hermanos de marras estaban empeñados en cocinarlo al vapor, mas sus buenas intenciones no iban acompañadas de acierto médico. El calor era el peor modo de hacer que remitiesen unas náuseas. O se ponía a remojo en agua helada, a riesgo de caer redondo por la impresión y la debilidad que arrastraba; o irrumpía en el salón para arrancar de la pared a bocados el maléfico termostato, interrumpiendo groseramente la emotiva sesión de lágrimas fraternales o tentativas infructuosas de usar el Amaterasu.

Su ulterior destino, bañera fría o salón caliente, todavía era incierto en el instante en que la puerta de la habitación rodó lentamente sobre sus goznes.

—Naruto… —lo llamó un susurro.

Sasuke entró de puntillas. El Uzumaki enganchó una esquina de su almohada y se sentó recostado sobre ella, con el cobertor tapándole las caderas. Su movimiento sobresaltó al moreno, que lo creía dormido.

Los dos ninjas se estudiaron en la penumbra. La piel del torso del futuro Hokage relucía, igual que sus ojos, y unos pocos mechones de su pelo húmedo se le adherían a la frente. Inconsciente de ello, su aspecto era arrebatador.

—¿Tienes mucho calor?

—¿No me ves? Estoy ardiendo, Sasuke.

El moreno tragó saliva. Naruto se había descrito de forma muy… explícita.

—He apagado la calefacción, pero tardará en surtir efecto —explicó el Uchiha, sentándose en el otro lado de la cama.

Lo último que le apetecía al rubio era conversar. Su voz sonó opaca y pesada:

—¿Has hablado con Itachi-san?

—¿Por qué ahora lo llamas "san"?

—Nos ha salvado a los tres con una frase, se ha ganado ese derecho —repuso Naruto—. ¿Hablasteis, sí o no?

—De eso ya habrá tiempo. Me ha dicho que mañana nos contará lo que sabe. Interpretar lo que está pasando nos urge más que solventar viejas cuentas pendientes. Sí le he explicado las circunstancias de mi muerte y cómo ha sido mi vida aquí. Y también hemos hablado de ti.

El Uzumaki retuvo la respiración.

—De lo que no pertenece a nuestra intimidad —prosiguió Sasuke.

—Ah.

El moreno elevó los pies descalzos hasta plantarlos sobre el edredón y apoyó los antebrazos en las rodillas, colocándose paralelo a Naruto.

Éste hizo una recapitulación mental del contenido de su historia, desgranada ante los Uchiha. Procuró mantener sus sentimientos al margen de lo que contaba, pero para variar no había tenido un gran éxito. De todos modos, se sentía inusualmente tranquilo. Era la verdad, nada más.

Echó una ojeada de reojo al perfil del otro. Debería estar feliz, pero no daba esa impresión. Lo que más había anhelado su amigo se hallaba a su alcance. Pero Sasuke, cuya perfección recortada contra la tenue luz de la ventana dejaba a Naruto sin aliento, jamás estaba satisfecho.

Unos golpes perentorios sobre madera y el permiso desganado del rubio, precedieron a la entrada de Itachi en la habitación.

—¿Dónde hay un futón?

—No hay —respondió el moreno menor—. Duerme en mi cuarto, guardo sábanas limpias en el armario.

—Quedaos aquí, la cama es muy grande —ofreció Naruto—. Yo dormiré en tu habitación.

—Aún no estás recuperado —declaró Sasuke, obviamente contrariado.

—Soy capaz de dormir sobre un colchón de clavos y lo sabes. Deja que me quede hoy con tu cama y mañana le conseguimos un futón a Itachi-san.

—He dicho que no. —La irritación de Sasuke aumentó—. Itachi ocupará mi habitación y nosotros nos quedaremos aquí —sentenció con la mandíbula apretada.

—No quiero dormir contigo. ¿Me vas a obligar, teme?

Sasuke se viró bruscamente hacia el rubio. Su boca se abrió, pero volvió a cerrarse con el ruido desagradable de dientes entrechocando.

Dos pares de ojos desafiantes colisionaron, los entrecejos se fruncieron y el ambiente crepitó, anticipando tormenta…

—Dormiré en el sofá. Si rompéis algo, huesos incluidos, que sea en silencio. Estoy rendido.

Dicho esto, el mayor y más sabio de los tres abandonó el futuro campo de batalla y durmió de un tirón el resto de la noche.

8888888888888888888888888888888

Los tercos ninjas concluyeron por aceptar lo inevitable. Compartirían habitación, uno porque quería y otro porque no tenía fuerzas para negarse. Naruto sopesó la idea de marcharse, pero su férrea voluntad se hacía de barro ante Sasuke. Lo había extrañado tanto, añoró tanto su tacto y su olor… Aquello era un error, ¿cómo iba a comportarse de manera racional con el Uchiha en su cama?

El moreno se había tumbado de cara al ventanal, por lo que el sofocado rubio se acostó mirando hacia el baño y con la cabeza sobre el suave interior de su codo. Tras su tercera ducha en agua tibia, continuaba sudando; a lo mejor se estaba derritiendo.

¿Y si abro la ventana? Una rendija será suficiente.

Sonrió a la oscuridad y se levantó sigiloso, para no incordiar a Sasuke mientras fingía seguir durmiendo.

El Uchiha izó un párpado y vislumbró una imagen digna de no ser olvidada. El tozudo rubio, tal y como Kushina lo había parido, peleaba en dura lid con el cierre del ventanal. Las frenéticas sacudidas para hacer fuerza sobre el pomo, helado por fuera, ocasionaban que cada parte de su cuerpo se sacudiese al mismo ritmo.

Sasuke volvió a cegar su ojo, igual que si le hubiesen arrojado una gota de ácido… Para abrir los dos de golpe, pues las implicaciones de lo que Naruto proyectaba le asestaron un hachazo figurado en el pecho. Brincó de la cama como un gato y capturó los brazos del Uzumaki para frenar su temeraria acción.

—¡¿Qué demonios haces, usuratonkachi?!

Si la fuerza del Uchiha, equiparable en gran medida a la de Naruto, no lo remediaba, a la desdichada ventana le quedaban pocos minutos de vida. Y en el supuesto de que el rubio lograse abrirla, una pequeña ráfaga de viento gélido sobre su piel desnuda sería letal.

—¿Qué cojones haces tú? —El rubio se escabulló sin esfuerzo de las manos ajenas.

Sasuke no se sacaba de la cabeza que sus anteriores peleas físicas habían derivado indefectiblemente en tiernos abrazos o en sexo apasionado. Ninguna era opción para el Uzumaki esa noche, a juzgar por la ira y el rechazo que centelleaban en los ojos azules.

—Evitar que te congeles. Si abres esa ventana, es probable que mueras.

—¿Y eso te importaría, Sasuke?

El moreno respingó ante el sarcasmo. Naruto se estaba refiriendo a sus preguntas en la Torre: si lo sucedido entre ellos no era importante para él, si Naruto no era importante para él. Si le importaba otra persona que no fuese su hermano...

Y Sasuke había contestado que no.

—Desde luego que me preocupa lo que te pase.

Se arrepintió casi a la vez que abría la boca. No era la respuesta que Naruto esperaba, ni mucho menos, y el rubio se desinfló. Cabizbajo, se mordió los labios y se introdujo en la cama. Se acurrucó debajo del cobertor y no dijo más.

Sasuke se veía al borde de un precipicio y el abismo le llamaba. Sólo que ahora se lanzaría sin dudar, porque en el fondo estaba su salvación. Se metió bajo el edredón y se arrimó al rubio por detrás, pero no lo tocó.

—Naruto…

—Apártate de mí y duérmete. Mañana hablaremos.

—No quiero —susurró el moreno muy cerca—. Siempre lo estropeo todo cuando hablo.

—¿Y qué quieres? —musitó Naruto.

—Vuélvete.

En su rotación hacia atrás, el rubio aprisionó al otro contra el colchón, antes de que un siseo ahogado le recordara a destiempo las heridas de su amigo. Sin embargo, se dijo que se trataba de dolor, nada más. El dolor, Sasuke sabía soportarlo mejor que nadie: el Uchicha podía soportar lo que fuese, excepto no salirse con la suya. Cuanto pretendía, tarde o temprano, lo obtenía.

Que así sea.

—¿Por qué me provocas?

Estaba encima de Sasuke. Sus piernas apretaban las del otro, sus manos sujetaban los brazos a ambos lados del cuerpo pálido. El Uchiha elevó la cabeza y trató de apoderarse de la boca de Naruto con la suya, pero el rubio se la negó. Se echó hacia atrás, al tiempo que frotaba su erección con la que notaba crecer bajo la tela del pijama.

—¿Esto? ¿Es esto? —preguntó, alternando las preguntas con violentos movimientos contra el otro—. ¿Esto… quieres de mí? ¿Lo único que te interesa es mi polla… Sasuke?

El moreno iba a responder que no, que lo que repetía Naruto incesantemente era falso, pero sólo expulsó un lamento estrangulado. El Uzumaki acababa de desplazar su mano hasta el borde del pantalón para bajarlo, atrapando entre los dedos el dispuesto miembro Uchiha.

Arriba y abajo, rápido, más rápido, presión, más presión, un pulgar haciendo círculos en la punta, la carne dura y caliente de Naruto frotándose contra su muslo… Sasuke se puso a jadear como loco para desahogar tanta tensión y acallar cualquier ruido que los delatase fuera del cuarto.

—Ya veo que sí… —continuó el rubio, viendo que su compañero no se encontraba en disposición de contestar—. Bien, te lo daré. Si quieres sexo, lo tendrás.

—No… no…

—¿No quieres? —Las caricias se ralentizaron.

—Sí… sí quiero… —jadeó—. Pero… pero…

Ahora la boca del Uzumaki se había trasladado del oído a la base de su cuello, quemándole la piel con su saliva hirviendo. El cuerpo caliente y sudoroso cubriendo el suyo, la feroz mano moviéndose entre sus piernas, su húmeda erección clavándose en su muslo, hacían que se le fuese la cabeza. Sus cinco sentidos estaban concentrados en su sexo y en cada poro de su piel a la vez.

Naruto también estaba a instantes de estallar. Lo abrumaba la mezcla de emociones: someter al altivo Uchiha, doblegarlo a sus deseos, obligarlo a retorcerse bajo su cuerpo, acariciar su carne, su polla palpitando anhelante en su mano… Creyó que no estrecharía más entre sus brazos al moreno y ahora se encontraba respirando su aire, reteniendo entre los dedos el glande hinchado, presionando el borde delicado de la uretra, delineando sus venas… Era indescriptible la cantidad de sentimientos que lo embargaban al apretarlo contra él, escuchándolo contener sus gemidos, después de pensar que nunca más lo tocaría así.

Quería más. Más. Más. Más. Más, para no revelar lo que escondía celosamente detrás de su hambre atroz: la inmensa desolación por la pérdida que pudo haber sido. Sasuke no había hecho nada para impedir que se fuese, ni siquiera había intentado perseguirlo o detenerlo. Habría seguido adelante perfectamente sin él. Sin sufrimiento.

Pero había conservado su mochila, la había descubierto en el suelo del cuarto al levantarse. Sus patines, la bolsa de los juguetes del prostíbulo, todo seguía en su sitio. ¿Para qué, si nadie iba ya a utilizarlo?

A no ser…

Los celos lo dominaron y la rabia lo consumió por dentro. Si él no estuviese allí, estaría otro. Rubio, tal vez. Alto, con la polla grande y el cerebro pequeño. Otro que se le pareciese lo bastante en la oscuridad de una noche de sexo.

Por eso Sasuke había venido a su cama. Por eso ahora era él quien lo buscaba.

El Uchiha fue arrojado de bruces encima del colchón y Naruto contempló su espalda herida. El sentimiento de culpabilidad por haber estado presionando al moreno salvajemente contra la sábana, duró apenas un momento. Sus emociones desatadas nublaban su pensamiento, iba a apretar esas firmes nalgas entre sus dedos hasta amoratarlas. E iba encontrar ese rincón de dulce calor que anidaba entre ellas, porque era suyo. Sasuke era suyo y nadie se lo quitaría.

Consiguió arrancarle el pantalón y elevó sus caderas, para forzarlo a arrodillarse hasta que el moreno sintió la erección oprimirse contra él.

—¿Qué… qué… vas a…?

Quería escucharlo en voz alta. Que Naruto, con su boca sucia y deliciosa, pronunciase esas tres palabras mágicas. Que se lo iba a follar. Si se lo oía decir justo antes de hacerlo, se correría sin más caricias.

—Quieto. No te muevas.

El Uzumaki tomó los glúteos redondos y frescos y los separó, para rodear su erección e iniciar un vaivén desesperado. Sasuke al notarlo embistiendo a ratos contra su esfínter, aceleró sus jadeos. Naruto se dio cuenta de que si la punta de su polla, resbaladiza por el sudor y sus fluidos, rozaba el pequeño orificio cerrado, los sonidos reprimidos de su amigo se agudizaban. A modo de prueba, se colocó en posición e hizo amago de introducir su glande sin llegar a hacerlo. El moreno gimió como si le hubiesen clavado un kunai.

La mente del Uchiha burbujeaba igual que un horno. Al tiempo que disfrutaba de los embates de Naruto contra su culo, se imaginaba a sí mismo sobre el rubio. Con el bravo Uzumaki enlazando sus caderas con sus piernas, atrayéndolo hacia su cuerpo. Y se vio adentrándose frenéticamente en el interior del rubio, arremetiendo contra él, engullido por su carne golosa alrededor de su polla...

Daba igual quien fuese. Ambos se morían por estar dentro del otro. Siempre había sido así. Siempre.

Pero ahora Naruto llevaba las riendas. Reanudó sus caricias a mayor velocidad que antes, y siguió golpeando ahora directamente contra su esfínter, amenazando realmente con entrar en él. El lascivo y afilado dolor de los empujes ante la inexistencia de lubricante ya fue demasiado.

Demasiado.

Demasiado.

Sasuke Uchiha trató de no gritar, se abrazó a la almohada y comprimió la cara contra la tela para ahogar en ella su orgasmo.

Recuperada su respiración, poco después, escuchó un golpeteo húmedo y familiar.

No, no, no era posible.

Inmediatamente se dio la vuelta para encontrarse al rubio masturbándose. Se había retirado de él, y lo que hubiera sido un aliciente morboso en otras circunstancias, ahora era un momento deprimente. El Uzumaki actuaba de espaldas a él, como si quisiese terminar con un engorroso trámite cuanto antes. Ante la dolida estupefacción del moreno, se corrió sobre el pantalón de pijama abandonado, lo enrolló y lo arrojó a un rincón. Se puso de pie y anduvo hasta el baño, cerrándolo sin mirar una sola vez a Sasuke.

Naruto apoyado en la puerta del baño de espaldas, rodeó su cuerpo tembloroso con los brazos. No se encontraba mal. Estaba peor que eso.

Estaba triste, triste y muy perdido. Sasuke necesitaba sexo, estaba claro. Y lo tendría, puesto que el Uzumaki era incapaz de resistirse a aquel a quien deseaba como no había deseado nada en toda su vida. Pero no le daría más, solamente su amistad y su cuerpo. No podía entregárselo todo, dado que el otro no correspondía a sus devastadores sentimientos. Si él no hubiese regresado, esa noche Sasuke estaría gimiendo en la cama de alguien más.

Al salir, encontró al moreno mirando por la ventana con las manos pegadas al cristal. Cuando lo escuchó, fijó en él unos ojos negros que reflejaban confusión.

—¿Te encuentras bien? —preguntó.

—No. Buenas noches, Sasuke.

Naruto se acostó en su lado de la cama, fresco por un cambio de sábanas. Sin preocuparse por lo que el otro haría o no haría, cerró los ojos.

Ahora dormiría, aunque no sabía cómo serían sus sueños.

8888888888888888888888

Sasuke caminó fuera del baño y posó su mirada en el Uzumaki dormido. No disimulaba, conocía bien el ritmo de su respiración durante el sueño. La debilidad, el cansancio, el orgasmo y la pena habían conseguido tumbar al rubio.

Todo eso era culpa suya. El sufrimiento de Naruto, el suyo. Su puta vida de mierda, su miserable muerte. Todo.

¿No le había ordenado a Naruto que se fuera?

Pues se había ido.