Capítulo XII. El hogar
El graznido de un buitre agonizante, o un chirrido sospechosamente similar, se escuchó fuera de la habitación. Naruto gruñó ante la lúgubre perturbación de su sueño y el ruido se obstinó en martirizar sus oídos. Su segunda reacción fue torcer el cuello hacia donde debería de hallarse durmiendo el Uchiha.
El colchón vacío le hizo exhalar un suspiro de decepción, trayéndole a la memoria esas escasas y preciosas ocasiones en que ambos habían amanecido piel contra piel. Al recuerdo embriagador se encadenó el de su insatisfactorio encuentro sexual de la noche anterior: el hambre y el deseo, entremezclados con los celos, la desilusión y la amargura, que le indujeron a refrenarse y evitar lo que iba a ocurrir, que ambos sobrepasasen el punto de no retorno y la herida fresca desembocase en una llaga.
La puerta del baño batió contra la pared y el objeto de sus hirvientes pensamientos salió a toda prisa con las caderas enrolladas en una toalla, el pelo húmedo y una cara de cabreo de notable magnitud en la escala Uchiha.
—¿Qué…? —Naruto se incorporó, desconcertado por la urgencia con la que moreno rebuscaba en su armario.
—Están llamando al timbre.
—¿Te refieres a ese sonido horrendo? —El rubio procuró no babear en exceso frente a la visión que se retiraba la tela rizada de un tirón y cuyo apetitoso culo desnudo desapareció bajo uno de sus pantalones.
—Ya no se oye. Habrá abierto Itachi —dijo Sasuke. El pantalón de Naruto le serviría para degollar con relativa decencia a quien se había atrevido a interrumpir su sacrosanto protocolo de belleza matutina—. Sigue durmiendo —sugirió, recomponiendo su peinado con los dedos—. Más tarde te prepararé el desayuno.
—He dormido suficiente. Voy contigo.
El Uzumaki apartó el edredón en un giro brusco que le provocó un desagradable mareo. Su bamboleo para mantener el equilibrio sobre la cama hizo que Sasuke corriera a inclinarse sobre él.
—¿Naruto?
—Ya está. Me moví demasiado rápido y se me fue la cabeza, pero ya pasó. —Le dio un apretón tranquilizador en el antebrazo. La evolución desde la ansiedad al terciopelo en la sensual voz de su amigo había contribuido a la rauda mejoría.
—Te conviene descansar. Acuéstate. —El Uchiha empujó con firmeza el cuerpo tostado hacia abajo.
—Temeeeee… —Aferrado al otro, Naruto se resistió a fin de mantener su posición sentada—. Yo también quiero saber quién ha venido —exigió, echando el carnoso labio inferior hacia fuera.
—De acuerdo —accedió Sasuke, ante la graciosa mueca que acostumbraba a hacer de niño—. Pero si te desmayas por el pasillo, no te recogeré, me da igual que eches raíces. ¿Puedo soltarte?
Aquel matiz cálido. Naruto no estaba habituado a sentir esa calidez emanando de Sasuke. Le fundía los huesos.
—Sí —respondió, muriéndose por gritar lo contrario.
El Uchiha se enderezó y fue al armario a por ropa interior, un pantalón y una chaqueta de pijama. Luego se arrodilló sobre la cama y cogió las largas pantorrillas del rubio para atraerlas hacia sí.
—Arriba esas patas, dobe. Me niego a que corretees en pelotas por delante de mi hermano y de nuestros visitantes. Ya me haces pasar bastante vergüenza vestido.
—No se iban a espantar —declaró Naruto, pies en alto, obedeciendo al Uchiha—. Sai me putea porque él humillaría a un caballo. En las celebraciones de la aldea, Sakura-chan suele tomarse un chupito de sake, se lía a cuchichear con Ino y… hum…
El rubio teorizó en silencio acerca de la enigmática (para él) naturaleza de la relación entre sus dos compañeros del antiguo equipo Siete. Sasuke ya le había colocado unos calzoncillos y le metía las piernas por las perneras del pijama. Después lo obligó a elevar las caderas del colchón para acomodarle los pantalones.
—Comparada con Sai, toda polla es pequeña. Bueno, unas más que otras… —prosiguió Naruto, consumida la pausa y analizando uno a uno los geométricos músculos del vientre del Uchiha.
—Eres muy vanidoso, dobe —refunfuñó el moreno, mientras lo hacía introducir los brazos por las mangas de la chaqueta y le abrochaba los botones con pulcritud maternal—. Soy absolutamente perfecto, me mires por donde me mires
—Que seas perfecto, cosa que admito porque ya te he mirado "por todas partes", no excluye que la tuya sea más corta que la mía, Sasu-chan —rio Naruto a la proximidad del rostro pálido.
—Apenas dos centímetros, y estoy proporcionado a mi estatura. —En lugar de irritarse por el diminutivo, el ofendido sonrió sardónico—. Siendo niños, ya era más alto y si hubiese vivido lo suficiente para alcanzar mi altura definitiva, te superaría en todos los aspectos. Lo que incluye el tamaño de la polla, u-su-ra-ton-ka-chi —silabeó provocador.
—Es probable —concedió este—. Por ahora, llevo ventaja; en especial, por lo que he hecho con ella.
—Cierto. Por ahora.
—Estaré encantado de ser derrotado en ese terreno, teme.
Sus sonrisas retadoras confirmaron que continuaban siendo feroces rivales y los mejores amigos. Vencida la muerte, no existiría nada capaz de cambiar eso.
Al acabar de vestirlo, el Uchiha se puso en pie. El rubio desplazó los ojos de la entrepierna ajena hacia el suelo, sin disminuir la longitud de su sonrisa.
—¿Podrás levantarte solo?
—Creo que sí.
Lo intentó pero le flojearon las piernas. Sasuke se arrimó para que le pasara un brazo por encima de los hombros, hasta que logró estabilizarse y dejar caer despacio el brazo a su costado. Se encontraba mejor, aunque muy cansado. Un suculento desayuno del que el poco caritativo Uchiha hubiese desterrado cualquier asomo de color verde le devolvería las fuerzas.
—¿No resultaría más sencillo si te apoyases en mí?
Aquel prolongado contacto físico y la solícita actitud de Sasuke estaban haciendo muy feliz a Naruto. Iba a ser un día de primavera en la nieve para ambos. Y alguna clase de inicio. Lo presentía.
—Ya conoces mi lema: si no lo hago, no sabré si puedo hacerlo.
El Uchiha asintió y presenció cómo el rubio arrastraba los pies hacia la puerta. Enseguida lo adelantó y abandonó la habitación con la mirada al frente, si bien muy pendiente de lo que sucediese en el pasillo a sus espaldas.
Pero Naruto, pasito a pasito, sin rendirse y sin flaquear, fue detrás de Sasuke.
Como siempre había hecho.
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El mayor de los Uchiha permanecía frente a una mujer que lo contemplaba, admirada y muda, desde la entrada del apartamento. No era para menos: le había abierto la puerta un dios níveo de cabellos oscuros y mirada de hielo negro. Justo la misma impresión que le había producido Sasuke al conocerlo.
—¿Qué quieres? —la interrogó el dios gélido, tras su observación mutua y empleando ese fino tacto característico de su familia. Pese a que ella tampoco pasaba desapercibida, el hombre parecía igual de inmune a su hermosura ambigua que su hermano pequeño.
—Me llaman Siete para abreviar y regento un local de sanos entretenimientos carnales en este Distrito. Eres el hermano de Sasuke-kun, ¿no? Sois igual de guapísimos… —alabó con un seductor pestañeo.
—Para de coquetear y explícanos a qué has venido, Siete —ladró el aludido que había aparecido al otro extremo del salón.
Itachi cerró la puerta y la mujer se contoneó para tomar asiento sobre el cobertor arrugado que esa mañana cubría el sofá más grande.
—He venido a por Naruto.
—¡No!
El Uzumaki, que llegaba renqueando por el pasillo, se sorprendió al escuchar al exaltado Sasuke.
—Es por su bien —dijo Siete, conciliadora—. Él…
—¡Dije que no!
—¿Para qué lo quieres? —cuestionó el pragmático Itachi.
—Para hacerle una limpieza. Es una orden de 2704952809347282785 y 769529047285529578, no una iniciativa mía. Mañana os lo restituiré sano y salvo.
—Eh, eh… que estoy limpísimo —intervino el rubio, perplejo—. Ayer me duché cinco veces, la quinta después de que Sasuke y yo… —La mirada asesina del susodicho le impulsó a eludir tal evento y divagar por su cuenta—: De tanto lavarme, en ciertos sitios casi me despellejo. Fijo que me brillan los huev…
—Cierra la bocaza, dobe. Los Números prometieron no amenazarnos más. ¿Qué pretendes, Siete?
—No sé nada de promesas ni amenazas. Hace días, se le administró a Naruto un sedante y sus efectos lo debilitarán mucho tiempo. Es preciso que elimine de su organismo todo vestigio de esa sustancia lo antes posible. Ya le curaron una herida en la muralla; sin embargo, este medicamento requiere una elaboración más compleja. Yo preparaba remedios medicinales antes de llegar aquí, y nos escucharon conversando el día que estabas tan mal, Sasuke-kun. Se figuraron que te fiarías de mí para tratar a tu amigo.
—¿Por qué su interés en que Naruto se recobre "lo antes posible"?
Itachi no daba puntada sin hilo.
—Lo ignoro. Mañana os revelarán cuanto desean que sepáis, aunque presumo que no todo lo que esperáis saber —concluyó Siete, encogiéndose de hombros.
Naruto rumiaba sus últimas palabras.
—¿Estabas mal por los desgarrones de tu espalda, Sasuke? —El azul celeste destelló en un rostro, de repente, muy sombrío—. ¿Te castigaron?
Conocedor del fiero instinto protector del Uzumaki, el moreno decidió evitar que su amigo huyese arrastrándose a exterminar a cada uno de los moradores de La Torre:
—No, Naruto, cálmate. Lo de mi espalda es culpa mía. Un incidente… doméstico.
Siete dedujo que aquel chico despeinado de apariencia angelical, en circunstancias puntuales llegaba a inspirar más terror que los escalofriantes hermanos Uchiha. Naruto Uzumaki no era oscuro, sino radiante e implacable como un sol que avanzase hacia ti para calcinarte con sus llamas.
El tenso cuerpo del rubio se había relajado con la aclaración y una renovada sonrisa revoloteó por su cara.
—Le has salvado el culo a muchísimos Números hoy, teme.
—Hay más, Sasuke-kun —añadió Siete— y lo reproduciré tal y como me fue transmitido: no menosprecies tu regalo; si perseveras en tus errores, no recobrarás lo que te arrebataron y tu dolor se multiplicará por mil. No me preguntes a qué regalo se referían, pero respecto a lo que te quitaron es evidente que se trata de Narut…
—Lo he entendido —interrumpió el Uchiha, muy molesto. El universo estaba empeñado en sacar a relucir los detalles más reservados de su vida privada esa mañana—. Que conste que si aceptamos, lo que le hagas a Naruto lo harás delante de mí.
—Por supuesto. Si insistes en asistir a todo el proceso y Naruto lo permite, estás en tu derecho.
El Uchiha menor intercambió una mirada extrañada con el rubio. ¿Aquel retintín que creyó percibir había sido producto de su imaginación?
—¿Por qué no habría de permitir que Sasuke esté conmigo? —curioseó el Uzumaki.
—Porque hablamos de un procedimiento bastante íntimo, Naruto-kun. —La morena los estudiaba burlona, ya sin disimulo, caminando hacia la puerta—. Nos vemos esta tarde. No os retraséis, queridos.
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—Yo no voy. Debo hacer una comprobación —anunció el Uchiha mayor al quedarse los tres a solas.
Sasuke frunció el ceño. No le hacía la más mínima gracia que su hermano se esfumase ahora, ni estaba dispuesto a consentir que lo apartasen de Naruto. El problema era conciliar ambas prioridades.
—¿Dónde piensas ir? —preguntó, cortante.
—A confirmar una hipótesis.
—La cual te guardarás, supongo.
—Supones bien. Me hacen falta más datos.
—Ya te dije ayer que aquí soy policía. No sé a qué te dedicas tú, pero infringir la prohibición de deambular por las calles durante la noche es peligroso hasta para uno de nosotros, y más si vas solo.
—Yo no soy policía.
—Ya veo. —El menor alzó una ceja—. ¿Te has enterado en tu misterioso trabajo de lo que viene pasando por aquí últimamente?
—Sí.
Sasuke reconoció su propio y glacial reflejo en esos ojos inescrutables: Itachi no claudicaría ni le daría más explicaciones de momento. Las advertencias y el sarcasmo habían resultado infructuosos. Optó por otra vía para persuadirlo:
—¿Por qué no esperas a mañana? En cuanto Naruto recupere la normalidad, te acompañaremos.
—No. Es preciso que sea hoy.
—Naruto está muy débil, se desplaza con dificultad y le cuesta respirar. En este lugar existen millones de personas que lo detestan, se encuentra indefenso y no quiero abandonarlo en casa de Siete. Iría contigo, pero…
Frente a Itachi se desplegó en su crudeza el poderoso conflicto interno de Sasuke: su imposibilidad de dividirse por la mitad. Al fin se hallaban junto a él sus dos personas más preciadas, mataría o moriría nuevamente para no perderlas otra vez.
De pronto, la acompasada respiración resonando en el silencio condujo la atención de ambos hacia el sofá. El rubio se había ovillado en un rincón y llevaba dormido un buen rato.
—Sasuke.
Este viró su rostro hacia el mayor.
—¿Te acuerdas de aquel pasillo en la posada? Iba a capturar a Naruto con Kisame y surgiste de la nada. Me atacaste, rompí tu brazo y arrasé tu mente con mi Mangekyou.
—Sí…
Itachi divisó el antiguo dolor escondido en el interior de Sasuke. El tormento sufrido ese día permanecía grabado a fuego en su memoria.
—Tu auténtico pavor, el peor de tus miedos, no era que me marchase sin pelear contigo. Estabas desesperado por proteger a Naruto, por impedir que te lo arrancase de las manos como hice con nuestros padres. Era lo único que poseías, el hermano que yo no fui. Se había convertido en la familia que te robé y ha continuado siéndolo hasta hoy. ¿Me equivoco?
—No… —La voz del menor se iba apagando paulatinamente y sus pupilas titilaban en ondas negras.
—Ayer te pregunté acerca de tu final. "Él habría muerto", dijiste, y no hubo más. Enlazaste la frase con otros asuntos, sin emoción, como si al narrarme tu muerte me hubieses mencionado el color de su pelo. Sacrificaste tu vida para salvar la suya. ¿Te has arrepentido a lo largo de estos años?
—Jamás.
—En ese caso, Naruto es tu respuesta, no la busques más. Y tampoco te inquietes por mí, me tendrás en casa antes de que amanezca.
Sasuke inspiró hasta abombar su pecho y sus ojos se empañaron.
—¿Lo prometes, nii-san? —musitó.
Itachi se aproximó y unió su frente a la suya con una ternura infinita, destinada solamente a su hermanito pequeño.
—Regresaré contigo, otouto. Te doy mi palabra.
El ronquido desafinado proveniente del sillón los trajo a la realidad.
—¿Crees que corre algún riesgo? —dudó Sasuke, separándose con lentitud del mayor y escrutando de reojo a su amigo.
—Al revés, me da la impresión de que están deseando que se restablezca y no les interesa utilizar la fuerza con vosotros, o por lo menos no con él. Lo demostraron con su comportamiento en la pasarela: conocen la devoción de Naruto por ti, podrían haberte usado para obligarlo a enseñarles la salida; pero en cambio accedieron a todas sus demandas y actuaron igual que si realmente los intimidase. Carece de lógica.
—Los Números son unos consumados manipuladores. He ahí la lógica.
—Sobre lo que ocurrió allí, sé tan poco como tú. Lleva a Naruto a casa de esa mujer, presencia su tratamiento y si no te convence, interrúmpelo. Y no durmáis en el prostíbulo; si os es posible, hacedlo aquí. Hablaremos esta noche.
Sasuke cabeceó, manteniendo su vista en el rubio
—Utilizaron a Siete como cebo, adivinando que ella me ha ayudado mucho y es uno de los pocos habitantes del Infierno en los que confío.
—No lo adivinaron, estoy seguro de que lo sabían.
Los perfectos Uchiha se sonrieron en simétrica armonía. Un privilegio que solo los muebles de un salón y los erráticos ronquidos del futuro Hokage de Konoha gozaron del honor de contemplar.
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El viento se estaba ensañando con su cara.
A través del hueco de la capucha, el aire helado se colaba en cortantes ráfagas y finísimas agujas de hielo picoteaban su piel. No obstante, colgado de la espalda de Sasuke, rodeando su cuello con los brazos y sus caderas con las piernas, sentía que le iban a crecer un par de alas. Estaba experimentando una de las sensaciones más arrebatadoras de su vida, aferrado a aquel calor.
El Uchiha se deslizaba por la superficie congelada de las calles con la fluidez de una sombra y el rubio a cuestas. Desechó el transporte subterráneo para no agobiarlo, eligiendo el trayecto por la superficie. Eso significaba trasladarlo a la espalda varios kilómetros hasta el barrio de casitas bajas donde vivía Siete. El medio idóneo, inevitablemente, lo constituían los patines, instrumentos de infausta remembranza para el moreno, aunque ahora fuesen los suyos.
—¡Arre, Sasuke! —animó el rubio, soltando otra risotada eufórica en su nuca y produciendo una sucesión de ruiditos ofensivos con la lengua contra el paladar.
—¿A que el resto del trayecto lo haces montado sobre mi kunai con la punta para arriba? —refunfuñó el patinador, malhumorado. Llevaba mil quinientos metros soportando nombres de animales de carga asociados a su nombre, entre carcajadas.
—Preferiría montarte a ti —canturreó el Uzumaki en su oreja—. O que me montases tú. Las dos alternativas son válidas.
—Si no cierras esa sucia boca se te helarán los dientes —lo atajó el Uchiha turbado, tratando de concentrarse en el resbaladizo trayecto hasta el burdel y no en las eróticas posibilidades que auguraba la voz rasposa del rubio detrás de él.
—Sasuke, no es el momento —continuó aquel, poniéndose serio—, pero quiero que sepas que… creo que he sido injusto contigo, teme.
—Reserva tus energías para curarte y no pienses ahora en eso. Ya hablaremos.
Naruto estrechó más los brazos en torno al moreno y este cerró los párpados con fuerza para disfrutar del cariñoso abrazo. Sólo un segundo, eso sí, a fin de no terminar hechos sorbete de ninja contra el muro helado más cercano.
—También pienso en más cosas… —añadió el Uzumaki, meditabundo—. Como en cuál será la causa de tanto cachondeo de Siete con lo de mi tratamiento.
—Conozco su sentido del humor —rezongó su cabalgadura—. Estudió en la "escuela" de los Números. Sea lo que sea, no nos gustará.
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—Os cuento. Hemos de administrarle a Naruto tres unidades de un medicamento que he elaborado. Y aquí viene lo que no os gustará: se me ha ordenado tajantemente que no lo introduzca en cápsulas para que se las trague con un poco de agua. Aguantar esta incomodidad gratuita… —Siete chasqueó la lengua.
—¿Incomodidad?
Se encontraban en una acogedora habitación del prostíbulo: el rubio sentado sobre la cama, y Sasuke y Siete de pie.
—Compruébalo tú mismo —pidió la mujer, alargando su mano de uñas afiladas hacia el Uchiha.
Le tendió una cajita precintada que, al destaparse descubrió tres bolas naranja de tamaño medio, conectadas entre sí por un cordel lustroso y grueso con una anilla en el extremo.
—¿Qué… coño…? —barbotó el Uzumaki, capturando una esquina de la caja para bajarla hacia él y examinar con horror su contenido.
—Enviaré a uno de mis especialistas a que te las ponga. Has de retenerlas una media hora, para que el medicamento que las impregna sea absorbido por tu intestino —recomendó Siete con fría profesionalidad—. A continuación, se te retiran con cuidado y ya está. Una noche de reposo y como nuevo.
Las caras de los hombres eran indescriptibles.
—¡Hijos de puta malnacidos…! —exclamó el rubio—. ¡Cómo se puede ser (perdona, teme) tan vengativo y rencoroso! Si los pone cachondos ver jodiendo a alguien, que vayan preparando sus espejos y sus culos, porque el día que los coja…
—Naruto-kun, es tu única oportunidad. Como no utilices la medicación que recubre estas bolas, no me proporcionarán ingredientes para fabricar más. Haré cuanto esté en mi mano para que tus molestias sean mínimas. Mis trabajadores ya están acostumbrados, será rápido y discreto.
—Ni hablar, no vamos a tolerar esta afrenta —bufó el Uchiha—. Es degradante.
—Oye, ¿y si lo ayudas tú, Sasuke-kun? —propuso Siete, sonriente—. Puedo aleccionarte.
El silencio se estiró durante un interminable minuto.
—Teme, no estarás considerándolo, ¿verdad?
—Es… una tonta ocurrencia mía —titubeó Siete—. Pero si él no está conforme…
—Lo está.
—¡¿QUÉ?! —aulló el escandalizado Uzumaki.
—Pero lo haremos en mi casa —impuso Sasuke.
—No hay problema. El tratamiento no implica ningún riesgo, solo le resultará incómodo el, digamos, "sistema de aplicación". Mañana por la mañana, lo tendrás brincando por el apartamento.
—Pero Sasukeeee…
—No hay "pero Sasuke" que valga. Te vas a curar, cueste lo que cueste, así tenga que amordazarte y atarte a la cama.
Naruto amarrado a los barrotes de una cama. Su glorioso y tostado cuerpo sin una prenda encima. El escultural Uchiha, igualmente desnudo entre sus piernas y entre sus largos dedos una ristra de bolas color naranja…
Los presentes tragaron saliva, cada uno con su personal y tórrida versión de la escena.
El rubio unió sus manos, modoso, durante la charla ilustrativa entre Sasuke y Siete. El moreno, que había mudado su tono de tez del pálido al rosado en cosa de segundos, recibió muy atento la lección magistral impartida por la sonriente mujer. Mientras, el cerebro del Uzumaki no paraba de girar. La idea de que fuese su amigo quien le metiese… o sea… quien le sacase… eh… En fin… que la cosa era muy distinta si se trataba de Sasuke.
De hecho, pensándolo bien…
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Al cabo de dos horas, Naruto yacía sobre su cama del apartamento.
En esta ocasión se encontraba completamente desnudo y de bruces, con los brazos estirados y las piernas entreabiertas. Sasuke, sentado sobre los talones entre sus muslos, hacía esfuerzos por serenarse sin gran éxito. Ni siquiera se había desvestido por no sufrir malignas tentaciones, ya que en esta ocasión no se trataba de sexo o de placer sino de la salud del rubio.
—¿Me va a doler? —murmuró una vocecita apagada contra la almohada.
—¿Eres un bebé o un ninja? —gruñó el moreno, que no era el enfermero más comprensivo del mundo—. Arrodíllate.
Sasuke se recreó en la vista prodigiosa. Posó las manos sobre los glúteos del otro y su desatendida anatomía dio un saltito de contento en sus pantalones. El digno Uchiha soltó un resoplido contrariado: si con rozar la piel del otro ya se ponía así… Someter al fuerte y decidido rubio, verle tan sumiso, indefenso y… abierto, estaba horneando a fuego sus partes bajas.
—Separa más las piernas.
Volvió a obedecer y Sasuke consiguió mejor acceso al lugar donde iba a maniobrar.
—Relájate.
—Haz esto, haz lo otro… Tú no eres el que está espatarrado como una estrella de cuatro puntas, temblando para que no le taladren hasta el estómago.
—Voy a dilatarte antes —advirtió el moreno, procurando sonar indiferente, aunque la procesión fuese por dentro.
—Vale.
Sasuke iba a usar dos dedos para abrir a su amigo. Ya había estado en esa situación con anterioridad, solo tenía que recordar… No, nefasta idea. Iba a ser peor el remedio que la enfermedad.
Empleó un lubricante especial extraído de su bolsa de los tesoros. Siete había insistido que no alteraba los efectos de la medicación ni dañaba la superficie de las bolas, y así sería más fácil no causarle dolor a Naruto. Los finos dedos acariciaron la zona y fueron metiéndose con delicadeza, poco a poco, preparándolo para el diámetro de aquellos objetos.
Todo iba bien, hasta que al profundizar y frotar accidentalmente su próstata, el pobre Naruto gimoteó.
Oh, mierda. Aquello iba a ser una tortura.
Sasuke situó la primera de las bolas en posición. Empujó y rotó con suavidad la esfera anaranjada, mientras el rubio se contraía de forma involuntaria.
—Dobe, no hagas fuerza. Ábrete más. Ábrete…
Sasuke creyó que se correría escuchándose a sí mismo decir eso, al tiempo que Naruto volvía a gemir roncamente, cuando la primera bola atravesó la barrera muscular y desapareció.
—Va la siguiente.
La segunda invasora reptó por el interior del sedoso túnel acompañada de un nuevo gemido. El Uzumaki opinaba que su cuerpo estaba siendo profanado; pero se trataba de Sasuke y estaba tan excitado que su miembro oscilaba rígido, apuntando hacia la cabecera de la cama.
A continuación, vino la tercera esfera, pero la resistencia del rubio llevó a Sasuke a meter sus dedos tras ella para ahondar hasta donde fuese posible. La acción hizo a Naruto emitir un gañido que les puso a los dos los pelos de punta.
—Ohhhh… Sasuke, ¿qué me… haces?
El nombrado se resignó a que se le terminase desgarrando la tela del pantalón…
—Ya… están… —jadeó, tratando de recomponerse—. Debes aguantar con ellas media hora, dobe.
El rubio se giró y quedó tendido en diagonal sobre el colchón, su carnosa erección goteando contra su abdomen en todo su esplendor.
—Mmm. —Apretó los ojos y un antebrazo le cubrió la cara—. No sé si conseguiré resistirlo. He estado a punto de correrme hace un segundo y ahora siento… siento esas cosas ahí dentro… Duelen, pero también… son muy… ah…
El movimiento que hizo el Uzumaki arqueándose sobre la cama, las tetillas erizadas y la piel brillante, fue la gota que colmó el vaso.
Sasuke descendió al suelo, se desnudó a la velocidad del sonido delante de un asombrado rubio, recogió la bolsa de la mesita de noche y regresó gateando por la cama para sentarse a horcajadas sobre el rubio.
—Naruto…
Bajó hacia su boca. Se moría por besarlo, el beso de La Torre era un trago amargo que estaba deseando borrar de su cabeza. Pero su voluntad desfalleció al estar a centímetros de sus labios. Naruto comprendió que al Uchiha lo atormentaba ser rechazado como la noche anterior; así que lo tomó por la nuca y lo besó con ferocidad.
El beso se prolongó y ninguno quiso romperlo, pero a medida que pasaba el tiempo, se fue haciendo más delicado y más tierno. Sasuke fue el primero en apartarse, tomó otra vez el tubo de lubricante y lo utilizó para embadurnar la extensión durísima debajo de él. Después hizo igual con varios dedos de su mano derecha y se irguió, arrastrándose sobre sus rodillas para ubicar la pelvis encima de la cara del rubio, de modo que sus piernas se encontraron abiertas sobre su cabeza.
El Uchiha se mordió los labios y fue usando sus dedos para dilatarse con lentitud y lascivia delante de los ojos azules. El fascinado Uzumaki utilizó sus propias manos para separar más las nalgas pálidas y presenciar el proceso en primer plano. No tardó en decidir que no lo soportaba más. Miró hacia arriba y le suplicó al otro que se detuviese y se sentase sobre él, igual que antes.
El Uchiha se echó hacia atrás, resbalando por el cuerpo del rubio, y gimió al blando roce del glande de Naruto contra su carne. Y este, apresando con las yemas de los dedos la cadera de su amigo, supo que había llegado el momento.
—Sasuke… —resopló—. Por favor… hazlo tú, para que no te… Hazlo tú… si no… es que te voy a reventar.
El moreno comenzó a meter a Naruto en su interior, milímetro a milímetro, pero con firmeza. El sonido grave y sorpresivo, salido de entre sus labios por la extraña impresión de plenitud inicial, estuvo a punto de provocar el orgasmo en el rubio. No ayudó que Sasuke se doblara hacia él y sus facciones reflejasen, sin pudor, la combinación de placer y dolor ante la progresiva invasión.
—Oh, joder… —gimió frente a su cara.
Naruto se fue hundiendo dentro de Sasuke con tortuosa calma, avanzando y retrocediendo durante un buen rato, hasta terminar envuelto por su carne resbaladiza, apretada e incandescente. Su propio interior, resentido y caliente a causa de las dichosas bolas, incrementó el disfrute al máximo. Era como si el moreno también estuviese en él, era imposible resumir tal cúmulo de sensaciones maravillosas.
Pero lo más maravilloso de todo eran los besos, los mordisqueos, la deliciosa lengua del Uchiha nuevamente en su boca, entrando y saliendo sin cesar.
—Sasuke… muévete… muévete… muévete o me matarás.
Los gemidos del moreno fueron ahogados por la boca de Naruto. Empezó a subir y bajar, empalándose sobre la gruesa erección, y la desesperación de ambos los llevó enseguida a incrementar el ritmo. El rubio notó cómo el interior del Uchiha lo absorbía en impulsos cada vez más poderosos.
No se figuraba lo que tenía que estar sintiendo Sasuke, su polla dentro embistiéndolo en profundidad y removiéndose frenéticamente en su interior, llegando hasta los sitios más profundos de su cuerpo. Se hacía una vaga idea por lo que se revolvía dentro de sus irritadas entrañas, pero imaginaba que no habría comparación con su carne caliente. Esas maravillas eran las que oía en los gemidos del Uchiha que su boca devoraba con cada beso.
Sasuke a su vez estaba sufriendo una experiencia sensorial extrema. Por una parte, los besos alternaban la pasión con lametones perezosos y dulces. Por la otra, todo aquel ardor adentrándose en él, todo aquel placer y el dolor… Oh, sí, también el dolor. Y la sensación de estar tan lleno de Naruto que estallaría…
—Teme… es increíble cómo te mueves… Móntame así… Más, oh, joder… hasta el fondo. Sasuke, te estoy follando tan hondo, que si te beso otra vez voy a encontrar mi polla en tu garganta… ah…
El moreno jadeaba como un poseso, pero no articulaba palabra. Naruto ya caldeaba el ambiente lo suficiente con su repertorio de frases obscenas:
—Sí… Móntame así… Estas bolas hacen que me sienta como si también me estuvieses follando. Ojalá lo estuvieses haciendo ahora, Sasuke… Sasuke… Te siento entero… te siento por todas partes… Ven, bésame, acércate, quiero tocarte…
Mientras volvía a aprisionar la lengua del Uchiha con los dientes, la mano de Naruto viajó al miembro húmedo que ondulaba junto su dueño para aferrarlo. Como siempre, la polla de Sasuke oprimida entre sus dedos acabó de incendiarle. Sentir su culo alrededor, estrujándolo, su mano sacudiendo repetidamente la sufrida erección de su amigo, sus labios, su lengua, el aire que respiraba…
Sasuke era el puto paraíso y él se sentía…
—Naruto… Me voy a… correr…
El rubio ya lo estaba haciendo. Las paredes de su recto se contraían tanto que, en un brusco empujón de sus potentísimos músculos internos, expulsó a sus tres intrusas, pero ya habría tiempo para el arrepentimiento. Sasuke se estaba empapando por dentro con la humedad caliente que Naruto derramaba a chorros en su dolorido y abusado interior, y aquello incrementó la intensidad de su propio orgasmo.
Vencido por el cansancio, el Uchiha se dejó ir hacia adelante y se abrazó a Naruto. Este le devolvió el abrazo con toda su alma y permanecieron allí inmóviles. Cansados, sudorosos, pegajosos y todavía unidos.
Naruto hizo amago de retirarse, pero Sasuke resolló en su mejilla antes de susurrar:
—No salgas, Naruto, quédate dentro de mí.
Se miraron a poca distancia y sus bocas se fundieron de nuevo. Despacio, ya sin ansiedades, por el mero gusto de tenerse y sentirse.
Y se dijeron muchas cosas en aquel beso, cosas que ya no podían ser calladas.
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—¿Te encuentras mejor?
—¿Mejor? No.
El moreno elevó la cabeza desde el pecho rubio.
—¿Cómo?
—Mejor que mejor —rio Naruto—. No me he encontrado tan bien en mi vida. Ni mareos, ni náuseas, ni debilidad. Sería capaz de engullirte de un bocado. Y sobre todo, soy muy feliz, Sasuke.
El Uchiha sonrió ligeramente y volvió a asentar su flequillo sobre la clavícula del Uzumaki.
—Sasuke…
—¿Mmm…?
—¿Qué se siente? Algo intuyo al haber tenido esas tres cosas dentro. Pero mi polla es mucho… muchísimo más grande y más gruesa. Y llega mucho más hondo. Tuve miedo de destrozarte a veces. ¿Qué sentiste tú?
La cabeza morena se alzó otra vez con las mejillas encarnadas.
—No voy a contestar a eso, dobe. Pertenece a mi intimidad. Si te intriga, averígualo por ti mismo.
—¿Es una insinuación?
—No. Una predicción. La próxima vez, seré yo el que lleve la iniciativa. De ese modo, sabrás lo que se siente en todas sus "dimensiones" —ironizó el Uchiha.
—Pero si ya has llevado la iniciativa. Te he follado yo, pero tú casi me violas. Te abalanzaste sobre mí y te la hincaste hasta la empuñadura tú solito.
Sasuke refunfuñó y se sacudió entre las sábanas.
—Eres afortunado, porque estoy demasiado agotado de andar cargando contigo de un rincón al otro de la Ciudad. Ya te demostraré quién va a ser el que domine al otro a partir de ahora, usuratonkachi.
—Oh, bien, bien. No tengo inconveniente, ya me conoces.
—Naruto…
Sasuke se incorporó y se recostó de costado sobre un codo, mirándole a los ojos.
—Nunca quise que te fueses. Habría ido a buscarte, pero creí que ya no había esperanzas de rescatarte antes de llegar a la puerta. Debí haber sabido que no te marcharías, tendría que haber confiado en ti. —El moreno volvió a apoyar la cabeza en la almohada—. Ya sabes que mi fuerte no es confiar en los demás. Hasta Itachi me lo reprocha.
—No importa —dijo el Uzumaki—. También tengo cosas por las que disculparme. Te traté muy mal ayer. No es excusa, pero estaba celoso.
Naruto le pasó el brazo por la cintura y estiró el cuello para darle un beso cariñoso en la mandíbula.
—¿Celoso? —Las cejas oscuras se arquearon por la sorpresa—. ¿De quién?
—Fue por culpa de la maldita bolsa. La descubrí tirada en el suelo y deduje que querías utilizarla con alguien más.
El Uchiha rio burlón.
—Menuda estupidez. Recogí la bolsa por el mismo motivo que los patines. Necesitaba conmigo todo lo que me recordase a ti.
El rubio no halló respuesta ingeniosa para eso. Se abrazó al moreno con fuerza y fue correspondido. Las narices se rozaron, sus labios se toparon y el beso apasionado los llevó a gemir y frotarse el uno contra el otro.
Naruto rodaba sobre Sasuke comiéndole la boca, en el momento en el que se escuchó a Itachi entrando en la casa.
