Capítulo XIV. El amor

En cuanto el cuerpo de Naruto dejó de ser el centro de su universo, Sasuke sintió a su hermano a su lado. No lo escuchó, no lo vio, pero se encontraba muy cerca.

Con el rubio entre los brazos, sumergido en su cálido interior y descansando contra su piel, la cabeza del Uchiha menor viró hacia donde Itachi los contemplaba con la inmovilidad de una estatua.

La súbita rigidez de los músculos de Sasuke fue percibida por su dulce vaina.

—¿Qué pasa, teme?

Naruto torció el cuello hasta toparse con el inesperado intruso, enmarcado por la puerta. Sus ojos se salieron de sus órbitas y se enderezó como un resorte, mientras se cerraba la yukata.

—¡Oh, mierda!

Anticipándose, Sasuke había retrocedido para no sufrir daños en una región de su anatomía solo ahora valorada en su justa medida y se estaba anudando la bata. El rubio, entre tanto, trataba de dominar su creciente angustia para encararse con lo que aquel terrible descubrimiento iba a suponer.

Podía trastocarlo todo, podría perder a Sasuke.

La atroz punzada en su corazón viajó poco poéticamente a sus más íntimos recovecos y se mordió la lengua. Bastante vergüenza estaba soportando, como para empeorar más la situación.

—Itachi-san, hay una explicación. —Apretó sus puños hasta que los nudillos se tornaron blancos, abandonándose al destino—. Estoy enamorado de Sasuke.

Los morenos alcanzaron un diámetro ocular desconocido en la afilada historia Uchiha. Al propio Naruto le sobresaltaron sus palabras; no había planeado pronunciarse con tanta franqueza. La realidad demasiados años alojada en su garganta había aflorado a la luz.

—Mis acciones son una deshonra imperdonable para tu clan, pero no culpes a Sasuke. Él no me corresponde, se dejó llevar por mi insistencia y mis provocaciones. Soy el único responsable, el que le ha empujado a exponerse así, a aceptar… a tolerar… esta especie de…

—¡Naruto!

El grito chasqueó en el aire como los filos de un látigo. La furia en el tono acreditaba que el moreno menor no le perdonaría lo que acababa de hacer.

—¿Deshonrarnos tú a nosotros? —Itachi, ignorando las iras de su hermano, meneó la cabeza—. Sasuke y yo no nos contamos entre las personas capaces de pronunciar la palabra "honor" en voz tan alta como tú. Y por cierto, si combinas tu alegre afición a ir describiendo vuestras prácticas nocturnas con tu timbre de voz, obtendrás la razón por la que estoy enterado desde el principio. Sin embargo, confiaba en que dichas actividades seguirían siendo nocturnas; no esperaba toparme de bruces con la… evidencia.

Sasuke suspiró.

—Déjanos a solas, Naruto, por favor.

—¿Qué? No, me niego. Yo…

El vengador caminó hasta el Uzumaki, lo agarró por la nuca y lo besó hasta absorberle el aliento, acallando sus protestas.

—Escuché lo que dijiste, dobe —le susurró, al apartarse—. Y lo entendí. ¿Me has entendido ahora tú a mí?

No existía escala para cuantificar la felicidad del jadeante y asombrado Naruto.

Sasuke sentía lo mismo que él.

La intromisión de Itachi se había desvanecido de sus mentes. Fundidos en los ojos del otro, aceleradas sus respiraciones, los oídos zumbándoles y el suelo estremeciéndose bajo sus pies…

Un momento.

Al inclinarse a la vez hacia las losetas de la cocina, dos duros cráneos colisionaron dolorosamente y se miraron alarmados con una mano en la frente. ¿Pero qué…?

El suelo estaba temblando de verdad.

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El retumbar grave y escalofriante daba la impresión de provenir de todas partes. Al tintineo de cristal y metales se sumó la vibración sorda transmitida a través de sus cuerpos desde las profundidades del Infierno.

De inmediato, los tres corrieron hacia la sala; pero delante de la puerta del apartamento, la trepidación se detuvo.

—¿Qué… ha sido… eso?

—No lo sé.

—Yo tampoco.

—Aprovechad e id a vestiros. ¡Vamos! —apresuró el mayor a los jóvenes, rebuscando en el ropero su arma y la de su hermano, junto con las corazas y capas.

Sasuke y Naruto se dirigieron raudos hacia la habitación, se lavaron y se enfundaron en la ropa más abrigada que tenían. Después regresaron con Itachi, salieron de la casa y descendieron a toda prisa por tramos y tramos de interminables escalones hasta el vestíbulo del edificio, evitando el ascensor. A intervalos regulares, el seísmo producía leves réplicas.

En el exterior, un hallazgo más inquietante. Abarrotando las calles, millones de almas atemorizadas elevaron sus caras hacia un cielo color sangre. La habitual capa de nubes plomizas se había disipado para revelar las azuladas cimas de los edificios, con sus antenas clavadas sobre un tapiz de fuego.

—¡Allí! —El brazo extendido de Naruto señaló hacia el horizonte, entre dos moles de piedra gris oscura. De la construcción rosada brotaban unas espirales granate que, al difuminarse, teñían el aire de aquella viva tonalidad carmesí.

—Uchiha-san, Uchiha-san, Uzumaki-san… —los reclamó una voz monótona y familiar a sus espaldas—. Les ruego que vengan con nosotros. Necesitamos su ayuda.

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Los habían conducido a un andén desierto, donde una sucesión de vagones plateados y su máquina los esperaban.

Los hermanos reconocieron enseguida el vehículo que les permitiría llegar a la Torre en unas horas, mientras su único viajero involuntario en el pasado se adelantaba para entrar. Escogió un asiento al azar, arrojó lejos su capa y se cruzó de brazos; sus cejas doradas, arrugadas con una mezcla de curiosidad y suspicacia. Los demás lo imitaron, ocupando las plazas contiguas, y el tren se puso en marcha.

—Nos llevan a La Torre, ¿no?

—Correcto, Uzumaki-san.

Las circunstancias debían de ser muy graves para que los altivos funcionarios actuasen con tal amabilidad; y los Uchiha, ordinariamente impávidos, leyeron la intranquilidad en las facciones del otro.

Naruto, por su parte, había consumido la escasa paciencia que poseía. Entre su "nuevo cuñado" y el terremoto infernal le habían estropeado el plan de poner término a su declaración amorosa besando a Sasuke con dulzura y devolviéndole sin compasión los favores recibidos contra la mesa de su cocina.

Alguien de naturaleza demoníaca y con dificultades visuales iba a explicarse a la de… ya.

—¿Qué está pasando?

—Bajo la Ciudad hay una intensa actividad volcánica. Seísmos como el de hoy suelen darse en ciclos de unos cinco o seis mil años. Se trata de un hecho muy común y los temblores están remitiendo; no hay de qué preocuparse.

—Una suerte que hasta dentro de otros cinco mil años pueda dejar de preocuparme —ironizó Sasuke—. ¿El humo rojo también aparece cada cinco mil años?

El Número demandó la aprobación de sus compañeros por encima de sus gafas y se las recolocó sobre el puente de la nariz.

—En el interior de la Torre hay una puerta semejante a la que empleó Uzumaki-san para acceder al vestíbulo —desveló, sin causar un exceso de sorpresa en su audiencia—. La magnitud del terremoto ha provocado algunos desperfectos y a través de las grietas se filtran gases volcánicos desde el subsuelo.

—¿Para qué nos necesitan? —preguntó Sasuke—. No somos constructores ni ingenieros. Les harían falta técnicos o científicos especializados, no ninjas.

—La mayoría de los habitantes del Infierno no vacilarían en escapar y retornar al mundo de los vivos. Al otro lado de los portones que aíslan el vestíbulo de la pasarela, cualquier alma incorpórea se disolvería si utilizase la puerta de Uzumaki-san para huir. Nuestra inquietud principal se ciñe a los pobladores de la Ciudad. Pese a que desconocen la existencia de una salida interior y erigimos en torno a ella una fortaleza inexpugnable, su custodia exige una atención constante. Como ha señalado, el terremoto ha hecho que precisemos especialistas para reparar los daños y no podemos fiarnos de que no aprovechen un descuido para evadirse. Por eso recurrimos a ustedes, para que colaboren en la vigilancia.

—¿Y no recelan de nosotros? —cuestionó Itachi—. Sasuke y yo también somos almas.

—En absoluto. Hemos notado que (increíblemente, a juzgar por sus coeficientes de inteligencia respectivos) consideran a Uzumaki-san como su líder natural y él no lo consentiría —expuso el Número—. Su tendencia a la honradez es muy acusada y lo ligan a su hermano unos lazos tan poderosos que ni siquiera la muerte ha conseguido romperlos. Usted… es más complejo de interpretar, pero el deseo de proteger a su hermano pequeño ha sido el único soporte de su desgraciada vida. Estamos convencidos de que ninguno se plantearía una fuga.

Itachi no parpadeó.

—¿No pueden encargarse ustedes, como hasta ahora?

—Nosotros… ejem… —hubo un par de carraspeos—, digamos que nuestro fuerte no es la confrontación física y una indiscutible superioridad intelectual sirve de poco para lidiar con determinados especímenes que nos despachan desde su mundo con demasiada frecuencia. Por el contrario, a tres de los mejores ninjas de la historia de sus naciones, incluso sin intermedio de su chakra les será muy sencillo someter a cualquiera. Por muy conflictivo que sea.

—Defina "conflictivo" —requirió Sasuke, ceja en alto.

—Se lo defino. Orochimaru.

—¡¿Qué?!

—Estará al frente de las reparaciones más delicadas. Se encontraba en la Torre antes del terremoto y nos aguarda con el equipo para dar inicio a los trabajos.

—Están locos —dedujo Naruto con el ceño fruncido—. A ese va a haber que atarle la cola a una viga y la lengua a otra para mantenerlo controlado las veinticuatro horas del día. Es rastrero, retorcido y traicionero. Todo un hijo de puta.

—Hum… sí, ya. También les encomendamos la tarea puesto que lo conocen mejor que nadie. Hablo en concreto de Uchiha-san —precisó el Número, apuntando a Sasuke.

—Me gustaría saber por qué les conviene tanto que se conserve en buen estado una salida en pleno Infierno —farfulló el rubio—. ¿No resultaría más fácil bloquearla o permitir que se colapse, en lugar de arreglarla? Así no habría que seguir protegiéndola.

El funcionario solicitó de nuevo la conformidad de sus compañeros para continuar, pero en esta oportunidad no la obtuvo. Otro de los Números se levantó de golpe, les aseguró que se les informaría del resto al llegar a la Torre y todos ellos abandonaron el vagón.

Pasó una hora. En tanto que Naruto meditaba sobre el asunto de las dos puertas, los hermanos Uchiha se escrutaron de reojo antes de ponerse a cavilar al unísono. Sus mentes, tan similares como sus cuerpos, recorrían un sendero ligado a aquella desbandada general. No era la primera ocasión en la que observaban ese comportamiento. Los Números actuaban igual que una colonia de insectos: compartían un cerebro común y una sola boca.

Si eran como hormigas o abejas… ¿dónde estaba el Número "reina"?

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Transcurrió otra hora. Los funcionarios se habían marchado a confabular entre cuchicheos y los ninjas decidieron expresar sus dudas en voz baja.

—¿Qué opináis? —indagó el rubio entre susurros—. Estos siempre me toman por idiota, pero es evidente que en esta historia hay bastante más de lo que nos cuentan.

—No suelen mentirnos; más bien, "omiten" —aclaró Itachi—. Yo tampoco me fío, pero ¿cuáles son nuestras opciones? No hay más remedio que seguirles la corriente, por ahora.

—Estoy contigo —musitó Sasuke—. Lo mejor es aceptar el encargo y dejar que las cosas rueden hacia adelante. Y haz el favor, usuratonkachi, procura no hacerles más preguntas irreflexivas. Es tan esencial reservarnos lo que sabemos, como no proporcionar pistas sobre lo que nos morimos de ganas de averiguar.

—Tienes razón, teme. A veces no pienso lo que digo…

—Todas las veces.

Media hora de silencio meditabundo y una cabeza medio calva surgió al fondo del vagón.

—¿Desean comer…?

90752495789427580948 se encontró a un hombre rubio de rodillas, envolviendo su pierna. El riquísimo desayuno de Naruto había fallecido a manos de un anormalmente fogoso Sasuke, que había preferido desayunárselo a él. No es que se quejase (ni mucho menos), pero estaba tan hambriento que su estómago oteaba a su alrededor, presto a merendarse a su órgano más cercano.

El funcionario examinó su muslo derecho del que colgaba un famélico ninja, con un semblante que combinaba espanto y desconcierto.

—Hum. —Trató de sacudirse a Naruto de la pierna con la máxima dignidad posible—. Si nos acompaña, estaremos en disposición de atender su… —nueva agitación infructuosa— vehemente petición. Hemos instalado una cocina atrás. ¿Ustedes no quieren nada?

—Sí. Pero esperaremos.

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—Sospecho que no lo comprendes.

—Te equivocas —lo rebatió Itachi—, pero me da miedo que vuestros sentimientos os arrastren al desastre. Eres consciente de que tarde o temprano se irá, ¿verdad?

Sasuke odiaba pensar en ello. Esa desgarradora idea se infiltraba en su cabeza y enseguida la desmenuzaba en pedacitos microscópicos.

—No regresará —prosiguió el mayor—. Dentro de muchos, muchísimos años, la tarde en la que el valeroso Hokage de Konoha entregue su vida defendiendo a su aldea y a su familia, el Infierno no será su destino.

—¿Por qué me atormentas? ¿Crees que no conozco a Naruto? ¿Crees que oírlo de tu boca lo convertirá en menos cierto?

—Temo por ti. Ojalá vuestras vidas hubiesen sido distintas, es el único que te ha hecho feliz desde que eras un niño y juntos habríais logrado cuanto os hubieseis propuesto. Habrás de ser fuerte, asumirlo cuando llegue el día y sobreponerte.

—Por favor, ya basta. —El rostro del menor era sombrío—. Te lo suplico, nii-san, no me tortures más. Permite que, al menos, disfrute del tiempo que me quede.

Itachi respiró pausadamente y bajó la vista a la alfombrilla bajo sus pies.

—Perdóname, Sasuke. Lo que he predicho, tan solo lo supongo. Por fortuna, carezco de la habilidad de adivinar el porvenir. Además, siempre olvido que con Naruto, hasta lo más seguro es imprevisible. —Las comisuras de su boca se curvaron hacia arriba—. Y ya he comprobado lo mucho… y bien que disfrutas de tu tiempo, otouto.

El vengador relajó el rostro, pero arrugó el entrecejo.

—¿Y eso me lo reprocha un hombre que la mayor parte de su vida adulta se pintó de violeta las uñas de los pies?

La sonrisa de su hermano se transformó en una suave risa. Aquel bello y raro sonido caldeó el viento helado que congelaba el corazón de Sasuke y barrió a un rincón muy remoto sus penas futuras.

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—Voy al…

—Ya —cortó Itachi—. De paso, asegúrate de que no ha engullido a un par de Números. No nos conviene que los irrite más de lo usual.

Sasuke resopló y se levantó en busca de su dobe.

Naruto no se había comido a nadie. Venía paseando desde el fondo del tren, palmoteando su barriga. Al descubrir que el Uchiha le cerraba el paso, sonrió de oreja a oreja, abrió la puerta del baño a su izquierda y lo enganchó por el cuello de la ropa para atraerlo al interior.

Al principio fue la boca de Naruto la que se tragó a Sasuke. Pero la desesperación y las ansias de imponerse en los besos los impulsaron a ir alternando sus espaldas contra la pared en rotaciones continuas, hasta que tropezaban con el inodoro o el lavabo e invertían la orientación del giro sin cesar de besarse.

—Naruto… —jadeó el Uchiha. Tras devolverle su lengua, el rubio estaba mordisqueando la vena de su cuello—. Aquí no. ¿Qué vas a…?

El rubio ahora había dado un brusco tirón de telas hacia arriba y refregaba enérgico el pecho desnudo contra el suyo. Su ansiedad mutua arreciaba. Hacía tanto calor allí… Era tan excitante estar a oscuras, sentir al otro, olerlo, palparlo y saborearlo sin verlo... Enredados en un lío de pieles ardientes, resuellos febriles, bocas y manos que no podían estarse quietas, el instinto de Sasuke agarró las nalgas de su amigo y las oprimió para restregarlo contra su erección.

—Qué bien me follaste esta mañana —ronroneó Naruto sobre el lóbulo de su oreja, acompasando el ondular de sus caderas—. Duro y profundo. Creí que me reventarías. ¿Te apetece repetir y acabar de destrozarme el culo, teme?

—Ni lo preguntes —siseó el Uchiha, al que le iba a explotar la tapa de los sesos y lo que gritaba entre sus piernas, si el rubio no callaba—. Quería… vine a hablar y si sigues calentándome así, no vamos a hablar nada.

—Vale, vale —concedió el rubio, separándose con desgana—. Aguantaré hasta que lleguemos a la Torre, ni un puto minuto más. Pero estas bolas que tanto te gustan ya se me están poniendo azules —gruñó.

Sasuke dobló el codo hacia atrás y pulsó un interruptor que se le hincaba en las heridas cicatrizadas de la espalda. Al aproximarse a examinar su imagen en el espejo y estudiar al Uzumaki detrás de él, constató que presentaban todo el aspecto de haber sufrido el terremoto ellos solos.

—Mierda.

Se acercó al lavabo, se remojó la cara para atenuar el indecente efecto de los besos y se peinó. Naruto se estaba recomponiendo la ropa y desde atrás, estiró los brazos y se empapó las manos bajo el chorro de agua fría para refrescarse las mejillas y los labios hinchados. Con su pelo nunca había mucho que hacer.

Al fin, el Uzumaki apagó la luz, se recostaron contra la puerta y se acurrucaron en el apacible silencio negro, aguardando que sus zonas más conflictivas también se tranquilizasen.

—Lo que no dije en la cocina…

—Sí lo hiciste, Sasuke. Tú todo lo haces a tu manera, pero no significa que no lo hagas.

—Cuando estábamos… cuando estaba dentro de ti… fue como si me abofetease una revelación. Igual que en los combates: de repente vislumbras el punto débil del enemigo y te preguntas cómo no lo has descubierto antes.

—Sé a lo que te refieres. Hay otra cosilla de la noche que estuve con Gaara…

—Oh, no. Otra vez no.

—Gemí tu nombre al correrme, Sasuke.

—Mmm. —Una tibieza dulce volvió a colarse dentro del pecho del vengador, aunque por fuera soltó otro refunfuño—: Lo único que me complace oír de esa condenada noche es que él no te tocó. Por lo que a mí respecta, ese día te hiciste una paja y punto. Nada más.

—¿Estás celoso de Gaara? —rió el Uzumaki, con otro bocado juguetón en su oreja.

—¿No eres tú el que me montó un numerito de celos por unos cuantos consoladores? No me jodas, Naruto.

—Oh, por supuesto que voy a joderte. Hasta el fondo. Primero tú y luego yo. Espera a que lleguemos.

Sasuke suspiró. Naruto le estaba confesando que llevaba años enamorado de él, pero el Uchiha solo había admitido sus sentimientos después de su muerte. Sin embargo, el rubio ya lo sabía.

El moreno sonrió contra el hombro cálido de su amigo. Y los números todavía no concebían la causa por la que Itachi y él aceptaban someterse a la voluntad de fuego del Uzumaki…

Porque Naruto siempre sabía.

—No tengo nada que ofrecerte —murmuró—. Estoy muerto y recluido por toda la eternidad en un maldito pedazo de hielo. Este cuerpo falso y lo poco que me queda de alma es cuanto poseo, y te pertenece. No tengo nada que darte, porque todo ya era tuyo. Fue lo que descubrí en la cocina. Lo que no te dije.

Naruto, al escuchar aquello, apretó a Sasuke contra él con todas sus fuerzas.

—Me da igual el cuerpo que tengas. Tú eres tú. Me volverías loco aunque te creciesen un par de cuernos y un rabo. No estaría mal, ¿sabes? Los cuernos no dan para mucho, pero un rabo extra… ¿tienes idea de lo que podríamos hacer con tres rabos?

Informamos a los señores pasajeros de que llegaremos a la estación 666 999 dentro de doooos minutos, dieeeeez segundos y seeeeeeis centésimas. Esperamos que hayan disfrutado de un magnífico viaje. No olviden ninguna de sus pertenencias en los compartimentos del equipaje, por favor. Muchas gracias.

Apoyados en el marco de las ventanas del pasillo, justo frente a la puerta del baño, Sasuke y Naruto hallaron en formación a una hilera de Números de rostro severo, y a un hermano mayor imperturbable que les tendía sus corazas y dos capas.

Tras una mueca, el Uzumaki se abrigó con su típico desenfado, pero Sasuke prefirió ponerse su coraza y su capa de espaldas a aquel inopinado y chismoso comité de bienvenida, antes de disponerse a ahondar en los secretos de La Torre.

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Naruto e Itachi habían descrito el atajo del odioso Kazekage de Suna hacia el inframundo como una portezuela azul de bisagras doradas y un dintel tan bajo que había obligado al alto rubio a agacharse para cruzarla. Al oír a los Números mencionar una "puerta principal" en el interior de la Ciudad, Sasuke imaginó unos portones análogos a los que precedían a la travesía por la pasarela, con elaborados relieves de bronce y encajados en unos goznes descomunales. Un acceso con la majestuosidad apropiada para comunicar oficialmente el Hades y el Mundo de los Vivos. Mas el Infierno estaba empeñado en contradecir a toda costa las expectativas de sus moradores…

Las vías del tren se prolongaban cien metros más desde la estación, trazando una amplia curva y deteniéndose frente a una plancha de metal acerado que seccionaba la bóveda y ponía fin a los raíles. El espacio de túnel ciego estaba plagado de maquinaria, focos azulados, cables y pilas de escombros. Era un hervidero de trabajadores entre los que había varios Números, todos afanados en diversos quehaceres; unos encaramados a los andamios que recubrían la extraña superficie metálica y parte de los muros, y otros realizando labores de mantenimiento bajo las gigantescas cinchas.

La enorme plancha de metal era la puerta.

Tras descender de un salto desde el andén a las vías y avanzar por ellas el corto trecho, los tres ninjas se situaron delante del bullicio, pensativos. A Sasuke le preocupaba desconocer la intervención de Orochimaru en todo aquello. Naruto se preguntaba dónde cojones había una cerradura en esa supuesta puerta. E Itachi, sencillamente, observaba.

El alarmante humo rojo ya no lo era tanto. De una red de finas grietas en los muros emanaban unos hilos espesos que, captando el polvillo suspendido en el ambiente, se perdían inofensivos a través de los conductos de aireación. El ruido de las aspas de los ventiladores y la maquinaria pesada era considerable, pero a los oídos de los ninjas logró llegar el eco de algunas palabras absurdas. ¿Qué narices significaba "nivel freático"?

—¿Y la serpiente? —curioseó Naruto, ante la ausencia evidente que más le interesaba.

—A buen recaudo. En cuanto ustedes coman y descansen unas horas, los traeremos aquí y les explicaré los términos exactos de su encargo.

Después de la impactante presentación preliminar, los de Konoha retrocedieron sobre sus pasos. Unas escaleras de caracol los subieron desde la estación hasta la planta baja del pabellón principal de la Torre, a ras de suelo. El Número que los guiaba continuó por un pasillo lateral hasta la habitación que les habían asignado.

—Lamentamos la prisa y no poder proporcionarles cuartos diferentes. Hay muchas zonas desalojadas provisionalmente por el polvo y el humo, y las obras nos obligan a albergar a demasiada gente. Si precisan más productos de aseo, ropa o cualquier otra cosa, hay un buzón de peticiones al lado de la puerta. Vendremos a recogerlos al anochecer.

La habitación era más espaciosa que la de su última y desdichada visita. Una rabiosa lumbre en la chimenea ahuyentaba el frío exterior y la solitaria cama lucía unas sábanas blancas y una manta de aterciopeladas pieles grises. Contra la pared, una mesa de caballete; sobre ella, una libreta y un lápiz para el buzón, y una buena cantidad de comida recién preparada. Tres sillas y unos arcones arrimados a una esquina para colocar ropa y objetos personales constituían el mobiliario restante.

—¿Comemos? —Naruto se rascó la pelusa de la barbilla con triste resignación. Sus esperanzas de zamparse a Sasuke al llegar se habían disipado como humo por los ventiladores del túnel y su mejor consuelo desprendía volutas de vapor sobre la mesa.

No tardaron en sentarse a masticar a dos carrillos. Estaban hambrientos.

—¿En tus viajecitos nocturnos en pos del culo de Orochimaru has sufrido algún percance, Itachi-san?

—¿Como cuál? —El nombrado desplazaba sus mandíbulas de arriba a abajo, impertérrito.

—Un encuentro con ese monstruo de las leyendas que deambula por las calles de noche. Sasuke dice que es un cuento de viejas para convencer a la Ciudad de que respeten el toque de queda, aunque la noche que te perseguimos...

El rubio rememoró en pocas frases su tentativa de capturar al asesino imaginario fuera del prostíbulo y el episodio del callejón. Durante su relato, le vino a la mente la percepción escalofriante que lo embargó esa noche. Entre las sombras de aquella callejuela siniestra, un Ser más helado, más negro y más viejo que el propio Infierno los acechaba.

Itachi masticó un par de veces más, antes de responder:

—Sea un monstruo, un Número u otra clase de criatura, yo no me lo he encontrado —afirmó—. Pero también lo he sentido en los huesos. Ahí fuera hay algo.

Su afirmación colgó del aire, como una sentencia ominosa.

—Bueno, nos sobrarán horas para divagar —resolvió el Uzumaki, con un encogimiento de hombros—. Vamos a aburrirnos un huevo viendo cómo "Orochi" se rompe los cuernos contra esa pared de abajo, en sus intentos de largarse. Tiene pinta de ser dura.

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Tras echarlo a suertes, el turno inicial del baño le correspondió a Naruto y el siguiente a Sasuke. Pero en el instante en que le tocó a Itachi esfumarse por la puerta, el rubio se abalanzó sobre su amigo y lo arrinconó contra la pared, hundiendo la cara en su cuello y balbuceando cuánto lo extrañaba y cuantísimo lo había echado de menos.

—Mi hermano... —se resistió sin convicción el Uchiha, mientras Naruto rozaba con lenta deliberación sus caderas, su incipiente dureza chocando contra la suya. El moreno, como de costumbre, solo llevaba puesto un pantalón del pijama y la exhibición de su torso perfecto y el pelo húmedo de la ducha, también como de costumbre, había excitado mucho al otro.

Pero ese no era el motivo primordial de su acuciante súplica:

—Un beso, Sasuke. Solo un beso. Por favor, por favor —musitó en el hueco de su cuello.

—¿Para qué me ruegas? —lo regañó mansamente el moreno—. Ya me has clavado a la pared sin preguntarme. Dámelo y no lloriquees tanto.

Naruto alzó la vista.

A través del mar revuelto de los ojos del Uzumaki, Sasuke avistó los rastros del dolor mal curado. Un cuarto en la Torre era el karma para ambos. Era el beso que le había negado antes de su marcha. Era su traumática separación. Los interminables cuatro días en los que Naruto se había ido para siempre. Su pena inmensa.

Tarde o temprano se irá.

El rubio gimió de asombro. Los brazos pálidos se habían enroscado feroces en torno a su cuello, y su lengua ávida y desesperada le inundaba la boca en insistentes empujes. Naruto se aferró a su espalda y reaccionó al beso con ardor, recorriendo el cuerpo de Sasuke con los dedos y abarcando la piel cubierta y descubierta. Su mano derecha se hizo hueco entre ellos, bajo el ombligo de su amigo, y este cogió su mano para frenar el avance.

—Si continúas, no vamos a ser capaces de parar —le advirtió, jadeando.

—No paremos —jadeó el otro en respuesta—. ¿No te da morbo? Acuérdate de hoy por la mañana.

—Cállate. Esta mañana no sabíamos que mi hermano estaba ahí. —La idea y el recuerdo de lo acaecido en su cocina le produjo una inesperada contracción en sus partes bajas. Lejos de aplacar su libido, el sucio comentario del dobe lo había estimulado de una forma perversa.

—A la mierda —concluyó Naruto.

Se había hartado de las telas que cubrían a Sasuke. Lo soltó un poco, pero solo para arrastrar la cintura del pijama hasta medio muslo y sacar a la luz su codiciado premio. Comprimido contra la pared, el Uchiha se sobresaltó al notar la piedra fría detrás de sus nalgas y la mano caliente y descarada que lo envolvía por delante.

Ni siquiera se dieron cuenta de cómo habían llegado hasta la cama. Sasuke estaba tendido boca arriba; Naruto a horcajadas sobre él, resbalando hacia abajo hasta alcanzar su polla húmeda y golosa para sumergirla en su boca. No poseía el talento de su amigo para tragársela hasta la empuñadura, pero sí un portentoso entusiasmo y una lengua hiperactiva.

—Naruto… oh, joder… sigue… no pares ahora… —La pelvis del Uchiha martilleaba con dureza, levantándose a peso desde el colchón y dejándose caer; las manos sujetando la cabeza rubia para hundirse dentro y fuera de su boca—. Date prisa.

Naruto acrecentó el ritmo, sorbiendo y chupando con obscenos sonidos que rebotaban contra las paredes del cuarto. Sasuke ya notaba el calor del orgasmo acercándose, arremolinándose en sus entrañas. Estaba a punto de estallar.

Un poco más, oh, sí, solo un poco más.

—No hay más camas y estoy cansado. Si me echo ahí un rato, ¿os importaría?

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Itachi caminó descalzo por el cuarto y se sentó en el otro extremo del colchón, ante los atónitos ninjas.

—Desde luego, no habríais servido como anbus. Hacéis escándalo para todo: os habrían masacrado en la primera misión.

Los menores habían quedado idiotizados, contemplando al mayor, que ahora se había tumbado en el amplio lecho sobre un costado, enseñándoles la espalda. Por lo visto, estaba dispuesto a dormirse con dos tíos follando a un metro de distancia.

—¡Ay!

Naruto se irguió y se frotó la coronilla donde el indignado Uchiha le había propinado un golpecito seco. Tan pasmado estaba el rubio con la escena, que se había olvidado de sacarse su polla de la boca, mientras Itachi pasaba por delante de ellos en dirección a la cama.

El Uzumaki súbitamente se desconectó de lo que le rodeaba y fijó la vista en un lugar indefinido. Daba la impresión de estar analizando una imagen que formaba parte del singular contenido de su cabeza. Para Sasuke, un Naruto opaco era una visión extraordinaria e inquietante; sin embargo, reaccionó pronto y regresó la mirada al cuerpo de Sasuke, la torció hacia el mayor y la devolvió a los ojos negros e intrigados de su amigo.

Y este comprendió sin palabras lo que el rubio pretendía.

No se trataba de sexo y lujuria, sino de amor y de vínculos. De pérdidas y de entregas. Naruto deseaba mostrarle a Itachi lo que lo había impulsado a ir más allá de las fronteras de la muerte para recuperar a Sasuke. Y este deseó mostrarle a su hermano en ese momento lo que no había mostrado antes a nadie: sus emociones sencillas y desnudas.

Claro que… ¿por qué no cumplir sus deseos del modo más placentero posible?

—Itachi-san —canturreó el de ojos azules a la espalda ancha, blanca y definida—. Si te giras hacia nosotros, te llevarás un hermoso regalo a tus sueños antes de dormir.

Despacio, muy despacio, Itachi Uchiha se dio la vuelta.

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Itachi se encontraba sentado sobre la cama, reposando sobre las almohadas y con el antebrazo encima de su rodilla en alto. Satisfecho del éxito de su invitación, Naruto volvió a descender hacia el miembro del Uchiha más joven.

Sasuke se dejó hacer. Sentía su polla muy sensible por el pasado esmero del rubio; y el que, a menos de un metro, el mayor no les sacase ojo no aminoraba su vergonzosa excitación. Más bien, todo lo contrario.

—Oh… joder… —exclamó contra su voluntad. La boca de Naruto era una verdadera delicia, húmeda e insistente sobre su carne. El menor acarició con sus ojos la mirada penetrante de Itachi antes de cerrarlos, rindiéndose del todo al placer que le brindaba el Uzumaki.

Más seguro dentro de sí mismo, hizo amago de abrir las piernas. El rubio, muy intuitivo respecto a los gustos de Sasuke, detuvo su tarea y se acomodó entre los mulos pálidos antes de reanudarla. El moreno, entonces, levantó más sus rodillas en una obvia invitación y Naruto sonrió pícaro en dirección a Itachi, que los observaba desde la cabecera. Deslizó su lengua por los endurecidos testículos y más y más abajo, hasta el lugar que imploraba por sus atenciones; llevó sus manos a las nalgas y las separó. Cuando se hundió profundamente en la abertura rosada y temblorosa, el Uchiha se arqueó con un agudo jadeo.

El repentino vaivén de la cama sorprendió a los menores. Sasuke abrió los ojos, y Naruto se giró hacia atrás. No se trataba de ningún terremoto: Itachi se había deslizado como un gato para colocarse detrás y estudiar lo que hacían con ojos atentos e insondables.

La situación aguijoneó la libido de Sasuke, que apretando de nuevo sus párpados para protegerse, empleó sus manos para abrirse las nalgas delante de los otros dos y facilitar la visión de Itachi y la labor del rubio. Su desinhibición animó aún más a este, que escarbó decidido con su lengua en la abertura húmeda, añadiendo un par de dedos.

Los gemidos de Sasuke aumentaron de volumen gradualmente.

—No tenemos lubricante y todavía no te he preparado lo suficiente, teme —se lamentó el rubio, adivinando lo que pedían aquellos sonidos inarticulados—. Te va a doler.

—No me importa. Hazlo ya —ordenó Sasuke, muerto de ansiedad, sus caderas estremeciéndose sin control—. Hazlo ya. ¡Ya!

El rubio rodó y se asentó boca arriba sobre la cama, llevando consigo al otro para sentarlo sobre su vientre. A Sasuke la excitación ya lo desbordaba y se alineó sobre el miembro hinchado de Naruto, dispuesto a introducírselo hasta el fondo. Por supuesto que le iba a doler, pero qué importaba. Quería abrazarse a su amigo, alojarlo en su interior y mantenerlo ahí para siempre. Quería sentir la polla caliente de Naruto adentrándose hasta sus infiernos privados, los físicos y los emocionales. Donde nunca había permitido penetrar a nadie.

La respiración sosegada de Itachi a su espalda lo extrajo de su trance. Milímetro a milímetro se fue encajando sobre Naruto, plenamente consciente de que su hermano tenía una vista privilegiada de su culo abierto, acogiendo amoroso la gruesa erección. Avanzó y retrocedió sin descanso, en ondulaciones tortuosas, hasta hundirse por completo. No pudo reprimir unos cuantos suspiros dolientes, y escuchó como su amigo respondía a su dolor con placer y suspiraba a su vez.

Apoyado sobre el pecho de Naruto, Sasuke empezó a cabalgarlo diestramente. Sentía sus paredes ardiendo por el roce sin lubricación y el fuego del rubio, extendiéndose imparable por su interior. Al principio el ritmo era lento, pero el Uzumaki no lo soportaba y acabó por ceder dócilmente a sus exigencias.

—Eres increíble, Sasuke. —Las manos del rubio excavaban en sus caderas y las sacudían arriba y abajo, en impulsos rudos y violentos.

El moreno cayó hacia adelante y su boca atrapó la de Naruto, que lo aprisionó con más fuerza.

—Sasuke… Sasuke… Sasuke… Sasuke… —repetía a cada empuje inmisericorde dentro de sus entrañas, jadeando como loco entre beso y beso.

A diferencia de otras veces en las que su boca rebosaba de frases pornográficas, ahora solo sabía pronunciar el nombre de Sasuke. No era pudor ante la presencia de Itachi; de hecho, la furia con la que removía a su hermanito pequeño sobre su polla, perforándolo sin piedad a pocos centímetros de sus ojos, no denotaba un exceso de vergüenza, precisamente.

Era que para Naruto no existía nada más.

Sasuke.

En un brusco viraje, este se halló debajo del Uzumaki. Naruto había salido de él, lo había posicionado sobre su estómago y ahora una mejilla blanca se oprimía contra el colchón.

La invasión por detrás fue tan violenta que Sasuke gritó.

Y no dejó de hacerlo.

Las embestidas ahora eran salvajes, frenéticas, delirantes. Naruto lo estaba ensartando literalmente contra la cama. La próstata del Uchiha era crudamente castigada en esa posición y estaba tan duro que el cuerpo entero le dolía. El roce de la ropa de cama contra su polla goteante solo atormentaba su excitación y el Uzumaki no daba visos de ser clemente, acariciándolo él mismo o permitiendo que se elevase un poco sobre las rodillas y se masturbara.

El tener a Itachi junto a ellos provocaba sentimientos diversos en el rubio. Su natural desvergüenza le hacía sentirse caliente y cachondo por la exhibición, pero también especial y muy querido. Sasuke se estaba entregando a él sin restricciones. Le confesaba a su hermano "Naruto es lo que quiero, necesito que me folle hasta perder la razón, que me desarme delante de ti". Le estaba diciendo: "quiero que veas hasta que punto le pertenezco, hasta que punto soy capaz de ofrecerme, de abrirme, de entregarme por entero a él".

Naruto estaba al borde del orgasmo y a Sasuke no le restaba mucho. Dos embates brutales y el rubio alzó a su amigo por la cintura para correrse muy dentro con un rugido. Al mismo tiempo, se puso a masturbarlo en rápidas sacudidas hasta que lo obligó a aullar de gusto y ambos cayeron a plomo sobre la cama.

Un minuto más tarde, se acordaron de que Itachi continuaba allí. Perezosamente giraron sus cabezas, recobrando el aliento a duras penas.

El Uchiha mayor había regresado a la cabecera y se sentaba frente a ellos con las piernas entreabiertas. Sus pantalones oscuros daban indicios de una emoción innegable. Al parecer, se hallaba en un estado más que interesante de cintura para abajo.

Vaya, así que no era de piedra.

Hum. No todo su cuerpo, por lo menos.

Naruto se arrastró encima de Sasuke, lo ciñó contra su cuerpo de costado y le acarició el pelo, deslizando las yemas de los dedos por las hebras suaves y oscuras. Pero su mirada azul estaba incrustada en la entrepierna de Itachi y el abrazado hacía lo propio desde su afectuoso cobijo entre sus brazos.

Y así se quedaron.

Esperando.

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—Primera y última vez —auguró Itachi, bajándose lentamente el pantalón.

Los ojos de los otros resbalaron por los músculos de su estómago y se detuvieron simultáneamente en un sitio muy concreto.

Es idéntico a Sasuke, confirmó Naruto, fascinado.

El mayor entornó los ojos y comenzó a acariciarse. Las sensaciones eran arrebatadoras, el calor se desbordaba a través de su mano hasta su polla caliente y palpitante. Lo que su hermano y su amante le habían autorizado a contemplar era más de lo que habría podido soñar. Habían compartido con él por dos veces su ardiente intimidad e iba a corresponderles como se merecían.

La mano incrementó su ritmo, no obstante, su cara continuaba sin reflejar lo que sucedía entre sus piernas. No iba a renunciar al escudo helado que le había acompañado durante toda su vida tan fácilmente. Su verdadero rostro se lo guardaría para sí.

Eso creía.

Sus ojos se abrieron de par en par, al detectar las presencias cálidas tan próximas. Los menores se habían acomodado junto a él; en un inicio, supuso que con la idea de enriquecer su perspectiva, pero no. Los propósitos de Sasuke y Naruto iban más allá. Solo un poco, lo suficiente.

Dos manos sedosas, una morena y otra pálida, tomaron la suya y la apartaron. Naruto apretó otra en el centro de su pecho para inducirlo a tenderse sobre la cama. Arrodillados a ambos lados de su cuerpo, los menores exploraron la carne dura, subiendo y bajando sin prisa a lo largo de su erección.

Itachi se relajó, cerró los ojos y permitió que lo manoseasen a su antojo. Intercambiando miradas telepáticas para coordinarse, lo masturbaron con destreza, expertos conocedores de dónde presionar, cómo frotar, y de la velocidad y la intensidad justas. El glande, el tronco, los testículos… cada rincón fue tratado con intensa dedicación. Las cuatro manos se compenetraban perfectamente, resultaba imposible discernir quién le hacía qué, y cuál era cuál. Itachi no estaba interesado en saberlo, solo en gozar de aquella fabulosa delicia, del amor que ambos le transmitían usando tan solo los dedos y las palmas de sus manos.

Poco a poco, apresuraron sus caricias hasta que el semblante inmutable del mayor se transformó. Sus mejillas pálidas se encendieron y ellos sonrieron antes de alargar los cuellos y besarse con deseo justo encima de su erección. Itachi, al escuchar los lúbricos sonidos del beso, abrió nuevamente los ojos. Las lenguas y los dientes entrechocaron frente a él, sin que las manos dejaran de estimularlo incansablemente.

El orgasmo le fue arrebatado de su interior, como si se lo arrancaran de cuajo. Convulsionó sobre la cama y eyaculó el alma entre los dedos que lo acariciaban. Finalmente sus párpados volvieron a caer como vaporosas cortinas sobre sus ojos.

Las cortinas se abrieron.

Una sucesión de renovados jadeos en sus oídos había determinado a Itachi a recuperarse milagrosamente. Pestañeó para aclarar su visión y se desplazó hacia atrás, apoyado en sus codos para no desaprovechar el sorpresivo espectáculo.

A su derecha, ahora era Sasuke el que, hundiéndose sin piedad en el interior de Naruto, suspiraba y gruñía sobre su espalda. El rubio, aposentado sobre manos y rodillas, resoplaba y se contorsionaba, mientras el Uchiha le daba durísimo por detrás.

En esta ocasión la cosa fue muy rápida. Su hermano menor ordeñó con contundente pericia el miembro del Uzumaki, vengándose a la vez del martirio sufrido un rato antes en su propia próstata mediante las bestiales embestidas.

Los dos gimieron y se arquearon para terminar derrumbándose medio muertos sobre la cama.

Tras observar unos instantes el enredo de cuerpos sudorosos y desnudos, Itachi se incorporó, gateó hacia ellos y besó con ternura en la frente a su caído otouto. Después desplazó los dedos con suavidad por el revoltijo de la cabeza del desmadejado Naruto, se retiró de la cama y la puerta del baño se cerró tras sus discretos pasos.

Cinco minutos más tarde, los menores entraron juntos en el baño libre y, bajo el vapor de la ducha, se volvieron a abrazar. Ya habían perdido la cuenta de las ocasiones en las que se habían abrazado desde esa mañana.

A su regreso, hallaron a Itachi durmiendo con placidez en su zona de la cama y ocuparon el otro sin cruzar una palabra. El último estrecho y mudo abrazo de ese día los condujo confortablemente hasta los territorios de Morfeo.

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La puerta se abrió con un chasquido y el ruido del pestillo hizo erguir la cabeza a quien dormitaba en la cama. Los ojos de pupilas rasgadas sonrieron en la oscuridad, al reconocer a su visitante.

—Sé bienvenido. Sabía que acudirías de nuevo a mí, Sasuke-kun.

Pero para que tal cosa aconteciese faltaban todavía muchas horas…