Capítulo XV. La herida

—Me aburro.

—Y yo me aburro de oírte repetir que te aburres —resopló Sasuke—. Tampoco es que me lo esté pasando de maravilla, aquí encerrado entre dos paredes, ¿sabes?

Rubio y moreno estaban sentados al borde de las vías del tren, dentro del caluroso túnel que desembocaba en la puerta al Mundo Real, encima de un montón de gravilla sobre el que habían extendido sus capas para que resultase más cómodo.

Sasuke echó un vistazo a su hermano. Más próximo al muro de metal, se desplazaba como una sombra entre los trabajadores y su observación minuciosa los ponía sumamente nerviosos. Tan pronto estaba de pie sobre un cable, como subido al quinto piso de un andamio o en el suelo, agachado en cuclillas, curioseando tras la oreja de alguno de los operarios. Por fortuna, no había peligro de que los muertos sufriesen un ataque cardíaco.

El único que permanecía impasible ante las excentricidades de Itachi era Orochimaru. Su labor consistía en verificar la correcta reparación de las grietas desde una pantalla instalada sobre un armazón metálico con un teclado. El Sannin legendario no se mostraba afectado por las repentinas apariciones del sigiloso Uchiha mayor a su lado. De hecho, su "grupito de niñeras" parecía divertirle. De vez en cuando, estudiaba a Sasuke con una sonrisilla satisfecha y maliciosa que a Naruto le despertaba instintos asesinos. Que su amigo lo ignorara lo apaciguaba un tanto, pero luego volvía a cazar al de las serpientes escudriñándolo con ojos ávidos y sus ganas de decapitarlo resurgían.

Para no hacerse mala sangre, lo más recomendable iba a ser relegarlo a un rincón lo suficientemente viscoso de su mente y disfrutar de aquel tiempo extra en compañía de Sasuke.

—Estar aquí sentado me trae recuerdos de cuando llegué a Konoha después de mi entrenamiento con Jiraiya —empezó—. Delante de la ventana del cuarto de Sakura crecía un árbol muy alto y yo trepaba hasta su copa de noche para… para…

—¿Para…?

Sasuke frunció el ceño.

—Échale imaginación, teme—. Naruto se rascó la nuca con una risita pícara—. Me encaramaba a una rama para espiar a una chica por la ventana. ¿No te proporciona eso una buena pista de lo que hacía?

—¿Cómo quieres que sepa…? —Los ojos del Uchiha se abrieron como platos, al patearle la inspiración y disminuyó el volumen de su voz—: ¿Te hacías pajas a costa de Sakura?

Lo asaltó una ácida incomodidad frente a la imagen de sus dos mejores amigos en la cama. No sentía por Sakura el odio acerado que lo acometía al pensar en Gaara: todo lo contrario, gracias a ella Naruto continuaba con vida. Se trataba más bien de esa clase de aversión natural que a cualquier ser humano le provocaría figurarse a sus padres ocupados en tales actividades. Sasuke no había tenido la oportunidad de cometer semejante atrocidad con los suyos, pero…

—Pues claro que me hacía pajas a costa de Sakura. Y muchas —agregó el rubio—. Es increíble que no se me cayese la mano. ¿Tú nunca te la has cascado en un sitio raro?

—No con los huevos colgando de un árbol. Y menos, siendo tú el objetivo de cada uno de los enemigos de Konoha. Menudo inconsciente, lo que es increíble es que aún respires.

—¿Y en los sitios normales? No me has comentado nada de lo que hacías antes… antes de que tú y yo… nos…

Se interrumpió para no soltar alguna barbaridad que le granjeara un berrido armonioso.

—¿Qué lugares, según tu estupendo criterio, son normales para hacer una cosa así?

—Todos —repuso el futuro Hokage, como si fuese obvio—. ¿Dónde te la meneabas tú? ¿En la ducha? ¿En la cama?

—Eso es asunto mío.

Sasuke enrojeció ligeramente. Sus experiencias en ese campo habían comenzado tras sus visitas a los prostíbulos de La Ciudad. A los veinticuatro años, Naruto se había corrido cien o doscientos millones de veces; en cambio, el hombre más sexy y codiciado de la Villa de la Hoja había muerto con el precinto puesto. Intolerable.

—Cobardeeee…

—No he dormido con nadie más, date por satisfecho con eso—gruñó el moreno—. Tú estuviste antes con… —apretó los dientes— Gaara.

—Ya conoces en qué circunstancias y lo poco que significó para mí —Naruto sonrió levemente—. Te marchaste de la Aldea cuando iba a cumplir trece años. Nos enfrentamos en varias ocasiones y solo te recuperé diez años más tarde; pero jamás, jamás dejé de pensar en ti.

—Lo sé, dobe —murmuró el moreno alargando su mano para apretar con firmeza la de su amigo.

Resguardados por un pliegue de las capas, entrelazaron sus dedos bajo el pelo. Aunque Sasuke mantenía la vista al frente, a Naruto lo reconfortó el calor de ese gesto tan inusual y poco propio del frío Uchiha.

Este, mientras tanto, también se retrotrajo al pasado. Interrogaba al cliente de un burdel especializado en osos de peluche y un Número que se limpiaba las gafas con un trapito azul había carraspeado desde el umbral para comunicarle que se requería su presencia en pasarela. Naruto Uzumaki estaba vivo y se había adentrado en el Infierno en su busca.

Su frialdad inicial no fue fingida. Se avergonzaba de sí mismo y sentía un gran rechazo hacia su compañero; y el rubio ninja, con su irritante persistencia característica, no contribuyó a facilitar las cosas. Pero, paulatinamente, habían ido restableciendo su vínculo, que había evolucionado transformándose en un lazo cuya magnitud sobrepasaba lo explicable con palabras. La atracción latente siempre había estado ahí y, al final, la realidad le había dado la razón a Naruto, aunque solo fuese por su cabezonería.

Sonrió. Le vino a la cabeza la volcánica escena de unas horas atrás y su sonrisa se ensanchó. Lejos de perturbarlo o incomodarlo, la intervención de Itachi había supuesto un refuerzo en su relación con el Uzumaki. Su hermano era la pared de roca a la que Sasuke podía aferrarse para no caer al vacío. El rubio era una de sus manos tratando de asir los salientes de la piedra y una de sus piernas intentando buscar apoyo para retomar la subida. Naruto era su corazón latiendo agitado antes de coronar la cima.

—Ahora Sakura está con Sai.

La reflexión lo sacó de su ensimismamiento.

—Es bueno que te hayas dado cuenta. Hasta yo me he percatado de eso, dobe.

—Sí —declaró Naruto con aquella sinceridad que lo iluminaba desde dentro igual que un farolillo.

Y pasó a describirle el modo en que Sakura, con mucha paciencia, había logrado que Sai emplease correctamente los adjetivos calificativos y los sufijos de cortesía, pese a una etapa intermedia terrible en la que el desdichado Anbu caía una y otra vez en la incorrección manifiesta, al empeñarse en ser cariñoso o espontáneo con sus compañeros. A partir de entonces, los dos componentes del equipo Siete fueron inseparables, alternando temporadas buenas con otras no tanto, motivadas por unos agudos celos recíprocos.

—Están juntos —concluyó el rubio—. Se han enamorado y yo he estado ciego hasta ahora. Soy un idiota.

—Algunas cosas suceden tan cercanas a nosotros que no las vemos.

Naruto asintió. Sasuke no aludía únicamente a lo de Sakura y Sai.

—No me has contado cómo te las apañabas para pajearte cuando viajabas con Orochimaru y Kabuto. ¿Te asignaban una habitación para ti solo o te obligaban a compartirla?

Una ficticia nube negra fue formándose en torno al antiguo poseedor del Sharingan.

—¿Estás insinuando lo que creo que estás insinuando?

—No, no, claro que no —se apresuró a negar el rubio—. No es que piense que tú y esos dos… Pero estarás de acuerdo conmigo en que llevar serpientes dentro de tu cuerpo trastorna a cualquiera. Siempre me pregunté por dónde te salían cuando…

En lugar de aflojarle la mano bajo la capa, el erizado Sasuke se la oprimió como una boa constrictor.

—¡En aquellos tiempos yo consagraba mi vida a la venganza! ¡¿Crees que soy igual que tú y pienso las veinticuatro horas del día en follarte y hacerme pajas?!

Las miradas estupefactas de todos los operarios del túnel hicieron recapacitar al furibundo Uchiha y el resto de sus iras fueron convenientemente silenciadas. Detuvo la estrangulación de los dedos de su amigo y de fondo resonó una carcajada no muy discreta con toda la pinta de provenir de la garganta de Orochimaru.

Itachi apareció a su lado.

—Desde allí arriba se te divisan las venas del cuello, Sasuke. ¿Por qué no subís a descansar? Está a punto de terminar el turno de noche.

El ajetreo iba aminorando su intensidad, conforme se aproximaba el amanecer. Los trabajadores se retirarían para ceder el paso al turno de la mañana, que no estaba supervisado por Orochimaru. El Sannin solo intervenía en las operaciones nocturnas y se recogía en su cuarto durante el día.

Los dos ninjas menores se levantaron y recuperaron sus capas.

—Gracias, Itachi-san. Me has salvado la vida —se despidió el rubio.

—Hum —pronunció su malhumorado otouto, antes de darle la espalda.

Itachi fijó sus ojos en Orochimaru que sonreía en la distancia y caminó hasta llegar a su altura.

—Tenemos que hablar.

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—Me ha alegrado mucho volver a verte, Itachi.

—Lo dudo.

—Oh, no. Lo digo en serio —rio el Sannin—. Conservas un aspecto espléndido. La verdad es que fue una lástima que me rechazases de manera tan grosera en aquella ocasión.

—Intentaste arrebatarme mi cuerpo y te corté la mano.

—Una manera muy grosera, como he remarcado. El cuerpo de tu bello hermano me habría servido también, pero el muy traidor mudó las tornas y esclavizó mis poderes en su beneficio. Sasuke-kun era mi segunda opción, ya sabes. El tuyo es el que siempre deseé ocupar. Una pena…

Orochimaru se relamió con su peculiar lengua antes de continuar:

—¿Eres capaz de concebir las posibilidades de un cerebro como el mío gobernando un cuerpo y unas técnicas como las tuyas? Créeme, Itachi, una alianza entre tú y yo habría cambiado el curso de la Historia Ninja.

—Mi hermano no está aquí para tu entretenimiento y no consentiré que vuelvas a manipularlo. —La voz de Itachi traslucía, excepcionalmente, todas las emociones que volcaba en cada palabra—. Si le haces daño, te aplastaré como el reptil repugnante que eres.

La sonrisa astuta se borró en un instante y la expresión del Sannin se hizo hierática.

—Te equivocas —replicó—, no está en mis propósitos usar a Sasuke-kun, aunque en la decisión no tiene cabida la nobleza de espíritu o la compasión. Se basa en el más puro sentido común: no lo preciso en absoluto. —Orochimaru suspiró—. Pero tu hermano sí va a querer utilizarme a mí y no tardará mucho.

Itachi acusó el golpe sin dar muestras de ello.

—Explícate.

—Pasó su adolescencia bajo mi tutela. Lo eduqué, lo adiestré, lo protegí y le enseñé la mayor parte de lo que sabe, hasta que mi legado fue contaminado por ese desequilibrado de Tobi. Pero Sasuke-kun todavía acudirá a mí por instinto, si se encuentra en aprietos graves. Naruto-kun se va a marchar, ¿no?

La chispa de aguzado interés que brilló en los ojos de cuña no se correspondía con la aparente franqueza de su discurso. No era buena idea subestimarlo, porque quien lo hacía indefectiblemente lo pagaba. El Sannin legendario era tan inteligente y perspicaz como enrevesado y traicionero.

—¿Qué tiene que ver Naruto Uzumaki con esto? —preguntó Itachi para tantear el terreno.

—Todo, diría yo. El alarido del túnel, hace un momento, me confirmó que ambos comparten mucho más de lo que revelan dos manos unidas a hurtadillas bajo unas capas. He visto cómo se hablan y cómo se miran. Si Naruto-kun se va de aquí, tu hermano sufrirá. Y sufrirá mucho.

Itachi se puso rígido e hizo ademán de avanzar hacia el Sannin.

—No sé qué pretendes, pero…

—Shhhh —lo atajó el de las serpientes, echando un vistazo en derredor a los operarios que guardaban sus herramientas y se preparaban para esperar su relevo—. Toma.

Itachi alzó las cejas. A la velocidad del sonido, una mano blanquísima había colocado un rectángulo plano en su palma y un largo dedo le había indicado que se lo metiese en el bolsillo.

—¿Qué es esto?

—Un comunicador. Ellos llevan uno diminuto en las gafas. A los habitantes de la Ciudad nos está prohibido usarlos, pero he fabricado unos cuantos para convocar a mis aliados a las reuniones a las que me seguías.

—¿Lo sabías?

—Por supuesto. Hemos de darnos prisa —apremió el Sannin—. Aprende a manejar este aparato y ponte en contacto conmigo en cuanto puedas. No te será complicado evadir la vigilancia. Ellos solo poseen chakra en la pasarela. No demasiado, el imprescindible para permitirse pequeños trucos como el de las desapariciones, destinados a impresionar a los recién llegados. Sin embargo, están indefensos en el vestíbulo y aquí, dentro de la Ciudad. Por eso os temen, sobre todo a Naruto que recupera su poderoso chakra al salir fuera de las murallas.

"Se supone que os trajeron aquí para controlarme —prosiguió—; pero, dado que no poseo chakra, Ellos podrían reducirme tan contundentemente como las poco afectuosas manos de Naruto. Reconozco que si se presentase la oportunidad, escaparía de este agujero congelado sin pensármelo, pero mis tentativas de atravesar esta puerta han sido infructuosas hasta la fecha y llevo tiempo persiguiendo otra salida en vano. Por otro lado, mi tarea en las reparaciones podría desempeñarla cualquier ingeniero medianamente cualificado. Me hallo en la Torre por idéntico motivo que vosotros: ninguno.

"¿No lo consideras extraño, tú que de todo desconfías, Itachi Uchiha?

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Naruto y Sasuke aguardaban tendidos sobre la cama a que el cansancio hiciera su efecto. Boca arriba, con las manos detrás de la nuca, el sueño aún no los había vencido y se disponían a recibirlo conversando acerca de todo lo habido y por haber.

El rubio estaba relatando anécdotas de aquel viaje de tres años con su primer maestro, otro de los Sannin legendarios: Jiraiya, el mayor admirador de la belleza femenina en venta a módico precio que había pisado la faz de la Tierra. Mujeres como Siete, Ocho o Dos, provistas de un buen par de atributos sobresalientes, habrían hecho las delicias del prodigioso ninja del pelo blanco. A Bee-san, el nuevo maestro e incondicional compañero de correrías de Naruto, también le fascinaban los pechos generosos y las gafas negras se le salían de las órbitas cada vez que visitaba la Aldea de la Hoja y contemplaba las ubres monumentales de su Hokage actual. ¿No era irónico que el único discípulo común de aquellos dos hombres se sintiese mucho más atraído por el pecho plano y musculado de Sasuke que por las féminas bien dotadas?

Aprovechando el reflexivo inciso del rubio, el Uchiha se había embebido en sus cavilaciones propias. El futuro Hokage de Kohoha era la persona más entregada del mundo. Con independencia de sus apasionados sentimientos mutuos, Sasuke le debía el mayor de los agradecimientos. Su mejor amigo no lo había abandonado nunca… hasta ahora.

Algún día se irá.

El funesto augurio de Itachi le dolía como una herida mortal no podría hacerlo.

—Naruto...

El rubio giró la cabeza y el Uchiha de forma escueta le dio las gracias por convertirse en otro hermano para él. Sabiendo lo que para Sasuke simbolizaba ese nombre, Naruto se emocionó y le saltó encima entre protestas airadas. Su arrebato hizo que rodaran por la cama, aterrizando en el duro suelo y contra uno de los no menos duros baúles para la ropa, aunque el cobertor que los envolvía amortiguó bastante la caída.

El Uzumaki contempló al otro con espanto, presintiendo que su integridad física corría peligro, pero se calmó al notar las vibraciones de una risa silenciosa bajo su cuerpo y se sumó a las carcajadas.

Entre risas, se liberaron del nudo de telas y treparon a la cama.

—¿Te puedo preguntar algo, teme?

—Prueba.

Sasuke se había tumbado de cara al techo, con la cabeza de Naruto reposando sobre su pecho y una sonrisa adornando sus labios.

—¿Cómo te haces las pajas?

No era que el Uchiha no esperase algún disparate de similar calibre, pero no por ello dejaba de asombrarle la habilidad del obsesivo rubio para expulsar el contenido de su mente sin filtrarlo.

—Ya te dije que eso es asunto mío.

—Todavía no te he visto… Bueno. Lo que me hice yo el primer día. ¿Te acuerdas?

¿Cómo no se iba a acordar? Naruto tocándose, exhibiéndose frente a él sin pudor, tórrido y sudoroso. Sasuke había estado a uno de sus sedosos pelos de estallar en los pantalones y solo consiguió aguantarse las ganas con un ingente esfuerzo de voluntad.

—¿Mientras te la cascabas, no te metías nada?

—¿Meterme…? —Sasuke cerró las mandíbulas de un golpe seco—. No, dobe, ni siquiera yo había entrado "ahí" antes que tú.

El Uzumaki sonrió de oreja a oreja.

—¿Por qué no te pajeas delante de mí? Ya vi en primer plano cómo te dilatabas para que te follase, la noche de las bolas. Te arrodillaste sobre mi cara y…

—¡Cállate!

—No sé por qué te da tanta vergüenza. Si ya hemos hecho de todo —resopló el caprichoso rubio, inflando los carrillos.

—Ya no tienes edad para hacer pucheros, usuratonkachi —reprochó su amigo poniendo los ojos en blanco—. De acuerdo —accedió—, te complaceré. Pero haz como si no existieses.

—Vale.

Sasuke cerró los ojos, apartó con suavidad la cabeza rubia del hueco de su cuello e inspiró hondo. Su mano resbaló hacia la cintura del pijama para bajarla y sacar todo su armamento a la luz. Lo agarró con firmeza y comenzó a masturbarse muy despacio.

Naruto observaba lo que el otro sostenía en la mano, igual que si estuviese ante un tazón de ramen.

—Anda —rogó—, separa un poco las piernas y enséñame el…

Sasuke se volvió raudo para mirar al rubio con reprobación.

—¡No existo! ¡No existo! —se apresuró a reiterar Naruto, tratando de mantener un bajo perfil, aunque salivaba con la tentadora imagen del Uchiha y su polla endurecida entre los dedos.

Sasuke imitó a su manera lo que el Uzumaki había llevado a cabo aquella lejana noche. Masajeó la carne hinchada con movimientos pausados, pero a medida que aceleraba sus acciones, su excitación creció.

La excitación de Naruto tampoco era poca. Los leves gemiditos que emitía contrariaron al Uchiha, que se detuvo de nuevo.

—Guarda silencio, dobe. Con tanto escándalo me desconcentras.

—Lo siento. No te imaginas lo cachondo que me pones.

Sasuke hizo una mueca.

—Sácatela tú también, así no me incordiarás tanto.

La polla del Uzumaki salió disparada de su pijama, como si integrase un mecanismo de muelle, y los dos ninjas se pusieron a masturbarse con fiereza sin desconectar sus ojos.

—Sasuke —murmuró Naruto, acercándose al moreno y rozando con labios febriles la mejilla blanca—. Te voy a... besar.

Dicha y hecha la advertencia, se lanzó sobre su amigo y sus bocas se saborearon con ansia.

De repente, el moreno notó que el Uzumaki paraba de acariciarse y sintió su mano sobre la suya.

—Sasuke, déjame tocarte —le pidió ronco.

Contrariamente a lo que suponía, Naruto desapareció de su vista. No lo comprendió hasta que un apéndice carnoso y suave le lamió el glande. Dos manos decididas empujaron sus muslos hacia los lados y su miembro fue atrapado en una funda mojada y ardiente.

—¿Qué haces? Dijiste…

Un gemido lo calló. Era suyo.

—No especifiqué con qué quería tocarte. —El Uzumaki desocupó su boca, para poder contestar—. No es de buena educación que me hagas hablar con la boca llena, Sasuke.

—Me… ¡ah, mierda…! ¡No!

—¿No?

Hubo una nueva detención en los chupeteos hambrientos. Ahora un par de dedos húmedos estaban ahondando en su interior.

—¡Ah…! Sí…

—¿Sí? ¿Sí o no? —preguntó el rubio, con los dedos profundizando en el otro—. ¿Te como la polla o no? ¿Te abro el culo o no? ¿En qué quedamos, teme?

—¡Sí! ¡Sí! ¡Ahhhh! ¡Sí!

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Itachi permaneció sentado en uno de los bancos de la estación durante un larguísimo espacio de tiempo.

Orochimaru y los Números.

¿Quién mentía?

Probablemente todos, dedujo, pero el Sannin estaba en lo cierto respecto a ellos cuatro. No tenían por qué encontrarse allí. Se estaba desarrollando una maniobra de distracción para aislarlos.

Pero, ¿de qué?

Inició el recorrido hacia su habitación, muy pensativo.

Al entrar en el cuarto, se topó con sus dos compañeros dormidos en una posición singular. Por el estado de su cuerpo y sus pantalones, había tenido lugar una sesión intensiva de toqueteos antes de que cayesen rendidos.

Los escrutó desde arriba. Tendidos en direcciones opuestas, uno orientado hacia el cabecero y el otro hacia los pies de la cama, los miembros flácidos asomando y los restos de su placer secándose sobre sus vientres, parecían dos arcos encajados. La cabeza negra contra el vientre tostado. La cabeza rubia contra el vientre pálido.

El ying y el yang, se dijo Itachi.

Perfectos. Eran perfectos.

—Mmm…

Su hermano se estaba desperezando. Bostezó y se retiró parte del flequillo con el dorso de la mano en la que relucían rastros indefinidos, antes de enfocar sus ojos oscuros en él.

—¿Qué hora es?

—Temprano. Vuelve a dormirte.

Sasuke se irguió sobre la cama con cuidado, procurando no desplazar a su amigo.

—¿Y tú qué vas a hacer?

—Salir.

—¿A qué?

Era difícil engañar al suspicaz Uchiha menor. Difícil, no imposible.

—A hablar con Orochimaru.

—Iremos contigo.

—No.

Naruto ya se había despertado, al notar la agitación de la cama y percibir la inquietud mal velada en la voz de Sasuke. Se sentó sobre el colchón, restregándose los párpados.

Los jóvenes ojos inquisitivos y preocupados de ambos taladraron el corazón de Itachi. Se transportó a Konoha, una eternidad atrás, a una ficticia adolescencia en un mundo paralelo, en el que despertaba a sus hermanitos en plena noche para anunciarles que se iba de misión, prometiéndoles que retornaría sano y salvo.

—Prefiero que descanséis —insistió—. Os resumiré más tarde todo lo que me haya dicho.

Todo no. No, si se refiere a Sasuke y sus eventuales planes que no quiero ni imaginar.

—Déjalo ir, teme —medió el rubio—. Si lo acompañamos, el bicharraco se cerrará en banda. Itachi es más sutil que nosotros y seguro que obtiene información valiosa.

—Está bien —consintió Sasuke—. Una hora. No te retrases, nii-san o iremos a buscarte.

—Una hora.

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Al final del pasillo, Itachi dobló la esquina y analizó detenidamente los alrededores. Detectó un escondrijo donde ocultarse y sacó del bolsillo el artefacto que le había entregado Orochimaru, un panel de metal fino con dos botones y tres líneas de puntos. Pulsó el círculo verde por intuición hasta que de la franja punteada surgió un susurro distorsionado, pero inteligible:

—Segundo piso. Cuarto pasillo a la izquierda. Encuentra una puerta sin pomo y sube la escalera.

Hubo de esquivar a varios Números que se paseaban por los corredores, enfrascados en sus cuchicheos habituales, y a un par de almas desconocidas. Fue capaz de eludirlos a todos sin problemas y, tras otra sucesión de indicaciones rasposas, alcanzó el cuarto del Sannin.

Necesitó armarse de valor antes de descorrer el pestillo que bloqueaba la puerta desde fuera. Lo peor que había podido ocurrirle ya le había ocurrido: el trágico descenso a la oscuridad de su amado otouto y su posterior fallecimiento. Pese a que se habían reencontrado y reconciliado en el Infierno por intermediación de Naruto, le aterraba lo que iba a brotar de labios del Sannin.

Que Sasuke se haría dueño y señor de sus errores una vez más.

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Sasuke estaba recostado contra uno de los bordes redondeados de la gran bañera y desde el agua humeante emanaban olorosas nubes de vapores aromáticos. Naruto se relajaba entre sus brazos, sentado entre sus muslos, con la espalda apoyada en su pecho y la cabeza reclinada en su hombro.

—¿En qué piensas, Sasuke?

—Me pregunto cuándo te irás.

El Uchiha quiso arrancarse la lengua y las tripas de un solo tirón. Él no era Naruto, él no vomitaba lo que le circulaba por la cabeza sin sopesar los pros y los contras de cada frase y de cada palabra. Pero ahora su turbulento y atormentado subconsciente se había sincerado sin avisar.

La ominosa cuestión había sido formulada, arrojada sobre el tapete de la mesa y únicamente restaba por conocer la respuesta.

Sintió al ninja rubio removerse.

—No me iré nunca.

No titubeó. No vaciló. Ni siquiera hubo una demora de una décima de segundo en pronunciar esa breve oración que hizo a Sasuke volverse aún más pálido y enmudecer.

Naruto no se iba a ir. De las múltiples opciones potenciales esa era la innombrable. Debería haber alegado que lo ignoraba, que aún no era tiempo para planteárselo, que el momento de su partida estaba muy lejano o que…

Pero no. Tajante, como lo era en todo, había sentenciado que no se marcharía. Que permanecería a su lado para siempre.

En el interior de Sasuke dos rabiosas emociones empezaron a luchar con denuedo. Sus abrumadores deseos de retener a su amigo junto a él se batían a muerte contra el futuro y la felicidad del rubio. El mundo lo necesitaba. Konoha lo necesitaba. Sería su Hokage algún día y le daría continuidad a una larga cadena de héroes que incluía a sus maestros y a sus padres entre sus principales eslabones. Iba a cumplir sus sueños y a lograr sus metas.

No podía quedarse y Sasuke ya se estaba haciendo pedazos ante la idea de perderlo.

Lo empujó hacia delante con brusquedad y, tomado por sorpresa, el rubio hizo animosos aspavientos para no caer de bruces en el agua. Arrodillado entre un pequeño oleaje viró hacia atrás para contemplar al moreno, ya de pie en medio de la bañera.

—¡No vas a quedarte! —gritaba enfurecido, desolado y desesperado, porque su corazón estaba devorándose a sí mismo—. ¡No puedes!

Naruto se irguió velocísimo en toda su majestuosa estatura empapada y lo encaró, apuntándole con el dedo en el centro del pecho.

—¡Claro que me voy a quedar! ¡Y no tienes derecho a impedírmelo!

El Uchiha salió de la bañera con premura, chorreando agua y jabón, y arrastrando con él una mirada azul llameante.

—Naruto —repuso en un tono más sosegado, tratando de razonar con él mientras cogía una toalla—. Tú no formas parte del Infierno. Este no es tu sitio.

—No se trata de lo que soy, sino de lo que quiero. Me ha costado media vida encontrarte. Si regreso a Konoha sin ti, me moriré de pena, Sasuke. ¿Es que no lo entiendes?

El Uchiha se secaba de espaldas a él para disimular los estremecimientos de sus manos. Estaba temblando.

—Tu mayor ambición es ser Hokage. Llevo años oyéndotelo repetir. ¿Acaso ya no te importa tu sueño?

—Las personas tienen más de un sueño —rebatió el otro—. No me pidas que renuncie a ti, porque no lo haré. Mírame, Sasuke —le exigió.

Este se dio la vuelta. Naruto dio un par de zancadas hacia él y se inclinó para besarlo.

Sus labios sabían a jabón y Sasuke se sintió miserable. Débil. Egoísta.

Quería a Naruto y mil Infiernos se llevasen por delante a quien pretendiese arrebatárselo ahora.

—Teme… —El rubio abrazó con fuerza al paralizado Uchiha—. No te preocupes. Acabaré mereciéndome la estancia aquí, pregúntale a los Números. Aunque sea solo por todas esas cosas sucias que pretendo hacerte a lo largo de los próximos setenta años.

Minutos después, encima de una cama deshecha y encharcada, Sasuke ceñía con sus brazos la espalda mojada de Naruto, se lo comía en cada beso, y se hundía sin descanso en sus deliciosas y cálidas entrañas. Con cada embate lo empalaba más y más. La boca, las piernas, el corazón y el cuerpo de su amigo se abrían a él y el Uchiha menor los invadía, arrollando cuanto hallaba a su paso, reafirmando su propiedad sobre lo que por entero le pertenecía.

En el amoroso interior del Uzumaki, allí era donde Sasuke debía estar. Como quien, después de incontables años de vagar sin rumbo por los caminos, retorna a su casa.

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Orochimaru esperaba a Itachi, sentado en su cama. El cuarto-celda del Sannin era sencillo, amplio y muy frío, aunque los abundantes troncos de la chimenea encendida crepitaban con potentes chasquidos.

Los ojos de pupilas verticales resplandecieron a la luz de las llamas.

—¿Qué te gustaría oír primero?

—Sasuke —le espetó el Uchiha mayor, cerrando tras él—. Dime qué crees que va a hacer.

—Oh, es obvio: instarme a que lo ayude a escapar detrás de Naruto. Proyecto marcharme; Ellos lo saben y vosotros también. Aceptaría de buen grado la hipotética propuesta de tu hermano, pero todavía no he encontrado la solución al problema de nuestra fuga conjunta. Esa es la causa de que haya decidido compartir unos cuantos datos interesantes contigo, a cambio de cierta colaboración.

—No colaboraré en tus planes de huida. Si es eso, olvídalo.

—No colaborarás porque no puedes —matizó el Sannin—. Y por eso tampoco tengo intención de manipular a Sasuke. Sería un malgasto de energía inútil y me aburriría. No merece la pena torturar a quien no grita ni se retuerce, ¿no crees?

Itachi le dirigió una mirada gélida.

—¿Qué quieres de nosotros?

—Que no me prestéis atención. Será fácil, ahora por ejemplo me estás observando como un pedazo de excremento adherido a la suela de tu sandalia. Tantos años de experimentos fallidos y amargas decepciones, y ahora por fin poseo un auténtico cuerpo inmortal. Cuando halle el método para llevármelo conmigo al Mundo Real, deseo que os mantengáis imparciales. Que no intervengáis ni en mi contra, ni a mi favor.

—No hay trato. Y hasta ahora no me has contado nada que me induzca a cambiar de opinión.

—Si insistes… —El Sannin cruzó los dedos de las manos sobre sus piernas y miró a Itachi con sus ojos líquidos—. Naruto no es el único ser vivo aquí…

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Tres orgasmos prácticamente consecutivos habían derribado a dos de los guerreros más formidables de la Cuarta Guerra Ninja con la efectividad de una legión de demonios de colas. Tirados como marionetas sin hilo sobre las sábanas revueltas de su campo de batalla, apenas abrieron un ojo al escuchar que la puerta se abría haciendo retumbar la pared.

—Venid a oír esto —casi jadeó Itachi, con las manos aferradas al marco.

Su cara provocó que los hombres desnudos se espabilaran y se irguiesen de un brinco para vestirse.

El Sannin legendario sonrió, ladino, al verlos entrar en su cuarto.

—¿Os unís a la fiesta? Excelente —aprobó, palmoteando como un niño entusiasmado. Sus ojos chispearon al posarse en el Uchiha menor—. Oh, al parecer interrumpí… algo. —Una esquelética mano revoloteó sobre el arcón que había junto a la cama—. Creo que tengo algún peine por ahí dentro, Sasuke-kun.

—Déjate de gilipolleces, víbora —escupió Naruto.

—Aunque su vocación fuese la medicina ninja, Kabuto poseía un gran talento como peluquero y unas manos de oro con los instrumentos cortantes. —Orochimaru suspiró—. Aquellas preciosas, preciosas autopsias pre-mortem… —murmuró complacido, antes de elevar el tono—: ¿Te acuerdas de esas tijeras cortitas con las que te retocaba la nuca, Sasuke-kun? Solía reservarlas para…

—¡Cierra la puta boca! —explotó el aludido.

Si conservara el Sharingan, sus iris habrían evolucionado del carmesí al púrpura.

—Eres un ingrato, Sasuke-kun. —El Sannin chasqueó la lengua, simulando fastidio—. Solo recordaba los viejos tiempos. Desde luego, la muerte no ha remediado ese exceso de mal humor…

Meneó la cabeza, sonriente, y elaboró un prólogo con lo que le había contado a Itachi, obviando lo relativo a los futuros proyectos de Sasuke. Acto seguido, enlazó con las revelaciones que habían conducido al Uchiha mayor a salir corriendo en busca de los menores:

"La Ciudad está construida con elementos traídos del exterior a través de la puerta y transportados en tren por el túnel de abajo. Edificaron la Torre sobre esa salida y toman 'prestados' del Mundo Real todos los animales, plantas, materiales, enseres y aparatos que usamos. Algunos objetos y parte de la tecnología son demasiado anticuados o demasiado avanzados; no se corresponden con los que yo he conocido. Por eso imagino que los robos no se reducen a nuestro tiempo y nuestro mundo ninja.

"A fin de adaptar y desarrollar esa amalgama, los que llamáis Números llevan milenios reclutando a científicos, técnicos y expertos de todo tipo. Vinieron a mí y acepté su oferta, cuyo premio fue mi propio prostíbulo temático con su laboratorio incorporado. El sexo nunca me ha atraído lo más mínimo, pero mis serpientes fueron un señuelo eficaz para realizar experimentos sencillos con sujetos que se prestan de forma voluntaria. Acostumbrado a esos incómodos secuestros para procurarme distracciones, fue toda una novedad.

El Sannin hizo una pequeña pausa.

"Al principio me suministraron muy pocos datos. Que los animales estaban vivos lo supe por una de mis serpientes. El día que Ellos se vieron forzados por las circunstancias a comunicarme la existencia de la puerta y sus implicaciones, se me ocurrió que debía de haber más y, en secreto, fabriqué el aparato de detección que he estado utilizando hasta ahora.

"Un día me capturaron, me lo requisaron y fui encarcelado, pero luego me propusieron proseguir con la localización de otra salida. Si la encontraba, se me autorizaría a emplearla para huir con este nuevo cuerpo inmortal. Busqué esa salida en mi beneficio y en el suyo, pese a que no creí en sus falsas promesas, y me dediqué a reunirme con gente interesada en escapar, fuera cual fuese el lugar o el tiempo de destino. El numerito de las desapariciones de almas tenía por objeto disuadir al resto de la población de que nos imitasen. Por supuesto, Ellos sabían lo que yo hacía y yo sabía que lo sabían. El seguimiento de Itachi estaba encaminado a que tuviese claro que me vigilaban.

"Ahora he llegado a la conclusión de que hay otra salida que no me han mostrado. Intuyo que están reforzándola mientras nos mantienen aquí encerrados, porque los mejores técnicos constructores no han aparecido por las obras del túnel ni una vez. Sospecho que vosotros sí conocéis su ubicación y os refrescaré la memoria en un nimio detalle: si la fortifican como hicieron al erigir esta Torre, si la cierran definitivamente, Naruto-kun jamás podrá irse de aquí.

"La decisión de qué hacer con ese conocimiento está en vuestras manos. Yo ya os he contado cuanto sé. Tenéis mi palabra.

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Sasuke desvió su mirada hacia Naruto, al escuchar las últimas frases. Pero el rubio, muy ocupado arrugando el ceño en dirección al Sannin, no se percató.

Los ojos tristísimos de su hermano pequeño flotaron en los sueños de Itachi durante muchos años.

Los tres ninjas se retiraron a su cuarto, fatigados y confusos. Aunque había amanecido hacía rato, la noche se les había hecho eterna.

—Es mejor que durmamos un poco antes de recapitular acerca de lo que nos ha dicho Orochimaru —propuso Itachi—. Al despertar, reuniremos todas las piezas.

Naruto y Sasuke asintieron y, después de asearse, se introdujeron rápidamente en la cama. Enseguida se abrazaron y se quedaron dormidos con los rostros juntos.

Itachi tampoco tardó en atrapar el sueño. Estaba tan cansado…

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—¡Nooooooooooooooooooooo!

Naruto e Itachi despertaron con el alma en la boca. Sasuke gritaba como un poseso.

Intercambiaron miradas de angustia. El cuerpo entre ellos vociferaba y se arqueaba en violentas convulsiones. Naruto lo cogió por los hombros y lo sentó en la cama. En cuanto abrió unos ojos turbios, Sasuke parpadeó y se agarró a su pijama. El rubio lo estrechó contra él, sujetándolo con firmeza hasta que fueron cesando las sacudidas y los gritos.

Naruto depositó a su amigo con ternura en el colchón y le acomodó la almohada bajo la cabeza, susurrándole palabras tranquilizadoras. Itachi, desde el otro lado, le acariciaba los cabellos para calmarlo.

—Voy a morir…

—Tranquilo, Sasuke —murmuró Naruto a su oído—. Fue un mal sueño, solo eso.

—Voy a morir…

Los dientes le castañetearon.

El Uchiha y el Uzumaki se sintieron impotentes. Sasuke no era capaz de despertar del todo de la espeluznante pesadilla en la que volvía a morir para salvar a su amigo.

—Shhhh… ya está, otouto. Ya… ya… —susurró Itachi, besando en la sien a su aterrado hermano. La mano de Naruto se estaba posando sobre su frente para relajarlo.

Media hora de cariñosos cuidados apaciguó a Sasuke lo bastante para cerrar los ojos. Con Naruto acogiéndolo en su pecho, e Itachi acariciándole la nuca y la espalda, se sumergió en un sueño, ahora plácido.

Era la primera vez que Sasuke sufría una pesadilla desde que dormían juntos. Abrazado a su amigo y hondamente impresionado, Naruto sondeó a Itachi con sus ojos azules, pero este no podía proporcionarle respuestas. Ojalá las tuviese.

Su hermano había soñado que volvía a morir.

¿Qué pretendes hacer, otouto?

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Sasuke esperó.

Esperó hasta estar seguro de que Itachi y Naruto dormían profundamente.

Espero todavía más, hasta estar completamente seguro.

Y luego un poco más.

Se deslizó milímetro a milímetro por la cama con la lentitud de un felino, atento a cualquier alteración de las respiraciones sosegadas que lo flanqueaban. La cárcel de afecto que lo cercaba.

Se puso en pie y recorrió de puntillas los metros que lo separaban de la puerta. No se detuvo a ponerse más ropa que su capa ni a echar la vista atrás. Si lo hacía, su determinación se derretiría con el calor de aquellos dos y no podía permitírselo. No en esta ocasión.

Los corredores se encontraban desiertos en las horas previas al anochecer y él se orientaba bastante bien por los pasillos ventosos de la Torre. Sus frecuentes visitas para proporcionar a los Números unos conocimientos que ya tenían, al menos le habían ayudado a trazar un mapa mental aproximado de aquel enorme lugar.

Lo que buscaba estaba arriba.

Subió escaleras y más escaleras. Supo que no se había equivocado porque al llegar a lo más alto, cinco Números aparecidos de ningún sitio se interpusieron en su camino. No eran rivales para él. Tampoco lo fueron los otros cuatro que trataron de cerrarle el acceso a aquella puerta negra.

El ático de La Torre. Allí era.

Dejando atrás una montaña de cuerpos inconscientes, abrió sin llamar.

La pantalla panorámica desplegada por tres de las paredes de aquella sala de descripción imposible, exponía cientos de imágenes con tanta resolución y celeridad, que el Uchiha sospechó que iba a sufrir un ataque epiléptico.

Cuando recuperó el equilibrio y logró que sus ojos llorosos de dolor se fijaran en quien se sentaba frente a la pantalla, se quedó petrificado.

—¡¿Tú?! —exclamó con incredulidad.

ÉL sonrió. Una sonrisa amable.

O no.

—Sasuke Uchiha. Te esperaba hace horas...

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La puerta se abrió con un chasquido y el ruido del pestillo hizo erguir la cabeza a quien dormitaba en la cama. Los ojos de pupilas rasgadas sonrieron en la oscuridad, al reconocer a su visitante.

—Sé bienvenido. Sabía que acudirías de nuevo a mí, Sasuke-kun.

Los ojos negros eran ilegibles.

El Sannin sintió un asombroso escalofrío. Sasuke nunca le había dado miedo antes.

—He averiguado cómo escapar de aquí, Orochimaru —dijo una voz de hielo—. Pero necesito que me ayudes…

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