Félix Fathom se pasea por el living con la carta entre sus dedos. La ha leído una y otra vez. Pero no es su contenido lo que le tiene inquieto, moviéndose de lado a lado como un animal enjaulado. Si no el hecho de tener que tocar este tema…con su esposa. En el proceso, enciende un cigarrillo y recrea en voz alta los miles de escenarios posibles para que la platica no sea un caos.
—Marinette, hey. Primero que todo, jeje… ¿Cómo estás? —se habla para si mismo— No. Así no. "Hola, mi amor. ¿Tienes un minuto? Me gustaría contarte algo" —exhala— "Si claro, cariño. ¿Qué es?" —imita una voz femenina— "¿Recuerdas cuando me fui para ir en busca de una cura a tu mal? Bueno, la encontré". "¡Oh! ¿Y cómo lo lograste?" "Una mujer me ayudó. En realidad, es una bruja" —gruñe con voz delicada— "Genial. ¿Vendiste mi alma al diablo? Quiero el divorcio ahora mismo" —se toma la cabeza— Arg…no…suena incluso ridículo si lo digo así. Pero…
El sonido de una puerta cerrándose desde el segundo piso, lo alerta. Rápidamente, esconde la carta en el bolsillo de su bata y apaga el cigarrillo. Corre hacia la cocina, haciéndose el desentendido de todo. Marinette ingresa somnolienta.
—Buenos días, cariño —le saluda simulando una sonrisa normalizada.
—Buenos días, esposo —bosteza la fémina— No te sentí despertar. ¿Qué estás haciendo tan temprano levantado?
—¿Eh? ¿Temprano? —observa el reloj de pared— Son las 13:20 mi amor…
—¿Qué? —Marinette se sorprende— Válgame…creo que fui yo la que dormí demás, jeje…disculpa. Es que lo de anoche, bueno…—se ruboriza.
—¿Tienes hambre? —interrumpe el inglés— Le di vacaciones al mayordomo así que…estaremos solitos por el momento. Pero si me lo permites, prepararé yo el desayuno —agrega, sacando algunas cosas de la alacena.
—Si, claro que tengo hambre —sisea, en tono lascivo— De ti…
—Eh…—Félix traga saliva, haciéndose el desentendido— ¿Qué te parece al estilo inglés? Lleva salchichas de campo.
—¿Salchichas? Si, por supuesto —balbucea Dupain-Cheng, caminando hacia el— Quisiera probar tu salchicha…
—¿Qué le pasa? La noto algo…—despabila, rellenando un cuenco con agua— ¡Bien! Siéntate por favor, ya lo preparo —hace una pausa, liado— Ah. ¿Cómo te gustan los huevos? ¿Termino medio o bien cocidos?
—Contra el mentón…—esclarece en un jadeo caliente, abrazándolo por la espalda.
—¿Ma-Marinette…? —Graham de Vanily se rigidiza en su lugar. Definitivamente ha escuchado todo muy claramente— ¿Qué tienes? Te ves algo febril…
—No tengo nada malo, Félix —masculle, amortiguando la voz aterciopelada contra sus omoplatos. Desliza las manos, introduciéndolas por la bata semiabierta para palpar sus pectorales— Solo…tengo mucho apetito…
—Bu-Bueno…—tartamudea, abochornado— No creo poder preparar nada si estás sujetándome así, mi niña…
—¿Podemos volver a la cama? —propone su cónyuge, depositando besos tersos por la piel expuesta de su cuello— La comida no irá a ningún lado ¿Sabes? Puede esperar…
—No tengo problemas en volver a la habitación —se voltea, quedando frente a frente a su esposa— Pero…en verdad tengo ham-…—es acallado con un beso fogoso— Nhm…— Si, definitivamente es lo que quiere —instintivamente, la toma de la cintura y la sienta sobre el mesón, tironeando del lazo que sujeta su batín— Está hacerlo donde tú quieras…
—Quítate eso —demanda la duquesa, soltando las tiras de su pantalón de pijama— Déjame probarte de nuevo…
—Lo que usted quiera…señora Fathom —gruñe entre besos, abriendo sus piernas con delicadeza.
Tanto sus prendas de vestir como la carta, caen al suelo sobre la gélida baldosa de la cocina. La platica, tendrá que esperar.
[…]
—Luego caí del caballo y perdí la consciencia —carcajea Adrien, alto y fuerte— ¡Hubiera visto la cara que puso mi mamá!
Parque de las flores. Centro de Orleans.
—Le diría que es un torpe, pero no va al caso —ríe muy entretenida la japonesa, caminando a su lado— Solo un tanto distraído, marques.
—Bueno, tenía 11 años apenas —se excusa, grácil— Eran buenos tiempos aquellos. Con mi primo solíamos hacer muchos alborotos. Mas bien, el. Era fanático de meterse en problemas y de alguna forma lograba arrastrarme a mí.
—Pero lo disfrutó en el fondo ¿No? —enuncia Kagami— Por la forma en la que se expresa de él, se ve que le tiene mucha estima.
—Es mucho mas que solo estima, condesa —relata el Agreste— Yo diría que es afecto fraternal. Como bien ya sabe, ambos somos hijos únicos. Y si bien nuestras madres tomaron rumbos paralelos, siempre procuraron que no perdiéramos contacto —añade— Aunque no puedo decir lo mismo de nuestros padres. Sobre todo, el de mi primo. Colt era un hombre mucho mas estricto que mi papá.
—A pesar de ser intima amiga de Félix, he de admitir que no lo llegué a conocer tanto como quisiera —confiesa Tsurugi, apenada— El siempre se mostró sincero conmigo, pero con un cierto atisbo de recelo y hermetismo. Así que, lo que sé de él, es solo lo que me permitió ver. Lo demás, son solo conjeturas.
—¿Ustedes dos estuvieron comprometidos o algo así?
—No, nada de eso —niega, templada— O sea, lo intentamos. Bueno, al menos por mi parte. Pero el conde Fathom no estaba interesado en el compromiso por esos días. Y al final, terminé casada con un hombre al cual no amaba y-…—se detiene de golpe, reculando. Ha de elegir mejor sus palabras— Discúlpeme, no es prudente hablar de esto con usted. Apenas lo estoy conociendo y ya ando hablando de otros hombres.
—Descuide, no me ofende ni me molesta. La estoy conociendo, condesa Tsurugi —asiente feliz, el francés— Me encantaría que pudiera seguir hablándome de su vida, con esta misma soltura. Y espero, que nuestra comunicación fluya día a día.
—Es usted tan elocuente para hablar, que me cuesta trabajo que sea francés —ríe, jocosa— Mi madre suele decir que los hombres son todos aburridos.
—Pero no es lo que pensaba de mi primo ¿O sí?
—¿A dónde quiere llegar? —Kagami detiene la caminata, para observarlo con zozobra— No estoy molesta ni nada, pero comienzo a tener la ligera sospecha de que busca sacarme otra clase de información.
—¿En serio soy tan fácil de leer? —se mofa el Agreste, sobándose la nuca sutilmente, acobardado— No es ningún interrogatorio.
—Soy perspicaz —arquea una ceja— ¿Teme que aun tenga sentimientos por el capitán?
—No, bueno. Yo solo…—advierte, malogrado— Solo quería asegurarme de que su corazón no estuviera ocupado por alguien más.
—Mi corazón nunca tuvo dueño, marques —revela con avidez— Ni si quiera por Graham de Vanily. Tal vez en su momento lo llegué a ver como un potencial prospecto. Pero tampoco soy estúpida. No me entregaría jamás a un hombre que no me ama.
—¿Por qué siento que me está mintiendo…? —Adrien desvía la mirada, impávido— Conozco muy bien a mi primo y su historial. El solía tener fama de mujeriego. Y aunque no lo crea, no es un hombre que buscara enamorar a las chicas —relata— Su encanto y atractivo con ellas, tenia en particular otro objetivo, mucho más específico.
—Y a pesar de saber todo esto, jamás vi a ninguna moza quejarse de el ¿Sabe? —Kagami retoma la marcha, contemplando el paisaje primaveral en su entorno— Me enteré de esto tarde. Pero lo hice. Y cuando averigüé un poco mas sobre los rumores, descubrí que eran las madres de esas jovencitas las ofendidas. Porque en lo que respecta a ellas, tenían una imagen muy honorable de él.
—No me sorprende. Que Félix sea un mujeriego no quiere decir que lo vuelva un violador o algo así —exhala, satisfecho con su historia— Ahora entiendo, que todas ellas le consintieron.
—Es fácil juzgar desde afuera —Tsurugi recoge un pétalo de rosa del suelo, vislumbrándolo ensimismada— Pero si lo desmenuzamos todo y vemos mas a fondo, en lo profundo del meollo. ¿No le parece un camino muy solitario, joven Adrien? Un jovencito, incapaz de amar. Desesperado por ello.
—Se ve que usted también le quiere mucho, condesa —esboza el rubio, optimista— Me alegra que mi primo pueda tener amigas tan avizoradas como usted. Eso significa, que está en buenas manos.
—Tenemos mucho de qué hablar. Pero de que lo quiero mucho, si que lo hago —repara la nipona, entregándole el pétalo a su compañero— Y pueden contar conmigo para lo que deseen. Estoy contenta por su matrimonio. Sobre todo, ahora que…le ha regresado la sonrisa a mi corazón…—lo mira a los ojos, penetrantemente.
—¿Qué me quiso decir con eso? ¿Acaso…yo también le gusto a ella? —traga saliva— Condesa Tsurugi. ¿He conseguido al menos captar algo más de su atención?
—Marques —asiente, con benevolencia— Tiene mi total y completa atención. ¿Le parece si vamos por algo de beber?
—Me parece una idea fantástica —Adrien le ofrece su brazo con caballerosidad— Acompáñeme, le mostraré un lugar increíble.
Cafetería De La Nuit. 13:50PM.
—Adrien Agreste en persona —halaga Luka, tras verle entrar por la puerta— Que sorpresa verte por acá.
—¿Luka? No sabía que estarías aquí —el ojiverde hace un paneo rápido del lugar. No está solo. Están Nino, Alya y Zoé con el— Vaya…todos están aquí.
—¡Hey, amigo! —le saluda Nino, en un amistoso abrazo— ¿No nos vas a presentar a tu nueva compañía?
—Ay, que bonita que está —profesa Zoé, aferrándose al antebrazo de Couffaine— ¡Un gusto! Soy Zoé Lee y vivo a la vuelta.
—¡Ah! Muchachos…—el aristócrata hace amago de timidez— Mil disculpas. Ella es la condesa Kagami Tsurugi. Viajó desde Londres para el matrimonio de mi primo.
—Es un placer y un honor para mí, conocer a los amigos del marqués —reverencia la japonesa.
—Esa fue una reverencia señorial casi perfecta. Que chica tan distinguida —Alya se aproxima a ella— El gusto es todo nuestro, condesa. Me llamo Alya. Ellos son Nino, Luka y Zoé —les apunta— ¿Cómo prefiere que le llamemos?
—Ah…pues…—Tsurugi se confunde, frente a tantas muestras de algarabía— "Kagami" a secas estaría bien. O Tsurugi-san, si lo prefieren.
—Acompáñenos, chicos —Lee les invita a tomar asiento en su mesa— Hay espacio para todos. Estábamos a punto de pedir café helado.
—Con cuidado, condesa —Adrien le corre la silla con benignidad, demostrando ante todos sin tapujos, sus mas refinados dotes de galantería. Nota como están boquiabiertos mirándole. E indiscutiblemente, se sonroja— ¿Qué me ven?
—¡Nada, nada! —bufa Lahiffe— Es solo que…te ves bien hoy, Adrien.
—Obvio que me veo bien, Nino. Soy guapo —sisea el Agreste, a tono de broma— Bueno, eso dice mi mamá.
Todos echan a reír con inocencia. Desde el minuto 1 en que Kagami toma posición en su lugar, se ha sentido cómoda con su recibimiento y aunque no suele sonreír tan a menudo, ahora lo hace sin duda.
—Mi mamá también dice que estoy bien guapetón —confiesa burlesco el moreno.
—No seas mentiroso. Yo también te lo digo —Césaire le jala la mejilla.
—Todos somos a ojos de nuestras madres, muy hermosos. Eso no está en discusión —comenta ameno el peliazul— Café helado, por favor —solicita al mesero— ¿Y Tsurugi-san?
—Té helado —expresa apacible— El café me pone muy altiva.
—Una mujer garbosa, con un muchacho timorato —sentencia Alya de forma risueña— ¿Quién lo hubiera imaginado? Son el uno para el otro.
—No hables así delante de una condesa china, Alya —le recrimina su pareja.
—Soy japonesa —advierte, tranquila.
—¿Ves? Solito te humillas, por tarado —Césaire le da un palmetazo en la nuca— Discúlpalo, no terminó la escuela.
—Jm…—ríe solapadamente la peliazul— Ustedes son muy graciosos, lo admito. Ojalá haberlos conocido antes. En Londres no tengo muchos amigos que digamos.
—Los ingleses son algo fríos, si me perdonan la expresión —añade Lee, quien ahora ha recibido su pedido y comienza a degustar de el— Pero no puedo decir lo mismo de Félix. El siempre fue un caballero conmigo.
—¿Ella acaso…? —Kagami hace una pausa, apretando los labios de manera importuna— Vaya… ¿Por qué no me extraña? —observa a Alya— ¿Se habrá acostado con esa muchacha también?
—Ser amable y cariñoso no es lo mismo, Zoé —berrea la morena, tomando un sorbo de su café— Félix me sigue pareciendo antipático cuando quiere.
—No. Definitivamente, con ella no —exhala Tsurugi, revolviendo con la cuchara su infusión— Veo que aquí todos conocen a Félix a su manera. Me alegra.
—Hablando de Félix —murmura Luka, reclinando la espalda en su asiento para abrazar de medio brazo a Zoé— ¿Cómo le estará yendo a esos dos? Marinette estaba muy nerviosa por su noche de bodas. Imagino que, para estos momentos, ya estarán de camino a su luna de miel. ¿Sabes algo de eso, Alya?
—Ni rastros de ella —se encoge de hombros— Completamente en silencio. Ni una carta, ni un mensajero. Se la tragó la tierra.
—Yo creo que debe de estar durmiendo aún —agrega inocentemente la rubia— Marinette es muy dormilona. Y al lado del conde, de seguro se la pasará pegada a él como un osito.
—¡Jajaja! Que ingenua eres, amiga —carcajea Césaire, limpiándose la boca con una servilleta— Dormir, es lo que menos creo haya hecho.
—¿Cómo crees?
[…]
—Ma-Marinette —jadea Félix, recostado sobre el sofá— ¿N-no estás cansada…?
—Cállate…—gimotea sobre él, dando brincos una y otra vez sin parar— Aun no he terminado contigo, Fathom.
—Dios…—se queja el rubio, sujetando su cintura a duras penas— No creo poder…resistir más…
[…]
—No. Definitivamente no están durmiendo —Alya se encoge de hombros, con total normalidad.
—¿Y ustedes dos qué? —pregunta Nino, de manera impertinente— ¿Son novios o algo así?
—N-no…nada de eso, Nino —murmura Adrien, abochornado con lo directo de su cuestionamiento— Solo somos amigos. Apenas nos estamos conociendo.
—Nos conocimos durante la boda. Y comenzamos a hablar en el banquete en casa de los duques —explica Kagami, despejada— Pero si el marqués quiere intentar algo mas conmigo, yo no me quejo.
—¿Condesa…? —el rubio traga saliva, pasmado.
—Directa y al hueso —Alya le guiñe el ojo— Así como me gustan. Deberías conocer a Marinette. Tu y ella se llevarían estupendamente bien.
—Estoy ansiosa por conocerla más a fondo —expresa la japonesa— Mas que mal, fue la única mujer en lograr conquistar el corazón del conde Fathom. Sin duda, es una mujer excepcional.
—Te va a caer muy bien, ya lo verás —Couffaine levanta su copa de café y hace una pausa, hacia los congregados— Y aprovechando el momento quisiera comentarles que, Zoé y yo decidimos formalizar nuestra relación. Le pedí matrimonio y ella…aceptó —se voltea a verla, con cariño— Hay boda, amigos. Nos casamos el 12 de abril.
—¡¿Qué?! ¡Felicidades! —aplaude extasiada Césaire— ¿Viste eso Nino? Aprende de tus amigos —le tira una indirecta.
—¿Yo que? —se hace el huevón.
—Felicidades a los dos —profesa Adrien, observándolos a ambos con nostalgia de cariño— Hacen una pareja increíble. Han tomado la mejor decisión de todas.
—Felicidades —Kagami los reverencia a ambos— Se ven muy lindos juntos.
—Tú también estás convocada, Kagami —revela Zoé, amistosamente— Se que apenas nos estamos conociendo, pero Adrien está invitado. No pretenderás que lo dejemos ir solito sin una compañera ¿No crees?
—¿De-De verdad…? —parpadea Tsurugi, estupefacta.
—Sin duda. No está en discusión —expresa el peliazul— Un brindis entonces ¿No?
—¡Por los novios! —chillan unánime.
[…]
—Marinette…—murmura Félix, adormilado boca abajo sobre los peldaños de su mansión— Dame…un respiro…por favor…
—¿Qué haces ahí tirado? —Dupain-Cheng ríe divertida, al verle como un estropajo viejo— Pareces una alfombra vieja —toma un sorbo de agua muy normal, vestida de nuevo.
—Búrlate si quieres…—expresa Fathom, a semi vestir— Pero si me ayudas a subir, te prometo que no me quejaré.
—Yo estoy de maravillas —arquea una ceja, bromista— ¿Cómo no puedes estarlo tu? ¿Me casé con un abuelito acaso?
—No se si sea el mejor momento para explicarte como funciona la anatomía de una mujer, versus la de un hombre —ríe Graham de Vanily, derrotado— Pero por una que llego yo, tu llegas diez. No es fácil…
—¿Qué pasó con el chico que tenía tanta experiencia? —carcajea, dejando de lado su vaso de agua para asistirlo— Vamos, te ayudaré. Arriba.
—Necesito darme una ducha…
—Genial. Entonces te bañarás conmigo —sentencia su esposa.
—No me molesta la idea —farfulle el ojiverde, agotado— ¿Pero me dejarás realmente bañarme?
—¿Qué clase de pregunta es esa? —se mofa Marinette, arrastrándolo hacia el cuarto de baño— Obvio que no.
—Ayúdame cristo…—gimotea, extenuado.
15:28PM.
—Estaba bromeando, tontito —ríe divertida, la fémina. En lo que acaricia sus hebras húmedas, esparce jabón por su cuerpo— Tranquilo, ya estoy bien.
—Al menos podríamos haber desayunado primero —murmura agobiado el inglés, cerrando los parpados dentro de la tina. Acomodando plácidamente su espalda contra los pechos de su cónyuge, agrega— Estoy algo fatigado.
—¿Cómo se llama eso? —consulta, acariciando su pecho en el proceso.
—¿El que? —pregunta, semidormido.
—Eso…que nos hacemos con la boca.
—¿Te refieres a la felación? —examina el varón, con integral naturalidad.
—Si. ¿Se llama así? —redunda la mujer.
—Sexo oral —explica Graham de Vanily con sensatez— ¿Qué pasa con eso?
—Me gusta mucho —confiesa, para nada abochornada. Observa el techo, nublado de vapor— Pero admito que me gusta mucho mas cuando te lo hago a ti.
—Es la primera vez que escucho algo como eso —esboza una sonrisa ladina.
—¿No te lo habían hecho nunca? —cuestiona, petrificada.
—Nunca.
—Vaya…—formula cabizbaja— entonces no podría saber si soy mejor que otras.
—Hey. No…—Félix la observa hacia arriba, con seriedad— Jamás vuelvas a hacer eso. No te compares con nadie. Eres mi mujer. Y si bien entiendo tengas muchísima curiosidad por el tema, no quiero que pienses mas en otras personas. ¿De acuerdo? —alza la mano, acariciando su mentón— Tu eres la única para mí. Ya olvídate del resto. No son nada.
—No me gusta que digas eso…—murmura apenada.
—No. Lo siento. No me mal intérpretes —se retracta— No me refería a que no me importen las otras chicas. Pero están en mi pasado. Yo era…un muchacho estúpido e ignorante, que no comprendía del todo lo que hacía —declara, malogrado— Di riendas sueltas a mis instintos de la manera mas horrenda que te puedas imaginar. Ni si quiera le tomé el peso a la responsabilidad que eso conllevaba. Y…me deploro por ello.
—¿Estás arrepentido de eso? —inquiere Marinette, removiendo el agua de su carita, con las manos. Casi, como un gesto maternal.
—Totalmente —sentencia, con desazón— Y si pudiera regresar el tiempo atrás, te juro que no lo repetiría.
—¿Qué es lo que buscabas con eso, amor? —se aventura, sobando sus mejillas coloradas.
—Yo…no lo sé. Supongo que…cariño —balbucea Fathom, atiborrado de sentimientos culposos y mucha vergüenza— Estaba desesperado por sentir algo real. Algo, similar al sentimiento que leí muchas veces en libros solamente. Amor…
—¿Creías que conseguirías amor, acostándote con todas?
—Pensé que lo encontraría en una de ellas. Pero no fue así —sisea— Y en parte, no culpo a nadie. Ni si quiera a mi madre. Era ignorante solamente en el tema. Pero no buscaba hacerle daño a nadie. Traté de hacerlo lo mejor que pude. Es que…—aprieta los labios, agraviado— Mis padres no se amaban ¿Sabes? A pesar de estar casados. Nunca supe realmente, lo que era el amor de pareja. Lo poco y nada que entendía de él, lo vislumbré en casa de mis tíos, en Francia. Pero no fue suficiente su referente.
—Se como se siente eso, cariño —Marinette besa su frente con premura— Y me atrevería a decir que tuve unos buenos padres, para enseñarme lo que era el amor. Quiero que sepas, que jamás te juzgaría por no saber de ello. No es algo, que abunde en nuestros tiempos.
—Y es por eso, que me convenzo cada día mas que escogí a la mujer perfecta para mi —profesa el británico, estirando su cuello para besar sus labios con dulzura— No eres una chica prejuiciosa, Marinette. Y te das el tiempo de entender a la gente. Sin duda…eres increíble.
—Tu también lo eres, conde —profiere su esposa, llenándolo de ósculos escuetos por toda su carita— No te quites créditos. Eres un hombre roto, pero maravilloso en el fondo. Y tengo la total convicción de que nuestra luna de miel nos ayudará para afiatar nuestra confianza como merecemos.
—Hablando de la luna de miel…—Félix se levanta, acomodándose para acabar sentado, frente a ella— ¿Estás segura de que quieres ir a Inglaterra?
—Si, claro que si —asiente, tomando sus manos— Quiero recorrer toda la isla. Mas bien, del reino en general. Siempre soñé con ir. Pero por las guerras y los prejuicios no pude hacerlo. Además, es la tierra en donde naciste. ¿Cómo no querer visitarla?
—Tus intenciones son buenas, esposa. Pero…no tengo buena reputación en mi país
—¿Y eso que? No me importa. Conocí a un chico en el pasado que me dijo que le valía madres lo que la gente opinara de él —niega con la cabeza— ¿Por qué sería distinto en Inglaterra?
—N-no…por nada en particular. Solo que…—espeta, liado— Ahora iremos como marido y mujer. Temo que la gentuza de la corona te ataque o te apunte con el dedo —miente.
—Ay, Félix. Tampoco es que te hayas casado con una monja de convento —bufa, restándole importancia— Descuida, estaré bien. Nada ni nadie podrá separarnos ya.
—¿De verdad? —insiste el británico, con potestad— ¿Estás dispuesta a soportar todo?
—Lo prometo —asiente con la cabeza— Todo estará bien. Soy la señora Fathom. Ya nadie puede tocarnos —y besa sus labios, sellando el momento.
—Solo espero…que todo salga bien…
[…]
Relata Marinette:
Para el 24 de marzo de 1722, mi esposo y yo ya nos habíamos embarcado en dirección hacia tierras anglosajonas. Tomamos un navío en el puerto de El Havre, con destino a Liverpool. Félix como siempre, escogió al Flairmidable, su buque de guerra predilecto para viajar. No podía sentirme mas segura en alta mar, que arriba de este barco. Por lo demás, fue el único testigo de nuestro primer beso clandestino, fuera de la legalidad permitida por la sociedad. Y ahora que estábamos casados, nada nos limitó a terminar, lo que en su momento en proa comenzamos. La historia que inició como dos jovencitos en busca de conocer el amor, finalizó en su camarote durante los 3 días de recorrido que duró, hacia su país natal. Yo continuo sedienta, ávida de energía sexual. Y por nada del mundo, le di tregua a mi amante. Me aseguré de hacerle el amor a lo menos 2 veces diarias, hasta que por fin desembarcamos en el malecón inglés. Y ni si quiera para cuando tocamos tierra, me sacié por completo. Volvimos a repetir el acto dentro de su carruaje, recorriendo las ciudades aledañas a Londres. Félix tuvo que cubrir el vidrio que daba hacia el cochero para no levantar sospechas. Pero en mas de una ocasión, vi ruborizado al pobre hombre cuando parábamos en algún lugar. De seguro no vio, pero si que escuchó todo. No me importa ser escandalosa. No le debo nada a nadie, mas que a mi marido. Que coman cola todos los envidiosos, por no saber lo exquisito que es intimar con este hombre.
Para ese entonces, mi suegra Amelie ya había vuelto a Londres. Nos estaba esperando con un banquete fastuoso cuando llegamos a su casa. Hasta ese punto, lo poco y nada que conocía de mi esposo eran detalles concretos de él. Siempre estuve al tanto de que era un conde. Su familia, eran aristócratas casi del siglo 12. Asumí que tenían dinero y títulos nobiliarios, como mi familia. Pero he de admitir que caí en la torpeza de juzgarle demás. No. Definitivamente, los Graham de Vanily no son como los Dupain-Cheng. Y me atrevería a confesar sin animosidad de rayar en lo absurdo, que esta si es una familia poderosa. No me los imaginaría jamás cayendo en desgracia, como la mía. Sin desmerecerla, por lo demás.
No era solo la gran casona lo que me dejó boquiabierta. Lo era todo. Desde las personas en la calle, que nos saludaban como si a un miembro de la realeza acaecieran ver, hasta los otros burgueses. Y es que Colt Fathom, el padre alcohólico, de nacionalidad extranjera de mi cónyuge se encargó en vida, a cuadriplicar la fortuna de esta casta inglesa. Era un pésimo marido. Y aún peor, padre. Pero si había algo que sabía hacer bien, era ser empresario. Uno exitoso por lo demás. Tomando los recursos de los Graham, invirtió en empresas extranjeras, al ser norteamericano y tener contacto o redes fuera del imperio.
Para mi asombro, descubrí que los Graham de Vanily eran dueños de la cuarta parte de escocia, norte de irlanda y sur de Inglaterra. Sin contar las tierras en África. Jamás lo hubiera sabido antes. A pesar de todo esto, Félix nunca dio atisbos de poderío económico. El siempre se presentó mas orgulloso de ser un capitán militar de navío, que otra cosa. Jactándose siempre de sus logros personales, más que los de su cuna. Por el contrario, renegaba constantemente de su apellido. Seguramente como una estrategia de odio que sentía por su progenitor. Y no digo que tampoco le guste ser un Graham de Vanily, pero digamos que también le valía mierda.
No sé si tomarlo como humildad o solo un acto de rebeldía al sublevarse a su pasar financiero. Un chico como este, luchando por salir a delante solo, como si fuese huérfano o despojado de todo. Alguien a quien verías asaltando tu cocina en medio de la noche por un trozo de pan, teniendo el poderío de comprar una panadería entera si quisiera. No, ni siquiera una. Una cadena entera de panaderías. Ese, era Félix. Ese era, el hombre de quien me enamoré. El verdadero caballero del proletariado encarnado en un jovencito inglés sedicioso e insurrecto. Ahora comprendo mejor y con total claridad, el por qué se llevaba mal con la monarquía.
Solo me resta agradecer su bienaventurada riqueza, a la hora de sobrellevar nuestro matrimonio. Pues Félix no ha permitido ni un solo segundo, que yo pase penurias ni mucho menos, incomodidades. Me quiere dar lo mejor de lo mejor. Incluso la luna y el astro rey de sol, de ser posible. Me conformo con que haya sabido elegir bien en que momento abusar de su estatus y cuando callar de él.
—Les he preparado su alcoba, cariño —manifiesta Amelie, en medio de la cena— El ala oeste de la mansión es solo para ustedes.
—Gracias, madre —agradece Félix, tomando la mano de su mujer sobre la mesa— Pero no me quedaré en casa.
—¿Cómo? —parpadea, preocupada.
—Marinette quiere recorrer todo el país —expresa templado, el ojiverde— Comprenderás que estamos en nuestra luna de miel. Así que he decidido que lo mejor para los dos, sea tomar los otros terrenos del reino —añade— Iremos a escocia y luego a irlanda. Ya mandé a remodelar ambas viviendas para nosotros.
—¿Entonces no te quedarás conmigo?
—Quizás a la vuelta —sisea— Quisiera pasar tiempo a solas con mi mujer. Si eso…no te molesta, claro. ¿Me entiendes a lo que me refiero?
—Si, sí. Claro…ya entiendo a "que te refieres" —sonríe jocosa la mayor— Haz lo que estimes conveniente para ambos. De momento, disfruten la cena. Y solo pasen la noche acá. Ya mañana podrán partir.
—Gracias, mamá —esboza una sonrisa ladina, el capitán.
—Félix.
—¿Sí? —la mira.
—Usaré tapones en las orejas esta noche —advierte, con picardía en su expresión facial— Solo por si necesitabas saberlo.
—…
—Gracias, Lady Amelie —profesa Marinette, contenta con su comentario— Pero Félix no ronca tanto. No hace falta eso.
—¡Jajaja! —carcajea divertida la condesa, encantada con su inocencia— Eres un amor, querida. Salud por eso —alza su copa.
¿Qué quiso decir con eso? Ah…vale. Caí tarde en el asunto, pero lo entendí. En cuanto noté el semblante abochornado de mi esposo, comprendí a que se refería. No, no soy esa clase de mujeres. Se que estoy en mi máximo apogeo de despertar femenino, pero no haría tal cosa en casa de mi suegra. También tengo mis limites, aunque me tenga que aguantar una sola noche, sin tocarlo de esa forma. Haría un esfuerzo, por respeto a ella.
[…]
—Este lugar…es hermoso, Félix —comenta maravillada, Marinette sobre su caballo— ¿Estos terrenos son tuyos?
—Nada mío. Solo de mi familia —revela Félix, dándole un palmetazo a su corcel— ¡Arre! ¡Vamos! ¡A recorrer escocia!
La mejor luna de miel jamás vivida, contada y relatada. Lo primero que hicimos, fue visitar escocia. Un poblado sin duda fascinante, lleno de idiosincrasia celtica y personas fanáticas de la cerveza, la música y el jolgorio folclórico de la época. Soñaba con conocer estos parajes. Y sin duda, no me arrepiento. Al estar mas cercano al mar, era natural que nos despertáramos por las mañanas con neblina. En las tardes salía el sol y por las noches llovía. Lo pasamos increíble con Félix. Bebimos mucho alcohol, a pesar de no sentirme amante de los tragos. Conocí el arte del Whisky y la cebada en su estado mas puro. Me emborraché por primera vez en años. Pero lo disfrutamos. Y confieso ahora, que ebria…intimo mucho mas salvaje de lo que pensé. No podría dimensionar, lo que aquel brebaje hizo en mi anatomía. Era como morfina pura, recorriendo mi sangre. La misma, que ardía ferviente de deseo por mi marido.
—¿De perrito? —consulta Félix, rojito hasta las orejas— ¿S-Segura?
—Ya cállate y hazlo…—demanda.
El norte de irlanda fue todo un desafío. Era plena primavera. Pero parece ser que los dioses del clima no confluyen al a par con los hombres. Y dejó caer lluvias a monzones en medio de la estación estival. Lo cual, tampoco declino mi afán por seguir satisfaciendo mis necesidades de casada.
—¿Contra la pared…?
—Si no me tomas ahora, te echo a dormir con los perros —amenaza Dupain-Cheng.
Cabalgamos. Y no lo digo de manera sexual, jajaja. Cabalgamos sobre rocines, por las espetas del campo fértil del sur de Inglaterra. Conocí monolitos antiguos, iglesias ortodoxas, acantilados resoplando la ventisca vehemente del mar y los océanos rompiendo contra rocas empinadas. Nos cayó un aguacero encima en una de nuestras incursiones. Pero logramos refugiarnos en una casucha abandonada, a las afueras de Windermere.
—De ladito…—traga saliva Graham de Vanily.
—No me-…
—Shh…—la acalla, con poderío— No me quejaré más. Ahora tu te callas y me dejas hacer mi trabajo —se baja el pantalón— Muévete —Fathom la jala de las caderas, acomodándola a gusto— Te lo buscaste.
—Así me gusta…
—Te has portado mal, Marinette —advierte Félix, tentado a hacerla suya— Es hora de tu castigo.
—Haceme mierda o me divorcio mañana.
Si. La mejor luna de miel de todas. Que alguien me de un respiro…porque ya no puedo exhalar bien. Ha sido un viaje maravilloso, dotado de paisajes, paramos, experiencias, comida, brebajes y sublime sexo que solo el universo sabe, cuando podré calmar. Solo sé una cosa y lo digo ahora, con total poderío: Te amo, Félix. Te amo tanto que espero muy pronto…me des un hijo…
¿Qué mierda dije? ¿Un hijo…?
—¡AH! —chilla Marinette, avivando su anatomía de sopetón.
En medio de la noctívaga oscuridad del cuarto, contra una ventolera de lluvias a destajo, me despierto tras vivir una inquietud muy coexistida de mi vida. Vale. Eso fue muy real. ¿Qué fue? Se que tuve un sueño. Pero ya no puedo vislumbrar si fue una pesadilla o algo placentero. Solo puedo recordar atisbos de él, como pedazos de una película en forma de fotografías escuetas. Palpo con los dígitos a mi lado y no hayo a mi esposo. Coño. ¿A dónde se fue? Me entra un pánico que no puedo describir. Perdón si sueno tonta, pero una sola noche sin el calor de Félix a mi lado, me trastorna. Me puse la bata y bajé rauda hacia el primer piso de la casucha con la esperanza de encontrarlo ahí.
Y ahí estaba, gracias al cielo. Aunque muy contemplativo, alejado de todo. Disfrutaba la lluvia caer en el ventanal, con un vaso en la diestra y un cigarrillo en la siniestra. Ni si quiera está del todo vestido. Tiene un calzoncillo puesto y una musculosa sin mangas. La chimenea está encendida. Supongo que no tiene frio. Pero me preocupa verlo ahí, tan pensativo y extraviado de todo. Me arrimo a él, envolviéndolo con mis brazos suavemente por la espalda. Sin un ápice de actitud o decoro morboso.
—¿Un whisky de media noche?
—Un whisky de media noche —repite el británico, soslayado. Fuma en el proceso— Lo siento.
—¿Qué es lo que le ha robado el sueño a mi buen marido? —pregunta Dupain-Cheng, melancólica— Lo extraño…
—"Buen" —cita Fathom, melancólico— Es una palabra muy tierna salida de tus labios.
—Félix. ¿Qué te pasa? —consulta la ojiazul, inquieta— ¿No te ha gustado nuestra luna de miel acaso?
—Nada mas alejado de la realidad, esposa —Félix se gira a ella, apagando el cigarro para mirarla a los ojos— Ha sido la experiencia más hermosa de todas.
—¿Entonces? ¿Por qué has recurrido a un whisky de media noche?
—No tiene nada que ver contigo, amor mío —revela, desviando la mirada— Es que ya no me aguanto, mentirte más. Puedo engañar a todo el mundo, pero no a ti. Me atormenta, ocultarte cosas a ti.
—¿Y que es eso tan grave que me ocultas? —rezonga su cónyuge, frunciendo el ceño— ¿Me has sido infiel acaso?
—Jamás. Ni de broma nunca lo digas —Fathom deja de lado su vaso, tomando su rostro con ambición— Yo por ti daría la vida. Y nunca me atrevería a deshonrarte. Tienes mis votos mas sagrados.
—¿Entonces por qué dices que me ocultas cosas? —no comprende la ojiazul— Ilumíname.
—Llevo un tiempo tratando de revelarte esto. Y me hice un montón de escenarios fatídicos en la mente sobre cómo te lo tomarías. Pero ya fue…—Graham de Vanily extrae la carta de Iris sobre su musculosa, enseñándosela— Tu no estabas consciente de esto. Pero cuando caíste en Cataplejía, yo me fui para buscar una cura a tu mal. Me rehusaba a aceptarlo, así como sin más. Y en mi búsqueda, encontré una posible solución. Léela. Sabrás todo, al instante.
—¿Qué es esto, Félix? —Marinette abre la carta y la examina— ¿Puedo leerla en voz alta?
—Hazlo, por favor —exige, derrotado— Solo así podré expiar mi culpa…
—Dice…
"Para el hijo de Lord Fathom.
Félix. ¿Me recuerdas? Yo sé que sí. Para cuando leas esta carta de seguro estarás casado con la muchacha que curé. No te olvides de mí. Porque, aunque lo niegues a destajo, hicimos un pacto entres nosotros. Una vida, por otra. Me debes todo. Y, aun así, no te pido nada a cambio. Solo que me visites, en mi nueva dirección. Me asenté en al sur del distrito de Manchester, en la avenida de Bolton. El destino apremia y nosotros, tenemos asuntos por resolver. Hay algunas cosas, que debes saber sobre tu padre.
Se despide cordialmente, la condesa Iris Verdi"
—¿Condesa Iris Verdi? —arquea una ceja, confundida— ¿Esta mujer, tuvo algo que ver con mi enfermedad? Y por favor, no me mientas en la cara, marido.
—Mira. No se como se llama realmente —franquea, ofuscado— Es una gitana. Se cambia de identidad siempre. La conocí primero como Lila Rossi. Pero sé que era la novia de mi padre. Así que, de alguna forma, debo asistir a verla.
—¿Debes?
—Marinette… —Félix la toma de las manos, preocupado— Escúchame con atención. Realmente no conozco a Iris y no estoy seguro de que fue exactamente lo que hizo. Pero en el instante en que sellé un pacto con ella, tu despertaste —agrega— Por lo tanto, tengo que cerciorarme de que efectivamente todo esté bien.
—¿Y que fue lo que hiciste realmente para que ella te ayudara? —Dupain-Cheng arquea una ceja, suspicaz.
—Yo…—traga saliva— Le cedí parte de la fortuna que me dejó mi padre para que viviera cómodamente —miente sin descaro aparente— No sean tarados, jamás le revelaría a mi mujer que maté a un hombre. Y que encima era inocente…— Asumo que se dio el titulo nobiliario por viudez, aunque no era la esposa legal de mi papá.
—Cariño, yo quiero ir contigo —la señora Fathom le regresa la carta, decidida.
—No. No, amor. Con todo respeto, no me parece una buena idea —Graham de Vanily guarda el documento, sujetando su rostro entre besos cándidos— No sé que clase de cosas me tiene que decir Iris sobre Colt. Pero dudo sea algo bueno. Y conociendo tu condición de salud tan delicada, sería una locura exponerte a malos ratos.
—Está bien, conde. Lo que tu digas —la fémina se arroja con ternura a sus brazos, frotado su mejilla contra su pecho— Solo prométeme que todo saldrá bien.
—Lo prometo —sentencia, masajeando sus cabellos— En cuanto volvamos a Londres, te quedarás con Amelie en lo que la visito.
—Tengo frio, Félix —asiente en un murmuro tembloroso— Volvamos a la cama por favor. Un whisky no lo vale tanto.
—Ven aquí —el inglés la toma entre sus brazos, como dos novios recién casados— Te prenderé la chimenea del cuarto —y sube las escaleras con ella.
—Tu eres mi única chimenea —sisea divertida la peliazul, besuqueándolo en las mejillas.
[…]
Avenida Bolton. Manchester. 20:10PM.
Está bien, Lila. Tu y yo, tenemos asuntos que resolver.
En cuanto puse un pie sobre la entrada de la gran casona, la reja se abre de manera instantánea ante mi presencia. ¿Qué fue? Ni si quiera hay guardias…
Tragué saliva, dispuesto a afrontar lo que fuese que tuviera a la mano. Precavido de que, en el pasado, esta mujer ya me había hecho el tonto; esta vez vine armado con un revolver escondido entre la camisa y el pantalón. Una brisa noctívaga de primavera me remueve el chaquetón largo; elevando un par de hojas del suelo y agitando las copas de los árboles. Hay cierto dejo de lúgubre energía entorno al recinto. No estoy asumiendo que la gitana sea una especie de bruja tenebrosa de cuentos de hadas. Pero desde lo que pasó con mi esposa, que no puedo simplemente hacerme el desentendido a su escéptica intervención. Toco el timbre. Nuevamente la puerta se abre paulatinamente. Solo que, a diferencia del portón principal, esta vez sí hay un muchacho que me recibe. Lleva anteojos y viste un atuendo irlandés.
—Bienvenido, conde Fathom. Mi ama le estaba esperando —saluda el jovencito— Permítame su sombrero, por favor.
—¿No me digas? —chista con sarcasmo el británico— ¿Qué fue? ¿Las cartas de nuevo le hablaron sobre mí?
—En realidad —interrumpe Iris, bajando por la amplia escalera de mármol, con una copa de vino en la mano— Fue mucho mas vulgar de lo que me gustaría admitir. Todo se lo debo a Lady Amelie.
—¿Qué dices? —Graham de Vanily la fulmina con la mirada, desde abajo— ¿Qué tiene que ver mi madre en todo esto? ¿Y tu como mierda la conoces?
—¿Se te olvida acaso que asistimos juntas al mismo funeral?
—Si, pero ella no te conocía. No quieras engañarme con tus trucos baratos, mujer —gruñe ofuscado el varón— Mi madre jamás te dirigiría la palabra.
—¿Por qué no? ¿Porque fui amante de su difunto marido alcohólico, maltratador e infiel? —masculle divertida, cual niña pequeña. Desciende peldaño tras peldaño— ¿O porque caí en desgracia y tuve que trabajar en el comercio sexual?
—Porque eres una mala mujer, Lila —espeta con soberbia— Y mi madre es una mujer distinguida. No se involucraría jamás con gente como tú.
—¿Gente "como yo"? —carcajea con altivez, la muchacha; quedando a escasos centímetros de su anatomía— Es verdad, conde. La gran Amelie Graham de Vanily no se mezclaría con gitanos. Pero muy distinguida no es, que digamos…
—¿Qué insinúas, maldita? —berrea Fathom, empujándola de los hombros hacia la pared. La copa cae al suelo y se quiebra en el proceso— ¡No te atrevas a hablar así de mi madre o no vivirás para contarlo!
—Yo que tu me calmo, Fathom. No eres el único armado aquí —murmura Verdi, apuntando con los ojos hacia el vestíbulo.
En efecto. El irlandés de mierda estaba apuntándome con una maldita escopeta de esas que te vuelan los sesos, de un solo disparo. Irrefutablemente y contra toda la bronca que sentía, tuve que soltarla y calmar las aguas.
—Así está mucho mejor —ríe la morena, acomodándose el cabello— ¿Platicamos? Ven, acompáñame al salón. Imagino que tendrás sed.
—No intentes hacerme creer que lo sabes todo de mí, gitana —de mala gana, el capitán la sigue hasta el living— Ya conozco tus sucios trucos. ¿Creíste que no me enteraría de que me usaste para matar al médico?
—No. Yo ya sabía que lo descubrirías tarde o temprano. Pero para cuando eso pasara, el bastardo estaría nadando con los peces —comenta jovial la condesa, sirviendo dos vasos de whisky con hielo. Le ofrece uno, sentándose de piernas cruzadas frente a el—
—Infeliz —aúlla colérico— ¡Tu mataste a mi padre!
—Y tu al único hombre que lo sabía.
—¡¿Encima lo admites?! —chilla.
—Lo admito. Y no me arrepiento en lo más mínimo —Iris junta el entrecejo, con expresión nauseabunda— Tu padre era un cerdo, Félix.
—¿Qué has dicho? —esboza, aún mas irascible que antes— ¿Cómo te atreves?
—No. ¿Cómo te atreves, tu, a negarlo? —advierte con actitud amenazante— ¿No crees que ya estas bien grandecito para asumirlo? Eres solo un imbécil más, cegado por la realidad.
—Todos estábamos conscientes de que Colt no era de los trigos muy limpios. Pero eso no te daba derecho a acabar con su vida.
—Te hice un favor, Fathom —revela Verdi— Aunque realmente no lo hice por ti. Era una deuda que mi madre asumió cuando estaba con vida, con la tuya.
—¿Qué estás…? —Félix se rigidiza al instante. Ahora sí, que no está entendiendo nada— ¿Qué es lo que ocultas, Lila? ¿De que deuda hablas? ¿Mi madre conocía a la tuya?
—Dime una cosa, conde —la gitana se levanta del sofá, desplazándose hacia uno de los muebles para observar un retrato antiguo— ¿Lady Amelie nunca te habló de "Cérise"?
—¿Cérise…? —parpadea, anonadado— No tengo idea de quien es esa persona.
—Era el ama de llaves que trabajaba en la mansión Graham de Vanily, mucho antes de que tu nacieras —manifiesta la muchacha, mostrándole el marco que sostiene. En efecto, es una fotografía de una mujer joven, en casa de su familia— Ella era mi madre. Una mujer humilde, trabajadora, iletrada, la pobre. Pero con un gran corazón. Cuando Amelie y Colt se casaron, tus abuelos la mandaron con ellos a servirles. Y no pasó mucho tiempo para que ella y la condesa se hicieran buenas amigas. Mas bien…intimas, amigas.
—Esto…tiene que ser una broma…—Fathom bebe un sorbo casi completo, de su brebaje. Y se sienta a escuchar el relato con mucha atención.
—Las cosas hubieran salido bien y quizás, mi madre seguiría trabajando en esa casona hasta estos días, si no hubiera sido por el animal…—Lila lo asesina con la mirada— Al que llamas indecorosamente, como tu padre.
—Lila…—traga saliva, atormentado por preguntar y enterarse de una verdad, que puede le destruya— ¿Qué demonios hizo Colt…?
Comienza su relato, en forma de Flashback al pasado.
—Racconto—
—¿Se siente bien, mi señora? —consulta la sirvienta, preocupada— La noto pálida esta mañana.
—Colt está cada día más insoportable —advierte la rubia, acongojada— Y todo porque aun no he logrado concebir un hijo.
Por esos años, el conde Fathom había comenzado a caer en la bebida con mas fuerza. Producto de su frustración masculina de no lograr darle un heredero a la familia. Que era, básicamente la razón de su unión, en un matrimonio arreglado y concertado previamente. Y por mas que lo intentaban, Amelie no lograba quedar embarazada. Por las noches, las peleas se acrecentaron. Y mi mamá terminó inmiscuida en el asunto cada vez más, temerosa de que aquel hombre iracundo pudiese llegar a golpearla. Intentó muchas veces intervenir, pero fue en vano. No se puede lidiar con una situación de maltrato, cuando es la propia victima quien solapadamente encubre al victimario.
—Esta situación no puede continuar así, Lady Amelie —advierte la ama de llaves— Lord Fathom terminará pegándole un día de estos, ni dios lo permita.
—Todo estará bien, Cérise —falsea Graham de Vanily, haciendo amago de normalidad— Colt solo se pone así cuando bebe de más. Pero es un buen hombre en el fondo. Solo está defraudado de mí.
—Todos los días, bebe de más…mi Lady —la fémina se aproxima a su ama, tomando sus manos— Y si me permite, con todo respeto…creo que echarle la culpa a usted de esto, no me parece correcto. Los hijos se hacen de a dos.
—Lo sé, pero…—manifiesta la ojiverde, avergonzada de lo que dirá— se que la del problema soy yo. Soy yo quien no permite que me toque correctamente para…concretar el acto. No lo entenderías. Es como si mi cuerpo…lo rechazara —se abraza así misma, desconsolada.
—Es natural. Le repugna…
—No lo amo, Cérise —Amelie se toma la cabeza, agraviada— Y temo que no lograré darle nada…
—No importa que pase. Yo siempre estaré aquí para usted —sentencia la moza, con lealtad— Estoy de su lado. Cuente conmigo para lo que requiera.
Pero la ingenuidad y la torpeza de Amelie, tarde o temprano culminarían por pasarle la cuenta. Mi madre se lo había advertido. Ella simplemente, creyó tener la situación bajo control, en el momento más turbulento de todos. Hasta que una noche de invierno, el peor miedo que una mujer puede llegar a sentir, tomó forma; en un acto cobarde y avasallador de violencia desmedida.
El ruido de materiales cayendo al suelo, diluido con golpeteos violentos no se hizo esperar. Alertada, Cérise corrió al cuarto que ambos compartían. Todo, era un caos.
—¡Te odio! —berreó entre lágrimas, la aristócrata— ¡Eres un bastardo, Colt! ¡Lárgate de mi vista! —acometió contra él, lanzándole un candelabro apagado— ¡TE ODIO!
—¡Te lo buscaste, Ame! —vociferó enajenado el varón, saliendo por la puerta— ¡No me dejaste otra opción! ¡Aprenderás por las malas!
—¡¿Lady Amelie?! —Cérise interrumpe la escena— ¿Qué ha pasado?
Amelie lloraba en posición fetal sobre la cama, cubriéndose el rostro y el cuerpo con manos y cojines. Divisó un rastro de sangre, sobre las sábanas. La escena, hablaba por sí misma.
—Lord Fathom…—murmura estupefacta la muchacha— ¿Qué ha hecho, señor…?
—¿Tu que me ves, mujer? —la empuja encendidamente hacia atrás— ¡No tengo por qué darle explicaciones a la servidumbre sobre lo que hago con mi esposa! Tsk…son todas ustedes iguales. Lacras —sale del cuarto.
—Lady Amelie —Cérise se abalanza para auxiliarla— ¿Se encuentra bien? ¿Qué le hizo el conde? ¿La ha lastimado? —pero ella no responde— Ama…—traga saliva, nerviosa tras examinar la mancha sobre las colchas. Esta, proviene fehacientemente de entre sus piernas— No puede ser. No me diga que…
—Ya no hay nada que pueda hacer al respecto, mi niña —confiesa devastada la británica— Mi propio esposo…me ha tomado por la fuerza. Y me ha dicho, que lo seguirá haciendo…hasta que le dé un hijo. Este es el fin para mí.
—No lo permita. Por favor, sea fuerte. No caiga en esto —la acompaña en su dolor, abrazándola con pujanza— Yo mejor que nadie, sabe lo que se siente…traer al mundo a niños frutos de una violación. No haga lo mismo, se lo ruego. No tiene por qué ser una tortura. Hágalo mas ameno. No se imagina el peso que eso conlleva…
—Tu eres mi única amiga, Cérise —Amelie le abraza, sollozando contra su cuello como una niña pequeña— No quiero que vuelva a asaltarme así. Fue un monstruo…
—Venga. Le prepararé un baño y vamos a limpiar este desastre —la moza la jala del brazo.
—No puedo…caminar bien…—musita adolorida, la ojiverde— Me tiemblan las piernas.
—Yo la ayudo. Venga…—enuncia, removiendo los lagrimones que caen por su mejilla— Usted seguirá siendo para mí, una Graham de Vanily. Y tendrá a ese hijo. Ya lo verá.
Al igual que yo, mi madre, mi abuela y su madre antes que ella, mi familia se rodeó de misticismo arcano; dotado de una herencia que pasó de generación en generación. No somos brujos. Pero sabemos cómo utilizar la energía y la fuerza para nuestra conveniencia. Mi mamá y la tuya, hicieron un pacto gitano. Uno parecido al nuestro. Solo que aquí no hubo la necesidad de matar a nadie de manera física. Si no mas bien, de una forma mucho mas etérea.
Con el paso del tiempo, eventualmente Amelie quedó finalmente embarazada de ti, Félix. A pesar de que la condesa insistió en que le revelara que fue lo que había sacrificado a cambio por los dotes de los ancestros, Cérise se rehusó, manifestando que tarde o temprano, sería el universo quien le mostraría la verdad. Y fue así, como pasaron las cosas al pie de la letra. Cuando Colt Fathom se enteró del embarazo, se desligó completamente de su esposa con esos temas. E inició así una aventura pérfida de buscar calor en otras mujeres.
¿Quieres saber que es lo que había dado mi madre a cambio de tu vida? Lo único y más preciado que podría tener, una mujer pobre, de baja sociedad: Su honor y dignidad.
Amelie, descubrió a mi madre y a Colt, follando en los establos. Que no te extrañe, conde. Se había salvado todo este tiempo por mera suerte. Era muy normal en la época que los patrones abusaran así de sus nanas. Lo que no contaba ella, fue la reacción de la que alguna vez, consideró su amiga mas cercana.
—¿Qué demonios significa esto? —increpa Amelie, absorta— ¿Cérise?
—¡Ah! Carajo —chasque Fathom, empujando a la muchacha con actitud asqueada— ¡Ya suéltame! Ame, esta mujerzuela se me tiró encima —miente, sin tapujos— Tu ya sabes como soy, no me culpes. Soy débil a la carne, jeje…
—¡Mi lady! ¡No es lo que usted imagina! —protesta Cérise, con la ropa ultrajada— ¡No es así! ¡El conde Fathom me-…!
—Cállate, sucia campesina —Colt la increpa, tentado a cachetearla— ¡Como te atreves a insinuar que me metería con una pordiosera como tú! Mis gustos son mucho más refinados que eso.
—¡Pero si usted me buscó! —reclamó entre lágrimas— ¡¿Por qué miente así?!
—Cérise —sentencia Graham de Vanily, fulminándola con la mirada— Será mejor que tomes tus cosas, te vayas por favor.
—¿Condesa…? Pe-pero…y-yo no…
—Ya escuchaste a mi esposa, zorra —carcajea el norteamericano.
—Tu cállate que contigo hablaré luego —masculle molesta la rubia— Vete a la casa, Colt. Tendrás que darles unas buenas explicaciones a mis padres mañana, por lo demás. A menos que quieras que este bebé que acarreo en mi vientre, termine con otro apellido. ¿Me oíste?
—Tsk…si, si, ya —refunfuñe, largándose.
Amelie no tuvo compasión. Sin si quiera hacerle honor a la poca confianza que se tenían, terminó por expulsar a mi madre de la mansión. Yo era una bebé recién nacida aún, así que no me enteré de esto hasta que cumplí la edad suficiente como para entender la mierda que eran los aristócratas. Crecí con el odio, atragantado como una daga en mi yugular. Y cada vez que los veía pasearse por el mercado con sus pomposos vestidos y siúticos trajes de sastrería italiana, desee sus muertes.
Mamá murió un invierno muy crudo, de tuberculosis. Yo tenía 15 años para ese entonces. Pero había urdido un plan en mi cabeza. Una forma de venganza, en su nombre. Utilizaría todas mis herramientas y mi ingenio para tener una posición lo suficientemente alta, como para cerrar el ciclo.
—Fin del Racconto—
—Solo para dejar en claro, Félix —Iris fuma un cigarrillo delgado y largo— No odio a Lady Amelie. Al contrario. Le tengo mucho cariño. Sería patético de mi parte juzgarla por algo de lo cual, ni si quiera ella estaba consciente —bebe un sorbo de su trago— Esto era personal en contra de Colt Fathom. El único culpable y responsable, de envenenar la amistad que ellas dos se tenían. Además de otras…menudencias de las cuales me enteré luego. El maldito visitaba los burdeles en busca de menores de edad y eso, con mayor razón me impulsó a acabar con su vida. Al final, todos salimos ganando —se encoge de hombros— Tu, yo, tu madre, la mía, las muchachas, el mundo y quizás los osos polares. No lo sé. Ya a estas alturas, me da lo mismo. Solo quería que supieras la verdad.
—Y entonces yo debo creerte todo este cuento, como una verdad absoluta ¿No? —expresa el capitán, pálido como un fantasma. De ha enterado de lo mas horrendo, que se pueda imaginar— Porque asumo, que mi madre jamás me lo dirá.
—Yo creo que si —sonríe ladina— Es cuestión de que se lo plantees. Pero conociéndote, conde…dudo lo hagas. Amas con devoción a tu progenitora, tanto como yo a la mía. Así que serás un hombre sensato como se que lo eres y cerrarás la puta maldita boca. Ahorrarle recordar malos momentos.
—¿Qué mierda es lo que quieres de mí? —aprieta el vaso con impotencia.
—Ya te lo dije, Graham —ríe grácil— De ti, nada. Todo lo que aspiré en algún momento, ya me lo dieron. Mira donde estamos parados ahora. ¿No te parece una casa hermosa? Ya tengo lo que buscaba. Todos los pactos están cerrados ya. Incluso el nuestro —alza su vaso, brindando al aire— Solo quería dejártelo en claro, para que puedas avanzar con tu vida en paz. De la misma forma que haré yo ahora.
—Si odiabas tanto a Colt ¿Por qué me ayudaste? —le interpela el capitán— Después de todo, soy su hijo.
—¿Puede un árbol, seguir considerándose como uno incluso sin ramas y hojas?
—¿Cómo? —cuestiona, confundido.
—¿Sigues siendo el hijo de Colt Fathom? —Iris apaga su tabaco y se levanta, rellenando su vaso de whisky— Porque tus ojos me dicen, que eres mas bien el hijo de Amelie Graham de Vanily.
—Ninguno hijo tiene la potestad de escoger a sus padres…—murmura cabizbajo, llevándose a los labios la solución alcohólica.
—Discrepo en ello, estimado —choca el vidrio contra el suyo— Todos tenemos opción a elegir. No siempre el que engendra, es el que cría —se pasea por el salón, dándose un giro picaresco— A todo esto ¿Cómo te va con la joven duquesa francesa? ¿Te da tregua al menos? —se mofa, entretenida.
—¿Cómo es que sabes que…? —se ruboriza al instante.
—Tómalo como un bonus —le guiñe el ojo— Cuando pides vida al universo, vida es lo que te da. Y la vida en su máxima expresión es… ¿Cómo te lo explico? —alza las manos— Pasión. La mas pura y ferviente de todas. No te preocupes por tu esposa, estará bien. Seguirá desbordando esa energía, por mucho mas tiempo. Hasta que cumplas con tu rol de germinar en ella lo que, por deber, te corresponde.
—¿Mi…deber? —no comprende.
—Ha sido una buena platica. Muy productiva, por lo demás. Pero ya estoy cansada y bebí de más —chasquea los dedos. El irlandés brota por el living— Chris te acompañará a la salida.
Félix camina hasta el vestíbulo, siendo escoltado por su mayordomo. Este, le entrega su sombrero y le abre la puerta. Aunque no sin antes, aclarar una duda que le asalta con mucha intencionalidad.
—Dijiste que anteriormente estuviste casada con un adinerado hombre y que enviudaste —interviene el rubio, con suspicacia— ¿Acaso lo mataste también?
—Se cuenta el milagro, pero no el santo, conde —se encoge de hombros.
—Si…ya me lo suponía —frunce el ceño, burlado— ¿Tuviste algo que ver con la muerte del esposo de Kagami también?
—Bah…—Iris hace amago de obviedad, restándole importancia— Londres es una ciudad enorme, capitán. Y todos los días te encuentras con depravados a la vuelta de la esquina. Un japones mas un japones menos. ¿A quien le importa? —esboza con dejo de arrogancia— La condesa Tsurugi es una mujer excepcional. Y como tal, merece un caballero excepcional a su lado. Alguien que no le de deshonor a su familia. Solo le aminoré la carga, para que ella hiciera lo que debía hacer como corresponde.
—Es como pensé. Kagami fue quien lo mandó al otro mundo —traga saliva— ¿Hay algo que no me estés contando, Lila? Veo que has urdido una red muy extensa de personas que me rodean de manera muy íntima —insiste una vez más, embrollado con su relato— Se que tu y tus cartas te dicen cosas, que yo desconozco.
—Las cartas no dictan futuros. Solo destinos. Y somos nosotros quienes debemos actuar en pos de ellos para que estos se cumplan como está pactado —Verdi se aproxima a su invitado, depositando un beso escueto en su mejilla. Acto seguido, susurra en su oído— Dale mis saludos al marques Adrien Agreste de mi parte ¿Quieres? Estará contento, con el resultado —finaliza, apretándole el bulto sobre el pantalón.
—¿Q-Que estás haciendo…? —Félix da un paso hacia atrás, indiscutiblemente colorín hasta las orejas— ¿Por qué me…?
—Gózalo esta noche ¡Jajaja! Buena suerte, conde —lo despacha.
[…]
—¿Félix? —consulta una tímida Marinette, en el marco de la puerta del cuarto— ¿Te encuentras bien? ¿Cómo te ha ido con la gitana? ¿Pudiste hablar con ella? ¿Aclaraste dudas? ¿Qué te dijo sobre Colt? ¿Estás-…?
—Ya no hables más, esposa —expresa jadeante el británico, con los pómulos febriles en lujuria— Estoy duro como una maldita roca y si no te tomo ahora, no me lo perdonaré jamás —confiesa, abalanzándose hacia ella para arrastrarla hacia la cama.
—¿Qué estás-…? ¡Mhn…!
A la mañana siguiente. Mansión Graham de Vanily. 10:04AM.
—Buenos días, niños —les saluda Amelie, sonriente como de costumbre— ¿Cómo han dormido? —hace una pausa, preocupada— Oh… ¿Qué ha pasado, Marinette? Estás cojeando de un pie.
—N-no…no es nada, suegra…—desvía la mirada, abochornada por completo en un intento por no ver de frente a su marido y delatar lo que hicieron la noche anterior— Me caí de la cama anoche, es todo…
—Con cuidado, cariño…—Félix le corre la silla, simulando no ser participe para nada del malestar de su mujer.
—Válgame dios —se toma el pecho, asustada— Tendrás que tener más cuidado con esas caderas o te las podrías fracturar. Tengo una amiga en la iglesia que acabó fatal luego de ir a cabalgar y-…
Silencio sepulcral en el ambiente. De manera sorpresiva e indiscreta, Félix a abrazado a Amelie en medio del comedor, en un acto de redención, mas que otra cosa. De un momento a otro, solloza. No emite comentario alguno. Tan solo, desea darle las gracias por haber sido tan valiente de antaño y traerlo a la vida, a pesar de la crueldad de sus vivencias. Su madre no comprende el gesto. Confundida, corresponde su abrazo. No lo cuestionará. Apela a sus buenas intenciones, como niño de bien que ella cree que es.
—¿Todo bien, mi pequeño mago?
—Todo bien, madre —sorbetea Fathom, sin permitirle dejar ver sus lágrimas. Regresa a su silla y se recompone— ¿Qué hay de desayunar? Muero de hambre.
—Todo muy abundante para ustedes dos, mis jóvenes recién casados —murmura menuda, la mujer— Espero hayan pasado una luna de miel increíble.
—La mas linda de todas, mamá —el capitán toma la mano de su pareja sobre la mesa, y les sonríe a ambas— Ya todo estará bien, ya lo verás.
—No sabes cuanto me alegra oír eso, querido —le ofrece un brindis, con su taza de té— ¿Volverán a Francia?
—Mañana zarpamos de vuelta —argumenta su hijo— Pero quiero que sepas, que en todo momento estarás en mi corazón ¿Sí? No lo olvides.
—No lo olvido —asiente satisfecha— Cuentan conmigo, para lo que gusten. Y siempre serán bienvenidos en casa.
[…]
Félix no habló ni una sola palabra con respecto a su visita con esa gitana. Aunque intenté escuetamente sacarle algo de información, solía evitar el tema cambiando el rumbo de este con otras cosas. De vuelta en tierras galas y luego de tres días de viaje, me rendí a ello. No pretendo atosigarlo o comprometerlo a algo de lo cual, posiblemente no se sienta listo de hablar. Confió en él. Se que cuando se sienta preparado, lo platicaremos como el matrimonio consolidado que somos. Estuvimos un mes y dos semanas fuera. Creí que como ya había paseado en barco antes, no me sentaría mal el navegar. Pero me anduve mareando mas de la cuenta durante el trayecto. Afortunadamente traje algunas hierbas que mi suegra me regaló en Londres y con algunas infusiones, calmé mis malestares. Mi esposo se preocupa muchísimo cuando presento alguna incomodidad. Por mas mínimo que sea. Temo que sea producto de su temor al verme caer en ese sueño letárgico que mi enfermedad provoca. Pero con paciencia y mucho cariño, le calmo y le explico que no funciona así. No lo culpo. Pobre…de seguro está asustado. Solo puedo limitarme a darle paz y sosiego entre tanto. Porque ni si quiera yo, sé cómo funciona esto.
De vuelta en casa, nos enteramos prontamente de dos excelentes noticias. La primera, que Luka y Zoé se habían comprometido en matrimonio. Y la segunda, aún mas jubilosa de todas: Adrien y Kagami consolidaron su relación, saliendo oficialmente en "cortejo", con la venia de la señora Tomoe Tsurugi. La misma, que viajó explícitamente para conocer a los Agreste en Orleans. ¿No les parece increíble? Con mi esposo no podíamos si no profesarnos jocosos por las buenas algarabías. El 12 de abril de 1722, fuimos a la boda de mis amigos. Estuvo maravillosa. Ahora entiendo lo que sintieron mis invitados cuando asistieron a la mía. Es un momento tan lindo, que no tengo palabras para describirlo de manera templada. Rayo en la locura.
Zoé se veía radiante esa tarde. Y Luka por su parte, tan varonil en su traje blanco. Luego de la ceremonia religiosa, nos pasamos a la casa de los Couffaine para el banquete. Aunque la tertulia no estuvo del todo exenta de polémicas.
—¡¿Qué haces aquí, Jagged?! —berrea Anarka, furiosa— ¡Tú no eres bienvenido!
—¡¿De que hablas, mujer?! —se defiende el musico— ¡Claro que sí! ¡Luka me invitó a su boda!
—¡A la boda, pirata! —farfulle— ¡Pero no a mi casa ni mucho menos al banquete! —coge una silla— ¡Largo! ¡No quiero infieles aquí!
—Mamá, por favor —interviene el peliazul, ofuscado— No hagas un escándalo ahora ¿Quieres? Mucho menos el día más importante de mi vida.
—¿Tú lo invitaste acaso? —su madre lo increpa, refunfuñando.
—Bueno…tenía pensado hacerlo. Sigue siendo mi padre después de todo…—expresa el ojiazul— Pero…alguien mas se me adelantó.
—En realidad fui yo —intercepta Juleka, asertiva— Papá tiene derecho a asistir, tanto como tú, mamá.
—¿Juleka? —parpadea estupefacta la mayor— ¿Con el permiso de quién, jovencita?
—Con el de mi hermano, ya que es su matrimonio —sentencia— Así que, por favor, baja eso y compórtate como una buena suegra. Le estás dando una pésima impresión a tu nuera.
—Pero…—Anarka calle de golpe, abochornada. En efecto, Zoé le contemplaba pasmada un poco mas allá— Bien, joder. Solo por hoy, haré una excepción. Además de que ha asistido ministro Bourgeois y no quiero más escándalos familiares.
—Ni si quiera estamos divorciados, Nanarki —ríe con sarcasmo, Stone— Así que no cantes victoria ante otros.
—Al diablo se le vigila de cerca, bribón —lo asesina con la mirada.
Aprovechando el desmadre, fue ahí, donde di mis primeras impresiones de casada.
—No te miento, Marinette —bromea Nino— Alya no paraba de decir que tu y Félix se perdieron en un tifón en medio de la nada.
—¿Por qué no me sorprende? —se mofa la señora Fathom, con ironía— Mi amiga tiene una imaginación de oro.
—¿Y que esperabas, chica? —la increpa Césaire— ¡Te nos desapareciste!
—Si. Pero es porque me casé, Alya —la peliazul lo da por hecho— Me fui de luna de miel. Lo normal es que me desaparezca ¿No crees?
—No de tu mejor amiga ¿Sabes? —apela a su buena confianza— Mínimo escríbeme para dar signos de vida.
—Discúlpame. De verdad, me pasé —se defiende Dupain-Cheng, melancólica— Fue sin querer, en serio. Es que…no sé como explicarte lo mucho que me metí de lleno en el tema, jeje…
—Hablando de eso…—Alya la jala del brazo hacia un costado, musitando bajito— ¿Y? ¿Qué tal? ¿Ya se lo viste?
—Dios mío —se sonroja por completo— ¿Otra vez con eso?
—Ya pero ahora si que no puedes hacerte la loca —arquea una ceja, con sarcasmo.
—Vale, vale. Si…—Marinette baja la voz, con una expresión morbosa en los labios mientras genera figuras fálicas con las manos— Así…de este porte…
—¿Cómo que así? —la morena traga saliva, atónita— Eso no es posible…
—Te digo la verdad. Lo vi —musita— Hasta lo degusté, vieras tu.
—¡Pero este chico es un elefante o que! —brinca, aterrada.
—¡Alya! ¡Shhh! —la ojiazul la cubre la boca, febril— Baja la maldita voz o no te cuento nada más, carajo.
—Ya, ya. Lo siento…—se rasca la nuca— Wow…quien lo diría. El conde ingles se traía un arma entre manos.
—¿Qué entre manos? Entre piernas —comenta burlesca.
—¡Jajaja! —Alya le da un codazo— ¡ASÍ ME GUSTA ESCUCHARTE! Yo me imagino que gozaste de sobra tu luna de miel ¿No? ¿Satisfecha?
—Y un carajo —Marinette se muerde el labio inferior, frustrada mientras mira a su esposo a lo lejos— No es suficiente. A este me lo quiero montar 24/7. Pero no se deja siempre, tsk…
—¿Tan así? —sisea, en tono rufianesco.
—Tan así —berrea, frustrada— Creo que me casé con un hombre con muchos antecedentes. O no sé. Capaz estoy imaginando tonterías.
—Son tonterías, amiga —comenta su compañera, con animosidad de alegrarla— No creo que sea eso. Yo me atrevería a pensar que…como tiene tanta experiencia en el tema e hizo lo suyo, nunca conoció a una mujer como tú. Vamos, que le diera guerra.
—¿Crees que le quedé grande?
—No sé si grande. Pero, Marinette…—Alya le toma la carita, solo para que mire fijamente a su esposo— Ese hombre te ama por la vida. Míralo…
—Lo miro…—exhala, embobada con su perfil— Es…hermoso…
—¿Ya ves? Es por eso —espeta la morena— Ya no divagues en pensamientos que puedan ensuciar tu matrimonio. El conde Fathom está loco por ti. Y es natural que no te trate como si fueras una trabajadora sexual. Estoy segura de que está dando lo mejor de sí. Solo para demostrarte, lo mucho que te ama.
—Ya lo creo…—balbucea la duquesa, notando como su cónyuge la saluda de lejos. Ella responde torpemente con la manito— Cosita bonita…—se le suelta la mandíbula.
—No babees —le cierra la boca— Dale chance —suspira— Estamos al tanto del historial del conde. Pero dudo mucho, que en serio solo esté buscando eso contigo.
—No. No busca nada similar y quizás es eso, lo que lo empuja a ser tan mesurado e indulgente conmigo a la hora de intimar —manifiesta, sin animosidad de injuria— Estoy procrastinando. Félix ha demostrado que soy su esposa, incluso en las sábanas. Quiere hacerme ver como una diosa, más que como un objeto. Así que, me quejo de llena nada más.
—Amiga, reacciona —berrea, frustrada— Eres más que una diosa. Félix te ve como la madre de sus-…
—¡Atención chicos! —Adrien golpetea su copa con un cuchillo de mantequilla para llamar la atención de los invitados— Esta es una noche estupenda y quisiera promover un brindis por los novios. Luka y Zoé. ¡Viva el amor!
—¡Viva! —alardean unánime todos.
—Y aprovechando la oportunidad, quisiera enunciarles otro acontecimiento increíble para mi —el joven Agreste hace una pausa, mirando a Kagami entre los comensales— Que he encontrado a la mujer de mis sueños y he decidido, compartir mi vida con ella —nuevamente alza su copa— La condesa Tsurugi ha aceptado mi propuesta. Oficialmente, estamos comprometidos ahora. ¡Nos casamos el 15 de mayo!
—¡VIVAN LOS NOVIOS! —alardean una vez más, bebiendo a destajo.
—¡Pff! —Félix escupe su trago, atragantado— ¿Qué?
—Hey, respira —Lahiffe le golpetea los omoplatos al inglés— ¿Qué te pasó? ¿Una aceituna o algo así?
—Un maní, más bien —tose— ¡Cof! ¡Cof! ¡Cof! —Ella dijo: "Dale mis saludos al marqués Adrien Agreste de mi parte ¿Quieres? Estará contento, con el resultado" — ¿Se refería a esto? Pero esa mujer es adivina ¿O qué?
—¿Quién? —interviene Nino, quien lo ha escuchado hablar en voz alta.
—N-no yo…me refería a la monja del convento al que fue mi mamá —falsea Fathom, de manera pueril— ¿Qué significa esto? Si, se que yo los presenté, pero… ¿Lila ya sabía?
Félix y Kagami intercambian miradas indiscretas, en medio del salón. No era una escena realmente cómoda de evidenciar en todo su apogeo, pero sin duda que dejaba en claro un tema en su relación. Aun tienen asuntos que platicar. El varón, asiente con la mirada a lo lejos. Ella, imita su porte gentil y regresa contenta hacia su novio y futuro esposo. El resultado de un lenguaje corpóreo no plausible, los convoca a reunirse en el jardín trasero de la casona de los Couffaine.
—Quien lo hubiera imaginado —comenta Félix, chocando su copa con la de ella en modo gentil— Tu y mi primo hermano juntos.
—¿Estás celoso acaso? —arquea una ceja, entretenida.
—Un poco. Pero no realmente por ti —divisa de reojo al marqués— Temo que ahora me lo robes.
—Ni casado desaprovechas tu humor negro —se mofa la japonesa, bebiendo un sorbo de su bebida— Pierde cuidado. No pretendo alejarte de el ni por un segundo. En realidad, busco todo lo contrario —regresa la vista al salón— Me han hablado maravillas de la duquesa Dupain-Cheng.
—Señora Fathom, ahora —aclara, sin animosidad de reproche.
—Que modesto, capitán —balbucea de vuelta, jocosa— ¿Hace falta alardear tanto?
—¿Por qué no? —bufa el británico, con cariño— ¿Tu no harías lo mismo con Adrien?
—Ciertamente. Esta es la parte en el que nos jactamos ambos de nuestra suerte —le concede Tsurugi, encantada— Adrien es sin duda un excelente partido. Y un hombre digno de mí.
—No tardarás mucho en enamorarte de él —añade, encendiendo un cigarrillo— Es un muchacho encantador.
—¿Quién te dijo que ya no lo estoy? —revela, primorosa.
—Solo me fui un mes y medio —enuncia desprolijo, el conde— ¿De qué me perdí?
—En otra época, te hubiera dicho que de mucho —acepta Kagami, cerrando los parpados con sumisión— Pero viendo a la increíble mujer que tienes a tu lado, eso sería una soberbia de mi parte. Nada que realmente importe.
—Te hará muy feliz, Kagami. Confío en el —manifiesta grácil— Tanto, como tu tienes que estar segura de que Marinette lo hace conmigo.
—¿Cómo te fue en tu luna de miel por Inglaterra? —pregunta la nipona, tragando el brebaje de su copa y retomando la vista hacia el patio trasero— Supe que recorrieron parte de irlanda incluso.
—Bien. Casi de ensueño, la verdad —confiesa con los pómulos teñidos de un tono carmesí— Mi esposa es muy voluntariosa a la hora de ejercer su amor por mí. En efecto, ella quería conocer toda la isla y parte de los territorios del imperio. Si bien el viaje sirvió para vehementemente afiatar nuestra relación, no estuvo aislada de algunas polémicas.
—¿Discutieron acaso?
—No. Nada de eso. Mas bien…—Fathom aprieta los labios, con desazón— Me enteré de algunas cosas que no creí poder hacerlo. Y de alguna manera, me marcaron muchísimo. Incluso llegué a vislumbrar con la verdad, ciertas situaciones anómalas que no tenían sentido para mí.
—Vaya…pero… —musita la aristócrata— ¿Pudiste solucionar esos temas o quedó algo pendiente?
—Ningún pendiente ya —niega con la cabeza— Todo saldado. Mas bien, las paces debería hacerlas yo conmigo mismo.
—Félix…—Tsurugi lo mira a los ojos, con intencionalidad— Ahora que Adrien y yo seremos marido y mujer, no quiero que te sientas con la obligación de aceptarlo o tentar a la fuerza, concebirte parte de esto. Quiero que sepas, que tendrás por mi parte todo el tiempo que gustes para asimilarlo.
—¿El que?
—El que ahora seremos oficialmente familia —reconoce.
—¿Qué te hace pensar que me desagrada tal cosa? —pregunta, confundido.
—Tu primo ha preguntado insistentemente sobre nuestra relación en el pasado —revela la peliazul, cabizbaja— Y he de admitir que le mentí en todo momento. No me siento apta para contarle lo que vivimos juntos. Pero hay una parte de mí, que se ha atosigado de miedo y culpa de por medio.
—¿Eso que significa? —alza una ceja— ¿Quieres que sea yo quien le cuente lo que tuvimos?
—Me avergüenza tener que pedir algo así, pero no soy la persona mas indicada para dicha tarea —explica— Mas que mal, soy una dama. Una condesa. No se me está permitido indagar en mis sentimientos con tanta soltura.
—¿Pero no crees que eso sería bueno para reforzar su confianza? Quiero decir…no te lo tomes a mal —rasca su nuca, liado— Es solo que creo…que tiene derecho a escucharlo de tus labios, mas que los míos de manera infame. Conozco a mi primo. Podría llegar a tomarlo de mala manera. Casi, como una traición.
—Vale. Pero es que…no me siento lista.
—Cuando te sientas, te recomiendo hacerlo tu —le toma el hombro, con nostalgia— Yo no tengo pito que tocar en este cuento. Lo nuestro quedó enterrado en el pasado. Estoy casado ahora. Tengo una familia por delante que forjar. Y tú deberías estar concentrada en lo mismo, más que en antañas vivencias que murieron bajo las arenas del olvido.
—Gracias. Si. Tienes razón —asiente, valerosa— Me hacía mucha falta hablar contigo sobre este tema en particular.
—Kagami. No importa que especie de lazo formemos en un futuro próximo —Félix revela con voz aterciopelada y aprecio sincero, acariciando su manito— Pase lo que pase, tu y yo seremos muy buenos amigos. ¿Sí? Cuenta conmigo para lo que gustes.
—Félix…—Kagami humedece la mirada, conmovida por sus palabras de aliento— Gracias. De verdad, yo no tengo amigos. No tengo a nadie en este mundo. Y ahora mismo-…
—Ejem —carraspea Adrien, con atisbos de recelo— ¿Interrumpo algo?
—Buenas noches, esposo —agrega Marinette a su lado, con dejo de desconfianza— ¿Todo bien por acá?
Automáticamente ambos jóvenes cortan lazos de golpe, distanciándose en sus lugares con nerviosismo. Simulando amargamente que nada pasaba, cada quien urde sus argumentos como puede para evitar un mal entendido áspero. Adrien y Marinette se observan por el rabillo del ojo, como quienes confabulan en una fatídica coincidencia del destino al pillar a sus parejas, juntas. Curiosamente, alejados de todos, solitarios y muy acaramelados, para ser sinceros.
—Condesa —murmura el Agreste— Venga adentro, por favor. Hace mucho frio y quisiera abrigarla.
—Si…ya voy —asiente, sumisa la nipona— Adiós, Conde —se despide del británico, con una reverencia airosa.
—Félix —sentencia Dupain-Cheng, mas dura que su compañero— Ve por tu sombrero y tu abrigo por favor. Nos vamos ya.
—¿Tan temprano? —pero a diferencia de Tsurugi, el hace sus reparos— Apenas la fiesta lleva un tanto.
—¿Qué pasa? ¿Acaso arruiné tu momento de diversión? —gruñe su cónyuge, con sarcasmo— ¿Habremos cometido un error, Adrien? —mira a su cuñado político.
—No lo creo, Marinette —Adrien le ofrece su abrigo a Kagami, fulminando a su primo con la mirada— Ya es tarde. Es hora de que se vayan.
—Primo…—Félix traga saliva, congelado. Exhala, derrotado— Si, mi amor. Ya voy. Solo deja despedirme de los invitados y-…
—10 minutos —advierte Marinette, con demanda— Te espero en el carruaje, marido.
—…
Mansión del matrimonio Fathom Dupain-Cheng en Orleans. 01:50AM.
—Eres increíble —balbucea iracunda Marinette, sentada frente a su tocador mientras se limpia el rostro con cremas faciales— No te lo puedo creer.
—Espero lo estés diciendo como un cumplido —sisea bromista, el varón. Se sienta al borde de la cama y se quita las botas— Sé que me amas en el fondo.
—No te burles así de mí, conde —advierte, mirándole por el espejo— Sabes muy bien a lo que me refiero.
—No. No lo sé —Fathom miente, desabotonando su camisa— ¿Me ayudas a entender por favor, duquesa?
—Creí haberme casado con un hombre —protesta, en tono damnificado— No con un niño.
—¿Al menos podrías darme el contexto de por qué injurias así mi masculinidad? —consulta, malogrado— Tengo derecho a saberlo.
—Cuando te dije que no te juzgaría por tu pasado, era real —relata Dupain-Cheng, ahora acicalando su cabello con ayuda de un peine— Jamás te dije nada malo sobre con quienes te encamaste. Te aguanté lo de Zoé, incluso. ¿Pero con Kagami? ¿En serio, capitán? —se gira a verle, insultada— ¿La condesa Tsurugi? ¿Ni ella se salvó?
—¿Qué quieres que te diga…?
—¿Siempre responden igual ustedes los varones? —le increpa— Cuando una chica les expresa todo, solo dicen: ¿"Que quieres que te diga"?
—En mi defensa, no es una forma de desacreditar tus sentimientos y minimizarlos ¿Ok? Es que me confunden…—confiesa Graham de Vanily, poniéndose el pijama— Digo eso por miedo a no saber que carajos esperan que digamos.
—La verdad, Félix. Nada más que eso, exigimos—interpreta la ojiazul, dejando de lados sus quehaceres nocturnos para encaminarse a el— ¿Qué cuesta algo de sinceridad?
—Dios mío, cariño. Lo dices como si nunca hubiese sido honesto contigo —murmura abatido el británico— No es por desmerecer tus sentimientos, pero ¿No crees que estás exagerando un poco ahora mismo? Eres la única mujer a la cual me he abierto…sin premuras. No me hagas esto.
—¿Entonces no lo estás negando?
—¿Cómo podría? —el militar hace amago de indefensa— No puedo engañarte. No a ti. Me lees como un libro abierto.
—Aun así, necesito preguntártelo de frente —se cruza de brazos.
—Si, Marinette —admite sin adornar nada, decaído— Por todos los dioses. Si. Me acosté con Kagami Tsurugi. ¿Estás contenta?
—No. Pero ¿Qué opciones tengo? —rueda los ojos.
—Muchas, mi amor —Félix se levanta de la cama, tomando sus manos con indolencia— Y una de ellas, es quitarte de la cabeza cualquier atisbo desmoral de profesar que aun pasa eso entre ambos. No es lo que crees. Eso quedó en el pasado. Con Kagami no tenemos nada mas que una bonita amistad ahora mismo.
—Es la novia de tu primo hermano…
—¡Por lo mismo! —exclama, frustrado— Por el hecho de que es la mujer de mi primo y porque te debo mis mas devotos sentimientos de fidelidad, que debes creerme y confiar en mí. Te lo ruego…—implora.
—Vale —suspira, asintiendo convencida— Digamos que yo te creo. Adrien no se siente igual, según vi.
—Ya sé…—Fathom le suelta las manos y regresa a la cama, sentándose desanimado— Yo mismo se lo advertí a Kagami esta noche. Conozco a mi primo hermano. El es un buen chico, pero con muchas inseguridades. Y temo con apremio que llegue a estropear su relación con la condesa Tsurugi por hilar mas fino y sobre pensar situaciones que no existen mas que en su cabeza imaginativa —alza la vista, despojado de toda esperanza— ¿Qué debo hacer? ¿Debería hablar con mi primo acaso? ¿Contarle yo?
—No. Nada de eso —niega, sentándose a su lado para acompañarle mas sosegada— No te corresponde. Es Kagami quien debe decírselo. Es lo que el necesita escuchar de sus labios.
—Es lo mismo que pensé yo…—sonríe, ladino— Estamos conectados, esposa mía…
—Pero si hay algo que podrías hacer mientras tanto, para mitigar el tema hasta que se aclare —comenta Marinette, dubitativa— Si Kagami no se lo ha dicho, es porque la pobre no se siente lista. Aunque no lo parezca, conozco como funciona el mundo machista y todo lo que rodea a una chica viuda. La pobre debe de tener mucho encima con que cargar —añade, tomando su mentón— Te recomiendo alejarte de ella. No será por mucho tiempo. Solo hasta que ellos dos…hablen. ¿Crees poder hacer eso?
—Me dolerá…—expresa Félix, desalentado— Pero si no me queda de otra ¿Qué mas puedo hacer? Lo asumiré. Mantendré distancia con ella, hasta que lo conversen. Lo prometo.
—Bien —asiente jovial, depositando un beso casto en su frente. Acto seguido, se mete a la cama, estirando las sabanas en el proceso— Ah…Félix…
—¿Qué pasa? —consulta lánguido, su marido.
—Tengo mucha hambre, jeje…—ríe su compañera, abochornada.
—Te prepararé algo de comer antes de dormir —se encamina obedientemente a la puerta— ¿Te apetece leche y fruta?
—Espera —lo detiene, ruborizada— No. Yo…tengo antojos.
—¿Antojos? —arquea una ceja— ¿De qué?
—¿Podrías cocinar tallarines en salsa roja al estilo italiano, mi amor? —pregunta, tímidamente.
—¿Fideos a esta hora, mi vida? —Graham de Vanily esboza sin desagrado, pero conmovido con su petición— ¿Segura?
—Si…segura —asiente, cual niña pequeña— Y luego de comer, vendrás para hacerme el amor. ¿Ok?
—Ok…—le guiñe el ojo, orgulloso— Lo que la señora Fathom diga. Ya vuelvo con su plato, madame.
A las afueras del hotel Jean Gourd. 02:01AM.
—Gracias, joven Agreste. Ha sido una velada maravillosa —reverencia con educación Tsurugi— Y sin duda, espero ansiosa nuestra boda dentro de poco.
—Un momento —le ataja el Agreste, sujetándola indiscriminadamente de ante brazo— Hay algo que necesito preguntarte antes de dejarte ir.
—¿Está seguro, Adrien? —consulta suspicaz la japonesa— Porque puede que este no sea el mejor momento para ello. Estamos en medio del frio de la calle.
—Lamento que no sea oportuno. Pero…—Adrien desvía la mirada, acongojado— Si no me lo aclara ahora, yo no-…
—Si —sentencia la mujer, sin más.
—¿Qué…? —parpadea, estupefacto.
—¿No es eso lo que quería escuchar?
—S-si…pero creí que-…
—Si, creyó bien —advierte Kagami, indiscriminadamente besando su mejilla en tono cariñoso— Si quiere saber detalles, lo hablaremos mañana ¿Ok? Por el momento, ya tiene la verdad en su boca. Y dependerá de usted juzgar.
—Bien…—murmura ruborizado el ojiverde, despidiéndola de igual forma— Mañana lo hablaremos mejor. Descanse, condesa Tsurugi.
Adrien la deja ir, observando como se encamina hacia la entrada del edificio. Aunque, en un acto soberbio y fuera de todo protocolo, la japonesa confiesa.
—Le amo, marqués. No lo olvide —sentencia, descalabrada— Hasta mañana.
—Si…—masculle entre dientes, en lo que ve llegar su carruaje. Se monta en el— Llévame a casa, por favor. Necesito…morirme.
[…]
—Que descaro —refuta Emilie, ofendida— ¿Cómo te atreves a pensar así de tu familiar y de la mujer con la cual te casarás?
Mansión Agreste. 02:30AM.
—Mamá, por favor, no-…
—No. Basta —espeta, molesta la rubia— ¿Qué te pasa a ti, niño? ¿Me acabas de decir que la muchacha se te confesó en la cara y me cuentas esto?
—¡Tu no lo entiendes! ¡No es tan simple! ¡Es solo que yo-…!
—Que. ¿Qué fue? —rezonga, iracunda su madre— ¿Qué demonios te ofende tanto, a ver? La chica ha sufrido suficiente. Se casó. Enviudó. No pretendas que seas el primer hombre en su vida, por todos los cielos. Adrien —le toma la cara— Yo no te eduqué así.
—Esto es distinto, mamá. Es que…—desvía la mirada, acongojado— Es Félix…
—¿Y cual es la diferencia entre Félix o su difunto marido? ¿Ahora le das crédito a una mujer por su pasado? —gruñe la señora Agreste, afrentada— Vale, entiendo tu punto. Pero prométeme una cosa. Y se sincero en esto.
—Lo haré.
—Como te aclaren este entuerto, dejarás de pensar mal de tu primo —advierte, sentenciando la situación— Promételo.
—Lo prometo…
—Júralo.
—Lo juro, por lo más sagrado…—revela, malogrado.
—Vale. A dormir entonces —Emilie lo arropa, besando su frente entre que lo cobija— Buenas noches, cariño.
—Buenas noches…mami —balbucea endeble, el rubio.
Silencio sepulcral en el cuarto. No, joder. No es lo mismo. No es lo mismo, y lo va a averiguar…aunque su mente juegue escenarios idílicos que nunca pasaron. Una escena. Solo una, asalta los pensamientos furtivos del marqués.
—Félix…—Kagami besa sus labios— Te amo…
—Te amo, Kagami…—corresponde— Por siempre y para siempre…
—No —rezonga Adrien, furioso entre lágrimas— No…—se levanta de la cama, desatándose para tirar todo lejos sobre su cuarto con violencia— No, Félix. Tu y yo…hablaremos de hombre a hombre…
