Capítulo XVI. El sacrificio
Las nubes encapotan el cielo sobre el Valle del Fin.
Sasuke aspira el olor fragante del bosque y la humedad proveniente de la gigantesca catarata, flanqueada por las estatuas del Primer Hokage y de Madara Uchiha. La frescura de la noche le cala hasta los huesos y la oscuridad lo amortaja como el sudario que nunca lo ha envuelto.
Inesperadamente, su sharingan reacciona con el acostumbrado sonido del acero desenvainándose. A unos metros, centellean dos límpidos ojos azules.
Naruto ha escapado del Infierno tras él y lo ha encontrado. El alivio y la felicidad lo llevan a recobrar el color negro de sus iris, pero al percibir más presencias, se gira hacia atrás y el carmesí brilla nuevamente en su mirada.
Madara Uchiha observa el enfrentamiento sin intervenir desde un promontorio cercano, junto a varios Zetsus que forman una corona macabra de hojas y sonrisas afiladas.
Pero es la pregunta de Naruto, a su espalda, la que congela la sangre de sus venas:
—¿Y ahora qué hacemos?
88888888888888888888888888888
—No está aquí.
En medio del cuarto de Orochimaru, Itachi y Naruto resoplaron, impotentes. Al despertar, se habían percatado con espanto de la ausencia de Sasuke y, arrastrados por una corazonada conjunta, corrieron a la habitación del Sannin para hallarla vacía.
—Nos queda otra opción: separémonos. Yo bajaré al túnel y tú trata de buscar en las plantas de arriba.
—Itachi-san…
—Sabes todo lo que yo sé. Lamento habértelo ocultado; si hubieses estado al tanto, quizá habrías podido detenerlo. Conservamos una oportunidad porque todavía no han descubierto cómo huir, pero yo…
—Itachi-san, ya es suficiente —lo cortó el rubio, ahora tajante—. No es culpa tuya.
Y salió de allí como una exhalación.
Mientras descendía a los subterráneos, la mente del Uchiha mayor era un hervidero de emociones. Condenado Sannin y sus palabras sedosas de falsa sinceridad. Había acabado tendiéndoles una trampa, como era de prever y Naruto recalcaba a todas horas. Pero era su propia conciencia la que más le torturaba. El auténtico responsable era él: el traidor sin entrañas que, por lealtad a los gobernantes de Konoha y para proteger a sus habitantes, asesinó a su confabulador clan y a toda su familia, empujando a su único superviviente a una existencia llena de odio y plagada de muertes encadenadas.
Itachi había transformado a Sasuke en lo que era y, por ironías de la muerte, también se había convertido en experto conocedor de los sentimientos de su hermano por el Uzumaki. Su meta era devolverlo a Konoha, no concebía otra justificación, pero iba a darse de bruces con el proceder habitual del futuro Hokage. La opción de llevarse a Sasuke consigo al Mundo de los Vivos ya habría sido descartada por el rubio en su momento, puesto que no era lo correcto. Contando con que los Números no interfirieran de algún modo ignoto y desastroso, Naruto se traería de la oreja a su díscolo otouto y permanecería en el Infierno con ellos durante el resto de su vida.
Lo cual los conduciría al punto de partida una vez más.
Aquello era un rompecabezas insoluble. Itachi sacudió la cabeza y la coleta de pelo oscuro se balanceó a su espalda. Su temor inmediato radicaba en que Orochimaru hubiese localizado ya otras salidas por su cuenta, o hubiera averiguado cómo franquear la de los túneles y se lo estuviese enseñando a Sasuke en ese instante…
La imagen aguijoneó sus piernas y se apresuró, escalones abajo, como si la quimérica salvación de su alma le fuese en ello. Al alcanzar la puerta de acceso al andén, dio un fuerte tirón y en dos trancos saltó a los raíles, acelerando hacia la zona de las obras. Con cada zancada iba rogando por lo bajo, pero las esbeltas figuras de su hermano y de Orochimaru, divisadas a lo lejos, reanudaron el ritmo de sus latidos y permitieron que recuperase el aliento.
"A los Dioses o Demonios que me hayáis escuchado: gracias."
Su instinto de anbu conectó el detector de anomalías en el entorno y reparó en que la galería estaba desierta. Ni Números, ni operarios, ni maquinaria en funcionamiento. Solo Sasuke y el Sannin conversaban junto a uno de los vagones del tren rápido, muy cercano a la puerta liberada del andamio que la había cubierto. La máquina había rebasado la estación de la Torre, recorriendo un buen trecho de los raíles hasta llegar a los pies de la lámina reluciente que los seccionaba como la hoja de una guillotina.
Itachi recibió así su primera revelación. No se imaginaba a los enclenques Números transportando sobre sus hombros todos los objetos, plantas y animales introducidos desde el exterior, por mucho que su comportamiento en otros aspectos fuese similar al de las hormigas. Sus viajes de aprovisionamiento requerían de un vehículo lo suficientemente grande y potente para realizar todos los traslados. La conclusión: el tren era la llave de la puerta.
Acto seguido, lo iluminó el segundo de sus descubrimientos chocantes. A través de los cristales tintados de la cabina, se adivinaba la silueta de un Número, tieso en su puesto de conductor. "A Sasuke no le va a suceder nada", se dijo el Uchiha mayor, reconfortado al constatar que una de sus peores inquietudes había resultado infundada. Su hermano y Orochimaru actuaban con el beneplácito de los Números.
Pero, ¿por qué? Era su pregunta recurrente. Ya no importaba el "cómo" de lo que estaba ocurriendo, sino el "porqué".
—Nos vamos —le anunció a Itachi un sonriente Sannin—. Si te apuntas como polizón, te reservaré un huequecito bajo mi asiento. Al otro lado, Sasuke-kun esperará con paciencia a su amigo; y dado que cuatro son multitud, tú y yo podríamos…
—Cállate y métete en el vagón, Orochimaru.
—Desdichado de mí —refunfuñó este—. Me habría ido mejor estimulando las compulsiones vengativas de un niño más considerado con sus mayores. Nagato poseía unos ojos interesantes, aunque… también asesinó al bueno de Jiraiya —rememoró el pálido ninja, arrugando el entrecejo—. Vaya fortuna, la de los Sannin con nuestros protegidos: te descuidas y te masacran por tu legítimo intento de usurpar su cuerpo adolescente, o si su sopa de tomate no está fría…
—¡Largo! —bramaron, a una, los Uchiha.
El viejo ninja se metió en el tren, siseando, y Sasuke suspiró.
—Quería despedirme de ti, nii-san.
88888888888888888888888
—¿Dónde te has escondido, teme? ¡Mierda, mierda, mierda! —maldecía el Uzumaki, en su recorrido por los pasillos interminables.
Era un consuelo que solo Itachi y él conociesen una forma factible de evadirse del Infierno y se encontrara al otro extremo de la pasarela. Pero a Naruto le angustiaba que los Números atrapasen a Sasuke tratando de fugarse y decidieran castigarlo por la mera tentativa. Su intención era persuadirlos de que su conducta era consecuencia de la influencia nefasta de Orochimaru, que le había llenado la cabeza de pájaros…
Como era normal, el cerebro de Naruto divagó sin esfuerzo hacia las nebulosas del pensamiento irracional para recordarle que una de las aficiones favoritas de Itachi era invadir tus cavidades orgánicas con cuervos ilusorios. Durante una de sus peleas, años atrás, le había obligado a engullir uno y el trance había sido horroroso de verdad. Lo que el repulsivo Sannin empleaba en el pasado para rellenarle a la gente sus orificios corporales era mejor ni planteárselo por cuestión de pura higiene mental.
Naruto siguió explorando los corredores, atento a cualquier señal de su amigo. Sasuke pretendía erguirse de entre los muertos y largarse de allí él solo. Hasta ahora, la adrenalina que había tomado el control de su cuerpo le había impedido reflexionar mucho acerca de aquella realidad aplastante.
Iba a marcharse sin él.
¿Es que ya no le quería?
Se negaba a creer eso. Su prioridad inmediata era hallarlo, y luego evitar las represalias de los Números negociando un acuerdo. Estaba preparado para soportar la más severa penitencia, con tal de que Sasuke no sufriese ningún daño. Itachi y su inteligencia aventajada se encargarían de lo demás.
Un par de calvas destellaron en la distancia y Naruto agitó el brazo para llamar su atención.
—¡Alto! ¡Espere, Número-saaan…! —berreó indistintamente, trotando hacia ellos.
—¿Uzumaki-san?
—Yo… esto… ¿Ustedes han visto a…?
La contestación de los funcionarios aplacó el dolor de su enigmático abandono, solamente para reemplazarlo por la más intensa furia y una inmensa preocupación:
—Tranquilícese. No hacemos responsable de nada a Sasuke Uchiha, porque ha sido secuestrado.
—¡¿Qué?!
888888888888888888888888888
—Cuéntame lo que vas a hacer.
La invulnerable puerta metálica se había transmutado en una tela satinada de un gris traslúcido y, a menos de medio metro, el tren aguardaba para embarcar a su último pasajero. Sasuke escaparía de allí, a fin de salvar a Naruto. Iba a hacer lo que debía y, sin embargo, una extraña premonición de fatalidad provocaba que Itachi ardiese en deseos de disuadirlo.
Pero no podía. Ya le había ocasionado demasiado sufrimiento.
—Hice un trato con los Números —le confirmó su hermano—. Si Naruto supone que mi partida es voluntaria, se considerará traicionado. Le haremos creer que Orochimaru me ha secuestrado, para que acuda a rescatarme. Enseguida, regresaré aquí solo y los Números no le consentirán que vuelva a entrar. Así, el orden natural de las cosas se restablecerá: Naruto terminará por asimilar mi pérdida y rehará su vida; creará una familia, tendrá hijos y un futuro. Y el remoto día en que fallezca, este no será su… destino.
El quiebre de su voz a media frase y la mirada desconsolada de Sasuke formaron un nudo en la garganta de Itachi. No obstante, una pieza obvia de la historia no encajaba. Los Números aceptaban que Naruto se marchase de allí y era fácil de entender por todas las razones posibles. El retorno de su hermano al Infierno también era de esperar, conforme a las circunstancias, pero… ¿y el Sannin? ¿Iban a asumir el riesgo de liberar a un Orochimaru inmortal junto a Sasuke? ¿Sin ninguna cautela? ¿Sin contrapartidas?
Su hermano, ahora, le estaba jurando por el honor de su clan que regresaría en cuanto restituyese a su amigo a Konoha, aunque ese no era el problema. Había más.
Había más, pero Sasuke no se lo diría.
Ojalá pudiese descifrar de qué se trataba.
El menor posó las manos sobre sus hombros y los sutiles destellos en el negro de sus ojos comenzaron a resquebrajar su corazón. Por breve que fuese su ausencia, Itachi echaría mucho de menos a su hermano pequeño.
—Naruto iba a sacrificarlo todo por mí y voy a devolverle cuanto me ha dado. También respetaré a rajatabla mi compromiso con quien gobierna esta Ciudad. Estarás orgulloso de mí, de verdad.
—Ya lo estoy, Sasuke. —El mayor agarró su nuca para traerla hacia él y unir sus frentes, igual que el día en el que se reencontraron—. Muy orgulloso. Lo he estado siempre.
Itachi evocó todos los preciosos momentos compartidos que atesoraría hasta su vuelta.
Sasuke y él.
"Naruto, Sasuke y yo…"
Los dos Uchiha se miraron sonriendo. El menor rozó la punta de su nariz con la de Itachi, antes de apartarse para subir al vagón.
Ya a punto de entrar, se paró de nuevo.
—A mi regreso, hablaremos del pasado, Itachi Uchiha —prometió, sin darse la vuelta—. Tenemos muchos asuntos pendientes.
—Esperaré lo que haga falta. Te quiero, otouto.
—También yo, nii-san.
De repente, ya no estaba. La puerta se cerró con un chasquido y la máquina arrancó y se deslizó por debajo de la ondulante lámina metálica, para iniciar su travesía, rumbo al Mundo de los Vivos.
—Adiós, Sasuke —musitó Itachi con los ojos velados, contemplando cómo el tren era devorado por la oscuridad.
88888888888888888888888
—¡Sasukeeeeeeeeeeeee!
Un alarido de estridencia pavorosa hizo triple eco en los túneles, ensordeciendo por igual a los ordenados habitantes de los niveles superiores y a las más siniestras criaturas de los abismos insondables de la Torre.
Itachi se mantenía en el sitio donde se había separado de su hermano, estudiando la plancha de metal, ya solidificada. Torció el cuello hacia el origen de la desagradable perturbación acústica y vio a Naruto volando bajo sobre los travesaños de la vía. Con las mejillas encarnadas, se plantó frente él; sus ojos titilando como un tenue reflejo de las llamas encrespadas de su interior.
—¡¿Dónde está?!
—Se lo han llevado.
La respuesta de Itachi fue ronca y contenida. No necesitaba simular su tristeza, pero tampoco procedían los aspavientos dramáticos, de los que hasta el cándido Uzumaki recelaría. El imprevisible ninja era tan inofensivo como peligroso, dependiendo de la situación, y no estaba muy claro lo que sería capaz de hacer si sospechase que todos le mentían.
La ignorancia de Itachi no iba a durar mucho. El frenético Naruto lo cogió por la ropa con una rapidez que lo dejó pasmado y se puso a zarandearlo.
—¡¿Por qué no los retuviste?!
—Orochimaru tenía… cómplices… —se excusó el Uchiha mientras oscilaba con mansedumbre—. No llegué a tiempo. Solo vi que lo introducían en el tren y se iban por aquí —remató, señalando la puerta.
—¡Esas alimañas lo pagarán muy caro!
Uno tras otro, varios Números fueron apareciendo por la boca del túnel, atraídos por un barullo que se tenía que estar escuchando desde la misma pasarela.
—¿Cómo se abre este puñetero trasto? —reclamó el Uzumaki, apuntando con un dedo acusador hacia la lámina metálica. Itachi ya había caído con elegante soltura sobre la gravilla—. ¡Decidme cómo cojones se abre!
—Ha de perdonarnos, Uzumaki-san. Solo nosotros tenemos autorización para cruzar las puertas. Rechazó esa posibilidad hace unos días.
Itachi empezó a notar en la piel un singular cosquilleo y alzó las cejas, desconcertado. Su sorpresa se incrementó cuando el escaso vello de sus brazos se erizó.
El cosquilleo se acrecentó y el aire comenzó a crepitar.
—¡Y una mierda!
Una onda de dimensiones crecientes se estaba expandiendo alrededor de su contorno, a medida que respiraba más deprisa.
¿La ira era azul? La de Naruto sí.
El espacio en torno a él vibró como un diapasón y se retorció sobre sí mismo. El cuerpo del iracundo ninja se había tornado incandescente. Su chakra se había saltado las barreras que lo refrenaban, correspondiendo a su llamada de desesperación.
Los Números, anticipando acontecimientos, ya se estaban alineando delante de la puerta.
—Itachi-san, quítalos de ahí.
Al Uchiha le impresionó la renuencia de los funcionarios a hacerle caso a Naruto, pese a las contundentes y azules evidencias de que no estaba de broma. Quizá solo estaban fingiendo, igual que él, pero los compadecía por tan alegre temeridad.
—Retírense, por favor —pidió en tono pausado.
Rompiendo la disciplina de grupo, un par de Números emprendieron unos pasitos titubeantes en dirección a la salvación de sus, teóricamente, perpetuas existencias. La mayoría, en cambio, se mantuvo tozudamente inmóvil.
Itachi extendió el brazo hacia el que tenía más a mano y se inclinó sobre su oído:
—Consientan que se vaya. Se lo aconsejo por su bien.
—Lo siento, Uchiha-san. Acatamos órdenes.
—Interponerse en el camino de Naruto cuando persigue a Sasuke solo hará que reciban un premio a la obediencia a título póstumo.
El aludido se había cansado de cháchara y estaba enfilando hacia la puerta. Su avance, más que las recomendaciones de Itachi, indujo a otro reducido grupo de Números a retroceder hasta una zona segura, en tanto que el resto de los rezagados fueron barridos de un violento manotazo, que los envió a estamparse contra los muros y a aterrizar sobre el manto de piedrecitas en diversas e indignas posiciones.
Habiendo despejado de molestias su objetivo, Naruto rotó sobre sí mismo y descargó en una de sus tremendas patadas voladoras todo el resentimiento y la frustración que lo embargaban.
El ruido fue espeluznante, como si cada partícula del Averno se hubiese horrorizado por el sacrilegio, antes de calmarse y acomodarse en su lugar.
—¡Maldita sea!
Los intentos se reprodujeron y también el desenlace. La fuerza bruta no derribaría aquella puerta.
Al cabo de un rato prolongado de luchar contra los elementos, el rubio cayó de rodillas y las llamaradas añiles se extinguieron.
El leve sonido que reverberó contra las paredes del túnel resultó ser un sollozo.
Agarrado a su estómago, Naruto se inclinó hacia delante y se echó a llorar con la frente apoyada contra la puerta. No gemía, no gritaba, solo se estremecía en silencio al pie de la plancha de metal, fría e inconmovible ante su pena.
En pocos minutos, los sollozos cesaron bruscamente. Inspirando hondo y secándose las lágrimas de un restregón con el dorso de la mano, el rubio afirmó la palma de la otra en el suelo, la usó para ponerse en pie y dio un giro sobre sus talones.
—Me iré a la pasarela —informó a todos, con los ojos todavía húmedos—. Intentaré derribar las puertas gigantes y después la del vestíbulo por la que entré. Si no lo consigo, vendré otra vez a la Ciudad y buscaré otro puto agujero por el que colarme. Logré internarme en el Infierno para estar con Sasuke; no me importa lo que tarde en salir tras él. No van a doblegarme, mi paciencia es inagotable —declaró finalmente, elevando el mentón—. Itachi-san, ¿te vienes con…?
La pregunta quedó suspendida en el vacío y un parpadeo confundido del rubio fue lo último que vio Itachi, antes de que la galería entera se sumiese en una densa oscuridad.
88888888888888888
De súbito, el crudo clima de la superficie había penetrado hasta los recónditos rincones del subsuelo de la Torre y la temperatura se precipitó en caída libre, al menos diez grados.
Unas fuertes rachas de viento helado los dejaron completamente ateridos. Las ráfagas glaciales los golpearon de lleno y los hicieron entrecruzar los brazos delante de la cara para protegerse. Pero los bajaron al segundo, poniéndose en guardia al advertir que alguien se dirigía hacia ellos desde el interior de la negrura.
Alguien o Algo.
Muy frío. Y Muy Viejo.
ÉL.
Itachi dejó de tiritar, cuando un acogedor resplandor azul absorbió su mirada. El rubio estaba pegado a él, hombro con hombro, arropándole en su calor gracias a su poderosísimo chakra.
Las sombras y el frío siempre se derretían alrededor de Naruto.
Los dos tensos ninjas escudriñaron la oscuridad, pero esta no les reveló sus secretos. La ventisca gélida salida de la nada amainó y de pronto se hizo el silencio.
Entonces, la voz tétrica y cavernosa que había autorizado al Uzumaki a acceder al Infierno tronó dentro y fuera de sus cabezas:
—Olvida a mis subordinados. ¿Cómo me convencerías a MÍ, Naruto Uzumaki?
Este no vaciló.
8888888888888888
—Bajen, por favor. Hemos llegado.
El Número que los escoltaba se encaminó hacia la puerta del vagón, cuyas ventanillas se habían conservado selladas herméticamente durante todo el trayecto al Mundo Real.
Sasuke y Orochimaru salieron del túnel y alzaron sus ojos maravillados hacia el rosa anaranjado del atardecer.
Demasiados años sin sentir la luz del Sol.
Detrás, se encontraba una pared de piedra con una gran perforación circular a ras de suelo. Los raíles asomaban en línea recta hasta desaparecer bajo la tupida masa vegetal que los rodeaba.
Orochimaru sacó su práctica lengua y la agitó en el aire para oler la brisa.
—Si mis sentidos no me confunden, esto es…
—Sí —atajó el Uchiha—. Lo sé.
A pocos kilómetros, se había librado la batalla en la que había perdido la vida; el mismo escenario donde un Naruto de doce años había intentado rescatarlo de los secuaces de Orochimaru, por primera vez. La catarata donde Sasuke había derrotado a su mejor amigo, abandonándolo sobre el barro y la sangre bajo la lluvia para no volver.
El Valle del Fin.
—Usted ya puede marcharse, Orochimaru-san —le indicó el Número—. Se le concede la merced de establecerse donde estime más oportuno. Confiamos en no recibir más noticias lamentables acerca de su trayectoria vital o su paradero a partir de ahora.
—Oh, eso ni lo dude —repuso el Sannin—. Los años que he dormido en sus brazos amorosos me han hecho aprender de sobra la lección. Gozaré de mi cuerpo inmortal de la forma más discreta posible y pagaré mi deuda con la sociedad mediante el ejercicio desinteresado y gratuito de la… medicina.
Una sonrisa sibilina centelleó en los labios del funcionario, que asintió.
—Bueno, me despido, Sasuke-kun —prosiguió el de las serpientes—. Yo ambicionaba la vida eterna y la he obtenido. Tú te has empeñado en dejar a Naruto y permanecer solo por los siglos de los siglos. —Orochimaru meneó la cabeza con una expresión semejante a la lástima—. Deseo que no logres lo que te propones, ni siquiera mi crueldad llega a esos límites. Por si acaso, saluda a Itachi de mi parte cuando vuelvas…
Y desapareció entre el follaje circundante con un complacido siseo final.
—No tardará en hacerse de noche —avisó el funcionario—. Explore los alrededores, si le apetece, pero no se aleje mucho, porque Uzumaki-san también saldrá por aquí en unas horas. Después insista en visitar Konoha antes de volver y aproveche cualquier despiste para escabullirse de su vigilancia. Le estaremos aguardando en un túnel diferente a este, que le mostraré ahora. Tiene usted un período marcado para regresar y ya ha sido informado de las consecuencias, si lo sobrepasa, pese a que no le hayan especificado de cuánto tiempo se trata. Apresúrese y acuda a nosotros lo antes posible. Si no… la decisión habrá sido suya.
—Sí.
Sasuke cerró los ojos para reproducir en su mente lo que ÉL le había explicado en el ático de La Torre:
—La eventual huida de Orochimaru nunca representó un peligro para nosotros. Los cuerpos falsos que elaboramos para vestir las almas son perecederos fuera del Infierno. En vuestros mundos se van deteriorando gradualmente hasta desaparecer. Tu maestro hizo su elección sin coacciones, aunque admito que tampoco le hemos proporcionado toda la información disponible, pero una evaporación fulminante en medio de uno de sus horrendos experimentos no supondrá una desgracia para nadie.
"A ti sí he querido asesorarte acerca de los riesgos de tu proyecto. Dispones de un plazo limitado para disfrutar de tu estancia en el Mundo de los Vivos, Sasuke. Si retornas a La Ciudad, renunciarás a Naruto y vivirás por toda la eternidad. Si optas por quedarte con él, tu cuerpo se desintegrará. ¿Cuándo? Eso ni YO lo sé. Varía mucho de un organismo a otro, en función de su chakra residual, pero en todo caso no es un plazo muy largo. Si la envoltura se esfuma, tu alma perderá su soporte y ni el Paraíso ni el Infierno te abrazarán en su seno. Te desvanecerás por completo y solo perdurarás en la memoria de los que te quisieron…
888888888888888888888888
Varias horas más tarde, las nubes encapotaban el cielo sobre el Valle del Fin.
Sasuke aspiró el olor fragante del bosque y la humedad proveniente de la gigantesca catarata, flanqueada por las estatuas del Primer Hokage y de Madara Uchiha. La frescura de la noche le calaba hasta los huesos y la oscuridad lo amortajaba como el sudario que nunca lo había envuelto.
Inesperadamente, su sharingan reaccionó con el acostumbrado sonido del acero desenvainándose. A unos metros, centellearon dos límpidos ojos azules.
Naruto había escapado del Infierno tras él y lo había encontrado. El alivio y la felicidad lo llevaron a recobrar el color negro de sus iris, pero al percibir más presencias, se giró hacia atrás y el carmesí brilló nuevamente en su mirada.
Madara Uchiha observaba el enfrentamiento sin intervenir desde un promontorio cercano, junto a varios Zetsus que formaban una corona macabra de hojas y sonrisas afiladas.
Pero fue la pregunta de Naruto, a su espalda, la que congeló la sangre de sus venas:
—¿Y ahora qué hacemos?
Una ráfaga de viento helado hizo ondear su pelo y sus ropas. Se encontraban enfrentados al borde de un risco en el Valle del Fin, bañados por la luz negra de la luna nueva.
—Me importa más mi libertad que mi vida. Nadie va a utilizarme para obtener venganza o aumentar su poder. Ni tu amigo de la máscara, ni tú. Así que… —continuó el rubio—, todo eso me lleva a mi pregunta inicial, Sasuke: ¿y ahora qué hacemos?
8888888888888888888888888
Sasuke caminó hacia su enemigo, asombrando a quienes se encontraban con ellos. Se detuvo a un metro escaso y comparó visualmente sus alturas, comprobando que la del rubio era superior a la suya.
Avanzó más y analizó su labio inferior. Bajo las capas de piel rosada, sus ojos privilegiados localizaron las secuelas de una herida recién curada. Una, que él le había provocado con los dientes al rechazar su beso desesperado contra la pared de una torre.
En el Infierno.
Sasuke elevó la mirada.
Y no hubo nada.
Ni un indicio de reconocimiento. Ni rastro de su pasión y su locura compartida. Solo determinación y fiereza, y la permanente y férrea convicción del futuro Hokage de Konoha de que se llevaría a su amigo perdido a su aldea desaparecida.
Su altura, su herida cicatrizada…. Aquel era, sin duda alguna, el hombre que había huido del Infierno para buscarlo. Sasuke constató con el alma rota que aquel era su Naruto y a la vez no lo era.
Naruto no se acordaba de lo que para él jamás había sucedido.
Pero Sasuke sí. Y comprendió las dimensiones reales del sacrificio que había hecho para salvarlo.
Mejor dicho, del que se proponía hacer.
"Te capturaré y destruiré Konoha", debió haber replicado. Tendría que haber luchado y simulado su muerte, interponiéndose entre su amigo y su aciago destino. Y luego haberse evadido en un descuido para volver junto a su hermano que lo esperaba en el Infierno.
Y que lo esperaría para siempre.
Marcharse y morir un poco, día a día. O quedarse y vivir al máximo cada precioso minuto de su tiempo prestado, con un Naruto sin recuerdos.
Su elección.
Lo siento, nii-san. Sé que lo entenderás. Perdóname.
"Te capturaré y destruiré Konoha", debería haber contestado Sasuke Uchiha.
Pero lo que dijo fue otra cosa.
888888888888888888888888
Pelearon juntos. Se sostuvieron mutuamente.
Se apoyaron. Sufrieron. Sangraron.
Y vencieron.
Al finalizar el combate, el sudoroso y maltrecho Uzumaki sonrió de oreja a oreja y echó su puño despellejado hacia delante para que Sasuke lo golpease con el suyo, en aquel típico gesto de complicidad que solían hacer de niños.
Sin pensárselo un instante, el otro también adelantó el suyo para pegarlo al de Naruto y le devolvió la sonrisa.
Naruto no se había rendido.
Y Sasuke había vuelto a casa.
