Capítulo XVII. La vida
—Naruto, por favor…
El polvoriento ninja, de pie frente al escritorio de la Quinta Hokage, se rascó la nuca. Acababa de llegar de su última misión y se había visto obligado a comparecer ante Tsunade, sin oportunidad de lavarse o cambiarse. La rubia necesitaba tratar con él un asunto de la máxima urgencia.
Sasuke.
—Tu amigo ha sido una auténtica pesadilla —prosiguió la líder de Konoha, meneando las coletas—. Me ha martirizado constantemente preguntando cuándo ibas a regresar, pero eso no es lo peor. Los consejeros que encargaron la matanza de los Uchiha viven empavorecidos, porque Sasuke no se priva de amedrentarlos. Ayer, sus camas se incineraron "solas" entre llamas negras y dos serpientes monstruosas surgieron de los desagües de sus bañeras. Y no mencionaré las incontables veces que ha dejado sin luz a media aldea o de su caprichosa afición a calcinar tenderetes de tomates.
—Sí —Naruto hizo una mueca—. Está obsesionado con que se los venden excesivamente maduros a propósito. Lo de los consejeros está justificado, baa-chan, y lo de la electricidad… ya conoces el genio que tiene. Se vuelve azul brillante y se le ponen los pelos de punta, su espada entra en contacto con algún cable suelto y…
—Deberíamos enviarlo a un lugar donde su enorme poder no cause tantos daños. Hasta ultimar la reconstrucción de Konoha, por lo menos —refunfuñó la rubia, cruzando los brazos bajo el generoso escote—. El Kazekage se ha ofrecido a daros asilo en Suna y las aldeas de arena no son tan vulnerables a las técnicas de rayo y fuego, o a los Susanoos rabiosos, como una villa con muchas casas de madera en reconstrucción.
Naruto asintió. Sasuke se convertía en el terror de Konoha, en cuanto él partía para llevar a cabo las misiones que, por el momento, al moreno le estaban vedadas. Solo mientras él estaba allí, su comportamiento era más sosegado y eran contados los arranques de ira justiciera.
—No puedo llevármelo a Suna. Gaara y él no hacen buenas migas. —La mirada rojo sangre del Uchiha en sus escasos tropiezos con el pelirrojo era digna de ver—. Daré con otra solución y si no, dejaré de hacer misiones hasta que se calme. En cuanto se acostumbre, recobraremos al Sasuke de antes.
La Hokage puso los ojos en blanco. "El Sasuke de antes". La idea era de todo menos tranquilizadora.
—Es mi responsabilidad —sentenció el rubio—. Tardará en familiarizarse de nuevo con nosotros, pero este es su hogar y lo hará. A la larga. Confía en mí, baa-chan.
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Sabía dónde lo encontraría.
Desde su retorno, el Uchiha demostraba un singular aprecio por los cielos de Konoha, con toda probabilidad a causa de sus años subterráneos con Orochimaru y con los Akatsuki. A la vuelta de sus viajes, Naruto invariablemente lo descubría en la cima del monte de los Hokages, contemplando las nubes al más puro estilo Shikamaru. El mínimo pretexto le servía para permanecer a la intemperie hasta la caída del atardecer y Sakura le había contado que, las tardes que él estaba fuera, siempre divisaban su estampa solitaria en cualquier lugar alto, contemplando el horizonte rosado y azul.
Cuando se encontraba en Konoha, había adquirido el hábito de acompañarlo. Varias veces por semana, en una zona apartada de la aldea y habilitada como inocua por la suspicaz Hokage, ponían en práctica sus técnicas cuerpo a cuerpo hasta quedar agotados. Si esa jornada habían discutido, suceso frecuente, los jutsus físicos derivaban en empleos potencialmente letales del chakra que Tsunade no habría aprobado. Pero siempre concluían sus batallas privadas trepando a un árbol, a esperar la llegada de la noche, reconfortantemente magullados y recostados contra el tronco, hasta que se hacía la hora de cenar. Igual que en los viejos tiempos.
Sasuke, el demoníaco, estaba tendido en la hierba con los brazos detrás de la cabeza. Naruto se deslizó sin hacer ruido, se dejó caer de rodillas, apoyó las palmas de las manos a cada lado de sus orejas y lo estudió con la cara del revés, de modo que sus narices se tocaban.
—Dobe.
No se había molestado en abrir los ojos.
El Uzumaki sonrió. Las ofertas de una agonía dolorosa a los consejeros, los incordios repetitivos a la pobre Tsunade, los ataques a la red eléctrica de la villa o todos los "tomaticidios" perpetrados no hacían que su alegría por haberlo recuperado flaquease.
Los párpados caídos subieron para analizar a un rubio embarrado, cabeza abajo sobre él.
—Estás hecho un desastre. Ve a bañarte, usuratonkachi.
Naruto se inclinó hasta dar un golpecito con su frente sobre la más pálida. El moreno refunfuñó, en protesta por las partículas indefinibles que profanaban su piel inmaculada y se limpió con el dorso de la mano, después de que su agresor se retirase riendo.
—No me dio tiempo. Tsunade me llamó para contarme lo cabronazo que eres. Casi matas del susto a sus consejeros.
—Mis pobres serpientes sufrieron más. La imagen de esos viejos desnudos, llenos de colgajos, debió de ser tan repugnante que devolvieron sus ratones del almuerzo.
Las carcajadas de Naruto resonaron en el lugar.
—Has estado aterrorizando a los habitantes de la aldea en mis ausencias. Se supone que he de contenerte unos días para que rematen las obras y lo siguiente se encuentre entero, antes de que lo destruyas.
Sasuke le respondió con una sonrisa sardónica.
—Te juro que no tengo ni puta idea de qué hacer para mantener Konoha a salvo de ti —declaró el rubio—. Lo consultaré con la almohada esta noche.
—¿Cómo ha ido tu misión?
—Bien, pero estoy rendido. Y sucio. Me daría un baño en el río de buena gana. ¿Te apetece?
—Hum.
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No mucho más tarde, Naruto chapoteaba en medio de la corriente, junto a Kiba, Akamaru y Sai. Sasuke, sentado a varios metros de la orilla, contemplaba las evoluciones de su amigo en el agua.
Desde el río, el Uzumaki divisó a Sakura que venía por el camino lateral. Los saludó con la mano y se recostó al lado del moreno, bajo un árbol.
—¿No te bañas, Sasuke-kun?
—Puede que luego.
—¡Eh! ¡Vosotros dos! ¡Al agua! Si no, iré ahí y os traeré por una oreja.
La mujer de ojos verdes frunció su ceño rosado y enarboló uno de sus puños mortíferos.
—Como me toques, te lo tragas, Naruto.
Sasuke comenzó a desvestirse.
—Yo iré. ¿Vienes?
La joven sonrió. La trataba con una amabilidad seca y sincera, similar a la que mostraba con ella a los doce años. ¿La razón? Quizá, en un hipotético pasado que nunca llegaría a ser, Sakura le había salvado la vida a quien más le importaba y jamás podría pagárselo como merecía. La kunoichi no había comprendido el sentido de la enigmática contestación, aunque se conformaba con que Sasuke no le guardase rencor por su pretensión de matarlo en un arranque de desesperación. Al fin y al cabo, él había hecho lo mismo y, como proclamaba Naruto, los amigos lo son a pesar de todo.
—Prefiero veros desde aquí, Sasuke-kun. Gracias.
El Uchiha avanzó desde la orilla. En cuanto detectó su acercamiento, el rubio nadó hacia él, se le colgó a la espalda y le revolvió el pelo. Sasuke lo recompensó elevándose de golpe, arrodillándose sobre la superficie y agachándose para hacerlo caer de cabeza hasta el fondo. Fue el detonante de otra contienda llena de salpicaduras, agarrones e insultos. Tras chocar igual que dos rocas, se hundieron a plomo hasta el lecho del río.
En un momento determinado, el Uzumaki, atareado procurando que Sasuke olvidase sus peligrosas técnicas de rayo bajo el agua, oyó unas voces apagadas:
—¿Oye, Sai, tú cuánto resistes sin respirar?
—Si Sakura me mete la lengua en la garganta, mucho.
Naruto, con un pie pálido en sus riñones y un brazo férreo alrededor de su cuello, cerró los ojos.
—¡Shanaroooooo!
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—La guerra concluyó hace meses, Sai. ¿Tantas ganas tienes de morir o de verdad eres masoquista, como dice Kiba?
El aludido se encogió de hombros y una de sus distintivas sonrisas se adivinó entre las marcas violáceas.
Tras pasar la tarde en el río, Sasuke, Naruto y el anbu se dirigían a casa. Que Sai hubiese colocado a sus dos compañeros del equipo Siete por encima de su lealtad impuesta a Danzou, fallecido a manos del propio Sasuke y auténtico artífice del exterminio del clan Uchiha, había llevado a su último superviviente a condescender con los deseos del rubio de que los tres compartieran un apartamento hasta que reconstruyesen todas las viviendas de la aldea.
Una joven de pelo rosa y cara compungida, que portaba un maletín de emergencias del hospital de la Hoja, los esperaba frente a la puerta.
—Andaba por aquí y me preguntaba si… —Sakura tosió, echando un vistazo tímido al pintor, que había vuelto a sonreír al verla.
—Entra, Sakura-chan. Hay ramen para la cena y…
Sasuke chasqueó la lengua y enganchó por el cuello de la camiseta al hospitalario rubio, interrumpiendo su frase.
—Eh… ¡temeeee! ¿Qué haces? —protestó el hambriento ninja.
—Déjalos en paz —replicó el moreno, en cuanto estuvieron a una distancia prudencial.
—¿Desde cuándo eres tan comprensivo?
—Necesitan intimidad, no hace falta ser muy listo para darse cuenta, do-be.
Caminaron por las calles sin rumbo. A ratos en silencio y a ratos sin hablar de nada en especial, viendo cómo el cielo se iba a apagando a medida que la tarde moría.
—¿Estás bien? —preguntó Sasuke.
Naruto ladeó la cabeza.
—Sí, claro. ¿Por qué?
—Sakura y Sai.
El Uzumaki esbozó una sonrisa melancólica.
—Desean estar juntos a todas horas, aunque sea para pelearse, y se nota que son felices. Para mí hace tiempo que Sakura es solo una buena amiga, pero incluso si no fuese así, jamás me entrometería.
—Juntos a todas horas, aunque sea para pelearse, y son felices —repitió lentamente Sasuke—. ¿Y tú, lo eres?
La mirada negra era intensa y Naruto sintió un hormigueo en la boca del estómago.
—La guerra ha terminado, averigüé que mis padres están orgullosos de mí y tú has vuelto a casa. He perdido a demasiada gente importante y los recordaré cada día, pero tú estás conmigo. Has regresado y ya no volveré a estar solo. Sí soy feliz, Sasuke —concluyó—. Es como si mi vida, al fin, estuviese completa.
En los labios de su amigo se trazó una sonrisa sutil y Naruto lo premió con otra más amplia.
—¿Cenamos?
—Ramen, supongo.
—No. Antes de salir de misión Tsunade baa-chan me pagó los atrasos y puedo invitarte a una buena barbacoa. ¿Nos largamos a la aldea de al lado?
El moreno arqueó una ceja.
—¿Pretendes serle infiel al Ichiraku?
—Solo por esta noche. Chouji me ha recomendado un restaurante nuevo de carne a la brasa y me apetece probarlo.
—Tú pagas, tú decides. Salgamos, antes de que se haga de noche.
—Espera. Voy a sacar mi… ¡Oh, mieeeerda!
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—No sé por qué demonios estoy aquí.
—Porque siempre te convenzo, Sasuke. No le des más vueltas.
Cual cachorrillos curiosos, cuatro atentos ojillos ninja se asomaron a la ventana y escudriñaron el interior en penumbra.
—No hay nadie.
—Por supuesto —bisbiseó el Uchiha—. ¿Qué iban a hacer Sakura y Sai en tu cuarto? Anda, entra y pesca al bicho ese, antes de que nos descubran.
Naruto abrió con sigilo y se deslizó en su habitación de puntillas hasta la mesita donde guardaba su cartera. Enseguida, Sasuke avistó el bamboleo del animalito de ojos saltones y carrillos rellenos.
—Olvidé a la pobre Gama-chan. —El rubio abrazado a su monedero-rana, saltó el antepecho de la ventana y retornó a su posición original—. Sin ella no hay cena.
De repente, la pareja que no esperaban penetró en el cuarto, besándose con una ferocidad inusitada. Los espías agarrados al alféizar se miraron de soslayo. A Sakura solo la habían visto tan entusiasmada aporreando a algún desdichado hasta convertirlo en pulpa; y Sai, pese a actuar como un magnífico guerrero en batalla, en su vida cotidiana rara vez parecía poseer sangre en las venas.
Sí que la tenía, sí. Concentrada en un mismo punto, constataron Naruto y Sasuke, al contrastar la imagen del rectángulo de luz procedente del pasillo y la de los ceñidos pantalones de su uniforme anbu. Naruto, de natural poco pudoroso, hizo amago de retroceder. Pero para su mayúsculo asombro, casi tuvo que desclavar del tejado al Uchiha.
Mientras saltaban de rama en rama, en su ruta hacia la villa cercana, el Uzumaki comentó:
—Yo también me habría quedado, teme, pero mañana no sería capaz de mirarlos a la cara. Qué suerte tiene Sai, seguro que somos los dos únicos jounin de la Villa que aún no han echado un polvo.
—Hum.
El monosílabo clavó a Naruto en seco sobre una rama.
—¿Sasuke?
El moreno aterrizó junto a él y lo estudió, inquisitivo.
—Es que… —El rubio se palpó la cabeza. Apenas había luz, pero sus ojos azules chispearon entre las sombras de la copa—. Oh, nada.
El Uchiha elevó la nariz y Naruto sonrió. No solo la Hokage, sino también gran parte de los ninjas médicos de Konoha seguían perplejos por su transformación física a lo largo de los últimos días de la guerra. Había crecido varios centímetros y su cuerpo se había ensanchado en unas horas, puede que debido al uso ingente del chakra del Kyubi. Aunque Sasuke era unos meses mayor, ahora tenía que doblar el cuello hacia arriba, si se hallaban frente a frente.
Naruto no iba a negar que la situación le complacía bastante.
Mucho.
—Ese "hum" tuyo no significará que ya has tenido… experiencia con las chicas, ¿verdad?
—Hum.
Oh, oh. Dos "hums".
—¿Sasuke?
—Reanudemos la marcha. La aldea está allí delante.
Naruto no continuó el interrogatorio. Era inútil insistir cuando envaraba la mandíbula y se cerraba como una ostra. Trataría de sonsacarlo más adelante.
Llegaron a la villa y localizaron el restaurante. La suculenta comida le hizo desechar el tema temporalmente. Pero, devorada la cena, acudió a su mente la inquietante reacción de su amigo a la afirmación incuestionable de su virginidad conjunta.
—¿Te has tirado a Karin?
Un limpio chorro de agua trazó un arco desde la boca de Sasuke hasta la mesa.
—¡¿Qué?! No digas barbaridades, dobe.
—Suigetsu me contó que por dónde pasabas no crecía la hierba, a pesar de que despreciabas todos los halagos de las mujeres—. Naruto suspiró y apoyó la mejilla en la palma de la mano—. A mí tampoco me ha ido mal, todo eso del héroe de Konoha y tal… Durante mi pelea con Nagato se me declaró Hinata y en los días posteriores, Sakura. Eso fue tierno. Lo que no fue gracioso es que me acosasen una panda de locas babeantes, como si yo fuese un bol de ramen recién calentado. Ahora me sucede a menudo, lo malo es que suelen ser feísimas.
El Uchiha, hosco, empujó su plato hacia adelante y se levantó.
—Busquemos dónde dormir.
El rubio asintió y se puso en pie. Su próximo paso era ubicar una posada económica para pasar la noche. No obstante, como si alguna deidad maliciosa hubiese escuchado los lamentos de Naruto, el plan fue truncado por unas salvajes quinceañeras, salidas de la nada. Al reconocer a los dos guapísimos protagonistas de la Cuarta Guerra Ninja, se arrojaron sobre ellos. Sus demandas gritonas oscilaban desde los inofensivos autógrafos hasta su entregada colaboración para la concepción de diez hijos fuertes y sanos.
Cada una.
Ante tan desaforado ataque hormonal, escaparon del restaurante mediante sus técnicas evasivas, para toparse fuera con otra horda de adolescentes, mujeres adultas y señoras venerables que los condujeron a dejar tras de sí una estela de polvo humeante. Acabaron guarecidos detrás de las cortinas de entrada de un pintoresco hotel sin recepcionista. El intrépido Naruto tomó del mostrador un folletito en el que explicaban cómo registrarse. Sin meditar demasiado, coló en una ranura la cantidad requerida para alquilar un cuarto y capturó la llave que colgaba de un gancho a su derecha.
Recorrieron el pasillo hasta dar con el número de su llavero, de un destellante color fucsia. Decidido, el Uzumaki abrió la puerta y su mandíbula rebotó en el suelo. Sasuke cerró a su espalda, propinándole un empellón hacia la cama-corazón que presidía la estancia. Una colcha rosada y orlada de puntillas, las paredes tapizadas de terciopelo escarlata, la puerta color granate de acceso a un baño (rosa) y un sinfín de cajoneras con pomos en forma de cereza le daban un aire inequívoco a la estancia.
—¿Qué… cojones es esto?
—Un hotel del amor. Te felicito, usuratonkachi. Ni se les cruzará por la imaginación localizarnos aquí.
Naruto giró sobre sus talones.
—¿Un… un…? O sea… ¿Aquí es donde la gente viene a… a…?
—A follar. O a vomitar, si miran mucho a su alrededor. Puede que a las dos cosas.
El mordaz Uchiha se metió en el baño. Naruto seguía boquiabierto y consumió los diez minutos que su amigo tardó en salir, investigando las cajoneras, extrayendo los instrumentos que contenían y recolocándolos a toda prisa con las mejillas encarnadas.
Sasuke se presentó en calzoncillos.
—Apúrate —lo instó, haciendo un gesto en dirección al baño—. Necesito dormirme antes de que tanta cursilería me afecte al cerebro y me lo derrita.
Naruto admiró la aptitud natural de su gélido amigo para desechar lo que no le interesaba. Al volver del baño, Sasuke se había colado bajo las sábanas y lo imitó, acomodándose sobre su almohada de plumas.
—Qué agradable —comentó, dando un bote sobre la tela sedosa.
—Para ya y duérmete.
—Oye, Sasuke…
—Tengo sueño. No incordies.
Su espalda resaltaba en aquella cama como la nata de una fresa. El Uzumaki se tendió boca arriba, sobresaltándose al descubrirse reflejado en los espejos que cubrían el techo. Entrecerró los ojos y ojeó al hombre a su derecha. Una fastidiosa desazón le revoloteaba en el pecho:
—Todavía no has contestado a lo que pregunté.
—Ni lo voy a hacer.
—¿Por qué?
—No quiero hablar de ello.
Su picazón precisaba ser rascada como fuera, aunque hiciese enfadar al inflamable Uchiha.
—¿Por qué no? —insistió, sin entender bien el motivo de su desasosiego.
Sasuke no dijo nada y el rubio volvió a la carga:
—¿Te enamoraste, teme? ¿Es eso?
—Sí.
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—Sí.
Sasuke no suena desafiante, orgulloso o irritado; nada de lo que le es tan propio. Al contrario, una tristeza profundísima se transparenta en su voz.
En el fondo, Naruto sabe que se trajo consigo su pedazo personal de oscuridad cuando regresó. No lo abandona, por más que busque sin descanso la luz del sol. Pero Naruto también posee su propia parcela de oscuridad: pesadillas confusas, noches en las que no consigue entrar en calor, por muchas mantas que lo tapen, y tirita hasta que no lo soporta más. Sale y se introduce en el cuarto del Uchiha, para encontrar la calidez de su cama. Él está despierto, siempre esperándole, los ojos fijos como si leyese en su cara lo que ha soñado. Y eso provoca que a Naruto le ardan las entrañas hasta que el Uchiha se da la vuelta con un resoplido, fingiendo estar molesto. Al rubio se le caldea el corazón, aunque los ojos le escuezan, igual que si estuviese a punto de llorar. Sonríe, se acurruca y se queda dormido. Un topetazo en la cabeza y un "Arriba, usuratonkachi" o "Despierta ya, dobe", lo arranca poco amablemente de sus dulces sueños. El ofrecimiento de un tentador desayuno acaba de espabilarlo y lo anima a iniciar el nuevo día.
Sasuke sufre, piensa Naruto ahora. Los motivos son tantos… pero su dolor es el suyo. El dolor de sus amigos es el dolor de Naruto, aunque más que ninguno, el del Uchiha. Porque Sasuke lo es todo para él como no lo es nada.
—¿Sasuke?
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A cientos de kilómetros de allí, una cara blanquísima, atónita y desencajada se miró en el espejo por séptima vez esa tarde.
No. Mis ojos están perfectamente. Esto es una puta arruga.
Orochimaru usó uno de sus dedos huesudos para estirar la piel hasta que la pronunciada línea de expresión de su frente se desdibujó.
Había que joderse: hasta la inmortalidad era un don que había de llevar adjunto el libro de reclamaciones. Aún espantado por su descubrimiento, se sentó y se sirvió un café en la cocina de su casa. Con una pierna cruzada sobre otra, escrutó el cielo anaranjado por la ventana. Aquella arruga era el principio del fin. ¿De qué servía vivir eternamente, si lo ibas a hacer arrugado como una uva pasa?
Deprimido, removió el contenido de su taza. Para colmo de males, tras ir dando tumbos por las aldeas circundantes, había ido a parar al culo del mundo. Literalmente. Un pueblucho remoto, encajado en un valle entre escarpadas montañas, al que solo bajaba lo imprescindible para comprar víveres y materiales de primera necesidad con el dinero que obtenía trabajando para algunos delincuentes y tiranuelos de la región.
Unos golpes violentos lo sacaron de su meditación autocompasiva. Llevaba todo el día trabajando en su sótano acondicionado como laboratorio ad hoc para satisfacer un encargo: elaborar un veneno mucho más agresivo que los convencionales. Y como era de esperar, había tenido éxito.
—¡Ya va! ¡Ya va!
Se anudó mejor su yukata y caminó entre gruñidos hasta la puerta.
Al abrirla no dio crédito a sus ojos. Uno de aquellos aldeanos patéticos que tanto le temían se encontraba en la entrada de su casa, temblando como un cachorrito. El aspecto fantasmagórico del Sannin y los rumores sobre su colaboración con la mayoría de los mafiosos del lugar no habían contribuido mucho a su popularidad.
Orochimaru enarcó una ceja y aguardó a que aquella sorprendente aparición aclarase el fundamento de su presencia en su umbral.
—Se lo suplico… —musitó el hombre, con los ojos llorosos—. Una noche oí decir que usted es médico. Nadie está dispuesto a venir y ella… ella… —balbuceó.
El ninja de las serpientes guiñó los ojos. Le aburría sobremanera la gente que tartamudeaba. Le daban ganas de tirar de sus lenguas para indagar acerca de lo que provocaba semejante torpeza.
Sonrió de pronto, al recordar que aquella inquietud en concreto ya había sido satisfecha. En una ocasión…
Sacudió la cabeza.
—¿Qué quieres?
—Morirá, si nadie la ayuda —respondió el aldeano.
La expresión del hombre, decidida durante unos segundos, le hizo parpadear.
Un valiente… Vaya, vaya. Era posible hallar diversión hasta en los confines de la civilización, después de todo.
Orochimaru se dio la vuelta. Fue a su cuarto, se vistió y cogió su bolsa.
—Iré contigo, pero si no me complace lo que veo, te vas arrepentir —dijo, tras cerrar la puerta de su casa. La curiosidad era su perdición.
Era casi de noche cuando llegaron a una casita destartalada, en cuyo interior se oían gritos. El Sannin, sin pedir permiso, empujó la puerta, se adentró en la cocina y continuó por el pasillo hasta el único cuarto. En la cama, una mujer joven con un vientre demasiado prominente jadeaba, sudorosa. En el suelo, se arrodillaba otra mujer, ya anciana.
Las sábanas empapadas de sangre, el vapor de agua que emanaba de unos calderos y la posición de las piernas de la joven, delató lo que ocurría. El Sannin con una mueca de repugnancia se giró hacia el hombre.
—¿Un parto? —exclamó—. ¿Me has hecho venir hasta aquí para asistir a la expulsión de una criatura llorona? No puedo creerlo.
—Por favor —le rogó este—. No tenemos dinero y nadie quiere ayudarla. Haré lo que sea, lo que me pida.
El Sannin miró a la parturienta y torció la boca.
—Quítale la sábana.
Orochimaru no era experto en traer gente al mundo, todo lo contrario, pero se dio cuenta de que algo no andaba bien. La sangre era excesiva y una especie de mucosa violácea sobresalía por donde no debía.
El ninja pensó entonces en lo que le había hecho patente su espejo hacía unas horas. La vida eterna no poseía valor sin la juventud. Ese niño o niña, ahora próximo a la muerte, igual que su madre, tenía justo todo lo que a él le faltaba.
Se acercó a la cama, dio instrucciones al hombre y a la mujer mayor, y abrió su bolsa. Lo que sacó de ella provocó el horror inmediato en ambos.
—Ten confianza en mí, aldeano —espetó el Sannin—. Podría mataros sin romperme una uña, pero no hago nada que no me reporte beneficio. Tu futuro hijo o hija puede constituir una nueva oportunidad… para todos.
El hombre asintió, sin comprender en las implicaciones de lo que el Sannin le explicaba. Su prioridad era ayudar a su esposa y a su hijo.
Menos de diez minutos después, en los brazos blanquecinos y flacos del ninja de las serpientes, torturador implacable, asesino y despiadado esclavista, caía un hermoso bebé de tres kilos de peso y pulmones de oro.
El Sannin se apresuró a entregar a la cansada madre su preciada carga, se lavó las manos y los brazos hasta la rodilla a la velocidad del sonido, arrebatando toda el agua hirviente a la estupefacta comadrona y, tras secarse con una toalla limpia, contempló a la nueva familia.
—Mi enhorabuena por vuestra saludable y viscosa fuente femenina de fluidos malolientes. Consideraré con calma lo que os exigiré como recompensa. Ya tendréis noticias mías.
Esquivando una entusiasta palmada en la espalda por parte del orgulloso padre y eludiendo los intentos de la comadrona de interrogarle acerca de su impecable técnica con los instrumentos de metal, Orochimaru se marchó a su casa.
Al llegar, agotado, se estiró encima del sofá. No había cerrado los ojos medio minuto y se escucharon más golpes en la puerta. Allí se dirigió, pero en lugar de abrir, optó por gritar a través de las maderas:
—¡Si eres otro aldeano con necesidades ginecológicas, te advierto que me niego a hurgar entre las piernas de más hembras!
—No —lo cortó una voz conocida—. No soy ningún aldeano, Orochimaru-san.
Muy despacio, el Sannin abrió la puerta para toparse con un extraordinario personaje cubierto por una capa, pero cuyo atuendo funcionarial y gafas metálicas eran inconfundibles.
—Traigo dos noticias para usted. Una buena y otra mala. ¿Cuál prefiere recibir primero?
El ninja contestó y el mundo se agrandó. Sus piernas dejaron de responderle porque habían desaparecido, lo mismo que sus brazos. El suelo volvía a ser su gran amigo.
Maldiciendo su destino recurrente, acompañó por los bosques al encapuchado 752309278027572 hasta el previsible túnel de tren, en el que otro hombre idéntico les esperaba. Antes de reptar sobre su vientre escamoso por los escalones del vagón, una cuestión de gran trascendencia asaltó su cabeza:
Ssssi essssta era la noticia buena, ¿cuál sssserá la mala?
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—¿Sasuke?
El Uchiha calló y el rubio se acercó hasta que su agradable olor invadió sus fosas nasales y le produjo un escalofrío.
—Date la vuelta.
Sasuke, ceñudo, se giró de golpe y el rubio se lanzó sobre él para intentar a su manera que arrinconase sus penas misteriosas.
—Kage bunshin no jutsu.
El Uzumaki utilizó su técnica más letal. Sin compasión. Sin piedad.
Mientras un malvado clon apresaba al moreno, el original se dedicó a hacerle cosquillas.
Sasuke jadeó por la conmoción y trató de mantener la compostura, pero su impasibilidad habitual se hizo trizas. Se retorció como una anguila, eludiendo indignado los deditos cosquillosos del rubio y terminó pataleando, a carcajada limpia, como nadie oyó reír a un miembro del mal encarado clan Uchiha.
Las amenazas de electrocución y abrasamiento se sucedieron, pese a que las carcajadas histéricas le quitaban poder de persuasión, hasta que el Uzumaki consideró que ya bastaba, deshizo su técnica duplicadora y en un soplo de viento se halló bajo el cuerpo del otro.
—¡Hijo de la gran…! —Sasuke se atragantó, pero enseguida recobró el aliento para anticipar—: Ahora verás.
Naruto no trató de resistirse. Deseaba extirpar de su amigo la melancolía en la que lo había sumido su indiscreción imprudente. Torturado por el otro, rio y rio él también, cayendo ambos finalmente de espaldas sobre la cama.
El espejo del techo les entregó sus imágenes, despeinadas y sonrosadas.
—Lo siento, Sasuke.
—Tú no tienes la culpa de nada. Si no fuese por ti, yo...
A Naruto la frase inacabada lo emocionó, pero se mordió la lengua para no avergonzar al Uchiha. Sin venir a cuento, relató la muerte de Jiraiya, el Sannin de pelo blanco que fue como un abuelo para él. Para entonces, ya estaban tendidos boca arriba con las manos tras la cabeza y sus ojos no rompían su conexión en el espejo.
—Murió para detener el odio y su legado ha continuado viviendo en mí, aunque él ya no lo haga. Ahora que te he recuperado, ese es el objetivo de mi vida.
—La naturaleza humana no se puede cambiar, Naruto. Por eso sucumbió tu maestro. Pero tu meta hace de ti el gran ninja que eres. Y si puedo ayudarte, aquí me tienes.
—Gracias.
Se sonrieron a través de la superficie pulida. Impulsivamente, Naruto extendió la mano para posarla sobre la del otro y percibió su tensión. Segundos después, el Uchiha se relajó y sostuvo su mirada en el cristal sin apartarla. Entrelazó sus dedos con los del rubio y este dejó de respirar.
Un pinchazo agudo en el centro del pecho. Otra vez esa sensación de abismo, bajo sus pies. La misma que atenazaba a Naruto cuando solo Sasuke era capaz de calmar sus aflicciones nocturnas, su inquietud inexplicable y ese frío que se le introducía hasta las profundidades.
—Teme… yo…
—¡Ahhhhh!
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Un intempestivo grito proveniente del cuarto de al lado los llevó a separar sus manos.
—¡Vaya! Tenemos vecinos, teme. Y por lo visto, las paredes no son muy gruesas.
—¡Más fuerte! ¡Ah! ¡Ah!
—Esa voz no es de una…
—Son dos hombres, dobe.
Naruto parpadeó. A sus diecinueve años no era ningún ignorante. Ya había oído hablar de ese tipo de parejas a Kakashi-sensei, pero no conocía casos concretos. Además, la mecánica de la relación física se le escapaba por completo. En un salto, se acuclilló sobre el colchón con una oreja pegada al tapizado. Se sintió observado y sus ojos chocaron con los de su amigo, aún extendido sobre la cama.
—Quita esa cara de acelga. Es que… ¡son dos tíos follando, joder! Me muero de curiosidad.
—Pierdes el tiempo. Por el entusiasmo que le ponen, desde aquí te ibas a enterar igual.
—Oírlos sí, pero… ¿No podrías usar tu Sharingan?
Los ojos de Sasuke relampaguearon en rojo, si bien sus intenciones no parecían ser las de complacer las apetencias de voyeur de su amigo, sino las de evidenciar que sus impresionantes técnicas oculares no iban a ser desperdiciadas en tales guarrerías en vano.
Desde el otro cuarto, la sinfonía de gemidos, suspiros, gritos y solicitudes obscenas se hizo ensordecedora. Unos cuantos alaridos y la secuencia regular de golpes sólidos contra una pared anunciaron la conclusión del episodio.
Naruto se acostó otra vez junto a Sasuke.
—Creo que ya se han corrido.
—No me digas.
El rubio echó la vista hacia abajo y comprobó que la entrepierna de su ropa interior estaba más abultada de lo recomendable, teniendo en cuenta que su ceñudo mejor amigo lo estudiaba de reojo.
—¿Qué pasa? No soy de piedra —reclamó.
—Tampoco yo.
Impactante confesión, que llevó al Uzumaki a realizar un giro de cuarenta y cinco grados para encararlo.
—¿También se te ha puesto dura?
Sasuke apartó la sábana que cubría sus caderas. Una notable erección se delineaba bajo la tela oscura. La exhibición provocó una vibración y sus ondas chocaron contra la libido del Uzumaki, reprimida durante diecinueve años. Sin embargo, el otro continuaba con su rostro impasible, como si lucir entre las piernas un monolito del tamaño de la antigua Torre Hokage no lo alterase en absoluto.
Naruto se arrimó a él y apareció un brillo indescifrable en las pupilas oscuras. Un dedo tostado tocó el tierno labio inferior del Uchiha con la yema y apretó hacia abajo para abrir su boca. Pasmado de asombro por conservar la vida, se atrevió a adentrar la primera falange en el interior húmedo y suave. La sensación fue exquisita y, ante la ausencia de una airada reacción defensiva, Naruto desplazó el dedo por la cavidad hasta rozar la lengua. Sus respiraciones se aceleraron, pero ninguno mudó de posición. Ni el extasiado rubio retiró su dedo, ni Sasuke lo atrapó con unos dientes afilados. Al contrario, su boca siguió invitadoramente abierta y receptiva, permitiéndole proseguir su exploración.
A Naruto, un dedo le estaba brindando más placer que todas las maniobras de amor propio que había ejecutado en su corta vida. En un vistazo rápido, comprobó que su erección continuaba rígida como el hierro y que la del moreno tampoco había menguado. Él ya estaba goteando bajo su ropa interior y el dolor de sus partes nobles se incrementaba. La intimidad de todo aquello, la saliva de Sasuke, la blandura de su lengua y el calor de su interior lo estaban fundiendo.
Y fantasear con que ese dedo podía llegar a ser otra cosa…
—Sasuke —confesó el rubio—. Tengo que parar. Me duele demasiado la polla.
—¿Estás sugiriendo que haga algo al respecto… Naruto?
El tono grave y la pregunta provocadora del Uchiha erizaron el vello de su nuca, haciendo que la carne hirviente se irguiese más de lo que estaba.
—¿Lo harías?
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El terciopelo de las paredes absorbía el eco de los resuellos de dos ninjas desnudos. Naruto se encontraba sobre Sasuke y se restregaba en fuertes impulsos contra el hombre debajo de él.
Iba a correrse en cualquier momento. Era mirar abajo, a sus pollas juntas, húmedas y resbaladizas; o a la cara sudorosa y colorada del moreno, y tener que apretar los dientes para no reventar. Se habían propuesto como un reto personal no correrse antes que el otro y así estaban, ojos contra ojos, piel contra piel, compitiendo por aquello como lo hacían por todo.
Y aguantándose las ganas.
Como era previsible, luchaban con denuedo por derrotar al contrario. Mientras que Naruto aprisionaba al moreno contra la cama, como si estuviesen llevando a cabo un acto mucho más placentero que no podía osar imaginar, el Uchiha enterraba sus dedos en las nalgas ajenas, refregándolas contra él con furia.
De improviso, Sasuke empleó una mano para juntar las dos carnes rígidas y los agudos estímulos arrastraron a Naruto al filo.
—Sigue. Frótalas fuerte… Oh, joder. Apriétalas más. Así…
—Naruto…
—Yo… ah… también, Sasuke… Ah… ¿A la vez? ¿Sin… ah… vencedor?
—Sin vencedor.
Los dos alcanzaron la cima al mismo tiempo. Gritando, sacudiéndose, convulsionando y esparciendo el tórrido chorro blanco por sus vientres.
En cuanto los corazones y las cerezas cesaron de bailar frente a sus ojos, Naruto se mordió los labios y se abrazó a Sasuke con una sonrisa gigantesca.
—Yo… no sé qué decir. Nunca pensé que tú y yo…
Lo ocurrido no había sido solo lo que había sido. Nada entre ellos era solo físico, ni los combates, ni los abrazos.
—Estoy tan contento de que estés conmigo, Sasuke… Soy tan feliz…
El Uchiha, sorprendentemente, lo rodeó con sus brazos y lo oprimió de tal manera que el rubio creyó morir ahogado. Sintió entonces unos temblores y le dio la horrible sensación de que Sasuke estaba llorando. Alarmado, trató de echarse hacia atrás, pero el Uchiha no lo consintió y redobló el abrazo, escondiendo la cara en su cuello y murmurando cosas ininteligibles.
Lo poco que pudo interpretar el Uzumaki no tenía pies ni cabeza. Persiguiendo aplacar los temores de Sasuke, aun sin discernir su verdadera naturaleza, besó una y otra vez los mechones revueltos y le prometió que nada malo le ocurriría. Que jamás volvería a permitir que se lo quitasen. Que sus vidas estaban unidas y siempre lo estarían.
Naruto recitó tantas promesas, que muchas de ellas ni siquiera las recordaría, años más tarde.
Poco a poco, los estremecimientos de Sasuke se apaciguaron. Naruto notó que el Uchiha se ablandaba entre sus brazos y oyó otro susurro a su oído. Fue tan tenue, tan breve, tan soñado, que Naruto no tuvo claro si no habría sido el rumor de su respiración en el cuello. Sin dudarlo, reprodujo lo que había creído escuchar de Sasuke y supo que no se equivocaba al sentir que el moreno reanudaba sus esfuerzos por asfixiarlo, reforzando los brazos con sus piernas.
La súplica de una Hokage, una pelea bajo el agua, el rescate de una rana, salvarse de morir a manos de unas féminas ávidas de sexo, sufrir un empacho de color rosa, correrse entre las manos de Sasuke y corresponder a su declaración de amor musitada al oído. Abrazado al Uchiha, Naruto se quedó dormido, convencido de que aquel había sido el más increíble de sus días.
