Capítulo XVIII. La memoria (primera parte)
Sasuke abrió los ojos y se encontró a Sasuke Uchiha con los globos oculares inyectados en sangre, unas ojeras hasta los pies y su maravilloso pelo hecho una pena. A su alrededor se arrugaba una seda con puntillas, a la cama en la que estaba tendido solo le faltaba ponerse a latir y todo era de un horrible, repugnante, vomitivo y espantoso color rosa.
Puta mierda de espejos en el techo.
Buena parte de sus jugos gástricos ascendió por su esófago con intenciones de salir disparada al exterior y expresar su opinión sobre decoración de interiores, pero lo que halló a su izquierda le curó de todos sus males. Naruto dormía sobre su hombro, con el flequillo posado en su clavícula y su respiración acariciando su piel desnuda.
Procurando no despertarlo, lo atrajo más hacia sí y lo estrechó contra su pecho. El Uzumaki emitió un par de ruidos extraños y se dejó abrazar sin abrir los ojos, amoldándose perfectamente al cuerpo de Sasuke.
Tal y como dormían cuando aún estaban en Aquel Lugar.
Satisfecho, acopló sus caderas, detectando en su compañero una deliciosa erección matutina que hizo pulsar la suya. Cada segundo que compartía con él era precioso: noche tras noche, se dormía ignorando si vería otro amanecer. Y qué decir de tantos meses de soportar tormentos que el propio Infierno no habría concebido, recurriendo a todo su autocontrol para no saltar sobre su amigo y devorárselo vivo. Pero aquello requería de toda su entereza; si se precipitaba manifestándole sus sentimientos, era probable que se asustase o lo rechazase.
Incluso sabiendo, como Sasuke sabía, que, en todos los universos y eternidades posibles, Naruto siempre lo querría.
Un ronquido vibró contra la parte baja de su cuello.
—Dobe.
El ruido cesó y unas motas doradas aletearon sobre los ojos azules, hasta que estos se enfocaron en él y el futuro Hokage de Konoha despertó con una amplia sonrisa.
—Buenos días.
Sus labios estaban muy cerca, tanto que más tarde no fue capaz de recordar si alcanzaron a rozarse porque, en la quietud de la rosada habitación del amor, un aullido similar a una sirena antiaérea hizo que la tapa de sus sesos diese un brinco en sus cráneos.
—¡Joder!
—¿Qué es eso?
—¿Y yo qué demonios…?
—Señoras y caballeros, o señoras y señoras, o caballeros y caballeros, o humanos y criaturas irracionales que hayan empleado nuestro establecimiento para su disfrute de cualquier tipo: su tiempo de permanencia aquí ha finalizado. En el caso de que deseen prolongar su estancia, depositen la cuantía requerida en la ranura que hay al lado del cuadro de tarifas, por favor. En caso contrario, otra advertencia de análogo tenor y decibelios volverá a deleitar sus oídos en diez minutos.
La gangosa voz femenina, de sospechosa semejanza a las que anuncian ofertas y descuentos en los grandes almacenes, liquidó su declaración con un carraspeo. Cinco minutos bastaron para que Naruto y Sasuke saliesen a toda prisa del cuarto y estuviesen respirando ya el aire puro y cortante de la madrugada.
—¡A quién se le ocurre! ¡Escogiste una habitación por horas!
—Financiadas por la barriga de Gama-chan, no seas exigente —protestó el rubio, mientras los tres se encaminaban a la salida de la aldea, terminando de abrocharse los pantalones (a excepción de la rana)—. El día que lo costeen tus misiones, ocuparemos unos aposentos dignos de un Uchiha. Entretanto, te conformarás con lo que podamos permitirnos, teme.
—No habrá más misiones —La voz fue seca—. La Hokage nunca confiará en mí.
—Hablé sin pensar. Lo siento, Sasuke.
Este reconoció el sincero pesar en su amigo y, a esa frase familiar, correspondió con otra. Una que le trajo recuerdos que dolían:
—Has gastado tus "lo siento, Sasuke" de hoy. Reserva algunos para mañana, estoy convencido de que volverás a necesitarlos.
—Mmm… Queda otro asuntito que tratar. ¿Te acuerdas de lo que nos dijimos anoche?
El Uchiha asintió y alargó la mano hacia el hombro del otro. La fecha de su partida se aproximaba, lo presentía, pero se negaba a esfumarse una vez más de la vida de Naruto sin una explicación. Sabía por amarga experiencia que no lo soportaría.
—Antes de ir a Konoha, hagamos una cosa.
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Pocas horas después, habían llegado al Valle del Fin.
Una luz dorada bruñía lo que tocaba y el agua caía con majestuosidad sobre las rocas. Un lugar hermoso, pensó Sasuke. El rincón apropiado para abrir su alma y quedar en paz, antes de que sucediese lo inevitable.
Naruto fijó sus ojos en la parte superior de las estatuas de Madara y Hashirama y chasqueó la lengua.
—Otra vez acabamos aquí.
Avanzó hasta el borde de la catarata.
—Ven.
Sasuke lo giró para envolverlo en unos brazos cálidos que no deseaban soltarlo más. Permanecieron así hasta que el sol se alzó por encima de ellos, creando diminutos arcoíris suspendidos en la nube de gotas, y su reflejo deslumbraba desde el agua.
—Donde yo esté, estarás tú.
Naruto se echó hacia atrás.
—¿Más tonterías como las de ayer? No vas a irte a ninguna parte.
—Ojalá pudiese quedarme —dijo Sasuke—. Ojalá hubiera hecho mis elecciones cuando aún tenía una oportunidad. Ojalá hubiese sido egoísta la única ocasión en la que no lo he sido. Si no te hubiera traído, no nos separarían jamás porque…
—¡CIERRA EL PICO, UCHIHA!
La atronadora voz del demonio zorro retumbó en sus oídos y le hizo salir despedido y tomar tierra en un matorral cercano.
Al enderezarse, vio que Naruto estaba rodeado por un aura rojiza y sus globos oculares latían con el color de la sangre. Como ya sucediera en el pasado, el Kyuubi había asumido el control de su contenedor.
—¿Naruto?
Desde el remate de la Cuarta Guerra Ninja, el rubio y Kurama mantenían una relación cordial y conversaban a menudo. Una apropiación no consentida de su cuerpo era un síntoma de que algo grave ocurría.
Sasuke desenvainó las aspas de su sharingan, que comenzaron a dar vueltas con celeridad en los iris carmesí.
—Naruto retomará de inmediato el mando. Adéntrate en su interior y no de esa forma malsana que tu cerebro calenturiento está imaginando. Introdúcete en su mente y encuéntrame. ¡Ahora!
Sasuke obedeció.
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Sorprendido, descubrió que el antaño húmedo y lóbrego interior de Naruto había sido reemplazado por una pradera sin horizontes, cuya hierba susurraba bajo el cielo azulísimo.
Presidiendo tan idílico paisaje, junto a un lago de aguas cristalinas, la cabeza del demonio zorro reposaba en sus patas delanteras.
Los ojos encarnados se abrieron.
—UCHIHA.
—¿Dónde está Naruto?
—FUERA, PARA QUE HABLEMOS CON TRANQUILIDAD.
Sasuke se cruzó de brazos.
—Habla tú. Yo no te he convocado.
—SIEMPRE TAN ENCANTADOR… —El Kyuubi mostró un colmillo de varios metros de altura en un amago de sonrisa—. TE PROHÍBO QUE LE DESVELES NADA DE SU OTRA VIDA.
—¿Estabas allí?
—SÍ.
—Suponíamos que… —Se interrumpió y arrugó el entrecejo—. ¿Estuviste allí todo el tiempo?
—SIN POSIBILIDAD DE COMUNICARME, Y A MENUDO DESEANDO ESTRANGULARME CON MIS NUEVE COLAS, PERO SÍ. TODO EL TIEMPO.
Sasuke gruñó por lo bajo. A él tampoco le hacía gracia tener aquel voyeur indeseado en sus escarceos nocturnos con Naruto. Con Naruto y con su herm…
Mierda.
—DESPUÉS DE QUE TE FUGARAS, EL SEÑOR DEL INFRAMUNDO Y YO FIRMAMOS UN PACTO: A CAMBIO DE LA RECUPERACIÓN DE MI CHAKRA ORIGINARIO Y DE CIERTAS MEJORAS EN MI RESIDENCIA, ME HE ERIGIDO EN CUSTODIO DE CIERTOS RECUERDOS PERDIDOS.
Una uña blanca guio la vista de Sasuke hacia una urna naranja, cobijada entre la hierba. Su tapa se unía al cuerpo por medio de varios rectángulos de papel, plagados de símbolos.
—¿Qué es?
—LA MEMORIA DE NARUTO. LA VASIJA QUE ENCIERRA VUESTRA VIDA ALTERNATIVA. QUE LA TAPA SIGA SELLADA ES UNO DE MIS DOS COMETIDOS.
El Uchiha anduvo hasta la urna y posó una mano sobre la superficie lacada. Estaba caliente y parecía muy pesada.
—¿Me la muestras para martirizarme?
—PARA ESO TE BASTAS TÚ SOLO. AUNQUE ME DERROTASES, NO PODRÍAS QUEBRAR ESOS SELLOS NI EN UN MILLÓN DE AÑOS. Y TAMPOCO DISPONES DE UN MILLÓN DE AÑOS PARA INTENTARLO, POR DESGRACIA.
Sasuke se volvió.
—Entonces lo sabes.
—¿QUE TE QUEDARÍAS CON NARUTO, RENUNCIANDO A TU EXISTENCIA ETERNA? POR SUPUESTO.
—Pero si lo decidí al llegar aquí...
—PUES NO FUE PRECISO USAR NINGÚN PODER SOBRENATURAL: ERES MUY PREVISIBLE, UCHIHA.
—Me has traído aquí sin que hiciese falta. No iba a confesarle la verdad, solo pretendía despedirme.
—AMBOS LO CONOCEMOS BIEN. NO SE CONTENTARÁ CON EXCUSAS BARATAS Y TE INCORDIARÁ HASTA LA EXTENUACIÓN. ¿QUÉ JUSTIFICACIÓN IBAS A DARLE?
Sasuke cerró los ojos. Naruto sufriría, daba igual lo que hiciese.
—No lo sé.
—CUANDO TU ENERGÍA VITAL SE CONSUMA TE DESVANECERÁS, A MENOS QUE ACUDAS AL PUNTO DE ENCUENTRO QUE TE SEÑALARON AL LLEGAR. TODAVÍA HAY UN TREN ESPERÁNDOTE.
—¡¿Qué?!
—LO QUE OYES. Y NO PREGUNTES LA RAZÓN. "ÉL" NO REVELA SUS AUTÉNTICOS DESEOS A LOS MORTALES. NI SIQUIERA A MÍ, QUE TAMBIÉN SOY UN DEMONIO.
Sasuke apretó los puños y sus dientes rechinaron. Era inconcebible que sus interminables meses de agonía, desconociendo si cada día sería el último, desembocasen en un final tan patético. Correr como una rata miserable hacia la salvación, rebajando a la nada el valor de sus sentimientos, de su dolor y de su sacrificio, no era una opción para un Uchiha.
No podía serlo.
No.
No…
—¡Maldita sea! ¡Esos bastardos disfrutan torturándome! Ya me había hecho a la idea de desaparecer y ahora…
—LA INICIATIVA NO ES MÍA. ASUMÍ DOS COMPROMISOS CON EL GUARDIÁN DEL ABISMO: INFORMARTE DE QUE EL TREN SIGUE AHÍ E IMPEDIR QUE LA TAPA DE ESA URNA SE ABRA. NO TIENES POR QUÉ EVAPORARTE, SI ACEPTAS LA OFERTA Y COGES ESE TREN.
Sasuke, enfurecido, se preparó para marcharse, pero lo retuvo otra intrigante declaración del Kyuubi a su espalda:
—ERES UN HOMBRE INTELIGENTE Y LOS RETORCIMIENTOS DEL LENGUAJE NO TE SON AJENOS. LOS DEMONIOS NOS ATENEMOS A NUESTROS PACTOS AL PIE DE LA LETRA. NO OLVIDES CADA DETALLE DE MIS PALABRAS ANTES DE TOMAR UNA DECISIÓN, UCHIHA.
Sasuke se tapó las orejas con rabia. ¿Retorcimientos del lenguaje? La conversación había sido muy clara y ni los genios de su clan eran más avispados que el demonio mitológico medio, tratándose de las personas a quienes más amaban. Que se lo dijeran a…
—Nii-san —murmuró, notando cómo el aire se hacía borroso—. ¿Tú qué harías?
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A su alrededor, el Infierno era blanco y azul.
Itachi exhaló despacio contra el pelo de la capucha, para calentar el aire que penetraría en sus pulmones. Pese a que ya no podía morir de frío, la sensación era idéntica. Protegido por la ropa térmica, un abrigo hasta los pies, botas de crampones y unos gruesos guantes, incrustó su bastón en el suelo, puso la otra mano sobre sus cejas y oteó a lo lejos.
Muchas jornadas de viaje lo habían transportado hasta el distrito más remoto, en los confines de La Ciudad. Arrimado a los paños de la muralla, al otro lado de las Puertas de Entrada, se extendía un desierto de nieve y hielo, tan gélido que nadie lo habitaba.
Bueno, alguien sí…
Delante de él, resplandecía un gran lago congelado. A su derecha, una construcción cilíndrica de color negro emergía del manto nevado sobre la ladera de uno de los picos circundantes.
Un Número había aporreado su puerta de madrugada. Nada de las habituales misiones de rastreo o persecución; de los labios del funcionario escuchó una demanda inesperada. ÉL le convocaba a su presencia.
Era insólito que lo reclamasen tan de improviso y lo condujesen a esa distancia de La Torre. ¿Problemas con las puertas, de nuevo? No lo creía. Por las noticias de que disponía, La Ciudad continuaba bien abastecida, aunque sus contactos con las otras almas eran escasos y accidentales. Había vuelto a coincidir tres o cuatro veces con aquella mujer peculiar, Siete, y con una rubia y una pelirroja que solían escoltarla. Asimismo, se había tropezado por casualidad con su antiguo compañero de Akatsuki, Kisame. Como le habría pasado a Naruto si se hubiese quedado, era evidente que a la larga se daría de bruces con una inmensa mayoría de aquellos a quienes había matado, vencido o jodido en el pasado. Aburrirse, no se aburriría.
Pensó en su hermano menor, al que no había vuelto a ver desde su partida. También en Naruto, del que le habían separado sin oportunidad de despedirse en los túneles, cuando ÉL había hecho su aparición. Imaginaba que ambos se encontraban a salvo y juntos en el mundo real, si los acontecimientos habían discurrido como debían. Y hallándose Naruto implicado, era más una certeza que una conjetura. Sin embargo, tarde o temprano, Sasuke regresaría al Infierno solo e Itachi llevaba meses preparándose para mitigar su desconsuelo. Lo esperaría, lo sostendría, estaría a su lado y, poco a poco, su otouto aprendería a sobrevivir sin la persona a la que más quería.
Tal y como el Uchiha mayor había hecho toda su vida.
Arrancó el bastón del suelo y recorrió unos metros más. Elevó los hombros para acomodar la mochila y consideró el escalar la desembocadura de un pequeño glaciar que descendía por la pendiente para atajar hasta la construcción, en lugar de rodear las masas rocosas. La fachada principal no miraba al lago y solo divisaba una puerta secundaria con una escalera empinada.
Si se abría, serviría. Ellos lo aguardaban, ¿qué más daba por dónde entrase?
La aprensión se mezclaba con la curiosidad. Se había quedado sin la ocasión de hablar cara a cara con ÉL y le intrigaba saber cómo sería. Solo conocía su voz, no su apariencia, y auguraba que le iba a sorprender. Para bien y para mal.
La luz diurna menguaba a pasos agigantados e Itachi estaba ansioso por llegar a la construcción antes de que se hiciese de noche. Durante el trayecto, no se había desprendido de otra sensación turbadora. No eran los Números. No era ÉL. Ellos lo esperaban dentro de aquella siniestra edificación negra.
No obstante, estaba convencido de que alguien lo seguía.
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El frescor del suelo bajo su espalda, unos duros muslos sirviéndole de almohada y, pintado contra el cielo del Valle del Fin, a Sasuke se le apareció el rostro angustiado del futuro Hokage de Konoha.
—¿Te encuentras bien, Sasuke? Perdí el conocimiento y al despertarme te habías desmayado. ¿Crees que un enemigo nos atacó?
El Uchiha se incorporó desde su regazo y se sacudió el polvo de la ropa.
—No te preocupes. Todo está bien ahora. Quiero irme a casa.
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Sai y Sakura habían ido a atender sus quehaceres diarios y la casa se encontraba vacía. Sasuke se despidió con un ademán y entró en su habitación. No había abierto la boca en el camino de regreso. El Uzumaki no se merecía ese comportamiento, pero aún no se sentía con fuerzas para profundizar en lo ocurrido la noche anterior. Tenía que meditar.
Escuchó el correr del agua en el otro cuarto. Naruto se estaba duchando, mientras él divagaba. Era un hombre pragmático y conocía al Uchiha; necesitaba su espacio y él se lo daría.
Se miró al espejo.
¿Cuánto tiempo transcurriría hasta que su cuerpo comenzase a deteriorarse? Si tomaba ese último tren, ¿volvería a ver a Naruto? ¿Superaría otra vez todos los obstáculos para encontrarlo?
No.
Su barbilla descansó en su cuello. No habría segundas oportunidades: si se quedaba, no tardaría en volatilizarse. Pero si abandonaba a Naruto ahora, su corazón sería el primero que se desintegraría.
Sus manos apenas acertaron a despojarse de su ropa con torpeza, enredándosele los dedos en las telas. En cuanto estuvo desnudo, corrió como el viento.
El rubio estaba enjuagándose el jabón del pelo. Una figura pálida invadió su baño y sin pedir permiso, abrió la mampara de la ducha.
—¿Teme? ¿Estás…?
Su espalda chocó contra los azulejos empañados. Los dientes de Sasuke se estrellaron contra los del rubio y ya no hubo tiempo de preguntarse o de vacilar. Solo quería sentir su piel húmeda, su calor y sus brazos envolviéndolo, su erección apretándose contra la suya. Lo oprimió contra la pared, con su deseo empujándolo como un ariete al rojo. Se coló entre sus labios y se aferró a él como si fuese su única esperanza de salvación.
No hablaron. Todo estaba dicho. Igual que meses atrás, en la oscuridad del baño de un tren, fueron dando tumbos contra las losas de cerámica y la mampara bajo el chorro de agua caliente, luchando por respirar los pocos segundos que consentían en separarse; los dedos hincándose en las carnes duras de la espalda y las nalgas, las lenguas buscándose, codiciosas.
Cuando la impaciencia pudo con él, Sasuke inmovilizó al otro para agarrar su miembro, masturbándolo con ayuda del jabón y de las gotas transparentes que brotaban de la punta.
—Saa… ah… Sasuke.
El Uzumaki se contrajo, colgándose de su cuello para que sus rodillas no lo traicionaran.
—¿Te gusta? —Sasuke mordisqueó su oreja y su mejilla, completamente dedicado a brindarle placer—. ¿Así?
Aquello invariablemente lo encendía. Cómo amaba la polla de Naruto.
—Me van a explotar los huevos. Hazme más cosas… en la cama
Se escurrió de su cuello, descorrió el cristal y salió volando, plantando allí a un Uchiha atónito y enjabonado, cuya erección poseía una consistencia capaz de atravesar por sí sola el vidrio de la mampara.
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La edificación de mármol negro hundía sus cimientos en un saliente rocoso y sobresalía, orgullosa, de la ladera de la montaña. Coronada por almenas, sus ventanas y puertas eran de un rojo muy vivo, por eso le había resultado sencillo localizar una entrada a distancia.
Itachi se frotó las manos. Sus guantes eran gruesos, pero aun así percibió el frío del metal de la barandilla de la escalera contra la palma. Subió por los peldaños resbaladizos hasta la plataforma situada frente a una puerta estrecha. Los Números no le habían dado indicaciones sobre cómo entrar y sintió la tentación de patearla, pero primero era mejor probar el método convencional. Mano en el pomo y abajo.
Confundido, comprobó que cedía. Un rectángulo luminoso y algo más cálido lo recibió en el interior.
Dentro se estaba mejor, aunque no mucho. Había un vestíbulo sin muebles, con lámparas suspendidas de un techo muy alto que dibujaban sombras trémulas en los muros. Caminó en línea recta, cruzó entre dos gruesos pilares y se metió por un pasillo largo que terminaba en una escalinata ascendente. El diseño era semejante al de la Torre, así que no le costó hacerse con el esquema básico. Lo importante se encontraba arriba.
Corredores y peldaños se sucedían. Ni Números ni almas entorpecieron su ruta y, si no sabía por dónde tirar, escogía la alternativa que subía.
Pero ya iba siendo hora de que su compañero invisible enseñase su fea cara. Esperó oculto tras el muro en un rellano, escuchando el curioso sonido de fricción que le había seguido desde que penetrara en el torreón negro. Un ruido no muy discreto, ahora que ambos estaban encerrados en un lugar sosegado como una tumba.
Cuando consideró que era suficiente, saltó de su escondite y se encaró con su perseguidor.
Y se quedó de piedra.
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Sasuke estaba engullendo a Naruto. Su garganta se había abierto para acogerlo hasta que el vello rubio le cosquilleaba en la nariz. Como es obvio, el Uzumaki se mostraba alucinado, encantado y soberanamente cachondo. Con mayor delicadeza de la que cabría suponer, sostenía su cabeza para que el moreno decidiese la profundidad y la cadencia de la maravillosa mamada.
El temblor transmitido a su esófago y el endurecimiento repentino de los testículos en su mano le dieron pistas sobre el futuro inmediato. Naruto se corrió con un bramido y un más que complacido Sasuke no desperdició ni una gota.
—Qué poco tardas, dobe.
—Sácatela de la boca para hablar o tardaré menos la próxima vez. —El rubio respondió a la provocación con una sonrisa perezosa—. ¿Cómo es posible que no hayamos hecho nada así antes? Ha sido increíble. Tú y yo, y… —Su vista cayó en picado—. Eh, eh. No te has corrido aún. Hay que solucionarlo.
—Si insistes…
Se tendió junto a él y se miraron con todas las emociones que solo ellos podían proyectar en sus miradas.
—Sasuke —pronunció Naruto con ternura—. Sasuke, Sasuke, Sasuke…
Este tragó saliva, ante la oleada de sentimientos que los embargaban y que casi podía experimentar físicamente. Su amigo se le lanzó encima y solo se detuvo a rozar su nariz con la suya antes de besarlo. Lo aplastó contra la cama, y una y otra vez asaltó su boca, al tiempo que acariciaba con la suave pelusa de su vientre su erección necesitada.
—Un momento —rogó el moreno, al filo del orgasmo—. Espera.
Naruto no pestañeó hasta que su compañero abrió las piernas, enlazándolas alrededor de sus caderas. Las cejas doradas se le adhirieron al nacimiento del pelo, al comprender lo que se le estaba proponiendo de manera velada.
—¿Quieres que…? O sea… ¿Tú quieres que yo…? ¿Que te…?
Sasuke movió la cabeza afirmativamente. Él y Naruto se habían follado hasta desfallecer durante su estancia en el Infierno. Deseaba sentirlo dentro tanto como deseaba estar dentro de él, pero no iba a forzar la situación. Se conformaba con lo que estuviese dispuesto a darle; ya era más de lo que habría soñado dos días atrás.
Naruto flotaba en su nube. Se abatió sobre el Uchiha y los besos se hicieron desesperados. Su erección se restregó contra sus testículos y más abajo, tanteando a refregones el lugar anhelado.
—Deberíamos usar algo.
—¿No quieres convertirme en padre tan joven? —se burló cariñosamente el rubio, lamiéndole la oreja, sin cesar sus embates simulados.
—¡Usuratonkachi! No digo eso. —Aclarar la cuestión era muy embarazoso—. Nos haría falta algo para que… hum… resbale —concluyó Sasuke casi inaudiblemente.
—Ah.
Hubo una pausa significativa, antes de que Naruto prosiguiese:
—¿Esa crema verde que Sakura se unta en la cara nos vale? En la habitación de Sai hay un tarro lleno.
—¡¿La de pepino?! ¡Ah, no, me niego! —Sasuke acompañó su indignado reproche con unos cuantos pataleos. Sus cinco sentidos se rebelaban contra la idea de introducir en su sagrado trasero cualquier sustancia vinculada con ese fruto en concreto.
—Sai utiliza aceite de linaza para sus pinturas, pero huele raro. Si me embadurno con eso, igual se me encoge la polla y no progresaremos nada.
—Olvídalo —repuso Sasuke con irritación—. Solo usa tus dedos y entra.
Los ojos azules casi se desencajaron.
—Pero te va a doler muchísimo. Si te la clavo a lo bruto, me freirás con un chidori y...
Se hizo el silencio y Sasuke se abrazó fuerte a su espalda, empleando cada músculo de su cuerpo para pegarlo a él. El rubio, feliz tan solo por tener a su amigo en los brazos, lo recompensó con la misma intensidad.
La voz del moreno sonó ronca, dulce como Naruto no le había escuchado nunca.
—No, Naruto. Antes dolía. Ahora es cuando dejará de doler.
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Media hora más tarde, el orgasmo fue tan abrasador que Naruto creyó que sus huesos y su carne se habían licuado, fluyendo a través de su polla hasta el interior de Sasuke, pasando también a formar parte de sus huesos y de su carne.
Este pensó exactamente lo mismo.
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Itachi torció la cabeza hacia la derecha, hizo lo propio al lado izquierdo y finalmente volvió a enderezarla.
Lo que observaba era complejo de describir. Al primer vistazo, alguna clase de misterioso ingenio mecánico: un tubo gris del color de la nieve sucia, el grosor de su muslo y muchos metros de largo, cuyo revestimiento estaba cubierto de púas metálicas. La mayor parte de su longitud se extendía por el suelo y se perdía en los escalones por donde habían subido, pero el metro o metro y medio restante se encontraba erguido frente a él.
Dudó unos instantes acerca de si ubicarla en el reino vegetal, animal o mineral. Sin embargo, el enigma se solventó de la forma más sencilla. Las máquinas no se quejaban.
—Estoy congelado —refunfuñó, ahogada, una voz muy conocida—. Ya podrían haber tenido en consideración estos cretinosss que ahora soy de sangre fría, antes de enviarme a culebrear por la tierra helada de todo el jodido Infierno detrás de ti.
Una lengua bífida surgió a través de la abertura delantera de aquel ingenioso abrigo-vehículo para reptiles frioleros. Después, los ojos astutos del Sannin de las serpientes se asomaron también para fijarse en Itachi sin parpadear.
Al contemplar la expresión del Uchiha, el morro escamoso se retrajo.
—Ya sssé que estoy ridículo. Este traje con climatizador y patas articuladas es lo mejor que he podido apañar en mis condiciones actuales. Intenta diseñar sofisticados aparatos de ingeniería solo con la lengua y luego puedes venir a reírte de mí, si quieresss.
Itachi frunció el ceño.
—¿Y Sasuke?
—Ni puñetera idea, supongo que en Konoha y allí piensa quedarse. Hace dos días, esos cabronesss me transformaron en lo que ves y me trajeron de regreso, pero vine solito en el tren. Si mis lágrimas no estuviesen solidificadas, lloraría. En fin, también me ordenaron que te siguiese, aunque en realidad vine a por respuestasss.
"Igual que tú.
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Naruto despertó entre sábanas arrugadas. La tarde moría en el cielo y Sasuke ya no estaba.
Su intuición lo absorbió mucho antes de que se incorporase y entrecruzara las piernas en posición de meditación para percibir que el chakra de su amigo se hallaba ya a muchos kilómetros al noroeste de Konoha.
—Jodido bastardo.
Jamás había sido tan ágil vistiéndose y saliendo por la ventana. Raudo como un rayo de luz, rebotó de tejado en tejado hasta la entrada a la aldea, posó los pies en la tierra un segundo y su cuerpo se volvió incandescente. La silueta dorada y centelleante sobrevoló las copas de los árboles, las rocas y los matorrales a una velocidad de vértigo tras el paradero del Uchiha.
El viento soplaba en sus oídos y el paisaje se deshacía en las comisuras de sus ojos. Naruto apretó la mandíbula y aceleró su marcha hasta el límite de su energía.
Sasuke no se iría. Lucharía con él, lo batiría y luego lo contendría. Le rompería los brazos y las piernas, si se veía obligado, tal y como le había prometido años antes, en su salvaje batalla en el Valle del Fin, pero no toleraría que lo abandonase de nuevo.
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Delante de la puerta del ático, a Itachi todavía le costaba aceptar que Sasuke había optado por seguir con Naruto en el Mundo Real. Un retraso de tantos meses y el breve diálogo mantenido con Orochimaru así lo atestiguaban.
Su hermano estaba bien. El cómo y el porqué conocía esa circunstancia se le escapaban; su corazón lo aseveraba y él quería creerlo con todas sus fuerzas. Sin embargo, las consecuencias de tan funesta decisión eran en exceso previsibles. ÉL lo había autorizado, pero… ¿por cuánto tiempo? ¿En qué momento se le acabaría la magnanimidad y consideraría que la insolencia de Naruto Uzumaki y Sasuke Uchiha había ido demasiado lejos? Necesitaba hallar un modo de salvarlo, manteniendo a raya, por ahora, el dolor indescriptible que le causaba descubrir que su otouto no tenía el propósito de volver.
Pero para eso era esencial que…
—Si llamasss, es posible que nos abran —propuso el ninja de las serpientes a su izquierda, con su lengua oscilando en dirección a la madera.
Itachi abrió los ojos.
—¿En el primer piso viste alguna otra escalera? ¿Otra puerta?
—No.
—¿Algún olor en especial?
—Muy ligero. A grasa y metal. —El Sannin guiñó los ojos, cauto—. ¿Qué tramas?
—¿Como el de un tren?
—Sssí, pero…
—Me voy.
Itachi dejó a Orochimaru con el siseo en la boca y bajó las escaleras de seis en seis hasta que llegó a la sala grande que le había dado la desangelada bienvenida al entrar. Buscó más puertas, pero no había ninguna. Las únicas eran la de salida y el pasillo por el que había llegado hasta allí.
Exasperado, dio varias vueltas por la sala con similar resultado, examinando con minuciosidad las paredes. Así fue cómo averiguó que la piedra poseía una textura y color diferentes en cierta zona del muro. El tamaño era el adecuado y, como adivinaba, al empujar, se topó con una falsa puerta que ocultaba una escalera descendente. Pero la luz se extinguía en el primer descansillo. Su destino lo escondían las sombras.
Inopinadamente, una ondulante forma veteada, desguarnecida de su traje protector en aras de la rapidez, se deslizó entre sus pies desde atrás para adentrarse en la oscuridad.
—Llevarle la contraria al Señor de las Tinieblasss… Adentrarse en las entrañas del Infierno sin su consentimiento… Si por guiarte, me convierten en bolso y zapatos a juego, caerá sobre tu conciencia mientras agonizasss, Itachi.
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—Ya era hora, Uchiha-san.
El Número lo aguardaba sentado sobre una losa de piedra a unos metros de la boca del túnel. Al verlo aparecer, se levantó y se sacudió el polvo de la parte trasera de sus pantalones.
—Hemos estacionado el tren en el interior —prosiguió—. Nuestra espera ha sido muy prolongada —agregó con sutil desaprobación.
Sasuke continuaba inmóvil. No pensar, no sentir, eso era lo único que importaba.
Sobre todo, no sentir.
De pie en el centro de la explanada, volvió a darse cuenta que algo le sucedía a sus ojos. Desde su huida de Konoha, su visión se tornaba más y más borrosa. Pestañeó y al notar la tibia humedad conocida, se llevó una mano a la mejilla. Estaba empapada, pero no era sangre.
Asombrado, comprendió que no se moría. En realidad, ya estaba muerto de todos los modos posibles, pero había estado llorando todo el camino, en silencio, sin darse cuenta.
—¿Nos vamos? —inquirió el funcionario.
—Yo…
Sasuke miró hacia abajo, incrédulo. Sus pies no respondían a sus mandatos. Superado por una nueva sorpresa, contempló cómo dos largas lenguas de chakra dorado ceñían sus tobillos y le impedían cualquier desplazamiento.
El chakra provenía de detrás de él. De entre la espesura del bosque.
—¿A dónde piensas que vas, teme?
Sasuke rotó sobre sus talones hasta colisionar con dos ojos azules capaces de calcinar lo que miraban.
Se encontraba junto a un tronco de árbol, con una mano apoyada en la corteza y rodeado de gruesas colas de chakra brillante, varias de las cuales se estiraban hasta atrapar sus extremidades inferiores.
Sasuke quiso contestar a la pregunta, pero en su mente solo se repetía incesantemente una palabra.
Naruto.
¿Qué iba a hacer ahora?
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—¿Seguro que es aquí?
—Seguro, ssseguro, no. Pero nos hemos comido un millón de escalones y hemos deambulado por doscientos mil pasillos y medio. El olor más penetrante procede de detrás de esa puerta. Si consiguessss echarla abajo, obtendremos tus respuestas.
—No veo nada. Trataré de derribarla a golpes.
—Tú mismo. Aunque ahí encuentres otra estación, nadie nos garantiza que sus víasss nos lleven a La Torre. Y en el caso hipotético de que encima de ellas hallemos un tren, ¿cómo piensas conducirlo? Te recuerdo que mi falta de manos conlleva algunas limitaciones. En todo caso, nos tropezaremos con la pega de siempre: esa cortina de metal que nos aísla del Mundo Real. Perdona que te lo diga, Itachi, pero tu plan esss una auténtica…
—¿Serías tan amable de desenrollarte de mi pierna para reflexionar?
—No seas desssagradecido. Si me hubiese quedado arriba de lengua cruzada, en lugar de acudir en tu ayuda, estaría calentito. Las piedras son muy frías y sin el traje….
—Que te bajes.
Orochimaru se dejó caer con un poco elegante siseo de protesta.
—Ya esssssstá… ¿Y ahora?
—BUENO, A LO MEJOR, YO PUEDO ECHAROS UNA MANO… —sugirió la oscuridad a sus espaldas.
