¡Penúltimo capítulo! Tomáoslo con calma, es bastante largo. Me hubiera gustado detallar más partes pero entonces hubiera sido eteeeeerno. En fin, espero que os guste.
Como el anterior, las partes en cursiva corresponden al punto de vista de Lisbon y las demás a la parte que vive Jane.
...
Veintitrés horas. Ese es el tiempo que había pasado desde que Jane supo que John el Rojo tenía a Teresa. Casi cinco días desde que ella está en paradero desconocido, en manos de un asesino que no había enviado una pista ni una prueba para demostrar que ella seguía con vida, y a Patrick Jane no le quedaba otra cosa que recurrir que a la fe para aferrarse a la idea de que ella estaba bien. Con vida.
Durante esas veintitrés horas él apenas había dormido. Horas antes intentó acurrucarse en uno de los sofás de la sala de espera del edificio del FBI, con las luces apagadas, una manta y la petición de que nadie le molestara en un par de horas para así intentar descansar con el fin de poder pensar y analizar mejor la situación, pero no pudo conciliar el sueño más de dos horas. Esto era una cuenta atrás y su subconsciente se lo recordaba con terribles pesadillas que le mostraban los posibles escenarios en los que encontraría a Teresa, sin vida, si no hacía algo.
En esas veintitrés horas, Jane registró por su cuenta el apartamento de Lisbon, y encontró algo en uno de sus cajones que no debería estar allí, una foto de ella y de sus hermanos. Una foto como esa es para tenerla en una estantería, no en el fondo de un cajón. Jane pidió en el laboratorio del FBI que revisaran el marco de arriba abajo y, al iluminarlo con luz negra, encontraron en él unos rastros de sangre que dibujaban la silueta de la marca de John el Rojo. Jane tardaría poco en descubrir que ese fue el detonante que llevó a Teresa a abandonar el CBI, una amenaza de John el Rojo, y que fue por eso por lo que se alejó de él.
Durante esas veintitrés horas, Jane le contó al equipo de Lisbon todo sobre sus investigaciones de John el Rojo, dándoles también la lista en la que solo quedaban cuatro nombres y pidiendo a Richard Medi que le reuniera con ellos a la vez, donde fuera, pero todos al mismo tiempo, claro que para cuando eso pasó eran cerca de las nueve de la noche, fin de jornada, y ningún hombre pensaba ir sin una explicación a los departamentos del FBI, asique tendría que esperar a la mañana siguiente, cuando, casualmente, algunos de ellos estarían ocupados hasta la hora de la comida, donde 'si encontraban un hueco' irían a la cita. No es de extrañar, por tanto, que Jane estuviera al borde de un ataque de nervios.
Así que allí estaba él, en la misma sala donde horas antes había tratado de conciliar el sueño, sentado en uno de los sillones negros, con los codos apoyados en las rodillas, la cabeza baja, los ojos cerrados y un vaso de papel que contenía tila caliente. La necesitaba si quería estar lo más tranquilo posible y con los cinco sentidos a punto para cuando se reuniera con los cuatro hombres de su lista, uno de los cuales era John el Rojo.
Patrick Jane trataba eliminar todo aquel pensamiento que se cruzara por su mente que le dijera que no recuperaría a Teresa a salvo ni a tiempo. Necesitaba visualizar algo que le hiciera seguir adelante, y lo único que le ayudaba en esos momentos era la imagen del asesino de su familia muerto por fin y Teresa a salvo, con él.
Jane oyó, entonces, como unos tacones se aproximaban por el pasillo. Cathy le buscaba. Jane levantó la cabeza y abrió los ojos antes de que la chica entrara, le mirara nerviosa y le dijera:
-Están aquí.
Jane se levantó de un salto del sillón, dejó el vaso de papel en una de las mesillas de la sala que estaba repleta de revistas que tenían más de dos años de antigüedad, enfiló el pasillo y comenzó a andar muy rápido, casi echando a correr, mientras oía la voz de Cathy que le gritaba:
-Sala de interrogatorios 34, pasillo de la derecha.
Sueño. Por primera vez desde que estoy aquí, mi subconsciente me obsequia con un bonito sueño, no con una pesadilla, un bonito regalo en lo que seguramente son mis últimas horas.
Estoy en una playa, de California, por supuesto, ya es media tarde y el sol comienza a esconderse en el horizonte. Estoy sola, totalmente sola en la orilla, con el agua del mar mojándome los tobillos y la brisa despeinándome el cabello, disfrutando de los últimos rayos calientes de sol del día. Es uno de esos momentos en los que nada te importa y lo dejarías todo por permanecer así para siempre. Al menos yo lo haría. Daría lo que fuera.
Entonces algo me despierta muy bruscamente, incorporándome helada y empapada. Me acaban de tirar encima un cubo de agua helada y levanto la cabeza para encontrar al responsable, y no percibo otra cosa que la misma oscura silueta que me estremece siempre que la veo. John el Rojo. Su figura se inclina hacia mí, me agarra y me levanta del suelo, agarrándome las muñecas y atándomelas por delante y cubriéndome, por último, la cabeza con un saco. Ese simple movimiento me agota. La deshidratación y el no haber comido desde que llegué aquí están acabando también conmigo.
-Hora de moverse, Teresa. La cuenta atrás está llegando a su fin. El juego está acabando.- me dice, con su aterrador tono de voz que no hace otra cosa que estremecerme aún más.
Entonces me coge por las muñecas atadas y comienza a arrastrarme con él, sin preocuparle con que tropiece o choque con algo. Me hace subir por la escalera de la trampilla, tropezándome en el camino con sus pequeños peldaños y clavándome astillas en las plantas de los pies.
Lo único que siento mientras camino es, primero que ando sobre suelo de madera, luego cruzo algo parecido a la moqueta y por último cemento. Debo estar en una especie de garaje ya que oigo el motor de un coche. Entonces paramos, me pone frente a él y me quita el saco de la cabeza y reúno toda la fortaleza que me queda para abrir los ojos. Tengo a John el Rojo delante, y solo tengo que abrir los ojos para saber quién es y, cuando lo hago, no me puedo creer lo que veo. Mi mente debe de estar jugándome una mala pasada ya que a quien tengo delante no es otro que el sheriff Thomas McAlester, quien supuestamente murió hace pocos meses, o eso ponía en los periódicos. Viste totalmente de negro, incluyendo una gorra de beisbol y unos guantes del mismo color. A él debe de divertirle mi cara de desconcierto pues veo como sonríe antes de decirme, con el mismo tono de voz que antes.
-Así es Teresa. Muy pocos elegidos podemos jugar con la muerte.
Rápidamente, justo cuando acaba la frase, siento un pequeño pellizco en el antebrazo. Otro pinchazo. Si no me mata él, una sobredosis de estos fármacos lo hará. Antes de que la gravedad me tire al suelo, él me coge en peso y me mete en el maletero del coche, donde me tapa la boca con cinta aislante gris y me vuelve a cubrir la cabeza con el saco mientras la vista se me comienza a nublar. Oigo como el maletero se cierra y antes de que la nube de la inconsciencia vuelva para llevarme con ella, busco la cruz dorada que siempre llevo en el cuello. Lo único que me queda ahora mismo es la fe. Me palpo el cuello en su busca pero no hay rastro ni de la cruz ni de la cadena siquiera. John el Rojo se ha llevado otra parte de mí. Siento como la inconsciencia me envuelve y mis extremidades dejan de responderme mientras mis ojos se cierran, alejándome de este mundo.
Paró enfrente de la sala de interrogatorios número 34 para recuperar el aliento tras correr por los pasillos del FBI. Este momento era clave. Iba a estar en la misma sala que el asesino de su familia. El mismo que se había llevado a Teresa. Respiró profundo y giró la manivela de la puerta, cruzando el umbral que le llevaría a la verdad, con cara de póker y cerrando la puerta tras de sí. En esa sala sólo habían cuatro hombres, los últimos de su lista. Estos eran Raymond Haffner, Reede Smith, Bob Kirkland y Gale Bertram. Todos tenían la misma cara de desconcierto, pues todos habían sido reunidos allí sin saber el motivo y ahora estaban completamente perdidos y desconcertados al ver entrar por la puerta a Patrick Jane.
-¿Qué demonios?- Bertram fue el primero en hablar
-¿Qué es esto Jane? ¿Otro de tus juegos?- dijo Kirkland, el único de los presentes que permanecía sentado
Haffner permaneció callado y Smith reía irónicamente.
-Jane, no me hagas perder el tiempo. ¡Tengo un lío de cojones en la oficina!- Haffner abrió al fin la boca
-Sentémonos. Estoy seguro que todos habrán vuelto a sus respectivos trabajos enseguida.
Jane les invitaba a sentarse en la gran mesa que tenían enfrente, metálica, con cuatro sillas a un lado y una al otro, justo la que daba la espalda a un cristal polarizado detrás del cual se encontraba el equipo de Lisbon, alguno de los superiores de Richard Medi que querían estar presentes y algunos agentes que no tenían otra cosa mejor que hacer que unirse a la fiesta.
Cuando los cinco hombres estaban sentados en la mesa, los cuatro de la lista, esperaban a que Jane hablara con una expresión de '¿Y bien?'. Jane, por su parte, lo único que pensó antes de comenzar a hablar fue: 'Que empiece el juego'.
-Se van a reír caballeros. Todos conocen mi 'obsesión', como lo llaman muchos, por John el Rojo y mis deseos de dar con él. Pues bien, resulta que uno de los presentes es dicho asesino, y os he reunido para quitarle la máscara de una vez por todas.
Y, como había predicho, Bertram se había echado a reír con los brazos cruzados al igual que Kirkland mientras Smith y Haffner permanecían con el ceño fruncido.
-¿Qué cojones, Jane?-Smith habló por primera vez-¿Qué mierda es esta? ¿Por qué nosotros cuatro?
-Estas como una jodida cabra.-dijo Haffner
-¿En qué te basas, Patrick?- le dijo Bertram mientras Kirkland le daba la razón asintiendo con la cabeza.
Los cuatro hombres comenzaron a hablar entre ellos, creando un murmullo molesto en la habitación que colapsó los pensamientos de Jane. Tenía que acabar pronto con esto. Se llevó la mano a la parte de atrás del pantalón y sacó una pistola con un rápido movimiento, mientras se ponía de pie, apuntando a los cuatro hombres que se quedaron totalmente paralizados ante el giro de los acontecimientos.
Por otro lado, tras el cristal también se estaba montando una gorda. Los superiores pedían a Medi, mientras éste bloqueaba la puerta de salida, que hiciera algo. Cathy tranquilizó a los allí presentes diciendo que la pistola no estaba cargada, una mentira, por supuesto.
-Será mejor que se tranquilicen, señores.- dijo Jane, sin dejar de apuntarles. Se percató entonces de que también ellos podían sacar sus armas en cualquier momento, asique lo mejor sería permanecer con las manos a la vista.- Las manos en alto, venga.
Los cuatro hombres obedecieron de inmediato, levantando las manos con las palmas totalmente abiertas. Todos menos uno, Raymond Haffner, el hombre de pelo grisáceo y ojos claros que permanecía con la palma de la mano derecha cerrada. A Jane le extrañó este gesto.
-Haffner, abre la mano.
El hombre sonrió antes de obedecer a Jane. Una sonrisa oscura. Lo que pasó a continuación ocurrió para Jane como si el tiempo se ralentizara: Algo dorado se desprendió de la mano derecha de Haffner, y Patrick lo reconoció cuando estaba a media distancia de caer en la mesa. Era la cruz de oro de Teresa, la que siempre llevaba al cuello.
El golpe metálico de la cruz contra la mesa volvió a Jane al mundo real. Los otros tres hombres también miraron la cruz desconcertados. Jane pasó a apuntar directamente a Haffner, que seguía con la sonrisa en su rostro.
-Largaos de aquí.- le dijo Jane, totalmente tenso, a los otros tres hombres, que salieron por patas de la habitación.
En cuanto a lo que sucedía detrás del cristal, digamos que todos observaban la escena como si fuera la Super Bowl.
Tan pronto como la puerta de la sala de interrogatorios se hubo cerrado, Jane volvió a hablar.
-¿Dónde está?
-¿Dónde está quien?- dijo Haffner, vacilante
-¡Teresa!, hijo de puta. Dónde la tienes.
-Eh, eh. Tranquilo, tranquilo, Patrick, creo que te estás confundiendo de hombre. Yo no la tengo, no soy John el Rojo.
Haffner quería jugar, pero Jane no. Jane estaba cansado de jugar. Cansado de trucos. Cansado de acertijos. Cansado de todo. Fue eso lo que le llevó a coger la mesa de una de las esquinas y para apartarla, lanzándola por los aires, acortando la distancia entre Haffner y él. Acto seguido le cogió, con una sola mano, por el cuello de la camisa y le tiró al suelo y soltó solamente la pistola durante un corto instante, el que le llevó pegarle tres puñetazos a Haffner: dos en la mejilla izquierda y uno en la nariz. Al terminar de descargar un poco de su ira sobre ese hombre cogió la pistola, se levantó, cogió una de las sillas y atrancó la puerta. Los que estaban detrás del cristal polarizado no tardarían mucho de tratar de pararle los pies. Jane volvió a agacharse, poniéndose a la altura de Haffner de nuevo, quien trataba de limpiarse la sangre de la nariz. Jane apuntó esta vez directamente con la pistola la sien izquierda de Haffner.
-¿Dónde está?- volvió a repetir
-Patrick, Patrick, esta no es una buena idea. Soy uno de los pocos que de verdad conoce su paradero. ¿De verdad piensas que pegarme un tiro es lo mejor?
-¿Cómo que uno de los pocos? ¿Quién más sabe dónde está?
-John el Rojo- dijo Haffner, como si fuera una obviedad
-No… Tú eres John el Rojo.- dijo Jane, por primera vez, confundido
-Vamos, Jane. ¿De verdad crees que si fuera John el Rojo me dejaría cazar tan fácilmente? ¿Hubiera dejado que estos diez años de persecución acabaran de una forma tan penosa?-estas palabras hicieron reflexionar a Jane- No, hubiera acabado a lo grande.
Aunque le costara reconocerlo, Haffner llevaba razón. John el Rojo no se dejaría pillar de una forma tan estúpida, aunque fuera el último movimiento de su juego. Hay algo más. Haffner es solo otro de sus fieles seguidores. Una distracción.
-¿Dónde la tenéis?
-Teníamos.-le corrigió- La teníamos en el sótano de mi casa, drogada como una yonki. Apenas dio problemas, a parte de ayer, cuando empezó a suplicar a gritos que la matásemos.
-No lo volveré a repetir.- dijo, quitando el seguro a la pistola y cargando el cañón- ¿Dónde está?
Varios agentes de uniforme comenzaron a golpear el cristal de la puerta de la sala de interrogatorios, que estaba perfectamente atrancada, imposibilitando la entrada a todo aquel que lo intentara.
-Donde todo empezó, Patrick.
Jane le miró confuso. ¿Otro acertijo? Su cabeza no daba abasto. No podía pensar. 'La tienes delante, Jane, la tienes delante, la respuesta la tienes delante', se decía. Trataba de analizar sus palabras y sacar una obviedad, una idea clara y simple, y cuando ésta llegó a él, su sencillez y simplicidad le abrumaron.
-Donde todo empezó- le repitió
Toda su historia con John el Rojo comenzó en Malibú, en su antiguo hogar, donde solía vivir con dos de las mujeres de su vida, hace diez años, antes de que todo esto comenzara. Al parecer, John el Rojo pretendía acabar con el juego en el mismo lugar donde empezó, pero esta vez con Teresa. Tenía que correr. Si quería llegar a tiempo para salvarla, tenía que correr. Hay un largo camino hasta allí y Dios sabe si John el Rojo no habría llegado ya. Titubeó antes de levantarse, preguntándose si llevarse con él o no a Haffner, pero decidió dejarle donde estaba ya que ya no le haría falta. Rápidamente, tras levantarse, guardó la pistola en la parte de atrás de su pantalón, quitó la silla que atrancaba la puerta y echó a correr por el pasillo, camino al parking, descendiendo rápidamente planta a planta por las escaleras. Cuando salió, se percató de que pronto comenzaría a anochecer. Buscó con la mirada algún coche patrulla que le facilitara un rápido camino a Malibú sin necesidad de preocuparse por el exceso de velocidad y, a decir verdad, no le costó mucho encontrar uno que estuviera abierto; los agentes solían tener el descuido de dejarlos así, incluso con las llaves puestas. Subió al coche, arrancó y salió del parking como alma que lleva al diablo, cogiendo la carretera que le llevaría a la autopista sur, rumbo a Malibú.
Mientras conducía, las preguntas se volvieron a acumular en su cabeza. ¿Mataría John el Rojo a Teresa antes de que él llegara? ¿Se encontraría al llegar con la misma escena que hace diez años? Sorprendentemente, Jane dudaba de ello. John el Rojo, como movimiento final, quería seguir jugando con Jane. Probablemente esperaría a que él llegara para hacer daño a Teresa.
En cuanto a su identidad, John el Rojo había despistado a Jane, haciendo un movimiento maestro fingiendo su muerte. Jane ni llegó a considerar la posibilidad de que su nombre no apareciera en la lista. Si hay algo de lo que él no dudara ya, era de eso.
Tengo un plan. Las esperanzas de salir de aquí con vida siguen siendo nulas pero al menos ahora tengo un plan, o algo parecido. Es lo que hace el instinto de supervivencia del ser humano, busca el modo de seguir adelante, incluso contra toda ética. A John el Rojo, a quién ahora ya podía ponerle nombre, Thomas McAlester, las prisas le habían jugado una mala pasada. En primer lugar, no me había drogado lo suficiente como para dormirme durante todo el viaje, sea donde sea que me está llevando, y, en segundo lugar, no había comprobado el maletero antes de meterme en él. En uno de los vaivenes del coche, algo pasó rodando por encima de mi cabeza y, con todas las fuerzas que fui capaz de reunir, lo busqué, con las manos atadas y a ciegas. Que cueste tanto alcanzar un clavo parece una tontería, pero si estás durante días sin comer y no tienes fuerzas ni para mantener los ojos abiertos, ya no te ríes tanto. Cuando lo tuve entre mis manos y lo toqué, analizando su estructura, y resultó ser un clavo, afilado, que ocupaba casi toda la palma de mi mano. Eso, aun no sabiendo como utilizarlo , sería mi posible billete de escape de la muerte.
Tiempo después, ya con algunas ilusiones de salir a adelante, ya sin miedo a la muerte, sentí como el coche se detenía y como una de las puertas se abría y se cerraba seguidamente. Unos pasos se acercan del maletero, donde yo estoy, y, en lugar de sentir miedo, interpreto mi papel, con los ojos aún cerrados, fingiendo estar inconsciente y sin mover un músculo, cosa que no me costaría mucho, respirando muy lentamente y con el clavo escondido entre mis manos atadas. La puerta del maletero se abre y me despido del saco que tenía en la cabeza. Aparentemente John el Rojo me lo acaba de quitar para comprobar si sigo inconsciente. No se molesta ni en controlarme la respiración y en medirme las pulsaciones. Ambas cosas le hubieran desvelado que estoy despierta, e ignorar ambas es un acto de fe que me dará a mí la posibilidad de escapar. Bien jugado Teresa, pienso para mí misma.
Me coge en peso de nuevo y me lleva para pararse tras andar un par de metros, noto como abre la puerta de lo que supongo que es una casa aún conmigo en brazos. Una vez dentro de la casa, la puerta se cierra tras nosotros, anda una pequeña distancia y comenzamos a subir un pequeño tramo de escaleras. Mientras recorremos lo que supongo que es un largo pasillo no puedo evitar preguntarme a dónde demonios me ha traído ahora y para qué. De pronto nos detenemos, y con una delicadeza que me sorprende, me deja tumbada en el suelo sobre el costado derecho de mi cuerpo, cosa que me mata por dentro ya que la costilla que me rompí cuando me llevaron a aquel oscuro sótano hace días está precisamente en ese lado y el dolor es insoportable. Después de dejarme, oigo sus pasos por la habitación, cómo cierra la puerta y cómo se sienta muy cerca de mí, teniéndole a él enfrente. Después de eso, solo oigo silencio. ¿A qué estará esperando?
Estaba cerca. A Jane le sorprendió la rapidez con la que había llegado a Malibú: en dos horas y media y sin necesidad de parar en ninguna gasolinera a repostar. Estaba subiendo la cuesta que le conducía al que fue, hace tiempo, su hogar, donde John el Rojo le esperaba con Teresa como pieza final de su macabro juego. Una vez enfrente de la casa, apagó el motor y salió corriendo del coche, sin molestarse de quitar las llaves del contacto. No le sorprendió encontrar la casa abierta, al contrario, se alegraba ya que eso le decía que tenía razón, John el Rojo le esperaba allí, y Jane sabía en qué habitación, en la misma en la que encontró a su mujer y a su hija años atrás, sin vida.
Jane estaba viviendo un deja-vú conforme avanzaba por el pasillo. Parecía que veía incluso la misma nota en la puerta de la habitación que hace diez años. Sentía lo mismo: miedo, pero a la vez, ese miedo tenía escondido de un pequeño sentimiento de euforia, al fin y al cabo, iba a descubrir, por fin, la identidad del hombre que acabó años atrás con aquello a lo que tanto amaba.
Se detuvo ante la puerta y respiró hondo, pues sabía que necesitaba aparentar serenidad, y tal vez despreocupación, antes de traspasar el umbral, tal y como había hecho un par de horas antes al interrogar a los únicos cuatro hombres que él creía que componía su lista. Y así, aunque le templasen las piernas, abrió la puerta con una máscara de indiferencia.
Lo que vio ahora, no fue un fashback, ni seguía siendo efecto del deja-vú. Como años atrás, el interior de la habitación estaba prácticamente a oscuras, a excepción de una lámpara que iluminaba con una luz muy tenue la misma marca de John el Rojo de años atrás en la pared. Jane desvió la mirada hacia la izquierda, y allí estaban ambos: Teresa en el suelo, en posición fetal, seguramente inconsciente, aparentemente vestida únicamente con una sucia camiseta que le quedaba considerablemente grande y con las muñecas algo enrojecidas, como si anteriormente las hubiera tenido atadas. Estaba girada, mirando hacia la otra persona de la sala, toda vestida de negro. La persona en cuestión alzó la mano para quitarse la borra de beisbol que ocultaba medianamente su rostro. Ahí estaba, el mayor asesino en serie que había conocido la ciudad de Sacramento quitándose la máscara, desvelando su identidad, mirando triunfante a Jane.
-Hola Patrick. Siempre es un placer volver a verte.-dijo con su voz normal
-Wow, Sheriff Thomas McAlester. Esto sí que es una sorpresa. ¿Tú no estabas bajo tierra?
-Sí, bueno, debería. Me pareció divertido darle completamente la vuelta a tu plan de juego. He de admitir que me costó mucho esfuerzo fingir mi muerte, pero el resultado ha valido la pena.
-He de admitir que es una buena estrategia. Buen trabajo.
Ambos quedaron callados y el silenció inundó la habitación. Jane no iba a dejar que John el Rojo viera su preocupación por Lisbon, ya que era lo que él quería, asique intentó ignorarla, ignorando también el impulso de tirarse en el suelo, junto a ella, a comprobar que estaba bien. De ese modo, Jane se metió las manos en los bolsillos y echó una ojeada a la habitación, despreocupado.
-Así que me has traído donde toda esta historia comenzó.
-Así es. Pero no para hablar del pasado, Patrick, sino del futuro. ¿Qué harás después de esto? Yo ya no seré tu proyecto.- dijo ésto último con su escalofriante voz aguda
-Bueno, eso es fácil de arreglar. Es lo menos importante ahora.
Ambos se sostuvieron la mirada, antes de que McAlester volviera a hablar.
-¿Y qué me dices de ella?- dijo, refiriéndose a Lisbon- ¿No es un buen plan de futuro para ti? Hacíais una entrañable pareja.
-Ella sólo era una compañera de trabajo.
-¿Sólo eso?- dijo, aparentemente sorprendido
-Sí, bueno, y aparentemente otro peón del juego que ha tenido que caer.
-Vaya, Jane, nunca cambiarás. No eres capaz de apreciar lo que la vida te da.- estas palabras quemaron por dentro a Jane. John el Rojo tenía razón. McAlester se agachó poniéndose a la altura de Lisbon, sacando una navaja de caza del bolsillo trasero del pantalón, abriendo la hoja- En fin, como has dicho, otro peón más que deberá caer.
Jane estaba a punto de abalanzarse sobre McAlester, para arrebatarle el cuchillo de las manos cuando algo totalmente inesperado sucedió. Lisbon, con una rapidez inhumana para ella dadas las circunstancias en las que se encontraba, se incorporó e hincó con fuerza algo que tenía entre las manos en la rodilla derecha de John el Rojo, soltando éste un grito de dolor y cayendo al suelo agarrándose la pierna. Después de esto, Lisbon se levantó, como pudo, apoyándose de la pared, y salió corriendo del cuarto, cojeando mientras trataba de correr por el pasillo.
Jane, que se había quedado totalmente paralizado ante la escena, sólo fue capaz de moverse cuando acabó de comprender el giro que habían tomado los acontecimientos, era él al que le tocaba mover ficha, el jaque mate definitivo. Se sentó encima de McAlester, inmovilizándole y quitándole la afilada navaja de caza de las manos. Acto seguido le hizo un corte en la parte izquierda de la cara, desde el comienzo de la oreja a la aleta de la nariz, saliendo sangre a borbotones por dicho corte. Jane cogió la sangre entre sus manos mientras decía, con voz totalmente neutra aunque triunfante:
-Antes me has preguntado qué haré en un futuro tras esto, y la verdad es que no tengo respuesta para eso, he de admitirlo.- acto seguido, Jane se levantó y se dirigió hacia la desgastada marca de John el Rojo que llevaba en esa pared diez años y, con la sangre de McAlester cambió la sonrisa de la siniestra marca por una mueca triste. Después de eso, Jane volvió a sentarse sobre John el Rojo para volver a hablar- Lo que te sí puedo decirte con seguridad es lo que voy a hacer ahora. Primero, voy a degollarte el cuello con tu propio cuchillo. Luego, veré cómo te comienzas a ahogar lentamente con tu propia sangre y, finalmente, me deleitaré al ver como la última chispa de vida sale de tus ojos.- Jane sonrió al ver la cara de terror de McAlester, el cazador cazado
Y tal como lo había narrado, lo hizo. Comenzó con un corte en la garganta, lo suficientemente pequeño como para que no muriera pronto y lo suficientemente profundo para llegar a la tráquea, entrando la sangre poco a poco en sus pulmones. John el Rojo abrió mucho los ojos y trató de agarrarse la garganta cuando comenzó a convulsionar, pero Jane se lo impidió al agarrarle fuertemente las muñecas y sujetárselas fuertemente a ambos lados del cuerpo. Patrick Jane no parpadeó. No quería perderse un segundo de la muerte del asesino de su familia, responsable también de muchas otras muertes que habían sido movimientos estratégicos en su juego. Las convulsiones cesaron, John el Rojo dejó de moverse y Jane vio cómo era la muerte la que ahora inundaba los ojos de McAlester.
Jane se apartó del cuerpo sin vida de John el Rojo, sentándose cerca de la pared con la espalda apoyada en ella, respirando profundamente, sintiendo una paz interior que nunca había experimentado y sintiendo también como un enorme peso que había tenido interiormente durante diez años abandonaba por fin su cuerpo. Había conseguido aquello que prometió décadas atrás, algo que le debía a su mujer e hija. Todo había acabado tal y como debía. Había matado a John el Rojo en el mismo lugar en el que éste las había matado a ellas. Había derramado su sangre en la misma habitación. Toda esta historia había acabado. Todo el infierno de Jane había acabado.
Mientras las primeras lágrimas de alivio recorrían el rostro de Jane, quién permanecía con los ojos cerrados, se acordó. Teresa. Seguía viva. Ella le había dado la oportunidad de oro para que lo anterior hubiera ocurrido al inmovilizar a John el Rojo. Tenía que encontrarla, alcanzarla, y decirle que todo había acabado por fin, darle las gracias, por todo, decirle lo que verdaderamente sentía por ella.
Ella estaba muy débil, apenas había podido mantenerse en pie cuando salió de la habitación, no podía haber llegado muy lejos. De ese modo, Jane miró por última vez el cadáver de John el Rojo, se levantó y comenzó a buscar por toda la casa, llamándola a gritos. Ella ya no estaba allí, y eso le sorprendió a la vez que le atemorizó, pues Dios sabe qué locura haría una persona tan vulnerable como ella en unos momentos como esos.
Trato de levantarme del asfalto por milésima vez tras haberme caído de nuevo. Me incorporo rogando por que las piernas no me fallen ahora, tengo que bajar de esta colina, ponerme a salvo, alejarme de esa casa y de los dos hombres que han supuesto una tortura para mí desde que ambos llegaron a mi vida hace años. Fui una estúpida. Una estúpida por aceptar ese caso imposible que pensé que supondría para mí un ascenso tras resolverlo y una estúpida por aceptar trabajar con el psicópata en el que se convirtió Jane tras la muerte de su mujer y de su hija.
Me centro ahora en caminar. Pie derecho, pie izquierdo y vuelta a empezar. Si caigo de nuevo no sé si seré capaz de volverme a levantar. El mínimo movimiento que haga repercute en el resto de mi cuerpo, haciendo que este no sienta otra cosa que dolor.
No sé qué es lo que me hace llorar ahora, pero es como si sintiera la necesidad de limpiar mi interior con el llanto que me invade ahora.
Voy caminando por el arcén de la carretera, que está únicamente iluminada por un par de farolas cada medio kilómetro, preguntando que me espera después de esto. Es entonces cuando lo oigo. Alguien grita mi nombre a mis espaldas. Me giro lentamente, con las lágrimas aún cayéndome por el rostro y entonces le veo. Jane. Viene hacia mí, corriendo, con algo entre las manos. ¿Qué quiere ahora? Cuando está a unos 15 metros de mí, distingo lo que lleva en su mano derecha, un cuchillo. Lleva un cuchillo ensangrentado entre las manos. ¿Qué pretende hacer con eso?
La respuesta que se forma en mi cabeza me deja sin aire en los pulmones y me hace volver a temblar. Mi cansada cabeza me dice que corra, que lo que va a hacer tras matar a John el Rojo es matarme a mí, el único peón que queda en pie en su juego. Claro. Jane siempre me ha afirmado rotundamente cada vez que tenía la oportunidad que no iría a la cárcel tras llevar a cabo su venganza contra John el Rojo y yo, a su vez, siempre he afirmado que sería yo entonces la que iría tras él para asegurarme de que pagaría por algo así. Entonces, el único modo para él de escapar de la justicia es matarnos a ambos y huir para comenzar de cero.
Intento correr pero mis piernas no responden. Otra de las locuras que se me ocurren es ir hacia el acantilado que tengo a mi derecha y saltar, acabando de una vez por todas con todo esto. Miro hacia él tentadoramente pero sé que no llegaré antes de que Jane me alcance. Se para a unos cinco metros de mí y oigo cómo dice:
-Todo ha acabado Teresa.-hace una pausa para respirar hondo y volver a decir, aliviado:-Todo ha acabado.
Yo sólo me puedo centrar en el cuchillo que lleva en su mano derecha, reaccionando, como no puede ser de otro modo, levantando las manos, con las palmas mirando hacia él, rindiéndome.
-¿Qué haces? ¿Qué ocurre?- pregunta, confundido mientras lleva la mirada hacia el mismo sitio hacia dónde la estoy dirigiendo yo. Cuando se da cuenta de qué estoy mirando y por qué, suelta el cuchillo como si ardiera, cayendo éste al suelo. Jane vuelve a mirarme, con ojos sorprendidos y gesto decepcionado antes de volver a dirigirse a mí- ¿Qué pensabas que iba a hacer con eso? ¿Matarte?
-Es lo último que te queda, ¿no? –respondo, intentando no sollozar-Acabar con la última pieza de tu juego, a la que has usado durante años para que este momento llegara, aprovechándote de sentimientos falsos puestos en ella por ti para que te siguiera allá a donde tú querías que fuera. Como tú has dicho: 'Otro peón más que tenía que caer'.
-¿Qué? ¡No! Lo que he dicho antes no era verdad. No sentía lo que decía. Estaba jugando con John el Rojo.
Se queda totalmente mudo tras eso, sin saber qué decir o qué hacer ahora, impotente. Yo dejo caer las manos a ambos costados de mi cuerpo. No tengo fuerzas para seguir manteniéndolas en alto.
-No puedes dejar de mentir ni de jugar un instante, ¿eh? Juegas con los sentimientos de los demás sin importante lo profundos que sean con tal de conseguir tu objetivo.- no puedo seguir hablando, ya no me quedan fuerzas para continuar. Antes de quedarme en silencio, digo una última cosa.-Acaba ya con esto.
Espero a una reacción por su parte. Sigue en silencio, paralizado y con la cara totalmente descompuesta durante unos instantes antes de comenzar a hablar con un todo de voz muy tranquila, un tono que me atrapa.
-Teresa, quiero que me escuches atentamente, que cada una de las palabras que diga a continuación queden grabadas en ti. Te voy a hablar completamente en serio, sin mentirte en lo más mínimo.- su voz me hace entrecerrar los ojos, contra mi voluntad- Nunca he tratado de aprovecharme de ti para llevar a cabo mi venganza, al contrario, encerré en lo más profundo de mi ser durante años mis sentimientos hacia ti para que esto no llegara a suceder.- mientras habla, las lágrimas siguen resbalando por mi rostro. Jane comienza a caminar hacia mí, a paso lento, y yo no trato de hacer movimiento alguno- Teresa, eres lo único que tengo, la única que ha permanecido a mi lado todo este tiempo, la única que ha llegado a ver mi lado más oscuro y no me ha abandonado por ello. Te quiero, Teresa.-sus palabras me tienen totalmente paralizada, en trance, y han hecho desaparecer casi todo mi dolor interior. Está ya a mi altura, muy cerca de mi rostro, mirándome directamente a los ojos cuando me dice, al oído, con una voz muy dulce:- Cierra los ojos.- y tal y como lo dice, obedezco.- Y ahora, duerme.
No respondo a mis extremidades cuando caigo sobre los brazos de Jane. La nube de la inconsciencia ha vuelto a mí de nuevo, haciéndome olvidar todo lo que me rodea durante un bello tiempo.
Jane cayó al suelo con Teresa en brazos sin poder evitarlo. Esto había sido superior a él. La mujer a la que amaba había creído que él era capaz de matarla, de hacerle daño. El dolor y el cansancio la habían hablado por ella, haciéndola casi hostil. Ella estaba rota por dentro y Jane la había tenido que hipnotizar para que todos esos sentimientos la abandonaran dejándola descansar por fin.
Ambos estaban en el suelo, Jane con Lisbon en brazos, agarrándola fuertemente y sintiendo de nuevo alivio al tenerla con él a salvo. Todo este infierno había acabado, tenía a la mujer a la que amaba entre sus brazos, rota por dentro por su culpa. Jane tendría ahora que volver a unir todos esos pedazos, hacerle ver sus verdaderos sentimientos, pues para él no había cosa más sincera que sus sentimientos hacia Teresa.
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¡Por fin! Todo ha acabado tal y como debía. ¿Qué os ha parecido?. Como en la serie, John el Rojo es el sheriff McAlester, la verdad es que era el último que me esperaba pero la elección me encantó. El siguiente capítulo será el final y lo subiré la semana que viene. Todo esto llega a su fin...
Gracias a todo aquel que dedique tiempo a dejar su comentario, me han animado a seguir la historia. ¡Un besote!
