PERO, EL NIÑO NO ES TU HIJO.
Los personajes de Inuyasha no me pertenecen; la historia narrada a continuación, sí.
Disfruten de este mundillo, donde demonios y humanos viven, quizás en paz, pero, anhelando guerra.
CAPÍTULO 05
Tropezando con la misma piedra.
Sólo una tonta que no sabía nadar se lanzaría al río de esa manera. Solo un idiota revelaría su identidad para rescatarla sin siquiera pensarlo.
Durante unos breves instantes, Inuyasha se encontró perdido en el rostro femenino que descansaba en su regazo. Su ensimismamiento podría considerarse una falta de etiqueta ante los ojos de su padre y, en realidad, también lo era para él mismo. Sentirse tan absorto al contemplarla de esa manera resultaba descarado, como si fuera un insensato que ve por primera vez la belleza de una mujer.
A pesar de que sus modales amenazaban con desmoronarse, no podía preocuparse por ello en ese preciso instante. Ahora que se encontraba tan cerca de ella, no dejaría escapar la oportunidad de grabar en su mente cada una de sus delicadas facciones.
¿Cómo había podido pensar que ese pequeño ratón se parecía a Kikyo? Era todo lo contrario a la sacerdotisa de la que se había enamorado, y lejos de sentirse aliviado, parecía que nuevamente el destino lo acercó hasta una trampa de la que pudo haberse salvado; sin embargo, decidió ser atrapado en ella por voluntad propia.
Al observarla con más cuidado, pudo notar mejor la belleza que una vez la distancia de su escondite le había impedido ver.
Los ojos de la muchacha eran grandes cuencas achocolatadas que parecían revelar cada pensamiento, como si fueran un libro abierto. Su nariz, lejos de ser delgada y refinada, era pequeñita y redonda. Tentaba a cualquier insensato a pellizcarla, incluso él mismo estaba cayendo en ese enredo, lo supo cuando apretó fuertemente la mano en un puño, negándole a sus dedos cualquier movimiento que no estuviera bajo su sano juicio.
Por los dioses, ¿qué le sucedía? Estaba empezando a perder el control por una simple campesina.
—Responde —demandó la humana. Se pasó una mano por el rostro, quitándose el agua que goteaba del pelo del demonio.
Fue aquella solicitud tan autoritaria que lo trajo de vuelta a la cruda realidad.
La ropa se aferraba a su cuerpo empapado y el agua se infiltraba en sus botas, recordándole su impulso imprudente de lanzarse al río sin despojarse de su armadura. En ese momento, podía sentir el peso de sus decisiones, tomadas por el miedo irracional de perder a alguien que no conocía.
Tal vez actuó más acorde a un humano que a un demonio, pero no se arrepentía. No ahora, aunque presentía que tal vez sí lo haría en un futuro cercano.
¿Cómo podía temer tanto la pérdida de alguien así?
No sabía nada de ella, ni su edad, ni su nombre, nada.
Bien, quizás ese sea un buen punto de partida.
Exhaló pesadamente.
Estaba decidido: él sería el primero en presentarse.
—Inuyasha —soltó él, rompiendo el incómodo silencio que se había formado entre ellos.
La mujer pestañeó rápidamente. Parecía no comprender, así que él continuó:
—Es mi nombre.
Ella lo miró detenidamente, como si estuviera buscando alguna conexión entre su nombre y su rostro.
—Inuyasha Veskan —pronunció ella, casi como una interrogación.
Sintió un escalofrío al escuchar cómo lo llamaba, sonaba extrañamente bien saliendo de sus labios. Sin embargo, ese sentimiento fue efímero cuando ella mencionó aquel apellido despreciable. Apartó la mirada, mostrando su disgusto.
—No. Sólo Inuyasha —dijo con cierta renuencia.
Nunca antes sintió tantas ganas de decir que era un Taisho y alardear de su título. Pero ahí estaba, ocultando a medias su propia identidad que, por algún motivo, no quería que la mujer supiera.
—Lo sabía. No pareces uno de ellos —murmuró ella. La sintió relajarse en sus brazos, pero seguía manteniendo cierta distancia para con él— ¿Qué clase de demonio eres entonces? —preguntó con un resentimiento que podía caer en lo despectivo.
—Uno que salva a mujeres idiotas que no saben nadar —respondió, imitando su tono de voz.
El ratón lo miró desafiante. La puya le había llegado, tanto que jaló con más fuerza el mechón plateado que tenía agarrado en su mano. Inuyasha Rodó los ojos, recordando que había olvidado momentáneamente el atrevimiento de la mujer al tocar su cabello. Ni siquiera Miroku se había atrevido a hacerlo en medio de sus peleas más intensas.
—Eh, ¿piensas soltarme algún día?
—¡Discúlpate! —exigió ella, tirando con más fuerza.
Inuyasha dejó escapar una carcajada. «Qué valiente muchachita», pensó. Fácilmente podría confundirla con una noble por su forma tan recatada de hablar.
—¿Por qué debería hacerlo? —preguntó él desafiante.
—Me has insultado.
¿Yo? Tú lo has hecho primero al confundirme con un Veskan.
—Ya que andamos con cortesías, creo que primero deberías agradecerme por salvarte la vida.
Avergonzada, ella por fin le soltó el pelo.
Sus mejillas se tiñeron de un carmesí intenso. Se había quedado sin argumentos y no tenía más opción que mantenerse en silencio. Eso hizo, apretando los labios en una fina línea. La reacción le causó gracia al demonio que, no ocultó una sonrisa descarada al descubrir su nuevo pasatiempo: molestar a aquel pequeño ratón que parecía tan dispuesto a desafiarlo.
—Si dijera que fuiste "imprudente", estaría halagándote mientras te miento, y como verás, no puedo hacer eso. Entonces, dime, si consideras que decirte "idiota" fue un insulto, ¿cómo debería llamarte después de verte arriesgar la vida de forma tan temeraria?
Ella, lejos de tomar sus palabras como una ofensa, decidió contraatacar, insultándolo sutilmente.
—Quizás "ingenua" sería una palabra más adecuada. Podrías añadirla a tu limitado vocabulario y emplearla de ahora en adelante.
Él alzó una ceja con incredulidad, ¿acaso lo estaba llamando inculto o ignorante? La mujer cada vez se superaba a sí misma en su habilidad para provocarlo.
—Discrepo. Incluso los ingenuos dudan ante el peligro, en cambio, usted se adentró directamente en una muerte segura.
Estaban inmersos en su acalorada discusión, tan absortos en ella que no percibieron cómo sus rostros se aproximaban cada vez más. O... Quizás lo notaron, pero su orgullo y terquedad les impedían retroceder si eso significaba conceder la victoria en aquel debate.
—No era mi intención ahogarme, señor Veskan.
La joven pronunció el apellido con un claro desdén, y a Inuyasha le resultaba incierto si debía encontrar aquello divertido o sentirse ofendido por la aversión que ella manifestaba hacia su falsa identidad.
Decidió establecer límites de inmediato. Ya no podía soportar que siguiera insinuando que pertenecía al clan de Bankotsu Veskan.
—Es: Inuyasha —la corrigió sin demora.
—No quería ahogarme —murmuró ella sin mencionar su nombre, y era bastante claro que no estaba dispuesta a complacerlo—. Vi algo brillante al otro lado del río y quería saber de qué se trataba —continuó ella, explicando su motivo como si fuera lo más razonable del mundo.
—Increíble. ¿Pudo adivinar qué era?
—No. Me caí en una fosa y... —Sus palabras se vieron interrumpidas por la expresión divertida de Inuyasha. Ella lo miró con el ceño fruncido y estuvo a punto de jalarle el pelo nuevamente, pero él se adelantó para evitarlo.
—¿Te ha gustado tanto mi cabello que no puedes dejar de tocarlo?
—Está loco.
—Algo, ya me ves, empapado hasta los huesos por tu culpa. ¿Es que no consideras los riesgos antes de tomar una decisión? —cuestionó con frustración.
—¿Lo hace usted? —exclamó ella exaltada y a la vez exhausta de sus reprimendas— ¿Por qué está tan molesto conmigo? Me reclama y regaña como si se hubiera arrepentido de haberme salvado.
Sus palabras se quebraron. La vio tragar saliva en un inútil intento por ocultar las lágrimas que amenazaban con escapar, cuando ya estaban por desbordarse, desvió la mirada y se mordió el labio inferior en un gesto de angustia.
Fantástico, Inuyasha. La hiciste llorar.
No estaba arrepentido en lo absoluto. Quería decírselo, pero sabía que solo sus palabras no bastarían para convencerla, y por Dios, quería convencerla; sabría el diablo porqué. Tomó su mentón con suavidad para que lo mirara directamente, anhelando que viera en sus ojos su sinceridad.
—Nunca. Jamás lo haría —dijo con determinación, sumergiéndose en su mirada. Había dejado escapar esas palabras sin pensar, solo se percató del peso de las mismas cuando vio cómo sus ojos se abrían de par en par, y su rostro se teñía de un carmesí aún más intenso.
«Esto no es correcto», creyó escucharla susurrar con apenas un hilo de voz.
Y en verdad, no lo era.
No se trataba solo de la diferencia de razas, en ese momento estaban rompiendo todas las reglas del decoro que existían en ambos reinos. No culparía a nadie, ni a ese supuesto bosque sagrado en el que se encontraban, ni a ella. Si de verdad quería a un culpable, tendría que mirar en el espejo; él se metió en ese embrollo por su propia voluntad. Antes de poder trazar un plan para liberarse de esa incómoda situación, la mujer tomó la iniciativa y, empujándolo suavemente, se liberó de su abrazo protector.
—Quítese, por favor —musitó ella.
Con cuidado de no tropezar, se puso de pie. Él hizo lo mismo, adoptando una postura similar a la de un soldado, manteniendo los brazos cruzados detrás de su espalda. No se ofrecería a ayudarla; si la mujer no lo deseaba, él no actuaría como un tonto benevolente.
Ella le dio la espalda. Fue muy obvio que, por el movimiento de sus brazos, se estaba limpiando las lágrimas. Era el momento de recobrar la compostura.
Inuyasha empezó a quitarse las botas para deshacerse del agua que se había filtrado en ellas. Sabía que tendría que esperar un tiempo para que sus ropas se secaran un poco si no quería atraer preguntas incómodas en la taberna.
Por ahora, sólo podía arreglarse mínimamente para no llamar demasiado la atención.
Con un movimiento rápido, se deshizo de su armadura y la dejó caer a un lado junto con su espada. El sonido metálico resonó en el aire, pero la joven no pareció inmutarse.
Él se soltó una cinta que mantenía su cabello recogido en una coleta y comenzó a desenredarlo con los dedos. Mientras agitaba su melena para secarla, la mujer pronunció algo inesperado:
—Gracias.
Su agradecimiento sonaba genuino, pero evitaba mirarlo directamente. Parecía tener toda su atención en las ropas que estaba recogiendo del suelo, como si aquellas prendas fueran más importantes en ese momento que cualquier otra cosa.
Sin embargo, más allá de su terca actitud, su voz le decía que había algo más detrás de esas palabras.
Se acercó lentamente, con pasos cautelosos, y se detuvo a su lado. Sin decir una palabra, recogió una prenda que ella había dejado caer, extendiendo su mano para entregársela. Cuando la mujer estuvo a punto de tomarla, él alejó su mano para impedírselo. Era un acto infantil, pero esperaba que finalmente captara su atención.
Así lo hizo. Ella levantó la mirada, y sus ojos se encontraron en un instante de sorpresa.
—Perdón, no pude escuchar bien lo que dijo. ¿Podría repetirlo? —mintió él, tratando de ocultar una sonrisa.
El ratón arqueó una ceja, desafiante.
—Sé muy bien que me escuchó. Nació con las orejas perfectas para eso.
Las orejas caninas de Inuyasha se movieron involuntariamente al ser mencionadas.
—No está bien hablar del físico de los demás —Se contuvo de decir "mi señora".
—Recuerdo que mencionó mi delgadez hace un momento.
—Ah —suspiró, sintiéndose derrotado—. Disculpe ese desliz de sinceridad. Fue producto de la adrenalina del momento.
Ella rodó los ojos, abrazando las ropas contra su pecho, y comenzó a caminar sin responderle. Se quedó perplejo. ¿Se marcharía así sin más? ¿Y la despedida? ¿Y su presentación? Si en algún momento creyó que la mujer era una dama noble, ahora estaba claro que se equivocó.
Sin pensarlo dos veces, la sujetó del brazo, deteniendo su paso antes de que desapareciera por completo de su vista. Soltó un resoplido de frustración que hizo que sus labios formaran un adorable puchero.
—¿Qué quiere? Ya le he agradecido.
Lo observaba con aquellos ojos chocolates que, bajo los rayos del sol, parecían tratar de emular la claridad de los suyos.
—Le he dado mi nombre. Creo que merezco conocer el suyo —respondió él.
—No... No lo veo necesario, no nos veremos más.
—Y, si me permite preguntar, ¿a qué se debe esa suposición? —inquirió él, cruzando los brazos sin ocultar la diversión que sentía en ese momento.
—No debe estar más en este lugar.
—¿La razón es...?
—Porque es un demonio.
—Ah, entiendo —dijo con sarcasmo mientras sonreía de forma burlesca—. Entonces...
Ella soltó un bufido, pareciendo una niña en medio de una rabieta.
—¿Acaso no lo comprendes? —exclamó—. Deberías estar con los tuyos haciendo cualquier cosa que hagan los demonios con su ociosidad. Este es un bosque sagrado, el poder espiritual que nos rodea podría considerarte una amenaza y lastimarte.
—No tienes por qué preocuparte por mí —sonrió al notar cómo ella estuvo a punto de soltar un improperio—. No creo que este bosque me trate tan mal. Mírame, no fui yo quien estuvo a punto de morir hace un momento —Abrió los ojos fingiendo sorpresa, observándola como si fuera una pecadora—. ¿No es usted, mi señora, el verdadero demonio aquí?
Se zafó de él con brusquedad y se acercó, decidida a confrontarlo. Aquel ratón no se dejaba amedrentar por nada. Incluso en ese estado, empapada y exhausta, era capaz de mantener su orgullo intacto. No podía negar que esa valentía y determinación lo atraía, pues él también era así. Sin embargo, era consciente de que la obstinación de ambos podía llevarlos por caminos turbulentos.
—Ka-go-me —Soltó ella con énfasis—. Mi nombre es Kagome. ¿Ya estás satisfecho?
En efecto, pensó con una sonrisa antes de responderle:
—Un placer, Kagome.
Era suficiente. La había ayudado y su curiosidad ya estaba saciada casi en su totalidad. El cielo se tiñó de naranja, recordándole que debía regresar a la taberna antes de contraer un resfriado. Ambos debían regresar a sus respectivos hogares y cambiarse de ropa. En especial ella, puesto que estaba temblando de frío como un pequeño cachorro, lo que lo hizo darse cuenta de que su camisón no era adecuado para...
¿Camisón?, sus ojos se abrieron sorprendidos ante esa revelación.
Había olvidado completamente ese detalle. Cuando la sacó del río, notó lo ligera que era y atribuyó esa sensación a la ausencia de los pesados y molestos vestidos que solía llevar. Sin embargo, no se detuvo a reflexionar sobre eso en ese momento, su principal preocupación era asegurarse de que estuviera a salvo. Pero ahora, la fina tela de lino se había vuelto transparente debido a la humedad, dejando al descubierto lo que se ocultaba debajo.
Su corazón dio un vuelco al distinguir la delicada silueta redondeada de los pechos de Kagome, que subían y bajaban con cada respiración. La visión lo dejó paralizado, como si el rosario maldito volviera a hacer de las suyas, convirtiéndolo en una estatua de mármol hipnotizada por aquella imagen.
No podía, o tal vez no quería, apartar la mirada. Cada detalle de ella era simplemente hermoso. Desde el ceño ligeramente fruncido que hacía que su nariz se contrajera de una forma particularmente encantadora, hasta la forma en que alzaba la barbilla con altivez, obligándolo a mirarla con la misma intensidad. Incluso sus clavículas, donde las gotas de agua que caían de su cabello formaban diminutos lagos, no pasaban desapercibidas.
Si tan solo ese momento hubiera ocurrido hace un año, si tan solo hubiera conocido a Kagome antes de embarcarse en su estúpida misión... Quizás no se encontraría actuando como un tonto, intentando mantener los modales que siempre disfrutaba destrozar y asumiendo un papel que detestaba: el de un auténtico caballero.
—Date la vuelta —dijo apresuradamente.
Sin esperar a que ella le hiciera caso, Inuyasha la sujetó por los hombros, obligándola a darle la espalda. Extendió los brazos mientras seguía manteniendo su agarre, y su mirada se desvió hacia el suelo, derrotado por la situación.
—¿Qué estás haciendo? —cuestionó ella, confundida y queriendo girarse, sintiendo la necesidad de buscar respuestas ante su extraño comportamiento.
Pero no podía permitir que lo viera en ese estado. Era evidente el efecto que ejercía sobre él; el bulto que se destacaba en su pantalón era prueba suficiente. No podía dejar que presenciara lo que le había provocado. Sentía humillación y un dolor palpitante en su entrepierna, y sabía que una sola mirada de ella bastaría para que se ocultara del mundo por la vergüenza.
—Ponte tu vestido. No puedes salir del bosque así... —Trató de explicar, intentando ocultar su propia turbación que hacía de su voz un patético cantar— Estás, tu camisón está...
¿Qué te pasa, idiota? ¿Cómo puedes permitir que una simple humana te afecte tanto? Eres patético.
Kagome era una bruja.
Una bruja muy hermosa.
Sus propios pensamientos amenazaban con consumirlo.
Por un breve instante, había permitido que el deseo lo nublara, imaginando cómo sería tocarla, acariciar su suave piel... Perderse con ella en ese maldito bosque.
Pero solo había sido un momento. El recuerdo de su padre y su insufrible compromiso, con una sacerdotisa a la que aún no conocía, lo devolvió a la realidad.
Se percató como Kagome bajaba la mirada hacía su pecho y comenzaba a temblar casi de inmediato. Hizo un gesto rápido de horror y se tapó la boca con las manos. No emitió ni un solo grito, pero la vergüenza se extendió por todo su ser, tiñendo sus mejillas de un rojo intenso, como el color del cielo en aquel momento.
La situación no era agradable en absoluto. Él deseaba poder ofrecerle algo para cubrirse, algo más modesto que un vestido. Su capa empapada podría cubriría, era grande, como para ocultar incluso su dignidad. Pero sabía que lo rechazaría. Aunque no podía cambiar la situación, dijo las únicas palabras adecuadas que encontró para aliviar su angustia:
—No he visto nada —mintió él.
Sin embargo, ella percibió claramente que aquello no era cierto.
—Exacto, no has visto nada —dijo ella, lanzando las palabras con enfado, más como una orden que como una afirmación. Lo observó de reojo durante unos segundos antes de añadir—: Absolutamente nada, tal como lo has hecho durante toda esta semana.
Él abrió la boca para responder, pero ninguna palabra quería salir de sus labios. ¿Era posible? ¿Ella sabía que había estado al otro lado del río? Siempre había estado tranquilo, descansando en silencio sin interrumpir su rutina. Un humano común y corriente no se daría cuenta de su presencia. Sin embargo, Kagome permanecía en silencio, como si estuviera esperando una respuesta, una explicación...
O una disculpa.
¿Acaso ella pensaba que él la había estado espiando descaradamente todo ese tiempo? La respuesta llegó velozmente cuando sus ojos se encontraron con una mirada llena de decepción. Fue en ese instante que un sentimiento que había mantenido oculto despertó dentro de él.
Se sentía herido. Su orgullo estaba siendo afectado por la desconfianza de ese pequeño ratón.
—Nunca he pretendido mancillar tu honor, Kagome. Si ese fuera mi propósito, no estaría tan quieto como lo estoy ahora —Se defendió.
—Debo irme —Lo interrumpió, dejándole claro que no quería sus explicaciones —. Por favor, no vuelvas a este lugar.
«Increíble. Ahora estoy desterrado de este maldito bosque por una humana que piensa que soy un demonio descarado, un voyeur lascivo que se regodea en espiar a las mujeres. Bien, que piense lo que quiera. No debería importarme en absoluto». Quiso expresar todo lo que pasaba por su mente, pero a pesar de lo que su razón le dictaba, sus palabras le jugaron en contra:
—Puedo explicarlo... Solo déjame que te explique, Kagome —pronunció su nombre con suavidad, tratando de restaurar su imagen manchada.
Pero ella desapareció de su vista, adentrándose en el bosque corriendo.
Como si huyera del mismo demonio, de él.
Continuará...
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;;w;; La verdad, no creo que la ropa de Inu se seque a tiempo para cuando llegue a la taberna, así que ya me imagino lo que le dirá Miroku, y ni se diga Sesshoumaru. Kagome lo tiene más fácil porque sus hermanos no le hacen bullying.
(Ahora sí se viene lo chido 7u7)
Muchísimas gracias por sus comentarios ;;u;; Fabiola, Lin Lu Lo Li, Susanisa, Naomi, personitainvitada uwu
Y ya me decidí, en el próximo capítulo haré un dibujito del fic jeje.
**Datitos**
Haku - Reino en donde viven los humanos.
Tierras altas del Sengoku - Reino de los demonios, está dividido en:
Norte - Naraku/Onigumo (La araña).
Sur - Koga (El lobo).
Este - Bankotsu (El dragón).
Oeste - Sesshoumaru/Toga (El perro).
**Fin de datitos**
