Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. La historia es de TouchofPixieDust y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Capítulo 26: El pozo de los deseos

14 de septiembre

—¡Pide un deseo, Kikyo!

Kagome le sonrió a su amiga/la amiga de Kikyo, Eri, y miró al pozo. Ya llevaba meses pidiendo deseos a cada estrella, luz de semáforo ámbar, pestaña caída y pozo con los que se encontraba. Imaginándose que uno más no haría daño, lanzó dentro una moneda, juntó las manos ante su pecho y pidió su silencioso deseo.

—¿Pediste un trabajo nuevo? —«bromeó» la mujer de pelo rosa.

La sonrisa se volvió un poco más forzada, pero aun así permaneció en su rostro. Eri había estado haciendo varios comentarios no tan sutiles de que era hora de que se mudase de la casa de su amiga.

—¿O un nuevo novio que esté bueno?

Ah, sí, también estaba eso. Los siempre tan discretos recordatorios de mantenerse alejada del marido de su amiga. No podía pasar una hora sin que hubiera uno de esos. No estaba segura de si debería pensar bien de ella por serle leal a su amiga, o sentirse insultada porque insinuase siquiera que fuera a intentar algo con el marido de otra persona. ¿Y por qué había aceptado salir con esta gente? Ah, sí, la amenaza de su madre de que robaría todos los espejos de la casa en mitad de la noche y que los escondería hasta que le diera un poco la luz del sol y tuviera conversaciones de verdad que no giraran en torno a la siguiente vez en que fuera a aparecer el reflejo de Kikyo.

Hojo tampoco había tenido escapatoria. Estaba siendo obligado a llevar a su suegra (más o menos) a mirar escaparates. Kaede estaba pasando el día con Souta jugando a videojuegos. ¿Por qué no la habían obligado a ELLA a salir y a ser sociable? Por supuesto, la única forma en que Hojo y ella habían sido persuadidos para ir había sido porque la pequeña había sonreído y dicho que no iban a verlos ese día.

—Ya tengo a alguien.

—Mmm… —dijo con voz incrédula—. Pues no es de los inseguros, ¿no?

Kagome se preguntó si era demasiado tarde para cambiar su deseo a que Eri se cayera por el pozo. ¿Cuándo iban a aparecer las demás? Al menos funcionaban como defensa.

—Hablamos cuando podemos.

La otra mujer se cruzó de brazos y se apoyó contra el pozo con la cadera.

—¿Por qué no ha venido hasta aquí a verte? —Hizo un sonido de repentina comprensión—. Ohhhh… ¿hay otra mujer?

Vale.

Ya estaba bien.

La chica debe morir.

Justo cuando Kagome se estaba preparando para empujarla por el borde del pozo, oyó la animada voz de Yuka. Se sorprendió un poco por el nuevo corto corte de pelo que traía.

—No pude librarme del violeta —explicó mientras tocaba las puntas de su pelo—. ¿Qué estamos haciendo? ¿Pidiendo deseos? —Sacó una moneda y la lanzó dentro—. Por favor, que el chico nuevo de la clase de Química se dé cuenta de que existo.

Kagome se rio, no pudo evitarlo.

—Se supone que no debes decirle a los demás lo que deseaste.

Yuka se encogió de hombros.

—Eh, no pasa nada. No era tan lindo.

—¿Y aun así has gastado dinero deseándolo a él?

—Era una moneda que encontré de los recreativos, así que no es como si tuviera mucho invertido en ello. —Bostezó y se estiró, luego señaló a la tienda de helados—. Te tomas esto de los deseos demasiado en serio, Kikyo. —La empujó en aquella dirección—. Las demás se encontrarán con nosotras más tarde.

—¿Dónde?

Yuka se rio.

—¡Será divertido!

La salida fue una pesadilla, en especial después de que la engañaran para ir a una discoteca. Las dos mujeres parecían decididas a hacer que Kagome conociese a alguien. ¡A cualquiera! Había algunos hombres que estaban interesados y algunos que estaba demasiaaaaado interesados (y no tenían ningún concepto del «espacio personal»). Pero ninguno de ellos era Inuyasha. Y cada chico nuevo que le presentaban la enfadaba más y más.

—Quiero irme a casa —le gritó Kagome a Eri cuando se acercó lo suficiente a ella para que la oyera por encima de la retumbante música.

—¡Ni de broma!

—¡Quiero irme!

Eri negó con la cabeza mientras seguía bailando.

—Conduje yo. Nos quedamos. ¡Eh! Quiero presentarte a alguien. Sai, esta es Kikyo. Kikyo, Sai. ¡Bailad! —Empujó a Sai hacia Kagome y desapareció entre la multitud.

—Hola —dijo él, incómodo.

—Eh. Hola. Tengo una relación con otra persona.

—¿Estás casada?

—No. Aún no.

Él le dirigió una sonrisa que probablemente se suponía que debía ser encantadora y empezó a bailar de tal forma que parecía como si quisiera hacer bebés con ella allí en la pista de baile.

—Lo siento —se disculpó—, pero de verdad que tengo que irme.

Sai la agarró por la muñeca y la atrajo hacia él, empujando su cuerpo contra el de ella.

—Eri dice que os vais a quedar hasta el cierre.

Kagome intentó apartar la muñeca de su mano, pero no tuvo suerte. Debatió si debía usar o no algunas de las técnicas de defensa personal que Sango le había mostrado. Pero no estaba segura de si realmente quería montar un numerito con él retorciéndose en el suelo de agonía. Los consejos de Inuyasha tampoco serían útiles, ya que el establecimiento probablemente veía con malos ojos el derramamiento de sangre. Así que parecía que sólo le quedaba una opción.

—Me refería a que tengo que ir al baño. —Mentir y huir.

Pero funcionó. Sai le soltó la muñeca. Pero antes de que pudiera salir corriendo, volvió a agarrarla. Ella formó un puño con la otra mano y se preparó para darle un puñetazo en la tráquea.

—Te acompaño hasta allí, es peligroso con todos estos asquerosos alrededor.

Kagome relajó el puño y se dejó conducir hasta la parte de atrás. Con un movimiento de sus dedos, desapareció en los baños de mujeres. Hizo sus necesidades. Se retocó el maquillaje. Se cepilló el pelo. Limpió los lavamanos. Cuando entró otra mujer, se dio cuenta de que Sai seguía esperando a que ella saliera. Entonces, se metió en uno de los cubículos, sacó su móvil y empezó a jugar a uno de los juegos que tenía descargados. Por supuesto, eso sólo fue durante una buena media hora, ya que no había cargado la batería. Así que volvió a salir y se toqueteó un poco más el pelo, haciéndose trenzas esta vez. Entró otra mujer y se dio cuenta de que Sai seguía esperando, aunque parecía un poco contrariado.

—Me rindo —musitó Kagome para sí misma.

—Oye —llamó una mujer desde uno de los cubículos—. ¿Podrías cerrar esa ventana? Alguien debe de estar fumando debajo de ella y soy alérgica.

¿Ventana?

Pues sí, había una pequeña ventana. ¿Hasta qué punto se puede ser tan cliché?, se rio de sí misma. ¿Y por qué diablos no la había visto antes?

Agradecida por haberse traído el bolso con el asa larga, se lo pasó sobre la cabeza para que colgase cruzado de su cuerpo. También agradecía haberse puesto una falda que le permitiera moverse en lugar de una ceñida. Pero desearía haberse puesto tenis en lugar de tacones. Daba igual. Se sacó los zapatos y los lanzó por la ventana abierta. Respiró hondo y empezó a escalar el lavamanos.

—¿Una cita que ha salido mal? —preguntó una mujer que había salido y se estaba lavando las manos.

—Más o menos.

—Me ha pasado. Hay un saliente fuera de la ventana. No intentes bajar directamente, da al callejón. Está oscuro y es demasiado peligro. Así que camina con cuidado por el saliente hacia la derecha si miras hacia fuera. Anda cuatro o cinco metros y habrá una inclinación. Agáchate del todo y, cuando llegues al borde, sólo tendrás unos metros de bajada.

—Oh. Supongo que sí que has hecho esto antes.

La mujer se rio.

—No te creerías las horrorosas citas a ciegas que he tenido. ¡Buena suerte, niña!

Kagome siguió las instrucciones de la mujer al pie de la letra. Cuando aterrizó a salvo en la acera, deseó no haber lanzado tan rápido los zapatos por la ventana. Ir por un callejón a oscuras no valía un par de zapatos, así que se dirigió a casa con los pies descalzos. También deseó no haber gastado toda la batería de su móvil jugando cuando podría haber llamado a su madre para que la llevara a casa.

Tres transbordos de bus y un monedero vacío más tarde, Kagome finalmente estuvo delante de la casa de su madre. Habría ido a la de Hojo, pero estaba aún más lejos. Tras rodear la puerta principal, Kagome caminó hacia la vieja pagoda del pozo, segura de que todavía tenía un viejo par de zapatos guardados en el rincón de cuando trabajaba en el jardín.

Y sí, allí estaban. Se los puso con un suspiro en sus pies heridos y cansados.

—Menudo día. Desearía…

Su deseo de empezar el día de nuevo murió cuando sus ojos cayeron sobre el viejo pozo tapiado. Su abuelo lo había tapiado cuando era una niña después de que se hubiera caído en él… por tercera vez. No era un pozo muy profundo. De hecho, por lo que ella sabía, nunca había tenido agua. Su abuelo decía que tenía cientos de años y había construido la pagoda del pozo para protegerlo. Siempre le había encantado esa vieja cosa olorosa, era tranquilizador saber que estaba tocando un trozo del pasado. Así que caminó hasta el pozo y se sentó en el borde. Estaba cansada. Estaba cansada de no estar donde debía. Estaba cansada de la terrible soledad que causaba estar lejos.

—Desearía estar con Inuyasha.

Se secó la lágrima que cayó por su mejilla y se impulsó del pozo, dirigiéndose al exterior. Ahora que tenía zapatos en los pies, podía recorrer todo el camino hasta la casa de Hojo.

Si se hubiera quedado sólo dos minutos más.

Si simplemente se hubiera dado la vuelta.

Entonces habría visto que el pozo brillaba con un color azul.