10.
Lo que fuera que había esperado, en definitiva, no era eso.
–¿Puedo comerlo contigo? –preguntó Hannelore, quién había llegado un poco antes que el servicio a la habitación llegara con un pequeño pastel de alfseigue, té frío con leche y un par de bonitas bestias Fey de papel con una nota.
–¡Por supuesto! –respondió antes de tomar los muñecos y observarlos con nostalgia.
En realidad, había muchos colores que le gustaban y bestias Fey que le parecían mejores… pero él siempre había dicho que ella era como un pequeño shumil y ella lo había llamado zantze tramposo en más de una ocasión. Que los hubiera hecho en el mismo color del cabello de cada uno solo le recordó la primera vez que hicieron esas figuras, porque usaron los mismos colores para crearlas a manera de burla y juego.
–No puedo creer que mi hermano te enviara el desayuno en día de partido. ¡Se está superando! Los muñecos son un precioso detalle, aunque… no entiendo porque un zantze.
Rozemyne guardó los muñecos en su bolsa y tomó la nota, constatando lo que ya sabía.
–No los envió Lestilaut.
–¿A no? –preguntó su amiga con la boca llena, reacomodando el cabello de su fleco antes de limpiar su boca con un sorbo de té helado sin dejar de mirarla–. ¿Quién fue entonces? ¿No me digas que el viejo que te vino siguiendo?
–¿Cuál viejo?
–¿Cómo cuál? ¡Tu viejo profesor! Lestilaut se la pasó maldiciendo anoche que de alguna manera terminó compartiéndote la mitad del día con un anciano.
Imposible no soltar una carcajada. Ferdinand no era tan mayor… bueno, la diferencia normal en edades de pareja en ese momento oscilaba entre unos meses y cinco años, eso era verdad, pero trece tampoco le parecía una diferencia tan grande… no era como si le llevara veinte.
–Ferdinand no es un anciano, Hannie… y si envió él la comida y los muñecos.
–¿Y? ¿Qué dice esa nota? No has dejado de sonreír desde que viste los muñecos.
Se cubrió el rostro, abochornada. No esperaba estar siendo tan obvia desde tan temprano.
–Se disculpa por no despedirse hoy, espera que inicie el día de manera adecuada y disfrute mi estancia en Dunkelferger.
–Eso suena amable. No entiendo porque Lesti se molestó tanto anoche.
–Yo tampoco lo entiendo, Ferdinand se portó muy bien a pesar de que lo terminé arrastrando con nosotros… ¡No me mires así! No lo había visto en cinco años y… no lo sé. Me alegró que hablara conmigo. Tuvimos un pequeño altercado antes de que se marchara. Él solo quería arreglar las cosas.
Su amiga la veía con fastidio. A leguas se notaba que no estaba del todo convencida.
–Debe apreciarte mucho si vino hasta acá apenas volver de un viaje tan largo para… arreglar las cosas.
–Supongo que eso me hizo muy feliz ayer –dijo tomando un bocado de la rebanada que se acababa de servir, haciendo algunos sonidos felices en cuanto la dulzura y el sabor frutal tocaron su lengua–, quizás debería tomar una especialización en postres mientras terminamos nuestro curso sobre bestias Fey. ¡Me encantaría preparar postres así de deliciosos!
–Sobre eso, ¿no has pensado en abandonar algunos de tus clubes y dejar de lado esa especialización? Siempre estás tan ocupada en la escuela que casi ni podemos vernos, ¡en especial a mi hermano!
Eso la tomó desprevenida. Los clubes eran divertidos y la especialización era un hobby perfecto para matar el tiempo… claro que su amiga tenía razón en algo… siempre estaba demasiado ocupada.
Lo pensó un momento. Ferdinand se había disculpado, había dicho que la esperaría el tiempo que ella quisiera… también admitió que estuvo con otra mientras estuvo fuera del país, no estaba muy segura de cómo se sentía al respecto.
Le dolía saber que su temor se había vuelto realidad. Odiaba que hubiera preferido estar de ese modo con una extraña y no con ella… pero también sentía alivio de que no se quedara con esa mujer, o que le hubiera dicho la verdad sin dar rodeos. Así era Ferdinand, después de todo.
–Supongo que tienes algo de razón. Dejaré varios de los clubes, pero en definitiva quiero tomar esa especialización. Resulta que me gusta cocinar de vez en cuando.
Hannelore suspiró antes de mirarla con una cara amarga y un suspiro pesado que no le gustó nada.
–¿No puedes tomar esa especialización fuera de temporada? ¿O el año próximo? Si la tienen en invierno, deberías inscribirte entonces. Mi hermano tomará su último curso de caballero este año, después de todo.
Lo consideró un momento. Lo normal era que los chicos de su edad asistieran dos o tres ciclos más para terminar de estudiar al menos una carrera y una especialización… pero ella ya tenía dos de ambas y apenas cumpliría los veinte… bien podría volver después para estudiar más cosas.
–Supongo que este año puedo tomarlo con calma, ¿cierto?
–¡Eso era justo lo que quería oír!
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No pudo aguantar las dos semanas que ofreció quedarse ahí. Dos días después de la partida de Ferdinand encontró una excusa adecuada gracias a Delia, Derreck y a su primo Melchior, así que regresó a Alexandría.
–¿Estás segura de esto, Rozemyne? –fue lo primero que su madre le preguntó cuando la recogieron esa tarde en la estación de trenes.
–¡Por completo! Lestilaut sigue ocupado con sus entrenamientos y no puedo dejar tanto tiempo solos a mis pupilos, además de Melchior y….
No pudo continuar mientras sus ojos vagaban por la estación. Estaban sus padres, sus hermanos, su futura cuñada e incluso su abuelo… faltaba alguien.
–¿Y te hartaste del calor de allá? –interrumpió Cornelius de pronto–, he oído que puede ser muy sofocante, por eso sus jugadores son los mejores del país. Entrenan todo el año en un ambiente de locos.
–Ambas cosas son ciertas –sonrió ella en tanto caminaban al carromato que los llevaría a casa, tratando de mirar a todos lados con discreción–. Entrenan demasiado y el calor es sofocante.
–¿Y cómo planeas vivir allá si no te gusta? –intervino Eckhart ayudando a Heidemarie a subir–. Porque ese novio tuyo no creo que quiera venir a vivir aquí o cambiarse de equipo. Los Lanceros de Amazonía son el segundo mejor equipo de ditter en Dunkelferger y en Yurgensmidt. Quizás se mudaría a Bozweits. El ambiente es más pesado según sé y sus equipos practican en tierra para el clima cálido y en las islas flotantes para en clima frío.
Por alguna razón la mención de Bozweits la puso de mal humor… y su ansiedad comenzaba a notarse porque de pronto ella y su abuelo eran los únicos que faltaban por subir.
–¿Olvidaste algo, Rozemyne? –inquirió su abuelo de pie junto a ella, ofreciéndole la mano para ayudarla a abordar–. ¿Querías comprar algo en la estación? Dile a tu abuelo y conseguiré lo que gustes.
–No es nada, abuelo… solo no puedo creer que al fin volví –mintió con descaro y una sonrisa enorme que el viejo caballero le devolvió de inmediato.
–Entonces, vayamos a casa. Nada como descansar con la familia luego de un largo viaje, querida.
Rozemyne sonrió y subió al carromato luego de lanzar una mirada atrás.
Por mucho que se negara a admitirlo, dolía darse cuenta de que Ferdinand no había ido a buscarla también. En realidad, no había esperado que él no estuviera, o que su ausencia le dolería de ese modo.
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–¿No está?
–Lord Ferdinand suele ausentarse desde la segunda campanada y hasta la sexta, milady –le respondió Lasfam–. ¿Es urgente?
Negó sin terminar de procesar la información, llevándose un dedo a la mejilla para concentrarse. Sabía que era un mal hábito, pero no podía deshacerse de él. Ferdinand solía jalarle de esa mejilla cuando notaba que no se estaba esforzando o concentrando lo suficiente y de algún modo terminó relacionando la presión de su mejilla con la concentración profunda.
Él no había ido a buscarla con los demás, tampoco había intentado saber de ella por medio del comunicador y ahora no estaba en casa… era demasiado tarde para que se hubiera anotado a algún curso de esa temporada porque todos estaban terminando y además, él también tenía pocos días de haber vuelto, entonces…
–¿Sabe dónde está su laboratorio?
El gesto siempre amable de Lasfam se volvió tan serio como el de su tutor. Esa debía ser una mala señal.
–Si Lord Ferdinand no le dio la dirección, entonces temo que yo tampoco puedo dársela, milady. Mi recomendación es que le envíe un mensaje por el comunicador o bien que haga una cita con él. Suelo encargarme de organizar su agenda, así que podría ayudarla con eso.
–¿Una cita? ¿De verdad es necesario?
Estaba incrédula. Ella jamás había tenido que agendar una cita para ver a Ferdinand.
–Lord Ferdinand fue muy claro, milady. No puede reunirse con sus colegas sin una cita previa lo que queda de esta y la siguiente semana. Dado que se fue en un viaje de última hora a Dunkelferger, algunas de sus asignaciones se vieron retrasadas. Lo lamento.
Sentía que vibraba por dentro.
Colega.
Ella nunca había sido la colega de nadie, esa era una palabra que los adultos usaban para referirse a otros adultos que trabajaban con ellos o por lo menos en la misma área.
–Señor Lasfam… ¿Está seguro de que debo hacer una cita? Soy la pupila de Lord Ferdinand.
El hombre de oscuros cabellos verdes la observó un par de segundos antes de dar un par de pasos al frente para quedar más cerca de ella.
–Milady, Lord Ferdinand fue muy claro cuando volvió. Usted ya no es una niña. Tiene cinco años que él no le ha enseñado nada concerniente a la escuela y, por lo que escuché, usted tiene dos carreras y una especialidad completadas.
–¿O sea que… Ferdinand… me considera su colega?
–Eso fue lo que él me dijo, milady. Dijo que usted es una brillante erudita que además está incursionando también en los cursos de asistencia. Por cierto, Lord Ferdinand quedó encantado con las recetas que le obsequió, me pidió que le diera sus más profundos y sinceros agradecimientos cuando viniera.
–¡Oh, vaya! Ahm… ¿Fue un placer?
–Entonces, ¿desea que programe una cita, milady?
Todavía le parecía un poco estúpido y bastante incómodo… pero la estaban tratando como a una adulta, una igual. No podía parar de sonreír de manera idiota conforme pasaba a la casa de su mentor y esperaba con paciencia a qué Lasfam le diera algunas opciones y ella se decantara, al final, por la hora de la comida del día de la Fruta. Eso le dejaría todo el día de la Tierra para terminar de empacar con calma.
Estaba a punto de despedirse cuando recordó algo.
–¿Señor Lasfam?, Lord Ferdinand me pidió que le avisara cuando supiera que carrera tomaré este verano.
–¿Y ya lo sabe? –preguntó el asistente con su usual rostro amable, sosteniendo todavía la pluma con que había hecho anotaciones en el calendario de la oficina.
–Si. Voy a terminar la carrera en conocimiento de bestias Fey y a empezar a aprender lo necesario para crear managramas.
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Por alguna razón había llegado demasiado temprano al lugar de encuentro. Tan temprano que ni siquiera la dejaron pasar al restaurante, por lo cual tuvo que sentarse en una de las bancas de la acera a leer.
Amaba leer, por eso siempre llevaba algún libro consigo, aún si no era su intención quedarse ahí leyendo mientras su mesa estaba lista y Ferdinand llegaba.
No tenía idea de cuánto tiempo estuvo leyendo cuando comenzaron a caerle algunas gotas de agua encima de su libro. Estaba a punto de buscar su paraguas cuando alguien le colocó uno encima.
Apenas mirar al frente se encontró con una escena de lo más nostálgica. Ferdinand con su ropa de trabajo, de pie frente a ella sosteniendo una sombrilla para cubrirla en tanto ella leía con despreocupación bajo la lluvia ligera de finales de primavera.
Esto ya le había pasado una vez cuando estaba en segundo año de preparatoria con su uniforme blanco y azul… solo que esa vez él había quedado de pasar a recogerla a la escuela y se le había hecho tarde y ella había olvidado llevar un paraguas.
—¿Llevabas mucho esperando? —preguntó él sin dejar de mirarla, haciéndola sonrojar solo con eso.
—Ahm… no, no demasiado. ¿Entramos?
Ferdinand asintió y le ofreció su mano enguantada para ayudarla a levantarse, ofreciéndole luego su brazo para que ambos pudieran caminar los pocos pasos que los separaban del restaurante bajo la sombrilla.
—Te ves muy bien hoy, por cierto —comentó él cuando pudieron resguardarse en la entrada—. Siempre supe que serías muy hermosa, solo, no esperaba que tanto.
Se sintió sonrojar aun más en lo que respondía con un "Gracias" tan bajito que no estaba segura de si él la había escuchado.
Esa fue una comida de lo más animada y agradable.
Ambos hablaron y hablaron sobre lo que estuvieron haciendo durante los cinco años que no se vieron conforme los deliciosos platos de comida iban llegando a la mesa. Por supuesto, Ferdinand se abstuvo de mencionar a la joven compartida o el festival de verano y Rozemyne no habló de Lestilaut ni de su exnovio. Era casi como un acuerdo tácito para poder disfrutar del todo de aquella pequeña reunión.
Cuando ambos terminaron el postre, Ferdinand pagó la cuenta de ambos y la escoltó hasta su casa, despidiéndose en la puerta con una sonrisa gentil.
—Diviértete en la Academia, Rozemyne. Aprende todo lo que puedas. Tal vez un día podamos trabajar juntos en algún proyecto.
—¡Lo haré! —respondió esperando sin saber muy bien qué.
Ferdinand la miraba ahora divertido, con esa pequeña sonrisa diabólica que ponía a veces, acomodándole un cabello fuera de lugar y retirándole algunas motas de polvo de los hombros para luego tomarle la mano y besarle los dedos.
—Es hora de que me vaya y tú también. Tendrás mucho que empacar. Por cierto, deja algo de espacio. Enviaré a Lasfam mañana con tus obsequios de cumpleaños.
—¿Lasfam? ¿No vendrás tú?
La miró fingiendo no comprender su desencanto, volviendo a su rostro estoico luego de un momento.
—Rozemyne, tengo trabajo que hacer y quedé de ver a mi hermano mañana toda la tarde, así que enviaré a Lasfam.
—Pero…
—Sin olvidar de que estás en una relación con otro hombre. Sería inapropiado que llegara a tu casa con varios obsequios para ti, una mujer soltera… ahora que lo pienso, tal vez envíe a Margareth. Debería ser menos problemático si es ella quien te entrega los libros.
—Oh, vaya —murmuró decepcionada, antes de forzarse a sonreír—. Ahm… en ese caso, gracias por tu consideración… ¿Puedo escribirte mientras esté en la Soberanía?
Hubo un leve silencio.
De pronto se sentía con la misma incertidumbre que el día de su graduación de preparatoria, mirándolo considerar la pregunta, aguantando la respiración en espera de sus palabras.
—Por supuesto. Manda todas las cartas y mensajes por comunicador que desees.
Quería saltar y abrazarlo. Quería besarle las mejillas y saltar feliz a su alrededor… pero ya no tenía diez años, así que se contuvo, sonriendo en cambio antes de caminar hacia la puerta de su casa, deteniéndose con el pomo entre sus manos y la puerta a medio abrir para contemplar la espalda de Ferdinand alejándose cada vez más… saliendo del trance cuando el comunicador en su muñeca comenzó a vibrar de forma discreta.
La joven desplegó la pantalla de mana y no supo cómo sentirse ahora. Era un mensaje de Lestilaut con una foto de él y su hermana, listos para encontrarla en la Soberanía.
Lestilaut se había vuelto a anotar a un curso de especialización en verano para estar con ella… y solo por eso se sentía repentinamente miserable.
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Las clases se le fueron demasiado rápido.
Los encuentros con Lestilaut, aunque divertidos, se sentían extraños, al grado de que no le permitió llegar al invierno de nuevo por mucho que él intentará convencerla. Se sentía rara, cayendo en la cuenta de que había comenzado a salir con él cuando sus esperanzas se rompieron… y no sabía que hacer ahora que estaban restauradas… se sentía mal incluso besarlo.
Eso no fue todo. Al dejar la mayoría de sus clubes y el segundo curso que planeaba tomar de manera simultánea con los de erudición, se aburría demasiado. De pronto se encontró siguiendo a sus amigos por la Academia con algún libro sin falta… los seis que Ferdinand le había obsequiado y un par que terminó por pedir prestados en la Biblioteca.
Disfrutaba pasar tiempo con Hannelore y con Lestilaut, pero se aburría demasiado viéndolo en las prácticas y terminaba dejando a Hannelore animando sola a su hermano en lo que ella leía sobre bestias fey de los otros países, fundamentos mánicos para la creación y despliegue de imágenes estáticas o bien explicaciones sobre la experimentación alimenticia en cuanto a sabor, equilibrio y presentación.
Dos días antes de su cumpleaños Lestilaut rompió con ella.
—¿Estás seguro de esto, Lesti?
—Lo estoy —suspiró el muchacho como si esto le doliera más que recibir un golpe en el campo de juegos—. Cuando empezamos con esto quería pensar que de verdad te gustaba…
—¡Y me gustas!
—… no es amor.
No pudo rebatirle. Era como si hasta Dregarnuhr dejara de hilar en ese momento, deteniéndolos con ayuda de Schneeahst ante las dolorosas palabras cargadas de verdad de Lestilaut.
–Rozemyne, no tengo idea de porqué comenzaste a salir conmigo o qué te dio la idea de que iniciar una relación era una buena idea… yo esperaba que fuera algo duradero, ¿sabes? Cuando confirmaste que de verdad estarías dos semanas de visita en Dunkelferger yo, pensé… ¡no importa! Tú ya lo habías elegido en el momento que ese sujeto habló contigo en toalla.
—¡Eso no es verdad! ¡Yo no había decidido nada!
La mirada que le estaban dirigiendo esos ojos granates era… dolorosa. A pesar de todo, él le sonrió como si nada, ofreciéndole la mano al final.
—Hannie sufriría mucho si te pierde, así que… ¿está bien si solo somos amigos?
—¿Estás bien solo con eso?
Ella le tomó la mano y él se encargó de envolverla con ambas. Su sonrisa se profundizó más, igual que el dolor en sus ojos.
—No, pero sería peor seguir así. Buscaré a alguien que no se aburra viendo los partidos, que disfrute cada segundo que pase conmigo y que, sin importar quien se presente, me mire a mí. Solo a mí.
Lestilaut la soltó entonces, dando un paso atrás y mirando por la ventana del mirador en que se habían reunido. Ella se tomó de las manos, incómoda y triste.
Nunca fue su intención lastimarlo. En realidad no pensó que Ferdinand volvería por ella, quería creer que, si salía con alguien que le agradara podría comprometerse y amarlo con el tiempo.
Al parecer, estaba equivocada.
De verdad había intentado ir en serio con él. De verdad que sí.
Pero al parecer, que se llevaran bien y que se gustaran mutuamente no había sido suficiente.
—Regresa a tus clubes, Rozemyne. Y de verdad, no alejes a Hannie. Mi madre siempre dice que los amigos nunca sobran, así que…
—Lo entiendo. Seguiré siendo su amiga, lo prometo. Espero que encuentres a alguien que te aprecie por completo, Lestilaut. Mereces que Bluanfah baile para ti y para otra persona con tanta fuerza, que nunca te arrepientas ni te cuestiones tu elección.
Ambos se sonrieron con tristeza y ese fue el adiós.
Ella volvió a inscribirse a todos sus clubes y él siguió entrenando y practicando ditter.
Unas semanas después, Rozemyne se enteró por Hannelore que su hermano había comenzado a salir en grupo con sus amigos y con algunas chicas de otros cursos. No pudo evitar elevar entonces oraciones a Liebeskuhilfe, la diosa del matrimonio y a Bluanfah, la diosa de los brotes, todas las noches pidiendo porque su amigo encontrara el amor que tanto merecía, sintiéndose un poco mejor cada vez que notaba las luces doradas y verdes escapando de su anillo y volando lejos y fuera de su habitación.
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Para cuando terminó el ciclo escolar, se sorprendió al encontrar a Ferdinand esperándola en los círculos de teletransporte, más que dispuesto a llevar su equipaje por ella hasta el carromato que conducía Lasfam para ellos.
Su corazón latía con fuerza mientras él la ayudaba a subir y las ganas de besarlo aumentaron conforme hablaban en los asientos de atrás sobre lo que había aprendido y que podría terminar su curso en el verano próximo, así como la especialidad que deseaba en repostería.
Todo el trayecto a su casa se debatió internamente sobre alcanzar la mano del hombre sentado a su lado o solo rozarlo, sin atreverse a moverse demasiado debido a que él no intentaba tocarla, moviendo sus manos para peinarse cada vez que ella lo rozaba o para señalarle algún cambio que hubiera en la ciudad.
Era frustrante y triste.
No entendía que estaba pasando.
—Lasfam, nos darías un minuto antes de abrirnos, por favor —solicitó Ferdinand cuando el carromato se estacionó frente a la casa de sus padres.
—¡Cómo milord ordene! —respondió el conductor desde la piedra de comunicaciones.
Ferdinand volteó entonces, mirándola con una sonrisa ladina y una mirada malévola que la hizo temblar de miedo. ¿Qué se le había ocurrido ahora a este hombre?
—Entonces… hace más de un mes que no sales con nadie, ¿cierto?
—Si, así es… ¿porqué…?
—Porque llevo todo el trayecto queriendo hacer esto.
La mano de Ferdinand la tomó de la barbilla y la otra de la cintura, acercándola conforme él se agachaba lo suficiente para besarla. Un beso casto y superficial que se repitió un par de veces antes de escalar demasiado rápido y volverse algo… más pasional.
Sus manos no tardaron en rodearlo, atrayéndolo tanto como le era posible, solo en caso de que este hombre al que llevaba esperando la mitad de su vida decidiera arrepentirse. En algún momento él trató de romper el beso y ella atrapó su labio inferior con los dientes, mordiendo lo justo para no dejarlo alejarse mucho, riendo divertida cuando lo notó sonrojado más allá de sus orejas traidoras.
—¿Puedo cortejarte con la intención de tomarte como mi diosa única, Rozemyne?
Sus ojos se inundaron de lágrimas. ¿Cuántas noches había fantaseado con escuchar esas mismas palabras? ¿Cuánto tiempo había esperado para que se hicieran realidad?
Ferdinand le limpió el rostro con un pañuelo que siempre llevaba consigo y ella no pudo más que abrazarlo de nuevo, repitiendo que sí una y otra vez, más feliz de lo que había estado nunca porque después de esto no habría poder humano o divino que pudiera separarlos de nuevo.
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Era el Día de la Renovación.
Rozemyne sentía su corazón latiendo con furia en su pecho mientras sus dedos volaban presionando las teclas de un piano frente a una multitud en uno de los parques locales, dejando que la música que interpretaba se fundiera con la melodía del resto de los instrumentos a su alrededor. Cuando terminó con su participación y se puso en pie al igual que sus compañeros, sus ojos pasaron de mirar a su familia, todos llenos de sonrisas con los schtappes en alto, para luego mirar al hombre de cabello azul plata que había estado tocando el violín a su lado.
Esa noche, luego de la cena familiar y del intercambio de regalos, frente a su familia y la de Sylvester, los dos intercambiaron sus piedras de compromiso, anunciando que unirían sus estrellas en la ceremonia colectiva de inicios de verano. Ambos habían estado haciendo todo lo posible porque se le concediera un permiso especial para acudir una semana tarde a los cursos en los que se había matriculado, los últimos que tomaría por el resto de su vida y luego… luego nadie pudo decir nada cuando ambos se despidieron y Ferdinand prometió regresarla sana y salva al día siguiente.
—¿No que era imposible que tomaras a alguien tan joven, hermanito? —se burló Sylvester de inmediato, coreado por algunas risitas nada nobles de parte del resto de la familia.
—¡Estoy tan confundido con esto! —se quejó Wilfried—. ¿Ahora debemos llamar tía a Rozemyne o primo al tío Ferdinand?
Más risas, al menos hasta que Charlotte se encargó de darle una palmada más que sonora a su hermano.
—Solo síguelos tratando igual, Wilfried. Rozemyne no es nuestra prima de verdad. ¿Si lo sabías, o no?
Melchior no paraba de reír ahora, antes de caminar hasta ella y darle una palmadita en el hombro.
—Bueno, al menos ahora si vas a ser de verdad parte de nuestra familia, Rozemyne.
Estaba encantada de que el jovencito de diecisiete fuera tan atento con ella, al menos hasta que Charlotte, de diecinueve se paró al lado de su hermano menor mirando a Ferdinand con una sonrisa divertida.
—No se excedan. Que saliera con un jugador de ditter no significa que puedas darle con toda la fuerza que tienes.
—¡Charlotte! —gritaron todas las mujeres en la casa, incluida su cuñada Heidemarie.
—¡¿Qué?! Con lo locos que están esos dos, podría entregarla mañana en silla de ruedas.
Estaba más que abochornada cuando al fin salieron de la casa, subiendo al carromato y dejando que Ferdinand la atrajera para abrazarla, permitiéndole escuchar lo acelerado que estaba su corazón o lo errática de su respiración.
—Con respecto a lo que dijo Charlotte —empezó a decir antes de que un índice más grande que los suyos se posara sobre sus labios.
—¡Ni una palabra de eso, por favor! —le pidió el otro más que abochornado y fastidiado, por lo que oía en su tono—. ¡Por Chaosfliehe! Habría esperado ese comentario de Sylvester o de Wilfried, pero… ¿Charlotte?
Tuvo que reírse antes de voltear a besarlo con afecto.
—Lo lamento. Nos llevamos demasiado bien las dos, tendrás que acostumbrarte.
La idea no parecía ser del agrado de Ferdinand. Tampoco fue algo que mantuvieran demasiado tiempo en la mente porque llegaron muy pronto a la casa del hombre.
El erudito la ayudó a bajar.
Ambos se despidieron de Lasfam y luego entraron en la vivienda que, de pronto se daba cuenta, sería también su casa en poco más de dos estaciones.
Cuando al fin llegaron a la alcoba, había un par de copas vacías y una botella de vize esperándolos en la mesita junto al sofá. Rozemyne notó entonces que había un segundo sofá ahí, cuyo color azul plata contrastaba con el resto de los muebles azul medianoche.
Ferdinand tomó un vial de su cinturón de pociones y lo vació en una de las copas. Ella hizo lo mismo en la otra con su propia poción de sincronización, mirándolo a los ojos, sin terminar de creer que de verdad iban a hacer eso esa noche. Su mano voló al collar que colgaba ahora de su cuello para convencerse de que no era un sueño más y luego ambos intercambiaron copas, bebiendo hasta la última gota de la poción.
Ferdinand tomó la botella de vize para retirar el corcho, pero ella no le dejó servir nada, tomándolo de la cara para besarlo mientras sus manos comenzaban a deshacer los botones en la ropa de su futuro esposo, deleitándose al notar que el cambio de sabor en él era demasiado sutil. Y entonces, mientras Ferdinand le soltaba el cabello, se convenció de que al fin estarían juntos.
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Notas de la Autora:
El próximo será el último capítulo, damas y caballeros, para que no esperen tanto, se publica mañana. Tendremos un salto temporal considerable, pero espero que lo disfruten. Por otro lado... ¿ustedes habrían terminado con Rozemyne también? ¿Le habrían dado su segunda oportunidad a Ferdinand luego de todo este viaje?
Para los que esperaban algo más descriptivo en cuestiones de alcoba, preferí centrar esta historia en la relación de este par. Adoro la pareja que hacen Rozemyne y Ferdinand, sin embargo, no dudo que con semejante diferencia de edad habría algo de drama como este. Si. Él pudo haber hablado con ella, explicarle la situación y luego seguir con la relación tal cual estaba hasta que ella fuera legal... pero, ¿no habría sido como atarla a él sin darle oportunidad de ver que hay más allá? ¿no le habría supuesto inseguridades a Ferdinand cuando Rozemyne comenzara a relacionarse con los chicos de su edad? Porque al hablar con ella y decirle que en realidad él también la amaba y asegurarle que estarían juntos en cuanto ella fuera legal, creo que ella se cerraría a cualquier otra posibilidad de inmediato y eso, a la larga, podría generar dudas e inseguridades.
Por ahí dicen que debes cometer uno o varios errores antes de poder estar con tu pareja destinada, quizás por eso sean tan escasas las parejas que se casan con el primer novio. La mayoría pasamos por una o varias relaciones antes de encontrar a alguien con quien quedarnos para siempre... ok, dejo de filosofar.
Una última cosa, si están interesados en un final alternativo, donde ella se queda con Lestilaut al final y él encuentra a una mujer de otro país, no duden en solicitarlo en este o en el siguiente episodio. Si están bien con este desenlace, tampoco duden en hacérmelo saber, me hacen el día con sus comentarios.
SARABA
