CAPÍTULO 3
Cuando desperté me encontré tumbado en el suelo de una celda de estas con barrotes. Intenté incorporarme, pero no pude evitar una mueca de dolor. Parecía que mi cabeza hubiese sido golpeada fuertemente y todo me daba vueltas. Tuve que apoyarme en una pared para que se me quitase el mareo. Tras un buen rato se me despejó la mente para preguntarme por qué estaba encerrado. Además me di cuenta de que mis ropas estaban algo desgarradas, como si hubiese estado encerrado durante varios días.
Mientras analizaba la situación, reparé en un cuervo que entró por el ventanuco de la celda antes de posarse en mi hombro. Me fijé en un papel doblado que sujetaba con su pico. Lo cogí y lo desdoblé, pudiendo leer el mensaje que estaba escrito:
"Jack, seguro que esto te parecerá muy brusco, pero tienes que salir de ahí. La ciudad está en peligro. Te contaré más cuando estés fuera. Nos veremos en la fuente de la plaza. Sobre todo, ten mucho cuidado con los soldados zombies.
Atentamente, tu amigo Edward."
A medida que iba leyendo el mensaje, nuevas dudas invadían mi mente: ¿la ciudad en peligro?, ¿quién era ese tal Edward? Y lo que era más raro: ¿soldados zombies? Decidí doblar de nuevo el papel y guardarlo en el bolsillo de mi pantalón antes de darle las gracias al cuervo, quien salió volando por donde entró.
No supe por qué, pero algo me dijo que debía confiar en el tal Edward. Así que me acerqué a la puerta de la celda y agarré los barrotes para mirar a ambos lados en busca de una vía de escape.
No esperé mucho tiempo para resolver mi pregunta sobre los soldados zombies porque oí unos pasos y me aparté de la entrada de la celda a esperar hasta que vino un soldado que iba vestido con unas ropas… ¿del siglo dieciséis? Lo que más destacaba de la vestimenta era una cruz roja en la parte superior derecha del torso. Lo único que estaba al descubierto era su rostro, de piel verdosa y muy desgastada, aunque para mi sorpresa, conservaba muy bien una barba bien arreglada.
-¡Vaya, vaya! ¡Por fin se ha despertado el bello durmiente!- exclamó el soldado con una sonrisa llena de dientes amarillentos y muy sucios- Pues no te preocupes porque vas a tener mucho tiempo libre ahí dentro hasta que el Rey Oogie Boogie se acuerde.
"Un momento, ¿el Rey Oogie Boogie?" pensé, impactado por las palabras del soldado, "así que todo esto lo ha empezado él. Pero, ¿cómo ha regresado? Ahora sí que tengo un motivo para salir de aquí"
-Bueno, ha sido un placer hablar contigo, pero tengo que seguir con mi patrulla. ¡Sé un buen chico y quédate aquí!
-Tú tranquilo, no me voy a ir muy lejos- respondí, cruzándome de brazos y siguiendo el sarcasmo del zombie.
Cuando se dio la vuelta, pude apreciar que en su cinturón había un cuchillo. Pensé que me sería útil, así que alargué el brazo derecho, cogí el arma sin que el soldado se diese cuenta y la escondí tras la espalda antes de que el militar se fuese. A partir de aquel momento debía mantener la cabeza fría porque, si era necesario, habría sangre derramada. Pero había un problema: yo jamás había asesinado a sangre fría hasta la fecha. Pero aquella era una situación extrema.
No pasó mucho tiempo hasta que escuché un sonido metálico, parecido al de alguien agitando un manojo de llaves. Mis sospechas se aclararon cuando vi pasar a otro soldado, esta vez más alto y mucho más protegido que el otro, ya que llevaba una armadura que cubría casi todo su cuerpo excepto la cara y el cuello, y llevaba un manojo de llaves en su cinturón. Entonces tuve una idea, pero me obligué a respirar profundamente porque debía mantener la cabeza fría para el acto que iba a cometer. Por lo que he oído, para matar a un zombi hay que cortarle la cabeza o dispararle entre los ojos, pero también valía cortarle el cuello.
Esperé a que el soldado estuviese lo más cerca posible de mi celda, me acerqué a la entrada de la misma y, sin que diese cuenta, le tapé la boca para que no diese la alarma y lo acerqué a los barrotes antes de sacar rápidamente el cuchillo de detrás de mi espalda y cortarle el cuello. Mantuve al soldado pegado a los barrotes mientras caía para no hacer ruido. Cogí las llaves, abrí la celda, metí al soldado dentro y la cerré. Guardé las llaves en el mismo bolsillo donde guardé la nota, y el cuchillo lo mantuve en la mano por si acaso.
Estuve buscando la salida durante unos minutos que se me hicieron eternos por el hecho de estar siempre alerta por si venía algún soldado. Cuando por fin encontré la puerta que daba a la salida, no supe si alegrarme o preocuparme porque había dos soldados vigilando la puerta. Mientras pensaba en cómo salir de allí, noté con mi pie que algo rodaba en el suelo. Al agacharme vi que era una pequeña piedra. Entonces se me encendió la bombilla, cogí la piedra y, desde la esquina en la que estaba escondido, la lancé, provocando un eco al otro lado que llamó la atención de los guardias, quienes se fueron dejando vía libre. Me acerqué lo más rápidamente posible hacia la puerta, cogí el manojo de llaves y busqué la que abría aquel portón de madera. Tuve suerte porque elegí una al "pito, pito gorgorito", la puse en el agujero y giró perfectamente. Entonces abrí la puerta, procurando no hacer ningún ruido, antes de salir.
Mientras cerraba el portón desde fuera, pude oír gritar a uno de los soldados:
-¡Mierda! ¡Ese maldito cabrón se ha escapado! ¡Encontradle, idiotas!
Cuando escuché esas palabras no pude evitar dibujar una sonrisa de satisfacción en mi rostro.
Cuando cerré la puerta eché un vistazo al edificio de donde salí. Si me quedé impactado por lo del Rey Oogie Boogie, no fue menos cuando vi la guarida del saco de bichos convertida en una especie de castillo. Algo me decía que nada iba bien en la ciudad.
Sorpresas y suposiciones aparte, tuve que respirar profundamente para asimilar todo lo que había pasado en tan poco tiempo. No me podía creer que en aquel momento tuviese valor para acabar con aquel soldado a sangre fría. Ahora que lo pienso, no tenía elección.
Enseguida me concentré en mi siguiente meta: reunirme con ese tal Edward sin ser descubierto. Decidí deshacerme de las pruebas que me incriminarían, así que tiré el manojo de llaves a un pozo cercano. Me fijé en que la manga derecha de mi chaqueta estaba manchada de sangre hasta el antebrazo, así que me quité la prenda y la tiré también al pozo. Para que no me reconocieran, me quité la pajarita de murciélago, pero esta vez me la guardé en el otro bolsillo. No podía deshacerme de ella porque me traía muchos recuerdos, quizá demasiados como para deshacerme de ellos. Iba a tirar el cuchillo, pero pensé que me sacaría de más de un problema, así que lo pegué a mi cuerpo para que nadie se diese cuenta.
Todavía tenía que pasar desapercibido para ir a la fuente de la plaza del pueblo, pero vi a más soldados patrullando las calles, unos a pie y otros… ¿a lomos de caballos no- muertos? Para que os hagáis una idea, son como zombies pero en "versión caballo".
"Concéntrate, Jack, las dudas se resolverán más tarde", pensé, con el ceño fruncido en actitud pensativa. "Ahora dedícate a buscar una forma de ocultarte. Y pronto."
Pronto encontré una cuerda con ropa tendida, entre la que había una gran capa negra con una capucha. La cogí, me la puse sobre los hombros y me cubrí la cabeza con la capucha. Entonces me dirigí a la plaza de la ciudad, mientras tenía la inequívoca sensación de que nada iba a ser lo mismo de antes.
