CAPÍTULO 4

Estaba tan concentrado en mi reunión con el tal Edward que no me di cuenta cuando llegué a la fuente que hacía un frío horrible, típico de la época. Me odié a mi mismo en aquel momento por haber tirado la chaqueta al pozo. Daba exactamente igual lo manchada de sangre que estuviese, ¡como si tuviese trozos de tripas pegados! Con tal de que abrigue… La capa ayudaba un poco, pero aún así temblaba de frío y me castañeaban los dientes. Para intentar entrar en calor, me movía de un lado a otro mientras esperaba y, como distracción me puse a echar una ojeada a la ciudad, teniendo la impresión de que muchas cosas habían cambiado, no precisamente para bien.

-¿No se suponía que ese tío me tenía que esperar y no al revés?- murmuré a medio camino entre el enfado y la desesperación, ambos por culpa del frío- ¡Uf, menudo frío hace, joder! (Perdón por el taco, pero vosotros también os pondríais así en una situación como esa, ¿no es verdad?)

Iba a irme de allí, decepcionado por el hecho de haber escapado para nada y recordando que al menos dentro de la celda no hacía frío, cuando escuché una voz detrás de mí que me dijo:

-No sabía que tardarías tan poco tiempo en salir de ahí.

-¡A buena hora llegas!- exclamé mientras me daba la vuelta.

Lo que no me esperaba era encontrarme con el alcalde, aunque estaba distinto: su altísimo sombrero de copa lo sustituía un pequeño sombrero como los que llevan los mafiosos de los años 50 (sí, amigos, hay de esos rondando por la ciudad, la mayoría con marcas de disparos en la cabeza) y, en lugar de su esmoquin llevaba una chaqueta marrón con una camisa blanca con corbata a rayas.

-¡Alcalde, estás bien! Perdóname por haber gritado de esa forma, pero es que estaba esperando a otra persona.

-¿A un tal Edward?- preguntó el alcalde, sonriendo.

-¿Cómo lo sabes?- pregunté, tras dar un respingo. Entonces lo comprendí y añadí- Espera… tú eres Edward, ¿verdad?

-¡Sí, señor!- exclamó tras soltar una carcajada- ¿Qué pensabas, que mi nombre era Alcalde?

Abrí la boca para contestar, pero la cerré de inmediato antes de que Edward se pusiera serio.

-Mira, Jack. El motivo por el que uso mi nombre de pila se debe a que ya no soy alcalde de la ciudad. Me explico: han pasado cinco días desde el accidente que te dejó sin conocimiento…

-Espera, ¡¿me estás diciendo que llevo inconsciente cinco días?! ¡Si parece que fue ayer mismo cuando aquella onda expansiva me alcanzó!

-¡Pues menudo sueñecito te has echado! Bueno, el caso es que ha habido muchos cambios por aquí. Mira, he investigado un poco y he descubierto que todos han perdido la memoria excepto tú, Oogie Boogie y yo. Lo único que recuerdan son sus nombres. Por lo visto Oogie ha conseguido sustituirte a la fuerza encerrándote y autoproclamándose el mandamás de la ciudad. Y no es que sea muy buena gente que digamos.

-Por eso me extrañó lo de Rey Oogie Boogie.- dije, pensativo- ¿Sabes por casualidad cómo volvió?

-Eso lo ignoro, pero eso no es lo peor. Creo que se trata de una especie de venganza hacia ti porque Oogie Boogie ha convencido a todos de que tú eres el malo de la película… -Edward suspiró y dijo con expresión triste- Jack, viejo amigo, no sé cómo decirte esto, pero… eso también incluye a Sally. Lo siento.

Aquellas palabras se me clavaron en el alma como un millar de flechas envenenadas. No me lo podía creer: Sally, el amor de mi vida, se había vuelto en mi contra por culpa de ese maldito bastardo de Oogie Boogie. Tuve que sentarme para asimilarlo y, derrumbado, agaché la cabeza. No sabía si sentía rabia, tristeza, dolor, o las tres cosas. Pero lo que sí reconocía era mi odio dirigido hacia ese apestoso saco de bichos. Entonces apreté los puños con fuerza y murmuré, con voz profunda y teñida de odio:

-Tiene que haber alguna forma de acabar con ese bastardo.

-La hay, pero es algo drástico para alguien como tú.

Entonces levanté la cabeza y, mientras clavaba mis cuencas vacías pero no carentes de expresividad en los ojos del ex alcalde, dije:

-Me da igual lo drástico que sea. Me conoces y sabes que yo haría lo que sea para que esta ciudad no se haga pedazos por completo.

-¿En serio que vas a hacer lo que sea? ¿Te atreverías a quitar una vida si fuese necesario?

Enseñé a Edward el cuchillo todavía manchado de sangre que me ayudó a escapar de la cárcel, algo que dejó sin palabras al ex alcalde, y dije:

-Tuve que cortarle el cuello a un zombie para poder salir de mi cautiverio. ¿Eso contesta a tu pregunta?

Edward suspiró antes de responder:

-Está bien, me has convencido. Pero debes saber que una vez des el paso no hay vuelta atrás.

Me incliné hacia delante hasta estar a pocos centímetros de la cara del alcalde y pregunté, frunciendo el ceño:

-¿Tengo yo pinta de echarme atrás? Sabes muy bien que soy terco como una mula y que cuando quiero algo lo persigo hasta conseguirlo, aunque me cueste sangre, sudor y lágrimas. ¿Recuerdas lo de que pasó cuando tratamos de hacer la Navidad a nuestra manera?

-Sí, pero ya sabes cómo acabó todo aquello…

-Lo sé, fue un desastre total. Pero ahora todo va a salir bien. Voy a demostrar a Oogie Boogie que aunque me encierre en el mismo centro de la Tierra, siempre buscaré la forma de salir e ir a por él. Cueste lo que me cueste.

Edward se me quedó mirando sin pronunciar palabra durante unos instantes, antes de girar su cara y sonreír mientras decía:

-¡Pues estupendo! Entonces ven conmigo, que quiero presentarte a alguien.

Me levanté de la fuente y seguí a Edward hasta el Ayuntamiento. Mi alma me daba gracias porque aquel frío mataba (irónico viniendo de un muerto). Menos mal que los esqueletos no cogemos resfriados.