CAPÍTULO 5
No tuvimos que avanzar mucho para llegar al Ayuntamiento, ya que estaba justo al lado de la fuente. Entonces me fijé que el edificio estaba bastante deteriorado.
-¿Por qué está así?
-¿A qué te refieres?- preguntó Edward.
-Me refiero al Ayuntamiento. No sé por qué está tan deteriorado.
-Bueno, resulta que pocos días después de lo sucedido, unos cuantos soldados zombies fueron a derribar este edificio. Menos mal que yo les convencí de que lo dejasen estar, ya que en esta construcción está el único reloj de la ciudad. "¿Qué sería de nuestras vidas si ni sabemos qué hora es?", les dije. El caso es que se marcharon, no sin dejar huella de su paso. Cuando acabe todo se podrá reconstruir.
-¿Y lo querías conservar porque…?
-Cuando esos zombis que no saben qué son los caramelos de menta vinieron, me acordé de que, además del mapa detallado de la ciudad, conservo unos planos de unas galerías subterráneas. De hecho hay una que conecta el Ayuntamiento con tu casa. Allí es precisamente a donde vamos a ir. Y ni siquiera se van a enterar los guardias.
Mientras hablaba, el ex alcalde había sacado una llave. Cuando fue a abrir la puerta, le pregunté:
-¿Y cómo es que yo no sabía nada de eso?
-Digamos que no era nada importante hasta ahora. Venga, entra.
Gracias a Dios que el edificio del Ayuntamiento tenía chimenea. Ya creía yo que mis huesos se convertirían en polos. Mientras entraba en calor, Edward me habló de las galerías subterráneas. No upo de su existencia hasta un día antes de ser alcalde, cuando su padre le confió este gran secreto. Le contó que la idea de las galerías era suya y de mi padre. Dicha idea consistía en construir los túneles bajo tierra que conectasen todas las casas (menos la de Oogie Boogie, claro está) por si ocurrían cosas tales como inundaciones, incendios o derrumbamientos. Al principio fueron muy útiles, pero con el tiempo se fueron olvidando porque la situación de la ciudad se calmó y se dejaron de usar. Lo único que prueba la existencia de las galerías está en los planos que se guardan a buen recaudo.
-…y como ya nombré antes- concluyó Edward- ahora vamos a ir a tu casa por la galería que la conecta con el Ayuntamiento. Los guardias no se van a enterar de nada. ¿Podrías coger ese farolillo de ahí, por favor? Es que lo malo es que ahí abajo no hay luz.
Cogí una lámpara de gas que había en una estantería. Mientras yo la encendía, el ex alcalde apartó una alfombra, descubriendo una trampilla en el suelo que abrió antes de decir:
-¿Qué tal si entras tú primero? Tú llevas la lámpara.
Bajé por la trampilla de un salto antes de elevar un poco la lámpara para iluminar un túnel aparentemente interminable.
-¿Vas bien, Jack?- preguntó Edward desde arriba.
-¡Sí, perfectamente! ¿Quieres que te ayude?
-¡No te preocupes, ya me las apaño yo!
Entonces vi que por la trampilla bajaba una escalera. Cuando esta tocó el suelo, Edward bajó por ella, tras cerrar la trampilla. ¿Veis por qué os digo que el ex alcalde es muy inteligente?
-No te fíes por lo largo que aparenta el camino. No hay que andar mucho. Además, tú tienes ventaja porque con lo alto que eres, en pocas zancadas llegas. Por el contrario, por cada paso que tú das, yo tengo que dar tres. Es lo malo de ser tan bajito. Uno no puede seguir el ritmo de la gente.
Lo que decía Edward no era mentira porque enseguida llegamos delante de una puerta de madera con un símbolo grabado en ella que no había visto, pero que, sin embargo, me resultaba muy familiar. Era una A mayúscula pero sin el palito del medio y tenía los bordes de abajo hacia dentro. "¿De qué me sonará esto?", pensé, plantado delante de la puerta.
-¿Te pasa algo, Jack? Preguntó Edward, mientras abría a puerta, sacándome de mis pensamientos.
-¡¿Qué?! No, estoy bien. Solo pensaba en mis cosas.
-Me alegro de que solo sea eso. Venga, entra.
Entré por la puerta mientras apagaba la lámpara, ya que aquel sitio estaba muy bien iluminado a pesar de estar bajo tierra.
-¡Bien, mentores! – Exclamó el ex alcalde- ¡Aquí os traigo a vuestro candidato perfecto! Ahora sed amables y salid a saludar.
-¿Con quién hablas?
-Ya verás. Esta es la sorpresa que te iba a dar.
Pronto escuché unas voces que discutían entre sí:
-¿Ves? Te dije que vendría sin problemas.
-Vale, Ezio. Tú ganas. Ese Edward es digno de mi confianza.
-¡Oye, solo porque tu mentor Al-Muhalim fuese corrompido por el poder del Fruto no quiere decir que tú seas un desconfiado, Altaïr!
Las voces se acercaban cada vez más hasta que, desde las sombras surgieron dos hombres quienes, a pesar de ir encapuchados, pude apreciar que sus rostros estaban algo descompuestos, por lo que deduje que eran zombies: uno de ellos vestía unas ropas elegantes de color blanco con detalles rojos y una media capa. Su rostro medio carcomido lucía una barba sorprendentemente bien cuidada a pesar de su estado. Llevaba puestos unos brazales de metal plateado con el mismo símbolo que vi grabado en la puerta.
El otro individuo llevaba ropas de los mismos colores blanco y rojo, aunque más sencillas y no tenía capa. Tenía un solo brazal en el brazo izquierdo en vez de dos, pero lo que más me sorprendió fue que en la mano izquierda le faltaba el dedo anular.
Pero lo más curioso era que, además de la capucha, ambos individuos tenían en común una cicatriz en el labio prácticamente igual a la mía. Algo me dijo en aquel momento que debía confiar en esos dos hombres.
El individuo de la media capa se quitó la capucha, descubriendo el resto de su rostro y el abundante cabello que conservaba, y saludó, sonriendo:
-Perdona mis modales. Siempre he pensado que es de mala educación llevar la capucha cuando estás con alguien en un sitio privado como este. Me llamo Ezio Auditore da Firenze.
-Encantado, señor Auditore- respondí mientras estrechaba la mano que el italiano me tendía- Yo soy Jack Skellington.
-L'onore è mio, Jack. Por cierto, puedes llamarme Ezio a secas. El señor Auditore era mi padre, requiescat in pace.
Entretanto, el otro desconocido permanecía callado, con el semblante serio y de brazos cruzados.
-Ya que este no quiere hablar-dijo Ezio tras suspirar profundamente- lo haré yo por él. Ese señor tan callado de ahí es Altaïr Ibn-La'Ahad, aunque te resultará más fácil si le llamas simplemente Altaïr. Mira, por muy mentor y muy sabio que sea Altaïr, no deja de ser un hombre algo arisco y desconfiado. Pero no te preocupes, es muy buena gente. Acaba ganándose tu respeto.
-Lo tendré en cuenta.- dije, antes de preguntarle a Ezio.- ¿Oye, sabes qué le pasó a Altaïr en el dedo?
-Bueno, en la época en la que él vivió para convertirte en un Asesino tenían que cortarte el dedo para poder usar la hoja oculta. Pero gracias a Dios que conmigo no ha pasado. A mí solamente me marcaron el símbolo de los Asesinos a fuego en el dedo anular de la mano izquierda. Duele un poco, pero no tanto como cortarte el dedo.
-¡Espera un momento! ¿Asesinos? ¿Hojas ocultas? Dios mío, demasiada información se me está metiendo en la cabeza.- dije antes de resoplar para asimilarlo todo.
-Tranquilo, Jack.- dijo Ezio- Al menos te lo has tomado mejor que otras personas que han colaborado con nuestra Orden. Respecto a lo de las hojas ocultas, más vale una imagen que mil palabras.
De uno de los brazales de Ezio asomó con gran velocidad una larga cuchilla. Jamás había visto una cosa semejante, así que no pude evitar una expresión de gran asombro.
-Es la principal herramienta que usa todo Asesino. Con esta maravilla puedes asesinar a cualquier persona sin que nadie se entere.
La cuchilla volvió a ocultarse tan rápido como apareció.
-Supongo que esa hoja oculta es mucho más eficaz y discreta que lo que Jack usó para salir de prisión.- Edward se dirigió a mí y añadió- ¡Anda, demuestra a estos dos que hasta una buena persona como tú puede tener tanta sangre fría!
Miré mal al ex alcalde porque a mí no me gusta fardar de algo tan grave como un asesinato, pero, tras un profundo suspiro, enseñé de todas formas el cuchillo a Ezio mientras decía:
-No me siento precisamente orgulloso de haber rebanado el cuello a un zombie para salir de mi encierro.
Por primera vez desde que nos conocimos, Altaïr se dignó a mirar aunque sea el arma homicida y pude apreciar en su rostro un asombro disimulado.
-Y supongo que habrías armado un gran escándalo.- intervino Ezio, cruzándose de brazos.
-Bueno,- respondí- a decir verdad, los soldados se enteraron de que me escapé según salí por la puerta de aquel condenado edificio. Podéis llamarme mala persona por lo que voy a decir, pero o pude evitar sonreír al oír los gritos de rabia de aquellos tipos.
Ezio me puso la mano en un hombro mientras decía, sonriendo:
-Con esto demuestras dos cosas: que tienes el potencial suficiente para ser un Asesino, y que esos templarios siguen siendo unos imbecilli.
-¿Templarios? Yo tenía entendido que esa orden desapareció hace más de ocho siglos.
-Todo el mundo lo cree, pero los Asesinos sabemos que no es así. Desde hace siglos los Asesinos y los Templarios se han enfrentado en una guerra que parece interminable. Los Asesinos queremos la libertad para todos, pero los Templarios desean el control y el sometimiento. Para ello, hacen lo que sea para obtener el artefacto más maravilloso pero también más peligroso que existe, capaz de controlar cualquier mente y que, por lo que veo, esos Templarios no se cansan de buscarlo ni tras la muerte. Ese artefacto es conocido como el Fruto del Edén.
Al oír ese nombre, noté un dolor muy fuerte en la cabeza similar al mareo que sufrí hacía cinco días. Estaría desplomado en el suelo si no fuese por Ezio y Edward, quienes me sujetaron mientras preguntaban, preocupados:
-¿Estás bien?
-Definitivamente no- respondí tras incorporarme- Creo que he visto y oído demasiadas cosas por hoy y mi cabeza no va a dar para más.
-Yo que tú descansaría un poco.- dijo Ezio.
-¡¿Más todavía?! ¡Si me he echado una siesta de cinco días seguidos!- exclamé divertido, a pesar de mi estado.
El italiano me miró con tanto desconcierto que, al ver su expresión, tuve que reprimir una risa. Edward le contó a Ezio lo que me había pasado hacía cinco días.
-…y estoy más que seguro- concluyó el ex alcalde- de que se trataba del Fruto que Oogie Boogie tiene en su poder. Lo que no sé es cómo lo ha conseguido.
-Una cosa es segura- intervine- ese Fruto debería tener un tamaño considerable para poder dejarme inconsciente.
-No te creas- respondió Ezio- ese artefacto, al igual que los otros dos que he visto, tiene el tamaño de una manzana grande.
Di un respingo y respondí con el ceño fruncido:
-¡Venga ya! ¡Bromeas, ¿no?! ¡¿Me estás diciendo que una cosita del tamaño de una manzana ha borrado la memoria a casi todo el mundo y que encima me ha dejado fuera de combate?!
El Asesino asintió, de brazos cruzados y el rostro serio.
-Vale, ahora sí que necesito sentarme un rato para asimilarlo todo. Todo este asunto de Asesinos, Templarios, manzanas mágicas borra-memorias y demás. Dios, nunca había estado tan agobiado desde el primer Halloween que organicé yo mismo.
Os cuento: recuerdo el primer día que organicé Halloween como el más estresante de mi vida. Menos mal que toda la ciudad me ayudó y todo salió a pedir de boca.
-Pues tenemos el ascensor listo.- me dijo Edward, sonriendo.
-¿Ascensor?
-Recuerda que estamos bajo tierra y de alguna manera tendrás que subir a tu casa. También hay unas escaleras, pero no quiero ver cómo caes al suelo de lo agotado que estás. Así que entre Ezio, Altaïr y yo construimos una especie de ascensor rudimentario que funciona con manivela y poleas. No te creas que es de esos que aprietas un botón y subes.
-¡Lo teníais todo muy pensado!- exclamé, sonriendo- ¿Sabes, Edward? No dejas de ser una caja de sorpresas.
-Te agradezco el cumplido, Jack. Y ahora vete antes de que te quedes aquí dormido.
Edward me acompañó hasta el elevador, que prácticamente era una cabina de madera con una manivela para hacerla subir. A pesar de lo tosco que era, estaba muy bien construido y algo me dijo que era muy eficaz.
-Los planos para construirlo eran de Leonardo da Vinci, un amigo de Ezio, quien me dijo que este era uno de los pocos proyectos de Leonardo que jamás salió a la luz y que sólo Ezio pudo ver en papel porque jamás se construyó.- explicó el ex alcalde.
-¡Pues menudo homenaje! Siempre he pensado que el doctor Finkelstein exageraba cuando me decía que Leonardo era el único que le superaba en cuanto a inventos se trataba. Ahora me doy cuenta de que el doctor no mentía. No cabe duda que Leonardo era un genio.
-Eso no te lo discuto.- respondió Edward antes de añadir- Bueno, sin más dilación, ¡declaro oficialmente inaugurado el ascensor "da Vinci"!
Lo único que se oyó tras este comentario fue el eco de la voz de Edward, quien dio un respingo antes de decir:
-¡Uy! Perdóname, Jack. Es la costumbre.
-No pasa nada. Solo quiero hacerte una pregunta más: ¿es estable? No vaya a ser que se caiga conmigo dentro con solo subir un metro.
-Tranquilo. Si hicimos una prueba con Altaïr, Ezio y yo subidos dentro y aguantaba perfectamente.
-Bueno, yo me voy a fiar de ti.- dije mientras subía en la cabina de madera.
-Eso espero. Y será mejor que te despejes bien a mente esta noche porque mañana la vas a necesitar.
Tras esta despedida empecé a darle a la manivela y el elevador empezó a subir, funcionando a las mil maravillas. Entonces no pude evitar exclamar mientras subía:
-¡Ja, qué cosas! ¡No tiene ni botones ni cables pero al menos es entretenido!
