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GUERREROS DE LA NOCHE

- ¡AAAAAAAAAAHHHHH! –

Miguel Ángel grita aterrorizado porque el rastreador indica que está muy cerca el objeto que tienen que encontrar; no aparta la mirada de la lucecita verde parpadeante.

- ¡AAAAAAAAAAAAAHHHHH! – vuelve a gritar y enseguida voltea hacia todos lados – ¡CH…! - tartamudea – ¡CH…! ¡CHICOS….! ¡CHICOOOOOOOS! –

Llama a gritos a sus hermanos y a los demás, pero todos ya están bastante lejos como para poder oír sus súplicas.

Sin poder hacer otra cosa, mira el rastreador.

- Doni dijo que, en cuanto estuviéramos cerca de la gema, en el centro del rastreador aparecería una lucecita verde parpadeante, y la lucecita verde parpadeante acaba de aparecer en mi rastreador… ¡Esta cosa dice que la otra cosa está cerca de aquí! – continúa mirando con horror la pantalla con forma redonda del rastreador - ¡Santa Cahuama! ¡¿Por qué no se me ocurrió prenderlo antes de que se fueran todos?! ¡¿Por qué no lo prendimos todos antes de que nos fuéramos?! Y dicen que yo soy el distraído. ¿Ahora qué hago? ¿Qué dijo Goliath que debíamos hacer? Que era muy pero muy importante hallar la gema antes que la peligrosa gárgola azul. Ay mamá tortuga…. –

En el centro del rastreador está el "puntero" de forma triangular, como la forma de la punta de una flecha; la flecha apunta insistentemente hacia una dirección.

- La flechita de aquí, – Miguel Ángel comienza a caminar – según Doni, nos dice hacia dónde debemos ir, y cuando lleguemos a donde teníamos que llegar, la flechita va a cambiar a un circulito color amarillo y va a sonar. –

Llega al borde del edificio.

- La lucecita dice que debo seguir adelante. – se asoma sobre el borde y mira hacia abajo, hacia el callejón; colgando entre un edificio y otro, están los tendederos de ropa con bastante ropa colgando de éstos – Si le hago caso a la flechita, voy a caer derechito hasta el fondo, aunque, esos tendederos tienen mucha ropa, ropa que amortiguaría mi caída. – piensa por un momento – Tal vez está abajo. - debe bajar por las escaleras - No puede ser que Doni – se molesta de nueva cuenta – no haya pensado en crear un rastreador con pantalla tridimensional, así sabría qué tan abajo debo ir. –

Entre refunfuños incomprensibles, llega al suelo.

El callejón está bien iluminado gracias a la intensa luz de la Luna; camina hacia donde cree que apuntaba el rastreador cuando estaba en el techo, pero lo corrobora.

- Sí. La flechita dice que es para allá. – y va para allá.

Camina varios metros, adentrándose más en el callejón, hasta que…

BIPBIPBIPBIPBIP

- ¡Ah! – grita por la sorpresa - ¡Aquí está! – se entusiasma porque la lucecita verde ha cambiado al color amarillo, se detiene, está en medio del callejón, justo debajo de una de las hileras de tendederos; mira hacia sus pies – Pero, ¿dónde está? - su voz suena a decepción.

BIPBIPBIPBIPBIP

- ¡El rastreador dice que estoy parado donde está la gema! – se está desesperando - ¡No la veo! –

En el callejón no hay basura o cosas que pudiesen estorban con la visibilidad; el suelo está despejado, si acaso las sombras que proyectan la ropa tendida opacan un poco la iluminación, pero no hay manera que algo tan llamativo, como una piedra preciosa, no pudiese ser visto.

Entonces…

Miguel Ángel, al estar buscando insistentemente en el suelo, pero no más allá de donde abarca su espacio personal, ve proyectarse en el suelo otra sombra, pero es grande y siniestra; pasa justo a varios metros encima de él.

Es tal el susto, que se congela por unos segundos, pero su mente se acelera, en su imaginación cree que la sombra es de una enorme bestia que va a comérselo, y gracias a su hiperactiva imaginación, provoca que eche a correr; se esconde a un lado de un contenedor de basura aprovechando que está sumido en la oscuridad.

Se agazapa contra el contenedor lo más posible, y temblando de pies a cabeza, espera.

Oye unos pasos que van aproximándose justo en el lugar en el que él estaba parado hace unos instantes, pero el sonido de las pisadas no se parece en nada a las pisadas de los humanos, ni siquiera al sonido de cuando caminan descalzos. Es un sonido muy raro… Suena como a si alguien hiciera pequeños raspones sobre el asfalto.

Cras.

Cras.

Cras.

Miguel Ángel cubre su boca para no gritar. Desafortunadamente para él, esto se parece a una de sus tantas pesadillas. Es esa pesadilla se oculta, debe esconderse de un Velociraptor si no quiere ser devorado vivo por éste. Pero el Velociraptor tiene mucha hambre, busca afanosamente, y a cada paso que da, lo acerca más a su presa, cada paso que da, sus filosas garras carraspean el frío concreto.

Cras.

Cras.

Cras.

Miguel Ángel cierra fuertemente sus ojos diciéndose mentalmente, una y otra vez, que esto no es un sueño, no es un sueño...

"¡No es un sueño!"

Su corazón comienza a bombear con toda su potencia. Más y más su corazón golpea contra su pecho, como si éste supiera que hay que huir, pero el resto del cuerpo no se mueve, así que va a abandonar a todos y a todo…

- Aquí debería estar. – habla la sombra.

De repente, Miguel Ángel abre los ojos, descubre su boca y su corazón cambia de opinión; ha escuchado una bella voz.

Ganándole la curiosidad al miedo, Miguel Ángel se atreve a mirar.

- D… - reconoce a la gárgola, pero no consigue pronunciar su nombre.

Gracias a la eterna batalla entre las sombras contra la luz, ésta le confiere un aspecto terrorífico a la creatura alada que está a unos cuantos metros de él.

- Estoy justo donde debería estar la gema, pero no hay nada. - la gárgola de piel azul examina su entorno - Quizás esté bajo tierra, aunque parece imposible. – se acuclilla y palpa el asfalto – A menos que desde las alturas haya caído al drenaje, y ahora esté atorada en algún recoveco. -

Vuelve rápidamente a ocultarse en su escondite.

- ¡Ah! – exclama lo más bajo posible para que la gárgola no lo descubra - ¡La gema! -

La gárgola se pone de pie y se aleja.

Miguel Ángel se mantiene oculto hasta que deja de oír el sonido de las pisadas de la gárgola. Deja su escondite con cautela, pero sólo avanza unos cuantos pasos.

- ¡No! – se exaspera, pero sigue hablando muy bajo - ¡La gema está en las alcantarillas! ¡Caparazones! ¡La gema está en las alcantarillas! ¡Quelonios! ¿Por qué no lo pensé antes? - comienza a ir de un lado para otro lado - ¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿Qué hago? -

En el ir y venir, regresa a la zona en la que el rastreador se activa.

BIPBIPBIPBIPBIP

- ¡A ella se le ocurrió buscar en las alcantarillas! ¿Por qué no se me ocurrió buscar en las alcantarillas si yo soy el experto en alcantarillas? -

Va y viene.

BIPBIPBIPBIPBIP

Va y viene, intentando desesperadamente pensar en lo que tiene que hacer.

De repente se detiene. Le echa un vistazo al rastreador.

BIPBIPBIPBIPBIP

– Ahora entiendo por qué - Miguel Ángel dice en tono melancólico - Goliath se enamoró de ella: es bonita, lista y temeraria. –

BIPBIPBIPBIPBIP

- No he conocido muchas chicas, pero ojalá pueda conocer a alguien como ella. –

BIPBIPBIPBIPBIP

De repente, sacude la cabeza.

- Arg… ¡Concéntrate Miguel! –

Retrocede un par de pasos, y en el rastreador, reaparece la punta de flecha verde, y el sonido desaparece.

- Aquí dice que no hay nada. –

Avanza un par de pasos, y la flecha verde desaparece y aparece el punto amarillo.

BIPBIPBIPBIPBIP

- Aquí dice que sí está. –

Retrocede de nueva cuenta.

- Aquí no hay nada. –

Regresa.

- Aquí sí. –

Retrocede.

- Aquí no. –

Regresa.

-Aquí sí. -

BIPBIPBIPBIPBIP

Miguel Ángel observa detenidamente el rastreador y enseguida mira sobre su cabeza. Ya había visto que hay decenas de tendederos de los cuales cuelgan decenas de prendas de ropa limpia. Sobre su cabeza, hay una hilera de tendederos con ropa; a los lados de esa hilera, un tanto apartadas, hay más hileras con mucha ropa recién lavada.

BIPBIPBIPBIPBIP

- Conociendo a mi hermano el tecno-ñoño como lo conozco, él es capaz de encontrar una aguja en un pajar. –

Entonces, Miguel Ángel toma uno de sus nunchakus, lo hace girar con poca fuerza y lo lanza hacia arriba justo sobre su cabeza; sigue con su mirada la trayectoria.

El impulso es tan acerado, que el nunchaku sube hasta los tendederos, llegando casi hasta el último, y conforme va ascendiendo, va golpeando, con cada giro, la ropa y los tendederos, sacudiéndolos, sin perder la línea recta. El nunchakus se eleva varios metros, hasta que, de entre la ropa que es sacudida, Miguel Ángel llega a ver un pequeño destello, y cómo éste da un salto para salir de entre la ropa porque estaba atrapado, y va hacia el suelo.

- Oh… -

La luz de la Luna que logra colarse entre las múltiples prendas, consigue que el pequeño destello cobre algo más de intensidad; es un destello color magenta.

- ¡Ah! – Miguel Ángel se sorprende por el bonito color.

Jamás discutieron sobre la forma o color de la gema que buscan, pero extiende sus manos porque el destello va cayendo al suelo, hacia él y…

- ¡Sí! –… lo atrapa.

Observa la gema entre sus manos (aunque unos segundos después debe extender su mano derecha para cachar su nunchaku y guardarlo en su cinturón, y apaga el rastreador).

Apenas es del tamaño de un huevo de codorniz.

- Tiene que ser la gema. –

Sólo que, antes que pueda decir o hacer cualquier otra cosa, de nueva cuenta una sombra se proyecta por encima de él, pero esta vez mira hacia arriba creyendo que es alguien de su equipo de búsqueda.

Como si el tiempo se hubiese detenido (o más probablemente lo que ha sucedido es que es él quien se ha congelado, otra vez), Miguel Ángel ve cómo la gárgola de piel azul, con sus alas extendidas a sus costados, va descendiendo con suavidad.

Un ángel desciende del cielo… es lo que piensa Miguel Ángel.

Conforme el ángel de la noche desciende, todo lo que se interpone en su camino se aparta, su cabello rojo ondea delicadamente, y una pequeña sonrisa se dibuja en su bello rostro.

Por un segundo, Miguel Ángel tiene la impresión sobre que esa gárgola no es tan malvada como había escuchado.

De repente…

- ¡MIGUEEEEL! –

Miguel Ángel escucha un grito con mucha potencia que lo saca del embelesamiento, pero no tiene tiempo para voltear porque…

- ¡Aaargg! – el bello rostro del ángel se transforma en la locura de un demonio.

- ¡Ah! – Miguel Ángel debe dar un gran salto porque el demonio ha plegado sus alas y va a caerle encima para hacerle pedazos con sus poderosas garras (salta justo en la dirección en la que escuchó el agobiante grito), y en pleno salto, gira la cabeza para ver en dónde va a caer y para ver quién le llamó; y ve, demasiado cerca, unos temerosos e intensos ojos azules.

- ¡Casey! -

- ¡Miguel! – vuelve a gritar Casey al mismo tiempo en el que él aferra por un brazo a la tortuga - ¡Vámonos! – tira de él con toda su fuerza.

- ¡Ah! – exclama Miguel Ángel por el tirón, pero fue necesario porque Casey conduce su motocicleta (da una vuelta muy forzada al tiempo que sube a Miguel Ángel como su pasajero.

En esos segundos, la gárgola ha aterrizado pero sólo para escuchar los fuertes rechinidos de la motocicleta y ver la nube de humo gris que se eleva debido a la fricción a la que es sometida la llanta trasera.

Casey y Miguel Ángel salen del callejón; Casey acelera su máquina a todo lo que da y se alejan rápidamente.

- ¡Casey! – es más que obvia la felicidad que embarga a la tortuga.

- Creo que llegué en el momento preciso. –

Están por llegar a una esquina y el semáforo parpadea en amarillo, pero en cuanto cambia al rojo, Casey lo pasa por alto; vira hacia la izquierda.

- ¿Cuándo llegaste que no te vi? – Miguel Ángel le pregunta a Casey.

- Este es el cuadrante que me tocó escanear. Se me ocurrió que podría estar dando vueltas y vueltas pero haciendo círculos más y más amplios, tomando como centro el edificio en el que estábamos, y justo estaba por completar la primer vuelta, cuando en el rastreador apareció la flechita y la seguí, entré a ese callejón, te vi a ti y a una horrible sombra que estaba por caerte encima y tú ni te movías. –

- Ah… - Miguel Ángel no está muy seguro de cómo responder.

- No importa. Tenemos que regresar para cerciorarnos que en ese callejón es donde está la gema…

- ¡Yo la encontré! – Miguel Ángel extiende su brazo derecho al frente para que Casey pueda verla.

- ¡Genial! –

- La sombra era la gárgola de la que nos advirtió Goliath. – retrae su brazo.

- Con razón te quedaste como de piedra. –

- ¡Pero yo encontré la gema! -

- Entonces guárdala bien. –

- Sipi. -

- Hay que alejarnos lo más que podamos. Tú llama a Goliath y dale la buena noticia. –

- Ok. –

Mientras Miguel Ángel llama a Goliath, Casey gira a la derecha, en una calle poco transitada.

- Creo que podemos despistarla… ¡AH! -

Una potente luz blanca ciega a Casey.

Repentinamente, todo alrededor se vuelve blanco, furiosamente blanco.

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Cuando estaba divagando este capítulo, pensé que podrían ser Abril y Casey quienes se toparan con Demona porque son los humanos y ellos corren más peligro sólo por ser humanos, pero no sé qué pasó por mi mente, que al comenzar a escribir, en mi cabeza apareció Miguel gritando a todo pulmón asustadísimo porque él fue el suertudo de hallar la dichosa gema y a la terrible gárgola, y así se quedó.

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Gracias por seguir leyendo esta historia.

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