CAPÍTULO 6

Cuando llegué a la máxima altura a la que podía llegar el elevador, vi delante de mí una puerta. Salí de la cabina de madera que no bajó de golpe como yo pensaba, sino que logró mantenerse quieta. "Estoy empezando a sospechar que da Vinci era un viajero del tiempo" pensé, sonriendo, antes de plantarme delante de a puerta y echare una ojeada. Como no vi ni cerraduras ni pomos, no me quedó remedio que empujar la puerta. Aquello costó lo suyo porque era muy pesada. Era como intentar empujar una pared. Incluso llegué a apretar los dientes a causa del esfuerzo que aquello suponía.

Cuando abrí lo suficientemente aquella pesada puerta como para yo poder pasar, entré al vestíbulo de mi casa. Parecía que todo estaba en orden, cosa que me alivió. Entonces noté un ruido parecido al de una roca arrastrándose por el suelo y me di la vuelta para ver, asombrado, cómo la pesada puerta se cerraba automáticamente.

-Bueno, -me dije- al menos me he ahorrado el trabajo.

Aunque lo que más me sorprendió fue que aquella puerta era la chimenea de mi casa. "No me lo puedo creer", pensé, "tantos años que he vivido aquí y no sabía que la chimenea era un simple adorno".

Tras esta sorpresa, busqué con la vista algún lugar donde sentarme para asimilar todo lo que había pasado en pocos días. No había pasado mucho tiempo cuando vi un gran butacón que me provocó una gran nostalgia. Cuando me acomodé en el sillón, un torrente de recuerdos invadió mi mente. ¿Cuántas veces había visto a mi padre sentado allí mismo, fumando en pipa y con un libro entre las manos con ese aire de elegancia y sabiduría que tanto le caracterizaban? ¿Y cuántas veces me sentaba yo en su regazo para escuchar sus divertidas anécdotas de cuando él organizaba Halloween? En aquel momento me sentí más nostálgico que nunca y empecé a echar de menos aquella maravillosa figura paterna, a mi "papaíto", que era como yo lo llamaba de pequeño. Creedme, si tuviese lacrimales, en aquel momento se me hubiese escapado alguna lagrimilla.

No llevaba mucho tiempo disfrutando de aquellos recuerdos cuando un nuevo dolor de cabeza más intenso que el anterior, interrumpió mis recuerdos.

-¡No, otra vez no!- exclamé mientras me inclinaba hacia delante y cerraba los ojos por culpa del dolor insoportable.

De repente el dolor cesó, abrí los ojos y, para mi sorpresa, vi que todo había cambiado: a pesar de que estaba en la misma habitación, observé que todos los objetos que estaban alrededor de mí brillaban con un fulgor azulado mientras que el techo y el suelo eran de un color más apagado. Tras echar una ojeada a la sala sin saber qué me pasaba, me fijé en que en una estantería llena de libros había algo que brillaba más que el resto. Me acerqué y vi que era un libro. Antes de cogerlo dio la casualidad de que parpadeé y, o supe cómo, volví a verlo todo normal, sin brillos ni techos oscuros.

"¿Qué me está pasando?", pensé, entre sorprendido y asustado, antes de intentar coger el libro, pero solo pude inclinarlo hacia atrás. Entonces distinguí en la cubierta del libro el símbolo de los Asesinos antes de ver cómo la estantería se hacía a un lado, dejando al descubierto una entrada a una gruta de piedra que descendía. En sus paredes había una hilera de antorchas encendidas, como si me estuvieran esperando. Entonces bajé las escaleras de piedra, mientras la estantería volvía a su sitio tras de mí.


Tras un buen rato avanzando por aquella gruta únicamente iluminada por las antorchas llegué a una puerta. No tenía ni cerraduras ni pestillos para poder abrirla. Solamente había una calavera en el centro. Me tuve que agachar un poco para examinarla porque sabía perfectamente que aquella calavera no era de adorno. Me fijé en que sus ojos eran dos agujeros por los que cabrían perfectamente dos dedos. Algo me dijo que esa calavera era la única forma de abrir la puerta, así que metí dos dedos en los agujeros de los ojos de la calavera y tiré de ella antes de que, con un ruido mecánico, se volviera boca abajo mientras se formaba el símbolo de los Asesinos.

La puerta se abrió hacia arriba y cuando entré no me creí lo que vi: estaba dentro de una gran sala llena de más antorchas que la iluminaban. Sus paredes pétreas estaban cubiertas de numerosas armas: desde flamantes espadas y poderosos mazos, hasta armas de fuego como pistolas de chispa y mosquetes. Había incluso bombas de todas las clases. En una de las paredes había una gran tela roja con el símbolo de los Asesinos bordado en dorado. Entonces me acordé de algo y me di cuenta de por qué me resultaba tan familiar ese símbolo. Metí mi mano en el bolsillo izquierdo de mi pantalón y saqué un reloj de bolsillo dorado que me regaló mi padre unos meses antes de mi elección como Rey de Halloween. Me dijo que lo heredó de mi abuelo en la misma situación. En la tapa del reloj de bolsillo estaba el símbolo de los Asesinos. Abrí la tapa y, en la parte posterior de esta, había una fotografía de Sally y entonces pensé en que, a pesar de que ella no recordaba nada sobre mí, yo la seguía queriendo y eso era ya motivo suficiente para derrotar a Oogie Boogie y recuperar la ciudad, cueste lo que cueste. Yo quería recuperar todo lo que amaba, incluyendo también a mi hermosa y dulce muñeca de trapo.

Cerré la tapa del reloj de bolsillo antes de escuchar un batir de alas encima de mi cabeza. Elevé la vista y vi, asombrado, no cientos, son miles de cuervos posados en unas vigas de madera cercanas al techo. Solo entonces me fijé en un pequeño agujero en la parte superior de la pared y supuse que por ahí entraban y salían los cuervos.

De repente escuché un ruido y me fijé en un armario de madera que, naturalmente, tenía tallado el símbolo de los Asesinos. Me acerqué a él, preguntándome qué hacía ese ruido, que se intensificaba a medida que me acercaba al armario. Algo, no supe el qué, me impulsó a abrir las puertas del mueble. Cuando lo hice, una gran masa negra me golpeó y me tiró al suelo. Cuando me incorporé vi que todos los cuervos (incluyendo los que seguramente estaban dentro del armario) volaban todos a la vez en círculos y a gran velocidad por dentro de la sala antes de que un grupo de pájaros se acercasen a mí y me rodeasen muy de cerca, sin dejar de volar. Podía escuchar el batir de sus alas y sentía el aire que empujaba cada aleteo de cada ave. No supe decir si aquel momento fue hermoso o inquietante, pero ahora que lo recuerdo, me decanto por la primera opción porque lo que sentía en aquel instante era una mezcla entre asombro, felicidad e incluso paz. No sé qué tienen las aves como los cuervos y los búhos, pero me transmiten tranquilidad. Por ese motivo me sentí el ser más afortunado del mundo, y estoy seguro de que muy poca gente, por no decir nadie, ha experimentado lo mismo que yo.

Cuando todo aquel revuelo se calmó me pude fijar en el contenido del armario: una túnica negra con detalles rojos y con una capucha acabada en pico, igual que las de Ezio y Altaïr. Junto a la túnica que más bien parecía una gabardina, había una camisa blanca, unos pantalones oscuros, unas botas también oscuras, un chaleco negro, un pañuelo azul marino, un fajín rojo y un cinturón plateado con el famoso símbolo de los Asesinos, que resplandecía a la luz de las antorchas. Toda la vestimenta estaba sorprendentemente intacta a pesar de haber estado junto a numerosos cuervos. Pero lo más curioso no era la impecabilidad de las vestimentas, además, parecían hechas a mi medida.

A los pies de la túnica pude ver una caja de madera. La cogí antes de colocara encima de una mesa que había en el centro de la sala. La caja estaba llena de polvo, así que soplé sobre ella hasta quitar aquella capa de polvo, revelando unas letras grabadas en la madera: "C. S." Pronto me di cuenta de que aquellas eran las iniciales de mi padre. Abrí la caja y encontré, asombrado, dos hojas ocultas en su interior. "Así que mi padre, el famoso Corvo Skellington, era un Asesino", pensé, antes de darme la vuelta hacia la túnica de Asesino y decir, como si tuviese a mi padre delante de mí:

-Y yo pensaba que no tenías secretos para mí.

Entonces me fijé en algo que había en el suelo delante del armario. Cuando me acerqué vi que era un sobre y me agaché para cogerlo. El sobre estaba lacrado y el sello tenía (cómo no) el símbolo de los Asesinos grabado. Abrí el sobre y leí el contenido de la nota que había dentro, mientras me sentaba en una silla junto a la mesa donde puse la caja de madera:

Hijo, si estás leyendo esto significa que ha descubierto mi pequeño secreto. Espero que me perdones por haberte ocultado mi identidad como Asesino, pero debes entender que lo hacía para protegerte. Además, siempre he querido que ocupases mi puesto, no solo de Rey de Halloween, eso ya estaba claro, sino también como Asesino. Ahora bien, esto último es decisión tuya. Si crees que estás preparado, coge la túnica, ponte las hojas ocultas y sal ahí fuera a defender nuestro credo. Si no, puedes salir de esta sala, quemar esta nota y hacer como si no hubiese pasado nada. Ya es hora de que elijas tu propio camino.

Con cariño, tu padre

Corvo Skellington

Tras leer la nota me quedé pensativo, mientras miraba a los cuervos que me observaban expectantes, como si esperase alguna respuesta. Si tuve que elegir mi propio camino, escogí no defraudar a Ezio, ni a Altaïr, ni mucho menos a Edward. No había llegado hasta allí para rendirme a la primera de cambio. Yo no soy así. Esta ciudad significaba mucho para mí, y supe que me necesitaba para volver a la normalidad. Y eso era lo que iba a hacer: recuperar a mi querido pueblo y devolver a Oogie Boogie a la cloaca de donde no debió salir. Y lo haría aunque me costase la vida.

Con esa decisión en mente, me levanté de la silla y dije a los cuervos, con un tono de seguridad en mi voz, mientras abría los brazos:

-¡Estáis de suerte! ¡Tenéis un nuevo dueño!

Entonces todos los cuervos, como si estuvieran locos de alegría, volvieron a volar por toda la sala y unos cuantos de ellos se posaron encima de mis hombros y mis brazos extendidos. No pude evitar una sonrisa de satisfacción. Entonces me fijé en el armario aún abierto y tuve una idea. Bajé los brazos y los cuervos se alejaron. Me acerqué al armario y me dije, con las manos metidas en los bolsillos:

-Bueno, ya empezaba a cansarme del esmoquin a rayas.

Cogí las vestimentas que había en el armario excepto la túnica y me cambié. Mientras me ponía el pañuelo en el cuello me acerqué a un espejo junto al armario. Sonreí al verme tan diferente, sin la famosa pajarita de murciélago (que no lo dije antes, pero la puse dentro del armario). Para ser sincero, me sintió bien un cambio de estilo. Cogí mi reloj de bolsillo, lo puse en un bolsillo del chaleco y, antes de irme de aquella sala, me volví hacia la túnica que aún seguía en el armario y dije, como si esta representase a mi padre:

-Esto va por la ciudad. Y por ti.