CAPÍTULO 7
Siento haber publicado tan tarde. Es que los estudios pueden un poco conmigo. Gracias de todas formas por seguir este crossover que disfruto cada vez que escribo un nuevo capítulo. No olviden comentar (ni que esto fuese un vídeo de YouTube) :3
Según salí de aquella sala y llegué al vestíbulo de mi casa fui directo al pie de las escaleras que subían a mi cuarto antes de escuchar un ruido. Cuando me volví vi que un armario que había en una esquina de la sala se agitaba levemente. Me acerqué a la no-chimenea sin dejar de mirar fijamente el armario y cogí un atizador. Me aproximé al armario empuñando el atizador, agarré el pomo de la puerta del mueble y, con precaución y preparado para atacar a la primera de cambio, abrí el armario.
No supe qué se me abalanzó con tanta fuerza que me caí contra el suelo hasta unos segundos después, cuando noté una lengua que me lamía la cara y un hocico que brillaba con un fuerte fulgor anaranjado.
-¡Zero! – exclamé loco de alegría de ver a mi fantasmal amigo- Me tenías muy preocupado. ¿Pero qué demonios hacías en ese armario? Bueno, no importa. Me alegro de ver que estás bien. Yo también te echaba de menos.
Zero dio varias vueltas alrededor de mí mientras ladraba contento. Entonces se abrió la no-chimenea y Zero empezó a gruñir, cosa que me preocupó. Pero por fortuna, quien asomó la cabeza fue Ezio, aunque Zero no dejaba de gruñir. Lógico, a mi perro no le gustan los desconocidos para él.
-Cálmate, Zero, es un amigo.- dije a mi mascota suavemente mientras le acariciaba la cabeza antes de dirigirme a Ezio y preguntarle- ¿Hay algún problema?
-Ninguno, la verdad, hasta que oímos unos ruidos que provenían de aquí y decidimos venir a investigar. Aunque veo que todo está en orden- el italiano echó una ojeada a la sala de estar y añadió con gesto de aprobación- Bonita casa, por cierto.
-Un momento. ¿Qué has querido decir con "decidimos"?
-Me traje al resto del equipo por si acaso. ¡Pasad, no os cortéis!
Ezio entró al vestíbulo para dejar pasar a Altaïr y a Edward. Zero, según vio al ex alcalde, fue como loco hacia él y le soltó unos lametazos en la cara, lo que provocó las carcajadas de Edward, quien exclamaba:
-¡Qué alegría de verte, Zero! ¿Pero dónde te habías metido?
-Me lo encontré en un armario- respondí, de brazos cruzados.- No sé qué hacía allí, pero lo importante es que está bien.
Mientras tanto, Zero se acercaba tímidamente a Ezio, quien se mostraba simpático con mi perro.
-Hey, chico, no seas tímido. Soy buena gente. No te voy a morder.
El italiano puso la mano delante del hocico de Zero, quien la olisqueó antes de lamerla cariñosamente, mientras recibía las caricias en la cabeza por parte de Ezio, quien sonreía diciéndole:
-Bene, bene. ¿Ves que no pasa nada?
-¡Caes bien hasta a los animales!- exclamé, divertido.
-Siempre me han gustado- respondió Ezio sin dejar de acariciar a Zero antes de que este se acercase a Altaïr, quien estaba de brazos cruzados con una inmutable seriedad en su rostro.
Zero empezó a olisquear al Asesino antes de arrimarse cariñosamente a él, lo que hizo que se dibujase una media sonrisa en el rostro de Altaïr, antes de acariciarle la cabeza a Zero. Entonces Ezio exclamó:
-¡Aleluya, es un milagro!
-¿Qué pasa?- pregunté, desconcertado.
-¡¿Es que no lo ves?! ¡Altaïr está sonriendo!
-¡¿Qué?! – respondió Altaïr, confundido- ¡Qué va! Te lo habrás inventado, Ezio.
Tuve que aguantarme la risa al ver aquella situación tan cómica.
-Cambiando de tema –intervino Edward- ¿De dónde has sacado esa ropa, Jack?
Tuve que hablarles a los allí presentes sobre la sala secreta que encontré y, sobre todo, cómo la encontré.
-Impresionante –murmuró Ezio, mientras se acariciaba la barba- Jamás había visto a nadie que desarrollase la vista de águila tan rápidamente, y sin entrenamiento siquiera.
-¿Vista de qué? –pregunté, confundido.
-La vista de águila, -respondió Altaïr- es una habilidad que poseemos los Asesinos para localizar objetos y personas que son difíciles de reconocer a simple vista. A tu padre le costó aprenderla, pero creo que tú la has heredado.
-Un momento… ¿de qué conoces a mi padre?
-Yo fui su mentor en sus tiempos de Asesino.
-¡¿Qué de qué?! ¿Me hablas en serio?
Altaïr asintió antes de responder.
-Cuando recibí el abrazo de la muerte y vine a parar aquí, la primera persona, o mejor dicho, el primer esqueleto con quien me encontré fue con tu padre, Corvo.
Me enseñó la ciudad y me presentó su gente. Al principio todo me aterrorizaba, pero uno acaba acostumbrándose. Corvo era muy buena gente, además de tener mucho carisma y ser todo un caballero. Solo basta con mirarte, Jack, para que se me venga a la mente el recuerdo de Corvo, con quien entablé amistad en poco tiempo.
Tras un tiempo viviendo –o muriendo- aquí, Corvo me habló del único problema de esta ciudad: ese tal Oogie Boogie. Me contó que, con frecuencia, ese saco pulgoso trataba de atentar contra él para arrebatarle el título de Rey de Halloween. Llegó un momento en el que ya no podía soportar la presión, cosa que coincidía con el aumento de los ataques desde que llegué aquí. Tras investigar un poco, me di cuenta de que algunos soldados templarios vinieron a parar aquí, y que colaboraban con Oogie Boogie para planificar los ataques. Tras contarle esto a Corvo le ofrecí mi ayuda como Asesino para pasar esa operación. Corvo aceptó y me dijo que, ya que esta era su ciudad, también se involucraría. Así que le enseñé todo lo que me transmitieron a mí, convirtiendo a Corvo en uno de los mejores Asesinos que he tenido el honor de haber enseñado.
Había muchos puntos que jugaban a su favor: la túnica que conseguimos fabricar era negra en casi toda su totalidad, lo que favorecía la ocultación y el camuflaje por la noche. Otra ventaja que él tenía era su extraño pero increíble vínculo con los cuervos.
-¡Un momento! ¿Has dicho cuervos?- interrumpí, asombrado, mientras recordaba lo que me había pasado en la sala subterránea.
-Sí. De hecho- continuó Altaïr- aquel era un vínculo tan fuerte que aquellos pájaros obedecían a lo que tu padre les ordenaba, lo que reforzaba otro punto a favor de Corvo: el factor miedo, algo que yo jamás había pensado que sería tan eficaz.
Aquellos templarios pisaban terreno desconocido para ellos, aunque lo peor para ellos era que Corvo conocía a la perfección cada recoveco y esquina de la ciudad. El ya nombrado factor miedo se usaba mucho para aniquilar a un grupo de templarios. Corvo siempre se ocultaba entre las sombras, ya sea escondido tras una esquina o subido a una gárgola, y esperaba. Yo me situaba a una distancia prudencial por si debía prestar alguna ayuda. A decir verdad, me aburría mucho esas noches ya que lo único que hacía era observar, ya que Corvo hacía todo el trabajo, mandando como distracción a sus cuervos antes de asesinar a los templarios uno a uno.
Con cada templario que caía aumentaba el temor entre los que iban quedando. Cuando solo quedaba uno, Corvo jugaba con él al igual que un gato juega con su presa, ya que no aparecía delante del último templario hasta el momento oportuno. Al último templario le quedaban dos opciones: o se quedaba y se hacía el valiente o huía presa del pánico. Ninguna de las opciones era válida, ya que quien se quedaba acababa notando el frío acero de la hoja oculta en el cuello y quien decidía huir no podía escapar, por muy lejos que creyese estar, de un virote de ballesta entre los ojos.
Altaïr dijo esto último mientras señalaba su propio entrecejo. Por mi parte no supe qué decir. Jamás me había imaginado al buenazo de mi padre tan… sanguinario. No supe pensar si era increíble o que me empezaba a asustar.
-Sin embargo- continuó Altaïr-, a pesar de que era muy buen Asesino y de que casi llega al rango de Maestro, Corvo me anunció un día que quería dejar la Orden. Le pregunté el motivo. Como respuesta me dijo que me agradecía todo lo que yo le había enseñado, pero que en poco tiempo iba a formar una familia y no podía vivir en dos mundos a la vez. Le dejé marchar, aunque yo sentí una gran nostalgia porque no solo había perdido a un buen aprendiz, sino también a un buen amigo.
-Vaya, Altaïr- dijo Ezio, sorprendido- A pesar de ser tan frío, distante y desconfiado, veo que tienes tu corazoncito.
-No quiero ofender, Altaïr- intervine- pero mi padre hizo bien en dejar la Hermandad. Lo digo porque con él pasé una infancia maravillosa y todo lo que he heredado de él ha sido el puesto de Rey de Halloween, mi reloj de bolsillo y la oportunidad de seguir su legado como Asesino. ¿Y sabéis qué? Que no pienso desaprovecharla. No solo por mantener viva la memoria de mi padre, sino también porque no quiero estar sentado de brazos cruzados mientras la ciudad se viene abajo. Y no me importa lo duro que sea, ni el esfuerzo y sacrificio que tenga que dedicarle. Si hay algo que yo sé es que soy un cabezota y que hago lo que sea hasta conseguir lo que me propongo.
-Bueno- intervino Edward- que yo recuerde, tu cabezonería hizo que casi te cargases la Navidad.
Di un respingo antes de echarle la bronca al ex alcalde:
-¡¿Pero para qué lo nombras?! ¡Sabes de sobra que no me gusta recordarlo!
-¡¿Que casi te cargas la Navidad?!- exclamó Ezio, enojado- ¡Mira que hay que ser mala persona para hacer eso! ¡¿Sabes lo mucho que disfrutaba celebrando la Navidad con mi familia?!
El italiano me propinó una colleja que, sinceramente, me dolió bastante.
-¡Ay!- me quejé- ¡Que no lo hice con mala intención! Te voy a explicar qué me llevó a cometer tal desastre: cuando descubrí la Navidad lo primero que sentí fue ilusión. Esa ilusión pasó a ser una obsesión que acabó en locura. ¡Y tuve que llevarme un cañonazo para darme cuenta de que estaba ciego!
-¿Sabes?- añadió Ezio- Eso es lo mismo que le pasa a los templarios a quienes asesinamos. Solo en sus últimos instantes de vida se dan cuenta de sus errores. Cambiando de tema: siento lo de la colleja.
-No pasa nada. Si es que me la merecía.
-Bueno, tampoco es para ponerse así. Y volviendo a lo de antes, ¿sigues queriendo entrar en la Hermandad? Mira que el entrenamiento es largo y duro…
-Ya te he dicho, Ezio, que no me importa en absoluto.
Ezio arqueó una ceja y sonrió antes de exclamar:
-¡Pues estupendo! Entonces madruga mañana que empezamos temprano.
