¡Hola de nuevo! ¡Aquí vuelvo con un nuevo capítulo de este fic! Seguro que a los fans de Assassin's Creed que lean este capítulo le sonará uno de los personajes que aparece. Pista: es el personaje más odioso del Assassin's Creed Brotherhood. Bueno, no voy a revelar más. ¡Disfruten!
CAPÍTULO 13
Después de mi emotivo reencuentro con Sally decidí volver a mi guarida para contarles a mis mentores y al ex alcalde del trato que hice con el doctor. El caso es que me dirigía hacia la tienda que tenían las brujas en busca de una trampilla que me llevase por las galerías subterráneas cuando tuve la extraña sensación de que me seguían. De repente escuché el silbido de una flecha que esquivé por los pelos antes de responder con un disparo al arquero que me había atacado. Más tarde supe que era una trampa porque no me fijé en el caballo que venía hacia mí y cuyo jinete me tiró al suelo con una lanza que empuñaba. Cuando me fui a levantar, dolido por la caída, varias hachas me amenazaban y una voz masculina que no me resultaba muy familiar dijo, con una carcajada:
-Vaya, vaya. Hasta en el mundo de los muertos los Asesinos no sois tan duros. Levantadlo para que yo lo vea bien.
Dos enormes guardias con armaduras (o "gordos" como les apodamos Ezio y yo) me agarraron con fuerza antes de levantarme del suelo. Entonces el hombre de quien provenía la voz se colocó delante de mí, y supe quién es al momento: César Borgia, enemigo mortal (literalmente) de Ezio y uno de los Templarios más despiadados de la Historia quien, además, acabó con la vida de su propio padre, Rodrigo Borgia, por ese condenado Fruto del Edén. Ezio me explicó todo eso y, por si me lo encontraba por ahí, me enseñó un retrato de César, el cual grabé en mi mente. Y era uno de mis blancos para restaurar la paz en Halloween Town.
-Qué cosas, para ser un esqueleto eres muy diestro con las armas.
-Mira tú por dónde, es la primera vez que oigo un cumplido hacia un Asesino por parte de un Templario –dije, en tono de burla- ¿No serás por casualidad César Borgia?
-El mismo. ¿Cómo lo has sabido?
-Ezio me ha contado muchas cosas sobre ti. Y créeme, te llamó de todo menos bonito.
César intentó disimular una mueca de desagrado con una media sonrisa.
-Una cosa, César, ¿tanto miedo me tienes que has tenido que traerte a los gordos como escolta personal? –añadí con una sonrisa traviesa.
-Te voy a responder con otra pregunta, ya que te crees un valiente, ¿por qué vas tan armado? –preguntó el Templario mientras se acercaba a mí y me quitaba una de mis pistolas, antes de observarla detenidamente.
-¿Quieres que te enseñe a usarla?
-No creo que necesite tu ayuda. Yo aprendo rápido.
-Insisto, César. –respondí antes de dibujar en mi rostro una diabólica sonrisa- Será todo un placer.
En un abrir y cerrar de ojos me libré de los guardias que me agarraban antes de clavarles en sus cuellos mis hojas ocultas. Otro de los gordos me agarró por la espalda mientras un segundo iba a atacarme con su hacha de mango largo levantada por encima de su cabeza. Levanté las piernas y le di una patada al que me venía de frente, tirándole al suelo. Incliné hacia atrás la cabeza bruscamente, propinando un fuerte cabezazo al guardia que me sujetaba, quien me soltó para cubrirse la nariz. Aproveché para agarrar el hacha que había soltado el gordo a quien había tirado al suelo y volverme hacia el guardia de la nariz rota, antes de elevar el arma por encima de mi cabeza y clavársela en la coronilla. Mi víctima cayó inmediatamente al suelo, inerte. Más tarde escuché cómo se levantaba el guardia a quien había tirado al suelo. Me di la vuelta justo cuando el gordo desenvainaba su enorme espada antes de lanzarme un ataque que yo paré con mi sable mientras daba una vuelta completa para apuntar con mi pistola a la frente del guardia, quien se volvió blanco, como si hubiese visto al mismísimo Satanás. A pesar de que sus ojos pedían piedad, yo sabía distinguir unas lágrimas de cocodrilo como las que vi en aquel momento, así que no dudé en apretar el gatillo. El guardia cayó de rodillas antes de desplomarse a mis pies, mientras un oscuro charco de sangre se formaba bajo el cadáver.
-Bueno, -dije- creo que solo quedamos tú y yo, César.
-Yo no me confiaría tanto.
Di un respingo, pero fue demasiado tarde para reaccionar porque noté un fuerte golpe detrás de la cabeza y caí al suelo. Pude ver los pies de César acercándose a mí y su voz de escuchaba lejana cuando me dijo:
-Gracias por el arma. La guardaré como recuerdo.
Después de oír aquellas palabras, todo se envolvió en la oscuridad y el silencio.
Cuando volví a abrir los ojos, me encontré dentro de una celda.
-Venga ya, -murmuré, molesto- otra vez no. Ya tengo otro motivo para borrar del mapa a César. Pero antes tengo que salir de aquí.
No di ni dos pasos hacia los barrotes cuando noté que algo tiraba de mis brazos hacia atrás. Eché un vistazo alrededor, viendo con disgusto que mis muñecas estaban rodeadas por unos grilletes atados a unas cadenas ancladas a la pared de piedra. Y, para colmo, me habían quitado mis armas y mis hojas ocultas.
-Genial. Encadenado y desarmado. Esto va mejorando.
Entonces escuché pasos y fingí que no pasaba nada. Por desgracia, aquellos pasos pertenecían a alguien a quien desafortunadamente conocía. Y ese alguien era Oogie Boogie.
-¡Hola, mi huesudo amigo! –saludó el saco con un tono de burla en su voz.
-¿Acaso tengo cara de ser tu amigo? –dije, con rabia, mientras avanzaba bruscamente hacia la puerta de la celda, a pesar de que las cadenas me impedían seguir.
-¡Hay que ver lo soso que eres! –exclamó Oogie, tras soltar una carcajada- Te falta algo de sentido del humor, Jack.
Creedme, si en aquel momento no hubiese estado encadenado, habría saltado sobre Oogie Boogie y lo estrangularía.
-Por cierto, -añadió Oogie, acercándose hacia los barrotes,- veo por tu cara que quieres saber cómo he vuelto. Bueno, en mayor parte ha sido obra de esta preciosidad.
El saco de bichos elevó un brazo que sujetaba una esfera dorada con varias marcas en su superficie. Entonces lo reconocí: era el Fruto del Edén del que tanto me habían hablado Ezio y Altaïr. Hasta me lo habían descrito para yo saber reconocerlo cuando lo viese.
-Te preguntarás de dónde lo he sacado, ¿verdad? –continuó Oogie Boogie.- La verdad, no tengo ni idea, pero fue esta joya la que me recompuso. ¡Gracias a ella tengo sometida a esta ciudad! ¿Vas a destrozar todo lo que me ha costado construir? Te creía mejor persona.
-¿Por qué haces esto? –pregunté, con la rabia comiéndome por dentro.
-He llevado demasiado tiempo oculto en aquella madriguera, jurando y volviendo a jurar que algún día haría pagar lo que Corvo y tú me habéis hecho.
-¿Qué tiene que ver mi padre con esto?
-Tu papaíto fue quien me echó a mi guarida, Pero no pude cobrar mi venganza porque un día se esfumó. Así que, ahora que tengo el Fruto, la puedo tomar contigo perfectamente. Pensaba acabar con tu pésima vida hoy mismo, pero creo que podré esperar un poco más. ¡Disfruta del poco tiempo que te queda!
Antes de irse, Oogie Boogie dejó a un guardia al cargo de la vigilancia de la celda. Incliné la cabeza hacia delante mientras suspiraba, pensando en cómo escapar de mi prisión. Entonces escuché algo y elevé rápidamente la cabeza antes de mirar a ambos lados, encontrándome con que el bloque de piedra que sujetaba la cadena de mi mano derecha estaba suelto e inmediatamente se me encendió la bombilla. Tiré poco a poco de la cadena y, cuando el bloque estaba lo suficientemente fuera de la pared, lo agarré con cuidado para evitar hacer ruido y lo dejé en el suelo. Me di cuenta de que el guardia que vigilaba la celda llevaba un manojo de llaves. "Seguro que una de ellas puede servir para quitarme las cadenas", pensé.
Estiré el brazo que tenía liberado hacia las llaves. A pesar de que tenía dos problemas añadidos (mi otro brazo todavía estaba encadenado y el bloque pesaba mucho), conseguí las llaves y me puse a buscar una que me quitase las cadenas. Encontré una llave pequeña que me sirvió para liberar mi otro brazo. Encontré otra llave que abrió la celda con un chirrido que alertó al guardia. Pero no hubo problema porque mi brazo derecho aún seguía unido al bloque de piedra con el que propiné un golpe mortal al soldado. Tras liberarme del bloque, decidí buscar mis armas para luego dirigirme hacia mi próximo objetivo: César Borgia.
Después de caminar mucho y de estrangular a varios guardias encontré la sala que guardaba mis armas gracias a la vista de águila. No estaba vigilada y yo conservaba las llaves, así que abrí la puerta y dentro de la sala me encontré con todo. Cerré la puerta tras de mí antes de equiparme.
-Bien, -dije cuando terminé- ahora que estoy listo, vamos a por Borgia.
Salí por la ventana para evitar sospechas y empecé a escalar, buscando el lugar donde debería estar César. Cuando supe qué ventana era, eliminé al guardia que estaba junto a ella y entré, encontrándome con el hombre a quien buscaba.
-¡¿Cómo has escapado?! –preguntó, entre sorprendido y asustado.
-Los Asesinos tenemos recursos.
-Da igual. ¡Acabaré contigo yo mismo!
César agarró una espada y me atacó, aunque pude esquivarle fácilmente antes de agarrarlo y lanzarlo contra la puerta de la habitación. Cuando me acerqué a él, se levantó con el miedo en el rostro y salió corriendo.
-Puedes correr, pero no puedes esconderte de mí. –murmuré antes de seguir a César.
En medio de la persecución, César llamó a unos guardias que empezaron a perseguirme. Silbé y una bandada de cuervos distrajo a los soldados, lo que me dio cierta ventaja.
Tras varios minutos de carrera comprendí que nunca alcanzaría a César por aquella escalera de caracol. Vi una cuerda que colgaba por el hueco que dejaban las escaleras. Dejé que César avanzase un buen tramo antes de saltar a la cuerda y deslizarme hasta la altura a la que estaba Borgia, momento en el solté la cuerda y salté sobre César mientras le clavaba la hoja oculta en el cuello. Borgia, agonizando y con la mano en el cuello, donde brotaba una gran cantidad de sangre, logró balbucear unas palabras:
-Creía que… que aquí no habría nada que acabase conmigo.
-Pues te equivocas. Al igual que tus soldados, has estado atrapado en una especie de limbo. Y ahora eres libre, César.
Justo después de que yo hablase, César cerró los ojos e inclinó la cabeza hacia un lado.
-Que la otra vida te dé la paz que no encontraste en esta. –dije, mientras me incorporaba- Requiescat In Pace.
Oí los pasos rápidos y los gritos de los guardias que venían hacia mí. "Será mejor que me largue", pensé, antes de asomarme por la ventana. Justo debajo había un montón de paja, así que hice un salto de fe, escapando de los soldados.
Cuando salí de mi escondite, me encontré con Ezio y Altaïr.
-¿Qué hacéis aquí? –pregunté.
-Estábamos preocupados porque no volvías. –respondió Ezio, quien sujetaba una antorcha- Así que dedujimos que estarías por aquí. ¿Qué ha pasado?
Les hablé de mi encuentro con César, mi charla con Oogie Boogie estando yo encerrado, mi huida y, finamente, el asesinato de César Borgia.
-Espera un momento, -dijo Ezio, - ¿me estás diciendo que tú solito asesinaste a Borgia? Chico, tienes un gran potencial. Además, eso nos da una gran ventaja porque, sin el jefe del ejército, podemos atacar perfectamente a ese saco de bichos asqueroso.
-Olvidas que tiene el Fruto –añadió Altaïr, cruzándose de brazos.
-¡Oh, mierda! –exclamó el italiano- ¡Es verdad!
-Yo ya me encargaré de Oogie Boogie en su momento. –intervine- Otra cosa, ya he hablado con el doctor Finkelstein y está más que dispuesto a dejarnos armamento y cosas de esas.
-Bene. Ya que tenemos las tareas hechas, volvamos a nuestra guarida para hablar del siguiente objetivo.
-Espera, Ezio. –dije- Antes tengo que hacer una cosa. Pero necesitaré vuestra ayuda, y esa antorcha.
POV Oogie Boogie
¡Nunca entendí cómo ese estúpido saco de huesos había escapado de la celda! ¡Ni que encima asesinase a César, el jefe de mi ejército! Debí haber acabado con la patética vida de Jack cuando tuve oportunidad. Tanto el castillo como el reino que yo había creado gracias al Fruto iban a echarse a perder por culpa de ese esqueleto metomentodo.
Yo estaba hecho una furia, dando vueltas en mi cuarto, cuando uno de los guardias abrió la puerta y me llamó:
-Señor, tiene que ver lo que ocurre ahí fuera.
-¡¿Qué pasa?!
-Mire por la ventana.
Me asomé por la ventana de la habitación y no me pude creer lo que vi: era el símbolo de los Asesinos que me había descrito César hecho con fuego junto a una delgada figura. Gruñí de rabia al reconocer al huesudo.
-¡Oogie Boogie! –gritó desde abajo- ¡Que sepas que con esta señal te desafío a ti y a tu ejército! ¡Los Asesinos vamos a ir a por ti y todo lo que has creado arderá contigo de la misma manera que arde esta paja! ¡Y si crees que vamos a tener piedad contigo, olvídalo! ¡Así que ve rezando para que tu fin sea rápido! ¡Ya te vencí una vez y no tengo reparos en volver a hacerlo!
Entonces se fue, aunque las llamas seguían ardiendo. Me retiré de la ventana, sin saber si estaba sorprendido o asustado.
-¿Está bien, señor?
Sacudí la cabeza y respondí.
-¡Estoy perfectamente! ¡Esta es la primera vez que alguien me desafía de esa manera! ¡Y será la última! ¡¿Es que ese montón de huesos cree que con eso me va a asustar?! ¡PUES SE EQUIVOCA! ¡Lo que no sabe es que con el Fruto soy prácticamente un DIOS! ¿Me equivoco?
-No, no se equivoca, señor. Eres el ser más poderoso que existe.
-Me alegra oír eso. Anda, puedes irte tranquilo, que me has alegrado el momento.
Cuando el guardia se fue, me acerqué al Fruto y murmuré, sonriendo mientras contemplaba su hermoso brillo:
-Si él no va a tener piedad conmigo, yo también voy a hacerle sufrir. Será la clásica muerte lenta y dolorosa.
¡Ay cómo me gusta eso del "Requiescat In Pace"! Bueno, espero que les haya gustado el capítulo. No olviden comentar porque me muero de ganas de conocer las opiniones de mis lectores. ¡Hasta el próximo capítulo! :3 3
