MUDANZA, NUEVA VIDA.
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Hiban a mudarse de la cuidad de Trost a Sina, la capital. Mikasa obtuvo un mejor puesto, promovida a gerente de sucursal en esa ciudad. Eren estaba algo deprimido, tendría que dejar a todos sus amigos y a su tío Levi.
—Estoy muy triste —dijo el sargento mientras subía algunas cosas de la mudanza a la camioneta de su hermana. Eren le miró curioso, nunca le había escuchado decir palabras con tanta carga sentimental como esa—. ¿Ahora quien me ayudara a limpiar el baño sin quejarse? Eras el único que entendía como tallar los azulejos.
A su lado, Hanji reía sin conteneros, al parecer, su pareja no entendía lo que le acababa de decir al pequeño.
—Puedo venir en las vacaciones.
Y el castaño era demasiado inocente cómo para entender.
—No te preocupes, Eren. Voy a ir por ti cada fin de semana, no puedo aguantar tanto.
—No vas a ir por nadie —reprimió Mikasa con tonto cortante, acomodando lo que le pasaban en la parte de atrás del vehículo—. Pasaremos tiempo de calidad madre e hijo, tú no cuadras ahí.
Era fin de semana y poco a poco llevaría las cosas a su nuevo hogar, ella desconfiaba de los camiones de mudanza.
—Quiero la custodia del niño.
—No te voy a dar nada, maldito enano. Primero muerta antes de alejarme de Eren.
—Me estas dando buenas ideas.
—Sí me pasa algo malo, como ahogarme en cloro, le cederé la custodia a Erwin.
—Hija de… —una mano grande le tapó la boca antes de terminar el insulto, detrás, el rubio nombrado le miraba con desaprobación.
Levi apartó la mano y en un rápido movimiento, sólo alcanzó a enseñarles el dedo medio antes de irse por más cajas.
"Puta". Fue lo que alcanzaron a escuchar de aquel hombre que caminaba enfurecido.
Al parecer, eso de la mudanza si le afectaba.
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Los niños del grupo de la escuela de Eren estaban reunidos haciéndole una fiesta a su compañero antes de que se fuera.
Jean, a pesar de ser uno de los que más peleaba con el castaño, le parecía algo raro que se fuera. Compartieron más de la mitad de su vida, ¿cómo no lamentarlo? A parte de todo eso, su mamá era muy bonita. Oh, la dulce y buena señora Mikasa, a ella si le extrañaría.
Algunos pequeños como Armin, su mejor amigo, estaban tristes por su partida.
—Prometo hablarte cuando llegue a mi nueva casa. ¡Tío Erwin podría llevarte!
—Si… —una sonrisa apagada fue lo que el castaño recibió. No sería lo mismo verle de vez en cuando, a pasar tiempo juntos todos los días.
Eren pareció entenderlo y junto sus meñiques.
—Pase lo que pase, siempre seremos los mejores amigos. Lo juro.
—Es una promesa —concedió, haciendo más fuerte el agarre de sus dedos.
Eren después de eso, le abrazó muy fuerte.
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Hanji, lloraba inconsolable a los pies de la escalera del edificio, tomando el pie de Eren para que no se fuera.
—Señorita Hanji, voy a volver mañana.
—¿Y entonces por qué te llevas tu ropa en esa caja? ¡No mientas, Eren!
—Me la tengo que llevar, mamá tiene que empacarla.
—Déjame una prenda como promesa, no creo en esa mala mujer —siguió con su berrinche.
A su lado y de pie, Levi miraba con vergüenza ajena a la mujer; Mikasa por su parte, trataba de no arrancarle de un mordisco la mano que sostenía el pequeño pie de su retoño con tanta confianza.
Entre llantos, gritos, berrinches y amenazas, por fin Eren fue libre.
—Te toca recogerlo mañana —avisó la madre sobre protectora antes de subir a la camioneta e irse.
El hombre de oscuro cabello estaba estresado por la situación.
Él, después de diez años, estaba acostumbrado a la presencia revoltosa de su sobrino. A cada fin de mes que se quedaba a dormir en su casa, a llevarle al centro comercial tan abarrotado de gente porque quería ir al cine y al parque de diversiones porque sacó alguna nota alta.
A los días que Mikasa no podía llevarle con ella a algún viaje de negocios, teniendo que pasar una semana entera con él; a cuidarle cada vez que entraba el invierno y se resfriaba como el infante que era.
Es algo rebelde cuando alguien intenta contradecirle o burlarse de sus palabras, por eso no se lleva bien con su compañero de escuela: Jean. Es intenso, le encantan los deportes, aprender cosas nuevas y el mar; sobre todo el mar.
Eren era un niño fácil de complacer. Le gustaban las aventuras, jugar con sus videojuegos, salir en su bicicleta, escuchar los relatos de su amigo Armin; desaparecer por algunas horas y volver con las rodillas llenas de raspones porque intentó trepar algún árbol. Le divertía llevarle la contra a madre pero siempre terminaba haciendo lo que ella quería.
Como aceptar mudarse. Eren es un pequeño muy consiente, no desea dejarla sola, son ellos dos como familia.
Odiaba la forma en la que su hermana, inconsciente de lo que pudiese pensar o sentir Eren, le arrebatara todos esos años de niñez. No podía culparla tampoco, era trabajo, trabajo que los mantenía estables económicamente y por el cual su sobrino no carecía de nada.
Una vez más ese incómodo sentimiento se apoderaba de él, uno que asociaba con el futuro hueco que le dejaría la ausencia de su sobrino, uno que no admitiría frente a nadie.
—Te estas deprimiendo en silencio, ¿no? —le dijo Hanji una vez recuperada de su vergonzoso berrinche.
—Siento que no hice mucho por él —confesó.
—Eren es el buen niño que es por ti. Créeme, haz hecho lo suficiente.
Contrario a lo que Hanji pensaba, eso no hizo más que empeorarle el humor.
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Mikasa había postergado la mudanza lo suficiente para que Eren pudiese terminar el ciclo escolar sin problemas, ese era el último viernes que pasaban en Trost rodeados de toda esa gente rarita de la cabeza que adoraban a su hijo, y con los que compartía algún lazo de sangre o amistad.
—¿Puedo llamarle todos los días?
—No.
—¿Podemos hacer video llamadas por skype? —insistió el pequeño.
—No.
—Bueno —el infante vaciló, igual haría lo que quisiera—. Coma bien, no ponga el acido directo a los azulejos porque se manchan. Guardé las toallitas con cloro en la alacena junto al papel de rollo. Abuelita Carla casi se las lleva.
—Hiciste bien.
—Tenga cuidado con su dieta, no coma pizza a escondidas.
—Tratare.
—Tiré el té sin querer.
—Lo sé, no eres bueno mintiendo.
Los adultos presentes miraban la escena, era una despedida poco usual y sin embargo, Levi parecía muy contento con la charla.
El pequeño intentaba disimular una sonrisa con cada palabra pronunciada, no le agradaba mucho la idea de marcharse, pero enfrentaría el problema como todo un hombre sin miedo al cambio.
—Gracias —dijo entonces.
Su tío era la última persona de la que se debía despedir pero no encontraba las palabras adecuadas.
El hombre suspiró, agachándose a su altura —aunque por poco ya le alcanzaba—. Las manos detrás de su espalda parecieron abrirle la curiosidad al pequeño.
—Te tengo un regalo de despedida —por fin, las manos se hicieron presentes entregándole un cachorro. Un labrador de oscuro pelaje medio adormilado.
Eren abrió los ojos con sorpresa, tomando al animal entre sus manos y alzándolo con alegría.
La joven madre se unió a su hermano, mirando al pequeño le agradeció el gesto.
—Negro, como tu alma —murmuró la mujer.
Levi gruñó a su lado y ella soltó una risita traviesa.
—Puedes visitarlo cuando quieras —Mikasa le miró contenta, molestarle era divertido. Extrañaría esos momentos "familiares".
—No te iba a pedir permiso —masculló, frotándose las manos.
Minutos más tarde, Levi comenzó a estornudar por la alergia.
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Eren entró a su hogar corriendo, dejando la mochila en la entrada y tomando la computadora portátil de la mesa del comedor.
Nada.
Miró la pantalla esperanzado en encontrar alguna noticia de sus amigos y familiares, pero no había nada.
Hace cuatro meses que se instaló en ese departamento y desde entonces, ni si quiera Armin le había devuelto la llamada. Si, se sentía triste y a la vez molesto, llamaba casi todos los días, no le respondían ni en las redes sociales.
Inhaló con pesar y luego su mascota llegó, meneando su cola juguetona en cuanto le vio. Ya estaba un poco más grande y no le podía cargar con facilidad. El collar azul en su cuello le hacia distinguir de los demás perros, en el, una placa con su nombre de color plateado resaltaba: Amargadeiton.
Si, como solía llamar a su peluche de la infancia, quitándole obvio el nombre de su tío.
¡Aun no debía desesperarse! El sargento le hizo la promesa de visitarle y él confiaba en ese hombre que le cuidó por tantos años.
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Las semanas pasaron volando, ya era navidad. Armin cumplió años el mes pasado y su tío los cumplía ese día.
Seguía triste, pero tenía buenos vecinos que eran sus compañeros de clases y los cuales le ayudaban a recuperarse de su depresión infantil.
Su madre siempre actuaba comprensiva diciéndole: "No desesperes". Y él, molesto le gritaba que no tenía nada. La verdad, ella no se lo merecía, pero se sentía traicionado y nadie podía evitarle sentir eso.
Ahora que su madre le da algo de libertad, va al parque cercano todos los días con su bicicleta a pasear a Amargadeiton, pero la luz del sol era poca en días de invierno y él tenia que volver a casa temprano.
Justo ese día de navidad, la poca gente que transitaba a esas horas por el parque era la que no alcanzó a hacer sus compras a tiempo, él simplemente estaba ahí porque su madre volvería tarde del trabajo y no tenia ganas de pasársela jugando videojuegos todo el día.
Al llegar, notó como las luces estaban encendidas. Inmediatamente se paralizó y dejó a un lado su bicicleta y le indicó a su perro que se mantuviera quieto. Entre más cerca, más voces escuchaba provenir del departamento.
Reconoció la estrenduosa risa de Hanji y su corazón comenzó a latir frenéticamente. ¡No se habían olvidado de él!
Ingresó con toda la calma que pudo reunir pero Amargadeiton se adelantó yendo directo a las compras que se encontraban en el suelo, todo bajo la estupefacta mirada de Zoe y la mirada amable de Erwin.
La mujer le reconoció e inmediatamente corrió a su encuentro con una cámara entre las manos.
Las viejas costumbres no se olvidan.
—¡Feliz navidad, Eren!
Cuando saludó a todas sus personas queridas se encontró con la triste ausencia del más importante. Hanji previno su mirada melancólica y le acarició el cabello castaño.
—Él tenia cosas que hacer —le dijo con tono suave y luego le volvió a tomar una foto.
Armin también estaba ahí a su lado, comiendo pudin hecho por la mujer castaña.
Ya era la hora en la que su madre volvía y así lo hizo, al entrar, frunció las cejas al ver a Zoe abrazando a su hijo.
Suspiró con pesar y se dijo que era navidad. Saludó al pequeño Armin y le dio un regalo deseándole feliz día, ella ya sabía que iban a llegar.
Eren vio la puerta de la entrada, esperando que alguien más pasara por ella y le deseara feliz navidad.
Su mirada apagada se dirigió al árbol navideño, donde un regalo descansaba debajo y escrito con su puño y letra rezaba: "para el mejor tío del mundo". Si, todavía conservaba las esperanzas.
La brisa de la noche entró, haciéndole tiritar. Su madre olvidó cerrar.
Se deshizo del agarre de la castaña para ir a cerrar y cuando llegó, su tío apareció con unas bolsas. Tal como lo recordaba, indiferente a cualquier época del año y con esa vestimenta oscura que tanto le gustaba.
—Ten —le dio una bolsa de croquetas con un moño pegado.
Y entró, saludando al perro pero al que no se le acercó.
Sonrió entusiasmado, viendo la espalda de aquel hombre que alguna vez llamó padre. Cerró la puerta tras de sí y agitó la bolsa, solo para que su perro se levantará y fuera directo hacia él.
Bueno, él tampoco compró un regalo digno, sólo era gel antibacterial.
—¿Ya vamos a cenar? —gritó Hanji, procurando sonar educada, cosa que no logró haciendo irritar a Mikasa.
—Yo ayudo —se ofreció el hombre recién llegado.
—¡No! —corearon todos con miedo.
Erwin se paró de inmediato y fue a la cocina en su lugar.
Eren todavía no entendía como es que el sargento nunca entraba a la cocina. ¡Él era sorprendente lidiando con las flamas!
Levi chasqueó la lengua y miró a su sobrino, quien llegó a su lado. Un agarre firme sobre su estomago le hizo gruñir incómodo.
—Feliz cumpleaños, sargento.
Una punzada de lo que pareció nostalgia le atravesó, recordando aquellos días en los que Eren le solía decir "sadgento" todo el tiempo. Su segunda palabra, la cual tomaba como primera.
—Gracias —dijo, recibiendo el regalo que le era ofrecido.
Alzó una oscura ceja al ver el gel, sus ojos brillaron con emoción al descubrir que era con olor a naranja, su favorito. Y debajo, una nota que decía:
"Feliz navidad, papá"
Oh, maldito mocoso cursi; pensó.
—Soy tu tío, maldita sea, tu tío.
—Levi —le regañó desde la cocina el rubio por la mala palabra expresada.
Eren ruborizado asintió. Olvidó que hizo varios intentos tratando de envolver el regalo y también lo hizo con la tarjeta para tuviese algo de significado y, por azares del destino, dentro se coló la primera que hizo.
Esa navidad fue de descubrimientos, se dijo Eren.
Al terminar la velada, escuchó atento como Armin decidió estudiar en la capital, donde su tío Erwin lo alojaría, también escuchó que su tío se mudaba a unas cuantas calles de su casa y que Hanji sería su maestra de ciencias cuando entrara a secundaria.
El mundo era algo raro, su familia era rara, donde la mayoría de las personas en ella eran gente que escogió como tal.
Su mente infantil procesó lentamente la felicidad, contento con todo lo sucedido y olvidando el resentimiento como todo niño. Esbozó una pequeña sonrisa mirando a Armin que estaba cayendo rápido al mundo de los sueños.
Él le siguió minutos después, deseando no tener que crecer y poder ser así de feliz toda la vida.
FIN.
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¡Oh! Lo terminé, con un extra del día del padre (para quienes lo vayan a leer y esten al corriente, subi un extra). Ok, eso es todo.
Con todo el pesar de mi corazón le digo fin a esta historia con pequeños relatos de una convivencia tío/sobrino/colados.
Muchísimas gracias a todas las personas que siguieron esta fanfic hasta su fin, a esas personas maravillosas que comentaban y me hacian entusiasmar, dandome ánimos para continuar. Muchas gracias en verdad.
¡Es el primer fanfic largo que termino! No sé como agradecer tanto apoyo con palabras, espero que sea de su agrado.
