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AQUÍ ABAJO

Tortugas y Guardianes caminan hacia El Acorazado.

- ¿Qué ocurre, Miguel? – le pregunta Norte al ver la inquietud del chico.

- Leo está resfriado. –

- Ya me parecía que se ve enfermo. –

- Un té de jengibre con miel y limón es muy efectivo. – Hada sugiere un remedio.

- No hay nada mejor para curar la gripe – dice Conejo – que una sopa caliente de zanahorias. –

- Yo prefiero la sopa de pollo. – dice Jack.

- Un baño con alkogol también serviría. – dice Norte.

Sandman también sugiere su propio remedio contra la gripe: sobre su cabeza, se forma la figura de un ajo y cómo, la figura de la cabeza de Sandman, mastica el ajo.

- Nos gustaría – dice Rafael – quedarnos a charlar sobre remedios caseros para el resfriado, pero debemos regresar a casa. -

- ¿Por qué no vienen con nosotros? – les pregunta Miguel Ángel con mucha ilusión – Es una noche muy fría y puedo ofrecerles leche caliente y galletas hechas en casa. –

- ¡Leche y galletas! – a Norte parece que le agrada la idea.

- Si las galletas son de zanahoria… - dice Conejo porque le encantan las zanahorias.

- O si son de avena… - dice Hada porque le preocupa subir de peso.

- Las que sean están bien para mí. – dice Jack.

Sandman levanta su pulgar coincidiendo con Jack en no ser remilgoso como los otros dos.

- Gracias, - dice Norte ya sin tanta emoción en su voz ni es su rostro - pero no podemos. -

Se detiene al igual que los otros Guardianes.

Miguel Ángel también.

- ¡¿Por qué no?! – Miguel Ángel pregunta casi en un grito para no oír cómo su ilusión de hace pedazos.

Como si Rafael hubiese escuchado el ruido que hace un vidrio al ser desquebrajado, se detiene y se vuelve.

La triste expresión de su hermanito le parte el corazón.

- Si no quieren venir, Miguel, que no vengan. Leo es primero, no que estos desconocidos vayan a casa por leche y galletas. -

- Lo sé, Rafa, pero… - responde Miguel Ángel controlando el temblor de su voz lo mejor que puede – pero esperaba que Santa fuera a nuestra casa, al menos una vez, pero no para que nos dejara regalos, sino para que probara las galletas que haría especialmente para él. –

Rafael no puede creerlo.

A pesar de lo que su padre les dijo hace tiempo… Miguel Ángel sigue creyendo en Santa Claus.

Ahora, Santa Claus está frente a su hermanito, después de tantos años de esperarlo, pero no quiere ir a casa.

Los ojos humedecidos de Miguel Ángel es todo lo que necesita Rafael para que el cansancio desaparezca y emerja el coraje…

- ¿Y Leo? – regresa Donatelo al notar que su paciente no está.

… pero el coraje se va cuando se da cuenta que su hermano mayor no está con ellos.

Lo buscan con la mirada y lo encuentran enseguida.

Se ha quedado rezagado junto con el chico rubio.

Rafael se debate entre hacer lo quiere y lo que debe hacer.

Perderán valioso tiempo si permite que el coraje lo domine y ajuste cuentas con esos Guardianes por venir y hacer que su hermanito se hiciera ilusiones para después romperlas tan fácil como se rompe una copa de cristal.

- Déjalo Miguel. Ellos se pierden de probar tus galletas. Nuestro hermano nos necesita. -

Asiente Miguel Ángel, pero en sus ojos se reflejan que la tristeza oprime su corazón sin piedad.

- Olvídate de ellos. Nunca los necesitamos y no los necesitamos ahora. Los regalos que nos ha dado nuestro padre significan mucho más que cualquiera que Santa pudo habernos traído. -

Una sonrisa se ensancha en la cara de Miguel Ángel al comprender que Rafael dice la verdad.

Mira los cansados ojos dorados y después los apremiantes ojos color avellana, y vuelve a asentir.

Miguel Ángel, Donatelo y Rafael regresan por su hermano mayor decididos a regañarlo porque los ha preocupado.

- Tus palabras son muy ciertas, Rafael. – pero la voz de Norte los detiene.

- No tengo tiempo para tus sermones, Santa… -

- Por favor. -

Rafael ni los otros dos hallan la manera de decirle "no" a la suplicante mirada de Norte.

- Nosotros, los Guardianes, nos enaltecemos de cuidar a los niños de cada pueblo, de cada ciudad, de cada país, de cada continente… Sin embargo, a ustedes cuatro los abandonamos en el olvido. ¿Cómo es que ninguno de nosotros se percató de ustedes? Pudo deberse a la influencia maligna del Coco que rodeaba este lugar, o quizás por el simple hecho de vivir aquí abajo, porque la profundidad bloquea nuestra percepción. No puedo imaginar el miedo que debieron experimentar viviendo aislados completamente, y sobre todo, por el asedio incansable del Coco... –

- ¡Por supuesto que no tienes ni la más mínima idea de todo lo que hemos pasado! – Rafael encara a Norte – Pasamos hambre, frío y mucho miedo de ser descubierto por los humanos, pero mi padre hizo todo para mantenernos siempre abrigados y a salvo, y Leo nos enseñó cómo podíamos ahuyentar a las pesadillas, aunque nunca lo recordábamos porque el miedo siempre nos vencía y corríamos a refugiarnos con él. Pero ya somos grandes, y no les tememos ni a los humanos ni al Coco. -

- Y por ello – la voz y la cara de Norte ahora reflejan un sentimiento paternal - estoy orgulloso de ustedes. Son unos hermanos muy unidos. Se han protegido unos a otros, encarando todas las adversidades que han habido en sus jóvenes vidas. -

Rafael esperaba que el hombre del abrigo rojo se enfadara, pero no lo hizo; no sabe qué decir ahora.

Pero Norte sí lo sabe.

- Temíamos que El Coco se saliera con la suya, pero lo afrontaron maravillosamente. Nunca nos necesitaron y tampoco nos necesitan ahora, por eso debemos rechazar su amable invitación a comer galletas hechas en casa y a beber leche caliente. -

- Está bien. – dice Donatelo, tajante – Fue un gusto. – termina con la conversación y enseguida se vuelve para ir por su hermano.

Rafael lo sigue, pero no Miguel Ángel, como si esperara unas últimas palabras de Santa Claus.

Está feliz de haberle visto por primera vez, pero también está triste porque no irá a su casa.

- Hay algo que puedo hacer para aliviar tu tristeza. –

- ¿Sí? – Miguel Ángel vuelve a entusiasmarse.

Después de todo… ¡Santa si va a comer sus galletas! O… tal vez no vaya a su casa… ¡pero le va a dar su dirección para que se las envíe por correo!

- Nuestro encuentro lo recordarás como un sueño. -

- ¿Un sueño? –

Norte no responde esa pregunta, pero dice una palabra.

- Sandman… -

Sandman se acerca flotando hacia Miguel Ángel mientras en sus manos se forma una esfera de arena dorada.

- Ese Leo. – se queja Rafael – A nosotros nos regaña por cualquier cosa, pero él puede hacer lo que se le dé su gana. Está muriéndose de fiebre, pero el méndigo no se apura a ir al Acorazado. -

- Espera, Rafa. – Donatelo lo detiene.

- ¿Qué? -

- Leo sólo quiere su espacio. -

- ¿Espacio para qué? –

Voltea.

Leonardo está refugiado en los brazos de Ogima.

- Ah… - vuelve su mirada hacia Donatelo – Por eso. –

- No puedes culparlo por querer estar a solas con su amigo. –

- ¡Uf! – resopla Rafael de fastidio.

- Hay que concederles un momento. –

- Ya pasó el momento, y Leo puede empeorar. – dice Rafael con enojo más que con urgencia.

- Tienes razón, pero no tienes por qué enfadarte. –

- Lo que me encanija, es que Leo no nos haya dicho nada sobre las Pesadillas, ni el Coco, ni de su oso, ni cómo es que conoce a esos Guardianes. Somos sus hermanos, pero parece que confía más en ese oso parlanchín que en nosotros. -

- ¿Y por qué crees tú que no nos dijo nada al respecto?

Rafael quiere decir que porque los considera unos inmaduros y… hay algo de cierto.

Leonardo intentó muchas veces contarles leyendas japonesas, y muy seguramente aprovecharía para contarles sobre otras "leyendas", como la del Coco; pero nunca le prestaron atención por considerarlo un aburrido.

- Ok. No hemos puesto mucho de nuestra parte, y con Miguel tampoco. No sabía que seguía creyendo en el Señor Jojojojo; pero lo resolveremos después. El momento ya pasó. –

- Estoy de acuerdo contigo. –

Donatelo y Rafael se disponen a ir por su hermano mayor, cuando, por el rabillo del ojo, ven un destello dorado.

Voltean y ven a Miguel Ángel caer al piso, inconsciente.

- ¡Miguel! – se apresuran a regresar…

Pero el Conejo de Pascua se interpone en su camino.

- ¿Qué le han hecho a mi hermano? – Rafael desenfunda sus sais y Donatelo su vara bo.

- Aliviar su pena. – dice Conejo con tranquilidad – Cuando despierte mañana, será el mismo de siempre, o quizás sea más sonriente de lo que ya lo es. –

Sandman se aproxima llevando entre sus manos dos esferas formadas con arena dorada.

- ¿Qué quieres decir? – Donatelo se inquieta.

- Si le hubiesen prestado un poco de atención a su hermano Leo, lo sabrían. –

En el siguiente instante, Sandman arroja las esferas de arena dorada, Donatelo y Rafael levantan sus armas para rechazarlas, pero las esferas son mucho más veloces que sus movimientos.

Leonardo presiente que algo les ha ocurrido a sus hermanos…

Se aparta de Ogima bruscamente, sólo para descubrir que ellos están tirados en el piso y que Norte y Sandman se aproximan, pero sobre todo, llama su atención una esfera formada con arena dorada que el pequeño hombre lleva entre sus manos.

Los otros Guardianes van detrás de ellos.

Se detienen a unos escasos pasos del chico tortuga.

- Santa, ¿por qué? –

- Tú conoces la respuesta, pequeño Leo. -

- S… Sí. –

Leonardo baja los hombros resignándose a que, para mañana, cuando despierte, para él habrá sido como haber soñado con Pitch y los Guardianes.

- Será un bonito sueño que mis hermanos y yo atesoraremos por siempre. – dice con una pequeña sonrisa tratando de no desanimarse.

Norte asiente, pero se percata de la tristeza de Leonardo a pesar de la sonrisa, así que apremia a Sandman a que realice su deber.

- Meme… –

Sandman se prepara para golpear a Leonardo con la arena mágica.

- Nos recordarás como un dulce sueño, incluso a Ogima. -

- ¿Qué? – dicen sorprendidos tanto Leonardo como Ogima.

- Leo, tú nunca debiste averiguar lo que Ogima es en realidad. El poder de la magia radica en creer sin ver, y no a la inversa, como pregona ese viejo adagio. Esa es la razón por la que no permitimos que los niños nos vean. –

Leonardo quiere decir algo, pero el dolor que amenaza en desquebrajar una vez más su recién reparado corazón, no se lo permite.

- Cuando la arena mágica de Meme te lleve a un grato sueño, y despiertes, a Ogima, y todo lo que hayan vivido juntos, creerás que fue un hermoso sueño, y sólo eso. –

– Yo… - suplica Leonardo – Yo puedo creer que ustedes han sido un sueño, pero… no quiero que Ogima se convierta en un sueño… ¡por favor! -

- Es así como debe ser. -

Leonardo cierra los ojos y aprieta sus puños.

Su corazón late furiosamente dentro de su pecho porque va a desquebrajarse… Es como si su amigo volviese a morir y no habrá milagro que lo regrese a la vida…

¡No!

Será algo mucho peor, peor que la muerte.

- ¡No lo voy a permitir! –

Escucha un grito, y abre los ojos.

Ogima está entre él y Sandman.

- Yo no quiero que Leo me recuerde como un sueño. –

El Baku se rebela contra el destino que ya ha dictado Norte.

- Serás un bonito recuerdo de su infancia para este chico, Ogima. –

- No. –

- ¿No quieres ser como un oso de felpa común ante tu niño, porque finalmente se olvidará de ti y te abandonará? ¿Por eso desobedeces los designios de Hombre de la Luna? -

- No tengo miedo al olvido, Santa. -

- ¿Entonces? -

El Baku mira fijamente a Norte.

¿Es posible que haya olvidado que también fue un niño?

- ¿Por qué no puedes comprender los sentimientos de Leo? ¿Por qué no puedes comprender mis sentimientos? -

- Baku… -

Mientras Norte, sin perder su paciente voz paternal, le explica al Baku sobre el desarrollo que todo niño debe pasar, sobre lo importante que es que todo humano deba transitar por los juegos de la infancia, por la rebeldía de la adolescencia y la avidez de la juventud: para llegar a convertirse en un adulto sabio…

Jack recuerda que sucedió algo similar hace muchos años, algo sobre que los Guardianes están demasiado ocupados cuidando a los niños como para pasar tiempo con los niños.

- Norte... - trata de llamar su atención y decirle esto que ha recordado, pero…

- No quiero convertirme en un sueño. – sentencia Ogima, y entonces…

Un resplandor cubre completamente al Baku.

- ¡Está…! ¡Está cambiando! – exclama Norte muy sorprendido.

Los otros Guardianes miran pasmados la transformación del Baku.

- ¡Ogima! – dice Leonardo muy contento porque su hermanito tuvo razón.

Ogima puede "digievolucionar" por segunda vez…

Sólo que no va a poder ver la segunda transformación de su querido Baku, porque ha llegado al límite de sus fuerzas, y se desmaya.

- ¡Leo! –

Ogima se vuelve inmediatamente porque su protegido le necesita; consigue sostenerlo, lo deja con cuidado en el suelo, el brillo que lo envuelve desaparece, volviendo a ser un osito de peluche.

Leonardo entreabre los ojos y mira el sonriente rostro de su amiguito, antes de que una luz dorada envuelva todo a su alrededor.

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