Disclaimer: Ni Glee ni sus personajes me pertenecen. Esta historia es una adaptación.
Capítulo 7
Estoy sola, estoy enfadada, me siento mortificada y avergonzada.
También estoy caliente, de ahí la vergüenza.
Es por mi maldita culpa, desde luego. He estado jugando con fuego y lo sabía.
Quinn Fabray está fuera de mi alcance. Más aún, resulta peligrosa. ¿Por qué Brody se ha dado cuenta y yo no?
Pero sí me he dado cuenta.
La dureza de su mirada, la máscara que se coloca con tanta habilidad.
Lo primero que me dijo el instinto fue que enviara al cuerno a Quinn Fabray. ¿Por qué demonios no le hice caso? ¿Porque creí haber visto algo más de lo que había en realidad? ¿Porque yo también llevo una máscara y creí haber encontrado una especie de alma gemela? ¿Porque está como un tren y me deseaba abiertamente? ¿Porque una parte de mí ansía el peligro?
Cierro los ojos. Si esto fuera un test de opción múltiple tendría que marcar «todas las anteriores».
Me digo que da igual. Como mucho Quinn Fabray desea conquistarme del mismo modo que ha conquistado el mundo de la industria, pero por mucho que pueda anhelar el contacto de su cuerpo contra el mío, en este momento estoy convencida de que no debo permitir que eso ocurra. No me expondría de esa manera ante una mujer que solo pretende echar un polvo rápido. Qué demonios, no quiero mostrarme a nadie de ese modo.
No quiero escuchar las preguntas ni dar explicaciones. Guardo celosamente mis secretos.
Me desprendo de mis tacones de un puntapié y después echo la cabeza hacia atrás y mantengo los ojos cerrados. Doy gracias por la suavidad con la que se desplaza la limusina porque la cabeza me da ya suficientes vueltas.
El champán, que tan buena idea parecía en su momento, ahora se me antoja una estupidez.
Empiezo a adormilarme cuando el móvil me despierta bruscamente.
Doy un respingo y rebusco en mi bolso diminuto. No reconozco la llamada, pero si teniendo en cuenta que únicamente he dado mi nuevo número a Kurt y a Santana, no necesito un título en estadística para deducir que o es uno de ellos, desde otro teléfono, o se trata de un teleoperador.
—Estoy cansada —contesto, porque si es un teleoperador se lo merece.
—No me extraña —contesta una voz que me resulta familiar—. Me parece recordar que le recomendé que se lo tomara con calma.
—¡Señorita Fabray! ¿Cómo ha conseguido este número? —pregunto mientras me incorporo demasiado rápidamente.
—Quería escuchar su voz.
El tono de Fabray es grave y sensual. Cae sobre mí igual que calor líquido a pesar de todo lo que estuviera diciéndome a mí misma.
—Ah…
—Y también quiero verla otra vez.
Me obligo a respirar.
—Pues me verá mañana porque asistiré a la reunión —respondo convencida de que debo cortar esto de raíz.
—Aguardo ese momento con impaciencia. Quizá habría sido más prudente por mi parte esperar hasta entonces para hablar con usted, pero al imaginármela recostada en el asiento de cuero de mi limusina, relajada y algo bebida… Bueno, era una imagen que no podía pasar por alto.
Estoy hecha un lío. ¿Qué ha sido de la mujer que me depositó en este coche con tanta frialdad?
—Quiero verla otra vez —repite en tono más categórico.
No me molesto en fingir que no la entiendo. Está claro que no habla de asuntos de trabajo.
—¿Consigue siempre lo que quiere?
—Sí —responde sencillamente—. En especial cuando el deseo es mutuo.
—No lo es —miento.
—¿De verdad?
Percibo interés en su voz. Para ella esto no es más que un juego. Es lo que soy para ella: solo un juego. La idea me irrita y eso es bueno. Una Rachel irritada tiene mucho más autocontrol que una Rachel cansada.
—De verdad.
—¿Cómo se sentía cuando la dejé en la limusina?
Cambio de postura, incómoda. No sé adónde nos lleva esta conversación, pero estoy segura de que no me va a gustar.
—Barbra…
—¡No me llame así! —espeto.
—Muy bien, Rachel —contesta como si supiera que está curando una herida muy profunda—. ¿Cómo se sentía cuando la dejé en la limusina?
—Muy disgustada, y usted lo sabía perfectamente.
—¿Porque la estaba enviando a casa sola en una limusina? ¿O porque la estaba enviando a casa sola en una limusina para poder atender una cita con una mujer hermosa?
—Por si no se ha fijado, apenas nos conocemos. Tiene todo el derecho de salir con quien quiera y cuando quiera.
—Y usted tiene todo el derecho de sentirse celosa.
—No estoy celosa y no tengo derecho a estarlo. Permítame que le recuerde lo principal: apenas la conozco.
—Ya veo. ¿Eso significa que el hecho de que nos deseemos mutuamente no cuenta? ¿Y tampoco cuenta que haya hecho que se excitara, que tuviera su sexo en mi mano y la hiciera gemir?
Está a punto de hacerme gemir de nuevo, pero me las arreglo para mantener un valiente silencio.
—Está bien —prosigue—, dígame, ¿qué nivel de intimidad es necesario alcanzar para que los celos puedan asomar la cabeza?
—Mire, señorita Fabray, esta noche he bebido más champán que en toda mi vida. No tengo intención de responder a semejante pregunta.
Se echa a reír, y su risa suena fresca y auténtica. Me gusta. Y sí, también me gusta Quinn Fabray. No es como esperaba, pero tiene algo fascinante, y no se trata de que esté como un queso ni de que haya hecho que me excitara hasta casi correrme. Parece una mujer que se halla cómoda consigo mismo. Me recuerda a Claire, cuando dijo que si a sus invitados no les gustaba cómo organizaba las fiestas ya se podían largar y se quedó tan ancha. Me dejó boquiabierta, pero me impresionó favorablemente. En cambio, a mi madre le habría dado un infarto allí mismo.
Por lo que estoy viendo, Quinn Fabray comparte esta misma actitud pero la lleva al extremo.
—Se llama Giselle —me dice, con su suave voz—. Es la propietaria de la galería de arte que expone las obras de Bernie.
—Creía que era Claire la que se encargaba de eso.
—Claire ha organizado la fiesta porque se ha convertido en una especie de mecenas para Bernie, pero mañana los cuadros volverán a la galería de Giselle. Hace más de una semana que anoté en mi agenda la cita de esta noche con ella y con su marido. Se trata de un asunto de negocios que no podía dejar de atender, pero he salido un momento para llamarla.
—Ah… —«Su marido»—. Ah…
Por un lado, me revienta ser tan transparente; pero por el otro Fabray me ha llamado para tranquilizarme, y lo gentil del gesto me conmueve.
Naturalmente no debería permitirlo. Debería ser fuerte y decirle que no tenía que haberse molestado. Es necesario cortar de raíz cualquier cosa que haya surgido entre nosotras.
—¿Dónde está ahora? —pregunto haciendo caso omiso de mis propios y sabios consejos.
—En el Sur la Mer —dice, refiriéndose a un bar y restaurante de Malibú tan distinguido que incluso yo he oído hablar de él.
—Tengo entendido que es fantástico.
—La cocina es exquisita, pero lo que marca la diferencia es el ambiente. Resulta encantador a la par que íntimo. Es el lugar idóneo para tomar una copa y hablar de negocios sin que a uno lo puedan escuchar. O para hablar de otras cosas que no sean negocios.
Su voz ha recuperado cierto tono de intimidad, y siento un leve cosquilleo.
—Y ¿está ahí exclusivamente por negocios?
Su risa sofocada es como una sacudida.
—Le aseguro que entre mis compromisos no figura una aventura con Giselle y su marido. No me interesan los hombres y tampoco las mujeres casadas.
No digo nada.
—Quiero verla de nuevo, Rachel. Creo que la comida de aquí le gustará.
—¿Solo la comida? —En mi cabeza, las palabras habían resultado juguetonas, pero dichas en voz alta han resultado dulces y provocativas.
Cierro los ojos e intento mantener el equilibrio antes de precipitarme por esa resbaladiza pendiente.
—Bueno, el café tampoco está mal.
—Me gusta el café —reconozco y respiro hondo—, pero no me parece buena idea.
—Miles de plantadores de café de todo el mundo discreparían de usted.
—Cenar, café, una cita con usted… No creo que sea buena idea.
—¿De verdad? Yo la encuentro sumamente atrayente.
—Señorita Fabray…
—Señorita Berry… —dice, y puedo percibir la sonrisa en su voz.
—Es usted exasperante.
—Eso me han dicho, pero prefiero la palabra persistente. No acepto un no por respuesta.
—A veces no hay otra respuesta.
—Puede, pero esta no es una de esas veces.
No puedo evitar sonreír mientras me pongo cómoda sobre la suave tapicería de cuero.
—¿Ah, no? Creo que olvida que soy yo la que dice sí o no. Además, ya le he dado mi respuesta y no tengo intención de cambiar de parecer.
—¿No?
—Lo siento, señorita Fabray, pero me temo que acaba de encontrarse con la horma de su zapato.
—La verdad es que espero que así sea, señorita Berry.
Frunzo ligeramente el entrecejo mientras intento adivinar adónde quiere llevar la conversación. Sé perfectamente que no está dispuesta a ceder.
Para ser sincera, me decepcionaría que fuera de otro modo.
—Se lo pregunté antes y evitó contestar, así que permítame insistir: ¿se siente atraída hacia mí?
—¿P… Perdón?
Su risa resulta grave y sedosa.
—Estoy segura de que me ha entendido, pero en aras del juego limpio le repetiré la pregunta lenta y claramente: ¿se siente atraída por mí?
Abro la boca para decir algo pero no tengo la menor idea de qué debo contestar.
—No se trata de una pregunta con trampa —me dice, aunque sé que lo es.
—Sí —digo al fin porque es la verdad y porque no me cabe duda de que lo sabe—. Pero ¿y qué? Ya me dirá qué mujer en sus cabales de este planeta no lo estaría. Aun así, no voy a salir con usted.
—Siempre consigo lo que quiero, Rachel. Creo que es mejor que lo sepa desde el principio.
—¿Y lo que quiere es cenar conmigo? Pensaba que alguien de su posición desearía algo un poco más impresionante. Como colonizar Marte, por ejemplo.
—Cenar es solo el principio. Quiero tocarla —dice en tono grave y autoritario—. Quiero recorrer todo su cuerpo con mis manos. Quiero acabar lo que empezamos, señorita Berry. Quiero hacer que se corra.
Buenas!
Un capítulo más, esta vez más corto.
Hoy tengo algo que decir, y es que mi móvil, no sé por qué, no me avisa de los reviews y cuando me meto a ver hay a lo mejor 2 o 3. Pero resulta que cuando me meto al ordenador me aparecen otros que no tengo en el móvil y que son de días atrás que antes tampoco me aparecían en el ordenador. Y lo mismo me pasa con el ordenador, me aparecen mensajes sin parar y no me salen los que tengo en el móvil desde días anteriores. Así que si me habéis preguntado algo y aún no os he contestado que sepáis que es por eso.
Por cierto, en la N/A del pasado capítulo dije que os contestaría a vuestras preguntas por mensaje privado, pues lo hice, y luego resulta que cuando entré al día siguiente tenía más comentarios del día anterior que no contesté porque hasta ese momento, como antes he comentado, no me aparecieron. Así que ahora os contestaré a todos.
Gracias por los mensajes de apoyo, me han encantado y me encanta que os guste la historia!
Besos, hasta el lunes! :D
