Lamento haber tardado tanto en escribir, pero se me ha estropeado el ordenador, y este capitulo, al que solo le faltaban dos párrafos para terminar se me borro entero. Otra vez disculpas, y agradezco los mensajes de apoyo que me habéis enviado.
Ahora espero que disfrutéis de este capítulo, y con respecto a cuando va a aparecer Percy, lamento deciros que todavía falta bastante para eso.
Un beso: Natilovebooks
-"Bien, ¿Quién quiere leer?"- Pregunto Piper alzando la voz sobre los murmullos que se propagaban por la sala debido al último capítulo.
-"Yo leeré"- Dijo Hermes haciendo aparecer el libro en sus manos.
-"Estropeo un autobús en perfecto estado"- Leyó el dios de los ladrones –"¿Por qué estropear un autobús?"- Pregunto Hermes mirando hacia Annabeth y Grover.
-"No fuimos nosotros"- Dijo Annabeth encogiéndose de hombros.
No tardé mucho en recoger mis cosas. Decidí que el cuerno del Minotauro se quedase en la cabaña, lo que me dejaba sólo una muda y un cepillo de dientes que meter en la mochila que me había buscado Grover.
-"Eso no es mucho"- Dijo Thalía con una mueca. –"Ni siquiera lleva arma"
En la tienda del campamento me prestaron cien dólares y veinte dracmas de oro. Estas monedas, del tamaño de galletas de aperitivo, representaban las imágenes de varios dioses griegos en una cara y el edificio del Empire State en la otra.
-"¿Eso son como los denarios?"- Pregunto una hija de Venus. Los griegos asintieron en afirmación.
Los antiguos dracmas que usaban los mortales eran de plata, nos dijo Quirón, pero los Olímpicos sólo utilizaban oro puro. Quirón también dijo que las monedas podrían resultar de utilidad para transacciones no mortales, fueran lo que fuesen.
-"Pues transacciones con personas de nuestro mundo, si es que a veces de verdad pienso que tiene algas en lugar de cerebro"- Dijo Thalía ganándose la risa de todos en la sala.
-"¿Solo a veces?"- Pregunto Nico levantando una ceja. -"Siempre tiene algas en el cerebro"- Dijo produciendo otra ronda de risas.
Nos dio a Annabeth y a mí una cantimplora de néctar a cada uno y una bolsa con cierre hermético llena de trocitos de ambrosía, para ser usada sólo en caso de emergencia, si estábamos gravemente heridos. Era comida de dioses, nos recordó Quirón.
-"Es siempre tan deliciosa"- Dijeron Apolo y Hermes con una mirada soñadora mientras se les caía la baba.
-"Claro que siempre es deliciosa idiotas, coge el gusto de lo que más te gusta en el mundo"- Dijo Artemisa dándoles a los dos un golpe en la parte de atrás de la cabeza provocando una gran carcajada general.
Nos sanaría prácticamente de cualquier herida, pero era letal para los mortales. Un consumo excesivo nos produciría fiebre. Una sobredosis nos consumiría, literalmente.
-"¿Alguna vez ha pasado?"- Preguntó Leo, siendo como siempre demasiado curioso. Quirón solo asintió con pesadumbre y volvió a mirar a Hermes para que continuara la lectura, lo cual hizo de inmediato.
Annabeth trajo su gorra mágica de los Yankees, que al parecer había sido regalo de su madre cuando cumplió doce años.
-"Gracias por eso mamá."- Dijo Annabeth con una pequeña sonrisa. Atenea le sonrío con cariño, ella era sin duda una de sus hijas más talentosas.
Llevaba un libro de arquitectura clásica escrito en griego antiguo, para leer cuando se aburriera,
-"¿En serio esperabas leer en una misión?"- Pregunto Thalía con una sonrisa burlona a su mejor amiga. Annabeth solo hizo un mohín causando la risa de muchos a su alrededor.
Y un largo cuchillo de bronce, oculto en la manga de la camisa. Estaba convencido de que el cuchillo nos delataría en cuanto pasáramos por un detector de metales.
-"¿Qué voy a hacer contigo sesos de alga?"- Murmuró Annabeth con una sonrisa.
Por su parte, Grover llevaba sus pies falsos y pantalones holgados para pasar por humano. Iba tocado con una gorra verde tipo rasta, porque cuando llovía el pelo rizado se le aplastaba y dejaba ver la punta de los cuernecillos.
-"Bueno, ya no son cuernecillos"- Dijo Thalía con una sonrisa que Grover correspondió gustoso.
Su mochila naranja estaba llena de pedazos de metal y manzanas para picotear. En el bolsillo llevaba una flauta de junco que su padre cabra le había hecho, aunque sólo se sabía dos canciones: el Concierto para piano n. ° 12 de Mozart y So Yesterday de Hilary Duff, y ninguna de las dos suena demasiado bien con la flauta de Pan.
-"Menos mal que mejoro con la bendición de lo salvaje porque no se yo si habríamos aguantado más escuchando eso"- Dijo Travis en un susurro a su hermano que intento reprimir una carcajada.
Nos despedimos de los otros campistas, echamos un último vistazo a los campos de fresas, el océano y la Casa Grande, y subimos por la colina Mestiza hasta el alto pino que antaño fuera Thalía, la hija de Zeus.
-"No puedes dejar de mencionarlo verdad"- Dijo la hija de Zeus con disgusto ganándose risitas de lo que la oyeron.
Quirón nos esperaba sentado en su silla de ruedas. Junto a él estaba el tipo con pinta de surfero que había visto durante mi pasaje por la enfermería. Según Grover, el colega era el jefe de seguridad del campamento. Al parecer tenía ojos por todo el cuerpo, así que era imposible sorprenderlo. No obstante, como hoy llevaba un uniforme de chófer, sólo le vi unos pocos en manos, rostro y cuello.
-"¿Cómo vera?"- Pregunto una hija pequeña de Atenea. Todos la miraron estupefactos excepto los otros hijos de Atenea que habían entendido la pregunta, por lo que se apresuró a explicarse:
-"Me refiero a como recibirá la imagen. Nosotros tenemos dos ojos y vemos solo los que está al alcance de ellos, es decir hacia delante, pero como vera Argos, es decir él tiene ojos incluso en la planta de los pies y en la lengua, no se puede hacer una buena imagen con eso, ¿o sí?"- Dijo la pequeña sin aliento.
-"La verdad es que no lo sé, podríamos preguntarle a Argos cuando volvamos"- Dijo Quirón dándole una sonrisa a la campista, que la correspondió gustosa.
—Éste es Argos —me dijo Quirón—. Os llevará a la ciudad y… bueno, os echará un ojo.
-"La peor broma que le he escuchado a Quirón"- Dijo Hermes produciendo que el viejo centauro se sonrojara.
Oí pasos detrás de nosotros.
Luke subía corriendo por la colina con unas zapatillas de baloncesto en la mano.
— ¡Eh! —jadeó—. Me alegro de pillaros aún.
— Annabeth se sonrojó, como siempre que Luke estaba cerca
-"Eso no es verdad"- Dijo Annabeth completamente roja, mientras a su alrededor todos sus amigos se reían.
—. Sólo quería desearos buena suerte — me dijo—. Y pensé que… a lo mejor te sirven.
-"Si claro"- Dijo Grover malhumorado recordando el miedo que había pasado cuando las zapatillas lo arrastraron hasta la entrada al Tártaro.
Me tendió las zapatillas, que parecían bastante normales. Incluso olían bastante normal.
-"¿Cuál es el olor de unas zapatillas normales?"- Pregunto Leo con una sonrisa divertida.
-"Pues ya sabes, el da las tuyas no"- Dijo Piper produciendo una risa general.
—Maya! —dijo Luke.
Los zapatos de Hermes comenzaron a volar –"Maya"- Grito el dios, y volvió a su asintió como si nada hubiera pasado, sin darse cuenta de la sonrisa traviesa del dios del Sol.
-"Maya"- Grito Apolo. Hermes volvió a elevarse
-"Maya"
-"Maya"
-"Maya"
-"Basta"- Dijo Zeus mirando a los dos dioses que se estaban riendo como niños pequeños, al igual que la mayoría de los semidioses de la sala.
De los talones de los botines surgieron alas de pájaro blancas. Di un respingo y las dejé caer. Las zapatillas revolotearon por el suelo hasta que las alas se plegaron y desaparecieron.
— ¡Alucinante! —musitó Grover.
-"Al final no era tan alucinantes"- Se quejó Grover.
Luke sonrió.
— A mí me fueron muy útiles en mi misión. Me las regaló papá. Evidentemente, estos días no las utilizo demasiado… —Entristeció la expresión.
-"Genial, ¿sabes la cantidad de bromas que se pueden hacer con unas zapatillas como esas?"- Dijeron los hijos de Hermes/Mercurio, y se sonrieron entre sí, con un brillo travieso en los ojos provocando que el resto de los semidioses se quejaran, sabiendo que esto solo podía significar el doble de bromas.
No sabía qué decir. Luke ya se había enrollado bastante viniendo a despedirse. Me preocupaba que me guardara rencor por haberme llevado tanta atención en los últimos días. Pero allí estaba, entregándome un regalo mágico… Me sonrojé tanto como Annabeth.
-"Eso es mucho"- Dijo Thalía con una sonrisa dirigida a cierta hija de Atenea, que como respuesta solo le saco la lengua.
— Eh, tío —dije—. Gracias.
— Oye, Percy… — Luke parecía incómodo—. Hay muchas esperanzas puestas en ti. Así que… mata algunos monstruos por mí, ¿vale?
-"Lástima que sus esperanzas eran que no sobreviviera"- Murmuro Clarisse.
Nos dimos la mano. Luke le dio una palmadita a Grover entre los cuernos y un abrazo de despedida a Annabeth, que parecía a punto de desmayarse.
- "Eso no es verdad"- Se quejó Annabeth.
-"Lamento decirte esto Annabeth"- Dijo Grover con una sonrisa -"Pero si lo parecías"- Termino el sátiro entre risas de los demás y una mirada furibunda de la hija de Atenea.
Cuando Luke se hubo marchado, le dije:
—Estás hiperventilando.
La sala estallo en carcajadas muy a pesar de Annabeth, la cual consiguió una pequeña sonrisa al recordar sus típicas peleas con su sesos de alga.
—De eso nada.
—Pero ¿no le dejaste capturar la bandera a él en lugar de ir tú?
—Oh… Me pregunto por qué querré ir a ninguna parte contigo, Percy.
-"Es lo que me estoy preguntando yo"- Masculló Atenea para sí misma.
Descendió por el otro lado de la colina con largas zancadas, hacia donde una furgoneta blanca esperaba junto a la carretera. Argos la siguió, haciendo tintinear las llaves del coche.
Recogí las zapatillas voladoras y de pronto tuve un mal presentimiento. Miré a Quirón.
—No me aconsejas usarlas, ¿verdad?
-"Espera, ¿Es posible que nuestro sesos de alga haya dicho algo inteligente?"- Pregunto Thalía con asombro.
-"Esto hay que registrarlo en un libro"- Dijo Nico apuntándolo en una libreta con una sonrisa divertida.
Negó con la cabeza.
—Luke tenía buena intención, Percy. Pero flotar en el aire… no es lo más sensato que puedes hacer.
Meneé la cabeza, pero entonces se me ocurrió una idea.
-"Guau, esto ya son dos acontecimientos inteligentes en un solo día, apuntalo Zombieman"- Dijo Thalía.
-"Claro cara pino"- Dijo Nico con una sonrisa divertida mientras todos se reían de las payasadas de los dos primos.
—Eh, Grover, ¿las quieres tú?
Eso fue muy amable, pensaron las cazadoras, sobretodo Artemis y Zoe. Tal vez, este chico no sea tan malo como los otros, pensó la teniente de Artemisa.
Se le encendió la mirada.
—¿Yo?
-"No, el otro Grover que estaba a tu lado. Por supuesto que eres tu chico cabra"- Dijo Rachel con una sonrisa sarcástica.
En poco tiempo atamos las zapatillas a sus pies falsos, y el primer niño cabra volador del mundo quedó listo para el lanzamiento.
La sala estallo en carcajadas, incluso Grover se río un poco.
—Maya! —gritó.
-"Maya"- Repitió Hermes para parar sus zapatillas.
Despegó sin problemas, pero al poco se cayó de lado, desequilibrado por la mochila. Las zapatillas aladas seguían aleteando como pequeños potros salvajes.
— ¡Práctica! —le gritó Quirón por detrás—. ¡Sólo necesitas práctica!
— ¡Aaaaah! —Grover siguió volando en zigzag colina abajo, casi a ras del suelo, como un cortador de césped poseso, en dirección a la furgoneta.
La gente en la sala no podía dejar de reír.
Antes de seguirlo, Quirón me agarró del brazo.
—Debería haberte entrenado mejor, Percy —dijo—. Si hubiera tenido más tiempo… Hércules,
Hércules sonrió con petulancia, a lo que lo demás héroes solo pusieron los ojos en blanco y le ignoraron.
Jasón… todos recibieron más entrenamiento.
—No pasa nada. Sólo que ojalá… —Me detuve en seco, porque iba a sonar como un mocoso.
-"Siempre suena como un mocoso"- Dijo Clarisse.
Ojalá mi padre me hubiera dado un objeto mágico guay que me ayudara en la misión, algo tan bueno como las zapatillas voladoras de Luke o la gorra de invisibilidad de Annabeth.
—Pero ¿dónde tengo la cabeza?
-"Sobre los hombros"- Respondió Leo. Todos a su alrededor soltaron risitas.
— Exclamó Quirón—. No puedo dejar que te vayas sin esto.
Sacó algo del bolsillo del abrigo y me lo entregó. Era un bolígrafo desechable normal y corriente, de tinta negra y con tapa. Probablemente costaba treinta centavos.
—Madre mía —dije—. Gracias.
Nadie pudo evitar reírse.
-"He aquí a nuestro capitán sarcasmo, nuestro Percy de siempre."- Dijo Thalía con una sonrisa cariñosa.
—Es un regalo de tu padre. Lo he guardado durante años, sin saber que te estaba destinado. Pero ahora la profecía se ha manifestado claramente. Eres tú.
-"Si era tan claro, entonces ¿Porque pensabas que era yo cuando volví?" – Pregunto Thalía sin hacer caso de las miradas confusas que le daban los romanos.
-"Porque en ese entonces Percy era el único hijo de los tres grandes. No conocíamos la existencia de Nico y Bianca y tú eras un árbol"- Dijo Quirón con una sonrisa divertida al ver a su alumna sonrojarse por la obviedad de la respuesta.
Recordé la excursión al Museo Metropolitano de Arte, cuando pulvericé a la señora Dodds. Quirón me había lanzado un boli que se convirtió en espada. ¿Sería aquél…?
Le quité la tapa, y el bolígrafo creció y se volvió más pesado en mi mano. Al instante siguiente sostenía una espada de bronce brillante y de doble filo, con empuñadura plana de cuero tachonado en oro.
Hércules miró sospechosamente al libro, recordando la espada que le había dado la inocente de Zoe.
Era la primera arma equilibrada que empuñaba.
—La espada tiene una larga y trágica historia que no hace falta que repasemos —dijo Quirón—. Se llama Anaklusmos.
-"Esa es mi espada"- Saltó Hércules, haciendo que todos le miraran.
-"¿Qué hace ese debilucho con mi espada?"- Gritó el héroe de antaño mirando en dirección a Quirón, quién frunció el ceño ante la reacción del que fue uno de sus mejores alumnos. Los amigos de Percy le fulminaron con la mirada, Percy no era un debilucho.
-"Cuidado con lo que dices idiota"- Dijo Thalía con los dientes apretados, mirando con furia al que desgraciadamente era su medio hermano.
Todos los semidioses le miraban críticamente, los griegos porque sabían que todo lo que había hecho Percy, y en su descripción no encajaba debilucho. Los romanos, porque Percy era su héroe, los había salvado de un gigante y era su nuevo pretor.
-"¿Cómo dices?"- Preguntó molesto el hijo de Zeus –"Quiero saber porque el engendro de Poseidón tiene mi espada, no se la merece, no está a mi nivel"- Dijo elevando aún más la voz.
Los amigos de Percy, de ambos campamentos y los otros tres héroes del pasado se levantaron, excepto Hazel, la cual tenía al pequeño Percy sentado en las rodillas, y se enfrentaron a Hércules, el cual les miraba con desprecio.
-"Percy está mucho más allá de tu nivel" – Dijo Annabeth.
-"Me encantara ver como lloras por clemencia cuando llegue, tiene una cuenta pendiente contigo"- Se rio Nico mirando con lástima al hijo de Zeus, imaginándoselo después de que Percy acabara con él.
-"Si claro, el será el que me suplique, no sé cómo podéis apreciar a ese enclenque"- Dijo Hércules riéndose y con Octavian dándole la razón en silencio. Los amigos más cercanos de Percy ya se iban a adelantar para golpearlo cuando Hazel se interpuso entre ellos con Percy cogido de la mano, mirando con curiosidad a todos.
-"Ya basta. A Percy no le gustaría que nosotros peleáramos sus batallas"- Dijo la hija de Plutón con voz autoritaria.
Todos los semidioses fulminaron con la mirada a Hércules por última vez y se volvieron a sentar. El hijo de Zeus también se sentó con aires petulantes. Los únicos que quedaban de pie eran los cuatro héroes de antaño y Hazel. Ellos se acercaron a ella y Teseo le susurro algo en el oído, ella sonrió antes de asentir. Se agachó hasta quedar a la altura de Percy y le dio un beso en la mejilla lo que provoco que el pequeño hiciera una mueca de asco pero sonriera.
Perseo le cogió de la mano y le guio hasta sus asientos, seguido por Teseo, Orión y Aquiles, que miraron sonrientes al hijo pequeño de Poseidón.
— Contracorriente —traduje, sorprendido de que el griego clásico me resultara tan sencillo.
— Úsala sólo para emergencias, y sólo contra monstruos. Ningún héroe debe hacer daño a los mortales a menos que sea absolutamente necesario, pero esta espada no los lastimará en ningún caso.
-"Nunca he entendido mucho eso"- Dijo Leo.
-"Tu nunca has entendido mucho de nada Leo."- Dijo Piper con una mirada cariñosa
Miré la afiladísima hoja.
— ¿Qué quiere decir con que no lastimará a los mortales? ¿Cómo puede no hacerlo?
-"Eso es lo que yo digo"- Dijo Leo.
-"No te preocupes, se lo voy a explicar"- Dijo Quirón mirando en su dirección.
— La espada está hecha de bronce celestial. Forjado por los cíclopes, templado en el corazón del monte Etna y enfriado en las aguas del río Lete. Es letal para los monstruos y para cualquier criatura del inframundo, siempre y cuando no te maten primero, claro. Sin embargo, a los mortales los atraviesa como una ilusión; sencillamente, no son lo bastante importantes para que la espada los mate.
-"Sigo sin entender"- Murmuró Leo.
-"Ehhh"- Se quejó Rachel –"Los mortales somos importantes."
¡Ah!, y he de advertirte otra cosa: como semidiós, puedes perecer tanto bajo armas celestiales como normales. Eres doblemente vulnerable.
-"Eso es genial"- Dijo Nico con una sonrisa sarcástica.
—Es bueno saberlo.
—Ahora tapa el boli.
-"Eso suena raro"- Murmuró Dakota
Toqué la punta de la espada con la tapa del bolígrafo y Anaklusmos se encogió hasta convertirse de nuevo en bolígrafo. Me lo metí en el bolsillo, un poco nervioso porque en la escuela era famoso por perder bolis.
-"Y que lo digas"- Dijo Grover – "En un día podía llegar a perder dos bolis"- Añadió riéndose.
— No puedes —dijo Quirón.
-"Hasta Quirón sabía que Percy era famoso por perder bolis"- Se rio Grover.
-"Por supuesto. Más de una vez me pidió uno en clase"- Dijo Quirón con una sonrisa cariñosa.
— ¿Qué no puedo?
— Perderlo —dijo—. Está encantado. Siempre reaparecerá en tu bolsillo. Inténtalo.
-"Eso es genial"- Dijo Leo.
-"Así que es por eso que no se molestó cuando se la robamos, volvió antes de que se diera cuenta"- Se quejaron los Stoll. Todos se rieron de sus payasadas.
Me mostré receloso, pero lancé el bolígrafo tan lejos como pude colina abajo y lo vi desaparecer entre la hierba.
— Puede que tarde unos instantes —dijo Quirón—. Ahora mira en tu bolsillo.
Y, en efecto, el boli estaba allí.
— Vale, esto sí que mola —admití—, pero ¿qué pasa si un mortal me ve sacando la espada?
Quirón sonrió.
— La niebla siempre ayuda, Percy.
— ¿La niebla?
-"¿Por qué será tan lento?"- Pregunto Thalía con una sonrisa.
-"Vamos Thalía, sabes que si no fuera así no sería nuestro sesos de algas"- Se rio Annabeth.
— Sí. Lee la Ilíada. Está llena de referencias a ese asunto. Cada vez que los elementos monstruosos o divinos se funden con el mundo mortal, generan niebla, y ésta oscurece la visión de los humanos. Tú, siendo mestizo, verás las cosas como son, pero los humanos lo interpretarán de otra manera. Es increíble hasta dónde pueden llegar los humanos con tal que las cosas encajen en su versión de la realidad.
-"Es cierto, te acuerdas de Tifón"- Dijo Rachel, todos los semidioses que lo habían visto asintieron con la cabeza mientras que los dioses se pusieron nerviosos. Tifón no es el adversario más fácil.
Me metí Anaklusmos otra vez en el bolsillo.
Por primera vez sentí que la misión era real. Estaba abandonando la colina Mestiza. Me dirigía al oeste sin supervisión adulta, sin un plan de emergencia alternativo, ni siquiera un teléfono móvil (Quirón nos había contado que los monstruos podían rastrear los móviles; llevar uno sería peor que lanzar una
bengala). Yo no tenía otra arma más poderosa que una espada para luchar contra monstruos y llegar al Mundo de los Muertos.
-"Dicho así suena imposible"- Dijo Leo en un murmullo.
-"Pues se pone aún peor"- Dijeron Annabeth y Grover.
—Quirón, cuando dices que los dioses son inmortales… Me refiero a que… hubo un tiempo antes de ellos, ¿no? —pregunté.
-"Enserio, de todos los momentos que tiene para hablar de eso con Quirón, escoge este para ponerse filosófico"- Se quejó Thalía. –"Ah y Zombieman, apunta, esto ya son demasiados actos inteligentes como para dejarlos pasar" Todos se rieron de los dos primos los cuales estaban muy ocupados escribiendo en la libreta.
— Hubo cuatro edades antes de ellos. La Era de los Titanes fue la Cuarta Edad, a veces llamada Edad de Oro, nombre que desde luego no le hace justicia. Esta, la era de la civilización occidental y el mandato de Zeus, es la Quinta.
— ¿Y cómo era… antes de los dioses?
Quirón apretó los labios.
—Ni siquiera yo soy tan viejo como para acordarme de eso, niño, pero sé que fue una época de oscuridad y barbarie para los mortales.
-"¿Cuántos años tienes Quirón?"- Pregunto Katie mirando hacia el viejo centauro.
-"Solo te diré que son más años de los que velas se pueden poner en una tarta"- Dijo Quirón con una sonrisa divertida haciendo reír a todos en la sala.
Cronos, el señor de los titanes, llamó a su reinado la Edad de Oro porque los hombres vivían inocentes y libres de todo conocimiento. Pero eso no era más que propaganda. Al rey de los titanes poco le importaban los de tu especie, salvo como entremeses o como fuente de entretenimiento barato. Hasta los primeros tiempos del reinado de Zeus, cuando Prometeo, el titán bueno, entregó el fuego a la humanidad, tu especie no empezó a progresar, y Prometeo fue considerado un pensador radical incluso entonces. Zeus lo castigó severamente, como recordarás. Por supuesto, al final los humanos empezaron a caer simpáticos a los dioses, y así nació la civilización occidental.
— Pero ahora los dioses no pueden morir, ¿no? Quiero decir, mientras la civilización occidental siga viva, ellos seguirán también. Así que… aunque yo fracase, nada podría ir tan mal como para que se desmadre todo, ¿no?
-"Lamento decirte esto Percy, pero si tu hubieras fracasado no estaríamos aquí"- Dijo Quirón solemnemente. Los romanos se miraron los unos a los otros preguntándose que más había hecho su nuevo pretor, mientras que Hércules apretaba los dientes con furia, al pensar que su viejo mentor prefería al engendro de Poseidón que a él.
Quirón me sonrió con melancolía.
—Nadie sabe cuánto tiempo durará la Edad del Oeste, Percy. Los dioses son inmortales, sí. Pero también lo eran los titanes. Y siguen existiendo, encerrados en sus distintas prisiones, obligados a soportar dolor y castigos interminables, reducido su poder, pero aún vivitos y coleando. Que las Parcas impidan que los dioses sufran jamás una condena tal, o que nosotros regresemos a la oscuridad y el caos del pasado. Lo único que podemos hacer, niño, es seguir nuestro destino.
—Nuestro destino… suponiendo que sepamos cuál es.
-"El suyo es uno de los más complicados que he visto"- Dijo Quirón con una mirada triste. Poseidón miró a su hijo preocupado, pero no pudo evitar sonreír al verlo jugando y riendo con los héroes de antaño.
—Relájate y mantén la cabeza despejada. Y recuerda: puede que estés a punto de evitar la mayor guerra en la historia de la humanidad.
-"Esa es una muy buena forma de relajar a cualquier persona Quirón"- Dijo Apolo con diversión, provocando que todos se echaran a reír.
—Relájate —repetí—. Estoy muy relajado.
Cuando llegué al pie de la colina, volví la vista atrás. Bajo el pino que había sido Thalía, hija de Zeus, Quirón se erguía en toda su altura de hombre caballo y nos despidió levantando el arco. La típica despedida de campamento del típico centauro.
-"Lo típico"- Dijeron Will, los Stoll, Nico y Leo, restándole importancia con la mano, causando la risa de los demás.
Argos nos condujo a la parte oeste de Long Island. Me pareció raro volver a una autopista, con Annabeth y Grover sentados a mi lado como si fuéramos compañeros de coche habituales. Tras dos semanas en la colina Mestiza, el mundo real parecía pura fantasía. Descubrí que me quedaba embobado mirando cada McDonald's, a cada chaval en la parte trasera del coche de sus padres, cada valla publicitaria y cada centro comercial.
Los demás no pudieron evitar echarse a reír.
— De momento bien —le dije a Annabeth—. Quince kilómetros y ni un solo monstruo.
-"Eso da mala suerte, sesos de alga"- Dijeron los dos primos en total sincronía, produciendo risitas a su alrededor.
Me lanzó una mirada de irritación. Luego dijo:
— Da mala suerte hablar de esa manera, sesos de alga.
-"Eso fue raro"- Dijo Nico mirando a Annabeth.
— Recuérdamelo de nuevo, ¿vale? ¿Por qué me odias tanto?
— No te odio.
-"Si claro, y yo soy todo caricias y ternura"- Dijo Clarisse provocando la risa de todo el mundo.
— Pues casi me engañas.
-"Hasta Prissy se ha dado cuenta"- Dijo la hija de Ares produciendo el sonrojo de Annabeth y las risas del resto de semidioses.
Dobló su gorra de invisibilidad.
—Mira… es sólo que se supone que no tenemos que llevarnos bien. Nuestros padres son rivales.
-"Si lo supieras, se pasan todas las reuniones discutiendo, parecen un viejo matrimonio"- Dijo Afrodita con una sonrisa. Ambos dioses la fulminaron con una mirada.
— ¿Por qué?
— ¿Cuántas razones quieres? —Suspiró—. Una vez mi madre sorprendió a Poseidón con su novia en el templo de Atenea, algo sumamente irrespetuoso.
-"Sumamente"- Repitió Atenea en dirección al dios del mar.
-"No fue mi culpa, ella me engaño"- Dijo Poseidón sorprendiendo a Atenea.
-"Si eso fuera verdad, ¿Por qué no lo explicaste antes?"- Dijo la diosa con una sonrisa, pensando que el dios le había mentido.
-"Lo intenté, pero no me dejaste, así que con los cientos de años, deje de intentarlo."- Dijo Poseidón encogiéndose de hombros, dejando confusa a Atenea.
En otra ocasión, Atenea y Poseidón compitieron por ser el patrón de la ciudad de Atenas. Tu padre hizo brotar un estúpido manantial de agua salada como regalo. Mi madre creó el olivo. La gente vio que su regalo era mejor y llamaron a la ciudad con su nombre.
-"Los atenienses son estúpidos."- Dijo Poseidón.
-"Ten cuidado con lo que dices sobre mis atenienses"- Gritó Atenea.
-"¿Qué? Si es verdad. Si fueran listos hubieran escogido mi regalo"- Se burló el dios del mar.
-"¿Por qué iban a escoger tú manantial de agua salada?"- Dijo la diosa con sorna.
-"Pues porque se podía usar para sacar sal, lo que le da más sabor a las comidas y permite que se conserven mejor los alimentos. En cambio el olivo solo da olivas, que solo sirven como aperitivo, ni siquiera como comida"- Dijo Poseidón sorprendiendo a todos por golpear y ganar a Atenea en su propio juego.
-"Ahora sobrino sigue leyendo"- Dijo el dios en dirección a Hermes.
—Deben de gustarles mucho las olivas.
-"Y que lo digas"- Murmuraron los Stoll.
—Eh, pasa de mí.
—Hombre, si hubiera inventado la pizza… eso podría entenderlo.
-"Eso, si hubiera inventado la pizza todo el mundo la habría escogido"- Gritaron todos los chicos y se echaron a reír, contagiando a todos.
— ¡Te he dicho que pases de mí!
Argos sonrió en el asiento delantero. No dijo nada, pero me guiñó el ojo azul que tenía en la nuca.
-"Hasta Argos sabía que os gustabais antes que vosotros mismos"- Se rio Chris, al que acompaño todo el Campamento Mestizo.
El tráfico de Queens empezó a ralentizarnos. Cuando llegamos a Manhattan, el sol se estaba poniendo y había empezado a llover
.
Argos nos dejó en la estación de autobuses Greyhound del Upper East Side, no muy lejos del apartamento de Gabe y mi madre. Pegado a un buzón, había un cartel empapado con mi foto: «¿Ha visto a este chico?»
Lo arranqué antes de que Annabeth y Grover se dieran cuenta.
-"Nos dimos cuenta"- Dijo en voz baja Annabeth, aunque la escucho todo el mundo.
-"Solo que no quisimos molestarle"- Añadió Grover con tristeza.
Argos descargó nuestro equipaje, se aseguró de que teníamos nuestros billetes de autobús y luego se marchó, abriendo el ojo del dorso de la mano para echarnos un último vistazo mientras salía del aparcamiento.
Pensé en lo cerca que estaba de mi antiguo apartamento. En un día normal, mi madre ya habría vuelto a casa de la tienda de golosinas. Probablemente Gabe el Apestoso estaría allí en aquel momento, jugando al póquer y sin echarla siquiera de menos.
Todos apretaron los dientes al escuchar hablar de Gabe el apestoso.
Grover se cargó al hombro su mochila. Miró hacia donde yo estaba mirando.
— ¿Quieres saber por qué se casó con él, Percy?
— ¿Me estabas leyendo la mente o qué? — repuse, mirándolo fijamente.
— Sólo tus emociones. — Se encogió de hombros —. Supongo que se me ha olvidado decirte que los sátiros tenemos esa facultad. Estabas pensando en tu madre y tu padrastro, ¿verdad?
-"Esas cosas no se ocultan Grover"- Dijo Thalía con una sonrisa.
Asentí, preguntándome qué más se habría olvidado Grover de contarme.
—Tu madre se casó con Gabe por ti. Lo llamas «apestoso», pero te quedas corto. Ese tipo tiene un aura… ¡Puaj! Lo huelo desde aquí. Huelo restos de él en ti, y ni siquiera has estado cerca desde hace una semana.
-"Ewww"- Gritaron las hijas de Afrodita/Venus, y al igual que su madre se pusieron un poco verdes al imaginare el mal olor.
— Gracias —respondí—. ¿Dónde está la ducha más cercana?
Todos se rieron a pesar de la situación.
-"¿Por qué será que no me extraña que Percy haya dicho eso?"- Dijo Nico con una sonrisa.
-"Porque Percy siempre rompe la tensión con comentarios como esos"- Respondió Annabeth con una sonrisa un poco triste al recordar a su novio.
— Tendrías que estar agradecido, Percy. Tu padrastro huele tan asquerosamente a humano que es capaz de enmascarar la presencia de cualquier semidiós. Lo supe en cuanto olfateé el interior de su Cámaro: Gabe lleva ocultando tu esencia durante años. Si no hubieses vivido con él todos los veranos, probablemente los monstruos te habrían encontrado hace mucho tiempo. Tu madre se quedó con él para protegerte. Era una señora muy lista. Debía de quererte mucho para aguantar a ese tipo… por si te sirve de consuelo.
-"Sally siempre ha sido muy valiente"- Murmuró Thalía con una sonrisa cariñosa al recordar a la mujer que la trata como si fuera su propia hija.
No me servía de ningún consuelo, pero me abstuve de expresarlo. «Volveré a verla —pensé—. No se ha ido.»
Él es muy leal, quizás demasiado. Estaba pensando Atenea
Me pregunté si Grover seguiría leyendo mis emociones, mezcladas como estaban.
-"Entendía algo, pero no todo"- Dijo Grover con una sonrisa.
Me alegraba de que él y Annabeth estuvieran conmigo, pero me sentía culpable por no haber sido sincero con ellos. No les había contado el motivo por el que había aceptado aquella loca misión.
-"Oh no te preocupes sesos de alga"- Dijo Annabeth–"Nos enteramos poco después"- Termino con una sonrisa cariñosa.
La verdad era que me daba igual recuperar el rayo de Zeus, salvar el mundo o siquiera ayudar a mi padre a salir del lío. Cuanto más pensaba en ello, más rencor le guardaba a Poseidón por no haberme visitado nunca, ni haber ayudado a mi madre, ni siquiera habernos enviado un miserable cheque para la pensión. Sólo me reclamaba porque necesitaba que le hicieran un trabajito.
-"Lo siento"- Dijo Poseidón mirando en dirección a su pequeño hijo y sorprendiendo a todos por el dolor, la tristeza y la vergüenza que había en su voz.
Lo único que me importaba era mamá. Hades se la había llevado injustamente, y Hades iba a devolvérmela.
-"Sí que es decidido"- Dijo Hades en un murmullo, aunque todos le escucharon.
-"Yo diría más cabezota"- Dijo Nico riéndose.
«Serás traicionado por quien se dice tu amigo —susurró el Oráculo en mi mente—. Al final, no conseguirás salvar lo más importante.»
«Cierra la boca», le ordené.
-"Ahora se de verdad que nuestro querido primo está loco de remate"- Dijo Nico riéndose.
-"Pensaba que eso había quedado aclarado hace mucho tiempo"- Dijo Thalía divertida.
La lluvia no cesaba.
La espera nos impacientaba y decidimos jugar a darle toquecitos a una manzana de Grover. Annabeth era increíble.
-"Aww"- Se burló Thalía de su amiga –"Piensa que eres increíble"- Termino riéndose, al igual que todos.
Hacía botar la manzana en su rodilla, codo, hombro, lo que fuera. Yo tampoco era muy malo.
El juego terminó cuando le lancé la manzana a Grover demasiado cerca de su boca.
-"Espera, ¿Qué?"- Pregunto Leo divertido.
En un mega mordisco de cabra engulló nuestra pelota. Grover se ruborizó e intentó disculparse, pero Annabeth y yo estábamos muriéndonos de risa.
Al igual que todos, mientras el pobre Grover sonreía inocentemente mientras se volvía más y más rojo.
Por fin llegó el autobús. Cuando nos pusimos en fila para embarcar, Grover empezó a mirar alrededor, olisqueando el aire como si oliera su plato favorito de la cafetería: enchiladas.
-"Enserio Grover, debes dejar de obsesionarte con las enchiladas"- Se rio Connor.
— ¿Qué pasa? —le pregunté.
— No lo sé. A lo mejor no es nada.
Pero se notaba que sí era algo. Empecé a mirar yo también por encima del hombro.
-"Debe seguir sus instintos, son los más afinados que he visto en años"- Dijo Quirón con una pequeña sonrisa. Hércules frunció el ceño en dirección al hijo más pequeño del dios del mar, el cual estaba jugando y riendo con los héroes del pasado causando las sonrisas amorosas de casi todos los dioses y campistas.
Me sentí aliviado cuando por fin subimos y encontramos asientos juntos al final del autobús.
Guardamos nuestras mochilas en el portaequipajes. Annabeth no paraba de sacudir con nerviosismo su gorra de los Yankees contra el muslo.
Cuando subieron los últimos pasajeros, Annabeth me apretó la rodilla.
-"Aww"- Gritó Afrodita mirando a una muy enrojecida Annabeth.
— Percy.
Una anciana acababa de subir. Llevaba un vestido de terciopelo arrugado, guantes de encaje y un gorro naranja de punto; también llevaba un gran bolso estampado. Cuando levantó la cabeza, sus ojos negros emitieron un destello, y mi pulso estuvo a punto de pararse.
-"Monstruo"- Dijeron todos al instante y la tensión creció en la sala.
Era la señora Dodds. Más vieja y arrugada, pero sin duda la misma cara perversa.
-"Sabes, ella es muy molesta. Cada vez que estoy en el inframundo con papa ella no para de preguntarme si puede ir a atacar a Percy, creo que todavía está molesta con él por eso."- Dijo Nico causando la risa de todos a su alrededor.
Me agaché en el asiento.
Detrás de ella venían otras dos viejas: una con gorro verde y la otra con gorro morado. Por lo demás, tenían exactamente el mismo aspecto que la señora Dodds: las mismas manos nudosas, el mismo bolso estampado, el mismo vestido arrugado. Un trío de abuelas diabólicas.
-"Las tres furias, esto se está poniendo mal"- Murmuró Leo, a lo que Piper respondió con un golpe detrás de la cabeza para que se callara.
Se sentaron en la primera fila, justo detrás del conductor. Las dos del asiento del pasillo miraron hacia atrás con un gesto disimulado pero de mensaje muy claro: de aquí no sale nadie.
Los semidioses más jóvenes de ambos campos tuvieron un ligero escalofrío al imaginárselo, mientras que los más mayores miraban seriamente el libro en manos de Hermes.
El autobús arrancó y nos encaminamos por las calles de Manhattan, relucientes a causa de la lluvia.
— No ha pasado muerta mucho tiempo. — dije intentando evitar el temblor en mi voz—. Creía que habías dicho que podían ser expulsadas durante una vida entera.
-"Con la suerte de Percy, me sorprende que hayan durado tanto tiempo muertas."- Dijo Rachel con una mueca.
Poseidón se mordió el interior de la boca mientras miraba a su pequeño hijo con preocupación, que estaba sentado en las piernas de Aquiles mientras los cuatro alternaban miradas preocupadas entre el pequeño y el libro.
— Dije que si tenías suerte —repuso Annabeth —. Evidentemente, no la tienes.
-"Eso es un eufemismo"- Murmuró Thalía con una mueca.
— Las tres —sollozó Grover —. ¡Di inmortales!
— No pasa nada —dijo Annabeth, esforzándose por mantener la calma—. Las
Furias. Los tres peores monstruos del inframundo. Ningún problema. Escaparemos por las ventanillas.
-"No se abren"- Murmuraron todos los semidioses que habían estado antes en un autobús, lo que no relajo precisamente a los demás.
— No se abren —musitó Grover.
— ¿Hay puerta de emergencia?
No la había. Y aunque la hubiera, no habría sido de ayuda. Para entonces, estábamos en la Novena Avenida, de camino al puente Lincoln.
-"Y aquí está la suerte de Percy en acción"- Dijo Nico con una sonrisa sarcástica.
— No nos atacarán con testigos —dije—. ¿Verdad?
-"La niebla"- Dijeron todos. La tensión ya era lo bastante alta como para que hasta Leo se diera cuenta.
— Los mortales no tienen buena vista —me recordó Annabeth—. Sus cerebros sólo pueden procesar lo que ven a través de la niebla.
—Verán a tres viejas matándonos, ¿no?
-"No lo creo, seguramente verán a ancianas hablando con vosotros y de repente estaréis muertos"- Dijo Apolo con una sonrisa.
-"Eso no ayuda"- Gruño Poseidón, cada vez más preocupado por su hijo.
Pensó en ello.
-"Enserio, ¿te pusiste a pensar en eso cuando había tres furias que querían mataros?"- Preguntó Leo divertido. Como toda respuesta recibió un afirmación con la cabeza de parte de una Annabeth totalmente roja mientras a su alrededor había gente riéndose.
— Es difícil saberlo. Pero no podemos contar con los mortales para que nos ayuden. ¿Y una salida de emergencia en el techo…?
Llegamos al túnel Lincoln, y el autobús se quedó a oscuras salvo por las bombillitas del pasillo. Sin el repiqueteo de la lluvia contra el techo, el silencio era espeluznante.
La señora Dodds se levantó. Como si lo hubiera ensayado, anunció en voz alta:
— Tengo que ir al aseo.
— Y yo —añadió la segunda furia.
— Y yo —repitió la tercera.
Y las tres echaron a andar por el pasillo.
-"Y eso no es raro en absoluto"- Repuso Travis con una sonrisa divertida.
— Percy, ponte mi gorra —me urgió Annabeth.
-"¿Cómo?"- Pregunto la cabaña de Atenea en shock.
-"¿Qué pasa?"- Pregunto Gwen.
-"Esa gorra no deja que la toque nadie."- Respondió Malcolm. Todos giraron para ver a Annabeth, la cual simplemente se encogió de hombros con un sonrojo en las mejillas.
— ¿Para qué?
— Te buscan a ti. Vuélvete invisible y déjalas pasar. Luego intenta llegar a la parte de delante y escapar.
-"¿De verdad esperabas que escapara?"- Pregunto Nico perplejo.
-"Yo no sabía cuál era su debilidad en ese entonces."- Se defendió la hija de Atenea.
— Pero vosotros…
— Hay bastantes probabilidades de que no reparen en nosotros. Eres hijo de uno de los Tres Grandes, ¿recuerdas? Puede que tu olor sea abrumador.
— No puedo dejaros.
Las cazadoras no podían estar más sorprendidas. Este chico parecía ser un poco diferente de los demás, aunque eso nunca lo admitirían.
— No te preocupes por nosotros — insistió Grover —. ¡Ve!
Me temblaban las manos. Me sentí como un cobarde, pero agarré la gorra de los Yankees y me la puse. Cuando miré hacia abajo, mi cuerpo ya no estaba.
-"Por algo se le llama gorra de invisibilidad, sesos de alga"- Dijo Thalía, rompiendo por un momento la tensión de la sala.
Empecé a avanzar poco a poco por el pasillo.
Conseguí adelantar diez filas y me escondí en un asiento vacío justo cuando pasaban las Furias. La señora Dodds se detuvo, olisqueó y se quedó mirándome fijamente.
El corazón me latía desbocado.
Al parecer no vio nada, pues las tres siguieron avanzando.
Por los pelos, pensé, y continué hasta la parte delantera del autobús. Ya casi salíamos del túnel Lincoln. Estaba a punto de apretar el botón de parada de emergencia cuando oí unos aullidos espeluznantes en la última fila.
Todos se tensaron inmediatamente y alguno enviaron miradas preocupadas a Annabeth y Grover, los cuales solo miraban el libro con el rostro sin expresión alguna.
Las ancianas ya no eran ancianas. Sus rostros seguían siendo los mismos —supongo que no podían volverse más feas
Nadie pudo evitar reírse a pesar de la tensión.
-"Y ahí está una de las cientos de razones por las que las furias odian a Percy"- Dijo Nico entre risas.
—, pero a partir del cuello habían encogido hasta transformarse en cuerpos de arpía marrones y coriáceos, con alas de murciélago y manos y pies como garras de gárgola. Los bolsos se habían convertido en fieros látigos.
-"Como Indiana Jones"- Dijo Connor causando la risa de todos.
Las Furias rodeaban a Grover y Annabeth, esgrimiendo sus látigos.
La risa se apagó de inmediato cuando la tensión y la preocupación volvieron a hacer acto de presencia.
— ¿Dónde está? ¿Dónde? —silbaban entre dientes.
Los demás pasajeros gritaban y se escondían bajo sus asientos. Bueno, por lo menos veían algo.
— ¡No está aquí! — Gritó Annabeth—. ¡Se ha ido!
Las Furias levantaron los látigos.
Atenea miro con preocupación a su hija.
Annabeth sacó el cuchillo de bronce.
Todos los que habían combatido con Annabeth sonrieron, al menos sabían que ella iba a estar protegida.
Grover agarró una lata de su mochila y se dispuso a lanzarla.
-"¿Qué pretendes hacer con eso sátiro?"- Se rio Hércules.
-"Al menos está tratando de ayudar. ¿Cuándo fue la última vez que tu ayudaste a alguien Tontules?"- Dijo Nico con los dientes apretados. El hijo de Hades estaba deseando que llegara su primo, el sería capaz de enseñarle una muy valiosa lección a Tontules.
Entonces hice algo tan impulsivo y peligroso que deberían haberme nombrado para Niño THDA del Año.
-"Ese es mi título"- Se quejó Leo como un niño pequeño.
El conductor del autobús estaba distraído, intentando ver qué pasaba por el retrovisor.
Aún invisible, le arrebaté el volante y lo giré abruptamente hacia la izquierda.
-"Esta bien, se lo cedo"- Dijo Leo con una sonrisa, ganándose algunas risas.
Todo el mundo aulló al ser lanzado hacia la derecha, y yo oí lo que esperaba fuera el sonido de tres Furias aplastándose contra las ventanas.
Todos se echaron a reír mientras se imaginaban a las furias como cuando en los dibujos animados alguien queda aplastado contra un cristal.
— ¡Eh, eh! ¿Qué dem…? — Gritó el conductor—. ¡Uaaaah!
Forcejeamos por el volante y el autobús rozó la pared del túnel, chirriando, rechinando y lanzando chispas alrededor. Salimos del túnel Lincoln a toda velocidad y volvimos a la tormenta, hombres y monstruos dando tumbos dentro del autobús, mientras los coches eran apartados o derribados como si fueran bolos.
De algún modo, el conductor encontró una salida. Dejamos la autopista a todo trapo, cruzamos media docena de semáforos y acabamos, aún a velocidad de vértigo, en una de esas carreteras rurales de Nueva Jersey en las que es imposible creer que haya tanta nada justo al otro lado de Nueva York.
Había un bosque a la izquierda y el río Hudson a la derecha, hacia donde el conductor parecía dirigirse.
Otra gran idea: tiré del freno de mano.
-"Recuérdame estar lejos de Percy cuando se le ocurran ese tipo de ideas."- Se rio Katie.
El autobús aulló, derrapó ciento ochenta grados sobre el asfalto mojado y se estrelló contra los árboles. Se encendieron las luces de emergencia. La puerta se abrió de par en par.
El conductor fue el primero en salir,
-"Cobarde"- Dijeron algunos.
-"¿No se supone que el conductor debe ser el último en salir?"- Pregunto Jason. A su alrededor algunos asintieron respondiéndole.
Y los pasajeros lo siguieron gritando como enloquecidos. Yo me metí en el asiento del conductor y los dejé pasar.
Las Furias recuperaron el equilibrio. Revolvieron sus látigos contra Annabeth, mientras ésta amenazaba con su cuchillo y les ordenaba que retrocedieran en griego clásico.
-"Esa es nuestra Annie"- Dijo Thalía palmeándole el hombro a la hija de Atenea.
-"No me llames Annie"- Dijo ella intentando parecer enfadada pero fallando estrepitosamente.
Grover les lanzaba trozos de lata.
Grover se sonrojo cuando algunos se rieron.
Observé la puerta abierta. Era libre de marcharme, pero no podía dejar a mis amigos.
-"Él es muy leal"- Dijo una hija de Venus con voz soñadora a lo sus medias hermanas asintieron, tanto las romanas como las griegas.
Annabeth sonrió con cariño recordando a Percy mientras una lágrima silenciosa le rodaba por la mejilla. Nico y Thalía al darse cuenta la abrazaron.
-"No te preocupes, sabes que él vendrá pronto. Así podrás desquitarte golpeándolo todo lo que quieras"- Dijo Thalía en voz baja ganándose una sonrisa de agradecimiento de la que era una hermano para ella.
Me quité la gorra de invisibilidad.
— ¡Eh!
Las Furias se volvieron, me mostraron sus colmillos amarillos y de repente la salida me pareció una idea fenomenal. La señora Dodds se abalanzó hacia mí por el pasillo, como hacía en clase justo antes de entregarme un muy deficiente en el examen de matemáticas.
-"Ya debe de estar acostumbrado."- Dijo Nico quitándole importancia con la mano.
-"¿A qué? ¿Recibir deficientes o que un monstruo venga a por él?"- Preguntó Poseidón preocupado. Nico lo pensó un momento antes de responder con una pequeña sonrisa:
-"A ambos."
Cada vez que su látigo restallaba, llamas rojas recorrían la tralla.
Sus dos horrendas hermanas se precipitaron saltando por encima de los asientos como enormes y asquerosos lagartos.
Todos los que habían visto a las furias se estremecieron, esa imagen no era una de las mejores para recordar.
— Perseus Jackson —dijo la señora Dodds con tono de ultratumba—, has ofendido a los dioses. Vas a morir.
-"Si fuera por ofender a los dioses ya habría muerto hace mucho tiempo"- Dijo Nico en voz baja solo para que lo escucharan las personas de su alrededor, las cuales soltaron risitas.
—Me gustaba más como profesora de matemáticas —le dije.
Gruñó.
Annabeth y Grover se movían tras las Furias con cautela, buscando una salida.
Saqué el bolígrafo de mi bolsillo y lo destapé. Anaklusmos se alargó hasta convertirse en una brillante espada de doble filo.
Los semidioses que habían visto pelear a Percy antes se animaron, quizás si pudieran salir de esta ilesos.
Las Furias vacilaron.
-"Ahora son más los monstruos que vacilan al atacar cuando ven a Percy"- Dijo Thalía con orgullo en su voz.
La señora Dodds ya tenía el dudoso placer de conocer la hoja de Anaklusmos. Evidentemente, no le gustó nada volver a verla.
-"Evidentemente"- Dijo Nico con una sonrisa sarcástica.
— Sométete ahora —silbó entre dientes— y no sufrirás tormento eterno.
— Buen intento —contesté.
— ¡Percy, cuidado! —me advirtió Annabeth.
-"Aww"- Gritó Afrodita –"Si ya se preocupa por él"- Arrullo la diosa.
La señora Dodds enroscó su látigo en mi espada mientras las otras dos Furias se me echaban encima.
Poseidón no dejaba de mirar a su hijo, que estaba bastante distraído con un peluche de un hipocampo que había hecho aparecer anoche, cuando lo llevo a acostarse junto a sus dos hermanos en la cabaña de Poseidón.
Sentí la mano como atrapada en plomo fundido, pero conseguí no soltar a Anaklusmos. Golpeé a la Furia de la izquierda con la empuñadura y la envié de espaldas contra un asiento.
Me volví y le asesté un tajo a la de la derecha. En cuanto la hoja tocó su cuello, gritó y explotó en una nube de polvo.
Los semidioses aplaudieron contentos de que al menos se habían podido deshacer de una de las furias.
Annabeth aplicó a la señora Dodds una llave de lucha libre y tiró de ella hacia atrás, mientras Grover le arrebataba el látigo.
Los semidioses volvieron a aplaudir contentos mientras algunos les daban palmaditas en la espalda a los dos mencionados.
— ¡Ay! —gritó él—. ¡Ay! ¡Quema! ¡Quema!
La risa se extendió por el salón pero todavía había tensión.
La Furia a la que le había dado con la empuñadura en el hocico volvió a atacarme, con las garras preparadas, pero le asesté un mandoble y se abrió como una piñata.
-"No volveré a ver una piñata con los mismos ojos"- Dijo Travis entre risas.
La señora Dodds intentaba quitarse a Annabeth de encima. Daba patadas, arañaba, silbaba y mordía, pero Annabeth aguantó mientras Grover le ataba las piernas con su propio látigo.
-"Así se hace"- Les dijo Thalía con una sonrisa a Annabeth y Grover, los cuales se la devolvieron gustosos.
Al final ambos consiguieron tumbarla en el pasillo. Intentó levantarse, pero no tenía espacio para batir sus alas de murciélago, así que volvió a caerse.
— ¡Zeus te destruirá! —prometió—. ¡Tu alma será de Hades!
-"Lo mismo de siempre"- Dijo Nico con una sonrisa.
—Braceas meas vescimini! —le grité.
Los romanos miraron sorprendidos antes de echarse a reír, ganándose miradas curiosas del resto de semidioses.
No estoy muy seguro de dónde salió el latín. Creo que significaba «Y un cuerno».
Los griegos se miraron en comprensión antes de unirse a los romanos en su risa.
Un trueno sacudió el autobús. Se me erizó el vello de la nuca.
— ¡Salid! — Ordenó Annabeth—. ¡Ahora!
No necesité que me lo repitiese.
-"Esa sería la primera vez"- Dijo Thalía provocando otro ataque de risa.
Salimos corriendo fuera y encontramos a los demás pasajeros vagando sin rumbo, aturdidos, discutiendo con el conductor o dando vueltas en círculos y gritando impotentes.
-"Parecen locos"- Se rio Nico.
— ¡Vamos a morir! —
-"Que exagerados"- Dijeron Los Stoll con sonrisas divertidas.
Un turista con una camisa hawaiana me hizo una foto antes de que pudiera tapar la espada.
— ¡Nuestras bolsas! — Dijo Grover—. Hemos dejado núes…
¡BUUUUUUM!
Las ventanas del autobús explotaron y los pasajeros corrieron despavoridos. El rayo
-"Papa."- Gritó Thalía con enojo.
-"¿Qué? Todavía no lo he hecho"- Se defendió el rey de los dioses.
Dejó un gran agujero en el techo, pero un aullido enfurecido desde el interior me indicó que la señora Dodds aún no estaba muerta.
— ¡Corred! — Exclamó Annabeth—. ¡Está pidiendo refuerzos! ¡Tenemos que largarnos de aquí!
Nos internamos en el bosque bajo un diluvio, con el autobús en llamas a nuestra espalda y nada más que oscuridad ante nosotros.
-"Eso es totalmente alentador"- Dijo Thalía con una sonrisa sarcástica.
