Disclaimer: los personajes pertenecen a J.K. Rowling y la trama a camnz.
En la semana Hermione compró un vestido en el mundo muggle. Le gustaban los vestidos muggles, destacaban un poco más, mientras que los vestidos del mundo mágico eran prácticamente iguales, negros o de algún color oscuro.
Conforme pasaban los años se sentía cada vez más a gusto con no apegarse del todo a las normas del mundo mágico. Ya no le preocupaba tanto su herencia muggle como antes. Había tratado tenazmente de asegurarse y probar que era tan buena como los hijos de magos. Ya no sentía más esa necesidad, ya había aceptado quien era. Que mejor.
La madurez tenía sus recompensas, como también el ser un tanto ajena a ese mundo. Se le disculpaban las pequeñas excentricidades que a otras chicas de "orígenes más afortunados" no. Le daba un grado adicional de libertad. Uno de los más importantes era que sus padres muggles no la presionaban para que se casara y tuviera hijos a la tierna edad de veintitrés. Se esperaba que los jóvenes magos dejaran muy rápido su etapa de indolencia y fantasía, lo cual Hermione no terminaba de entender ya que vivían prácticamente por siempre. Bueno, mucho más que el tiempo de vida promedio de los muggles.
Hasta ahora, a Blaise no parecía molestarle el lado muggle de ella. Las pequeñeces que la hacían resaltar. A pesar de que a la familia de Ron le entusiasmaba el mundo muggle y sus atractivos, él se avergonzaba un poco cuando ella hacía cosas muggles, usaba expresiones o ropa muggle. Por ejemplo, no le había parecido que usara unas botas de montaña de aspecto unisex, porque no eran lo suficientemente femeninas.
Esta noche usaría una bolsa tipo clutch con su vestido, lo cual no se usaba normalmente en el mundo mágico, ya que se preferían las bolsitas decoradas, pero aquella combinaba con su vestido y le gustaba.
Blaise pasó por ella a la puerta de su casa. Se veía muy guapo en su túnica de vestir. Para ser exactos, lucía como si hubiera nacido para usar esa túnica.
–Hey –respondió ella con una sonrisa cuando él la saludó.
–Luces magnífica –dijo él y la besó en la mejilla.
–Tú no te ves nada mal, pero sospecho que ya lo sabes –bromeó ella–. ¿Estás seguro que quieres ir? Podemos quedarnos aquí.
–No me tientes –respondió él–. Porque en realidad prefiero quedarme, pero el deber me llama.
Él los apareció a ambos a donde fuera que se llevaba a cabo la fiesta. Había instrumentos musicales mágicos que se tocaban solos. Todos los invitados iban bien vestidos y platicaban en pequeños grupos o picoteaban en las mesas repletas de bocadillos.
Hermione conocía a la mayoría de los empleados de la firma en el ámbito profesional. No muy bien, pero lo suficiente como para saber que la respetaban a ella y a la influencia que tenía sobre sus trabajos.
–Ah, señorita Granger –saludó el señor Holloway, quien Hermione sabía era el jefe de Blaise–. Que agradable verla esta noche. Entiendo que usted y el señor Zabini vienen juntos.
–Así es –dijo Blaise en voz alta, de manera que las señoras que estaban cerca pudieran escucharlo claramente.
–Excelente –repuso el señor Holloway–. Espero que disfrute nuestra velada, sólo una pequeña reunión para nuestro equipo y sus amigos más cercanos.
Hermione sabía que el señor Holloway era modesto al llamar pequeño al evento, era más que una reunioncita. O tal vez así era como el señor Holloway hacía pequeñas reuniones: sin reparar en gastos y de etiqueta.
Había una provisión ininterrumpida de champaña para la velada y Hermione ya iba en su segunda copa. Ella y Blaise iban de aquí para allá y conversaban con casi todos, bueno casi todos los de la firma.
–Blaise –llamó el señor Holloway–, ya conoces al señor Malfoy, desde luego. Y esta es la señorita Granger.
La alta figura de Lucius Malfoy la saludó y su mente protestó en silencio, asustada. Aún se sentía muy incómoda al estar cerca de Lucius Malfoy. Probablemente más que con cualquier persona de toda aquella sociedad. Él era uno de los mortífagos más inteligentes y con más influencias como para llegar a ser castigado por sus crímenes.
–Ella es la acompañante del señor Zabini esta noche, si no me equivoco –dijo el señor Holloway–. ¿Ya se conocían?
Lucius Malfoy asintió brevemente a ambos.
–Así es –respondió.
"Sólo en las ocasiones en que usted trataba de asesinarme" completó en silencio ella, al tiempo que esbozaba una sonrisa en su rostro.
–¿Está Draco aquí? –quiso saber el señor Holloway.
"Sí, ¿está?", continuó ella su silencioso diálogo interno, "porque me encantaría hacer todavía más bochornoso este momento".
–No, salió a algún lado esta noche –contestó Lucius–. Resulta difícil seguirle el paso estos días.
–El señor Malfoy es un antiguo cliente de la firma –señaló el señor Holloway a Hermione.
Ella simplemente asintió y tomó un trago de su champaña. Los dos hombres mayores se enfrascaron en una conversación sobre las relaciones con el ministro alemán y Blaise aprovechó la oportunidad para dejarlos.
"El mundo sería un lugar mucho mejor si Lucius Malfoy se hubiera muerto en la guerra", pensó Hermione. Una reliquia del pasado que debió quedarse en el pasado. Pero él era rico y poderoso, sus incursiones en el lado oscuro en realidad no habían afectado su estatus, al menos no de forma notoria. Ella sabía que no era la única a quien él incomodaba, pero en realidad no había nada que se pudiera hacer al respecto. Él tenía en el bolsillo a prácticamente todos los políticos, reporteros y jefes de departamento del Ministerio.
Hermione sintió una ligera preocupación con respecto a quien era su pareja y el lugar que él ocupaba en esta sociedad, es decir, su pertenencia a grupos que no aceptaban del todo a los que eran como ella. El prejuicio había dejado de mostrarse abiertamente y la mayoría eran bastante civilizados cuando se topaban con ella, pero podía sentir el ligero aire de desaprobación cuando tenían que tratarse. Esto era aún más evidente en las generaciones mayores. La generación más joven la odiaba a ella personalmente, aún más que el prejuicio contra los hijos de muggles en sí, pero eso también había menguado con el tiempo. Parte del viejo desagrado se había transformado en simple curiosidad conforme sus vidas habían tomado rumbos distintos.
De aquí la preocupación de involucrarse con Blaise Zabini, pero en cuanto lo miraba ella sabía que valía la pena. No estaría ahí si no pensara así.
Ya estaba un poco mareada cuando la fiesta al fin acabó. Terminaron en el departamento de ella, tomando su tiempo en librar al otro de sus vestimentas. Tenían todo el fin de semana por delante para estar en la cama y disfrutar de su mutua compañía.
–¿Te la pasaste bien hoy? –preguntó Zabini–. Ya conocías a gran parte de la gente ahí, creo.
–Conozco a la mayoría de la gente que trabaja en leyes al menos de nombre, así que reconocí a muchos. Fue una linda velada –contestó ella–. Al final los pies me estaban matando.
–Tengo una comida mañana –dijo Blaise–. ¿Quieres venir? No es nada, sólo algunos amigos.
Hermione se mordió el labio. Eran sus amigos, Malfoy y esos tipos. No precisamente su ideal de sábado, pero si iba a ser parte de la vida de él, tendría que aceptar convivir con sus amigos ocasionalmente.
–Se comportarán, lo prometo –aseguró él y ella sonrió porque le había leído la mente.
Ella asintió y recostó la cabeza en el pecho de él. No quería que notara sus temores. Pasar toda una comida en compañía de los Slytherins, donde no sabías quienes eran más perras, si los hombres o las mujeres.
Bueno, si quería estar con Blaise tendría que hacer de tripas corazón y aceptar los diferentes aspectos de su vida. Él había ido con ella, departido con sus amigos y se había portado muy bien. Inclusive, en algún momento había hecho reír a Harry, lo que casi provocaba que Hermione saltara de gusto.
Obviamente, hacer que los Slytherins y los Gryffindor convivieran era algo que nunca iba a suceder, pero como pareja tendrían que moverse en ambos mundos. Sólo que a ella le había tocado la parte más ruda del trato.
Se preguntaba si Blaise pensaría lo mismo o si él pensaría que convivir con los Gryffindors era tan retador como los Slytherins lo serían para ella. Pero este individuo, que se encontraba poniéndole nombre a las pecas de su hombro lo valía. Aunque tuviera que ser la mejor amiga de Pansy Parkinson.
Aun Malfoy, quien Blaise aseguraba, había madurado desde la última vez que ella lo había visto. Lo que era bastante tiempo ya que no frecuentaban los mismos círculos, pero ahora, debido al suculento hombre en su cama, estaban a punto de codearse en el mismo círculo. Ella en verdad esperaba que fuera cierto que había dejado de ser el niño mimado que había conocido, pero no apostaría por ello. De cualquier manera, podría manejarlo, lo había hecho antes y podría hacerlo ahora. No era como que cualquier comentario sobre sus padres o su herencia pudiera afectarla. No era como que todavía tuviera once años.
