Disclaimer: Los personajes pertenecen a J. K. Rowling y la trama a camnz.


Pansy no era la única que había escuchado del pequeño incidente en París. Sin embargo, ella fue la única que le hizo algún comentario, ganándose el apodo de Pansy–perra. Pero era obvio que otras personas lo sabían y tenían opiniones al respecto.

Harry le creyó que estaba totalmente fuera de sí debido a la bebida adulterada. Ron se mostraba un poco más distante. Sus otros amigos fueron lo suficientemente prudentes como para no mencionarlo. Ella les daba su mirada más cortante si parecía siquiera que lo iban a mencionar.

Ella misma simplemente se negaba a pensar en ello. La sola idea de haber juntado los labios con Draco Malfoy iba más allá de su comprensión. Además sospechaba que había incluido algo de manos aventureras. La idea de que sus manos habían estado en lugares que ella no se acordaba era, por lo menos, desconcertante.

La única vez que ella recordaba haber tocado a Draco Malfoy a propósito fue cuando lo golpeó en su tercer año. También estaba el fiasco del protector solar, lo cual era… irritante. Pero peor era preguntarse qué tan lejos habrían llegado si Ginny no hubiera intervenido. Ni siquiera le permitía a su mente pensar en eso.

Había habladurías por todo el Ministerio. La gente la observaba cuando pasaba y algunas veces se susurraban unos a otros incluso antes de que ella se alejara por completo. En serio, si iban a chismorrear, al menos podrían mostrar algo de respeto y hacerlo a sus espaldas.

Las flores de Blaise cesaron, lo cual era bueno. Sin embargo sólo le dio a la gente otro motivo para chismorrear. Decidió concentrarse en el trabajo y se negó a dejar que nada la distrajera. Por suerte, había mucho que hacer.

Almorzó un par de veces con Ginny, cuya vida estaba atribulada por la inhabilidad de su madre y Fleur de ponerse de acuerdo en nada que tuviera que ver con los preparativos de la boda. Afortunadamente no hubo más visitas de Pansy–perra.

Luego seguían las cosas incómodas, como la invitación a una velada de la firma de Blaise. El ser una figura central en el proceso legislativo del Ministerio significaba que prácticamente estaba obligada a asistir. Había sido emocionante cuando ella y Blaise estaban juntos, ahora sólo era doloroso. En particular odiaba la formalidad del asunto. Tenía que vestirse elegante, encontrar un balance entre algo más de salir y algo profesional.

No quería pero fue, tomó champaña y platicó con sus colegas y los asociados. Llevaba una túnica de satín color borgoña con un chal oscuro y tacones. La formalidad de su atuendo parecía sostenerla y calmarla un poco. Profesional era algo que ella sí podía lucir.

Blaise estaba allí. Se veía maravilloso. Él la vio, pero no se le acercó. Ella pudo sentir sus ojos en la espalda y se sintió intensamente perturbada. Después de un rato, no pudo soportarlo más y decidió que necesitaba calmarse un poco y fue al tocador.

–Huyendo –escuchó ella mientras caminaba por el corredor recubierto con madera oscura, que era una muestra de todo el decorado de la firma legal. Lúgubre, oscuro y costoso. Conocía esa voz. Era la última que quería escuchar, pero este momento era inevitable, reconoció.

–¿Siempre estás acechando en algún oscuro rincón?

–Me parece un buen sitio para observar

–¿Y qué es lo que observas? –preguntó, no pudo evitarlo aunque sabía que se podía meter en problemas.

–Toda clase de cosas –dijo él burlonamente.

–Tengo que irme –dijo ella, no quería jugar el juego que él estaba montando. Y si él intentaba coquetearle, no quería saberlo.

–No hay que apresurarnos –dijo él–. Creo que tenemos algunas cosas de qué hablar.

–No tenemos nada de qué hablar –espetó ella.

–¿En serio? –dijo él acercándose–. Tal vez sea cierto, la última vez que nos vimos, no tenías en mente hablar.

–Estaba completamente drogada –se defendió secamente.

–Y viniste hacia mí como un misil.

No tenía nada que decir en su defensa. Eso había hecho y ni siquiera tenía manera de saber cuáles habían sido sus motivos o sus pensamientos.

–No era yo misma.

–Bueno, no estabas chocheando, sabías exactamente qué querías –dijo él–. No me estoy quejando. Me sorprendió un poco, pero al final del día, siempre estoy listo para un poco de acción. Incluso si es tan insistente.

Hermione trató de articular palabra. ¿Por qué siempre se le atoraban las palabras cuando él estaba cerca? Evidentemente porque no podía defenderse de estas acciones en particular.

–Te asocio con Blaise y tal vez eso me confundió –declaró ella–. O tal vez me estaba vengando de él.

–¿Vengarte de Blaise besuqueándote conmigo en frente de todo el mundo? –dijo él alzando una ceja–. No es tu estilo.

Eso era cierto, no era su estilo.

–¿Cómo sabes cuál es mi estilo? –dijo ella–. No sabes nada acerca de mí.

–Nos conocemos desde que teníamos once años –dijo él.

–Sabes que nunca hemos sido amigos –lo retó–. No sabes nada acerca de mí.

Él se acercó, invadiendo su espacio personal. La hizo sentir profundamente incómoda, dio un paso atrás, luego se reprendió a sí misma, ella no se acobardaba por alguien como él.

–Mi padre siempre insistió que para tener éxito, uno debe conocer a su enemigo.

El enunciado hizo la conversación más sombría.

–¿Eso es lo que somos? ¿Enemigos? –preguntó ella, no muy segura de cómo le contestaría. A lo largo de su relación con Blaise nunca había sentido peligro alrededor de él, pero no estaba segura de lo que le demostraba. A pesar de que en la escuela nunca ocultó su pobre opinión de ella.

–No –dijo él con una sonrisa–. En realidad estoy tratando de ayudarte, si puedes creerlo; pero alguna vez estuvimos en bandos diferentes. Sólo te digo que, en una época, me encargué de saber cosas de ti.

Su cercanía era molesta. ¿Por qué no estaba él incómodo? En eso se dio cuenta, él tenía recuerdos de haber estado en situaciones mucho más íntimas. Era la ausencia de espacio personal que se da con alguien con quien has intimado. Ella no lo recordaba, pero se negó a dejarse amilanar.

Así de cerca se hacía evidente que él era más grande que ella. No era algo que hubiera notado antes. Era más alto y fuerte. Había dejado de ser un niño.

Aunque sus acciones todavía eran infantiles, se recordó a sí misma. Un niño mimado, que iba de aquí para allá de fiesta en fiesta, bebiendo y acostándose con quien se le daba la gana. Una mezcla extraña. Los efluvios de un hombre, pero las acciones de un niño. Y ella no quería tener nada que ver con eso.

Él seguía muy cerca como para estar cómodos.

–Pero esa ya no es la realidad –dijo él, y a ella le tomó un momento percatarse que hablaba de la guerra y los bandos en los que habían estado. El mundo lo había olvidado rápido. Nadie hablaba más de ello–. Ahora tú has cruzado la línea divisoria, una buena oferta de paz.

Él observaba sus facciones y ella lo detestó, pero se rehusó a alejarse aun cuando de verdad quería hacerlo.

–No era yo misma.

–No se sintió así –dijo él, acercándose todavía más, si es que eso era posible. Su mente gritaba protestando. ¿Cómo era posible que él tuviera una piel tan linda y suave?

–Oh créeme, estaba completamente intoxicada –dijo con su garganta seca. No pudo soportarlo más y dio un paso atrás–. Y para que quede claro, no me acuerdo de absolutamente nada de esa noche. Mi mente está en blanco.

–Te lo puedo recordar –dijo él con una sonrisa de superioridad–. Ejercitar un poco la memoria.

–No son recuerdos que quiera –dijo ella alejándose más–. Fue un desafortunado incidente, dejémoslo así.

–Eso no sería una buena idea –dijo él.

–Eso sería una excelente idea.

–No para ti.

–¿Cómo así? –dijo ella lista para escuchar lo que él estaba por decir. Al menos podría reírse un poco de toda la situación.

–Tu reputación –dijo con voz de seda–. Ya está un poco apaleada. Yendo de uno a otro. Blaise, Marcus y yo. Probablemente alguno antes. Eres un poco como una paria. Cualquiera que se haya, por lo menos, sentado junto a ti va a ser examinado. Va a afectar tu carrera. Da la impresión que eres libertina, desconsiderada e insegura, no son características deseadas en alguien con tu puesto. Y se te va a quedar por un largo tiempo, te van a empezar a hacer a un lado, vas a ser persona non grata. El fin de tu ilustre carrera.

–Estas exagerando un poco ¿no? –dijo ella–. Y ¿cómo, exactamente, ejercitar mi memoria evitaría eso?

–Vamos, Granger, ya sabes cómo es esta sociedad de mojigata. Tú, una chica soltera, que trata a los chicos como si de tu parque de diversiones se trataran. Eso es pasarse de la raya, particularmente en alguien de tu tipo.

–Mi tipo, quieres decir sangresucia –dijo ella secamente.

–El prejuicio sigue ahí, bajo la superficie, buscando una excusa –dijo él–. Y el que tú cambies de chicos como de calcetines, no manda un mensaje aceptable. Pero si sigues conmigo, eso manda un mensaje diferente. Tu sucumbes a mis encantos, dejas a tu novio, sólo un pequeño escándalo que se olvidará con el tiempo. Como muchas antes que tú.

–¿Qué, entonces es aceptable para mí ser estúpida y "sucumbir a tus encantos"? –enfatizó ella–. ¿Más que besarte por accidente bajo los influjos de una poción que alguien me dio sin que me diera cuenta?

–Hay un problema, nadie va a creer esa historia, no realmente –dijo él–. Siempre van a asumir lo peor. Que tú eres una persona que usa a la gente, que te gusta dispensar tus favores por ahí.

–Eres repugnante.

–No, así es como te verán.

–Pero si yo caigo en tus redes y tú eres el que dispensa los favores ¿eso es aceptable? Un poco de doble moral ¿no?

–¿Quién dijo que no había doble moral? –dijo él–. Puedes ser víctima de mí, pero no puedes hacer lo que yo hago.

–¿Qué no soy ya la víctima? –dijo ella con incredulidad–. ¿Cómo es que no soy la víctima?

–En lo que a los demás concierne, tú eres la agresora, jugando con hombres a voluntad –dijo con una lenta sonrisa que la hizo querer golpearlo–. Para que tú sobrevivas a esto, tienes que actuar como si tu débil naturaleza te obligara, incapaz de resistir tus emociones, dejar a tu novio porque no podías resistir tus sentimientos por otro.

–Eso es ridículo.

–Un escándalo como cualquier otro, que va a olvidarse. Como una víctima de tu suave y femenino corazón, no como la lasciva seductora que victimiza a otros sin importarle las consecuencias más allá de tus propios deseos y beneficio. Eso no sería aceptable en esta sociedad o en la postura de la vieja guardia de tus colegas y tus superiores.

–Por favor, cualquiera que me conozca se reiría con la idea de que yo soy una seductora.

–¿En serio? –dijo él–. Porque hiciste tu papel estupendamente. Y créeme, al haber sido quien recibió tus avances, puedes ser muy convincente.

Hermione resopló. Era una idea ridícula.

–Si valoras tu reputación y el tener una posición en esta sociedad –continuó él en un tono que mostraba que iba en serio–. Tienes que seguir conmigo. Es lo único que convertirá esta historia en algo que tarde o temprano será perdonable y olvidable.

–Nadie creerá que yo podría sucumbir a tu…encanto.

–Sí lo creerán –dijo como si su declaración fuera absurda–. No eres diferente a cualquier otra chica.

–Como si yo fuera una de esas mentecatas que se van a la cama con alguien como tú.

–Esa es la cuestión, cariño –dijo acentuando la expresión de ternura–. No eres diferente. Ese es el punto crucial de la historia que tienes que completar, de otro modo te puede ir muy mal. ¿O quieres terminar en el sótano archivando documentos por el resto de tu vida?

Hermione lo miró fijamente. Terminar el resto de su vida en un trabajo sin futuro era posiblemente el peor destino que se le podía ocurrir. Su mente buscó posibles acciones y resultados, pero no halló nada viable.

–Oh, Draco –dijo ella en el tono más monótono e impersonal que pudo lograr–, estoy tan enamorada de ti.

Ella observó la sonrisa de superioridad que se formó en su rostro. Tenía tantas ganas de golpearlo, su puño temblaba.

–Buena chica –dijo él y se apartó de ella. Se veía claramente entretenido antes de doblar la esquina para regresar a la fiesta.


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