Disclaimer: Los personajes pertenecen a J. K. Rowling y la trama a camnz.


Hermione no estaba segura si el trato que acababa de conseguir era un error, pero parecía la solución más simple. No tenía idea de qué conclusión sacar de todo el asunto entre Blaise y Draco, o del hecho que Draco había sentido una especie de atracción por ella en la escuela. O quizá no. ¿Quién podía entender a los chicos adolescentes y lo qué les atraía? Era una de esas cosas en las que era mejor no escarbar muy a fondo. Todo estaba claro como el lodo, lo cual parecía ser algo típico de los Slyhterin.

Una noche más con las celebridades fascistas no le haría mal. En realidad probablemente sí le haría mal, y algún día le haría saber a Ginny hasta donde había llegado para tenerla contenta.

Le había dado a él una ocasión para jugar su juego con Blaise, y lo mejor sería que fuera antes de la boda, porque si no era así ella tal vez lo mandaría a volar.

No supo de él durante el fin de semana y hasta ya entrada la semana. Empezaba a pensar que él perdería su oportunidad. No era algo que le importara. En eso, llegó una nota.

Esta noche. De gala. Espera paquete. D.

Argh, el maldito la iba a vestir de nuevo. Sin mencionar que la iba a llevar a un evento de gala. ¿Qué problema tenían esos Slytherins? ¿No podían simplemente tener una salida tranquila? ¿Es que todo tenía que ser tan meticuloso y extravagante?

No había ido a un evento de gala desde el baile de Navidad del ministerio, el cual era un evento masivo al que usualmente uno iba por obligación y no para disfrutarlo. Bueno, Harry y Ron odiaban las túnicas de etiqueta, se sentían incómodos y prácticamente no disfrutaban la velada, eso más los empujones y jalones de la muchedumbre.

El paquete la esperaba cuando llegó a casa. Giró los ojos cuando lo vio. Lo ignoró por un momento, trató de decirse a sí misma que no tenía curiosidad. Curiosidad por saber cómo la veía él o qué quería verle puesto, con qué quería ser visto. Supuso que si tenía una última oportunidad de restregársela en la cara a Blaise, querría que ella se viera espectacular.

El vestido era rosa. Rosa. No un rosa encendido, un rosa grisáceo. Y era de seda. Debía de haber costado una fortuna. Era difícil decir como luciría puesto porque sólo fluía en una cascada de leche rosa cuando lo sostuvo.

Se rehusó a probárselo. Se lo pondría cuando tuviera que hacerlo, no sólo porque quisiera ver como lucía. No era ese tipo de chica. Lo arrojó de nuevo al paquete y fue a la cocina a prepararse algo de comer mientras veía la televisión.

Él hubiera podido tener la decencia de decirle una hora. La incertidumbre la estaba poniendo inquieta. No podía estarse quieta. Después de un rato, decidió maquillarse y peinarse, así estaría lista sin tardarse mucho. Resolvió aplicarse un efecto ahumado en los ojos. Era un evento formal y por alguna razón subconsciente, quería verse bien.

¿Qué clase de eventos tendrían los Slyhterins que eran así de formales? Con vestidos de noche. Quizá esto era típico. Quizá hicieran algo así todos los jueves. ¿Cómo podría ella saberlo?

Él se tardó una eternidad en llegar. Eran casi las ocho. Prácticamente se había quedado dormida.

–No estás vestida –dijo él.

–No quería esperar en un vestido de noche –dijo ella–. Este no es el tipo de lugar en el que holgazaneas en vestidos de noche. Me tomará un segundo.

Cerró la puerta de su habitación y sacó el vestido de su empaque. Tenía un efecto envolvente en la parte superior y el material fluía hacia abajo. Era totalmente espectacular. La seda fluía alrededor de sus curvas, revelándolas cuando caminaba. Era como si el material tuviera vida propia.

Le pareció raro que él le diera un vestido tan espectacular. Podría haberle dado algo mucho más sencillo. Sencillo no era la palabra, el vestido era sencillo, aparentemente. Pero entonces supuso que el propósito de la noche era llamar la atención, y lo lograba. Lo peor era que se sentía completamente sexy.

Se sintió incómoda al abrir la puerta de su habitación y presentarse en el vestido. Era aún más incómodo que él la acompañara al caminar. No dijo nada, pero se veía complacido.

–Vámonos –dijo él y le ofreció el brazo. La llevó escaleras abajo y los apareció a ambos a donde sea que fueran. La sostuvo firmemente cuando llegaron en un jalón. Ella sentía las líneas de su cuerpo. No cabía duda, la atracción seguía ahí.

–¿Dónde pasaremos la velada hoy? –preguntó cuando estuvieron afuera de una enorme puerta. Una puerta de aspecto privado.

–Con los Parkinson.

–Oh que alegría –dijo Hermione con sarcasmo.

Él llamó a la puerta y se abrió. La casa de los Parkinson era grande y ostentosa. Y estaba llena. Era algo mucho más grande que los amigos íntimos de Draco reuniéndose para alardear de sus atuendos de gala. Esta era una gran fiesta de los sangre limpia. Con todo y los mayores.

Todas las familias antiguas estaban presentes, incluyendo algunos Ravenclaws. Por no mencionar a cada mortífago no confirmado del país. Ella titubeó.

–¿Estás seguro de esto? –dijo, normalmente no era ella la que identificaba la distinción, pero merecía mencionarse–. Yo asumiría que no soy el tipo de invitada más deseada en este tipo de eventos.

–No seas tímida, eres mi pareja.

–¿Están aquí tus padres? –dijo ella sin aliento.

–Deben estar por ahí, ¿quieres saludarlos?

–¡No! –dijo ella enfáticamente–. Esto ya es suficientemente incómodo.

–¿Cuál es el problema Granger? ¿No quieres que te presente a mis padres? –dijo él bromeando–. Eso me hiere.

–Sí, bueno, no quiero salir herida –dijo firmemente.

La llevó hacia donde estaba Pansy.

–Aquí estás, me preguntaba cuando llegarías –dijo Pansy y miró a Hermione–. Y finalmente trajiste a tu novia. Me empezaba a preguntar si no la estabas escondiendo. ¿Conocen a Rolf?

Pansy les presentó a un hombre alto con cabello rubio arenoso. En su saludo era evidente un acento europeo.

–Me va a llevar a Antigua –dijo suavemente Pansy–, nos vamos la próxima semana. ¿No es adorable?

Pansy se llevó a Rolf.

–Supongo que Pansy encontró a alguien de su gusto.

–Uno de una larga lista –dijo Draco con desdén.

–¿Todos ustedes tienen muchas citas? –preguntó–. Nadie parece llevar una relación seria.

–Por aquí, si parece que te encariñas con alguien, empiezan a planear la boda.

Hermione sólo seguía a Draco mientras caminaba alrededor del salón platicando. Sólo contestaba preguntas si se las hacían. Incluso a algunas personas que no se hubiera querido encontrar en un callejón oscuro durante la guerra. Hizo su mejor esfuerzo para perderse en la multitud, pasar desapercibida. Hacer un mínimo de contacto visual.

Duró mucho tiempo. Hasta se encontraron con Blaise, que llevaba a una guapa morena. Antigua familia española. Era completamente preciosa con sus profundos ojos oscuros. En verdad se veían fantásticos juntos. No por hacer menos a Blaise, pero la chica se vería fantástica junto a cualquiera.

Blaise no dio indicación alguna que hiciera pensar que había alguna clase de competencia, y en serio, ¿quién podría culparlo considerando a la chica que llevaba consigo? Era despampanante, pensó Hermione.

–Cariño –dijo una fría voz.

Se dieron la vuelta para ver a Narcissa Malfoy. Hermione se sintió como si la hubieran pillado con las manos en la masa.

–No vengas a casa el domingo, tu padre y yo estaremos fuera.

–Muy bien, madre –dijo él. Ella le lanzó una intimidante mirada a Hermione y se alejó.

–Eso salió bien –se mofó Hermione–, creo que le caigo bien.

Draco se rio. –No te ofendas, a menos que te presente formalmente, tú no existes.

–Puedo vivir con eso –dijo ella y tomó una copa de una bandeja que pasaba–. Mis pies me están matando.

–¿Quieres tomar un descanso?

–No, esto es divertido –dijo ella–. Me ha fulminado con la mirada gente que sospecho quiere usar mis tripas de liguero. Tu madre me ha desairado y me han torturado unos zapatos que estoy segura no son para uso humano…

La jaló del brazo y ella tuvo que seguirlo tambaleándose en sus tacones tratando de no derramar la bebida que sentía como su única salvación. La arrastró por las escaleras al segundo piso donde había un pequeño cuarto. La dejó caer en uno de los sofás, luego desapareció por un minuto, regresó con una botella.

Él se sentó en el sofá opuesto y abrió el corcho. Llenó sus copas, luego tomó su tobillo. Ella trató de zafarse, pero él la sostuvo firmemente. Le deslizó fuera la zapatilla y su adolorido pie se movió para liberarse del dolor y la presión.

–No –dijo ella, pero él sólo la miró, después le sobó el pie.

–No soy un completo cabrón –dijo él–. Puedo ser agradable.

En este momento era celestial, pero no iba a discutir los detalles. Ella sabía por experiencia que en él, ser agradable no necesariamente era algo bueno. Él coqueteaba y seducía, y podía estar completamente al tanto de lo que le estaba haciendo.

–No me acostaré contigo –dijo firmemente ella.

–Eres una coqueta –dijo él–. Tienes el pie prácticamente en mi entrepierna, seduciéndome.

Ella apartó el pie. Él se recargó y puso sus brazos detrás de su cabeza.

–La chica de Blaise es linda –dijo ella tratando de cambiar la conversación.

–Sí, pero a él no le gusta tanto.

–¿Cómo lo sabes?

Él se encogió de hombros.

–¿Por qué quieres restregárselo? –preguntó ella–. No es muy…cordial.

–Así hemos sido siempre –dijo Draco. Luego continuó tras un corto silencio–. Y lo que hizo contigo, eso fue una confrontación directa. No espero que lo entiendas.

–Yo era la chica que nunca deseaste –dijo ella–. Y eso es gracioso, yo estaba muy segura de que me odiabas.

–Sí te odio –dijo él–. Pero no lo tomes personal, yo odio a todo el mundo.

–Incluso a tus amigos.

–A ellos más.

–Eres una criatura extraña, Draco Malfoy –dijo ella–. Pero entonces no puedes resistirte a mí, o ¿cómo estaba eso de que no te podías resistir?

–Oh, escuchaste eso ¿no?

–Recuerdo algo así –dijo ella, estaba totalmente en modo provocador–. Así que me odiabas en la escuela, pero si te hubiera jalado a un rincón oscuro, me hubieras dejado hacerte lo que yo quisiera.

Él le dirigió una astuta mirada que le decía que sabía que ella se estaba aprovechando.

–Así que no podías resistirte a mí, así que si hubiera abofeteado a tu madre y quemado tu casa, incluso así hubieras sido ¿mi perra?

Él volteó los ojos. –No abuses –le advirtió.

–¿Qué tal ahora? –preguntó ella, lo estaba provocando, pero igualmente quería la respuesta–. ¿Puedes resistirte ahora?

–Vas a tener que ofrecer algo para averiguarlo –dijo él. Puso el pie de ella en su regazo de nuevo–. Aunque esa es tu verdadera debilidad, ¿no, Granger?, tan condenadamente curiosa.

Le acarició el pie, moviéndose más arriba hacia su pantorrilla. La sensación que le provocaba era ridícula. Todo en ella se tensaba y respondía. Parte de ella quería desesperadamente levantarse y unirse a él en ese sofá.

–No me acostaré contigo –repitió ella, pero su voz era un poco temblorosa. En verdad no quería mirar hacia abajo, porque estaba muy segura que sus pezones se estaban haciendo notar.

–¿Y por qué no? –preguntó él–. Creó que sí quieres.

–Porque… –empezó ella.

Porque un acostón de una noche era sólo eso, pero si ella cedía, caería efectivamente en una relación con Draco Malfoy, y eso era estúpido de cualquier forma en que se viera.

Su fija mirada la tenía inmóvil. Sus ojos se veían oscuros y profundos, y ella sospechaba que podían absorberla.

–Porque sería una mala idea en muchos niveles –dijo ella, tratando de hallar algo que decir–. Para empezar, me odias.

–Así es, pero algunas veces pienso que tal vez te odie menos de lo que odio a los demás.

–Ah bueno, he ahí la base para una relación –se mofó ella.

–Y cuando estás rebotando en mi verga…

–Dios, que vulgar eres.

–Déjame terminar. Y para que conste, sí, así soy –dijo él, todavía acariciando su pantorrilla–. Cuando estás rebotando en mi verga, casi puedo creer que no te odio en absoluto.

Hermione se mordió el labio. Iba a continuar con el sarcasmo, pero en el fondo sabía que acababa de escuchar que lo admitía. Acababa de escuchar a Draco Malfoy admitirlo. No, no, no, no quería ir ahí. No quería un Slytherin, quedar atrapada en su sociedad con sus modos. Quería un tipo normal, alguien que se acomodara en su vida.

Bajó la mirada a su regazo. Esto no iba a funcionar. Él no dejó de acariciar su pantorrilla, pero había un entendimiento entre ellos. No iba a tomar la bola y salir corriendo con ella. La iba a dejar justo donde la había encontrado.

Él era demasiado peligroso. Muy alejado de lo que ella quería. Un jugador dañado sin dirección que no hacía más que beber, ser un Don Juan y fiestear. Él no se acomodaba en su vida. Y no es que él pidiera eso, pero sabía en el fondo que tampoco podía jugar con él, esto era todo o nada para ella. No estaba segura del porqué, pero así era.

No estaba segura de qué lo hacía diferente para Blaise, pero había una diferencia, una importante.

–No puedo –dijo ella. Él pareció aceptarlo y rellenó sus copas.


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