Capítulo 8
VOLVER al trabajo fue un alivio para Hermioney esa mañana se entregó diligentemente a su quehacer. Ajustó el microscopio binocular y lo centró sobre el delicado engarce que estaba ejecutando. Para ella el intrincado diseño era un desafío tanto profesional como personal. Quería lo mejor y dedicaba su atención a los detalles minúsculos que la llevarían al resultado deseado... la perfección. No le importaba continuar trabajando durante el descanso para comer ni quedarse hasta más tarde en el taller; nada importaba salvo la calidad de su trabajo.
El establecimiento necesitaba contar con medidas de seguridad. Era fácil deshacerse de las gemas sueltas, por lo tanto se convertían en blanco preferido para robos. Allí había piedras preciosas de incalculable valor, así como un equipo muy caro. Por tanto, las medidas de seguridad eran muy rigurosas y la empresa contaba con una de las mejores cámaras acorazadas. Puertas de cristal a prueba de balas protegían al personal que trabajaba en el interior y un costoso sistema de seguridad se encargaba del resto. Sin embargo, había que tener precaución, algo a lo que ella se había acostumbrado a lo largo de los años y que nunca descuidaba. Una de las reglas de oro de la casa era que dos personas, nunca una sola, estuvieran en el taller. Si por casualidad algo desagradable le sucedía a uno, el otro podría hacer sonar la alarma. En los tres años que llevaba trabajando para la firma nadie había intentado forzar el sistema de seguridad a la luz del día.
¡Por el amor de Dios! ¿Por qué le rondaban esos pensamientos en la cabeza? ¿Instinto, premonición? ¿O se debía a su aguda vulnerabilidad actual? Por más que se esforzara, era incapaz de alejar a Draco de su mente. Era una fuerza intrusa que invadía cada minuto del día Podía sentir su contacto sin ninguna dificultad. Sentir su boca en la suya. «No sigas por ahí», pensó. Los recuerdos eran demasiado vividos, demasiado intoxicantes.
Tuvo que admitir que fue maravilloso mientras duró. Una fugaz aventura orquestada por razones incorrectas. Y la peor de ellas había sido la manipulación. ¿Entonces por qué sufría por él? El trato había acabado. Granger-Potter florecería bajo la dirección de Draco. La vida privada de Harry se mantendría en el anonimato. ¿Y en cuanto a ella? Había cumplido todas las obligaciones y era libre. Hermione sintió una risa cavernosa en la garganta. ¡Seguro que sí! ¡Pero la verdad era que nunca había estado más atada en su vida! Apenas comía, raramente dormía bien. Algo de eso podría haberlo atribuido a la tristeza por la pérdida de su padre. Y todo el resto era culpa de Draco.
El timbre electrónico sonó por encima de la música ambiental y Hermione alzó la vista. Al otro lado de la puerta vio una figura familiar con una bolsa de comida en cada mano. Era Ginny, camarera de una cafetería cercana con su pedido para el
almuerzo.
-¿Quieres ir a recibir los bocadillos o voy yo? De acuerdo, iré yo –dijo Hermione al darse cuenta de que Neville se encontraba empeñado en la delicada tarea de calentar un metal fino. Tras dejar a un lado las herramientas fue hacia la puerta, quitó el seguro y abrió el picaporte. Y en ese instante se desencadenó el infierno.
Tuvo una fugaz visión de la expresión aterrorizada de Ginny en el momento en que un hombre con la cara oculta bajo un gorro de lana para esquiar la catapultaba al interior del taller. La pesadilla comenzó al verlo blandir un horrible cuchillo. En tales circunstancias el cometido era claro. Obedecer las órdenes y no jugar a convertirse en héroe. Un cuchillo no era una pistola, además Hermione estaba entrenada en autodefensa. ¿Podría arriesgarse a desarmarlo? El hombre sacó una pistola.
-Ni se te ocurra -ordenó en un tono tan perentorio que le heló la sangre en las venas. Con un rápido movimiento le rodeó los hombros con un brazo y la atrajo hacia sí mientras presionaba la punta del cuchillo contra la garganta. Tranquila, tenía que permanecer tranquila. Lo que no era fácil ante la proximidad de la pistola, para no mencionar la amenaza del cuchillo. Con el rabillo del ojo tuvo una visión de Neville que movía sigilosamente un pie hacia el botón de alarma colocado en el suelo. Una llamada que enviaría una alerta electrónica al busca del supervisor, a la empresa de seguridad y a la comisaría de policía.
Hermione rezó para que el delincuente no lo hubiera notado. -Abre la cámara acorazada -dijo con una voz gutural que hizo que Neville alzara las manos en un gesto impotente.
-No sé la combinación. Una respuesta para ganar tiempo y el intruso lo sabía.
-¿Crees que soy tonto? -preguntó en un tono perverso mientras apretaba los hombros de Hermione
- Ábrela ahora mismo o usaré el cuchillo. Ella sintió la punta en la base de la garganta, una punzada en la piel y luego un cálido hilillo de sangre.
Neville no vaciló. Se acercó a la puerta de la cámara, marcó una serie de dígitos y luego abrió la puerta.
-Mete todo en un bolso. ¡Vamos! Neville obedeció tardando todo lo que se atrevía.
-¿Quieres que le haga daño de verdad? El cuchillo presionó con más fuerza y Hermione gimió de dolor.
-Lo hago lo más rápido que puedo -dijo Neville al tiempo que vaciaba bandejas echando el contenido en una bolsa
-. Esto es todo lo que hay.
-¡Dámelo! -dijo el delincuente al tiempo que soltaba a Hermione y se dirigía a la puerta. Pero ella vio lo que él no podía ver y deliberadamente mantuvo una mirada inexpresiva mientras dos guardas de seguridad armados se colocaban a ambos lados de la puerta de calle. Una sorpresiva patada bien dirigida era todo lo que se necesitaba para desarmar al intruso y proporcionar los pocos segundos esenciales de confusión para dar a los guardas la oportunidad de entrar y derribarlo. En una fracción de segundo el pie de Hermione le golpeó la muñeca y la pistola saltó por el aire.
Con una sarta de obscenidades el hombre se abalanzó hacia ella y Hermione apenas pudo ver cómo la puerta se abría de golpe y entraban los guardias antes de que el delincuente volviera a aferraría contra su cuerpo. La presión contra las costillas era agudísima y apenas podía respirar. Ginny empezó a llorar en silencio.
-Déjala marcharse -ordenó uno de los guardias y se ganó una mirada mordaz.
-¿Estás loco? Ella será mi salvoconducto para salir de aquí.
-Tira el cuchillo.
-Ni soñarlo, colega. Lo que había empezado como un atraco se convertía en una tentativa de secuestro. Entonces Hermione escuchó el sonido distante de una sirena que se acercaba velozmente al taller y luego se detenía. Segundos más tarde sonó el teléfono.
-¡Atiende tú! Moviéndose con todo cuidado el guarda obedeció la orden y luego le tendió el auricular al hombre.
-Es para ti.
-Dile al policía que quiero que me dejen salir de aquí sin trampas y luego que me den quince minutos para marcharme. Ese es el trato. La escena se parecía mucho a la de una película. Peor que eso, porque el hombre estaba desesperado y no vacilaría en hacerle daño a Hermione. En una fracción de segundo vio toda su vida desfilar ante sus ojos. Vio a su madre, a su padre, a Harry. Y a Draco. Demonios, ¿por qué Draco? Ella no tenía futuro con Draco. ¡Maldición, era posible que no tuviera futuro alguno!
-Os quiero a todos afuera. ¡Ahora! -ordenó furioso el delincuente y ella contuvo la respiración. Los guardias, Ginny y Neville desfilaron hacia la salida con calma y la puerta se cerró dejando a Hermione y al hombre en el taller.
-Tú y yo vamos a dar un paseo juntos -oyó la voz del hombre junto al
oído-. Y Si eres muy buena podría dejarte marchar cuando nos hayamos
alejado de aquí.
-Sí. Seguro que sí. Y a medianoche el sol resplandecía en Alaska. La mano del hombre apretó el pecho de Hermione.
-O tal vez podríamos corrernos una juerga dentro de un rato.
-Sí, en tus sueños. El hombre la empujó brutalmente contra un mostrador.
-Toma el maldito teléfono y dile a esos bastardos que se pongan en acción. Ella apenas podía creer que lo dejarían salir solo de allí. Las piedras preciosas costaban una fortuna. Y su vida estaba en peligro. Al tomar el auricular vio que le corría sangre de una herida en la mano.
-Manténgase tranquila. Haga lo que le dice. Hemos bloqueado las calles así que no podrá ir muy lejos -la voz masculina era clara y directa.
-Un movimiento equivocado por parte de ellos y tú pasarás a la historia, ¿me oyes? Lo que sucedió a continuación fue una pesadilla de acciones, ruidos y miedo; todo en un calidoscopio de movimiento mientras la obligaba a llevar la bolsa con las gemas, la utilizaba como escudo humano y, ya en la calle, la movía a empellones hacia su coche.
En esos terribles segundos ella se preparó para cualquier cosa, y no fue hasta que la empujó por el asiento del conductor y luego casi se sentó encima de ella que pudo darse cuenta de que lograría escapar. Y la llevaría consigo.
El hombre hizo girar la llave de contacto y arrancó el coche. Hermione oyó el chirrido de las ruedas mientras el vehículo escapaba a una velocidad temeraria. Automáticamente se apoyó en el salpicadero y escuchó su risa demencial mientras hacia virajes entre los coches que corrían por la calzada. Luego hizo un violento giro a la izquierda y dejó escapar un grito de rabia al ver que la calle estaba bloqueada. Entonces giró en redondo, pero fue inútil porque otra vez encontró la calle bloqueada. El coche rebotó contra otro vehículo con un golpe sordo de metales aplastados antes de salirse de la calzada e ir a dar a un costado de la calle en medio de los frenazos y cláxones de los otros vehículos. Segundos antes, Hermione vio el desastre inminente y al dictado de un impulso abrió su puerta y se lanzó antes de que el coche se estrellara.
Cuando su cuerpo cayó en el asfalto, por unos segundos sintió un agudo dolor, luego intentó moverse y luego... nada. Hermione estaba soñando. Sentía una extraña levedad corporal. En ciertos momentos parecía que emergía hacia la conciencia y luego volvía a caer en un sopor más reconfortante. Había voces, al principio lejanas y confusas y luego muy claras a medida que empezaba a despertar totalmente. Paredes blancas, movimientos, un leve olor antiséptico y una enfermera con uniforme que examinaba sus signos vitales.
Un hospital.
Hermione observó el gotero, las vendas en un brazo y sintió un dolor generalizado, especialmente en la cabeza, en una cadera y en un hombro.
-Muy bien. Ya está despierta -dijo la enfermera con una mirada minuciosa-. Contusiones múltiples, rozaduras, heridas superficiales producidas por arma blanca y conmoción. Le hemos administrado analgésicos. Pronto vendrá el médico. Ah, tiene visita. Alguien que había llegado minutos después que la hospitalizaran, que insistió en que la atendieran los mejores médicos y que la pusieran en una habitación individual.
-¿Una visita?
-Si no se siente en condiciones de recibirlo puedo hacer que espere. Seguramente se trataba de un agente de la policía para tomarle declaración.
-No, déjelo entrar. Apenas había salido la enfermera, entró Draco y su presencia pareció llenar la habitación. La expresión sorprendida de Hermione hizo aflorar una sonrisa a sus labios aunque sus ojos se mantuvieron serios mientras se acercaba a la cama.
-¿Ni siquiera un «hola»? Hermione sintió que se le aceleraba el pulso.
-Me he quedado sin habla.
-¿Debido a mi visita? -dijo en tono ligero mientras se preguntaba si ella podría imaginarse por lo que había tenido que pasar unas horas antes. Rabia... no, rabia cuando le informaron sobre lo sucedido. Y miedo. Auténtico miedo al pensar que pudo haberla perdido. Todavía luchaba contra esas dos emociones y las controlaba por pura fuerza de voluntad. El delincuente pagaría caro el hecho de haber puesto en peligro la vida de esa mujer
- Nadie me iba a impedir que entrara a verte. ¿Cómo estás, cariño?
-Tan bien como se puede esperar. Draco le acarició suavemente el mentón con los dedos.
-¿Necesitas algo? «Tú», pensó al instante.
-¿Cuándo podré salir de aquí?
-En uno o dos días -dijo al tiempo que le acariciaba el labio inferior.
-¿Y el secuestrador? El rostro de Draco se convirtió en una dura máscara.
-Detenido y en la cárcel. En ese momento entró la enfermera.
-Debo pedirle que se marche. La paciente necesita descansar. Durante un instante Hermione pensó que se iba a negar, en cambio se acercó a ella, la besó en los labios y se retiró. Por la tarde Hermione recibió dos ramos de flores. Uno de parte del personal del taller y tres docenas de rosas rojas, con una tarjeta en la que se leía una sola palabra escrita en tinta negra: Draco.
Hermione comió poco, mantuvo una breve conversación con la policía en la que narró los sucesos ocurridos antes y después del atraco. Más tarde se quedó dormida, ajena a la presencia de Draco que observaba su rostro en reposo. Tan delicada. Con una piel de porcelana y una boca que era una pura tentación. Deseaba llevarla a su casa, abrazarla y protegerla mientras dormía. Y asegurarle que nunca nadie volvería a hacerle daño, a ella, cuyos hermosos ojos marrones lo habían cautivado desde que la conoció. Sin mayor esfuerzo se había apoderado de él, robándole el corazón.
¿Sería consciente del sentimiento que despertaba en él? La pregunta de fondo era saber qué intentaría hacer él al respecto. Hermione se despertó temprano. Después de ducharse ayudada por una enfermera, le dijeron que le quitarían el gotero intravenoso y ella declaró que quería marcharse a casa. El especialista se mostró menos entusiasta. -Preferiría que se quedara bajo observación otras veinticuatro horas.
-Preferiría, aunque no es absolutamente necesario, ¿verdad?
-¿Vive sola?
-No exactamente. El gato no contaba, pero tenía teléfono, teléfono móvil y una buena vecina. El médico examinó los signos vitales, y el historial médico.
-Vamos a hacer un trato. Esta tarde la volveré a examinar con vistas a una posible alta. ¿Tiene alguien que la venga a buscar y la lleve a casa? Pasadas las seis de la tarde, Hermione llegó a su apartamento en un taxi.
El gato la saludó con un maullido de protesta. Hermione le dio de comer y luego se preparó una taza de té. Sentía mucho dolor, así que tomó dos calmantes. Luego se instaló cómodamente en un sofá frente al televisor con el gato en su regazo. Eligió una comedia de media hora de duración y se preparó para relajarse. La insistente llamada del teléfono interno fue como una intrusión indeseable.
A través de la pantalla del aparato vio que era Draco.
-Estoy bien y a punto de acostarme.
-Abre la puerta.
-Estoy demasiada cansada para recibir visitas.
-Hermione.
-Déjame sola, por favor -dijo y cortó la comunicación. Minutos más tarde, sonó el timbre de la puerta. ¿La vecina?
Era el administrador del edificio acompañado de Draco. Ella abrió la puerta.
-Su... amigo estaba preocupado por su salud -explicó, con expresión contrita.
-Como puede ver, me encuentro bien. Draco se volvió al hombre.
-Yo me quedaré con ella. El administrador la miró confundido.
-¿Hermione?
-Está bien. Segundos más tarde, tras cerrar la puerta, se volvió al hombre que había trastornado su vida.
-¿Qué crees que estás haciendo?
-¿Quieres que te prepare el neceser o lo haces tú? -preguntó en un tono muy controlado.
-¿Qué has dicho?
-Lo que has oído. O vienes conmigo o me quedo a dormir aquí -dijo en un tono suave como la seda, pero con una mirada inmisericorde
- Tú verás.
-No quiero verte aquí. La mirada de Draco se oscureció y sin decir palabra se dirigió al dormitorio.
-¡No puedes hacer esto! -exclamó Hermione al ver que abría los cajones de la cómoda y empezaba a meter ropa en un bolso. Luego fue al armario y sacó unos vestidos que también colocó en el bolso. Más tarde añadió algunos artículos de aseo que encontró en el baño.
- De acuerdo, nos vamos.
-No iré a ninguna parte contigo.
-Sí que lo harás. Por tus propios pies o tendré que llevarte en brazos. Hermione quería golpearlo.
-¿Quién demonios te crees que eres?
-Necesitas descansar y recuperarte. Y necesito ver que lo haces.
-Puedo cuidar de mí misma
-Seguro que sí -replicó al tiempo que cerraba la cremallera del bolso
- La próxima semana. Hasta ese momento yo me encargaré de tí – añadió con una
mirada desafiante. No había duda de que estaba decidido a hacer lo que decía, así que lo siguió hasta el vestíbulo donde tomaron el ascensor.
El Aston Martín estaba estacionado a la entrada del edificio y Hermione se acomodó en el asiento del acompañante. Minutos más tarde se sumaron al tráfico y recorrieron la corta distancia hasta llegar a la casa de Draco en Wiltshire.
Hermione apenas lograba controlarse. Era el hombre más imposible que había tenido la desgracia de conocer. Draco estacionó el coche en el garaje.
-¿Cuánto tiempo piensas estar de mal humor?
-No estoy de mal humor. Simplemente no tengo nada que decirte. Mientras ella no tenía nada que decir, él tenía muchas cosas que decirle acerca de los riesgos que había corrido y de jugar a la heroína. Maldición, ¿tenía idea de lo que pudo haberle ocurrido?
-Eres una testaruda -dijo al tiempo que la tomaba en brazos, se inclinaba para recoger el bolso y con una cadera cerraba la puerta del vehículo.
-Te odio -dijo Hermione con fiereza.
-Una emoción muy saludable.
-Bájame, puedo caminar. Una vez en la casa, Draco cruzó la galería y por fin la dejó sobre el suelo del dormitorio principal. Luego echó la ropa de cama hacia atrás y acomodó las almohadas.
-Métete en la cama. Traeré una taza de té.
-No necesito un enfermero. Draco se aflojó la corbata y se quitó la chaqueta.
-O es aquí o en el hospital. Y si no estás acostada cuando vuelva, yo te meteré en la cama. Con el cuerpo muy dolorido ella entró en el cuarto de baño. Minutos más tarde volvió a la habitación y se metió en la cama. Sería tan fácil cerrar los ojos y quedarse dormida. Draco entró en la habitación y cerró la puerta con cuidado. El té y el bocadillo podían esperar.
Contemplar su cabeza apoyada en las almohadas y su rostro en reposo fue suficiente para dejarlo sin aliento, con el corazón latiendo atropelladamente. Draco se sentó junto a la cama, alerta al menor movimiento, a la menor queja de dolor.
Durante la noche le administró otros dos analgésicos con un vaso de agua. Era allí, en ese lugar, donde ella pertenecía. Donde él quería que permaneciera.
