Capítulo 9.
Los golpes no dejaban de sonar en la puerta, una y otra vez, quien quiera que fuese llevaba más de media hora haciéndolo; Regina, harta de oír los golpes, se paró un último momento para observar a la rubia dormir, parecía tan inofensiva y perfecta… Se levantó con cuidado de no despertarla y con una sonrisa tonta en la cara, se puso una camisa y unos pantalones, y bajó a abrir la dichosa puerta. Cuando la abrió se le borró la sonrisa de la cara, al verlos recordó lo que le había contado Emma la noche anterior, a ella le daba igual lo que le dijeran, lo que realmente la había enfadado había sido que la hubiesen hecho llorar, odiaba ver llorar a la gente, sobre todo si quería tanto a esas personas y había sido en parte culpa suya. Cuando habló se notó la irritación.
-¿Qué queréis?
-Nosotros también nos alegramos de verte Regina- dijo Mary Margaret con su permanente sonrisa.
-Sí ya, igual que anoche-susurró para sí misma, volvió a hablar alzando la voz para que la oyesen- ¿Me vais a decir qué queréis o puedo volverme a dormir?
-De acuerdo, Emma ha desaparecido, anoche dijo que se iba a casa porque estaba cansada pero nunca llegó, queremos que nos ayudes a encontrarla… ¿Por qué sonríes? Es algo serio no tiene gracia- Regina luchaba por no reírse pero la situación era muy graciosa.
-Lo lamento, pero ni puedo ni quiero hacer nada.
-¿C-cómo? ¿Qué no quieres hacer nada? Después de todo lo que hemos pasado por tu culpa, ¿nos dices que pasas de ayudarnos?- medio gritó David.
-No hace falta que grites Nolan, simplemente tengo cosas más importantes que hacer y de las que preocuparme de dónde está Emma- mintió, porque en realidad sí le importaba pero sabía dónde estaba en ese momento- ¿no se os ha ocurrido pensar que quizás no quiera volver a casa, que se ha ido porque está harta de las pegatinas de unicornios y de que lo veáis todo rosa?
-Se nota que no conoces a nuestra hija, Regina, mas es comprensible, tú no eres capaz de entender a nadie porque eres malvada, insensible e inaguantable. Gracias por nada- dichas estas palabras, Mary Margaret cogió a David de la mano y ambos se fueron de allí.
-Regina…
La morena se giró a la vez que cerraba la puerta, no sabía si alegrarse de ver que no se había ido o entristecerse porque seguramente había oído la conversación, se acercó a ella y le dio un beso en los labios sonriendo.
-Buenos días princesa.
-Buenos días preciosa- la rubia sonrió, pero la miró algo triste- ¿cómo puede no molestarte que te digan todo eso?
-Supongo que será la costumbre de oírlos, ¿estás bien?- preguntó recordando lo ocurrido la noche anterior.
-Sí, si tú lo estás. ¿Qué querían?
-Te están buscando porque anoche les dijiste que te ibas a casa y no llegaste allí- ambas sonrieron recordando esa noche, la morena se acercó a la rubia rodeando su cintura con los brazos, la otra pasó los suyos por sus hombros- estaban preocupados y han venido a pedirme ayuda.
-¿Blanca Nieves y el Príncipe Azul pidiéndole ayuda a la Reina Malvada?
-Sí, algo no muy corriente, pero les he dicho que ni podía ni quería ayudarlos a encontrarte.
-¿Y eso?- susurró Emma en sus labios- pues no entiendo por qué no querrías que mis padres estuviesen en estos momentos conmigo llenándome la cabeza de tonterías, y no pudiésemos estar juntas y haciendo esto- nada más decir eso la besó.
Tras un rato se separaron y Regina apoyó la cabeza en su hombro, respirando y dejando algún que otro beso en su cuello- Pues si tú no lo entiendes, ¿cómo voy a hacerlo yo? ¿Cómo va a ser mejor estar las dos juntas, besándonos y queriéndonos a estar yo aquí sola y triste y tú con tus padres los cuales te dicen tonterías varias?- ambas rieron y se dieron un último beso antes de separarse.
-Te quiero, digan lo que digan mis padres eres perfecta y muy sexy- le guiñó un ojo y Regina sonrió.
-Yo también te quiero mucho y Neal y Garfio estarán de acuerdo en que estás demasiado buena- miró la hora de su reloj y se puso seria de repente, habló con voz de niña que no quiere ir al colegio- tengo que irme a trabajar… Quédate aquí si quieres, coge lo que quieras de mi armario, volveré para comer.
-Iré a mi casa a ver si consigo que mis padres me dejan de buscar y se meten un poco en sus asuntos, ¿quieres que traiga algo para comer?
-Vale, cualquier cosa estará bien. No deberías ser tan dura con ellos, son los Charming al fin y al cabo. Hasta luego princesa- sonrió, le dio un beso corto y, tras coger su bolso se fue.
Emma.
Cuando Regina salió por la puerta suspiró triste por su marcha, pero decidió hacer lo que había dicho, subió a vestirse, cogió su chaqueta y salió de la casa de la morena. El día había amanecido soleado, pero había algunas nubes que ocultaban el sol de vez en cuando; la rubia fue caminando tranquilamente por la calle, saludó a un par de conocidos que se cruzó, mas a penas se paró a hablar con ellos. Pasado un rato llegó al apartamento que compartía con sus padres, buscó las llaves en los bolsillos de su chaqueta roja y, al no encontrarlas, se vio obligada a tocar el timbre; fue Henry el que abrió la puerta, sonrió y la abrazó con fuerza, Emma le devolvió el abrazo echando un vistazo al interior de la casa, no parecía haber nadie, soltó al chico y entró.
-¿Dónde están todos?
-Los abuelos están buscándote por la ciudad, Garfio arriba, creo, papá con el señor Gold, ¿o era al revés? No lo tengo claro, todos estaban preocupados por ti, pero no les dije nada como te prometí-sonrió Henry rascándose la cabeza algo confuso.
-Gracias Henry, la verdad he venido para hablar con David y Mary Margaret para decirles que nos vamos de casa.
-¿Nos? ¿Yo también me voy?
-Si quieres sí.
El chico sonrió y sirvió dos tazas de chocolate con canela, le dio una a su madre y bebió de la suya- Quizá más adelante, prefiero que vosotras paséis un tiempo conviviendo juntas- ocultó una sonrisa tras la taza, Emma lo miró mal pero apenas duró unos segundos esa mirada porque también acabó sonriendo.
-¿Cuánto hace que lo sabes?
-Oh vamos, era obvio, lo confirmé cuando le cortaste el manzano, nadie había hecho nada así nunca para llamar su atención. Lo que no entiendo es cómo os ha podido costar tanto daros cuenta a vosotras.
-No lo sé… Pero tú has sido el primero y el único, de momento no vamos a decir nada.
-No diré nada, no te preocupes.
En ese momento se abrió la puerta del apartamento y entraron Neal, Mary Margaret y David, los dos últimos se abalanzaron sobre Emma, abrazándola y con expresión de alivio, Emma intentaba decirles que estaba bien, que no se preocuparan, le costó mucho librarse de ellos; cuando logró desasirse de los brazos de sus padres Neal se acercó y la abrazó, la rubia se dejó ya que no era más que un abrazo, y se lo correspondió, el empezó a hablar.
-Gracias a Dios que estás bien, nos tenías preocupados.
-Sí, no hace falta que os preocupéis tanto por mí.
-¿Seguro que estás bien?- tomó su cara entre sus manos y apartó varios mechones de pelo de su cara buscando heridas, frunció el ceño al ver las marcas de su cuello, ella habló antes de que –Sí, estoy bien, y agradecería que me dejaseis todos tranquila.
Ignorando las palabras de la rubia, Neal la acercó a él y la besó con intensidad, impidiéndole que se separase de él hasta pasados unos segundos; cuando Emma se vio libre de sus brazos, no dudó ni un instante en darle un manotazo en toda la cara, dejándole la mano marcada y un diminuto hilo de sangre en el labio.
-¡Emma! –gritó Mary Margaret. ¿Es que no había visto lo que acababa de pasar? Tendría que haberle dado una paliza… que sería menos dolorosa que la que se llevaría si Regina se enterase de eso.
-No vuelvas… a hacer eso en tu vida, ¿me oyes?- se podía percibir perfectamente la ira y el enfado en la voz de Emma- únicamente he venido a deciros que me voy de casa.
-¡¿Qué?!- gritaron los tres adultos a la vez.
-Estarás de broma Emma, no tienes a dónde ir-dijo David.
-No puedes hacer eso, ¿cómo te vas a ir de casa? ¿Dónde piensas ir?- preguntó Mary Margaret.
-¿A qué viene esto ahora? Y más después del susto que nos has dado- espetó Neal.
-Me voy a vivir a casa de una amiga, y esto viene a que estoy harta de que pintéis el mundo de colorines y veáis unicornios donde no los hay, y de que tú y Garfio seáis unos cerdos asquerosos que no paréis de agobiarme y tratarme como si fuese un premio cuando así sólo lo empeoráis todo- se sintió mejor después de decir todo eso.
-Claro, y si no es mucho pedir, ¿podrías decirme quién te ha hecho esas marcas en el cuello? Sólo por curiosidad- fue Neal el que habló, con resentimiento en la voz, sus padres la miraron sorprendidos, ella los ignoró.
-Voy a por mis cosas- dicho eso subió a su habitación, metió toda su ropa en una maleta y algunas de sus cosas más preciadas; cuando tuvo todo preparado bajó y le dio un abrazo de despedida a Henry- adiós chico, nos veremos todos los días, y si necesitas algo llámame.
-No te preocupes mamá, lo haré.
-Ema, no puedes irte, ni si quiera nos has dicho dónde te vas ni con quién- dijo su madre triste.
-No será para siempre, desgraciadamente, os he dicho que me voy a casa de una amiga, si necesitáis algo llamadme.
Les dio un abrazo a sus padres, Neal se había ido ya al parecer, y se fue llevándose únicamente una maleta con ropa y sus cosas más importantes; decidió volver andando a casa de Regina, pero antes paso por Granny´s para comprar algo de comer, cuando salió fue directamente a casa, no recordaba que Regina le hubiese dado llaves. Cuando llegó vio que había una nota en el suelo en la que decía que las llaves estaban debajo del felpudo, se agachó para cogerlas (sin saber que un hombre la observaba desde la casa de enfrente, ni que le estaba apuntando con una pistola) se levantó con ellas en la mano y abrió la puerta, justo en el momento en el que iba a entrar, las bolsas con comida que llevaba en las manos cayeron al suelo, Emma se llevó las manos al estómago conde había impactado la bala, no dejaba de salir sangre; hizo lo que pudo para entrar dentro, no sabía qué hacer, alguien le había disparado ¿Quién? ¿Desde dónde? ¿Por qué? ¿Qué había hecho ella? Eran demasiadas preguntas, no podía pensar con claridad, todo se le volvió negro y lo último que hizo fue intentar contactar con Regina.
"Socorro…" no pudo seguir, sus ojos se cerraron y se quedó allí, tirada en la entrada de la casa de la morena.
