La Historia es de Elizabeth Harbison. Los personajes no son mios.

Capitulo 1

Candy White no podía creer lo que le estaba pidiendo su hermana.

- Ni hablar – dijo firmemente, rodando con la vieja silla de madera de nuevo hacia el escritorio, dándole la espalda a su hermana -. No me voy a involucrar en tu ridículo plan.

- Pero Candy – lloriqueo Susana como la hermana pequeña de hace veinte años, en lugar de la mujer adulta en la que se habia convertido -. Es una buena causa. Piénsalo, es romántico. ¿No tienes aunque sea un poquito de romance dentro de ti?

Candy giro en su silla para poder mirarla. Esa si era una pregunta a la que no podía responder fácilmente.

- No. Ni siquiera un poquito – ni hablar, el romance era un juego, y ella estaba harta de jugarse la vida.

- Candy! - Susana estaba horrorizada -. No puedes decir eso.

- Oh, si, si puedo! – Candy sonrió y se volvió hacia los libros de contabilidad del Rancho White que intentaba cuadrar. Rancho White era un negocio familiar en Texas, podría decirse que el mejor criadero de caballos de carreras del oeste.

En realidad, era la perfecta metáfora para responder a la pregunta de Susana. Durante los últimos cuarenta años, la familia White habia vivido épocas de banquetes y épocas de hambruna, dependiendo del pedigrí de los caballos, las condiciones de la pista de carreras, el clima, la salud y los hábitos de los jinetes en lo que se refiere a bebidas alcohólicas, vudú y un montón de variables mas que no se podían controlar.

Tenia ganas de dejarlo. Ya habia ahorrado una cantidad considerable de dinero y, una vez alcanzara su meta, se mudaría a Dallas. La ciudad estaba lo suficientemente cerca para ayudar a su padre y su hermana si la necesitaban, y lo suficientemente lejos para no involucrarse en el negocio familiar y empezar una nueva carrera. Probablemente como maestra de escuela primaria. La gente de Avon Lake se sorprendería de saber que se habia licenciado en Educación Infantil.

Para algunos la vida de las carreras era una vida emocionante, pero no para Candy. Aunque le encantaban los animales, aun no podía recordar los primeros años de penuria cuando su familia subsistía con arroz y alubias, y vivía bajo una constante amenaza de perder la casa. Su madre lloraba, su padre perdía la paciencia, las niñas eran ignoradas…. Habia sido una vida muy estresante.

Susana era muy pequeña en aquella época y, por suerte, habia olvidado lo peor. Creía que habia vivido una vida solo de feliz prosperidad.

Francamente, eso la hacia comportarse un poco como una mocosa malcriada a veces.

- Candy – Susana giro la silla de Candy para mirarla a la cara -. Por favor.

- No.

- Hazlo por mí.

Candy meneo su cabeza, incapaz de entender el egoísmo de su hermana.

- No, Susana. No me voy a casar por ti – era increíble que incluso tuviera que decirlo, y aun mas que tuviera que repetirlo una y otra vez.

- No tienes que casarte de verdad – Susana se apresuro a corregirla -. Simplemente dile a papa que te vas a casar. Mientras piense que tu te vas a casar, y yo puedo seguir adelante y planear adelante.

Candy dejo caer sus manos sobre su regazo y miro a su hermana con paciencia.

- Dile a papa que me voy a casar.

Susana asintió con ilusión.

- Eso es.

- Inventa un prometido, planea una boda de mentira, múdate a una casa imaginaria, produce y cría una manada de niños imaginarios durante los próximos treinta o cuarenta años hasta que me retire con mi marido inexistente para dar brincos con nietos que nunca tuve en las rodillas.

- Bueno… - parecía que por fin se hacia la luz en la mente de Susana -. Supongo que tienes razón.

Candy levanto sus manos.

- Aleluya. Por fin has visto la luz.

Susana asintió, y por un momento pareció que de verdad se habia dado cuenta de la estupidez de su plan. Pero entonces dijo pensativamente dándose golpecitos en la barbilla.

- Tendremos que encontrar a un chico de verdad.

- ¿Cómo?

- O quizás contratar a un actor.

Dejo a Candy boquiabierta. Dejo a Susana a un margen de diez a quince segundos para que se riera y dijera que era una broma, pero su cara permaneció completamente seria.

- ¿Estas escuchando lo que dices? – Pregunto Candy por fin -. ¿Ahora quieres contratar a un actor? ¿Y hacerme pretende que me caso con el?

- Bueno…

- ¿Y todo para que puedas ablandar el machismo anticuado e intolerable de papa? Ni hablar.

Albert White era inflexible respecto a que su hija menor no podía casarse hasta que lo hiciera la mayor. Pero ella sabia que esa idea tenía el mismo origen de tantas ideas sobre hombres y mujeres: el viejo campo y su estricta educación.

Antes de que muriera la madre de Candy, su padre le habia dejado el cuidado de los niños a ella. El habia sido el que jugaba con las niñas, el que daba el toque suave y siempre tenían una sonrisa y un guiño para ellas cuando estuvieran en apuros.

Pero cuando la madre de Candy, Helen, falleció, Albert se encontró como un animal perdido, paseando de un lado a otro e intentando comprender a sus hijas que, hasta entonces, habían sido meros juguetes. Una vez asumió la responsabilidad de criar a Candy y a Susana, se tomo el trabajo muy en serio, incluso a costa de perder su lado más suave con ellas.

- ¿Qué otra cosa puedo hacer?

- Tú y Anthony deberías casaros de una vez. Simplemente hacedlo. Fugaos. Papa lo superara.

- ¿Y si no lo supera? ¿Que pasara si lo hago y me deshereda y despide a Anthony? – Anthony Blume era el prometido de Susana y el mejor entrenador de su padre.

- No despedirá a Anthony – dijo Candy -. Es demasiado valioso. Y en cuanto a desheredarte, eso es una tontería.

- ¿Cómo puedes saberlo?

- Porque te quiere, Susana y quiere que seas feliz. Incluso si es en contra de ss anticuadas nociones de decoro del siglo XVI.

- ¿Y si te equivocas?

- No, no me equivoco – Candy miro a su hermana y negó con la cabeza - Mira, te prometo que solo esta siendo un viejo fanfarrón.

Susana ni parecía muy convencida.

- Bueno, si lo piensas, en realidad solo se esta preocupando por ti. No quiere que seas una vieja soltera solitaria. Podrías tranquilizarlo si lo convences de que estas felizmente prometida con alguien.

Candy le dedico a su hermana una dura mirada antes de volverse hacia el escritorio y agarrar un bolígrafo. No valía la pena responder a un argumento tan estúpido.

- Esta conversación se ha terminado, Susana. Cierra la puerta cuando salgas ¿quieres?

Volvió a mirar en el libro de contabilidad y encontró lo que estaba buscando. Un apartado llamado "Esencia de Fuego", valorado en cuatrocientos veinticinco mil dólares.

Según disminuía la reserva de semen congelado del gran caballo de carreras Fireflight, el precio subía. Era una gran oportunidad para convencer a su padre de que invirtiera en algo solido para tener unos buenos ahorros sin importar que ocurriera en las carreras.

Iba a hablar con el sobre ello enseguida, antes de que se le ocurriera invertir el dinero en algo arriesgado. Le encantaba el riesgo, lo cual era, para ella, motivo de preocupación.

Descolgó el teléfono y marco la extensión de su padre, pero Susana la detuvo al quitarle el auricular y colgar.

- Que te parece esto… - empezó Susana, utilizando, de nuevo, un tono de voz persuasivo -. Que tal si pruebas a salir con chicos. Sal con un par de ellos y mira a ver a donde lleva. Quizás todo este problema se resuelva solo, de forma natural y honesta.

Candy se rio.

- Que altruista.

-Lo creas o no, Candy, me preocupo por ti. Probablemente te haría bien salir un poco en lugar de trabajar todo el rato.

- He salido con todos los chicos casaderos del pueblo, los cuatro y con todos mis respetos, gracias, pero no, gracias – se burlo Candy.

- No con todos – insistió Susana – Por ejemplo, Terry Grandchester ha vuelto al pueblo. Nunca saliste con el, a pesar de que… - siguió con un tono de voz conspirador – sinceramente, creo que siempre ha sentido algo por ti.

Candy se encrespo ante la mención de Terry Grandchester. Hablando de un riesgo que no quería correr! Ya habia apostado anteriormente por el y habia perdido.

La oveja negra de la decente familia dueña de la propiedad colindante al Rancho White, Terry Grandchester siempre habia sido un niño salvaje y algo mas que peligroso. Cuando eran niños, solía lanzar cohetes en los límites de la propiedad y cuando Candy lloraba y le pedía que parase, simplemente se reía y encendía otro.

Cuando estaban en la secundaria, solía conducir su todoterreno con tracción a las cuatro ruedas por los pastos, lo cual enojaba tanto al padre de Candy como al suyo propio, pero a el le divertía lo suficiente como para seguir haciéndolo. Habia sido un niño rebelde, un gran contraste con la naturaleza seria de Candy, y se habia dado de tortas por sus diferencias mientras crecían. En el primer ciclo de secundaria, la habia llamado "Sally, la seria" y ella habia tenido miedo a sus modales indómitos.

Pero Candy también recordaba claramente la vez en la que lo vio dispara a su propio perro mientras corría en el prado. Lo vio toco con puro horror y salió corriendo sin mirar atrás, jurando no volver a acercarse a mas de sesenta yardas del Rancho Grandchester nunca mas. Era la prueba de lo que ya habia empezado a sospechar: Terry no era lo que parecía. La gente pensaba que era encantador y listo, y mas de una chica, Dios lo sabia, se habia enamorado de su carisma. Pero lo cierto era que Terry Grandchester no era lo que aparentaba ser.

Esa conclusión hizo que Candy se sintiera mas cómoda con lo que le habia hecho a ella.

Terry habia sido considerado en la escuela secundaria y en el pueblo un conquistador; el tipo de chico del que ninguna chica esperaba una llamada al día siguiente, pero con el que estaba dispuesta a correr el riesgo de todas formas. Si las historias eran ciertas, decenas de mujeres habían caído presas de sus encantos. Incluso Candy lo habia besado una vez en una fiesta el verano de su ultimo curso de secundaria. Habia sido estupendo, y durante varias semanas después, habia abrigado la esperanza de que la llamaría y de que quizás… en fin, que mas daba. Mas tarde, se dio cuenta de que para Terry habia sido tan solo la pasión de un momento de fiebre hormonal.

Así que el quizás nunca llego, y Candy se arrepintió de haber admitido su afecto por el. Según su amigo Lou Parker, solo se habia enrollado con Candy en broma, en respuesta a un desafío. Las posteriores insinuaciones amorosas de Lou solo sirvieron para agravar el insulto.

Poco después de aquello, Terry Grandchester se fue del pueblo, y después de esa humillación por la que habia pasado Candy, se alegro de ello. Esperaba que nunca volviera.

Pero habia vuelto.

Y su hermana, que debería haber sabido mejor lo que hacer al respecto, estaba sugiriendo que saliera con el.

- De ninguna manera – le dijo a Susana mientras acariciaba al perro, Sierra, que estaba tumbado a sus pies. Habia tenido al perro doce años y ya se estaba haciendo muy mayor y flaco, pero era parte de la familia -. Prefiero hacerme monja. Ahora déjame trabajar, tengo que hablar con papa de las finanzas.

Susana coloco sus manos sobre sus esbeltas caderas.

- ¿Así que ya esta? ¿Ya no hablamos más de mi matrimonio?

- No, me encantaría hablar de tu matrimonio. Es del mío, o de la falta del mismo, de lo que no quiero hablar más.

- Vale – sonrió Susana con suficiencia-. Entonces, no tengo nada más que decirte en absoluto.

Se marcho indignada, y Candy la observo salir de la habitación con una ligera irritación.

Siempre habia sido así con Candy. Debería de estar acostumbrada a estas alturas, pero de alguna manera siempre esperaba que su hermana se pusiera a la altura de las circunstancias y emprendiera el camino del éxito.

En fin, en esos momentos no tenía el tiempo ni las ganas de preocuparse por ello. Tenía que cuadrar aquellas cuentas y, mientras medio millón de dólares eran algo muy decente para añadir a cualquier libro de contabilidad, no estaba tranquila dejándolo en la cuenta corriente.

Descolgó el teléfono de nuevo para llamar a su padre.

Continuara…