Disclaimer: todos los personajes le pertenecen a J. K. Rowling y yo solo juego con sus personajes. La idea viene de varios fics que he leído tanto en inglés como en español, pero la historia es mía.
Capítulo 26
Los seis magos habitantes de Granger Manor se quedaron con la boca abierta, ya que a solo unos centímetros de distancia estaba su amada, su pequeña, su esposa.
Hermione estaba tan guapa como siempre e incluso más, el embarazo de dos meses apenas se le notaba, pero si se le miraba fijamente la zona del vientre se podía observar una pequeña redondez.
Hermione se dirigió hacia donde estaban los inefables, sin siquiera mirar de nuevo a los seis magos, esperando que éstos hablaran para poder marcharse lo más rápido posible. Le hacía daño sentirse observada por los hombres que amaban y que la habían herido.
—Muy bien señora Granger, el procedimiento es el mismo, póngase en ropa interior para poder echarle los hechizos pertinentes y ver la evolución de su embarazo. —dijo el inefable sin emoción en su voz.
Hermione asintió y se quedó en ropa interior de color verde, algo sencillo, nada provocativo, pero bastó esa vista para que seis erecciones se alzaran. Los magos, dándose cuenta de su excitación, intentaron penar en otra cosa, pero no podían. Cada uno de ellos había pasado un mes sin hacer el amor con ella y al ver el cuerpo desnudo de Hermione, todos sintieron unas ganas irrefrenables de tocarlo y acariciarlo como antaño.
El inefable junto con su compañero, echaron sendos hechizos de la misma forma que la última vez. Esta vez sin embargo no saló ningún haz de luz, simplemente la barriga de Hermione se iluminó intensamente.
—Veo que ha decidido no mantener relaciones sexuales por su estado de buena esperanza. —dijo el inefable mientras el otro anotaba todo en un pergamino.
—Sí, tuve algunas dolencias el primer mes y algunos pequeños sangrados, pero el médico muggle me indicó que no era nada, pero por seguridad que me abstuviera de tener relaciones sexuales hasta al tercer mes. —mintió Hermione con soltura ya que lo tenía ensayado.
Los seis maridos se miraron con incredulidad y dolor. No sabían nada de eso y estaban muy nerviosos. No veían la hora de que los funcionarios del Ministerio se fueran para hablar con ella.
—De acuerdo, no hay ningún problema, su bebé está perfectamente, aunque el latido de su corazón es muy rápido y parece producir eco pero el hechizo dice que todo está correcto. —dijo el inefable mientras Hermione se vestía de nuevo con sus ropas.
—Son dos bebés por eso quizás el hechizo note la rapidez de los latidos y el posible eco. —dijo Hermione mientras los seis magos tragaron fuerte.
—Vaya, nunca nos había pasado hasta ahora, pero usted tiene razón, señora Granger. Lo tendremos en cuenta para años venideros y para próximos pacientes. Buenos días y disfrute de la mañana. Hasta la próxima reunión. —dijo el inefable mientras cerraba su pergamino y con un ademan, los dos se fueron a la puerta y salieron de la casa rumbo al Ministerio.
Hermione respiró hondo y sin mirar a los seis magos que estaban como pasmarotes mirándola con la boca abierta, pasó de largo para dirigirse a la cocina para que Dolly la condujera de nuevo a su casa ya que, al estar ahí con ellos, en el mismo espacio le dolía. Parecía como si el dolor nunca se fuera a ir. Necesitaba alejarse de ellos.
—Hermione, ¿Dónde has estado? ¿Sabes siquiera todo lo que hemos pasado? Nos tenías muy preocupado. No vuelvas a hacerlo de nuevo. —dijo Kingsley mientras la vena de su cuello se ponía cada vez más grande ya que estaba sumamente enfadado.
—No tengo que darte explicaciones de donde estoy ni donde voy. Soy mi propia persona y no eres mi padre para darme órdenes. —dijo Hermione enfadada aun sin mirarlo.
— ¡Mírame cuando te hablo Hermione! —dijo el ministro muy enfadado.
Hermione suspiró más fuerte y se volvió mirándole frente a sus seis maridos, aquellos a los que echaba terriblemente de menos pero que a la misma vez resentía por no querer a sus bebés. Al recordar las duras palabras de todos ellos, Hermione puso sus brazos delante de su barriga en un gesto inconsciente de protección, gesto que no pasó desapercibido para ninguno de los magos presentes.
— ¿Qué quieres? —preguntó Hermione de una manera defensiva.
—Quiero saber si lo que le has dicho al inefable es verdad, si has tenido dificultades con el embarazo. —dijo el ministro muy serio.
—Solo cosas típicas del embarazo, pero es cierto que la médico muggle me dijo que me abstuviera de tener relaciones sexuales pero solo hasta el tercer mes. —dijo Hermione mirándolo con furia. —Ahora si me disculpáis, me voy.
—Tú no te vas a ninguna parte. —dijo Cormac sujetándola del brazo.
—Mírame como lo hago. —dijo Hermione con chulería mirándole fijamente a los ojos.
Hermione con un golpe seco, tiró de su brazo haciendo que Cormac la soltara. Hermione trastabilló un poco pero en seguida se puso en pie, lo malo es que no puedo dar un paso más porque se quedó como si estuvieses congelada.
—No te vas a ninguna parte señorita Granger. —dijo Snape mientras guardaba de nuevo su varita en la funda después de echarle un hechizo de petrificación que hacía que no podía mover ninguno de sus músculos, excepto las cuerdas vocales.
—Suéltame ahora mismo Snape, quiero irme de aquí, ¡AHORA! —gritó Hermione intentando en vano quitarse el hechizo por medio de la magia sin varita.
Lo que pasó entonces fue sorprendente, una luz prominente de la barriga de Hermione se empezó a forjar y salió disparada hacia los seis maridos haciendo que éstos cayeran rápidamente al suelo, en ese momento Hermione pudo moverse, pero se sintió cada vez con menos fuerzas, hasta que colapsó en el suelo.
Los seis maridos se levantaron rápidamente del suelo un poco aturdidos y fueron corriendo a ver a Hermione, la cual se encontraba desmayada en el suelo. Fue Draco Malfoy el primero en reaccionar y se dirigió a la chimenea para hablar con el medimago de su familia, mientras Bill cogía a Hermione y la tumbaba en el sofá.
El medimago vino a los cinco minutos y con geste solemne se puso a revisar a la mujer que estaba tumbada.
— ¿Ha comido? —preguntó el medimago mientras pasaba la varita por el cuerpo de la chica.
Ninguno de los magos pudo responder ya que no lo sabían. No sabían nada de lo que había hecho Hermione en esa última semana.
— ¿Ha tenido desvanecimientos antes? —siguió preguntando con insistencia el medimago irritado por la falta de respuestas.
—No lo sabemos. —dijo Draco haciéndose eco de los pensamientos de todos.
— ¿Cómo qué no lo sabéis? ¿Habéis estado de viaje todos dejando a una mujer embarazada sola? —preguntó enfadado el medimago ya que se tomaba muy en serio esta nueva ley.
Antes de que alguno pudiera farfullar alguna excusa, Hermione empezó a agitarse y fue abriendo los ojos poco a poco ya que la luz de la habitación le molestaba. Al abrirlos del todo, se asustó al ver a un mago que no conocía y otro haz de color golpeó al medimago llevándolo al extremo de la habitación. Hermione pudo controlar su nerviosismo y su miedo al ver a sus seis maridos junto a ella, en esos momentos los necesitaba así que cogió la mano de Lestrange que era el que estaba más cerca.
—Tranquila pequeña, es solo un medimago, has sufrido un desmayo y estábamos preocupados. —dijo Lestrange mientras Bill y Kingsley ayudaban al hombre a levantarse.
Hermione sintió como sus ojos se llenaban de lágrimas, esa preocupación era lo que quería desde el primer momento, no ahora.
El medimago se puso de pie y lentamente se dirigió de nuevo a la castaña enseñándole la placa que lo acondicionaba como tal que tenía en la túnica. Hermione respiró y se relajó y quitó su mano de la mano de Lestrange, el cual se sintió herido y solo por ese movimiento.
—Señora Granger, soy el medimago Rosenbarg. Tumbase de nuevo, ¿ha sufrido antes algún desvanecimiento? ¿Ha comido todas sus comidas?
—Como regularmente señor y nunca antes había sufrido un desvanecimiento. —dijo Hermione tocándose el vientre.
— ¿Alguna complicación durante el embarazo? —preguntó Rosenbarg mientras pasaba su varita por el vientre de la chica.
—No, solo sangré la primera semana del embarazo, pero como no sabía que estaba embarazada no le di importancia. Hablé con un médico muggle y me dijo que era normal, que es una forma que tiene el cuerpo de acostumbrarse a los cambios y que si me sucedía más a partir del tercer mes que fuera corriendo al médico. —dijo Hermione con su voz de sabelotodo.
El medico asintió a sus palabras mientras que los seis magos bebían de ellas. El saber que Hermione podía perder a los niños era una realidad ya que las embarazadas eran frágiles y todos ellos se sentían muy mal. Habían descuidado a su mujer por una cuestión de orgullo de macho.
—Bien, ¿es la primera vez que ha sufrido estos desvanecimientos? —preguntó el medimago y al ver que Hermione asentía volvió a preguntar. — ¿qué ha pasado antes?
—Estábamos discutiendo. —dijo Hermione muy suave mientras sus maridos miraban hacia el otro lado.
—Bien, ya se lo que creo que ha pasado. Su bebé ha sentido que usted estaba en peligro y la ha defendido con magia, pero al estar conectados, ha sido usted la que se ha sentido débil. Por eso cuando usted no me ha reconocido, su bebé ha percibido el peligro y me ha mandado lejos. Esto significa que su bebé está sano y fuerte y que es mágico. —dijo el medimago muy entusiasmado ya que los bebés que hacían magia dentro de la barriga de sus madres eran casos muy raros.
—Son dos bebés. —dijo Hermione con felicidad al escuchar las palabras del medimago.
— ¿Dos? Fabuloso. Muy bien señora Granger, le recomiendo que hoy no haga esfuerzos, que coma bien y que por hoy no salga de la cama. Ya mañana podrá hacer su vida normal. —dijo el señor Rosenbarg mientras estrechaba la mano a Hermione y a todos los maridos.
El medimago se fue por la chimenea mientras Hermione se incorporaba en el sofá.
— ¿A dónde crees que vas? ¿No has escuchado al sanador? —dijo Bill con un gruñido.
—Lo he escuchado perfectamente, me voy a descansar fuera de aquí. —dijo Hermione mientras se levantaba lentamente.
—No te vas a ir de aquí y es mi última palabra. Si tengo que atarte lo haré. —dijo Kingsley con voz autoritaria.
Hermione alzó el cuello con presunción y empezó a buscar su varita.
— ¿Buscas esto? —preguntó Lestrange con la varita de Hermione, la cual se la pasó al ministro.
—No te la daré hasta que no descanses. —dijo el ministro guardándose la varita.
—Es mi varita y no vais a impedir que me vaya de aquí. —dijo Hermione mientras los miraba con furia.
—Soy el jefe de esta familia, soy la máxima autoridad en el mundo de los magos y por ende te digo que no vas a salir de aquí. Eres nuestra esposa y es nuestro deber cuidarte y protegerte y no te creas muy lista ya les ordenaré a los elfos domésticos que no se desaparezcan contigo. No sé dónde has estado, pero no te iras de nuestro lado nunca. —dijo Kingsley mientras miraba con furia a Hermione.
Hermione se quedó con la boca abierta, nunca había escuchado ese tono de voz al ministro y se había sentido pequeña. No dudaba de la veracidad de sus palabras y así fue.
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Desde ese día uno de los magos siempre estaba con ellos, ningún elfo pudo acercarse a ella de manera directa. Hermione se negaba a hablar con ninguno de ellos. No les perdonaba que la tuvieran encerrada en la casa y que le dieran de comer como si fuera una niña pequeña. Todos sus maridos se habían disculpado con ella, pero ella no les perdonó. No por orgullo ni por dignidad, sino por sus bebés.
Era ella la que había sufrido su indiferencia durante un mes, era ella la que había sufrido estando sola, era ella, la madre, que había sentido como habían menospreciado a sus bebés solo por la conjetura de que eran de Harry. Ellos le habían prometido ser una familia y ellos habían roto su promesa.
Los seis magos se sentían deshechos y tristes. Hermione apenas los miraban y menos les hablaba. Solo la veían en las comidas y luego ella se marchaba a caminar por los grandes jardines que rodeaban la casa, regalo de Narcissa, o estaba en la biblioteca estudiando sus libros. No dormía tampoco en su cuarto, ya que no lo sentía como tal sino que se había instalado en una de las habitaciones contiguas y allí dormía.
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Pasaron dos semanas con esta ley del silencio por parte de ella y ella decidió que era hora de retomar su vida. Era cierto que los echaba de menos, pero esa traición todavía estaba en su corazón, ese sentimiento de soledad no se le iba y no sabía si algún día iba a sanar. Hermione quería mantenerse ocupada, además quería ir a su hogar a recuperar sus cosas y a cerrar la casa de sus padres, además de recoger algunos enseres que quería. Como todavía no tenía su varita, sabía que tenía que hacer tripas corazón y hablar con sus maridos para que la llevaran allí.
—Me gustaría ir a casa de mis padres a recoger mi ropa, mis cosas y algunos muebles que necesito. —dijo Hermione a los seis maridos mientras comían la cena.
Los seis levantaron la cabeza ya que no se esperaban ese comentario.
— ¿Es allí donde te estabas quedando? ¿En un barrio muggle? ¿Sola? ¿A merced de vagos y maleantes? —preguntó Lestrange mientras torcía los cubiertos por la furia.
—No soy una damisela en apuros y mi barrio muggle es muy bueno, nunca ha pasado nada. ¿Podemos ir mañana si o no? —preguntó Hermione sin mirarlo.
—Sí, te acompañaremos mañana por la mañana ya que es domingo y todos tenemos el día libre. —dijo Kingsley con una sonrisa tensa.
Todos habían hablado de la situación y todos se sentían tristes. Hermione apenas les prestaba atención y sabían que se lo merecían. Sus palabras aun sonaban en sus oídos y sabían que la habían herido como nunca. Ellos le habían pedido perdón muchas veces, pero Hermione solo les miraba y no decían nada. Le habían dado flores, libros, joyas, ropa y nada. Hermione seguía impasible y los regalos sin abrir en la habitación que antes compartían.
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A la mañana siguiente, Hermione se levantó de la cama de un salto. Frunció el ceño mientras miraba la habitación ya que necesitaba un gran cambio si quería que fuera la primera habitación de sus bebés.
La bruja se duchó y se vistió con unos pantalones holgados, unas botas y un jersey calentito que le había pertenecido a Harry. Al dirigirse al comedor vio a los seis magos vestidos de forma sport pero muy guapos. Algo en Hermione hizo que le subiera la temperatura y sintió como su sexo se contraía por la excitación, como sus pezones se erguían poniendo tensos y como se humedecía su ropa interior.
Hacía casi dos meses que no hacia el amor con ninguno de ellos y eso le estaba pasando factura. Los deseaba con locura, sus besos, sus brazos, sus caricias, el sentirse amada y deseada. No podía con toda esa excitación, así que cerró los ojos e intento calmarse, pero el brillo de sus ojos llenos de excitación no pasó desapercibido para dos de los magos que estaban allí, los cuales se miraron y asintieron al unísono.
Los seis magos y Hermione salieron por la puerta y se desaparecieron todos a la vez cuando ésta les dio la dirección. Al desaparecerse justo en frente de la casa de Hermione, ésta suspiró para tranquilizarse y con la llave se dispuso a abrir la casa que estaba exactamente como la había dejado. Hermione se dirigió hacia su habitación junto con Bill y éste le ayudó a poner sus cosas en la maleta mientras que los otros magos miraban fascinados la casa que vio nacer a su bruja. Había muchas fotos de Hermione de pequeña y de ésta siendo bruja en la escuela, fotos que seguramente ella les había mandado.
Bill se acercó al comedor junto con Hermione, apenas había pasado media hora, pero ella ya tenía todo lo que necesitaba.
Hermione se quedó un momento cerrando el suministro eléctrico y cerrando todas las puertas y las ventanas para que no pudiera haber ningún robo o peligro; después de hacer todo esto, los magos y ella se dirigieron otra vez a Granger Manor.
— ¿Dónde quieres que deje todo esto? —preguntó Bill sacando de su bolsillo unos muebles de miniatura.
—En la habitación principal. —dijo Hermione con una sonrisa que le llegó a los ojos sorprendiendo al mago.
Bill y ella junto con los demás fueron a la habitación principal, la cual seguía igual como ella lo dejó. Allí Bill volvió a sacar los muebles y los puso en su tamaña original. Los magos se quedaron sorprendidos ya que lo que el mueble en realidad era una cuna blanca bastante grande.
Hermione tocó la cuna con los dedos y los magos miraron para el otro ya que se sentían intrusos en ese momento tan emotivo para ella. Fue Bill quien puso la cuna al lado de la cama de ella, y Hermione se lo agradeció con una sonrisa.
—Necesitaré mi varita botes de pintura para pintar la otra habitación. —dijo Hermione mirando a Kingsley.
—No te preocupes, dime el color y mañana cuando venga del ministerio tendrás los botes de pintura. —dijo el ministro culpable por tener que tomar esas medidas.
—Mañana yo saldré antes de trabajar, así que si quieres te puedo ayudar a pintar. —dijo Cormac mientras sus manos picaban por el afán de tener cerca a Hermione.
—Gracias. —dijo la bruja mientras ordenada sus libros y su ropa que estaban en la maleta.
Los magos entendieron esa señal como una excusa para dejarla sola y así lo hicieron. Hermione tenía un gran nudo en el estómago ya que el estar tan cerca de ellos, solo hacía que su dolor aumentara, pero no podía hacer nada más.
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Era media tarde de ese domingo y Hermione se levantó de la siesta, al caminar por los pasillos vio que la casa estaba silenciosa, pero ese silencio pronto se acabó cuando sonó la música de un piano. Era una melodía hermosa que ella identificó como la Sonata de Medianoche de Beethoven, una de sus piezas de piano favorita.
Hermione siguió el sonido del piano que la condujo a una sala que ella nunca había entrado desde que vivía allí y lo que descubrió lo dejó con la boca abierta.
Era una sala de enorme, tan grande como la biblioteca donde había una gran chimenea encendida con grandes sillones, sofás y cuadros. Había muchos instrumentos por la sala pero lo que predominada era el gran piano de cola negro donde Rodolphus Lestrange lo tocaba con gran pasión. Hermione se fijó en el movimiento de sus manos sobre las teclas hermosas de marfil blanco a medida que se acercaba.
La habitación estaba perfectamente caldeada, Hermione contuvo la respiración mientras lo miraba fijamente, como los dedos de Lestrange parecían fundidos en el instrumento de una forma elegante y precisa. Esos movimientos hicieron recordar lo bueno que era Lestrange con los dedos y se sonrojó.
— ¿Puedo tener este baile, señorita Granger? — una voz profunda retumbó en su oído, y Hermione se sobresaltó al sentirla.
Apenas había tenido tiempo de ordenar sus pensamientos antes de que ella estaba casi apoyada en un cuerpo duro y musculoso, las grandes manos de él estaban en su espalda baja. Hermione miró los ojos negros de Snape mientras la conducía en medio de la sala y se mecían al son de la música.
— ¿Qué está pasando? –susurró Hermione mientras sus sentidos empezaron a embotarse por el olor corporal de Severus.
—Lestrange toca el piano y nosotros estamos bailando. Pensaba que era fácil de entender cariño. —dijo Snape en su oído, el cariño de sus palabras hicieron que ésta se relajara, mientras sus ideas iban de Snape a Lestrange.
—He entendido esto último, lo que no sé es por qué. —dijo Hermione indignada ya que su cuerpo la estaba traicionando.
—Te hago bailar, amor, por qué sé que te gusta. —susurró Snape haciéndola girar con gracia.
Sus piernas se movían sin ningún problema al compás de la música. Hermione suspiró ya que la escena era muy romántica y sensual.
—Hace tiempo te prometimos los dos una gran noche con dos magos bien asentados en las artes amatorias. —dijo Snape mientras sus manos tocaban suavemente los pechos de Hermione haciéndole gemir.
— ¿Es esto lo que quieres, gatita? —dijo Lestrange mientras el piano seguía tocando por magia.
Él la atrajo hacia sí y ella se quedó se quedó sin aliento al sentir el contorno de un músculo duro distintivo contra su trasero. Volvió la cabeza para mirarlo a los ojos en donde ella pudo ver la lujuria ardiente.
—Puedes decir que no si no quieres cariño. —dijo Snape mientras mordía suavemente su cuello.
Hermione en ese momento dejó de pensar. Los deseaba y mucho, la situación era idílica y sensual a la par que romántica. Los necesitaba, sabía que después quizás se arrepentiría de la decisión, pero en este momento solo quería sentirse amada y deseada. Quería que le hicieran el amor, los dos.
—Estoy lista. —dijo Hermione mientras Lestrange dio un gruñido y la besó con fuerza.
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¿Qué os ha aparecido? Lo he dejado en lo mejor, lo sé, pero la próxima semana más. Espero vuestros comentarios, dudas, ideas, todo lo que me queráis decir es bienvenido. Gracias por vuestros comentarios, reviews, favoritos y además. Podéis contactar conmigo por Facebook PrincesLynx o por mi página de Facebook: www. Facebook Parejas No Canon 100 Hermione (todo junto).
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