Disclaimer: todos los personajes le pertenecen a J. K. Rowling y yo solo juego con sus personajes. La idea viene de varios fics que he leído tanto en inglés como en español, pero la historia es mía.

OJO LEMON

Capítulo 30

Kingsley Shacklebolt, cuarenta y cinco años de edad, un hombre de principios y con gran confianza en sí mismo, y objeto de admiración y del respeto de la gente. Primero como un Auror, luego como un miembro de la Orden y ahora como ministro de magia, siempre ha sabido lo que es correcto, y nunca ha tenido miedo de hacerlo, incluso cuando ha significado sacrificar sus propios deseos. Kingsley ha sido siempre capaz de sentirse orgulloso de su carácter.

Hasta que comenzó a desear a una bruja adolescente, la primera vez que la vio fue cuando la bruja tenía quince años, en la antigua casa de Sirius y lo primero que le llamó la atención es que siempre estaba con un libro o en la biblioteca. No parecía una adolescente normal, no como la chica Weasley que cada vez que veía al chico Potter se ruborizaba y le ponía ojitos, pero Hermione no. La chica siempre hablaba con convicción, mirando a los ojos y cuando empezó a cogerle cariño y verla como una hija la vio mordiéndose el labio. En ese momento su miembro despertó con furia y Kingsley sintió como su sangre se ponía caliente y con una maldición, salió de la habitación corriendo escondiendo su erección.

Desde ese día, todo pensamiento paternalista se fue por la ventana y cada vez que veía a la chica morderse el labio o mirarlo con esos grandes ojos inocentes él deseaba que ella no lo hiciera. Odiaba cuando ella se mordía el labio inferior, ya que le distraía de cualquier conversación o de su lectura, parecía que su cerebro tuviera un sensor cuando la chica estaba cerca, con su sola presencia hacia que su cuerpo cosquilleaba de excitación totalmente inapropiada para un hombre de su calibre.

"Es solo una niña, una adolescente, no pienses en ella, no mires sus piernas. NO"

Kingsley se enorgullecía de ser el Auror con las puntuaciones más altas de revisión, por tres años consecutivos, y una pequeña bruja estaba amenazando con llevar su récord a su fin simplemente porque no podía concentrase cuando ella estaba en la misma habitación que él. Lo peor era cuando comía un helado, el verla contemplar como lo lamía con su pequeña lengua rosada o como comía algún dulce de chocolate o simplemente como sorbía con una pajita la leche en el desayuno.

Una fantasía ilícita le venía a la mente, de ella envolviendo sus labios alrededor de su miembro, de cómo giraría su lengua alrededor de su cabeza mientras le sostenía la cabeza y la metía en su boca. Empujaba la imagen a un lado y se ajusta a sí mismo, incómodo. No podía pensar en eso ahora. Ni ahora ni nunca. El auror y miembro de la Orden del Fénix contaba los días para que la chica se fuera al colegio, pero aun así se auto-flagelaba mirándola de reojo, viéndola como leía y sobre todo como le sonreía cuando lo llamaba y le preguntaba cosas sobre el Ministerio. La deseaba con pasión y con cada pensamiento inapropiado se sentía más culpable.

No era como si ella no hubiese reconocido su persona, pero solo veía en él sus habilidades. Ella lo miraba como miraba a Moody, ella era la única de los jóvenes que respetaba al ex Auror como se merecía. Ella lo observaba, y ella lo estudiaba, para aprender. Sí, ella aprendió y demasiado bien, no por nada era llamada la bruja más inteligente de su edad.

Los pensamientos del ministro revoleteaban en su cabeza, hacia casi dos meses que su mujer, su chica, su pequeña Hermione no le daba ni la hora. La convivencia en la casa las últimas semanas había vuelto a la normalidad pero la tensión entre ellos dos era gélida. Solo hacia una semana que le había devuelto su varita y lo había hecho como un cobarde, dejándola en su habitación cuando estaba dormida ya que era la única forma de estar con ella sin que lo mirara con esos ojos llenos de ira, tristeza y reproche. Las noches de los lunes, cuando era su turno y cuando sabía que iba a dormir sola, se colaba en su habitación y la veía dormir, mientras acariciaba su sedosa piel.

Furioso en su despacho dejó caer su cabeza en el escritorio frustrado por su matrimonio, la vida en el mundo mágico cada vez iba mejor, aunque la recesión se estaba haciendo dura, por lo menos no estaban en la más absoluta pobreza, la riqueza de los magos y brujas sangres puras estaban repartidas entre sus cónyuges y el Londres mágico. Quizás el colegio de Magia no se abriría hasta dentro de unos diez años, hasta que la primera oleada de nacidos de ese año se produjera en los que estaría incluidos sus hijos.

Sus hijos. Desde el momento que pronunció esas horribles palabras en casa con Hermione se arrepintió, el mismo fue criado por la pareja de su madre, ya que su padre biológico había muerto de servicio en un altercado con magos oscuros y habían sido primero su madre, y luego su padrastro los que le dieron amor y confianza. Su madre siempre se lo había dicho, que había amado a su padre más que nada en el mundo pero que Tom, como se llamaba su padrastro, le había dado sentido a su vida cuando se había encontrado sola con un niño pequeño.

Él, el gran ministro de magia, había rechazado a sus propios hijos y a su propia mujer. Se sentía avergonzado y humillado ya que todos los demás habían sido perdonados y sabía cómo ya que cada uno de ellos se lo había explicado a los demás para dar pistas o simplemente para ayudar, pero todo ellos coincidieron en algo: El perdón, el perdón tenía que ser único y sincero, un perdón a ella y a los niños, porque los habían negado y ahora tenía que vivir con esa culpa hasta que ellos sintieran que se había saldado. No solo bastaba con el perdón de Hermione sino con el poder de perdonarse a ellos mismos por el gran pecado que había cometido.

Ese gran pecado era el que mataba lentamente a Kingsley, amaba a Hermione y quería acercarse a ella, pedirle perdón, ponerse de rodillas y suplicar que le dejara ser un buen padre, que los amaría y los querría, que no importaba la sangre sino el amor y la educación. Pero no podía hacerlo, años y años de haber reprimido sus sentimientos, de pensar con fría lógica, de ser estratagema, había dejado sus emociones y sentimientos en una cajita de cristal, una cajita que era muy difícil romper.

Pero tenía que intentarlo, quería estar con ella a solas, para poder explicarse, para intentar entrar en su corazón y encontrar un atisbo de perdón en esos preciosos ojos marrones. Pero no sabía cómo, tenía que encontrar el momento, un lugar, una situación.

Sumido estaba en sus pensamientos que no oyó cuando llamaron a la puerta de su despacho y tampoco como Dolores entraba muy ufana esperando a ser recibida casi con vítores. Su sonrisa se quitó de la cara cuando vio que su adorable primo no le estaba prestando atención así que hizo lo que siempre hacia para llamar la atención.

—Ejem, Ejem. —dijo Dolores con su tos falsa.

—Dolores no te he escuchado entrar, espero que sea importante, ya que según mi secretaria no tenía cita contigo, así que por favor se breve. —dijo el ministro cansado de estúpidas interrupciones.

—Veras querido primo…—empezó Dolores con una sonrisa pero fue interrumpida en seco por el ministro.

—Dolores, aquí en el Ministerio de Magia soy el señor Ministro, las formalidades déjatelas en casa, cuando estemos en una situación menos formal, tenemos que ser un ejemplo de formalidad y rectitud. —dijo Kingsley cansado de la bruja.

—Verá, señor Ministro. —masculló la última palabra con desagrado. — se me ha otorgado el honor de informarlo que habrá una fiesta para los jefes de Departamento y obviamente para usted el día 30 de Octubre, o sea la semana que viene con motivo de estrechar lazos, ya que el día 31 la gente prefiere estar con sus familia con motivo de la primera caída del Señor Oscuro y al ser la primera festividad de Halloween.

Kingsley miró a Dolores de hito en hito, ¿en serio? ¿Una fiesta? Es lo que más odiaba de su trabajo, estar en una fiesta formal, con un montón de jefes pomposos quejándose del duro trabajo cuando sabía a ciencia cierta que eran sus trabajadores los que desempañaban casi todo el trabajo. No eran malas personas, sino que el poder muchas veces nublaba los juicios de las personas.

—Por supuesto también estaría invitadas las esposas de los jefes de departamento ya que desgraciadamente son todos hombres por esa horrible enfermedad que se las llevó. —dijo Dolores sintiendo verdadero pesar, ella se había librado por los pelos, pero había visto la desdicha de esas familias y de esas mujeres de como veían primero morir a sus hijos y luego a ellas mismas.

— ¿La señora Bones no vendrá? —preguntó Kingsley ya que Amelia había sido una de las pocas mujeres adultas que habían sobrevivido a duras penas.

—La señora Bones ha desistido y en su lugar irá el sub-jefe de la sección de aurores, las pociones para concebir le han dejan exhausta y muy cansada. —dijo Dolores con una sonrisa triste.

A nadie le gustaba que esas pociones fueran tan invasivas para el cuerpo de la mujer, los medimagos de San Mungo muchas veces veían como esas molestias duraban varios días incapacitando a esas mujeres a hacer vida normal. Pero era necesario y todos los sabía.

—Muy bien, gracias Dolores, estaré allí sin falta, mándame una lechuza con el sitio y a la hora cuando este confirmado, mi mujer y yo iremos. —dijo Kingsley mientras le echaba otra mirada a los papeles.

—Ministro, me preguntaba, si yo también podría ir. —dijo Dolores ya que era el único motivo por el que había ido.

—No Dolores, es una fiesta para los jefes de cada sección y tu solo eres la sub-secretaria del departamento de aurores, así mismo tienes abierto un expediente disciplinario por dar una orden que no te correspondía. No se me olvida que esos aurores entraron en mi casa sin autorización. —dijo Kingsley duramente mientras Dolores abría y cerraba la boca por no saber que decir. —Si me disculpas, tengo mucho que hacer.

Umbridge se fue del despacho del ministro muy enfadada, pensaba usar su parentesco con él para asistir a la fiesta y congraciarse con los jefes para a ver si así subía de nivel, pero Kingsley había sido muy directo y sabía que tenía vetada la entrada en la fiesta. Y todo la culpa de su tonto marido Weasley, el cual seguía siendo el mismo idiota que cuando lo conoció, pero por lo menos era muy bueno en sus deberes maritales aunque siempre le hacía beber antes una poción multijugos y no la dejaba a hablar, pero en fin, esperaba que pronto se quedara embarazada.

Mientras en su despacho Kingsley vio la oportunidad de la fiesta como algo bueno para pasar tiempo de calidad con su esposa, una buena cena, baile, conversaciones intelectuales y mucho perdón de su parte, sabía que iba a ser difícil, pero no perdía la esperanza y menos aun aunque le felicidad estaba tan cerca.

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Ese mismo día por la noche, el ministro llego muy cansado a su casa, aunque había llegado justo a la hora de cenar, allí se encontró con Hermione y con todos los magos a su alrededor, la bruja brillaba con luz propia y parecía mucho más feliz que los últimos meses. Suspiró, sabía que esta conversación no iba a ser fácil.

—Hermione. —dijo el ministro después de comer un poco de su plato. —El día 30 de este mes tengo que ir a una fiesta y debes acompañarme.

Hermione alzó la vista del plato, se quedó sorprendida porque Kingsley le hablara, hacía mucho tiempo que no tenían aunque sea unas palabras.

— ¿Es necesaria mi presencia en esa fiesta? —preguntó la bruja un poco enfadada por esa petición tan demandante.

—Sí, es una fiesta para los jefes de cada departamento y sus mujeres y obviamente nosotros debemos ir. Será el día 30 de Octubre, con una cena y quizás un baile, por favor cómprate un vestido adecuado, seguramente la prensa nos hará fotos. —dijo el ministro con voz monocorde al ver el ceño fruncir de Hermione.

—De acuerdo. —dijo la bruja sin discutir y volviendo a comer.

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Esa misma noche, Hermione estaba sola como todos los lunes desde su pelea con sus magos ya que no quería compartir cama con el ministro, ya que todavía no se sentía cómoda con él. Había sido el único que no le había pedido perdón, el único que no había dado su brazo a torcer y lo echaba de menos, sus caricias, sus besos, sus palabras, sus consejos y su sabiduría. Quería estar con todos adecuadamente, quería volver a aquellos días felices en los que todos disfrutaban de ella tanto juntos como por separado.

Suspiró quedamente y miró la foto que tenía en su mesita, era una de Harry, Teddy y de ella en el parque. Lo echaba terriblemente de menos, Harry era su roca, su engranaje, era parte de ella, quizás más profundo que los otros magos, pero sabía que los amaba a todos por igual, solo que con Harry la conexión era especial, ya que siete años de amistad, forjaban un lazo único. Lo quería y lo deseaba, y esperaba con todas sus fuerzas que allá donde estuviera se acordara de ella.

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Los días pasaron con rapidez, entre libros, y salidas de compras, en donde Draco estuvo con ella en todo momento ya que era como su estilista personal, el día 30 llegó en un suspiro. El Londres Mágico se preparaba para celebrar Halloween aunque el ambiente todavía no estaba para festivos pero aun así la gente se esforzó por poner decoraciones para los pocos niños que habían sobrevivido.

Kingsley apenas le había vuelto a hablar y eso le ponía furiosa, estaba harta de su indiferencia, se suponía que tenía que ser ella la que tenía que ignorarlo.

Eran las 19:00 p.m. y Hermione suspiró al ver su imagen en el espejo, llevaba el pelo recogido un moño y un vestido color blanco roto hasta las rodillas con pedrería y llevaría una capa de terciopelo rojo regalo de Snape.

Salió de la habitación y allí en salón con su traje oscuro de gala estaba el ministro más guapo que nunca. Hermione sintió como su piel ardía esperando su toque, pero el ministro tan solemne como siempre la cogió de la mano y la besó en los nudillos haciendo que ésta se estremeciera de placer, apareciendo una sonrisa libidinosa en la cara de Kingsley. Los dos fueron a la chimenea ya que irían por red flú hasta La Bella Dama un restaurante en el Londres Mágico.

Llegaron a los pocos segundos y corriendo un elfo cogió sus abrigos y su capa mientras otro los dirigía hacia la mesa especial en donde ya estaban todos los jefes con sus respectivas esposas. Hermione tuvo la desgracia de que Pansy y Astoria eran algunas de ellas, ya que las otras eran brujas de mayor edad.

La cena fue tediosa, aunque la comida espectacular, Kingsley estuvo todo el rato charlando con sus subordinados aunque su mano nunca dejó la rodilla de Hermione, acariciándola, haciendo que ésta perdiera muchas veces el hilo de las conversaciones frívolas que mantenía con las mujeres.

Más tarde, cuando terminó la cena, fueron a bailar a la pista y fue allí cuando Kingsley usó todas sus armas de seductor nato. Bailaron pegados, mientras sus manos recorrían la espalda de Hermione, su boca estaba en su oído, besando el lóbulo de la oreja.

—No puedes hacer esto en público. —dijo Hermione muy sonrojada. —No es divertido.

— ¿Divertido? —murmuró quedamente en su oído arrastrando a Hermione a un cuarto el cual era el del encargado. —Vienes aquí conmigo, llevando ese magnífico vestido, que no deja nada a la imaginación. No creas que no se, qué tienes la intención de seducirme.

— ¿Qué? ¡No! Por supuesto que no, yo no me lo he puesto para seducirte. —dijo Hermione con las mejillas rojas por la excitación y por la furia.

— ¿No ha sido así? —su mano acarició su trasero, apretándolo con fuerza haciendo que la bruja gimiera por la sorpresa. — ¿Te gusta esto gatita?

Hermione se negó a responder y el ministro, con una gran sonrisa, le rozó los pechos suavemente, con las yemas de los dedos, haciendo que éstos se pusieran erectos enseguida por lo sensibles que estaban.

—Si no me respondes, entenderé que no te gustan mis caricias. —dijo el ministro sin parar de acariciarle.

—Hmmm... Se siente bien, me gustan. —susurró Hermione con vergüenza. — ¿Por qué estás haciendo esto? —preguntó Hermione maldiciendo su voz temblorosa, sabiendo que ella lo deseaba y odiando que él lo sabía.

—He estado soñando con usted, gatita, desde el día que rescató a Potter. Este pequeño culo perfecto se apretó contra mí, moviendo en ese Thestral... ¿te acuerdas, Gatita, cómo me aferré bien, con las manos presionando sus costillas?

—Lo recuerdo. — Ella jadeó ya que no creía que Kingsley la hubiera deseado en esa época.

Un suave dedo del ministro empezó a subir por el vestido acariciando el sexo de la chica por encima de su ropa interior.

— ¿Sabes lo difícil que fue para mí ese día? —Susurró el ministro mientras inclinaba la cabeza, mirándola a sus preciosos y grandes ojos marrones. Fue entonces cuando vio la lujuria feroz en sus ojos y sus labios entreabiertos.

Una sonrisa satisfecha surcó su boca, sabiendo que tenía a la chica prácticamente a su merced.

Apretó sus largos dedos en una de sus muñecas mientras presionaba la palma de su mano contra su intimidad, inclinándose hacia adelante, lentamente, dejándole sentir el olor del wiski de su aliento y sonriendo a unos centímetros de su boca, viendo como la boca de Hermione se abría un poco más, como queriendo ser besada. Con un gemido bajo y algo desesperado por parte de ella, el hombre finalmente capturó sus labios. Su suave suspiro le hizo gemir en respuesta y metió su lengua en sus labios entreabiertos. Él la quería, y no sólo a su cuerpo delgado y dulce, sino también su mente, su espíritu. Quería ser sueño de su mente, de su alma, de su cuerpo y de corazón.

Un gemido desesperado salió de los labios de la bruja cuando él se retiró, su mirada se calentó mientras miraba a la bruja, deliciosamente despeinada por un simple beso. Sintió una oleada de orgullo por haber podido descarrilar a la joven mandona.

—No te muevas— Ordenó y se arrodilló detrás de ella, oliendo su dulce excitación mientras se inclinaba hacia adelante. —Dioses, eres tan hermosa... Yo sólo quiero perderme en ti.

Sus manos agarraron sus muslos, y su lengua tocó su piel caliente mientras le subía el vestido hasta la cintura y poco a poco bajaba su ropa interior hasta que cayó al suelo. Empujó a la chica suavemente hasta la mesa que había en la habitación y la puso de espaldas, con las piernas abiertas.

—Quédate quieta, gatita. —Siseó y gruñó cuando Hermione empezó a temblar de excitación. —Súbete a la mesa.

—Pero… Yo…—dijo la bruja mirándolo por encima de su hombro mientras temblaba por la situación.

— No hables— dijo el mago con impaciencia. Él iba a ser el que llevara el control en esta situación

Kingsley agarró sus caderas y la empujó hacia arriba, los libros que había en la mesa al igual que los pergaminos y la tinta cayeron por el escritorio hasta llegar al suelo.

—No te muevas. —Su voz no admitía réplica de la joven bruja que estaba temblando de necesidad.

Nunca se había imaginado que una simple cena formal con la gente del Ministerio iba a desembocar en tener sexo en una oficia en un restaurante lujoso. Vio como el ministro le desabrochaba el vestido y el sujetador, dejándola solamente con sus tacones de color rojo. La tinta que se había escurrido por el escritorio le estaba manchando el pecho ya que Kingsley la tenía casi tumbada.

—Kingsley... —gimió la bruja por la situación, ya no le importaba nada, lo deseaba.

—No sabes cómo me has tenido estos meses Hermione, has sido una bruja muy mala no dejando que saboreara tu piel ni durmiera contigo esas largas noches. —dijo el ministro mientras su larga y perversa lengua, lamía desde sus muslos, hasta su trasero hasta acabar en sus pliegues mojados.

Con un gemido, ella dejó caer la cabeza a la madera dura mientras su cuerpo se estremecía con la sensación. Él gruñó y se puso detrás de ella, deshaciendo rápidamente sus pantalones y dejándolos caer alrededor de sus tobillos. Los labios del mago besaron su cuello hasta mordisquear su lóbulo, mientras su larga erección descansaba en su trasero.

— ¿Asustada, pequeña bruja? —dijo el mago mientras ella negaba con la cabeza y respiraba hondo mientras él daba un paso hacia adelante y corría la cabeza de su pene a lo largo de su entrada mojada.

Hermione se aferró al borde el escritorio mientras el mago empujaba lentamente dentro de ella. Lo sentía tan duro, la envolvía en el placer. Kinsgley siseó del placer, había pasado tanto tiempo desde que había estado con ella y seguía igual de apretada.

Sus manos cubrieron las de ella mientras usaba el escritorio como palanca, sacando su pene para a continuación, empujar de nuevo dentro de ella con tal fuerza que la mesa se movía a lo largo del piso de madera con un chirrido.

Hermione se sintió abrumada por el mago empujando en ella, su duro y musculoso pecho presionando contra su espalda mientras trabajaba su magia, tocando su piel , besándole el cuello y murmurando lo perfecta que era, lo mucho que la adoraba.

Ella gimió y sintió una humedad fría en las mejillas de la tinta caída y trató de alejarse sólo para sentir la boca de él presionar su cuello. Ella jadeó y giró las muñecas, entrelazando sus dedos mientras se movía por encima de ella, con movimientos largos y profundos en su cuerpo sensible. Él gruñó en voz alta, presionando con más fuerza en la mesa, cada embestida creaba una fricción dulce contra su clítoris que hacía que ella se retorciera.

— ¡Ohm, Kingsley! —gimió Hermione mientras se estremecía debajo de él, apretando sus manos con fuerza mientras ella sentía como llegaba al clímax.

El mago al sentir como las paredes de ella se contraían empezó a embestir más fuerza y más rápido queriéndola sentir cada vez más cerca y más adentro de ella.

—Merlín, bruja —Él gimió en su oído— ¿Ves lo que me haces? — Con su respiración entrecortada, empujó su rodilla hasta a un lado y observó a su pene desaparecer en su condición de mujer. Su nombre salió de sus labios y ella comenzó a empujar hacia atrás contra él con brusquedad.

— ¡Si, joder! —Él siseó de placer al sentir los inicios de su clímax. — ¡Hermione! — Él gimió fuerte y roncamente. La voz se le quebró al sentir los espasmos de su propio orgasmo unidos a los de ella.

Los dos respiraban fuertemente, el todavía encima de ella, enterrado en su cuerpo, poco a poco se quitó de encima y cogió a la chica en brazos para dejarla en el pequeño sofá que había en la habitación. Hermione tenía su cuerpo bañado en manchas tinta y con un golpe de su varita las quitó.

— ¿Estás bien? —preguntó el mago viendo como Hermione se estremecía en su regazo.

La bruja solo asintió, había sido una locura haberse entregado a él, pero lo echaba de menos y lo amaba, no se arrepentía, pero sentía que faltaba algo más.

—Puedes odiarme, puedes pensar que soy lo peor, puedes juzgarme y sentenciarme. Pero te diré que, jamás, sabrás lo que llevo adentro de mí... la culpabilidad que siento, la mezcla de emociones que me ahoga cada vez que tu mirada de odio atraviesa mis ojos. Sé que no puedo cambiar nada, que no puedo hacer que vuelvas a cruzar la fina línea que separa el amor del odio, para que vuelvas a sentir amor hacia mí, y ese es un gran castigo que me va a pesar siempre... porque yo nunca he dejado de quererte. Así que haz lo que quieras: humíllame, pégame... desata toda tu ira contra mí. No vas a conseguir hacerme más daño del que siento, por haberte perdido para siempre. —dijo Kinsgley con sinceridad.

Hermione lo miró con los ojos anegados de lágrimas por esas palabras tan duras.

—No te odio, nunca he dejado de quererte, te amo Kinglsey solo he estado decepcionada, pensaba que lo de mi embarazo os iba a alegrar y no fu así. Decepcionada si, humillada, tal vez, pero odiarte. Nunca. No me has perdido. Estoy aquí, contigo. —dijo Hermione abrazándolo con fuerza, esas palabras la habían calado muy hondo.

—Necesito que me perdones Hermione, fui un celoso, un hipócrita y un inmaduro. Yo mismo fui criado por un padrastro y nunca me faltó amor. Me he dado cuenta de lo mucho que te amo y que te necesito. Os necesito. Quiero ser un buen padre y un buen esposo. Quiero enseñarles a estos niños el deber y la obligación, pero también quiero enseñarles a amar, a ser responsables. —dijo Kinsgley mientras acariciaba la barriguita de Hermione. —Llega un día en que uno se despierta, mira alrededor y centra su mirada en el lado vacío de su cama. Noto que me faltas, cada amanecer de un nuevo día se me hace más cuesta arriba y mi mundo se derrumba nada más al despertar. Y sobrellevo los días, en tu ausencia, como puedo... Pienso, pienso y pienso... me torturo por cada decisión que he tomado y que han hecho que me aleje de ti. Yo te alejé de mí y eso no puedo cambiarlo. Duele, es una herida profunda en mi pecho que se abre paso con cada uno de los recuerdos de tus caricias, tus besos, tus palabras... de todo lo que tenías para mí y que ya no me das, porque no estás... Esta letanía de sufrimiento no acaba nunca, es mi condena... me lo merezco, he comprobado en carne propia eso de que "el amor a veces dura y otras duele"; pero porque ambas cosas me suceden.

Hermione empezó a sollozar con más fuerza, nunca en su vida había sentido como esas palabras le calaban tan hondo, nunca habría podido imaginar que Kingsley fuera un mago tan sensible.

— ¿Me perdonas gatita? ¿Me perdonas por ser un bruto insensible? ¿Me vas a dejar ser el padre que nuestros hijos se merecen? —preguntó Kinsgley besando quedamente sus labios.

—Te perdono Kingsley, lo hago y ello también lo hacen. —dijo Hermione abrazando al mago por la cintura que no vio con unas pequeñas lágrimas de felicidad surcaban sus ojos, mientras acariciaba el pequeño vientre de su adorada esposa.

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Muchos tiempo sin actualizar, lo sé, pero chicas que quede claro QUE NO VOY A ABANDONAR LA HISTORIA. ¿Qué os ha aparecido? Queda poco para que esta historia se termine, como mucho tres capítulos más. Espero vuestros comentarios, dudas, ideas, todo lo que me queráis decir es bienvenido. Gracias por vuestros comentarios, reviews, favoritos y además. Podéis contactar conmigo por Facebook PrincesLynx o por mi página de Facebook: www. Facebook Parejas No Canon 100 Hermione (todo junto).

***Princes Lynx***