Chapter 1. Rivendel.
Ára POV
H/Safe and sound
No tenía mucho tiempo. Lord Elrond no permanecería eternamente en la reunión que lo mantenía ocupado. Bajó las escaleras del patio de dos en dos, casi abriéndose la cabeza con la piedra de la fuente al final del tramo y avanzó hasta el centro de la plaza. Lo buscó entre la multitud hasta que lo vio cerca de donde aguardaban los señores enanos, la otra visita inesperada del señor elfo. Poco había hablado con ellos, y como éste no era momento de sociabilizar cruzó justo por delante de donde ellos se encontraban, a buen paso y sin detenerse. No pudo evitar notar sentirse observada, evaluada y juzgada. O tal vez fuera su propia paranoia la que la hacía sentirse así constantemente. Se los veía nerviosos, y aunque no sabía el motivo lo imaginaba. Al fin logró encontrarse con él. Gracias a Eru había logrado convencer al mozo de las cuadras y había traído el caballo con él. Lo abrazó con fuerza y cubrió de besos su pequeña carita.
—Me haces cosquillas, tita…— Rio, enseñando todos y cada uno de sus dientes blanquitos… Era un niño tan guapo como su madre, pero no se parecía a ella en prácticamente nada. Salvo en sus ojos. No había sacado ni su melena pajiza ni sus hechuras, pero los ojos eran clavados a los de Gilraen, unos ojazos azules y grandes con el mismo poder inquisidor que los de ella— ¿Dónde vas?
—No soy tu tita Estel, soy tu prima ¿recuerdas lo que son los primos?—Miró alrededor buscando guardias por todos lados. Probablemente no tuviera tiempo para despedidas… pero no podía dejarlo así. Le cogió en brazos y lo llevó tras los carros con comida del puesto de la vendedora ambulante más cercana.
—Pero tú llamas 'tita' a nana…
—Claro, porque ella sí que es mi tita…
—Pero yo no tengo tita, ¿por qué no puedo llamarte 'tita', tita?
—Llámame tita si te hace feliz, enano…— Tal vez su voz había sido más alta de lo que pensó en principio. Echó un vistazo rápido por encima del hombro para comprobarlo… Sí, los enanos la taladraban con la mirada. Malditos desconfiados, ni que todo lo que ocurría en Arda tuviese que ver con ellos. Dejó en el suelo al chico con una gran sonrisa, con la esperanza de que ése fuera su último recuerdo. Y por un momento, inconscientemente al escucharse llamar 'tita', recordó a su madre pero la apartó enseguida de su mente. No había… tiempo.
—¿Puedes darle esto a nana?¿Sí?—El asintió con convicción. Le entregó un sobre y él se lo metió entre la espalda y el pantalón para no perderlo. Volvió a abrazarle aún con más fuerza—Te quiero mucho, muchísimo, muchísimo…
—Ára…
—Quiero que recuerdes algo Estel, no importa lo que ése viejo elfo te diga. Nadie merece ser infeliz. Aunque creas que es lo mejor, aunque te digan que es lo mejor para nuestro pueblo… Si te quieren, querrán tu felicidad. Y si no… bueno, sino no merecen que te preocupes por ellos.
—Ára no te vayas… otra vez…—Estel estaba a punto de romper a llorar pero a ella ya le caían las lágrimas silenciosas por las mejillas hacía rato.
—Volveremos a vernos pronto, te lo prometo. Te quiero. No lo olvides—Agarró las riendas instando al caballo a andar tras ella. Paró frente a la fuente, junto a los enanos. Habló al que parecía más anciano, suponiendo que sería el líder del grupo- No me importa quiénes sois ni porqué Elrond quiere reteneros, si es cierto lo que he oído. Pero si queréis escapar más os valdría estar fuera cuando ésas puertas se cierren tras de mí. No tengo mucho tiempo que daros, la reunión del rey elfo no es eterna.
—Gracias, Lady…
—Ára. Pero por los Valar que podéis ahorraros el título cuando habláis con una fugitiva.
—Lady Ára, no olvidaremos vuestra generosidad al avisarnos.
—Marchad, vamos. Si no sabe que habéis huido, Lindir vendrá tras mis pasos. No vayáis al oeste.
No había terminado la frase cuando sintió unos bracitos cercando su cintura baja. Y si no hubiera sido porque se trataba de Estel, el descastado se habría llevado un señor sopapo por el atrevimiento. Respiró profundamente, esta vez no lloraría… él no iba a dejarla marchar si lo hacía. Le mentiría, si tenía que… ¿le mentiría? ¿A Estel? ¿A su Estel? ¿A su niñito perfecto? Por los Valar que se sentía a morir.
Dando por concluida la conversación con el enano, se dio media vuelta y volvió a coger al niño en brazos con una gran sonrisa. Intentó que fuera lo más sincera posible porque Estel ya había demostrado en varias ocasiones la herencia del linaje de Arathorn. Como él con tan corta edad, su hijo ya era capaz de leer en los rostros como otros leían en libros. Lo sentó en la fuente con ella y lo abrazó.
—No quiero que te vayas tita, pero si lo haces no irás sola. Yo iré y te defenderé.
—¿Y quién defenderá a tu nana?
—Nana sabe defenderse sola. Ella me enseñó. Y Lord Elrond… Tita, deja que hable con él y querrá que te quedes. Te lo prometo, dice que con mi sonrisa no puede negarme nada. Lograré que me dé su palabra, pero quédate, no te vayas.
—Estel… ya eres un hombrecito, pero cuando crezcas aún más te darás cuenta que la palabra de un rey, vale exactamente lo mismo que la de los demás hombres: nada.
Abandonó sus brazos y subió con un brinco al caballo sin mirar atrás. ¿Qué estaba haciendo? ¡No podía dejarlo! ¡Otra vez! ¿Qué clase de madrina era que tanto sufrimiento le causaba? Ella sabía mucho de sufrimientos. De todas las clases de ellos. Se acomodó la capucha de la capa con el alma rota por dejarlo así. Al fin los enanos habían hecho la del humo. Comprobó llevar todo lo que debía llevar y se armó de valor antes de emprender camino y abandonar a los suyos una vez más. Una mano firme agarró su muñeca.
—Nana, no dejes que se vaya—Miró a su tía, intentando adivinar sus pensamientos. Sabía que ella no permitiría a Elrond devolverla a casa, pero tampoco tenía forma de impedirlo. Huir era la única salida.
—Sólo te pido que no me arrebates lo único que me queda de mi hermana Ygrite. Aún conservo una amiga, Astrid se llama, que vive en Minas Tirith. Ve con ella y escríbeme en su nombre. Elrond nunca sabrá donde estás, ni tu padre tampoco.
—Gracias…
—Ten—Gilraen deslizó una daga enfundada dentro de la bota que más a mano la pillaba, la derecha— Recuerda apuntar con la punta afilada hacia el otro extremo.
—Tita, ya llevo el arco para cazar, no moriré de hambre descuida…
—El hambre no es lo único que puede matarte en ésos caminos. Pero ¡vamos! ¡Márchate! ¡Corre!—Ni siquiera esperó a tener a Lindir a la vista. Tan pronto como la gritó, reaccionó y galopó a toda velocidad hacia la puerta de la mismísima Imladris.
—Lady Ar… ¡Lady Árabella! ¡Volved! ¡Volved ahora mismo! ¡Cerrad las puertas! ¡Por Elantári cerradlas!
