Aquí reportándome después de casi dos meses de ausencia. He estado en una etapa de altas y bajas en mi vida, pero parece que todo se va normalizando poco a poco.

Espero que su espera haya valido la pena. Ojalá y les guste.

A partir de aquél día, Rukawa y Fuji se encontraron muchas veces más; la mayoría de ellas por casualidad.

La primera de esas ocasiones fue al día siguiente en la estación de tren. Rukawa se encontraba, como era ya costumbre, esperando el tren que lo dejaría cerca de la cancha de básquetbol. Miró alrededor por inercia y al fijar la vista al frente después de que un tren hubo pasado, sus ojos se encontraron con la persona con la que había compartido la cancha el día anterior. El verla ahí, de pie, mirando distraídamente en otra dirección, le pareció un déjà vu; sólo que esta vez fue distinto, ya que en cuanto lo vio, Fuji esbozó una genuina y alegre sonrisa. Rukawa no supo cómo responder al gesto y mientras decidía qué hacer, ella le hizo una incomprensible seña con la mano y acto seguido, desapareció de su vista. Rukawa supuso que aquello significaba que no debía moverse de su lugar y no se equivocó, pues minutos después, Fuji apareció de entre la multitud caminando con determinación en su dirección.

—¿Irás a practicar? —le preguntó ella sin mayor preámbulo.

—Sí —respondió Rukawa escuetamente.

—Te acompañaré.

Rukawa no se negó. Si era honesto consigo mismo, era agradable tener a alguien con quien practicar de vez en cuando.

Antes de abordar el tren, hicieron una rápida parada en los baños de la estación para que Fuji pudiera cambiarse a su ropa de gimnasia, que consistía en unos shorts y una sencilla playera blanca.

—Así no, tienes los brazos muy separados —le dijo Rukawa con severidad luego de que Fuji fallara un tiro de tres puntos. Llevaban ahí un par de horas, y después de haber jugado un "uno contra uno", ella le había pedido que le enseñara a hacer tiros de tres puntos. Rukawa se había negado en un principio, pero después de mucha insistencia por parte de la chica, había terminado accediendo un poco a regañadientes. La paciencia no era precisamente una de sus virtudes y menos aun cuando se trataba de enseñar algo que requería de mucha práctica para dominarlo.

Rukawa fue hasta donde se encontraba Fuji, se puso detrás de ella y la sujetó de los brazos para colocárselos en la posición correcta. Se desconcertó un poco al darse cuenta de lo inusualmente incómodo que se sintió ante la cercanía de ella. ¿Acaso eran nervios?; no era posible. Él nunca se había sentido nervioso al estar cerca de una chica. La miró. A ella no parecía importarle su actual situación; tenía los ojos fijos en la canasta, completamente ajena a lo que él estaba sintiendo.

Rukawa sacudió la cabeza ligeramente, como si intentara sacarse aquellos pensamientos de la mente.

—¿Sucede algo? —preguntó Fuji con preocupación al verlo tan abstraído. Lo miraba y eso lo hizo sentir aún más incómodo.

—No —respondió y se apartó inmediatamente de ella.

Ya libre para realizar el tiro, Fuji dio un salto y lanzó el balón a la canasta. Éste pegó en el aro y Fuji hizo un mohín.

—Mucho mejor —le dijo Rukawa.

El regreso a casa esa noche fue nuevamente en silencio, pero era un silencio cómodo, familiar, muy diferente a las veces anteriores. No se escuchaba nada más allá de las pisadas de ambos, y Rukawa botaba el balón de básquetbol de vez en cuando, como si quisiera revelarse ante aquella quietud que los envolvía.

Miró a Fuji de reojo. A pesar de que ya se estaba acostumbrando, no dejaba de resultarle extraño recorrer ese camino en compañía de alguien más. Él siempre había preferido la soledad, por eso el voltear y encontrar a una chica caminando a su lado todavía lo desconcertaba. Se sentía ajeno, como si no se tratara de él.

Al día siguiente, volvieron a repetir la misma rutina, sólo que esta vez no se encontraron en la estación del tren sino en la cancha de básquetbol.

—¡Estupendo! —exclamó Fuji al ver a Rukawa hacer una clavada—. Nunca había visto una clavada tan de cerca. Es increíble —dijo con admiración.

—Gracias —repuso él con un gesto de autosuficiencia. Rukawa estaba acostumbrado a recibir halagos, pero de alguna manera, aquél contagioso entusiasmo que Fuji le transmitía a cada una de sus palabras, les daba un sabor distinto.

Rukawa tomó el balón entre sus manos y fue hasta donde Fuji, quien estaba sentada en el suelo de cemento con las piernas recogidas y la espalda apoyada en el enrejado. Sacó una botella de agua de su maleta deportiva y le dio un gran trago, para después sentarse justo al lado de ella.

—Hagamos algo, ¿quieres? —dijo Fuji—. ¿Por qué no hacemos una ronda de preguntas y repuestas?; de esa manera podremos saber un poco más el uno del otro —propuso.

—¿Cómo verdad o reto? —preguntó él. Tenía que reconocer que le parecía una propuesta interesante.

—Más como… yo te pregunto y tú me preguntas. Será una pregunta a la vez —Rukawa asintió.

—De acuerdo —dijo—. Como yo gané el "uno contra uno", comenzaré yo.

—Está bien —aceptó Fuji.

—Primera pregunta… ¿cómo es tu familia? —preguntó Rukawa. Fuji lo meditó un poco antes de responder.

—Tengo un padre y una madre; una perfecta hermana mayor y un molesto hermano menor; ¿qué hay de la tuya? —el semblante de Rukawa se ensombreció al escuchar aquella pregunta—. Tienes un padre, eso lo sé —añadió ella.

—También tengo una hermana pequeña —dijo Rukawa después de unos segundos.

—¿Cómo se llama? —preguntó Fuji. Rukawa la miró fijamente en un intento por hacerle notar que se estaba saltando las reglas, pero ella le sostuvo la mirada como si nada. Finalmente, él decidió ignorar el hecho de que era su turno de preguntar.

—Naoko —respondió él.

—Naoko —repitió Fuji, como saboreando las sílabas que conformaban el nombre—. Es un bonito nombre y apuesto a que ella también lo es.

—Sí, lo es. Se parece a mamá, pero ella no lo recuerda —Rukawa se sorprendió de la facilidad con la que aquellas palabras dejaron sus labios. Era la primera vez que hablaba de su familia con otra persona.

—¿Cuántos años tiene?

—Una pregunta a la vez —le recordó Rukawa, pero respondió de todas formas—. Tiene 14 años. Está en su último año en la secundaria Tomigaoka. Mi turno… ¿qué pasó con Akagi y tu otra amiga? —preguntó. No podía importarle menos, pero no se le ocurría que más preguntar.

—No sucedió nada en especial. Simplemente decidí ir a una Universidad distinta a la que eligieron ellas, pero las veo muy a menudo —Fuji volteó a ver a Rukawa y de inmediato detectó la preocupación reflejada en sus ojos—. No te preocupes, a ninguna le he dicho que estás aquí. Aquella vez me pareció que hablabas muy en serio cuando me pediste que no se lo dijera a nadie, así que no lo hice. Siguiente pregunta.

—¿Por qué elegiste otra universidad?

—Porque no había nada que me interesara estudiar en aquella, pero… ¿sabes? Esa decisión me provocó muchos problemas en casa, pues esa es la universidad a la que asistió mi padre. Elegir una universidad distinta a la de él fue mi mayor acto de rebeldía hasta ese momento —Fuji hizo una pausa y desvió la mirada—. Estuve algunos meses sin dirigirle la palabra a mi padre con mi madre en medio sin saber qué lado tomar, y yo… yo sólo tenía a Hanamichi —le dijo con melancolía. Su voz se quebró un poco al final, detalle que no pasó desapercibido por Rukawa.

Mientras le decía todo aquello, Fuji no lo había mirado ni una sola vez y a Rukawa le dio la impresión de que él era la primera persona a quien se lo contaba.

Comprendió entonces, como si de una epifanía se tratara, el porqué del cariño con el que Fuji se refería a Hanamichi. Ellos habían pasado por muchas cosas juntos. Lo suyo había sido más que un simple amor juvenil.

—Aún te queda una pregunta —le dijo ella, perfectamente consciente de que él le había respondido tres preguntas seguidas.

—¿Por qué comenzaste a practicar básquetbol? —preguntó él. En realidad, tampoco le interesaba mucho saberlo, pero se dio cuenta muy tarde de que era pésimo en ese juego de preguntas y respuestas. Además, quería aliviar un poco la tensión y distraerla de aquellos recuerdos tristes.

—Por Hanamichi —respondió con simpleza—. Al principio comencé a hacerlo porque era la única manera de pasar más tiempo con él, pero después, se convirtió en mi manera de distraerme y por eso, aún después de haber terminado con él, seguí practicándolo.

—Aún quieres mucho a Hanamichi, ¿verdad? —Rukawa no tenía idea de por qué le había preguntado aquello; las palabras simplemente salieron se su boca sin que él pudiera hacer algo para detenerlas.

—Hanamichi estuvo conmigo en los momentos más difíciles de mi vida; él me ayudó a encontrar mi identidad. Es por eso que aún le guardo tanto cariño, pero sólo es eso… ¿por qué tú nunca quisiste a Haruko? —le preguntó Fuji, sin intentar disfrazar su curiosidad, ni suavizar la pregunta.

—No lo sé. Supongo que siempre he pensado que esa clase de cosas no se pueden forzar y yo por Akagi nunca sentí nada.

—Entiendo. Tu turno.

—¿En verdad tu hermana es perfecta? —preguntó él, provocando que una pequeña sonrisa se formara en los labios de Fuji. Rukawa hubiera esperado que titubeara al responder, pero no lo hizo. La chica simplemente suspiró y bajó la mirada con la nostalgia inundando sus ojos.

—Sí. Sumire es perfecta, es hermosa. Es la clase de persona que te roba el aliento con tan sólo mirarla. Ella es inteligente, es talentosa… —le dijo. A pesar de lo que se podía pensar, en la voz de Fuji no se detectaba ni el menor dejo de resentimiento u odio al hablar de su hermana. Hablaba de ella como si de una deidad se tratara—. La cuestión es, que Sumire en realidad sí es perfecta —continuó Fuji, haciendo énfasis en el "sí"—. Ella siempre fue la hija modelo, la alumna ejemplar. Yo soy dos años menor que ella y naturalmente mis padres esperaban lo mismo de mí, y por un tiempo lo fui, hasta que me cansé. Creo que fue al terminar la preparatoria que decidí que ya no podía seguir siendo una copia de Sumire y empecé por elegir otra universidad. Mi padre por supuesto, no estuvo contento, pero esa parte de la historia ya te la conté.

Hubo una breve pausa a su conversación, tiempo en el que Rukawa reparó en las palabras de Fuji. Él siempre había pensado que era el único con un pasado familiar complicado, y le reconfortaba saber que no era así.

—¿Dónde está ella ahora? —preguntó.

—Se marchó a Estados Unidos el verano pasado para estudiar una maestría —respondió Fuji.

—Ya veo —dijo Rukawa y apoyó la cabeza en el enrejado para mirar al cielo, que estaba comenzando a tomar un color rojizo.

—¿Sabes, Rukawa? Es hasta ahora que ella se ha ido a otra ciudad, que mis padres han comenzado a entender que ella y yo somos dos personas distintas —agregó Fuji con aire ausente y con los ojos todavía fijos en un punto indefinido.

Al término del relato, a Rukawa le quedó la peculiar sensación de estar en deuda con ella. Ella le había contado cosas de su vida que a todas luces le resultaban muy dolorosas, mientras que él apenas si había sido capaz de revelar el nombre de su hermana.

—Mi madre nos abandonó cuando yo tenía diez años. Simplemente un día se fue sin dar explicación y jamás volvió —le soltó sin pensar.

Fuji lo miró con sorpresa. Lo que le acababa de decir Rukawa era mucho más de lo que ella hubiera esperado saber.

Fuji miró al suelo brevemente y después, al igual que Rukawa, recargó la cabeza en el enrejado. Levantó la vista al cielo. Los últimos indicios de la tarde se desvanecían poco a poco para dar paso a la oscuridad de la noche. Hacía rato ya que el azul cerúleo del cielo se había convertido en tan sólo un recuerdo.

—¿Rukawa?

—¿Si?

—Gracias —musitó Fuji, en un tono que quería dejar entrever que conocía el motivo por el cual Rukawa le había contado aquello. Unos instantes después miró su reloj de pulsera—. Aún me queda algo de tiempo antes de que tenga que volver a casa; ¿te apetece ir a tomar algo camino a casa? —le preguntó.

—Vamos —dijo él por toda respuesta.

Los dos se pusieron de pie casi al mismo tiempo, tomaron sus cosas y abandonaron el parque.

Eligieron un pequeño y céntrico café que quedaba cerca de la casa de Fuji para pasar los últimos instantes que les quedaban juntos, y al finalizar el día, Rukawa se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que no se la pasaba tan bien. Nunca antes le había resultado tan sencillo sostener una conversación con alguien más. Cuando estaba con Fuji, él se sentía inusualmente relajado.

Esa noche, poco después de llegar a casa, Rukawa se fue a dormir con un sólo pensamiento en la cabeza; el momento de regresar a Estados Unidos se acercaba cada vez más y mientras se quedaba dormido, se dio cuenta de que no estaba muy seguro de que le agradara la idea.

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