Lamento mucho la tardanza, pero ya saben cómo es cuando tienes un montón de ideas en la cabeza para diferentes historias, y algunas de ellas te roban la atención de lo que escribes.

Con lo distraída que soy, olvidé agradecerle a todos aquellos que se han tomado la molestia de dejar un review. Muchas gracias a bulmercury2, Hipolita, Selene y Goizmo. Gracias por seguir esta historia.

Rukawa observaba con impaciencia, cómo las transparentes gotas de lluvia se deslizaban por el cristal de su ventana. Se sentía frustrado y molesto. No era para menos. Había estado lloviendo ininterrumpidamente en Kanagawa por los últimos tres días, lo que le había hecho imposible aventurarse más allá de los confines de su casa. Ése era, quizá, el periodo más largo que había pasado sin jugar básquetbol.

Contempló su reflejo por unos instantes, pensativo. La tarde previa a que comenzara a llover, había acordado con Fuji que se verían en la cancha de básquetbol a la mañana siguiente; algo que por obvias razones, no había podido suceder.

Le preocupaba que ella hubiera ido y no lo hubiera encontrado. Le preocupaba lo que ella podía haber pensado y dicho de él.

Mientras su mirada se perdía en las gotas de lluvia que caían afuera, se acordó de ella. La lluvia ahora le recordaba a Fuji, y él sabía que así sería de ahí en adelante. No pudo reprimir la pequeña sonrisa que se formó en sus labios ante el recuerdo de la joven maldiciendo al pensarse sola aquella vez que se encontraron por casualidad, y del sonrojo que cubrió sus mejillas al percatarse de que él estaba ahí. Al pensar en ello, el recuerdo de aquella mañana lluviosa le pareció muy lejano, casi irreal.

Aquella mañana lluviosa en la que todo había comenzado.

La lluvia se detuvo por la noche, tan repentina e inesperadamente como había comenzado, y sin pensarlo dos veces, Rukawa tomó una chaqueta y se apresuró a salir.

Una brisa fresca le recibió tan pronto puso un pie fuera de su casa. Era justo lo que necesitaba. Caminó por las calles lentamente, sin prisas, disfrutando de la tranquilidad y soledad que sólo los días de lluvia podían dejar atrás. La luz ambarina de los faros se reflejaba en las banquetas como luminosas manchas borrosas, y de vez en cuando, Rukawa escuchaba el sonido de sus pasos al pisar pequeños charcos de agua, y el murmullo de los autos al pasar sobre el pavimento mojado.

Al llegar a la estación, tomó el tren de siempre; el que sabía, lo llevaría al único lugar en el que quería estar en ese momento.

Al bajar del tren, Rukawa metió las manos en los bolsillos de su pantalón y continuó caminando con paso despreocupado, dirigiendo la mirada de cuando en cuando a alguna cosa que le llamara la atención. En cuestión de minutos, llegó a su destino.

El parque se veía muy distinto por la noche; la luz de las farolas le daba una apariencia fantasmal y fría. Deambuló por él hasta llegar a la cancha de básquetbol y se detuvo casi a la mitad de ésta para contemplar los alrededores. Nunca antes lo había hecho. Nunca antes se había detenido a observar los detalles; ni el enrejado metálico que rodeaba la cancha, ni los imponentes árboles que se alzaban detrás de él, ni mucho menos las líneas blancas cuidadosamente pintadas que delineaban los límites y zonas de la cancha. Cerró los ojos e inhaló profundamente, dejando que el aire fresco y ligero inundara sus pulmones. La tranquila noche, el cielo oscuro y despejado y el aire fresco, inevitablemente le trajeron de vuelta dulces y gloriosos recuerdos de aquella noche. La noche de hacía poco más de dos años en que Shohoku se había coronado campeón nacional después de haber sostenido un reñido partido contra Ryonan; después de haber vencido a Ryonan… y a Sendoh. Esa noche, que le había significado el cierre de un capítulo más en su vida.

Aquél había sido un año maravilloso, inolvidable. El año de Shohoku, del invencible Shohoku.

Rukawa sintió un escalofrío recorrer su cuerpo con tan sólo recordar la tan memorable noche, y una sensación de nostalgia invadió todo su ser. Esa había sido, sin duda, la mejor época de su vida, y aquél Shohoku, el Shohoku de Ryota Miyagi, Hanamichi Sakuragi y de él, Kaede Rukawa, había sido simplemente espectacular.

Al abrir los ojos, Rukawa se encontró de frente al aro de básquetbol y un deseo incontrolable de jugar lo asaltó de repente. Quería correr, quería saltar, encestar un par de canastas o tal vez hacer una clavada. Se arrepintió entonces de no haber llevado consigo un balón de básquetbol. Había salido de su casa tan súbitamente que ni siquiera le había dado tiempo de pensar en traer uno.

Sin más remedio, emprendió el camino de regreso a casa, esperando que a la mañana siguiente el clima le favoreciera, pero más que nada y muy en el interior, que pudiera volver a verla a ella.

Todavía no amanecía cuando Rukawa abrió los ojos. No se levantó; permaneció inmóvil en su lugar, mirando al techo sin realmente mirarlo, absorto. Aún era muy temprano para comenzar sus actividades, y sabiéndose incapaz de volver a dormir, resolvió quedarse en la cama. Había estado así desde un par de días atrás, inquieto. Azorado por alguna razón; algo que lo hacía estar más alerta de lo normal y que le hacía imposible dormir más allá de las primeras horas de la mañana. Aguzó el oído. Afortunadamente, parecía que no había comenzado a llover nuevamente.

Inmerso en la obscuridad de su habitación, esperó pacientemente hasta que los primeros rayos de luz se filtraron a través de su ventana y pintaron las paredes de su habitación de un color azul pálido. Sólo entonces se levantó.

Se vistió con calma, preparándose para salir a un día que pintaba para ser muy caluroso, y mientras lo hacía, se preguntaba si cuando llegara al parque la encontraría, si podría hablar con ella y si sería capaz de disculparse por no haber podido asistir a su encuentro. A pesar de que había sido algo que había estado fuera de su alcance, él seguía sintiéndose intranquilo.

Si era sí, si se encontraba con Fuji, esa sería, probablemente, una de las últimas ocasiones en que la vería. Rukawa aún no había hablado con ella sobre su próxima e inminente partida, pero tenía la sensación de que ella ya lo sabía y que lo prefería así, como un secreto a voces.

El sol ya había salido cuando Rukawa abandonó su casa, y él hizo su camino rumbo a la cancha en medio de un día muy agradable. El aire cargado de humedad le producía una sensación reconfortante, y la idea de volver a jugar le emocionaba como desde hacía mucho tiempo no lo había hecho.

Sin embargo, conforme se acercaba al parque, la ansiedad de Rukawa crecía.

Al girar la cabeza y mirar a través de la reja que rodeaba la cancha, pudo distinguir claramente la figura de Fuji, quien ya se encontraba realizando un par de tiros o modo de calentamiento. Ella pareció no notar su presencia en un principio, demasiado ensimismada en lo que estaba haciendo, pero después de unos segundos, quizá al sentir su mirada, volteó en dirección a él y al verlo, le sonrió a manera de reconocimiento. Ese simple gesto hizo que Rukawa sintiera un gran alivio, y de repente, todo aquello que le había estado preocupando, pareció no tener sentido ni importancia. Se sintió aún más tranquilo cuando después de acercársele y saludarla, ella le dijera con pesar que al igual que a él, tampoco le había sido posible asistir debido a la lluvia.

—¡Rukawa! —lo llamó Fuji por enésima vez esa mañana, intentando atraer su atención. Él salió de su ensueño, y dirigió su mirada azulina hacia donde se encontraba ella tan pronto escuchó su voz. Le tomó un poco reaccionar y recordar qué era lo que estaba haciendo. Había estado así toda la mañana, ausente, completamente abstraído en sus pensamientos.

—Lo siento —se disculpó. Fuji suspiró cansinamente y lo observó con preocupación.

—Tal vez sea mejor que por hoy demos esto por terminado —le dijo.

—No, está bien. No volverá a pasar —se apresuró a decir Rukawa.

Fuji lo miró dubitativa por unos instantes y se mordió el labio antes de responder.

—De acuerdo —dijo finalmente.

A pesar de que Rukawa logró concentrarse, no pudo sacarse de la cabeza el pensamiento de que dentro de un par de días, esa rutina que se había forjado con Fuji y a la que ya estaba tan acostumbrado, ya no sería posible.

Sonrió con satisfacción al observar a Fuji encestar una perfecta canasta de tres puntos.

—Aún es temprano —le dijo Fuji al tiempo que comprobaba la hora en su reloj y se acercaba a él—. Tenemos tiempo suficiente para jugar otro "uno contra uno".

—En realidad —comenzó Rukawa—, hay un lugar que quiero visitar, y me preguntaba si querrías acompañarme —le dijo con seriedad. La expresión inicial de sorpresa de Fuji fue rápidamente sustituida por una cálida sonrisa.

—Por supuesto —respondió.

El lugar en cuestión no resultó ser otro que la Preparatoria Shohoku. Al llegar, Rukawa le pidió al guardia en turno que los dejara pasar, algo para lo que no tuvieron inconvenientes, pues Rukawa era toda una celebridad en Kanagawa y como era de esperarse, el guardia lo reconoció de inmediato. Se dirigieron al gimnasio en medio de murmullos y miradas curiosas.

Fuji volteó a ver a Rukawa. En el tiempo que llevaba de conocerlo, él nunca había demostrado abiertamente sus emociones, siempre ocultándolas tras una máscara de indiferencia, sin embargo, en ese momento sus ojos tenían un brillo especial; un brillo que dejaba entrever la felicidad que le provocaba volver a pisar su antigua preparatoria como lo que ahora era, una joven promesa del básquetbol universitario en Estados Unidos.

Al llegar al gimnasio, y una vez que el guardia hubo quitado el candado, Rukawa abrió las puertas sin problemas, deslizándolas con suma facilidad. Desde afuera no se podía ver nada debido a la luz del sol, que en ese momento brillaba con intensidad. Fue cuando entraron que la expresión de Rukawa cambió en la más ligera de las formas. El muchacho se adentró lentamente y Fuji, siguiendo cada uno de sus movimientos, observó con ternura como él repasaba cada rincón del gimnasio con la mirada, con una mezcla de nostalgia y admiración en sus ojos azules.

—Es exactamente como lo recordaba —dijo Rukawa.

Fuji recordó de repente que era ella quien llevaba la maleta deportiva en la que habían guardado el balón de básquetbol horas antes. Abrió el cierre de ésta con cuidado y lo sacó de la misma manera.

—Rukawa —lo llamó Fuji con suavidad, haciendo que él girara la cabeza para verla. Rukawa la miró a ella y luego miró al balón que ella tenía en las manos. Levantó la vista para mirarla nuevamente, y en algo que en un principio le pareció una ilusión, le dirigió una sonrisa. Fuji se quedó sin habla, al tiempo que su corazón comenzaba a latir con fuerza; era la primera vez desde que lo conocía que lo veía sonreír, sonreír de verdad. Kaede Rukawa acababa de sonreír, y esa sonrisa se la había dirigido a ella.

Rukawa se dio la vuelta y recorrió la distancia que lo separaba de Fuji, deteniéndose a escasos centímetros de ella, y tomando el balón de entre sus manos.

—¿No vienes? —le preguntó, mirándola fijamente a los ojos. Nunca antes Fuji se había sentido cohibida bajo su intensa mirada. Rukawa estaba tan cerca de ella que de hecho temió que pudiera escuchar el acelerado latir de su corazón; sin embargo, se las arregló para sonreír y tomándolo por sorpresa, le arrebató el balón, pasando rápidamente a un lado suyo para dirigirse a la duela.

Rukawa se limitó a observarla mientras botaba el balón. La imagen frente a sus ojos le pareció tan perfecta que le resultó impensable irrumpir en ella, y de repente, le pareció haber encontrado aquello que sin saber había estado buscando en Estados Unidos por dos años y para lo cual aún no tenía nombre.

Rukawa sonrió levemente y fue hacia Fuji, quien lo miraba con expectación, y se encontró deseando como nunca antes, que un momento nunca terminara.

Espero que les haya gustado el capítulo, y que haya compensado por el tiempo que los he hecho esperar entre uno y otro.