Hola de nuevo. Creo que ya me estoy quedando sin excusas, pero el trabajo a veces hace que se me escape la inspiración; igual ya saben o quiero que sepan que esto lo hago con mucho cariño y que no puedo publicar algo a menos de que me parezca digno de mis lectores. Muchas gracias a los que todavía siguen esta historia.
Este capítulo va dedicado a Hipolita, quien parece ser mi porrista personal. No sabes lo bien que me hace leer tus reviews, y cuando me falta inspiración me acuerdo de lo mucho que parece gustarte este humilde fic. Gracias de nuevo.
Fuji se levantó muy temprano a la mañana siguiente. En realidad había dormido muy poco pues no había podido dejar de pensar en la manera tan inusual en que Rukawa se había comportado el día anterior. El normalmente calmado e indiferente Rukawa se había pasado la mañana y parte de la tarde del día previo en estado contemplativo, distante, como quien tiene algo dándole vueltas en la cabeza; su excesiva seriedad y sus movimientos torpes e imprecisos lo habían delatado. Eso sin contar las repetidas ocasiones en las que Fuji lo había sorprendido mirándola de una manera muy peculiar, como si hubiera algo que quisiera decirle.
Mientras se alistaba para ir a la universidad, Fuji fue incapaz de sacarse aquellos pensamientos de la mente. Se miró al espejo por última vez y suspiró preocupada. Tenía un extraño presentimiento sobre todo aquello.
Salió de su habitación y se dirigió a la cocina. Una vez ahí, caminó hasta la alacena, la abrió y comenzó a escudriñarla en busca de algo para desayunar. Al final se decidió por un poco cereal. Tomó la caja de hojuelas de maíz, un cartón nuevo de leche, y de una repisa superior, alcanzó un tazón. Se sentó, se sirvió cereal y leche en el tazón y comenzó a comer sin siquiera reparar en el sabor. Cuando se sintió satisfecha, se levantó, volvió a poner todo en su lugar, y con la mochila al hombro dejó su casa a toda prisa.
Fuji recorrió las calles que la separaban de la estación del tren completamente inmersa en sus pensamientos. En el aire todavía se podía sentir el bochorno que habían dejado los días de lluvia y eso, aunado al sol de la mañana, no hacía más que hacerla sentir aturdida.
Una vez en la estación, Fuji se detuvo a esperar en el andén correspondiente, y mientras lo hacía, su mirada se perdió en las personas que esperaban del otro lado. Sus ojos parecían obedecer a sus pensamientos, y sin quererlo comenzó a buscar de entre la gente a aquél rostro que se había vuelto tan familiar en los últimos días. Fuji se percató de lo que estaba haciendo hasta que un tren se interpuso entre ella y aquello que esperaba encontrar.
Era muy temprano todavía, así que aún quedaban algunos lugares disponibles, pero a pesar de eso, Fuji no se sentó pues simplemente no le apetecía. Sentía que de hacerlo se inquietaría más. Se apoyó en un tubo metálico cerca de la puerta y miró al techo. Cuando el tren comenzó a avanzar, desvió la mirada hacia la ventana para ver a través ella, enfocándose en todo y nada a la vez. Mientras se perdía nuevamente en sus pensamientos, observó cómo los edificios y paisajes que había afuera, se volvían cada vez más y más borrosos conforme aumentaba la velocidad.
Al llegar a la universidad, Fuji se encontró con la novedad de que Rukawa la esperaba ahí. Estaba de pie debajo de un árbol de sakura que se encontraba cerca del edificio principal, y la miraba fijamente de un modo indescifrable. Al verlo, Fuji se paró en seco y lo miró con desconcierto. Observándolo con más detenimiento, recordó por qué le gustaba a tantas chicas en preparatoria. Se veía sumamente apuesto con el suéter azul oscuro y el pantalón de mezclilla que llevaba puestos. Su atractiva apariencia e imponente figura hacían que las chicas que pasaban a su lado, lo miraran embelesadas, con una mezcla de curiosidad y admiración, pero a él parecía no importarle, pues seguía sin apartar los ojos de ella.
Aún sin recuperarse de la impresión que le causó el encontrarlo ahí, Fuji reanudó su camino y se dirigió hacia él a paso lento, pues sentía que tal vez no quería escuchar lo que fuera que había llevado a Rukawa hasta allí. Se detuvo a unos cuantos pasos de él y levantó un poco la vista para mirarlo. Parecía mucho más alto de lo normal y no dejaba de mirarla de aquella manera intensa tan extraña. Por un instante, Fuji se sintió nuevamente como la chica tímida que solía ser en preparatoria.
—Hola —lo saludó Fuji cortésmente, tratando de sonar casual; sin embargo, su voz débil y desangelada traicionó sus verdaderos sentimientos.
—Hola —le respondió él.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Fuji en un tono más neutro. Rukawa pareció meditarlo un poco antes de responder.
—Vine a despedirme —respondió—. Mañana me iré de Kanagawa a primera hora —añadió. El corazón de Fuji dio un vuelco tan pronto Rukawa pronunció esas palabras, y ella no pudo ocultar la sorpresa y decepción que sintió al escucharlas. Se dio la vuelta sin saber qué decir, se recargó con desgano en el tronco del árbol de sakura que tenía detrás, y bajó la mirada pensativamente; él hizo lo mismo. Se quedaron de pie en silencio, uno junto al otro, casi tocándose. No se miraban, y Fuji lo prefería así.
—Vaya —dijo ella con voz apagada—. Siempre supe que estarías aquí por un corto tiempo, pero no tenía idea de que serían tan corto.
—Yo sólo vine a Kanagawa para resolver algunos asuntos —respondió Rukawa con franqueza—. Además, las clases comenzarán pronto en la universidad.
Fuji asintió ligeramente; así que de eso se trataba. Ninguno de los dos dijo algo más por un momento, dejando que la extraña atmósfera que se había formado entre ellos se disipara.
—Entonces… —pronunció Fuji unos minutos más tarde—, supongo que ya habrás descubierto el motivo que te trajo de vuelta a Kanagawa.
Rukawa se separó del árbol abruptamente y se paró frente a ella. Fuji echó un poco la cabeza hacia atrás para poder mirarlo a los ojos; la expresión en el rostro del muchacho era serena, casi dulce, y había algo distinto en su mirada; una emoción que Fuji no supo distinguir. Lo que Rukawa hizo a continuación la tomó por sorpresa.
—Me dio gusto conocerte —le dijo suavemente mientras retiraba con delicadeza un pétalo de flor de sakura que en algún momento había quedado atrapado en su cabello.
Fuji lo miró con asombro, sintiendo de repente el impulso de abrazarlo, pero se contuvo ante la incertidumbre de cuál sería su reacción. En su lugar, continuó mirándolo, tratando de memorizar ese rostro que quizá no volvería a ver jamás.
—A mí también me dio gusto conocerte —le dijo, sonriendo débilmente, y se separó del árbol con lentitud—. Tengo que irme —dijo con pesar—, de lo contrario llegaré tarde a clase… adiós.
—Adiós —le respondió.
Fuji se quedó quieta por unos segundos antes de comenzar a caminar. Mientras se alejaba, no quiso mirar atrás, pero podía sentir la mirada de Rukawa en ella a cada paso que daba.
Se llevó una mano al pecho debido a la extraña sensación que se estaba formando ahí, y sin reparar en nada, fue directamente a su salón de clases. Una vez ahí, depositó sus cosas en el piso y se desplomó en su silla ante la mirada atónita de sus compañeros.
Fue entonces que lo entendió. Kaede Rukawa se iría de Kanagawa para no volver jamás. No tuvo tiempo de pensar en nada más, pues justo en ese momento su profesor entró en el salón de clases. Sí, así era mejor.
El resto del día trascurrió con normalidad, pero Fuji no había podido dejar de pensar en que Rukawa partiría al día siguiente, y se había pasado toda la mañana distraída, mirando del pizarrón a la ventana y viceversa, sin apenas comprender lo que ahí estaba escrito. De vez en cuando recibía llamadas de atención por parte de sus profesores, quienes la miraban con preocupación.
Fuji soltó un suspiro, y volvió a mirar al pizarrón. Era inútil. El pasar de los horas no había hecho más que desconcentrarla y confundirla más, mientras su mente su hundía más y más en pensamientos centrados en Rukawa. Resignada, Fuji pidió permiso para ir al baño por quinta ocasión ese día y salió del salón.
Al caminar por el pasillo que conducía al baño, los ojos de Fuji se encontraron con el árbol de sakura dónde minutos antes, Rukawa y ella habían tenido su última conversación, la última. Sin siquiera ir al baño, se dio la media vuelta y resolvió volver al salón.
No pudo evitar preguntarse si lo volvería a ver alguna vez. Le parecía poco probable, pues vivían en continentes distintos y tenían vidas diametralmente opuestas. Además, Rukawa le había dicho en repetidas ocasiones que no había motivo alguno por el que él quisiera volver a Kanagawa. Quizá algún día podría ir a visitarlo, quizá. Tal vez cuando visitara a Sumire.
¿Pero qué encontraría entonces? A una estrella consagrada del básquetbol profesional, y tal vez para entonces, él ya habría encontrado a la persona que lo haría sentir algo especial. El preciso instante en el que comenzó a interesarse por la vida romántica de Rukawa, seguía siendo un misterio para Fuji.
Le costaba creer que dentro de poco todas las cosas que había vivido al lado de Rukawa, no serían más que un montón de recuerdos. Pronto quedarían atrás aquellas largas caminatas y sinceras charlas. El sólo pensar en ello la llenaba de una profunda melancolía.
Si en la preparatoria, alguien le hubiera dicho que en algunos años albergaría alguna clase de sentimientos hacia Kaede Rukawa, le habría parecido una locura. En aquél entonces para ella, él sólo era "Kaede Rukawa, el amor no correspondido de su mejor amiga Haruko".
La mirada de Fuji se perdió en del patio, y más allá, en unos edificios, pues del otro lado se encontraba aquél árbol de sakura. Fuji apartó la mirada de la ventana cuando escuchó que alguien la llamaba con mucha insistencia. Era su compañera de clase Eri Fujima.
—Las clases terminaron, Fuji —le dijo la chica con gentileza y la miró comprensivamente.
Fuji miró alrededor y comprobó que lo que le decía la chica era verdad; el salón ya estaba vacío. Se sobresaltó. No se había dado cuenta en qué momento se había vuelto a sumir en sus pensamientos, ni cuánto tiempo había estado así.
—Gracias, Fujima —dijo, y apenada, tomó sus cosas y se puso de pie. Salió del salón apresuradamente y se detuvo hasta que llegó a su casillero. Lo abrió con cuidado, y lo primero que vio fue el balón de básquetbol que había dejado allí por la mañana. Lo tomó entre sus manos y al mirarlo, sonrió con nostalgia. Definitivamente iría a jugar básquetbol; hacía un día demasiado precioso como para dejar pasar la oportunidad.
Al salir del edificio, alzó la vista, preguntándose si en ese momento Rukawa estaría viendo el mismo cielo azul que se alzaba sobre ella.
Espero como siempre, que les haya gustado. Les mentiría si les dijera que no me gusta que me dejen reviews, así que… por favor dejen reviews.
