Pues he aquí el capítulo VII. Me he superado a mí misma al subir un capítulo nuevo a tan sólo una semana de haber subido el anterior, pero hoy es día festivo en México, o algo así, y decidí aprovechar. Como siempre, espero que les guste.

Gracias a Mitsuki-chan17, a Sol Levine y, como siempre, a Hipolita por sus amables reviews. No tienen idea de lo feliz que me hicieron.

Gracias Sol Levine por tomarte la molestia de dejar un review por capítulo. Éste va dedicado a tí.

El silencio en su habitación le parecía abrumador, insoportable, y la oscuridad que lo rodeaba le producía una desoladora sensación de soledad que no había sentido en mucho tiempo. Eran apenas las 3 de la mañana y Kaede Rukawa se encontraba completamente despierto. Sentado en su cama, observaba como el tiempo pasaba en el reloj que descansaba en su buró. No recordaba alguna vez haberse levantado tan temprano en toda su vida, pero ese día era algo inevitable, pues su avión saldría en un par de horas. Tan inevitable como ese desasosiego que lo invadía y lo quemaba por dentro.

Aún no estaba listo, y no era solamente el hecho de no había empacado, sino que en realidad todavía no estaba preparado para marcharse.

Con renuencia, se puso de pie y fue hasta su cómoda. Abrió los cajones y comenzó a sacar desordenadamente toda la ropa que había dentro. Cuando terminó, se dirigió al clóset e hizo lo mismo. Sudaderas, chaquetas y pantalones terminaron amontonados sobre la cama. Se agachó y de una gaveta inferior, sacó una maleta, evitando en todo momento mirar el balón de básquetbol que se encontraba a un costado. No sabía por qué, pero en ese momento quería evitar todo aquello que le recordara al básquetbol; después de todo, tendría tiempo de sobra para pensar en ello una vez que estuviera de vuelta en Estados Unidos.

Mientras empacaba, su mente comenzó a divagar, e inevitablemente sus pensamientos terminaron en Fuji, en la manera en que había reaccionado el día anterior cuando él le dijo que se iría. ¿Acaso eran tristeza y desilusión aquello que él había visto en sus ojos cafés?, pero después ella… ella se había ido sin siquiera mirar atrás. ¿Tan poco le había importado que él se marchara? ¿Qué acaso él no había llegado a significar algo para ella? Porque, ella para él…

Rukawa frunció el ceño al percatarse de que desde hacía varios segundos sostenía una playera entre sus manos de manera tan apretada que sus nudillos habían comenzado a tornarse blancos. La depositó suavemente en la maleta y comenzó a meter en ella otras cosas que ya estaban dobladas y que se encontraban apiladas sobre la cama.

Suspiró. No podía culparla. Después de todo él había evitado a toda costa decirle sobre su partida, y se lo había hecho saber en el último momento posible. Quizá su reacción se había debido a que se había enfadado con él porque no había sido honesto con ella desde un principio; pero no, en ningún momento se le había visto enfadada, más bien, afligida.

Fuera lo que fuera que él había visto reflejado en el rostro de Fuji, se dio cuenta de que jamás quería volver a ver esa expresión en él, pues simplemente, no iba con ella. Ella era demasiado dulce, demasiado cálida y alegre como para que alguno de esos sentimientos se asomaran en su delicado rostro.

A Rukawa no dejaba de asombrarle la manera tan particular en la que se habían dado las cosas. Él había vuelto a Kanawaga sin tener nada más claro que el hecho de que practicaría básquetbol tan pronto llegara a la ciudad, y en cuestión de horas desde su arrivo, se la había encontrado en la estación de tren, y después, en muchas otros lugares. A ella, una de las personas que le habían resultado más indiferentes en la preparatoria; a la amiga de Akagi, la chica que había estado enamorada de él desde la secundaria; e inesperadamente, al llegar a conocerla a fondo, le había asaltado la sensación de que quizá había estado perdiendo el tiempo al haberse negado la oportunidad de conocerla desde mucho tiempo antes, pero ya nada de eso importaba en ese momento.

Él no se arrepentía de haber podido conocer a Fuji, de conocerla como era en realidad. No como la chica tímida e insegura con la que se había cruzado por los pasillos de la preparatoria, sino como la joven afable y gentil en que se había convertido. Una persona a la que él, sin dudarlo, le había develado sus más profundos sentimientos y secretos, mas en aquél momento jamás se imaginó que ella representaría aquello que lo haría dudar en volver a Estados Unidos.

Pero él no era el único que se había sincerado, Fuji también lo había hecho. Ella le había contado sobre su vida, su familia y sobre su relación con Sakuragi; había confiado en él, y él se sentía agradecido. Rukawa había podido ver el dolor en sus ojos; ese mismo dolor que él había visto reflejado en los suyos en tantas ocasiones debido al abandono e indiferencia de su madre. De alguna manera, se había identificado con ella y se había dado cuenta de que había pasado demasiado tiempo ensimismado en sí mismo, en el básquetbol y en su obsesión por convertirse en el mejor jugador a nivel preparatoria.

Pero ya no había marcha atrás. Su vida ahora estaba en Estados Unidos, y la de ella, lejos de él, en Kanagawa.

Rukawa aún no tenía claro lo que sentía por ella, sólo sabía que era algo que nunca antes había sentido. Jamás nadie le había hecho experimentar tantas emociones. Con ella fue que pudo finalmente dejar atrás el pasado y reconciliarse con su vida en Kanagawa; una vida de la que había intentado huir desde el momento en que su madre cruzó la puerta de su casa para no volver jamás, y sólo estando con ella había sido capaz de sonreír de nuevo.

Rukawa cerró los ojos, y al hacerlo, en su mente pudo ver claramente la imagen de Fuji sonriendo; esa sonrisa amable que lo había desconcertado desde el primer momento. Un instante después, los abrió, volviendo a enfrentarse a su realidad.

Terminó de empacar, y al tener su mente un poco más clara, sintió por primera vez el frescor que solía caracterizar a la madrugada. Mientras sus ojos vagaban por los más íntimos rincones de su habitación con nostalgia, escuchó el distintivo sonido de la bocina de un auto, sonido que le anunció que el taxi que esperaba, finalmente había llegado.

Rukawa se puso su chaqueta y levantó la maleta tomándola por las correas. Antes de salir se devolvió al baño y abrió la puerta para poder mirarlo por última vez. Era algo tonto, nunca antes lo había hecho, pero sentía la imperante necesidad de memorizar cada detalle, pues no sabía con certeza cuándo podría volver a ese lugar, y si es que volvería alguna vez.

Al salir de su casa, la luz plateada de la resplandeciente luna de la noche fue la que lo recibió, y eso atrajo su mirada hacia el cielo negruzco, que en ese momento estaba cubierto por un montón de estrellas, tan diáfano como nunca antes. Rukawa deseó poder volver a mirar esas estrellas con Fuji una vez más. Cerró la puerta tras de sí con un suave clic y caminó hasta el taxi que lo esperaba para llevarlo al aeropuerto. Se subió en él e indicó al taxista la dirección con voz llana. Su mente estaba en otro lugar, con otra persona.

Suspiró casi imperceptiblemente, y miró a través del cristal con monotonía, sin que pudiera quitarse esa sensación de no estar haciendo lo correcto. Estaba tan sumido en sus pensamientos que no se dio cuenta que había llegado a su destino hasta que sintió el auto detenerse. El hombre se mediana edad lo miraba con expectación, y Rukawa le lanzó una gélida mirada de hastío. Le entregó un billete de 1000 yenes y descendió del vehículo. Al bajar se encontró frente a la entrada principal del aeropuerto. Se detuvo un momento, y miró el letrero en el que se leía Aeropuerto Internacional de Kanagawa. Así tenía que ser. Apartó la mirada y comenzó a caminar.

Horas más tarde, una atractiva voz femenina anunciaba la salida del próximo vuelo con destino a Estados Unidos mientras el sol salía en el horizonte.


Fuji, te vimos dormida y no quisimos despertarte. Fuimos de compras, no te preocupes. Volveremos pronto. Hay comida en el refrigerador. Cuídate.

Mamá

Fuji leyó la nota una vez más. Sin duda era la caligrafía de su madre, impecable y un poco marcada. Soltó un pequeño suspiro. A veces sus padres podían ser tan… desapegados. Qué remedio.

Con descuido, se recogió el cabello que había llevado suelto hasta antes de tomar una siesta al volver de la universidad, y se dirigió a la cocina. Abrió la puerta del refrigerador. Su rostro se iluminó; onigiri de atún, sus favoritos. Sacó la charola del refrigerador y le dio un mordisco a uno mientras la depositaba cuidadosamente sobre la mesa. Se acercó a la estufa y le echó una ojeada a las cacerolas que descansaban en ella: arroz con cerdo al curry. Retiró lo dicho. No le importaba que sus padres salieran sin avisar y la dejaran dormida en una posición incómoda, siempre y cuando su madre siguiera preparando sus platillos favoritos. Miró al reloj en la pared despistadamente mientras masticaba otro bocado de onigiri. 3:45; esos tres números le produjeron una sensación de incertidumbre. ¿Acaso se había olvidado algo?... dio un respingo. Desde hacía quince minutos que tendría que estar en un café; había quedado de verse allí con Eri Fujima para ponerse de acuerdo sobre un proyecto escolar.

Apurada, salió de su casa con rumbo a la estación de tren.

-… entonces, estaba pensando que sería una buena idea si elegimos una obra de un autor japonés, y en base a eso hacemos el ensayo…

"Que día más bello".

-… personalmente, a mí me gustan mucho los libros de Haruki Murakami

"Que cielo tan azul… ¿volverá a llover?"

-Mi favorito es Tokio Blues.

"Quizá Rukawa…"

-¿Fuji? ¿Me estás escuchando?

Fuji volteó en dirección de donde provenía la voz. Eri Fujima la miraba con interés, entre divertida y resignada.

-Lo siento, Fujima.- le respondió Fuji apenada.

-Eri- le recordó ella, pues esa mañana le había pedido que comenzara a llamarla así -No tiene importancia. Aún tenemos tiempo suficiente para elegir.- dijo, sin quitarle los ojos de encima a su compañera de proyecto. Había estado así de abstraída desde el día anterior. Tanto así que ella la había salvado de una reprimenda al ofrecerse a trabajar con ella, y desde que Fuji había llegado al café un par de minutos atrás, sonrojada y con la respiración acelerada, se había dedicado a mirar a través de la ventana con aire ausente, aparentemente interesada en las personas y cosas que había allá afuera. Eri creía tener una idea de por qué se comportaba de aquella manera, pero no estaba segura de que Fuji lo supiera. Sonrió con mesura y bebió de su capuchino. La chica que tenía enfrente sujetó por la oreja la taza de porcelana que tenía delante y se la llevó a los labios para darle un trago. Hizo una mueca, probablemente al percatarse de lo frío que ahora estaba su café o quizá porque había olvidado ponerle azúcar.

-¿Estás bien, Fuji?- le preguntó Eri.

-Sí. Estaba pensando, es todo. ¿Por qué lo preguntas?

-Es sólo que, desde el día de ayer has estado distraída, y me atrevería a decir que incluso un poco triste; ¿está todo bien, Fuji?

-Estoy bien, gracias.- insistió Fuji y le dirigió una débil sonrisa carente de toda emoción. Eri la miró con escepticismo.

-Sólo estoy preocupada; lo sabes, ¿verdad?- musitó Eri. Fuji la miró fijamente, la duda reflejada en sus ojos, y luego clavó la mirada en el líquido oscuro que reposaba en la taza.

-Lo que sucede es que una persona muy especial para mí se acaba de marchar a Estados Unidos, y es probable que no lo vuelva a ver jamás.- dijo con un dejo de tristeza en la voz.

-Ya veo.- dijo Eri con expresión pensativa -Se trata de ese chico Kaede Rukawa, ¿no es así?, el chico que estuvo en la escuela ayer- añadió, y Fuji la contempló con asombro -Las chicas no dejaron de hablar de él en todo el día; es que es tan guapo y atlético, ¿no lo crees así, Fuji?- le preguntó con una chispa traviesa en los ojos.

-Sí, un poco.- respondió Fuji titubeante -¿De dónde lo conoces?

-Como sabes, mi hermano Kenji juega básquetbol, y en preparatoria se enfrentó a él en varias ocasiones.- explicó Eri con simplicidad -Él siempre hablaba del magnífico jugador que era Kaede Rukawa,- repuso -pero aparentemente no sólo es un excelente jugador, sino también un buen chico. De otra forma no habría logrado cautivar el corazón de mi amiga Fuji.

-Él no…- se apresuró a decir Fuji, pero se detuvo al darse cuenta de algo: Eri tenía razón. Fujima la miró con suspicacia y le dirigió una sonrisa juguetona. Fuji suspiró -Es curioso, sabes. En preparatoria él y yo no éramos más que dos completos desconocidos, y ahora… honestamente no lo sé.- admitió.

-Casualidades.- replicó Eri encogiéndose de hombros. Al ver que su amiga seguía con el mismo estado de ánimo apesadumbrado, añadió: -Ya verás que todo saldrá bien.

-Gracias, Fu… Eri.- corrigió ante la mirada desaprobatoria de Fujima.

-De nada; ¿para qué somos los amigos?

Fuji sonrió, profundamente agradecida con su nueva amiga.

Dirigió la mirada a la ventana. Tarde o temprano, todo estaría bien.

¿Qué les pareció? Háganmelo saber en un review.