Cuarto capítulo de este fic. Volvemos a la era actual. Esta vez desarrollé el fragmento que quería de cuando Kanon va a hablar con Hades en el capítulo 20 de Mi Ángel Guardián.
Capítulo 4
Dolor
Era actual
-¿Qué es ese alboroto allá afuera?, le preguntó Pandora a uno de los guardas.
-Nada, nada, señorita Pandora. Solo uno de los santos de Athena que ha venido a hablar con el señor Hades.
-¿Uno de los santos de Athena?, se sorprendió ella.- ¿Y qué quiere?
-No lo sé, señorita.
-¡Pues déjalo pasar! ¿Qué esperas?
Empezó a taconear, nerviosa, segura de que aquello tenía algo que ver con la cruzada que estaba librando la reina del Inframundo contra el Santuario.
A los pocos minutos regresó el guardia trayendo consigo al santo de Géminis. Ella se puso alerta, pues como varios espectros, se había dado cuenta del encaprichamiento de su señora con el tercer guardián.
-Saga, ¿qué te trae por aquí?, preguntó. Cuando lo tuvo más cerca, se dio cuenta del gesto desenfadado del gemelo, y de que su cabello era de un tono más oscuro que el que ella recordaba y estaba peinado en forma distinta. Asimismo, la expresión de los ojos del geminiano y su color también diferían levemente de los de su gemelo.-Lo siento, Kanon, rectificó.
-¿Cómo estás, Pandora?, la saludó él, con tono grave, pasando por alto la confusión de nombres.
-¿Qué es lo que quieres? ¿Y qué haces aquí con el cloth?, interrogó ella con curiosidad.
-Mi hermano está desaparecido. Me temo que tu señora ha llevado esto demasiado lejos, Pandora.
-¿Y por qué crees que tiene algo que ver la señora Perséfone?, preguntó.
-Ella misma me lo digo. Necesito que alguien le ponga un alto y ese alguien solo puede ser Hades.
-¿Insinúas que el señor Hades no sabe sobre la situación?
Él se quedó mirándolo de hito en hito.
-¿Qué acaso no saben lo mal que están las cosas? Ya no es solo Perséfone la que está metida en esto.
-¿Có...cómo dices?, se asombró ella.
-Lo que escuchaste. Anda, acompáñame a ver a tu señor, la apresuró, sabiendo que de otra manera no iba a dejarlo en paz.
-Entonces... ¿Saga está desaparecido?, preguntó con curiosidad.
Él soltó un gruñido audible.
-Sí...bueno, en realidad no. Está aquí en el Inframundo. En la Caína.
-¿Cómo? ¿En la Caína? ¿Radamanthys está metido en esto?, se escandalizó.
Él negó con la cabeza.
-No lo creo. Según tengo entendido, aunque le obedecen a Perséfone, su lealtad está exclusivamente con Hades. Por eso ella no se ha atrevido a meter a los jueces en esto.
-Regresó hace unos momentos, comentó ella.-Y se puso a gritarme pestes contra el Santuario.
-Claro, porque el plan que tenía no funcionó. Pero no se rendirá, de eso estoy seguro. Por eso necesito hablar con Hades. Solo él puede arreglar esto y sacar a mi hermano de aquí.
-Sabes...ella...titubeó Pandora, con los ojos bajos.
Él la miró de reojo.
-Ella está encaprichada con tu hermano. Hace unas horas oí que intentaron hundir a un muerto en el río Lete. Me pareció muy extraño, usualmente beben ellos solos del río. Pero quizás, ella intentó hacerle olvidar su vida anterior, para poderlo tener como amante sin interferencia alguna.
-Lo sé. La limnátide me lo dijo.
-¿Qué limnátide?, se extrañó ella.
-La que envió Perséfone al Santuario haciéndose pasar por mi hermano, escupió él, rechinando las muelas.
-¿Y dónde está ella?, preguntó Pandora.
-Muerta, contestó él, con tono lapidario.-La mató por delatarse.
-Entiendo. Pero...hay algo que no entiendo, comentó ella, empujando la puerta de Giudecca.-Las limnátides son ninfas acuáticas, ¿no? ¿Por qué Poseidón no intervino?
-Es parte del problema, comentó él con tono sombrío.
Pandora levantó la vista hacia el trono. Al verlo vacío, le dijo al santo que esperara y se adentró en las dependencias interiores, buscando a su amo. Lo encontró tendido en el lecho, profundamente dormido. Uno de los brazos se cruzaba sobre la cabeza y el otro descansaba sobre la cintura. El pecho subía y bajaba lentamente en compás con la respiración calmada por el sueño. Ella titubeó, sabedora de que el dios no había tenido muchas oportunidades para descansar últimamente. Se sobresaltó al verlo entreabrir los ojos. La mirada soñolienta del dios se posó en ella, a través de los párpados entreabiertos.
-¿Qué es lo que quieres, Pandora?, le preguntó con voz algo ronca.
-Lamento despertarlo, señor, se disculpó.-Pero Kanon está ahí afuera e insiste en hablar con usted de urgencia.
El dios abrió los ojos aún soñolientos.
-¿Kanon? Llévatelo a alguna de las tres prisiones y dile que espere ahí. Lo atenderé cuando despierte, dijo solamente, tendiéndose de costado.
-Tiene que ver con vuestra esposa, insinuó ella.
Él se levantó de mala gana y se encaminó bruscamente hacia el salón del trono. Se sentó con brusquedad y fijó su mirada malhumorada en el santo dorado. Éste, que sentía que lo que iba a hacer era cómo enfrentar a un león hambriento, tragó saliva al ver aquellas pupilas de jade cortante fijas en él. Se inclinó respetuosamente ante el dios.
-¿Cómo está, señor...?
-¡Ve al grano, Géminis!, ladró de mal humor, al tiempo que Pandora salía, con el tridente en la mano. Le masajeó la espalda al dios en un intento de tranquilizarlo. Él se zafó del contacto.
-Es sobre vuestra esposa, comentó, algo intimidado por el estado de ánimo mostrado por la deidad.-Ella...ha secuestrado a mi hermano Saga, y lo ha encerrado en la Caína ayudada por Esfinge y Arpía, sintió un escalofrío bajarle por la espalda cuando vio como esos ojos pasaban de la molestia a la apatía en menos de un segundo.-ha contactado a una ninfa limnátide para que se hiciera pasar por él y la ha enviado al Santuario. Los escalofríos aumentaron cuando vio como el cosmos del dios se elevaba amenazadoramente, aunque el rostro de éste seguía completamente inexpresivo, cual estatua de mármol. "Solo a mí me pasan estas cosas", pensó con inquietud.
-¿Algo más que desees decirme?, se oyó aquella voz que de repente sonaba peligrosamente suave.
-Ella…ha buscado refuerzos en el Olimpo para lograr tumbar el Santuario. A Hera, y a Ares, entre otros, su corazón dio un salto nervioso al ver como el tridente de Pandora caía, partido en dos al suelo, partido sin duda, por el cosmos del dios. La mujer ahogó un gemido. El santo tomó aire y prosiguió.-El Androfontes se ha presentado en la Atlántida, y..., se calló sin atreverse a continuar, sintiendo un horrible nudo en la garganta, producido por el miedo.
El dios se echó levemente hacia adelante, apoyando las manos en los brazos del trono.
-¿Y qué más?, casi ronroneó por entre los dientes.
Kanon miró fijamente aquellos ojos sintiendo que toda la ira que hubiera sentido anteriormente era drenada y sustituida por un miedo primitivo y cerval. Aquel rostro se mantenía completamente inexpresivo, pero, sin embargo, podía percibir la ira que había detrás de aquella apatía aparente.
-Kanon...te exijo que me respondas. ¿Qué ha hecho Ares?
El santo dorado pudo salir por fin de áquel estado hipnótico en que lo tenía sometido el dios. Sacudió la cabeza para despejarse, provocando que los áureos cabellos se sacudieran y le azotaran la espalda.
-Eh..., tartamudeó.-Se presentó en la Atlántida y selló a Poseidón. Él...
-¡¿Que ha hecho QUÉ?! vociferó, irguiéndose en toda su estatura en el trono. Sus manos se hundieron en el ébano resquebrajándolo y haciéndolo polvo. Se levantó, presa de la ira y aferró al gemelo por el cuello del cloth. Kanon sintió un enésimo escalofrío correrle por el espinazo.
-¿Qué más han hecho, Kanon?, inquirió, con la respiración agitada.
-La señorita Athena fue a Cabo Sunión a tratar de hablar con él. No sé nada más. Solo creí conveniente avisaros que las artimañas de Perséfone ya están llegando demasiado lejos.
El dios lo soltó y se volvió a sentar en el destrozado trono, Ocultó el rostro entre los dedos, mirando al santo dorado de reojo.
-Largo de aquí, dijo solamente.
Kanon no esperó segundas razones, abrió un portal dimensional ahí mismo y se esfumó. Un pesado silencio, solo roto por la pesada respiración del dios, cayó sobre Giudecca. Pandora salió de su estado de inmovilidad y se le acercó por detrás, masajeándole los hombros con cuidado. Él se relajó levemente, bajo las fuertes caricias que buscaban tranquilizarlo.
Unos instantes después, un poderoso temblor sacudió el lugar hasta los cimientos. Hades reconoció el alma de su hermano proveniente de la Caína. El lugar se sacudió pavorosamente hasta que fue libre de la influencia de aquel de cabellera cerúlea.
-¿Qué ha sido eso?, se preocupó Pandora, mientras salía de detrás del trono, todavía temblando.
El emperador del Inframundo se levantó con rapidez del trono y empezó a caminar con decisión hacia la puerta.
-Señor Hades, ¿qué pasa?, repitió.- ¿Qué es lo que acaba de pasar?
- Pasa que mi mujer ha creído que puede tomarme del pelo sin consecuencias, repuso, ya más tranquilo.-Esto es demasiado, explicó, con un deje de resignación en la voz.-Quédate aquí, ordenó, mientras salía por la puerta.
Ella, que sabía bien que era mejor obedecerle cuando estaba así, se volvió hacia el trono destrozado. Se agachó y cogió algunos trozos de ébano, mientras los hacía encajar en los brazos del trono. Suspiró y se levantó, dispuesta a ordenar la inmediata reparación de aquel regio asiento. No fuera a ser aquello algún motivo más de disgusto para su señor.
Mientras tanto, el dios se encaminaba hacia la Caína hecho una furia. Ahora se explicaba la leve incomodidad que había sentido desde la mañana y que lo había obligado a buscar el sueño, para eludirse de ella. Ares había apelado al oscuro conjuro que le permitía a un dios sellar a otro de mayor jerarquía. Uno distinto al utilizado por Athena, cuyos efectos eran más benignos, y que no le permitía al afectado liberarse de la influencia del sello...porque era sellado con su propia energía.
-Esto no se lo perdonaré, murmuró por lo bajo, sabiendo que aquel conjuro tenía sus orígenes en los calderos de Hécate, la vieja diosa de la brujería, hija de Asteria, la hermana de Leto, la de hermosas trenzas, que habitaba en honda cueva en las cercanías del Tártaro. Solo las deidades que habitaban el Inframundo sabían sobre él.
Conforme se acercaba a la Caína, una firme resolución se iba instalando en su ánimo. Él debía de mantener el equilibrio, no solo del Inframundo, sino también del mundo. Y si para hacerlo, necesitaba separarse de ella...La sola idea le resultaba insoportable. Pero tenía que hacerlo.
Al pasar por los otros templos, una sola mirada fue suficiente para que Minos y Aiacos lo siguieran. Cuando se acercó a la Caína, le fue posible percibir los cosmos de otros dioses. Al darse cuenta de que el cosmos de Perséfone estaba entre ellos, sintió como si una mano invisible lo agarrara por el cuello, asfixiándolo.
Al entrar, vio a Radamanthys jugueteando con un vaso de whisky con evidentes nervios. El juez se puso de pie ipso facto al verlos entrar.
-Señor, le juro que yo no sabía, le dijo.-Pharaoh y Valentine...
-¡Silencio, Radamanthys!, lo calló con sequedad. El inglés se calló ipso facto y optó por seguirlo, mientras el dios bajaba hacia las mazmorras, concentrándose. Inmediatamente, percibió el cosmos del santo dorado cautivo, lo cual lo enfureció todavía más, al darse cuenta que Kanon no le había mentido. Abrió la puerta con violencia. El muchacho tenía la mirada perdida en la pared de enfrente y trozos de un ánfora rota a los pies.
-¿Cómo estás, Saga?, lo saludó. La ira en su mirada heló al joven cuando éste se dispuso a contestar y su espalda se agitó en un escalofrío
-Puedes agradecerle a tu hermano. Él me dijo dónde estabas y lo que cocía mi esposa a mis espaldas, escupió.
-¿Kanon?, preguntó el santo de Géminis, con genuina sorpresa.
-Sí quiere mi opinión señor Hades, no veo el problema, intervino Radamanthys.
Desafortunada interrupción.
-¡El problema es que yo soy el que manda aquí! ¡Y ME ESTÁ COGIENDO DE TONTO!, vociferó, furioso.- ¡TUVO QUE SELLAR A MI HERMANO Y VENIR UN MALDITO SANTO A DECIRME PARA QUE YO ME ENTERARA!
Saga se encogió ante la repentina explosión de ira.
-Aiacos, saca a Saga de aquí, dijo Minos, mientras el iracundo dios se desplazaba hacia un costado de la habitación, donde sabía que había varias urnas y ánforas. Empezó a revolver en las estanterías con brusquedad y empezaron a volar piezas de cerámica que se hicieron añicos contra el suelo.
-Me cree estúpido, ¿cómo se atreve?, voy a ensartarla…, murmuraba con los dientes apretados.
-Señor, tranquilícese, le aconsejó Radamanthys. Se tuvo que agachar para evadir un jarrón lanzado en su dirección.
-Señor, ¿qué es lo que busca, si puede saberse?, tentó Aiacos.
El primogénito de Cronos reapareció con el cabello desordenado y la respiración agitada. Sus manos se crispaban, como garras, en torno a un ánfora completamente negra.
-Señor, ¿qué es esto?, preguntó el griego, provocando que el dios desviara sus pupilas hacia él.
-Esto, Saga, es el ánfora que usaré para sellar a mi mujer.
-¡Señor Hades!, exclamaron los tres jueces, al unísono.
-¿No hablará en serio?, se preocupó el noruego.
El dios suspiró. Su voz y su mirada se entristecieron.
-No quisiera, Minos. Yo amo a Perséfone. Pero está llevando esto al extremo. Ha puesto al Olimpo unos contra otros. Si esto sigue así, acabará en una verdadera teomaquia. Ha obligado a mis subordinados a actuar a mis espaldas y hacer cosas indignas, pasando por encima de mí. Ha sellado a mi hermano. Suficiente humillación he tenido ya.
Ladeó la cabeza y una sola lágrima le corrió por la mejilla, único indicador de su dolor.
-Nunca había visto a un dios llorar, murmuró Saga.
-Aiacos lleva a Saga a la Antenora.-se dirigió al santo dorado,-te quedarás aquí mientras le digo a mi sobrina que estás bien. Querrá recogerte ella misma.
-Sí, señor.
-Minos, cuida esto, hasta el momento en el que te lo pida, dijo, mientras le tendía el ánfora. El juez hizo una reverencia y se marchó con el objeto en las manos.
-Radamanthys, reúne a todos los espectros y diles que les prohíbo terminantemente que le obedezcan a mi mujer. A partir de ahora, ella no tendrá voz ni voto en el inframundo. Le enseñaré a no jugar conmigo.
El juez se inclinó y se marchó.
-Señor, ¿qué hará usted mientras tanto?
-Debo ir a los Elíseos a hablar con los dioses gemelos, al Olimpo a traer a Athena y a Giudecca a tratar de hablar con mi mujer. Aunque creo que es una pérdida de tiempo esto último. Quizás deba ir a hablar con mi hija en vez de eso.
Al quedarse a solas, solo tomó aire y trató de tranquilizarse. Estuvo unos minutos así, solo inspirando y expirando, hasta que recuperó su sangre fría. Solo entonces se marchó al Olimpo.
El panorama que encontró era bastante caótico. De seguro, lo que había hecho Ares había tenido sus consecuencias más allá de lo esperado. Tras encontrarse a Athena que iba de regreso hacia el Santuario y explicarle lo sucedido, se encaminó directo hacia los aposentos de su hermano. Una vez ahí, solo tocó la puerta, quizás con más rudeza de la necesaria.
-¡Adelante!, se oyó la voz de éste. Sin perder tiempo, empujó la puerta, encontrando a Zeus sentado cómodamente en un diván. Entre sus brazos descansaba aquella de los níveos brazos, en toda su regia desnudez. De seguro habían estado entregados a los goces de Afrodita hasta hace muy poco. Ella se volvió y siguió durmiendo entre suspiros entre los brazos de su marido.
-Querido hermano, dijo con cordialidad.
-Necesito pedirte un favor, dijo sin más premura.
-Dime. ¿Qué necesitas de mí?
-Quiero que me concedas el permiso para sellar a Perséfone yo mismo, si se requiriera.
Zeus se enderezó.
-Hades… ¿te das cuenta que lo que me estás pidiendo?, preguntó, serio.
-Estoy perfectamente consciente de ello, afirmó.-Sé que puede parecer excesivo. Pero siento que si no lo hago yo, tendrá que ser Athena la que lo haga. Y es injusto que atraiga el odio de un dios más sobre ella. Además, me siento responsable por las maquinaciones de Perséfone. Ella es mi mujer. He debido estar más atento.
Zeus se pasó una mano por los cabellos rubios, en ademán meditativo. Al final, se deslizó con cuidado del desván, tratando de no despertar a Hera.
-¿Te sientes responsable, dices?, quiso asegurarse.
-Es mi mujer. Es suficiente.
-Temo que sea demasiado para ti. No quiero que nadie más sufra con esto.
El emperador del Inframundo suspiró profundamente y apartó la mirada.
-No vas a convencerme de no hacerlo. Y si no me das permiso, lo haré por mi cuenta, amenazó.
-Está bien, hermano. Hazlo, si con eso te sentirás mejor. Pero solo si es estrictamente necesario. No quiero dramas, comentó, volviéndose a recostar.-Suficiente tengo con el de hace un rato.
-¿Todo está bien?
-Si consideras bien que Athena te notifique lo que le pasó a Poseidón, porque tu propio hijo se atrevió a sellarlo…Y eso fue porque tu mujer se lo dijo.
-No le ha hecho gracia cuando le dije lo del santo de Géminis. Entiendo que esto debe ser desagradable para ella también.
-Ahora solo falta que mi hermano haga lo que quiera con mi hijo, cosa que se lo merece por andar jugando con fuego, resopló.- ¿Es que tengo que andar detrás de medio mundo?
-No te tortures, querido hermano, recomendó.
-Es fácil decirlo.
Un alboroto se escuchó afuera, mientras el lugar se sacudía de manera horrible. Hera se despertó sobresaltada. Pegó un gritito de pudor al ver a Hades y salió corriendo para ocultarse detrás del dosel de la cama. Éste se río para sus adentros.
-¡Padre!, se oyó la voz de Ares.- ¡Ven aquí!
-Ahora creerá que voy a salvarle el pellejo, comentó divertido, el hijo menor de Cronos.-Y lo que haré será jalarle las orejas.
-Deberías hacerlo, antes de que esto se ponga peor, aconsejó Hades.
-Si Poseidón no se las hace pagar, el asunto se tornará desagradable. Será mejor que lo deje hacer. Y tú ten cuidado con lo que vas a hacer, te lo digo, recomendó.
-Descuida. Pensaré bien lo que he de hacer, indicó mientras se retiraba. El caos que reinaba afuera le causó incomodidad, así que se retiró hacia los Campos Elíseos, para poner a los gemelos sobreaviso, dejando atrás el Olimpo por un buen tiempo.
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Ay, cosito bello. Le duele lo que tiene que hacer, pero sabe que es su deber garantizar el equilibrio.
Hades es un dios uránico, como sus dos hermanos. El que tiene más marcado lo uránico es Zeus, por supuesto, pero Poseidón y Hades también tienen algunas características uránicas. Una de las características de este tipo de dioses es que son garantes de la ley (o el equilibrio), y por tanto, desempeñan el papel de juez, ya sea benefactor o castigador a aquel que cause un desbalance al equilibrio. Y (aunque Zeus ejerce de castigador un par de veces) ¿qué mejor ejemplo de esto que el Inframundo y como se dividen las almas al llegar a los Campos Asfódelos? O del Tártaro y los Elíseos. Por tanto, Aidoneo es un dios ctónico pero solamente por habitar el Inframundo, sus características son más uránicas que ctónicas, en realidad XDD
Hécate (gr. Ἑκατη) es la diosa de la magia, la brujería, la noche, la luna, los fantasmas y la nigromancia. Es la hija única de Asteria y Perses, lo que la hace prima de Apolo y Ártemis por parte materna. Ella ayudó a Deméter cuando buscaba a su hija perdida, guiándola en la noche por medio de antorchas. Cuando Perséfone se convirtió en la reina del Inframundo, Hécate se convirtió en su ministra y consejera en el Hades.
Las limnátides (o leúnades) son un tipo de náyade (ninfa de agua dulce) que tenían la capacidad de ver el corazón de otros seres y tenían la capacidad de transformación. Habitaban algunos ríos y lagos, y en su crueldad y odio hacia los hombres, se regocijaban usando sus poderes para engañarlos haciéndolos ver a sus seres más queridos y luego asesinándolos.
Hades se siente responsable de las acciones de Perséfone. Eso lo saqué de Los Tres Mosqueteros, donde cuando Lord Winter dice sentir responsabilidad de las acciones de la condesa de Winter por ser ésta su cuñada, Athos lo corrige al decir que es a él al que le corresponde más esa responsabilidad por ser su mujer y por eso siente que es su deber detenerla. (Sí, sí, ya estoy mezclando literatura moderna con esto XDD) Obviamente, Athos, después de tanto tiempo, ya no siente nada por Anna. Aquí es a la inversa, obviamente, a Hades le duele la idea de tener que hacerle daño a Perséfone, pero sabe que es su deber hacerlo.
¿Qué tal Zeus y Hera bien juntitos y como Rea los trajo al mundo? :v Es que mostrarlos peleados es muy mainstream, para variar XDDD
¡Gracias por los comentarios!
¡Un beso grande!
