"Represento sus esperanzas y sueños… Nunca debo desvanecerme de su vista… ¡Debo arder! ¡Más y más brillante!"

-¡Ahí está, chicas!

-¿Dónde? No lo veo…

-¡Por allá!

Tucker decidió dejar su escondite, y corrió lo más rápido que pudo para evitar a las chicas que eran tan fanáticas de él. Desde pequeño había llamado la atención de montones de chicas, pero ni él sabía cuál era la razón. Después de todo, no se consideraba un ser excepcional. Sus notas en la primaria eran bastante normales, y en la secundaria sus notas seguían siendo poco destacables.

Tampoco hablaba mucho por ser tan tímido, y tenía muy pocos amigos con los que hablaba todo el día sobre pokémon. En casa era como cualquier otro adolescente, desordenado, pero protector de su Marshtomp y Bagon, quienes eran sus amigos más cercanos.
-Hoy me persiguieron otra vez… -se tumbó en la cama ante la mirada de Marshtomp y Bagon –Ya estoy harto; no sé qué cosa hacer para detenerlas

Marshtomp se subió a la cama, y comenzó a acariciar el largo cabello violeta de su entrenador. Esa era su rutina cada que él estaba harto de ser perseguido como una súper estrella que no era. Bagon, por otro lado, le daba topes suaves, queriendo hacerle olvidar el cansancio de su fama.

Nunca supo qué hacer para detenerlas. Y con el paso del tiempo, no sólo las mujeres lo seguían. Aprendió a vivir con una inexplicable fama, e incluso, aún sin querer admitírselo, comenzaba a disfrutar su estatus de celebridad. Pero por momentos quería una vida normal, alejado de las miradas de todos.

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El estadio resonaba con los gritos eufóricos de las fanáticas de Tucker, pero lo que más requería de su concentración era su batalla contra el resistente Tyranitar. Salamence estaba cansado por la anterior batalla. Alzó la pokébola de Salamence para hacer un cambio, y llamó a su Swampert.
-¡Swampert, Demolición!

La gente coreaba su nombre. Y él sonreía. Al fin estaba de acuerdo con su fama.