"He pisoteado flores y desafiado tormentas para llegar a donde estoy..."

-¡Fuera de aquí, ladrona!

Una botella de vidrio pasó rozando por su cabeza, y se rompió en pedazos al estrellarse contra la pared. Sus ligeros pies corrieron sobre el frío pavimento esa noche, mientras ella sujetaba con fuerza una barra de pan duro. Se escabulló entre la oscuridad de la noche, y se perdió entre las tinieblas de un callejón sin salida que era su hogar.

Tenía tanto tiempo sin comer algo que devoró el pan rápidamente, y se quedó con ganas de más. No podía estar en ese lugar por más tiempo, ya muchas personas le habían visto en el pueblo. Lo mejor era huir esa misma noche.

Sus pies descalzos eran fuertes. Tenía años sin un par de zapatos, viviendo en las calles de la casi inexistente caridad de las personas. No recordaba de dónde era, ni a su familia. Sólo le quedaba el nombre: Lucy.

Estaba alejada de la ciudad, internada en un bosque espeso. Había caminado tantas veces por esos bosques que ya no le preocupaba nada, y mucho menos, si algún pokémon la atacaba y la mataba. Estaba sola, pero era fuerte.

Los gruñidos de una batalla pokémon la distrajeron de su caminata. Saltó hacia ella un Zangoose, y a mitad del ataque, un coletazo hizo rebotar al pokémon salvaje, el cual huyó cuando pudo levantarse.

Lucy miró a su alrededor; la poca luz de la madrugada no le permitía ver mucho. Escuchó un siseo constante, y guiándose por el sonido, logró encontrar a su salvador. El Seviper era enorme, pero estaba tan cansado que no pudo ni moverse para hacerle daño.
-Muchas gracias, Seviper –Lucy se arrodilló frente al enorme pokémon serpiente -¿Estás herido?
Seviper siseó, como si le dijera que no.
-¿Puedo acariciarte? –preguntó, casi tímidamente
Las escamas frías del pokémon eran adictivas, y por su parte, Seviper parecía encantado.
-Tengo mucha suerte al encontrarte aquí, Seviper –comentó, aún acariciando al pokémon –Y tú no pareces ser un pokémon malo

El sol comenzaba a levantarse, y ella divisó el cielo.
-Ojalá pudieras venir conmigo. Pero no tengo un lugar para llevarte, ni nada para comer. Perdóname

Lucy reanudó su caminata, y Seviper la siguió muy de cerca. No era fácil ignorar el particular sonido de un Seviper arrastrándose detrás de ti, y aunque Lucy estaba complacida por tener un amigo, la culpa le apaciguaba el ánimo, después de todo no mentía: no tenía a dónde llegar o qué comer. De hecho, no sabía a qué lugar iba.

La ciudad a la que llegó era una muy limpia, y no estaba sola, pues Seviper le acompañaba en todo momento. Pasaron frente a un Centro Pokémon, ella nunca había visto uno, pues los pueblos en los que había estado eran tan pequeños que no tenían el servicio. Se quedó varios minutos frente a la puerta, preguntándose si debía entrar o no.
-¿Tu Seviper necesita ayuda?
La dulce voz de la enfermera Joy la sacó de su trance.
-No… Seviper está bien
-¿Eres de aquí?, ¿cómo te llamas?
-Soy Lucy –contestó tímidamente –Acabo de llegar
-¿Vienes sola? –ella asintió -¿Y tus padres?
-No lo sé. Ni siquiera sé quiénes son
Joy estaba alarmada, pero logró esconder su preocupación.
-¿Quieres pasar? Debes tener hambre –miró al Seviper, que hasta el momento estaba tranquilo –Él también puede entrar, tenemos mucha comida pokémon

Lucy miró al Seviper. No estaba muy segura de aceptar. Pero estaba con Seviper, y la mujer no parecía ser una mala persona. Y no lo era.

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Por fin pudo establecer su llamada de larga distancia. Lucy estaba ansiosa, y Seviper se asomaba, intentando ver el PokéGear de Lucy.
-¡Joy! –gritó emocionada al escuchar la otra voz –Quise llamarte hace días, pero tenía mucho qué hacer por aquí… Sí, he estado cuidándome... No, no es que esté enojada con los entrenadores que me retan es que… No te preocupes por Seviper, está aquí conmigo… Sí, iremos a visitarte en cuanto Scott nos diga que tenemos vacaciones, o algún día libre…

Su suerte finalmente había cambiado.