"¡Mi ser físico está con los Pokémon siempre! ¡Mi corazón late como uno con los Pokémon siempre!"
-¡Aléjense, malditos pokémon!
El muchacho corrió, manoteando, esperando alejar a los Zubat de su camino.
-¡Esto es estúpido! ¡Ésta prueba es estúpida! –gritó, sintiéndose seguro, lejos de los pokémon
Un certero bastonazo en su cabeza le dio más razones para gritar. El jefe de su aldea no parecía contento.
-¿Con esa irrespetuosa actitud hacia los pokémon esperas aprobar el ritual? ¡Seguirás reprobándolo, Spenser!
-¿Y quién dijo que quiero aprobar este inútil ritual? ¡No tengo nada que probarles! ¡Ni a ustedes, ni a los pokémon!
El jefe le dio otro bastonazo.
-Es hora de volver, muchacho
Los otros aldeanos siguieron al jefe, dejando atrás al quejumbroso joven. Spenser estaba harto de esa prueba. Si no la pasaba, no sería considerado un hombre en su aldea. ¿Cuál era su prueba? Era sencilla: lograr ser amigo de un pokémon.
Adentrándose a la caverna había un camino que llevaba a un área protegida por paredes rocosas, un verdadero oasis pokémon. Debía atravesar a solas la cueva, llegar, y volver con algún pokémon del paraíso escondido. Pero no podía. Los Zubat le aterrorizaban, y en cuanto escuchaba el aleteo de uno, salía corriendo del lugar. Era la quinta vez que reprobaba.
-Estúpidos Zubat…
Su orgullo estaba herido. Se tiró al suelo, y observó el cielo por mucho rato hasta que logró calmarse. Estaba resuelto a intentarlo una vez más, pese a que la prueba sólo podía hacerse una vez al año. Pero qué más daba, nadie iba a enterarse.
Recogió una rama caída, decidido a usarla como arma contra los Zubat. La apretó con mucha fuerza entre sus manos, sin saber exactamente por qué lo intentaría de nuevo. Resuelto como nunca, entró a la cueva.
Por el momento, ningún otro Zubat apareció. Sonrió ampliamente: lo estaba logrando. Pero la alegría le duró poco cuando escuchó el aleteo de un Zubat. Corrió por donde había entrado, con la rama aún entre sus manos. Y el Zubat seguía volando cerca de él. A punto de llegar a la salvedad de la luz de afuera, comenzó a mover frenéticamente su rústica arma. Fue ahí donde golpeó al Zubat, el cual cayó al suelo, derribado.
Soltó la rama y contempló seguir corriendo, y así lo hizo. Pero la culpa lo envolvió y regresó, muy a su pesar, al lado del Zubat. Seguía en el suelo, muerto en el peor de los casos. Receloso, lo tomó entre sus manos, y salió de la caverna con el pokémon entre sus brazos.
La luz del sol le hizo ver que el pokémon seguía vivo, pero que la rama le había lastimado el ala, la cual sangró poco. Caminó hasta la aldea con el Zubat entre sus brazos, y al llegar a su morada, lo acomodó en su propia cama de paja mientras fabricaba una pasta curativa.
Cuando estuvo lista, la aplicó en el ala dañada del pokémon, el cual chilló al contacto con su mano.
-Perdona, Zubat –respondió, aguantando el miedo –Debo curarte antes de devolverte a tu cueva
Zubat intentó morderlo varias veces, pero Spenser logró esquivar todos sus intentos. Esto le enseñaría a tratar mejor a los pokémon.
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-Crobat, mi hermano
El pokémon murciélago voló hacia Spenser sin esperar más. El anciano quería invitarle una Baya Sitrus que había encontrado cerca del Palacio Batalla. Crobat mordió el fruto que se le ofrecía, con cuidado de no morder a Spenser.
-Hoy se cumple otro año, Crobat –el pokémon parecía más interesado en la fruta –Heh…
Como si fuera un niño, Crobat pidió otra mordida de la fruta, y Spenser se la otorgó. Su pokémon era uno muy despreocupado, más inclinado a darse gusto comiendo que a cualquier otra cosa. Pero en cuanto a batallas, Crobat y sus ataques venenosos eran temidos por todo mundo.
-¿Recuerdas el día que nos conocimos, Crobat? Estuviste a punto de morderme, justo como ahora
El pokémon parecía apenado, y dejó de comer. Spenser simplemente rió.
