"Saludos… Mi nombre es Anabel. Soy la Dama del Salón, y estoy a cargo de la Torre de Batalla".
La opulencia siempre le resultó incómoda. Anabel odiaba los formalismos, las frías caras de los adultos a su alrededor y las falsas risas de los niños a su alrededor. Por eso odiaba la abundancia alrededor suyo.
Pero tenía algo en común con niños normales de su edad: la innata pasión y amor por los pokémon y las batallas. Ella no tenía su propio pokémon, pero reconocía exactamente los puntos fuertes de cada uno en cuanto lo veía.
A sus 8 años, se escapaba de casa y participaba en batallas pokémon con otros niños de su edad. Con niños normales y amigables que le prestaban a sus pokémon para que también participara. Su grupo de amigos la reconocían como una maravilla en cuanto a batallas pokémon. Y, como regalo, le consiguieron a su primer pokémon: un Abra.
-¡Perdón! –se disculpó uno –Es que lo atrapamos con nuestras propias manos
-Nuestros pokémon estaban tan cansados por entrenar, y no queríamos que salieran lastimados
Anabel tomó la pokébola que le habían llevado ese día al parque. Estaba feliz por tener por fin a su propio pokémon.
-¡Gracias! –gritó, complacida y feliz -¡No sé cómo pagárselos!
-Pero… es un Abra –dijo uno, avergonzado
-Sí, no sabe hacer mucho, vas a tener muchos problemas entrenándolo
-¿Qué no lo ven? ¡Puede transportarse a donde sea! ¡Es magnífico!
-¿No estás molesta?
-¡No, estoy muy feliz!
Su felicidad fue interrumpida por un sirviente que se paró frente a los niños.
-Así que aquí estaba –la jaló del brazo, casi violentamente –Todos están preocupados, nos tenía buscándola como locos
Los niños se quedaron mirando cómo se la llevaban, temerosos por intentar ayudarla. Anabel lo entendió, y sostuvo con mucha fuerza su pokébola, a su pokémon.
Tenía miedo del regaño, pero sus padres sólo la encerraron en su habitación sin cenar esa noche. Pero era lo de menos, con Abra a su lado podría verse con sus amigos en cualquier momento que quisiera. Liberó al pokémon en su habitación, y cuando lo vio frente a ella, no pudo evitar llorar de la emoción.
.
.
.
Anabel miró el Battle Frontier desde el piso más alto de la Torre de Batalla. Habían pasado casi seis años desde que su primer pokémon le fue entregado por un grupo de niños que se le prohibió volver a ver. Contemplaba las otras instalaciones, pensando en lo mucho que a ese grupo de niños les hubiera gustado ver.
Seguía enojada, porque en verdad llegó a querer a esos niños. Y porque sentía que la única razón por la cual estaba ahí, con un puesto tan importante como lo es el título de Frontier Brain, era porque su padre invirtió mucho en la construcción del sitio.
Sintió un leve empujón, que la sacó de todo pensamiento.
-¡Enana, vamos, te están esperando allá abajo!
Greta le sonreía cálidamente, como si supiera que en ese momento ella estaba sufriendo.
-¿Quién me espera?
-¡Noland y yo! ¿No recuerdas que dijiste que irías con nosotros a Domo de Batalla?
-Lo siento, lo había olvidado
Anabel sintió la mano de Greta en la suya, guiándola por su conocida torre. Al menos ya tenía más amigos. Y esos seis amigos nadie podía quitárselos.
