Quiero dar gracias a sus review, en verdad ustedes no saben lo feliz que me hacen con ellos :D

Disclaimer: Los personajes de Fate no me pertenecen

Advertencia: Genderbend, posible Ooc, Universo Alterno.

Raiting: T

Sabes que eres bienvenido a disfrutar de la lectura, si te gustó deja un comentario, no sabes lo mucho que me ayudarias.

Abaddon Dewitt.


Rojo


Arturo Pendragon, heredero legitimo del rey Uther de Camelot, estaba en Babilonia, si quería aprender a ser un buen Rey, el mantener lazos con otras naciones era esencial, de cualquier manera, dejaría para otro día las visiones de Merlín para otro día… el rojo sería su perdición, Arthur suspiro cuando su caballo dio el primer galope dentro de la presuntuosa y magnifica edificación del palacio.

Entre los largos pasillos, caminaba con parsimonia, todo soldado se arrodillaba, era el protocolo para quien fuera su nuevo Rey, la verdad, es que no esperaba que la coronación debiera llevarse a cabo el día en que sus visitas diplomáticas se presentaran, pero acatar las ordenes del consejo y peor aún de los dioses, era algo a lo que estaba atada, suspiró pesadamente, no estaba de humor y por ello nadie espetaba nada, conocían el carácter reacio y dominante de su nuevo señor, tres partes dios, una parte humana, desdel día de su nacimiento había sido proclamada como el futuro de Uruk, el futuro de Babilonia, quizá por eso miraba a todo ser por arriba del hombro, incluso a su propio padre, sin embargo, con los años adquirió la sabiduría de los grandes concejales, y una belleza que causaba la cólera y envidia de Ishtar.

—Recuérdame el nombre de ese tipo —susurró.

—Arturo, Arturo Pendragon, heredero de Camelot —contestó con una sonrisa el inseparable amigo del Rey.

Pasos gráciles, elegantes, pose solemne y frágil, ¿Qué se escondía detrás de la apariencia osca?, Arturo se inclino en cuanto le escucho entrar, no levanto la mirada ni un instante hasta que se anuncio. «Su majestad Gilgamesh, Rey de Babilonia» el extranjero guardo la pose y suspiró, aquí venia ahora su presentación «Presento a su majestad a: Arturo Pendragon heredero de Camelot, señor de la mesa redonda y príncipe de Gran Bretaña, y Ser Lancelot caballero de la mesa redonda» ese era el llamado para levantar el rostro y enfrentarse al arrogante, ególatra, megalómano, hedonista… encantadora, frágil, hermosa…

—Bienvenidos a mi reino —los ojos altaneros y el porte de un Rey, Arturo se quedo mudo, su estomago sintió un vacío que le estremeció hasta los huesos.

El rojo será tu perdición… Ojos rojos, rojos como la sangre, o como una manzana madura de un sabor dulce y un jugo embriagante, como la ambrosia de los dioses, ella era un dios o al menos ese era un rumor, tres partes dios una parte mortal, el cabello largo y dorado opacaba al mismo sol, era la envidia del dios Apolo, en palabras de Iskandar, el rey de Macedonia. Pero el rojo, ese rojo intenso, vivo, feroz…

—Su alteza —Lancelot dijo sin muchos preámbulos, aun que el mutismo de su amigo y señor lo helo, si Gilgamesh tomaba eso como una ofensa no quería saber lo que pasaría.

—Me parece que… su señor Arthur esta muy callado —el muchacho a la derecha de Gilgamesh habló.

—Lo siento —se corrigió el rubio pero sus ojos verdes no se despegaron ni un segundo de los rubíes de Gilgamesh. —Es un placer conocerla mi señora.

Gilgamesh torció el gestó, nunca le había agradado que se dirigieran a ella como una «Mujer», Enkidu colocó una mano sobre su hombro para calmar el fuego griego de ese carácter tan atroz, después de todo al parecer el príncipe de Camelot era un novato en cuanto a la diplomacia y costumbres de babilonia, lo contrario al Rey Uther.

Rojo.

El color de sus ojos, profundo, enigmático, intenso, se habían vuelto un vicio, que el Rey interpretaba como ofensa y que Arthur creía serían su perdición, poco importaba la figura estrecha en las delicadas telas semitransparentes de sus elaborados vestidos como monarca, ni el arrebol de su rostro al verse descubierta cuando desviaba la mirada para encontrárselo de frente.

Rojo

El color de la sangre y de los tatuajes que adornaban su torso en batalla, porque aun siendo Rey, esa mujer mostraba más determinación y valor que toda una armada, era una fiera, una bestia que se alzaba bañada en sangre en ofrenda a sus dioses. Y Arturo le temía, porque no podía haber trato entre hombres y Leones, porque Gilgamesh era un León dorado dispuesto a enfrentarse a los dioses por su ego.

Rojo

Las sabanas de sus aposentos, cuando lo invitaba a conversar, en esa privacidad de la que solo Enkidu era privilegiado, privacidad en la que los actos pecaminosos llenaban su mente, el anhelo de someter al rey de Babilonia, el enfermo deseo de hacerla decir su nombre, Arthur, Arthur, y en el que pudiera estrechar la pequeña cadera para hacerla su reina.

Rojo

Como la manzana que jugaban a comerse cuando las visitas nocturnas se habían vuelto una típica rutina de dos amantes, cuando el jugo de la fruta fue su perdición, dejando de pensar en su prometida Ginebra, y desflorar al Rey de Babilonia había sido un pecado contra los dioses y contra él mismo. Una treta de Ishtar para maldecir a Uruk, una «broma» de los dioses a jugar contra la hermosa criatura que agachaba la cabeza dejando caer su corona.

Rojo

El líquido carmesí había abandonado su vientre, su ser estaba manchado con la semilla extranjera, el Rey cargaba en su vientre el fruto de la lujuria propagada por su belleza que ahora era una maldición. El fruto del ingrato ahora Rey de los caballeros y de Gran Bretaña que la había abandonado... El fruto de ese amor pasajero que le dejaba un claro mensaje, una parte de ti, sigue siendo humana, oh gran Rey de los Heroes, oh gran Gilgamesh.

Rojo

Escurría en caudales, como ríos que se ofrendaban a los sempiternos, la vida que volvía a ella, el regalo de su pecado. El llanto de un recién nacido que Enkidu sostuvo en brazos y que Gilgamesh se negó a ver a costa de que sabía que su vida sería cortada en cualquier momento, porque las fuerzas dejaron de acompañarla, porque el fuego de su ser se apagaba conforme evocaba el nombre de Arturo Pendragon.

Rojo

El color de sus ojos… un dejavú, que se poso a sus pies cuando se volvió un Rey, cuando la criatura le escudriño con rencor.

—¿Cuál es vuestro nombre? —Lancelot interrogó.

—Gilgamesh, hijo bastardo del gran rey dorado…

Y Arturo sintió el mundo sobre los hombros, porque Merlín había acertado, no fue Morded, ni fue Morgan quienes lo habían llevado hasta la perdición, a la caída de Camelot, había sido él, o ella… quien quiera que fuera, no negaba que el intenso color rojo de sus ojos, eran el comienzo de la caída.