Tengo varios capítulos ya hechos, creo que por eso actualizo más rápido esta historia xD solo quiero anunciar que serán 20 las historias que la conforman, ya que tengo otro proyecto para este fandom, y bueno, creo que es todo lo que tenia que decir (?)

Oh por cierto ¿Alguien más piensa que Enkidu debió ser chica? xD pues yo si, y creo que el triangulo amoroso EnkixGilxSaber sería muy epicness, pero bueh, ahora pasemos a lo que realmente importa :'D

Disclaimer: Los personajes de Fate no me pertenencen

Asvertencias: UA, Fem!Enkidu(Genderbend)

Raiting: T

Eres bienvenido a disfrutar de la lectura, sabes que escribo para ti, si te ha gustado no dudes en dejar un review, eso me ayudaría mucho.

Abaddon Dewitt


Celos


Deambule por días, quizá semanas, lo supe cuando mi estomago gruñía como un animal inquieto que espera comer… hambre… debía ser eso. Apreté las cejas, pensando en qué podía consumir, ¿Carne? ¡Eso es una barbarie! Pero el estomago me seguía tronando y mi cabeza daba vueltas, consumí algunas semillas y frutos ofrecidos por los animales de la zona, ¡Adorables!, comenzaba a gustarme el mundo de los mortales. Obtuve la compañía de un lobo, blanco, tan blanco como las nubes y de unos intensos ojos azules como el Tigris, «Alí» lo llamé. Seguimos nuestra travesía por tres días y tres noches más, mis pies descalzos estaban sucios y mis túnicas roídas, aun que el estomago lleno gracias a los frutos de la madre tierra, mi aspecto era salvaje, tanto como el de los seres que habitaban esas tierras de nadie.

¡Bestia! Escuché que me llamaron, la gente corría horrorizada.

Los hombres de hierro me atacaron con sus lanzas, Alí les gruñía y mostraba sus colmillos, mi instinto me decía lo mismo y me coloque como un animal dispuesto a atacar si era agredido, no sé con cuantos acabe, o que tan grande había sido el desastre como para que los pobladores mandaran a llamar a su Rey.

Alto, con un porte igual al de los dioses, coronado por un cabello de un color que hacia palidecer al mismo sol, ojos punzantes como la sangre, sonrisa arrogante… Gilgamesh, el debía ser Gilgamesh. Me miró como si no valiera nada, se detuvo a examinar mis formas, sin lograr ver nada más allá de la mugre y la maraña de cabello que me cubría.

—¿Osas ensuciar mi reino con tu nauseabunda presencia?

Me enoje, me lance con un gruñido igual al de las leonas cuando van a atacar, él no se inmuto, hasta que mis uñas se enterraron en su carne y desencadene su furia. Me ataco sin contemplaciones ni tregua, me asuste, era lógico, sus golpes eran más fuertes, más secos, más cruentos… y aún así mi corazón se regocijaba, le devolví la misma moneda, y llegamos a un punto en el que la competencia era más de orgullo que de enojo. Mordí, arañe, e incluso libere mis cadenas para someterlo, él abrió un hermoso pozo dorado que me embobo como a un niño frente a lo desconocido. Cuando todo termino nos encontrábamos en el suelo, sucios, cansados, con una sonrisa de oreja a oreja, me sentí extraña.

—Dime tu nombre, salvaje.

Fruncí el ceño indignada ¡Aquí el único salvaje era él!, me mantuve estoica aun respirando agitadamente y con el sudor escurriéndome por casi todo el cuerpo.

—Enkidu —susurré.

Últimamente el rey pasaba más tiempo a lado de esa menuda mujer que con ella, aunque eso debía alegrarla ¡Al fin! Se había quitado de encima a esa bestia libidinosa y hedonista, y sin embargo le carcomía en el estomago el ver las atenciones que prestaba para la chiquilla que si sus cálculos no fallaban, tenia aproximadamente su edad. ¿Una palabra para definirla? Muy a su pesar y orgullo, aquello era «Hermosa» poseía unos ojos de color plata que palidecían a la misma luna llena, su cabello era del color del bosque, suave y libre que caía como suaves cascadas por sus hombros y espalda, las facciones suaves enmarcaban una pequeña nariz respingada y unos labios, el mentón cincelado por el más experto de los escultores, y su cuerpo ¡Por todos los dioses! Si ella fuera hombre, seguramente hubiera caído enamorado a la primera ojeada a las suaves curvas ocultas debajo de la larga tunica blanca. Pero Arturia Pendragon rey de Gran Bretaña y reina de Uruk, jamás admitiría que ese vacío en el pecho y ese ovillo en el vientre eran celos.

Cada vez que Gilgamesh reía sonoramente ante los comentarios sinceros e inocentes, o cuando sonreía de la manera suave y dulce que muy pocas veces contemplo, se mordió el labio exasperada cuando al preguntar el paradero de su esposo, la respuesta había sido la misma desde semanas atrás. «Ha salido de caza con Enkidu» ¡Por todos los dioses! Apretó los puños y caminó sin rumbo.

—Me han dicho que querías verme mi leona —la voz socarrona la desesperaba, y el enojo de la mañana no ayudaba en nada, Arturia guardo silencio, se mantuvo firme. —¿Te he incordiado en algo? —enarco una ceja y contuvo una risa.

—Cuando llegué a Uruk fue porque Gran Bretaña estaba en peligro, te dije que sería tu esposa, que me volvería una reina y que sería mansa —sintió la bilis subir hasta su garganta ahogando las palabras altisonantes indignas de alguien de su categoría.

—Y por eso vuelvo a preguntarte ¿Te he incordiado Arturia? —el nombre de su mujer tenia ahora un sabor amargo, Gilgamesh la escruto con los fascinantes ojos escarlata.

—Quiero que saques a esa… —no, no se atrevía a decir la palabra vergonzosa y sucia —Solo sácala de mi palacio —gruño

Porque tanto había dicho Gilgamesh sobre el que era una leona, que al final ella se lo había creído. El rey dorado comenzó a sacar sus propias conjeturas, no supo si echarse a reír y recibir a cambio el desprecio ya típico de su reina, o sentarse a hablar con ella como alguien civilizado, aun que cuando Pendragon encolerizaba, nada quedaba de la palabra. Carraspeo mientras caminaba hasta la mesa de centro par servirse un poco de vino, Arturia lo siguió, se poso frente a el, ¡No se burlaría de ella, nunca!, lo desafío, pero era un desafío diferente, porque detrás del brillo intenso de los ojos verdes, había un dejo de melancolía e incertidumbre, Gilgamesh se sintió curioso ante las nuevas emociones expresadas por su reina.

—¿Esa? ¿Quién?, creo mi reina que hasta ahora no he recibido placer más que del que tus piernas pueden ofrecerme, y siempre bajo tu consentimiento —honesto hasta un punto en el que Arturia sentía la sangre hervirle y al mismo tiempo helarse, causándole un shock.

—¡Mentiroso! ¡Embustero! ¡Cínico! —vocifero cual rugido amenazante y felino.

—¡Basta mujer, no te he dado permiso de levantarme la voz! —rugió él en respuesta, había un limite y ella comenzaba a cruzarlo, si debía usar la fuerza para someterla lo haría, porque Gilgamesh consideraba a Arturia más que como una simple pieza que lucir ante la corte, o un cuerpo en el cual desflorar sus fantasías.

Para Gilgamesh, Arturia Pendragon era un rey, un rey en el campo de batalla, en el ingenio y en la cama, nunca se atrevería a tratarla con menos rigor como a una inofensiva doncella.

—Solo quiero que se largue lejos —levanto el rostro digno e impoluto.

—No —sentenció —Enkidu se queda y es mi ultima palabra —amenazó.

Se trago el orgullo que era lo que le quedaba, de un manotazo le tiro la copa de vino y Gilgamesh la miro con furia contenida, Arturia no retrocedió, sus brazos se enredaron en el cuello del rey, y sin más preámbulos le arrebato un apasionado beso que los dejo sin aliento, fiera, Arturia era una fiera, le mordió los labios con tanta fuerza que sintió la tibieza de la sangre pintándole los labios, degusto el sabor oxido y dulce de la sangre de Gilgamesh, enterró las uñas en su torso sin compasión, y gruño con la euforia desbordándole por el cuerpo.

—Envíala lejos, a otro reino, a Gran Bretaña a donde sea —suavizo la voz en un ronroneo excitante que mareo a Gilgamesh.

—Ya te dije que no —la ciño a su cuerpo, y desgarro la tela de su vestido, mientras la lanzaba con salvajismo al lecho, amenazándola como animal salvaje.

—Ella es una suave flor del bosque —gimió —Jamás se acostumbraría a la caminar entre leones.

Había dado en el clavo, sintió el cuerpo del rey tensarse, y Gilgamesh era capaz de darle el mundo si se lo pedía, perdió la noción del tiempo y el espacio, se hundió en la carne tierna, mientras danzaban al compás de sus respiraciones agitadas, el sudor se mezclaba destilando un aroma erótico y embriagante, él era capaz de hundirse en las profundidades en el averno si Arturia se lo pedía.

Los rayos oblicuos del sol entibiaron su piel, sintió el peso sobre su torso y miró detenidamente dormir a su leona, se sentía satisfecho ¿Hace cuanto que no disfrutaba del sexo de esa manera? Apasionada y salvaje.

Cuando Arturia despertó, se encontró sola, la cama estaba vacía, su pecho se ahueco tenía ganas de llorar, pero las lagrimas nunca llegaron, la puerta de su habitación se abrió tímidamente y la reina recompuso el gestó, y ahí estaba, esa mujer… no, esa niña, la lozanía de su rostro era envidiable, las piscinas de plata pura la miraron con inocencia, y cayó en cuenta de que era vano echar de ahí a tan encantadora criatura.

—Hola —susurro con esa voz de terciopelo —¿Tú eres la leona de Gil verdad?...

Arturia no pudo responder, la sorpresa en su rostro fue evidente, con todas sus fuerzas trato de hilas apenas un monosílabo —Si.

—Gil esta preocupado por ti —como un pequeño ciervo en medio de la incertidumbre, se acerco, cuidadosa de no elevar el temperamento del león, paso saliva despacio, respiró profundo y le sonrió ampliamente. —Soy Enkidu —los perlados dientes se mostraron junto a la sonrisa franca y pura, no, ella no podía ser como esas mujeres que buscaban las migajas del rey.

—Arturia —respondió por cortesía.

—Sé que estas pensando —el arrebol en las mejillas de la rubia fue inevitable, balbuceo ante la suave risa de la muchacha de ojos plata. —Gil puede ser un bruto, un idiota y algo imbécil si me preguntas —Arturia soltó una carcajada, bien, el primer paso de amansar al león había funcionado —Sin embargo, él ama a su reina más que a cualquier tesoro en el mundo.

Las palabras de la chiquilla la descolocaron, haciéndola sentir algo parecido a la culpa, ¿Cómo pensar que tan encantadora criatura intercedía por tan funesto hombre?, ¿Quererla?... No, Gilgamesh era insensible, él jamás sería capaz de amar a otra persona aparte de él, o eso se aferraba a pensar, porque Gilgamesh por encima del carácter, siempre la respetó, la considero un igual.

—Es difícil hablar de ello —no quería abrir su corazón sabiendo que Enkidu, seguramente iría a contarle a Gilgamesh.

—Lo sé, pero… —meditó mirando un punto perdido del espacio —Para él también es difícil, solo digo…

La conversación fue amena, Arturia se encontró con el encanto y la inocencia de una niña que apenas conocía el mundo, o al menos eso pensaba, el día transcurrió entre risas. Meses después, cuando había descubierto a una amiga, una confidente, los dioses le arrebataban la vida.

Nunca había visto la tristeza en los ojos el altivo rey, nunca lo había visto llorar tanto como esa noche, jamás había tenido el toque lleno de remordimiento y ternura del dorso que acariciaba el cabello verde en la pira funeraria. Arturia volvió a sentir ese vacío en el pecho y ese ovillo en el estomago, enojo, tristeza, confusión… rabia… Celos.

Y los abrazo a ella con entusiasmo, porque el mundo de las emociones era tan fascinante como tétrico, y el hecho de pensar que Gilgamesh pudiera amar a otra mujer que no fuera ella, que considerara a otra mujer más que ella, la consumía en una amargura que se desvanecía con el toque incandescente de sus manos ocas y de sus besos inclementes, porque Gilgamesh le pertenecía, y no fue hasta la perdida de una amiga, de una hermana… de una hija, que Arturia Pendragon experimento como una mujer, y no como un rey. Celos, si, lo que sentía cada vez que Gilgamesh evocaba el nombre de Enkidu era eso… Celos.