¡Hey! ¿Qué hay? Esperó que su fin de semana, fuera exquisito c:
No tengo mucho que decir, salvo que GRACIAS a sus lecturas y review. Y que antes de comenzar, ya habrán notado que odio a Shiro, xD lo siento pero no me cae como protagonista y su actitud, bueno... deja demasiado que desear, en fin.
Disclaimer: Los personajes de Fate no me pertenecen
Advertencias: N/A
Raiting: T
Sabes que eres bienvenido a disfrutar de la lectura, y si te gustó, no dudes en dejar un comentario.
Abaddon Dewitt.
Inocencia perdida
Torció el gesto con indignación, mientras el nerviosismo era evidente en el jugueteo de sus dedos con la tela de su falda, a pesar de desafiarlo con la mirada, y a pesar de que se mantuvo estoica e impoluta, no negó que la sola idea de estar en ese lugar, no era precisamente lo más brillante que se le ocurriera, lo de menos era pensar en cómo había llegado, la pregunta era ¿Por qué? El sonido del fuego crepitando el la chimenea fue interrumpido por un bostezo, desde que prácticamente se hubo sentado en ese sofá, el silencio entre ambos llegó. Se sentía incomoda, fuera de su zona de confort, y al miso tiempo una electricidad deliciosa le recorrió todo el cuerpo, el pensamiento de ello perturbo su pensamiento, solo pensar en eso era sucio y vulgar.
—Entonces, dime mi querida Arturia—, finalmente el equilibrio fue roto con la voz profunda y ronca del rey de los héroes. — ¿Qué te ha traído hasta la cueva del león?
Saber no contestó, como si la hubieran obligado a presentarse en ese lugar, pero ella sabía muy en el fondo que, sus pies la condujeron hasta el lugar más cercano donde desahogar el despecho, porque bajo la osca mirada verde del rey de los caballeros, se encontraba no más que una frágil mujer herida.
Gilgamesh le dio espacio, disfrutaba tanto ver la incertidumbre y el miedo reflejado en la mandíbula tensa de Arturia, el deleite de verla rota y aún así sostenerse con férrea determinación, porque Arturia Pendragon, prefería romperse antes que doblegarse, ella era como el acero. Sorbió un poco más del vino en su copa y esperó, no importaba si pasaban horas, días o meses, la respuesta de Arturia llegaría junto al agente del caos, la antitesis de todo aquello acumulado en su interior, porque guardar tanto espeso lodo negro, tarde o temprano desembocaría en una catástrofe, y Gilgamesh estaría ahí para contemplar como las alas blancas del ángel se manchaban mientras su rostro mostraba derrota y suplica.
—Ni siquiera debí haber venido—, contestó adusta y se levantó decidida a marcharse.
—No tienes a donde ir, supongo—, no se movió de su lugar, permaneció quieto, esperando a que ella sola se derrumbara, solo era cuestión de introducir un poco más de discordia.
Arturia se trago sus palabras, odiaba ser un libro abierto para Gilgamesh. Había llegado hasta las puertas de su casa con el rostro contraído y los ojos hinchados, era más fuerte del desazón de su pecho, que el avaro orgullo siempre presente en su mirar. Volvió a sentarse. Extraño. Gilgamesh no había exigido en ningún momento que se detuviera en su andar, entonces cayó en cuenta, aquello comenzaba a ser un perverso juego de control de similares, uno en el que ella era juez y verdugo, entonces Gilgamesh se volvía el fiel espectador que en silencio contemplaba su vía crucis.
—No juegues conmigo Rey de los héroes—, cantó con falso orgullo, cuando por dentro su cuerpo bullía de coraje y recelo.
—Si no vas a hablar entonces lo haré yo—; se sirvió un poco más de vino mientras daba un suspiro entrecortado.
Arturia observó atenta el movimiento sutil de los labios de Gilgamesh, escruto la punta rosada de su lengua que remojaba con deleite las comisuras y los blancos colmillos que se asomaban insinuantes, casi listos para desgarrar su yugular. Instintivamente Saber se cubrió el cuello con una de esas suaves manos que Gilgamesh anhelaba sostener sobre su cabeza con tanta fuerza que fuera capaz de escuchar el crujir de los huesos en las muñecas. El momento fue fugaz, y al mismo tiempo eterno, la velocidad en la que sus pensamientos viajaban entre el placer de lo prohibido y el deber moral que poco a poco solo se volvía un manchón lejano.
—Siempre has hablado de que la felicidad solo se alcanza con el placer—. Saber interrumpió el momento con un comentario tan insolente como delicioso.
Los fríos ojos de Gilgamesh destellaron. Hermosos, fue el pensamiento de ella ante la vista clara del color carmesí en esa mirada reptil que la amenazaba, un león con ojos y veneno de serpiente, era un poco irónico, puesto que el poderoso rey, odiaba a esos animales de sangre fría, sin percatarse que compartía más similitudes con este.
El rey dorado paro en seco sus pensamientos, las palabras de Arturia lo tomaron desprevenido, la tenía ahí, desnuda y mansa, aun que su mirada dijera todo lo opuesto, aun que cualquier movimiento en falso seguramente le costaría la cabeza, pero si no se apostaba nada, entonces jamás sabría cuál será el resultado. Depositó la copa de vino sobre la mesa del medio y plisó ligeramente los labios.
—En efecto—, contestó escueto, casi sin interés. —El placer es una de esas cosas que, si bien trae la mayor de las alegrías, también puede desembocar en la mayor de tus pérdidas.
Apretó los puños, no era momento para filosofar, aun que admitió muy en sus adentros que de cierta forma, admiraba la capacidad de comprensión de Gilgamesh, aun que aunado a su prepotencia se desvirtuaba más en el pensamiento de un tirano.
—No hablaba de ese placer.
Un susurró sutil que causo la curiosidad peligrosa en las escarlatas que se le clavaron en el cuerpo, casi podía sentir la mirada lasciva y la humedad de esa boca con sabor a vino agridulce. Gilgamesh relajo su postura.
—Yo tampoco—, la segunda victoria de la noche, la primera había sido ese infortunio en la vida del rey de los caballeros que lo guió hasta su morada.
—Entonces ¿Por qué aun guardas esa lasciva en su pensamiento?
Atacó sin contemplaciones, Gilgamesh soltó una carcajada sardónica y cruel, ella contuvo el deseo de sacar a Excalibur y terminar de una vez la descabellada idea de haberse presentado en ese lugar, otra vez, y es que por más que lo negara, le causaba cierto morbo, esa devoción tan extraña que Gilgamesh sentía por ella, más allá de ser enemigos o de no compartir nada en común.
—Una vez te lo dije, me recuerdas a una doncella virgen en el lecho… Arturia, tú y yo sabemos que la perdida de tu doncellez fue la caída de tu reino.
Palabras duras, pero ¿Cómo negarlas?, levantó el mentón digna y sin el menor ápice de vergüenza, aun que ese fuera el pasaje más oscuro de su vida, el nacimiento de Mordred, su hija bastarda, y aquella que la traicionara, la que le dio muerte.
—Eso no tiene nada que ver aquí, rey de los héroes— casi protesto exasperada y con la cólera exudando en sus poros.
—Oh, pero claro que lo tiene—, el destello perverso de su mirada la devolvió a la realidad, si bajaba la guardia, aquello terminaría mal. —Cuando sucumbes a tus instintos, esos guardados en lo profundo de tu ser, terminan siendo tu destrucción.
La verdad emanaba de su boca como un elixir venenoso pero a su vez tentador, le quemaba las venas y le nublaba el juicio, Saber comprendió entonces a qué se refería Gilgamesh, tal vez ese era el momento clave para quebrarse de una buena vez y entregar su dolor como ofrenda para el rey dorado. Si, caer bajo el juego de Morgan, desencadeno en su caída, y ahora, esa noche oscura sin luna ni estrellas, escuchar de los labios de su «Amado» que compartir el lecho con Matou no sería más que uno de esos tantos juegos para avivar la pasión en sus habitaciones.
¡Ella era un rey! Jamás una puta, y sin embargo se sentía sucia, porque estuvo por caer en el lodo de la lujuria, nuevamente volvía a carecer de raciocinio al dejarse guiar por el instinto animal de sentir un orgasmo, experimentar un poco más del estimulo a veces frustrante que Emiya le brindaba. Pero el límite había sido cruzado, y Saber se retiró del juego antes de mancharse más de lodo, suficiente tenía con la carga a cuesta de sus hombros.
—Nunca caería en algo tan bajo—, la oración fue más para ella que para Gilgamesh.
—¿Bajo?— enarco una ceja intrigado —Yo más bien diría frustrante, es evidente que tu rostro muestra insatisfacción.
El arrebol en el rostro de Pendragón confirmo las sospechas de Gilgamesh.
— ¡Te prohíbo que hables así!— inquirió iracunda, él carcajeo nuevamente disfrutando de aquel juego.
—Entonces deja de fingir y habla de una vez, no me hagas perder mi tiempo—, sus palabras cortantes y secas la hicieron enojar aun más, pero su cuerpo no se movió de su lugar.
— ¿Cómo puedes ser tan cínico, un cerdo y no sentirte mal?— arrugo el entrecejo enojada, no con Gilgamesh, enojada con ella.
—Cínico, si, pero un cerdo ¿Te atreves a compararme con tan horrenda criatura?— el tono amenazante de Gilgamesh advirtió a Arturia de una posible discusión acalorada.
—Seguramente posees a cuanta mujer se te cruce en el camino sin remordimiento alguno.
—En realidad no—, contestó sincero, ella lo miró desconfiada, hasta que finalmente tuvo el valor de mirar fijamente los profundos ojos rubí —He tenido lo que cualquier rey.
—¿Esa es tu excusa rey de los héroes?— gruñó
—Saber— llamó su atención con seriedad—. Una mujer dispuesta al lecho del hombre debe ser tratada como tal, el placer carnal solo se alcanza cuando ambos se encuentran conectados, cuando el mundo se vuelve efímero entre sus dedos, no hay espacio para más que eso.
Y Gilgamesh coloco el dedo en la yaga, Arturia cerró los ojos derrotada, ahí estaba, ese hombre al que buscaba culpar y declarar el peor de todos, para limpiar en algo la actitud déspota y nefasta de Shiro. El rey se acerco a ella, Arturia se encogió en su lugar, y los dedos ásperos de Gilgamesh rozaron la longitud de su cuello, descarado, como siempre, sin embargo no hubo Excalibur, ni hubo recelo.
—Si no peleáramos, si no existiera el grial, si yo no fuera Arturia—… un susurró ahogado, exquisito.
—Entonces esto no estaría pasando ahora e ignorarías el hecho de ser usada como una concubina por un sucio perro, te lo dije mi pequeña Arturia, abandona tu espada y te volveré mi reina—, delineo su cuello con la punta de sus labios, ella se estremeció de puro goce ¿Cuánto tiempo había pasado sin que experimentara aquello? —Te haré sentir el mayor de los placeres sin ser tu caída, soy el rey, y ordeno tu felicidad.
Y por un momento se perdió, por instantes permitió que la coraza de hierro del rey Arturo se desmoronara mientras el listón de su vestido era desanudado, dando paso a las suaves caricias en su espalda desnuda, el hueco en su zona lumbar esa ese lugar entre la cordura y el flechazo de afrodita. Inhalo el aroma varonil de Gilgamesh, la diferencia abismal entre el olor de un hombre experimentado y un niño avaro.
¿Qué diferencia había entre ambos? Mucha porque Gilgamesh era un codicioso déspota, pero con el temperamento justo de un monarca, guiaba sus deseos conforme a sus convicciones, y Shiro… Shiro solo era un niño ególatra que ante el berrinche perdía el control. Y su sentido de posesión, oh, ambos no concordaban en nada, mientras el rey dorado la reclamaba como su propiedad, al hacerlo la valuaba como el objeto más valioso, el más precioso en toda esa bóveda que le daba su rango de rey de los héroes, para Gilgamesh no existía mayor tesoro que ella, y Shiro… Shiro bien podía compartirla con quien fuera, era el típico macho arrogante que disponía de mujeres cuando lo deseara.
—Pero tú eres Gilgamesh y yo soy Arturia Pendragon ¿verdad?— la amargura de su voz encendió más los ánimos del rey.
—Tu vida es una tragedia, la más hermosa de las tragedias, y solo yo, el rey de los héroes, el gran Gilgamesh, soy el único digno de ver la belleza de tu brillo mientras sufres en la agonía. Solo yo, el rey, cargaría contigo toda esa lista de pecados, disfrutaría contigo incontables noches de gozo, hasta que el juicio final llegue y debamos ser condenados.
Abandona tu espada y sé mi reina… entonces fue que al fin Saber descubrió el significado tras esas palabras, Gilgamesh no deseaba someterla, Gilgamesh no deseaba volverla un mero capricho. El rey de los héroes se volvería un apoyo, aquel en el cual recargarse cuando el peso de sus actos fuera insoportable sobre sus hombros.
—Quemame…
Gilgamesh sonrió con perversidad, sus dedos trabajaron en las formas desconocidas de Arturia Pendragon, robó su inocencia, no la física, aquello solo era mera sangre entre sus piernas aunado al dolor de la inexperiencia, Gilgamesh había robado la inocencia de su corazón, la pureza del rey Arturo se envolvía suavemente en color dorado.
