Entonces... Grité como niñita al ver las más de 1500 lecturas que ya tiene este Fic, gracias a todas esas personas que se toman el tiempo de leer, de verdad gracias.
Disclaimer: Los personajes de Fate no me pertenecen
Advertencia: Semi UA, posible Ooc.
Raiting: K+
Eres bienvenido a disfrutar de la lectura, y si te ha gustado no dudes en dejar un comentario, eso me ayudaría mucho.
Abaddon Dewitt.
Sangre de mi Sangre
El rey es la envidia de su pueblo… Más de una década desde que había escuchado esas palabras.
Dejó que el viento le refrescara la cara, ver el enorme mar de Fuyuki le provocaba una extraña sensación de paz, pese a que ese lugar había sido el epicentro de múltiples batallas a lo largo de las guerras por el Grial, que se desencadenaban, y en las que desgraciadamente siempre se veía forzada a pelear. Aun que ahora, eso ya solo era un amargo sabor en la boca, los tiempos pacíficos gobernaban, por lo menos en el sentido bélico, puesto que en ese momento, su cabeza era un mar de ideas sin pies ni cabeza. Suspiró nuevamente mientras las suaves olas iban y venían, su palma toco la protuberancia de su vientre, aquella que anunciaba la esencia de la vida en su carne, la que debía pudrirse siglos, no, milenios atrás. La sensación que le provocaba era una mezcla de miedo y fascinación, preguntándose si su papel ahora continuaría siendo el mismo que el del rey de los caballeros, el de una mujer normal, o el de una madre.
Si lo analizaba más fríamente, se daba cuenta de la cantidad de defectos en su persona, señalándola como un pésimo ser humano para darle crianza a una criatura que apenas era un pequeño puntito de carne en su vientre, pero… ¿Sería realmente capaz de cortarle las alas?, lo hizo con Mordred, aun que claramente Mordred jamás fue fruto de su ser, si, llevaba su sangre, pero todo era gracias a los hechizos de Merlin, en el afán de encontrar un heredero al trono de Camelot, pero ella, o él… procrearlo había sido un proceso en el que su cuerpo había sido invadido por la semilla del hombre que juraba odiar.
Y estaba ahí, indefensa ante un nuevo mundo que la ofuscaba, no pertenecía a esa época, pero el Grial le había dado la oportunidad de estar ahí, de vivir nuevamente quizá para remendar sus pecados, o por lo menos parte de ellos. Si Lancelot estuviera ahí ¿Qué consejo le daría?, Arturia se compadeció de si misma.
Dejó que el viento la acariciara, que la arena bajo sus pies, amainara un poco, toda la confusión dentro de si, y un ligero golpe en el vientre la devolvió a su realidad, esa bastante cruda, bastante incierta, la ternura que le provoco el pequeño golpe la hizo sonreír, soñando despierta, cuestionándose sobre si misma, ¿Dónde estaba el metódico rey Arturo? Dejó que sus dedos sintieran la tibieza de la piel, debajo de la blusa holgada que ahora llevaba consigo, para ocultar su pequeño «defecto».
— ¿Cuándo planeabas decírmelo rey de los caballeros? —respigó alarmada y el reconocer la voz casi de inmediato casi la hizo retroceder con sorpresa.
—Rey de los héroes, —musitó en un intento de verse fuerte y entera— ¿Qué haces aquí?
Tratar de desviar el tema era un punto flaco, Gilgamesh no quitaría el dedo del renglón, no cuando las piscinas escarlata se mostraron indómitas y objetantes, el mentón airado de Arturia se levantó, probablemente por instinto, o quizá la costumbre de siempre retar a Gilgamesh, fuera cual fuera la circunstancia, ese era su modo de vivir, siempre en competencia, una donde se discutía el control que tenía uno sobre el otro, y en la que ella ahora estaba claramente en desventaja, aunándoselo a su estado actual.
—Te hice una pregunta, Arturia —la voz bravía no hizo mella física en ella, aun que el corazón por dentro le latiera y los pulmones se constreñían.
—No creo que fuera de tu incumbencia, teníamos un acuerdo.
Acuerdo, ese maldito acuerdo, Gilgamesh arrugo el entrecejo indignado, era verdad, si, odiaba cada vez que ella tenía razón. Lo acordaron, solo sería sexo, placer carnal, una manera de desviar todo su odio y frustración, una forma de olvidar que no eran más que un par de reyes a merced de una fuerza más allá de su entendimiento, y que ahora, con cuerpos de carne, susceptibles y frágiles, estaban a disposición de las salvajes emociones humanas, esas que creyeron olvidadas, y que ahora se encarnaban en ellos como una simbiosis que lentamente los mutaba en personalidades irreconocibles. Ella ya no era el rey de los caballeros, y él ya no era el rey de los héroes, los títulos solo se usaban como mera cortesía bufona, y vanidad oxidada.
—Es sangre de mi sangre y carne de mi carne, no puedes negar mi derecho, —espetó Gilgamesh.
Arturia sonrió sardónica, las palabras del rey arrogante, le sabían amargas, porque él jamás se había preocupado por nadie más que no fuera él, porque ver en su mirada ese brillo cuando la desviaba a su vientre, era surrealista, deseaba que Gilgamesh la despreciara, que desechara su acuerdo, tal como desecho su vergüenza y el pudor en la cama, necesitaba oír de la rasposa voz, ese flagelo agridulce de petulancia y tiranía que hacían de él, el hombre con el que jamás deseó tener un hijo, el hombre al que podía escupirle en la cara, aun que entre las sabanas musitara sus títulos con una miel adictiva.
—No tienes derecho sobre algo que crece dentro de mi cuerpo, —lo retó a esos duelos donde los argumentos de ambos eran tan absurdos como sus títulos ahora, pero sus orgullos siempre se mantenían indomables.
—Y del que soy responsable, —la respuesta como siempre firme.
Arturia sonrió nuevamente, esta vez sin amargura, sin sarcasmos, quedando desnuda e indefensa, sabía la satisfacción que causaba en Gilgamesh, cada vez que contemplaba esas muecas sinceras y únicas, su modo de alabarla era delicioso, pero la necedad de su ego le impedía ver, que más allá del león dorado, existía solo un hombre como cualquiera, uno capaz de expiar sus pecados por una sola de sus miradas.
—Te escuchas tan idiota ahora Gilgamesh.
Caminó con paso firme hasta ella, sin perder la postura erguida cual dios en la tierra.
—Y tú como una niña con berrinche.
La piel se le erizó, lo tenía frente a ella, con una mano posada en ese lugar calido, sus entrañas se revolvieron causándole un espasmo, mas Arturia no retrocedió, la quietud de su cuerpo le dio cabida a sentir aquella fuerza sobrenatural en ella, el misticismo de saber que dentro de su carne, se encontraban mezclados, en un solo ser. Un hijo, Gilgamesh tendría un hijo, para bien o para mal, Pendragon ahora le daría un hijo que llevaría su sangre, su brío, su grandeza, su ego pudo hincharse infinitamente, su garganta pudo gritar que era el rey más grande entre los reyes, y que ningún mestizo tendría jamás, la fortuna de ver su progenie, gestándose en la carne del rey de los caballeros. Pero el silencio gobernó, tal como el vació en su pecho.
—No sé aún si voy a tenerlo, —sus palabras fueron determinantes.
—Y no me importa, pero sigo indignado de que no me informaras de ello.
Si, esa era la respuesta que esperaba de él, no la debilidad que mostró cuando su mano la invadió en el estomago, cuando su gestó se hizo blando, y juró ver el mar de pensamientos que lo hicieron sonreír con sinceridad, no como un maldito sicótico al que se acostumbró. Había tomado una decisión…
—Es sangre de tu sangre y carne de tu carne, Rey de los héroes.
Era igual a una quimera, tan lejana, tan real, tan irónica, Gilgamesh no expresó nada.
—Pudo haber gobernado Babilonia con sabiduría, y dirigido gran Bretaña con ímpetu.
—Pero no lo hará.
Se trago el resto de sus palabras, bajó los brazos para caminar hacia ella, contemplo nuevamente la realidad frente a él y su orgullo.
—Pero es sangre de mi sangre.
Le arrebató el bulto entre sus brazos para contemplarlo, la serenidad de su rostro y la respiración calma, él había sido responsable de tan perfecta creación, dejó de lado su prepotencia, tal como lo hizo con el siervo de Iskander, bastantes años atrás, miró a Arturia, y las palabras sobraron. Eran una familia extraña, ¿Pero desde cuando el rey de los caballeros, y el rey de los héroes habían sido normales?, chasqueó la lengua antes de devolverle su hijo a Arturia.
—Creí que el rey de los héroes sería más expresivo, —el tono de reclamo llegó.
—Cuando vea sus primeros pasos, veras mi expresión, cuando demuestre que es digno hijo mío veras mi expresión, por el momento, mi leona, confórmate con saber que no permití que cometieras una locura. El hijo de un rey siempre debe ser fuerte, las cursilerías y las palabras dulces se las dejo a su madre.
El rey de los caballeros se regocijo con la respuesta, al final, Gilgamesh no era un déspota insensible, suficiente había mostrado con esa férrea determinación de ver nacer a su hijo, y ahora, su cariño de padre, venía en palabras duras que en el fondo eran una verdad absoluta, su modo de amar era así, reacio, dominante, aun que por dentro el corazón le explotara.
Cuando vio sus primeros pasos, Gilgamesh, sonrió con satisfacción.
Cuando mostró valentía, Gilgamesh, dio un halago.
Cuando la dignidad de los orbes verdes, dieron batalla, miró la caricia en su cabeza.
Cuando cuestionó a su hijo, la respuesta desemboco en su sorpresa.
—Mi padre es el hombre que he elegido como mi héroe.
Arturia regresó al mar, contemplo el crepúsculo, mientras caminaba tomada de la mano con el menor que, con paciencia y dignidad, alzaba la cabeza observando los tonos naranja del cielo. Al final del camino, la pose erguida y orgullosa de Gilgamesh. Enki se soltó de su agarre, corriendo hasta su padre, la mirada petulante del rey se doblego con una sonrisa.
Su sangre mezclada, había expiado los pecados de ambos reyes.
