Capítulo 12

Sus grandes manos se deslizaron por los costados del delgado cuerpo de la chica, rozando sus senos, su abdomen hasta parar en su cadera, punto en el que la atrajo hacia él, mientras sus lenguas danzaban a la melodía de la lujuria que iba creciendo por dentro.

Kari lo tomó de la nuca y, sin dejar de besarlo, lo arrastró hasta la cama en donde cayó de espaldas y sintió el peso del joven rubio sobre ella de una manera excitante. Desesperada, le desabotonó la camisa con fuerza haciendo saltar un par de botones. Se aferró a su abdomen desnudo, acariciándolo con la yema de sus dedos mientras que su otra mano hacía lo mismo con la ancha espalda del chico.

Un gemido se le escapó al sentir la mordida que Matt le daba en su cuello.

-Sin marcas, por favor.- dijo riendo. Para este punto, le estaba costando respirar normalmente.

El rubio desabotonó el pantalón de Kari, deslizándolo torpemente hasta su rodilla. La chica aprovechó dicho movimiento para hacer lo mismo con el de él.

Matt disfrutaba el dulce sabor de la piel de la castaña mezclado con su perfume. Le rodeó el cuello llenándolo de besos, las orejas, por detrás de éstas, las mejillas… finalmente sus labios volvieron a posarse sobre los de Kari que se abrieron desesperadamente para darle entrada a su lengua.

Yagami metió una mano en la ropa interior del chico acariciando lentamente su miembro, haciendo que se le escaparan un par de gemidos. Al sentir dicho placer, Matt le apretó fuertemente la cintura sin percatarse de que más tarde le quedaría una marca.

-Necesito… el condón…- dijo él entre beso y beso. En ese momento, en que Kari se estiró para alcanzar uno que guardaba en el cajón de su buró, fue que recibió un fuerte golpe de realidad y conscientemente se dio cuenta de lo que estaba a punto de hacer.

Su padre, Mimí, Yolei, Ken, el dinero, TK… todo apareció en su mente como cuando se rebobina una película de VHS dentro de la videocasetera y las imágenes siguen viéndose en la pantalla.

-A mí me tocaba estar ahí en Central Park…- las palabras del reverendo se hicieron presentes en su cabeza, resonando como el eco de un grito lanzado al precipicio.- … envié a TK en mi lugar…

Se volvió para ver a Matt de frente quien al percatarse de que ella se había quedado inmóvil dejó de besarle el cuello y levantó la mirada.

-¿Sucede algo?- inquirió como si para él aquella situación fuera algo de lo más normal.

-No puedo hacerlo.- dijo ella en voz apenas audible. Se movió hacia un lado, empujando el cuerpo del rubio, y se levantó de la cama, abrochándose de nuevo el pantalón.- Perdóname, Matt.- sus manos comenzaron a temblar como cuando en secundaria sentía nervios al saber que daría una clase en frente de un auditorio lleno de gente.

-No, Ronnie… entiendo.- él se levantó también, acomodándose la ropa.- Perdóname tú a mí, me precipité, yo…- se llevó una mano al cabello, despeinándolo con sus dedos.

-¿Puedes dejarme sola?- formuló la pregunta, que pareció más una orden. Matt observó a la chiquilla frágil y nerviosa que estaba frente a él y por un momento se preguntó si ella estaba así porque esa pudo haber sido su primera vez. Pero el saber que Ronnie guardaba condones en su cuarto para ocasiones como esas lo hizo descartar ese pensamiento de inmediato.

Cogió su celular del piso y mal poniéndose sus zapatos, salió de ahí sin despedirse.

Al escuchar el portazo, Kari se estremeció, quebrándose por dentro y dejando escapar el sin fin de lágrimas que estaban golpeando las cuencas de sus ojos ansiosas por correr su trayecto tras las pálidas mejillas de la castaña.

Muchas emociones la estaban torturando en ese momento. Angustia, dolor, tristeza, repulsión, odio, coraje, ilusión… su mente no concebía cómo en una fracción de segundos había cambiado de parecer y más aún, no quería aceptar la razón por la cual lo hizo, aunque estaba más que clara.

TK.

Sintió una opresión en el pecho debido al fuerte llanto que arrojó y tuvo que correr al baño a vomitar. Era la segunda vez en ese día que le pasaba y eso ya no le gustó. Usualmente después de una noche loca vomitaba pero sólo una vez. Lo más raro es que se había puesto peor en otras ocasiones y la cruda no la había afectado tanto.

Aún después de evacuar los alimentos que había ingerido junto a Yolei, siguió sintiendo ese dolor en el pecho.

Todo su cuerpo temblaba bruscamente, a pesar de que la temperatura ambiente no era fresca, y fue a hacerse bolita sobre su cama, tapándose con el grueso edredón.

Aunque nunca había padecido de convulsiones, sentía como si en ese momento estuviera teniéndolas. No podía no estremecerse por el frío que sentía, un frío interno que le calaba en los huesos, erizándole todos los vellos del cuerpo.

¿Habría sido el shock de la escena que no hacía menos de quince minutos acababa de vivir? Se sentía culpable. Una basura. Había estado a punto de acostarse con el hermano del chico que le gustaba y que además estaba comprometido… ¿qué clase de persona hace eso? ¿Qué clase de mujer?

La ruleta de emociones parecía no querer parar, iba de la tristeza, al coraje sin dejar pasar el odio.

Esa situación era más de lo que su capacidad humana podía soportar y supo que tenía que ponerle un alto cuanto antes, aunque la única solución sencilla que se le ocurría en esos momentos, era la que Mimí le había propuesto y no estaba segura de si podría, o querría, revivir dicho evento.

Con sus sentidos nublados por el dolor y frío que la envolvían, Kari no se percató de que alguien había llamado dos veces a su puerta, que en ese instante estaba abriéndose. Creyó haber escuchado el rechinido en las bisagras de ésta, pero estaba tan cansada y su cuerpo se sentía tan pesado como una tonelada de rocas, que no pudo voltear.

-Kari, ¿estás bien?- de pronto una voz angelical fue entonada por la habitación haciéndola creer que estaba metida en un sueño. El rubio se sentó al borde de la cama y levantó un poco el edredón para poder verla. Azul con marrón se encontraron lanzando una chispa de júbilo al centro de operación de emociones en el interior de cada uno.

-TK…- la voz de la joven apenas y alcanzó a ser escuchada por él. El rubio puso una mano sobre las coloradas mejillas de Kari y luego sobre su frente.

-¡Dios mío! Estás ardiendo en fiebre.- exclamó preocupado.- Llamaré al doctor del campus…

-N… no.- dijo ella poniendo una mano con mucha dificultad sobre el brazo de él para que no pudiera sacar su celular del pantalón.- Estoy… bien.

-¡Claro que no estás bien! Necesitas que te bajen la fiebre de inmediato.- TK la destapó totalmente sintiendo el calor que el diminuto cuerpo de Kari emanaba. La cargó en sus brazos percatándose de lo ligera que era.

-¿Qué haces?- dijo ella, aferrándose a su cuello pues aquél movimiento le había causado vértigo y tenía la sensación de que se caería.

-Te voy a llevar al hospital.

TK salió con Kari en brazos. El aroma fresco y varonil del rubio no pasó desapercibido para ella quien aprovechando el momento, recargó su cabeza sobre el hombro de él. Realmente no se sentía bien y el que Mimí pudiera enterarse o verlos era el menor de sus problemas en ese momento.

Aunque la pequeña parte racional que quedaba de ella se alegró por sentirse importante para alguien, todo lo demás de su ser clamaba a gritos de angustia volver a la cama y no despegarse de ahí.

Una vez llegaron al estacionamiento, con sumo cuidado, TK la ayudó a acomodarse en el asiento de pasajero del carro de su padre. Se inclinó, estirándose frente a ella, para poder abrochar el cinturón. La escena parecía estar sucediendo en cámara lenta e inconscientemente Kari le acarició una mejilla sintiendo su suave barba que llevaba varios días crecida.

-Vas a estar bien.- dijo él sonriendo.


-Muy bien, señorita Yagami, la fiebre ha disminuido considerablemente y… ¿qué me dice del dolor? ¿Aún lo siente?- la chica negó con la cabeza regalándole una cálida sonrisa al médico que la atendía.

Había pasado media hora desde que la atendieron en el hospital, inyectándole un antibiótico de inmediato y dejándola descansar sobre una camilla.

-Por los síntomas que tiene, es probable de que se trate de una infección de estómago, aunque…- el hombre, ya mayor de edad, quien se rehusaba a jubilarse aún pues amaba su profesión desde que tenía uso de razón y quería ejercerla mientras tuviera vida, volteó hacia los jóvenes que lo miraban atento al pie de la cama. Kari se encontraba sentada y TK de pie a su lado.

-¿Aunque…?- el rubio, muerto por la curiosidad, intentó, discretamente, meter presión para que hablara. El médico sonrió al verlos y negó con la cabeza, como si estuviese espantando una idea o un pensamiento ilógico.

-¿Has tenido retraso en tu período?- las mejillas de la castaña volvieron a tomar su color rojizo normal y abrió los ojos sorprendida sin terminar de procesar aquella cuestión. Cierto era, que no llevaba un control de sus ciclos, y no recordaba cuándo había sido la última vez que le bajó.

De inmediato el Dr. Rogers pudo sentir cómo el ambiente iba tensionándose entre el miedo y la vergüenza que ambos jóvenes sentían y era difícil de esconder.

-No estoy diciendo que estés embarazada, ni nada de eso. Tan sólo es una suposición. Pero si quieren, para estar libres de duda, te programaré una cita para mañana a primera hora. Pediré que te saquen unas muestras de sangre para analizarlas. De todos modos es necesario para saber qué tipo de infección tienes.- Kari no reaccionó al recibir las instrucciones y TK le apretó una mano con fuerza haciéndola volver a ese pequeño cuartito del Bellevue Hospital Center.

-¿Eh? Sí, claro… como usted diga, doctor.- respondió ella sonriendo nerviosamente.- ¿Puedo irme ya?- el hombre asintió y tras recordarle nuevamente de su cita al día siguiente, los despidió.

Al cruzar por los pasillos llenos de gente que esperaba a sus pacientes enfermos, algunos a que salieran de cirugía, otros de consulta, Kari se dio cuenta de la necesidad que había en la ciudad. Pues a pesar de ser Nueva York, no dejaban de existir las familias menos privilegiadas que contaban con un salario mínimo y recursos limitados.

Observó de frente a una pequeña que lloraba con mucho sentimiento jalando la falda de su mamá y señalando con su dedo índice a una máquina de dulces. La mujer, que arrullaba a su bebé en brazos, sólo negaba con la cabeza y se interponía entre la máquina y su hija.

-¿Tienes dinero?- le preguntó la chica al rubio, quien frunciendo el ceño, sacó un billete de cinco dólares del pantalón.

-Dejé la cartera en el carro.- dijo él.- Es todo lo que traigo.

-Con esto será suficiente.

Sin explicarle lo que haría, Kari fue a la máquina en donde compró dos jugos de manzana enlatados, un paquete de galletas con chispas de chocolate, unas papas saladas, y unos panditas de dulce. TK la ayudó a llevar las cosas a la pequeña y a su mamá.

-Toma, bonita.- dijo ella sonriéndole a la niña de cabello dorado y ojos verdes.- ¿Cómo te llamas?

-Mariane.- respondió algo tímida.

-Yo me llamo Kari y él es TK.- señaló al rubio junto a ella quien le regaló una encantadora sonrisa a la niña.- Aquí tienes, galletas, papitas, panditas… son todos tuyos.- Mariane volteó a ver a su madre, después a Kari y nuevamente a su mamá, insegura de lo que debía hacer.

-Dale las gracias.- dijo la mujer, sonriendo.

-G… gracias.- balbuceó la pequeña tomando el paquete de galletas.

-No hay de qué, preciosa.- farfulló Kari, dándole un beso en la frente.


Antes de salir del hospital, TK se quitó su suéter poniéndoselo en la espalda a la castaña. Ya había refrescado bastante debido a las fuertes lluvias que cayeron durante el día y ella debía cuidarse de esos cambios bruscos de temperatura… entre otras cosas.

-Wow, eso que hiciste fue…

-¿Loco?- dijo ella sonriendo.

-Muy generoso.- aclaró el rubio, mientras manejaba de regreso a la universidad. Kari suspiró profundamente y se recargó sobre la puerta mirando por la ventana.- ¿Cómo te sientes?

-Mejor, gracias.- respondió, simplemente, con un deje de cansancio en su tono de voz.

-¿Tú crees… que estás embarazada?- en ese instante Kari volvió a recordar lo que el doctor le había dicho y sintió un nudo en el estómago. Volteó para ver a TK, quien tenía una expresión seria y apacible, mientras esperaba que cambiara la luz del semáforo para poder avanzar.

-No… no… no creo.- dijo titubeando.

Y ahí, por primera vez desde que había perdido la virginidad, sintió mucha vergüenza de hablar sobre su vida sexual.

No quería que TK se enterara de todo lo que había hecho durante años. No quería que conociera esa parte de ella, que en ese momento la llenó de asco y decepción. ¿Cómo podía explicarle al rubio que cada vez que tenía relaciones con alguien era bajo los efectos del alcohol y la droga? ¿Cómo decirle que en muchas de esas ocasiones no recordaba lo que había hecho al día siguiente? Y peor aún… ¿cómo justificarse por el hecho de que la protección nunca le había pasado por la mente a la hora de hacerlo?

Una cosa así era más o menos justificable para alguien de quince años, ¡pero ella ya tenía veinte! No era una niña y sin embargo, se portaba como tal.

-A todo esto, ¿por qué fuiste a buscarme en la tarde?- inquirió con intención de ponerle fin al tema.- TK sonrió, sin dejar de mirar al frente. Estaban a unas cuadras de llegar al campus.

-Quería hablar contigo sobre lo que dijiste la otra noche.- la chica se mordió el labio recordando las crueles palabras que le había lanzado en la cara.- ¿Hice algo malo? ¿Algo que te ofendiera…? Kari, si te lastimé, yo…

-No, TK.- lo interrumpió antes de que dijera alguna tontería. El rubio estacionó el coche frente a la universidad.- Tú sólo has sido un ángel para mí.- aquellas palabras lo hicieron ruborizarse y empezó a juguetear con sus dedos, acto que hacía cuando se hallaba nervioso.- Lamento mucho lo que te dije, es… a veces soy así. Ni yo me entiendo.

-Eres mujer, y es normal… supongo.- ambos sonrieron y se bajaron del auto.

TK la acompañó hasta la puerta de su dormitorio.

-Muchísimas gracias por haber estado conmigo hoy.- dijo ella buscando una manera amable de desviar el ambiente romántico que los rodeaba: cielo despejado, luna llena, brisa fresca, grillos cantando… sin duda alguna, era una noche muy bonita.- Gracias… por todo.

-No hay de qué, Kari. Sabes que siempre que me necesites voy a estar aquí para ti.

-No digas eso, por favor.

-¿Qué cosa?

-Que siempre estarás para mí. Perdón TK, pero no me gusta escuchar promesas falsas.

-No es una promesa.

-¿Ah no?

-Considéralo un hecho.- afirmó él, mirándola fijamente a los ojos.

Kari se perdió en el destello de la luz reflejado en el precioso azul de esa mirada intensa y profunda que caracterizaba a Takeru Ishida. Notó que su respiración se estaba haciendo irregular y la distancia que los separaba era de escasos centímetros.

Con toda la fuerza de voluntad que le quedaba, se giró para abrir la puerta de su habitación. Le resultó algo difícil y más tardado de lo normal pues las manos le temblaban mucho.

Él la intimidaba.

Él la ponía nerviosa.

-Que pases buenas noches.- dijo, sin voltear a verlo.

-Kari…- TK la detuvo. Tomándola del brazo, la giró y antes de que ella pudiera reaccionar, ya la estaba besando.


Tres timbres fueron necesarios antes de que la voz somnolienta y gruesa de Robert se dejara escuchar a través de la línea.

-¿Kari? ¿Sucede algo?- el hombre volteó a su reloj de pared: las 5:23am.- ¿Estás bien?

-Necesito tu ayuda.- dijo ella con el tono de voz más claro que pudiera tener.- Tenemos que comprar el silencio del Dr. Rogers.


Breathe me - Sia.