I'm born again every time you spend the night


– ¡Basta!- pedí, intentando que él me soltara las manos. Estaba atrapada contra la pared y contra su cuerpo, y el ardor en los ojos no me dejaba abrirlos. TK me mordió el cuello y se presionó más hacia mí haciéndome sentir su erección. Aquella sensación me provocó un ataque de risa.

– Al fin hueles bien.- saltamontes.- dijo él entre besos.

– ¡Mis ojos! Necesito enjuagarme ya.- sentía la espuma del shampoo en mi cabello escurriendo por mis mejillas y él sonrió contra mis labios.

Nos hallábamos metidos en la regadera. Era una aburrida tarde de domingo en la que decidimos quedarnos en casa, mejor dicho, en su casa. Habíamos pasado casi toda la mañana metidos en la cama hasta que nuestra necesidad fisiológica de comer nos gritaba con feroces gruñidos en el estómago que la alimentáramos. TK pidió una pizza, que comimos en su habitación mientras veíamos películas de zombies.

Habían pasado dos semanas desde que me mudé con él y el cambio había sido más que positivo. Él y yo congeniábamos muy bien y, ha decir verdad, al principio estaba asustada con la idea de tener sexo diariamente y más de una vez al día, no creí que tuviera la energía suficiente y temía llegar a aburrirme pero Takaishi… era él quien caía rendido y dormía como bebé después de hacerlo.

Finalmente enjuagué bien mi cabello. El delicioso masaje que TK le daba con sus dedos me hacía sentir como si flotara pacíficamente en una nube. Me besó el cuello y me giré. El agua no dejaba de caer sobre nosotros y eso, aunado al roce de su cuerpo desnudo apretando el mío, me estaba volviendo loca. Tomé su rostro entre mis manos y lo besé apasionadamente, necesitando el sabor de su boca, de su saliva, necesitando su lengua acariciando la mía. Me aferré a él y me puse de puntitas para poder estar a su altura, aunque ni así alcanzaba. Takeru me sujetó fuerte y comenzó a acariciar mi espalda.

– Tal vez deberíamos salir ya.- dijo, sonriendo.

Cerramos la regadera y nos envolvimos, cada uno, en una toalla blanca. Utilicé otra, un poco más pequeña y con detalles floreados, para secar mi cabello. Me paré frente al lavabo para mirarme en el espejo. Tenía una enorme marca enrojecida de los dientes del rubio en mi cuello y varias manchitas entre verdosas y azules se empezaban a formar en mis senos.

– Eres un salvaje.- dije, mirándolo de reojo. Él se acercó por atrás, con la toalla enredada en su cintura, y acarició cada una de las marcas que había dejado.

– Yo creo que así te ves más sexy.- susurró contra mi oído, mordiendo el lóbulo.

– ¿Ah si? Ya me tocará Takaishi. Juro que me vengaré.- él se rio por el tono indignado que utilicé y me giró para verme de frente.

Sus ojos azules se clavaron en mí y me sentí entrar en una especie de trance. Él no dejaba de sonreír y yo no podía dejar de mirarlo. Finalmente, tras lo que pareció una eternidad, acarició una de mis mejillas y se inclinó a besarme. Pasé mis brazos por su cuello y enredé mis dedos en su suave y húmedo cabello para atraerlo más hacia mí. Permanecimos así un buen rato hasta que nuestro cuerpo reclamó oxígeno.

Era asombroso el efecto amnésico que tenían sus besos. Era como si cada músculo de mi cuerpo se relajara y todo mi sistema entraba en una fase de equilibrio, utilizando la mínima energía. Habían pasado casi dos meses desde que di inicio a mi vida sexual y lo único que lamentaba era no haberlo hecho antes. Esperé mucho tiempo a que el momento indicado con la persona indicada llegara y eso, ahora lo entendía, no iba a pasar. Yolei tenía razón cuando me decía que mi primera vez sería un desastre, que no esperara que se encendieran fuegos artificiales en el cielo mientras I will always love you sonaba de fondo. Aquél momento era mágico en un sentido diferente, no como las películas lo hacían ver.

El timbre sonó cuando estaba buscando qué ropa ponerme. TK, quien traía sólo un short negro que utilizaba para jugar básquetbol, fue a abrir. Lo escuché hablando con alguien, parecía un hombre, y pensé que quizás Davis había ido para invitarlo a jugar o algo así. Decidí ponerme una de mis pantis en forma de bóxer y tomé prestada una camiseta interior blanca de él que transparentaba mi sostén negro y me cubría hasta la mitad de los muslos. Agarré un cepillo para desenredar el cabello y salí a la sala para ver quién había llegado.

– Ho… hola.- saludó un hombre alto, de piel blanca y cabello castaño. Era muy atractivo y aparentaba estar en la cuarentena. Vestía con una camisa blanca de vestir y unos jeans, bastante ajustados. Tenía los mismos ojos que Takeru y supliqué para mis adentros que no fuera su padre. Sentía mis mejillas ardiendo de vergüenza y me quedé estática sin saber si acercarme a saludarlo o regresar y vestirme con algo más decente.

– Ah… tío Ben, te presento a Kari. Kari, él es mi tío.- pasé saliva y asentí simplemente. Aquél señor no dejaba de sonreír y la mirada que TK me lanzó me hizo reaccionar.

– Mucho gusto.- dije, encaminándome hacia él y estreché la mano.

– El gusto es mío. No sabía que tenías compañía, sobrino. Tal vez deba volver en otra ocasión.

– Oh, no, no, no.- hablamos TK y yo al unísono y luego los tres nos reímos, descargando los nervios.

– Está bien, tío. Quédate, nosotros estábamos…- me miró de reojo poniéndome más nerviosa. Era esa mirada encendida de ganas por apresarme contra la cama y llevarme al cielo.

– ¿Le sirvo algo de tomar? ¿Té, café, limonada, un refresco?- pregunté, intentando deshacerme de los deseos que acrecentaban en mi estómago por besar al rubio.

No era el momento.

No era el momento.

– Limonada, está bien.- dijo él. Sonreí simplemente y fui a la cocina, tomé tres vasos de vidrio de la alacena y los puse sobre la barra del centro. Saqué una jarra grande con agua de limón que había preparado pasado el medio día. Estaba por sacar hielos del congelador cuando TK me sorprendió. Ya se había puesto una camiseta verde con el logotipo de la universidad de lado del corazón.

– Kari, sé que esto es… yo no esperaba que viniera.- sonreí al verlo tan nervioso. Se llevó una mano al cabello, despeinándolo.

– Está bien, yo me quedaré en tu cuarto…

– Nuestro.

– ¿Eh?- lo miré a los ojos y él se acercó más.

– Es nuestro cuarto, saltamontes. No se te olvide que ahora vives aquí.- me quedé callada pues no sabía cómo responder a eso. Se formó un pequeño silencio en el que estuve más que consciente de su respiración y todo lo que ocurría alrededor.- Por favor no te vayas, no quiero que mi tío piense que no me importas…- nuevamente, se hizo otro silencio. Las mejillas de TK tomaron un color rojizo y le sonreí.

– Entiendo, iré con ustedes. Pero debería vestirme antes.

– Así está bien, de todos modos él sabe lo que estábamos haciendo.- esta vez fui yo quien se puso como tomate y TK me dio un pequeño beso en los labios.

Llevamos los vasos hacia la sala, en donde pacientemente Ben nos esperaba mientras hojeaba una revista vieja de fútbol.

Nos enfrascamos en una amena plática sobre cosas triviales. Ben era un hombre bastante relajado. Acababa de atravesar su tercer divorcio y ya estaba contemplando salir a conocer a alguien más. Vivía en Londres, pero esa semana había ido a Chicago por unos asuntos de trabajo y decidió pasarse a visitar a sus únicos sobrinos. Era el hermano menor del papá de TK y, por lo que contó como una divertida anécdota, la oveja negra de la familia.

A mí me pareció más un mujeriego despreocupado de la vida con buen sentido del humor. Vivió casi tres años deprimido cuando su primer mujer lo dejó por su mejor amigo y le costó mucho recuperarse, pero una vez que lo hizo, se prometió a sí mismo no tomarse las cosas tan enserio y disfrutar cada momento.

Yo hesité un poco cuando me preguntó sobre mi vida, pues no estaba segura de qué tanto querría TK que me involucrara con su familia, pero una vez que comencé a hablar y él no puso objeción, me fue difícil callar.

Le conté que mi padre era gerente de una cadena de bancos en Japón. Mi madre se dedicaba a apoyar fundaciones para generar recursos y ayudar a niños con cáncer y mi hermano vivía en Michigan, con su prometida. Hacía casi un año y medio decidí ingresar a Yale con el único objetivo de matricularme como profesionista de la literatura y ahí había conocido a su sobrino.

– Te felicito, Kari. Eres muy valiente al aventurarte a vivir sola en una ciudad que no conoces, a muchas chicas les cuesta dejar su casa y su familia, y abandonan sus sueños.- sonreí, dejando el vaso vacío sobre la mesita del centro.

– Sí, al principio los extrañaba mucho, pero fui acostumbrándome.- me hallaba sentada frente a Ben, en uno de los elegantes sillones de piel negra que conformaban la sala del departamento. TK estaba a mi lado y en ese momento me percaté de que me había tomado de una mano y jugueteaba con mis dedos, gesto que no pasó desapercibido para el hombre.

– ¿Y dónde vives?- inquirió, pero a mí me pareció que más que saber, quería confirmar algo. Takeru y yo nos miramos y él habló.

– Vive aquí.- dijo, luego se aclaró la garganta.- Hubo un inconveniente con su dormitorio y mientras se resuelve le ofrecí el departamento.- Ben sonrió ampliamente y asintió. Quizás lo imaginé, pero sentí como si TK hubiera apretado más mi mano.

Al cabo de un rato, nos quedamos solos nuevamente. Llevé los vasos a la cocina, dejándolos en el fregadero. Ya había oscurecido bastante y el día casi llegaba a su fin. Calenté varias rebanadas que aún quedaban de la pizza en el microondas y me senté en un banquito junto a la barra central de la enorme cocina de la que estaba enamorada. TK entró, sentándose junto a mí.

– ¿Metí la pata?- quise saber, mordiéndome el labio. Él sonrió y me jaló de las piernas para acércanos más.

– Nop.- dijo, dándome un beso en el cuello. Sonreí.

– ¿Te dijo algo de mí?

– Síp.- siguió besándome de esa deliciosa manera y ya podía sentir el calor brotando en nuestros cuerpos.

– ¿Qué te dijo?

– Que eres muy fea y muy grosera.- murmuró contra mi oído y deslizó sus labios por el contorno de mi rostro.- Que pareces un marciano de marte…

– ¿Ah si?- inquirí, sintiéndolo sonreír contra mi piel. Él levantó el rostro y sus ojos, su mirada encendida de deseo, se clavó en mí apoderándose de mi cordura.

– Me dijo que sería un imbécil y vendría a patearme las bolas si te dejo ir.- abrí la boca, pero sin hablar. Eso sí no me lo esperaba. TK se acercó y finalmente me besó en los labios. Tomé su rostro entre mis manos y él me tomó por la cintura, me acomodé, sentándome en su regazo, con mis piernas cruzadas por su cadera.

Sus dedos recorrían desesperadamente mi cintura y bajaban hasta rozarme la entrepierna por sobre la ropa interior. Mordió mi cuello y fácilmente se deshizo de la camisa que yo llevaba tirándola por ahí. Metí mis manos por debajo de su ropa para acariciar su abdomen y espalda y él se levantó, sujetándome con mucha facilidad, y me llevó hasta la sala. Se dejó caer sobre mí, después de quitarse la ropa y hacerse cargo de la mía, en un sillón. Enredé mis piernas contra su cadera, dándole espacio para que se acomodara y lo sentí penetrarme.

Pero el contacto había sido diferente.

Comenzó a moverse muy rápido, sin dejar de besarme, sin dejar de acariciarme. Yo me aferré a su espalda, arañándolo por el placentero dolor que me causaba sentirlo entrar y salir de mí. TK masajeó mis senos y pegó más su pecho al mío.

Ambos experimentamos una nueva urgencia. Una urgencia que nos pedía unirnos, fundirnos para ser uno solo.

Levantó el rostro y nos miramos a los ojos. El contacto provocó que la excitación de mi cuerpo aumentara y tuve un orgasmo pero él siguió. Sujetó mis manos, alzándolas a mis lados.

Me tenía presa.

No dejaba de mirarme y moverse a un ritmo delicioso. Mi cadera se contrajo y sentí otro orgasmo que duró poco más que el anterior. TK apretó fuerte sus manos contra las mías y se inclinó para besarme. Sus labios apresaron los míos y un gemido se le escapó al tiempo en que ambos colapsamos en un riquísimo orgasmo.

Permanecimos ahí, sudados, agitados, cansados, somnolientos, sin percatarnos de que el microondas llevaba sonando ya un buen rato.


'cause you make me feel like... (8)