Cause your sex takes me to paradise
Por mí aquél día podía irse a la mierda. Estaba harta, cansada; desde que me levanté no había sido más que un espanto: mi despertador se quedó dormido junto conmigo, el shampoo decidió tener relaciones íntimas con mis ojos sin importarle que ellos no estuvieran preparados y los dejó bastante lastimados, me había quemado la mejilla con el rizador de cabello, la leche con la que preparé mi café estaba caducada, la batería de mi laptop murió en medio de una clase y olvidé llevarme el cargador, confundí las fechas para la entrega de un par de ensayos (cada uno para diferente clase) y olvidé el que debía entregar ese día. Más tarde un estúpido simio de fútbol americano jugueteó con otro mientras pasaban al lado de mi mesa en la cafetería y derramó su bandeja llena de comida sobre el vestido blanco de algodón que llevaba. A eso aunado que mi período me había dado una visita sorpresa dos semanas antes de lo programado…
Quería largarme a casa. Quería meterme en la bañera y sumergirme entre la loción de almendras y los jabones florales, quemándome con el agua caliente, durante horas. Quería tener un encuentro amoroso con la música electrónica y beber vino tinto o cualquier cosa con alcohol hasta que me quedase dormida.
Pero ahí estaba, sentada en una banca cerca del estacionamiento de la universidad, esperando a que uno de los idiotas alumnos de Sociología decidiera volver con mi libro, que le había prestado para que sacara unas copias; pasaban de las seis de la tarde y supuse que TK ya debía estar en casa esperándome, ese día se había ido temprano a almorzar con su hermano y no lo había visto.
Y por alguna razón lo extrañaba.
Saqué mi celular del bolso dispuesta a enviarle un mensaje de texto para pedirle que ordenara una pizza pero apenas y logré desbloquearlo cuando escuché mi nombre.
Era Matt.
– ¡Kari!- el endemoniadamente encantador rubio se acercó y me dio un fuerte e incómodo abrazo.- ¿Cómo estás?
– No tan feliz como tú.- pensé.- Muy bien, ¿y tú?
– Excelente.- exclamó con una sonrisa de oreja a oreja.- ¿Ya saliste?- asentí con la cabeza.- Genial, ¿quieres ir por un café?
Ok. Eso era raro. Eso no me lo esperaba. ¿Yamato Ishida me estaba invitando un café? ¿En qué retorcido universo ocurre eso? Quizás era un chiste. Sí, debía ser eso, una broma de mal gusto del genio que decidió hacer de mi día una comedia que sacaba lágrimas de risa. Abrí la boca para responder pero Abraham, el idiota que llevaba mi libro abierto por las pastas a punto de desprenderse, se paró a mi lado.
– Aquí tienes, Hiroaki.- dijo con dificultad. Llevaba las copias que había sacado apretadas entre sus labios mientras maniobraba con su mochila que tenía el cierre descompuesto, el maletín de su laptop y su libro.
– Hikari.- lo corregí, simplemente, tomando a «Anthony Giddens» y su Introducción a la Sociología.- el chico se fue sin decir más. Me volví a Matt, quien no quitaba esa encantadora sonrisa que esperaba mi respuesta. Se me escapó un pesado suspiro. No importaba qué tan cansada estuviera ni la batalla en mi útero que iban ganando los cólicos, aquella oportunidad era oro y… bueno, nadie rechaza el oro.
– ¿Vamos? – dije, encaminándome al estacionamiento.
Subimos a su auto. Un Civic, modelo del año pasado, en color gris. Ishida me abrió la puerta y tomó mi maletín con la laptop y otras cosas, para dejarlo en el asiento de atrás, junto a su portafolio.
Una vez puestos en marcha fuimos al Starbucks más próximo a Central Park, pues él quería dar un paseo argumentando lo encantador que estaba el día. Yo sólo podía escuchar cómo algo se retorcía en mi interior haciendo que mis músculos se paralizaran de dolor durante segundos.
En la radio sonaba un remix de Clarity, por Zedd y Foxes y él le bajó el volumen apenas la escuché.
– ¡Hey, a mí me gusta!- protesté, subiéndole un poco. Él hizo una mueca de desagrado frunciendo la nariz y giró en una esquina.
– Odio esa canción. Odio esa música.
– ¿Bromeas? Es el mejor remedio para corazones rotos y noches de locura.- reí, no sabiendo si de nervios o de dolor. Matt me miró de reojo y esbozó una media sonrisa.
– ¿Qué piensas del queso?- me preguntó haciéndome reír. Era la pregunta más estúpida y que jamás me imaginé escuchar, especialmente viniendo de él.
– ¿El queso? – repetí y él asintió. Se estacionó afuera del enorme establecimiento de paredes cafés y techo verde.- Pienso que es la mejor comida. Si al cereal pudiera ponerle queso, o al café, me declararía una mujer sumamente feliz.
– ¿Has pasado mucho tiempo con TK últimamente? Suenas igual que él.
Ambos entramos y yo evadí los coqueteos del chico que estaba detrás de la caja –lleno de acné, flacucho y de oscuro cabello graso– y pedí un té de vainilla con leche de soya. Matt pidió un capuccino bien cargado y una vez que recogimos las bebidas, nos encaminamos a la cuadra de en frente, donde se expandí la enorme «plaza de las ilusiones».
Me quedé pensando en lo que dijo. Realmente TK y yo nunca habíamos hablado de queso, o si lo hicimos, probablemente yo estaba borracha de pasión entre la desnudez de su cuerpo y el roce de sus dedos. Recordar aquellos instantes hacía que los vellos de mis brazos se erizaran y un escalofrío me recorriera toda la columna, de arriba abajo.
– ¿Me dirás por qué me invitaste a salir?- pregunté, luego de que llevamos un rato caminando en silencio.
– En la mañana almorcé con mi hermano.- eso ya lo sabía, Takeru no había dejado de quejarse la noche anterior diciéndome que no quería ir, pues las charlas con Matt lo aburrían hasta el cansancio, y prefería quedarse conmigo.- Estuvimos hablando de varias cosas, pero entre ellas saliste tú a relucir.- me atraganté con mi caliente (y deliciosa) bebida, y él sonrió.
– ¿Yo?
– Le he contado pues… todo. Cómo te sientes respecto a mí.- puntualizó.
– ¿Ah si? – bueno, no era algo nuevo para TK, él ya lo sabía.- ¿Y qué te ha dicho?
– Que soy un imbécil y si no me daba la oportunidad de conocerte, me patearía… hasta dejarme estéril.- le dio un trago a su café y nos detuvimos frente a un lago donde nadaban algunos patos blancos y vimos a una niña, de unos seis años, que les aventaba migajas de pan mientras su abuela la supervisaba desde una banca, sonriéndole de tanto en tanto.- También me ha dicho que eres una mujer encantadora, Hikari Yagami, más valiosa que cualquier cosa que sea lo más valioso en éste mundo, literalmente lo dijo así.- me reí, porque era cierto, eran palabras que el rubio usaría pero… ¿por qué le había dicho eso? ¿Acaso intentaba ayudarme?
– ¿Tú le pediste a TK que se vieran?– pregunté, intentando comprobar mis sospechas. Matt negó con la cabeza.
– Él me habló ayer diciendo que quería verme. Me contó algunas cosas de la universidad pero creo que lo que deseaba era que le hablara de ti porque no dejó de mencionar tu nombre durante toda la comida.
Y era verdad. TK estaba siendo mi hada madrina, e imaginármelo con un camisón azul, un moño rosa y una varita mágica en las manos (como el hada de Cenicienta) me hizo sonreír. No podía creerlo. No podía creer que él hubiera hecho algo así. Había prometido que no se metería en mis asuntos personales pero…
Necesitaba volver a casa, verlo cuanto antes y agradecerle lo que había hecho. Necesitaba, necesitaba…
Lo que sucedió a continuación fue muy monótono y como si lo estuviera observando desde el exterior: permanecimos en Central Park hasta que oscureció. Matt me pidió que cenáramos el viernes (faltaban dos días) pues realmente quería conocerme. Después de eso me llevó hasta el campus universitario (porque no podía pedirle que me llevara al departamento de su hermanito) y me besó antes de bajarme de su coche. Aquél era un beso que había estado esperando por mucho tiempo y creo que sólo por eso, porque la curiosidad de cómo sería quedó satisfecha, fue que lo disfruté.
Tomé un taxi y llegué a mi casa… a casa.
Las luces estaban apagadas. Todo el departamento permanecía en quietud y plena oscuridad y pensé que Takeru quizás no había llegado. Encendí una lamparita de la sala, dejando mi maletín sobre un sillón, y me encaminé a la habitación. Al prender la luz me encontré con un bulto enrollado entre las sábanas y el edredón, y por encima sólo se escapaba una despeinada cabellera rubia. Fui a sentarme a su lado y él se movió, descubriéndose el rostro, bastante enrojecido, para verme.
– Hola, Saltamontes.- dijo, con voz ronca y apagada, intentando sonreír.
– ¿Te sientes bien?- pregunté. Instintivamente coloqué mi mano sobre su frente. Estaba ardiendo.- TK, tienes fiebre. ¿Ya tomaste algo?- él negó con la cabeza y se giró, acariciando mi pierna. Pude percibir que estaba temblando levemente.
– Empecé a sentirme mal después de natación y volví con muchos escalofríos. Me quedé dormido hace rato.
– ¿Te duele algo?– nuevamente negó con la cabeza.- Voy a buscarte una pastilla.
Fui a la cocina y hurgué en el cajón de los medicamentos. Hallé uno que mi madre me daba cuando me resfriaba y tomé la cajita y un vaso de agua para llevárselo. Takeru se sentó en la cama, descubriendo su torso desnudo al quitarse las cobijas, y se pasó los dedos por el rubio cabello endemoniadamente sexy y despeinado.
Se tomó el medicamento que le ofrecía y dejó el vaso en el buró a su lado derecho.
– ¿Cómo te ha ido?- quiso saber, con la mirada encendida de curiosidad.
– ¿Te importaría si me doy un baño antes de platicar?
– ¿Te importaría si me meto contigo?- inquirió a cambio, sonriendo. Es que ni enfermo lograba apagar sus deseos carnales.
– La verdad sí. Estoy en días rojos.- dije, sacando una vieja camiseta negra de él con el logotipo de alguna banda que no conocía y ropa interior limpia. TK entendió a lo que me refería y volvió a acostarse, cogiendo su celular de debajo de la almohada.
Me di un delicioso baño, olvidándome totalmente del curioso día que había tenido. Por alguna razón no me sentía feliz. El hecho de que Matt quisiera una relación conmigo se convirtió en un pesar, cuando el hecho de que no lo hiciera había sido mi mayor pesar por mucho tiempo.
Sequé mi cabello con la toalla pero no lo desenredé, me metí entre las cobijas, acomodando una almohada en el respaldo y sentándome. TK se giró, puso su cabeza en mi vientre y me abrazó con fuerza. Estaba sudando, lo que era un buen síntoma. La fiebre le estaba bajando. Acaricié su cabello, quitándoselo del rostro y él cerró los ojos.
Me encantaba estar así. Disfrutaba mucho esos momentos de caricias y cómodo silencio después de tener sexo salvajemente por un buen rato.
– Matt me ha pedido que salga con él. Lo he visto y…
– ¿Ya eres su novia?- inquirió él y a mí se me escapó un suspiro.
– Aún no. Sólo me ha dicho que quiere conocerme. Empezaremos a… salir.
Se hizo un silencio eterno. TK se sentó a mi lado, con la cabeza agachada y la mirada clavada en sus dedos pulgares con los que jugaba. Lo contemplé sin dejar de pensar en el grandioso ser humano que era. Quizás muchos pensarían que se había aprovechado de mí para satisfacer sus deseos sexuales, pero no era así. TK era bueno, él respetaba cuando yo decía «no», sacrificaba sus sagradas horas a algún videojuego para ayudarme a terminar algún ensayo. No le importaba que me pusiera sus camisas ni que dejara mis sostenes desparramados en su cama, o mi ropa, al no saber qué ponerme. Aguantaba mis crisis nerviosas en las madrugadas donde me acurrucaba en la sala para acabar una importante tarea y él, somnoliento y cansado, me preparaba una taza de café y se quedaba conmigo para contarme chistes malos y anécdotas graciosas de cuando era pequeño hasta lograr que me tranquilizara.
TK sabía cuán importante era Matt para mí. Sabía que había pasado años enamorada de su hermano sin que éste me diera razones para hacerlo. Sabía que nada me haría más «feliz» que estar a su lado y decidió hacer algo, algo muy importante, para ver mi anhelo hecho realidad.
– ¿TK?- lo llamé y él volteó la cabeza. Nuestros ojos se hallaron y lo único que hice fue acercarme, tomarlo del rostro, y besarlo.
Lo besé lentamente, saboreando sus labios, raspando mis dedos con su barba, quemándome con su ardiente piel. Él se giró, sujetándome de la cintura y poco a poco fue empujándome hacia atrás hasta que logré recargarme sobre la almohada y el respaldo y él sobre mí. Nuestras bocas no se separaron ni un momento y podía sentir los latidos de ambos corazones acelerados.
– Gracias.- fue lo único que pude susurrar contra sus labios cuando nos separamos. TK se recostó en mi pecho (como le gustaba hacer) y lo abracé, acariciando su desnuda espalda hasta que nos quedamos dormidos.
Recomendación de la semana: Bajo la misma estrella de John Green. En serio, léanlo, vale la pena, tardé como seis horas seguidas en terminarlo y lloré por otras ocho, pero vale la pena.
