You can make a sinner change his ways
— ¡Basta, TK! —grité fuerte para que pudiera escuchar mi voz entre el estruendo de una canción remixeada de Mumford & Sons. Él sonrió y estiró mi brazo para atraerme a su cuerpo.
Llevábamos horas en la pista de baile, y a pesar de que hacía rato me había quitado los tacones, los pies trazaban puntadas de dolor. No hacía mucho que habíamos terminado de cenar y eso, aunado a la cantidad de alcohol que de mesa en mesa y pariente y pariente, fuimos ingiriendo, estaban girando en mi estómago, pidiéndole permiso al esófago para salir por donde entraron.
— ¿Te sientes bien? —preguntó, acercándose a mi oído.
— Sí, sólo… quiero ir a descansar un rato —él asintió y juntos fuimos de vuelta a la mesa.
Hiroaki y Nancy, padres de TK, se acercaron a nosotros al instante. Yo estaba echa un lío intentando ponerme los tacones con una mano y tapando el escote del vestido negro que había comprado para esa noche. Era strapless, ceñido de la cintura y tenía una abertura por mi pierna izquierda hasta poco arriba de la rodilla, lo cual me facilitaba los movimientos. Aunque ese día particularmente mis «niñas» habían decidido inflamarse —cosa con la que el rubio se deleitaba— y me sentía como una stripper.
— ¿Todo bien? —inquirió Nancy con esa encantadora sonrisa que por fortuna su pequeño había heredado.
— Sí. Todo les ha quedado precioso —dije, echándole un ojo de nuevo al lujosísimo salón de eventos en el que fácilmente había unas doscientas personas. No entendía cómo los Ishida conocían a tanta gente.
— Gracias, querida. Me gustaría que pudieras… pudieran —aclaró mirando a su hijo quien fruncía le ceño fingiendo estar celoso—. Volver y pasar un fin de semana en nuestra casa campestre.
— Suena como algo que definitivamente quiero hacer —sonreí.
— Takeru me ha dicho que estudias literatura, ¿es eso cierto? —inquirió su padre, dándole un trago a su copa de champán.
— Así es, señor. Apenas inicié la universidad.
— ¿Y has pensado en dónde quieres trabajar?
— Bueno… ha decir verdad me encantaría poder publicar algún día. Especialmente ensayos y novelas. Pero éste período llevé un curso de edición y un columnista del New York Times nos compartió su experiencia laboral y quedé fascinada.
— ¿El New York Times? Tengo conocidos ahí. Precisamente el jefe de redacción de la sección general es mi amigo. Si te interesa, podría hablarle de ti y…
— ¿De verdad! —lo interrumpí, sorprendida. Me llevé las manos a la boca e intenté lo más que pude controlarme pero la emoción brotaba por mis poros. Hiroaki sonrió ampliamente y volteó a ver a su hijo, como si estuviera comunicándose con él a través de la mirada—. Eso sería maravilloso. Estaría más que agradecida, yo…
— Ésta semana haré las llamadas. Quizás pueda darte un espacio para alguna columna, algo sencillo que puedas combinar con tus estudios.
— Muchísimas gracias, señor.
— Llámame Hiroaki.
Si hubiese una escala para medir las emociones —o si conociera alguna— yo estaría en la cúspide de la felicidad. Sabía de antemano que un empleo de redacción era difícil de conseguir, especialmente para alguien que aún no se ha graduado, y aun con título en mano, ingresar al New York Times parecía un sueño inalcanzable para muchos, como yo, quienes manteníamos los pies en la tierra para no herirnos con desilusiones.
Definitivamente haber conocido a TK era lo mejor que me había pasado en mucho tiempo.
Sus labios succionaron mi cuello y bajaron hasta besar uno de mis senos, pero la presión de su rostro contra mi cuerpo me dolió y solté un gemido.
— Despacio —le pedí.
TK me sujetaba de las piernas y poco a poco lo sentí entrar en mí. Me aferré a su cuello y jalé un poco su cabello. Él se movió, entrando y saliendo, incrementando el ritmo. Sudor, gemidos, visión borrosa, nuestros perfumes mezclados, su camiseta desabrochada, mi labial en su cuello, alientos combinados… la adrenalina corría por nuestras venas.
Estábamos encerrados en una de las oficinas del salón de eventos. Takeru me tenía atrapada contra una pared. Hacía menos de quince minutos que habíamos entrado y a mí me parecía más tiempo. Aunque lo divertido de todo era que si nos descubrían jamás podría ver ese empleo en el New York Times.
Solté un gemido y me aferré a los hombros del rubio, colapsando en placer, seguida por la descarga de su entusiasmo en mi interior.
TK me besó los labios, tomando aire en cada roce. Lentamente fue bajando mis piernas pero yo seguí besándolo, aferrada a su cuello, acariciando su rostro, saboreando su lengua…
— Kari… —levanté la mirada y clavé mis ojos en los suyos. ¡Oh, Dios de mi vida! Pagaría con mi alma el precio de poder ver esos ojos azules por toda la eternidad—. Te quiero mucho, mucho, mucho, mucho, mucho…
— Yo te quiero mucho, mucho, mucho, mucho, mucho, más —sonrió y volvió a besarme.
— Será mejor que nos vayamos —asentí simplemente y me acomodé el vestido.
Salimos de ahí sin ser vistos. O al menos no nos dimos cuenta.
Me sentía como Jack y Rose en Titanic. Esa escena en donde van saliendo de su momento pasional a la cubierta, justo antes de que el barco se estrelle con el iceberg.
TK me llevó de la mano de vuelta al salón pero antes de entrar me detuve. Tuve que arquearme pues un cólico me paralizó completamente.
— ¿Estás bien? —inquirió él. Tardé unos segundos en recuperarme y asentir.
— Sólo, tuve como un mareo. Debió ser… —lo miré un momento, pensando en si sería prudente o no decirle mis sospechas—. Olvídalo ya. Vámonos.
— ¿Estás segura? ¿No prefieres sentarte? —apuntó a una salita que estaba en el lobby de aquél lugar.
— No, estoy bien —sonreí y recuperé mi postura.
Entramos de vuelta. Muchos de los invitados ya se habían ido, otros bailaban y unos cuantos permanecían en su mesa comiendo por segunda vez el postre de nieve y galletas que habían servido.
Miré a los papás de TK en la pista de baile. Nancy apoyaba su cabeza en el hombro derecho de Hiroaki mientras se balanceaban, junto a las otras cuarenta y tantas parejas, al ritmo de una balada de Sara Bareilles e Ingrid Michaelson.
— ¿A ti te gustaría casarte, Saltamontes? —un suspiró se me escapó del pecho antes de siquiera responder. Mantuve mis ojos clavados en las parejas —ya mayores de edad— que se sonreían y besaban al bailar.
— ¿La verdad? Sí. Mis padres han estado juntos por mucho tiempo y he crecido creyendo que algún día encontraré a alguien con quien compartir el resto de mi vida así como ellos.
— ¿O sea que aún no lo encuentras? —me giré para verlo de frente.
— No. Lo siento… no quise decir eso…
— Relájate, sólo estaba jugando —me mordí el labio y bajé la mirada, sintiéndome apenada.
— ¿Tú piensas casarte algún día? —TK abrió la boca a punto de responder cuando nos interrumpieron.
— ¿Mi hermanito? ¿Casado? No lo creo. Él es un soltero empedernido que le huye al compromiso, ¿no es así, enano? —los dos nos sobresaltamos al ver a Matt ahí. Llevaba un traje negro y camisa blanca. Dejó la copa de champán sobre la mesa.
— ¿Matt? ¿Qué haces aquí? —inquirió Takeru.
— Ya ves cómo es el Universo. Siempre conspira a mi favor. Se canceló mi reunión de último momento y por suerte apenas llegué al aeropuerto, hallé que estaba por despegar un vuelo hacia acá —Matt no me quitaba los ojos de encima y temí que estuviera enojado. En ese instante por mi mente pasaron mil ideas: ¿y si nos había escuchado? ¿Y si nos había visto? ¡Dios! ¿Y si sus papás le habían dicho que yo estaba con TK?
— Al fin los veo juntos —farfulló Hiroaki, acercándose a nosotros.
— Matt, hijo, ¿ya conociste a Kari? —dijo Nancy, apuntándome con sus ojos.
— De hecho, mamá, Kari es la chica de la que te hablaba hace un momento.
— ¿Ah si?
Escuché un pesado suspiro salir del pecho de TK y supe que el iceberg ya había agujerado el fondo de mi barco.
— Kari es mi prometida. Nos vamos a casar —soltó el rubio. La expresión de todos, excepto de Takeru, fue de sorpresa. Incluyendo la mía.
¿Prometidos? ¿Cómo se atrevía a afirmar algo así? ¡Ni siquiera lo habíamos hablado! Pero, ¿qué hacer? No quería armar una escena enfrente de sus papás y mucho menos en ese lugar.
— ¿Por qué no nos habías dicho nada? —me preguntó Hiroaki.
— Eh… yo…
— ¿Tú lo sabías? —le preguntó Nancy a TK. Por la expresión en su rostro y su tono de voz, supe que más que querer esa respuesta, quería una explicación al «¿y por qué dormiste con ella?». Digo, fue bastante obvio y si no lo descubrió por sí misma, alguno de sus sirvientes debió chismeárselo.
— Sí, mamá. Matt me pidió que no lo dijera.
— Kari y yo queríamos hacerlo cuando estuviéramos todos juntos. Por cierto… —Matt sacó del bolso interno de su saco una cajita negra de terciopelo y la abrió frente a mis ojos. Un precioso y delicado anillo de oro con un diamante en forma de corazón al centro deslumbró mi mirada más que una docena de focos de 100 watts. Acto seguido, puso la sortija que encajaba perfectamente en el dedo anular de la mano izquierda y besó el dorso de ésta.
Y en ese momento sentí que el agua me cubría completamente y un grillete me jalaba a lo más hondo del mar junto con mi barco.
Gracias, gracias, gracias! Ver todos su reviews me ha dejado más que inspirada y animada! Ufff rueguen porque me llegue alguien con una herencia para poder comprarme una laptop T_T créanme que si vieran la computadora de escritorio que estoy usando ni a ustedes se les antojaría prenderla jaja pero pondré más kilos para no tardar tanto, quizás para antes del miércoles ya suba otro capítulo pero no prometo nada! :D
Las canciones son I will wait – Mumford & Sons y Winter song – Sara Bareilles & Ingrid Michaelson.
El libro que les recomiendo es En nombre del amor, de Nicolas Sparks.
Besos!
